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La Coctelera

inventiva

22 Noviembre 2009

TIRITANDO DE ESPERA...

La caricia*

Estaba en la cama con el camisón blanco de seda que era el preferido de su marido. Le gustaba esperarle mientras se lavaba los dientes, completaba su higiene  y se ponía el pijama en el cuarto de baño. Reconocía cada uno de los sonidos y mentalmente los iba identificando como si de un ritual se tratara.

El hombre asomaba por la puerta y se acercaba a la cama, la besaba dulcemente en la frente y bordeaba el lecho hasta su lado que tenía las sábanas primorosamente abiertas en un triangulo perfecto. Se introducía en la cama y se acercaba a ella con aquel aplomo y sensualidad que le hacía desearlo y entregarse.

Una vez compartido su amor, se retiraba a su lado y apoyaba suavemente el codo sobre ella. Este gesto la complacía tanto que no hubiera podido dormir sin que lo hiciera. Tener el brazo de su marido sobre ella la confortaba porque entendía que era algo natural, íntimo y que establecía una complicidad entre los dos.

El hombre cerraba los ojos descansando el cuerpo sobre el mullido colchón, y pensaba en la suerte que tenía de estar casado con aquella mujer que nunca había protestado porque le apoyara el codo en su vientre. Se lo agradecía en silencio cada noche porque era la única manera de calmar los dolores de aquella lesión que se hizo en el codo jugando a tenis con su amante.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

TIRITANDO DE ESPERA...

 LAS MADRES  DEL CORAJE*

 

Somos nosotras, las madres del coraje
Desdichadas
Ese es nuestro su oficio, la desdicha.
Piel oscura, oscura vida, pena negra.
Amontonar piedras, penas, hijos.
 

Ultrajadas
Este en nuestro oficio, el ultraje
Cuando el pasto llegaba a las rodillas
Hemos sido palomas deshonradas.
 

Nosotras. Las de memoria de humo.
Este es nuestro oficio, la desmemoria.
Ahorrar el olvido.
 Ignorar el nombre del padre,
Y del padre del hijo.
 

Somos las  herejes.
Este es nuestro oficio, la herejía.
Injuriar día a día a un dios ignoto e ignorado.
Nosotras, las madres despojadas.
Este es nuestro oficio parir carne de guerra.
No hay cruz en la ceniza, ni en la nieve, ni en el agua
 

Sólo quedan las piedras, los espejos y  la cruz del Sur.
También queda el coraje.
Abrazarse. Lamerse las heridas.
 

Los quebrachales lloran.
Nosotras, las madres del coraje cantamos tiritando de espera.

*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

 
 
 

PRONÓSTICO DE CORTA VIDA*

       
 Cuando Rafael fue a pedir permiso para llevarse a Olga, el padre le soltó la misteriosa frase: "¡Pero ella tiene un pronóstico de corta vida!".
Sin ser de muchas letras, entendió claramente lo que se le decía. No obstante, dijo que se la llevaba y la familia con gusto se la dio - habían perdido las esperanzas de casarla -, aclarándole todavía en la puerta que no podrían tener descendencia debido a la insuficiencia cardiaca congénita de la muchacha. "Ya entendí, no soy tonto", respondió él antes de montarla en su caballo.

         Pasados cinco años de felicidad; sin avisar con ningún otro síntoma que sus habituales fatigas y resuellos, Olga apareció muerta en su lecho. El velorio, bien concurrido, duró toda la noche. Rafael rogaba, deshecho en llanto, que Dios tuviera piedad y le quitara la vida, pedía un milagro. No lo sabía, pero le esperaba un regalo:

         Cuando llegó la hora de cargar el féretro, observó que Olga se había volteado de lado y colocado ambas manos bajo la cabeza, gesto harto conocido tras un quinquenio de soñar juntos. Levantó la tapa y la trasladó dulcemente hasta el lecho, donde ella terminó de dormir la mañana, sin notar la diferencia.

         Si bien fue cierto que no pudo traer hijos al mundo, Olga disfrutó de una larga estancia en este planeta. Al sentirse morir pidió ser enterrada junto a Rafael, a quien, como para que no le fuera a dar por solicitar un nuevo milagro, el Supremo Hacedor se había llevado un año antes.

(Es una historia real)

*de Marié Rojas.

POEMA I*
 

El amor con un guiño
me indica que aún está
en los portales.
No murió,
aunque ya agoniza
y me dice un adiós lastimero.
No quiero sentirme vacía,
intento buscar en mi adentro
recuerdos de algunos "Te quiero",
un roce de piel con ternura,
recuerdos del calor de besos.
Pero sola camino
en el tiempo
donde nadie me ve
ni me espera...
 

POEMA II*

 
El tiempo me susurra
historias repetidas.
Creo que no aprendo;
huellas equivocadas reciben
varias veces mi marca.
Me confunde el otro
con demandas tan necias
y el NO se diluye
entre dudas y culpas.
 

POEMA III*
 

Poseo cavernas secretas
donde no entra
ni la luz del infierno.
Allí soy verdad, íntegra,
invulnerable,
resistente a todo asedio
y a cualquier halago.
No espero que regreses,
no atravesaste la entrada
ni en la época del paraíso
cuando intentamos tejer
una senda compartida
proyectada al infinito.
 

POEMA IV*
 

Calles abigarradas
que mezclan verde de árbol
con vapor de sal
que gotea humedad.
Palabras que brotan
y caen en cascadas
que aceleran significados
para volar
sin ser comprendidas.
En medio estoy
arrasada por un huracán
de palpitaciones humanas
que se chocan,
que nos acompañan
pero nos dejan solos.
Porque nacen en soledad
no saben como
retener la compañía.
 

*Poemas de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

 

Lo que mata*

*Martín Caparrós
20.11.2009

El cambio, todo el tiempo el cambio: el cambio ha pasado a ser el enemigo.
Ayer se presentó un trabajo en que participé: el informe anual sobre el Estado de la Población Mundial que publica el Fondo de Población de Naciones Unidas. El Informe encara, cada año, un tema diferente: en los últimos cuatro trabajamos sobre migraciones, crecimiento urbano, culturas tradicionales y, ahora, cambio climático, el tema del momento: en las próximas semanas, la cumbre de Copenhague lo llevará a las tapas de los diarios del mundo.

El trabajo fue apasionante: debía contar las vidas de siete jóvenes -potencialmente- afectados por el calentamiento global: una paisana paupérrima en Níger, una estudiante entusiasta en Nigeria, un príncipe ecologista en las islas Marshall, un inundado refugiado en Marruecos, una pescadora de caracoles en Filipinas, un líder campesino en el Amazonas, una gay feminista post-Katrina en Nueva Orleans. No fue fácil: el cambio climático es, sobre todo, un pronóstico y sus efectos actuales son
menguados, pero la mayoría de los científicos está convencida de que, en el mediano plazo, puede ser muy dañino: que los gases de efecto invernadero -sobre todo el dióxido de carbono- que estamos lanzando a la atmósfera pueden aumentar un par de grados la temperatura promedio de la Tierra y causar desertificación, subida de las aguas, derretimiento de los hielos, sequías, desastres muy variados. Algunos todavía suponen que la amenaza no es real; son los menos.

La reacción frente al posible calentamiento aparece como una causa noble, necesaria; lo que me resulta inquietante es que recibe tanta más atención que otras que parecen urgentísimas. En Dalweye, su pueblito de chozas de barro, Mariama me preguntaba si yo creía que el cambio climático era
culpable de su hambre.

-¿Por qué?

-No sé, me dijeron las chicas de la oenegé que era por eso.

En los pueblos del Níger los campesinos nunca comen lo que necesitan: su dieta de cada día -la misma cada día- está hecha de mijo pisado con -a veces- un chorrito de leche. Hasta que llega junio, los granos se terminan, algunos hombres y mujeres y chicos mueren, otros sobreviven hasta la próxima cosecha. En Níger se ve demasiado claro lo que le pasa, de una u otra forma, a mil millones de personas. Esta semana, en la Cumbre por la "Seguridad Alimentaria" de la FAO en Roma, el secretario general de la ONU dijo que el hambre mata a diez chicos por minuto: diez cada minuto. El cambio climático, si acaso, puede empezar a causar víctimas dentro de algunos años.

Es obvio que la batalla contra el cambio climático y la guerra contra el hambre no deberían excluirse, pero se ve muy bien qué les importa -y qué no- a los dueños del mundo y, sobre todo, dónde van los dineros. La cumbre de Copenhague recibirá a los jefes de los países más potentes -que ya saben que
no van a conseguir acuerdos significativos pero van a mostrarse preocupados.
En cambio la cumbre de Roma no atrajo a ningún grande: los más conocidos eran Lula, Lugo, Mubarak, Mugabe y Gaddafi, y seguía una lista conmovedora de presidentes africanos; ni un jefe de Estado europeo, norteamericano, asiático de peso. El conclave romano terminó con una declaración que decía
que habría que bajar la cantidad de hambrientos a la mitad antes de 2015 -tres chicos por minuto-, pero no daba datos sobre cómo lograrlo: ni un plan, ni fondos, ni unas bolsas de harina. O, según el slogan consagrado: caviar en mesa propia, retórica en la ajena. En cambio, el clima se lleva la preocupación y los millones.

-Bueno, usted sabe que lo que mata es la humedad.

Hay explicaciones posibles: entre ellas, que el cambio amenaza también a los ricos de los países ricos -mientras que el hambre siempre es para los mismos. Que el cambio climático podría eventualmente modificar la forma en que vivimos, mientras que el hambre de millones de otros es, precisamente,
la forma en que vivimos. Pero, además, nadie gana mucha plata con el hambre; los que venden comida prefieren vendérsela a los que tienen comida -o, como nosotros, a los chanchos chinos. En cambio, el mercado que se deriva del miedo al calentamiento es uno de los grandes negocios del futuro.

El mercado de los créditos de carbono, que hace diez años no existía, ya mueve más de 120.000 millones cada año y crece sin parar. Parece simple: los acuerdos internacionales basados en Kyoto determinan cuánto gas de efecto invernadero puede mandar a la atmósfera cada país firmante, y los gobiernos
de los países ricos reparten esa cuota entre sus empresas. Entonces las que prefieren emitir más gas para seguir haciendo sus negocios compran "créditos de carbono": derecho a poluir que les venden las empresas y comunidades que no usan toda su cuota. En teoría, esto sirve para que las compañías que se
preocupan por reducir sus emisiones -moderando su consumo, modernizando sus procedimientos- reciban algún beneficio; en la práctica, las empresas despilfarrantes suelen comprar sus créditos a las nuevas compañías especializadas que los consiguen a través de supuestas inversiones verdes en el tercer mundo.

El green business explota y ya lo están copando los grandes jugadores, las finanzas globales, los dueños de este mundo. Un ejemplo reciente: los hornitos africanos certificados ecológicos de los que J.P. Morgan -la famosa banca Morgan, quintaesencia del capitalismo americano- va a distribuir diez millones en Kenya, Uganda, Ghana. Cada horno les cuesta unos cinco dólares; se supone que cada uno reduce las emisiones en dos o tres toneladas por año; cada tonelada menos es un crédito de carbono que la banca Morgan puede vender entre 10 y 15 dólares en el nuevo mercado internacional, o sea: con una inversión inicial de 50 millones puede obtener entre 200 y 450 millones de dólares anuales. Y encima pueden decir que ayudaron a esa pobre gente, que es su meta en la vida.

-La caridad bien entendida empieza por casa, mi estimado.

Mientras tanto aparecen quejas, aquí y allá, en países pobres, sobre fábricas que basan su rentabilidad en aparentar que reducen su emisión de gases pero que en realidad no lo hacen -y sobornan a los auditores encargados de certificarlas- o lo hacen y poluyen de otros modos - envenenando las aguas, por ejemplo- o lo hacen y no producen mucho más que su ingreso por vender los créditos. Los créditos de carbono pueden convertirse en un gran deformador de las economías subdesarrolladas, otra forma de la corrupción institucionalizada. Y, también, en uno de los mayores esquemas de especulación financiera global: otra timba extraordinaria, burbuja subprime verde. Pero el gran negocio, como siempre, necesita a América para ser realmente grande.

Estados Unidos no aceptó los protocolos de Kyoto, y por lo tanto no limita sus emisiones de gases invernadero. Así que sus empresas que compran créditos para compensar sus emisiones lo hacen porque queda cool bonito y les permite presentarse como buena gente y vender más. Pero si el gobierno Obama finalmente regula sus gases, todas tendrán que hacerlo y las financieras que ya empezaron a invertir en el mercado del carbono van a ganar miles de millones adicionales. Al Gore tiene un magnífico futuro por
delante.

Gore es el gran lobbysta de la lucha contra el cambio climático -y un hombre afortunado. En 2000, cuando consiguió perder aquellas elecciones, declaró que tenía dos millones de dólares. Ahora, tras diez años de campaña contra el cambio, se le calculan cien. Además de cobrar decenas de miles por esa
conferencia que ya repitió cientos de veces, Al Gore es accionista de varias empresas exitosas relacionadas con su militancia: energías renovables y créditos de carbono, sobre todo. En 2007 le dijo a Fortune que su empresa Generation Investment Management encaraba una transformación social "mayor que la Revolución Industrial, y mucho más rápida": la conversión del mercado global de energía "para contener el calentamiento global" a través de tecnologías limpias, verdes, sustentables -y, también, por qué no, nucleares. Dicho de otra manera: la tentativa gigantesca de abandonar la dependencia occidental del petróleo -caro y ajeno- y el carbón, y forrarse con lo que vendrá.

Al Gore dice que la única forma de conseguir que las emisiones se reduzcan es aplicarles las famosas fuerzas del mercado: que los que poluyen paguen, que los que no poluyen cobren. Y, de paso, que los intermediarios financieros ganen más y más. En síntesis: tratar el problema según el mismo modelo que creó ese problema, entre tantos otros; el mismo modelo que también produce el hambre de millones. Hace muy poco un socio de Gore en una de estas nuevas empresas verdes, Capricorn Investment, lo dijo tan clarito: "Nuestro objetivo es hacer más dinero que los demás de un modo que los supera en impacto y en ética".

El negocio es redondo. Y lo será mucho más si el gobierno Obama por fin regula sus emisiones de CO2: la causa a la que Al Gore dedica tanto esfuerzo, militancia tan esperanzada. Si es así, Fortune calcula que el mercado del cambio climático llegará a un billón -un millón de millones- de dólares dentro de diez años, y todo por la buena causa.

Mientras tanto, el hambre sigue muy bien gracias.

*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=34222

Como quieras*

como quieras
podrás malear un corazón
en lo que quieras
es como convertir un páramo agreste
en mañana que despierta florecida en la ventana
dar un pincel de luz ocre alimonado
a la rama que cae derrotada de furia
atinar el brusco ataque de un cachorro malherido
tornándolo en vaivén expectante
de colita sumisa y entregada
con sólo una mirada o un talante
resucitar la magia del silencio
enrocar las palabras   las de siempre
y armar otra palabra
dar la vuelta
ver el rayo omnipotente
que viene a deshacer la frágil fuerza
de las manos torpes
hacer de un corazón
un eco inagotable de fractales
y aún en la empatía de saber
de ver en ese misceláneo ardid de variaciones
el reflejo del semen que has servido
verás que nada cambia alrededor
que nada es suficiente

*de Lucía Cinquepalmi  luciaguionbajo@gmail.com

  SOBRE DESTRUCCIÓN MASIVA, CREACIÓN, MISERIA Y MERCADO DEL ARTE*
 
 

  El poliédrico tema de la belleza, de la paz, de la libertad, de la justicia y del amor me interesa desde hace años, como hombre y como poeta que se cree más sensible a la vida y a la creatividad que al negocio de la destructividad y la muerte.
Yo he podido desarrollar, aún con esfuerzo de mis maestras y de mi familia y mío propio, el maravilloso hábito de la lectura, con el interés creciente en lo literario: dramaturgia, cuentos, novelas, poesía. Durante más de cuarenta años he leído miles de libros.
Y desde hace quince años cuento con una computadora propia, cosa que no tenía Homero cuando escribió LA ILÍDA y LA ODISEA ni Moisés cuando necesitó poner por escrito en libros la historia sagrada y jurídica de su pueblo y de su dios.
Miguel de Cervantes no tuvo siquiera una secretaria o una práctica birome o máquina de escribir de esas que nosotros usábamos en el siglo XX.
El genial e infeliz Antonín Artaud no tenía siquiera muchas veces un cuaderno a mano y la punta de un lápiz para infundirse algo de luz en su locura, rodeado de enfermos mentales, de gente que no comprendía su necesidad extrema y que le rompía los lápices o le destrozaba lo escrito cuando al pobre escribir era lo último que le quedaba y en eso se le iban el alma y la vida cuando el infierno del electroshock o los dolores del cáncer le daban un poco de respiro en el psiquiátrico.
 
Yo y muchos otros hoy podemos acceder a variadas clases, a instrumentos y medios de expresión; un buen piano, una guitarra, un taller donde esculpir, dibujar o pintar; un lugar y un grupo donde hacer teatro, un coro donde integrarnos para cantar, un ballet, un grabador, una filmadora, una revista, etc.
Puedo más o menos regularmente darme tiempo y espacio personal para sentir, para pensar y para sintetizar por escrito en la pantalla una pregunta, un párrafo, unos versos, una carta, cuando siglos atrás a muchos eso les costaba la vida.
Puedo experimentar que, más allá de su valor objetivo, cuyo juicio está fuera de mi alcance, no se pierde esa aventura de sentir y pensar en versos, sino que parte de ella deviene forma comunicable y entra en formatos que llegan a otros; un disco, un libro, un video, etc.
 Y entre esos otros lectores, inter-actuantes u oyentes, no pocas veces nos llega comentario sobre lo que uno escribió, sobre lo que uno lee por radio, o lo que uno pudo ir a decir en algún espacio de televisión por cable o en una mesa pública de poesía.
 
Pero la historia del arte es una galería interminable de malentendidos, de intentos frustrados, de planes inconclusos y borroneos y tachaduras y enmiendas y olvidos y actos fallidos que no logran dar plena expresión a su idea o ideal, mil intentos y un invento, como dicen. 
Lo que después otros explotan como cultura es antes una galería de tipos anónimos que se rompieron el alma para lograr una obra en piedra u otra materia y que vivieron y murieron en la miseria. Y cantidades y calidades increíbles de obras que se destruyeron por terremotos, por inundaciones, por invasiones de fanáticos religiosos; por robos, por caer en manos que lo encierran en una caja fuerte como si fuera oro o diamante, o abandonan y dejan deteriorar, o se destruyen artistas y obras por bombardeos en tantas guerras.
Detrás de lo que hoy millones de consumidores pueden sentarse cómodamente en un sillón de su living a disfrutar como películas o libros o discos compactos de blues en equipos que hoy suenan con la más alta fidelidad, detrás de esa diletante fortuna nuestra está el infortunio de miles de negros esclavos cuyo único consuelo era cantar Gospel en la escuela evangélica dominical, o escuchar al pastor leer pasajes de la Biblia.
Negros con las espaldas destrozadas por la esclavitud y el látigo y el racismo que caían a saco de noche sin avisar a la cabaña o barraca o choza o casucha e incendiaban y acribiollaban y degollaban y ahorcaban, violaban y quemaban vivos a sus padres y hermanos.
De esa escuela de arte viene el blues, de esa universidad del horror viene el jazz,
de manos estropeadas por trabajar desde niños picando piedras o cosechando en el campo para el amo, o talando bosques o revolviendo tachaos de basura para buscar algo que comer o vomitando sangre y dientes y tripas contra las paredes del calabozo o retorciéndose de cirrosis hepática en un hospital de pobres, tiritando con el cuerpo quemado por el delirium tremens del alcohol que tomaban para aliviar su condena. 
De tener como raíces el haber sido arrancados del África y amontonados en la bodega de un barco esclavista portugués, holandés, inglés o francés, sin comida durante días, sin el agua suficiente para beber durante muchas horas, encadenados en la oscuridad hedionda, teniendo que oler el cuerpo enfermo de otro encadenado a su lado o el cuerpo muerto de otro o el alma rota del que llora impotencia hasta morir.  De no poder volver a su geografía natal y de no tener otro futuro ni presente que cadenas, látigos, palos, llamas o balas, de todo eso viene el blues a la garganta y al corazón de ese negro mal dormido y andrajoso que se sienta en un cajón destartalado arrojado a la basura por la sociedad de consumo, y hace de miseria maravilla, y  sopla una flauta y nos toca el alma con algo que no podemos poner en palabras, o escarba entre las cuerdas del banjo o de la guitarra o contrabajo un sentir que viene de lejos y nos desgarra.
 
Nuestra cultura del orden, de los cánones clásicos o iluministas por nosotros impuestos o a nosotros impuestos por la civilización de Europa occidental, necesita una buena dosis de esa raíz salvaje, de ese grito destemplado, de ese bailotear como si lo estuvieran quemando o como si tuviera diablos en el cuerpo.
Y más aun, necesitamos soñar como negros, besar, acariciar y hacer el amor como si nos estuviéramos quemando vivos o tuviéramos diablos salvajes en el cuerpo.
Estas cosas me hizo sentir y pensar haber visto en un film documental de Martin Scorcese y Wim Wender sobre los años treinta y el músico negro J.B.Lenoir, sobre Skipy, sobre la cantante negra Casandra Wilson y tantos otros pioneros del blues.
Porque todavía hoy, en las afueras del luminoso hiper-shopping del city center, lejos de las Catedrales Financieras con su avaricia delirante por las movidas de los depósitos,
más hacia la periferia todavía hay vida salvaje, indiecitos que comen de los basurales, que duermen en los basurales, indias y negras que paren hijos en los basurales de nuestra sociedad de consumo, y que cuando logran reponerse de los golpes de la Inquisición o del Ku Flux Klan, de los golpes de la policía o del patrón esclavista o del cafishhio prostitutor o el negrero explotador y del que les vende la droga más sucia, todavía hoy, en las peores condiciones, esos arrojados a miseria se ponen a bailar, a formar murgas, a cantar, a disfrazarse, a dibujar, a pintar, a escribir versos, a crear arte y cultura que otros haremos moda y explotaremos, que otros podremos comprar y vender, como comodity.
Ahí están haciendo sus tinajas y telares después que desde hace  siglos los venimos corriendo de todas partes, les rompemos sus telares y les imponemos morirse de hambre o vestir nuestras ropas y modas bajadas de los barcos, venidas de las grandes textiles de la revolución industrial, de Florencia, de Inglaterra.
 

Todavía los civilizados no hemos logrado un "Orden Mundial" que incluya a todas las artes, a todas las manifestaciones culturales, y sobre todo, a los artistas, a los creadores, a los que todavía tienen que pasar la gorra si quieren hacer teatro, o si quieren hacer su música en los subtes, en los trenes, en la vía pública, hasta que viene el policía municipal y...
Ellos aprenden de niños esos juegos malabares con palotes y pelotas y nosotros los miramos sentados dentro del auto. A veces al pasar les tiramos migajas o les ofrecemos unos pesos por una chupada de pene y después los dejamos más sucios y abandonados que antes y seguimos nuestro negocio,  porque no tenemos tiempo ni para el amor ni para el sexo.
O peor aún, les mentimos nuestra Biblia o les vendemos las ilusiones de nuestros partidos políticos o de nuestros tristes deportes olímpicos y nuestros blancos sorteos de la danza de la blanca fortuna y orgasmo de loterías y casinos de los blancos y sus blancas líneas de cocaína.
 

Hemos dejado que Tanguito se reventara muy solo y triste en este mundo abandonado
y después cantamos El amor es más fuerte mirando la película de su vida y agonía espantosa.
Hemos dejado que Charly Parker muriera espantosamente, y era un genio no menor que Mozart o Beethoven o Piazzolla.
Hemos dejado que Violeta Parra, que Van Gogh, que Alejandra Pizarnik,  murieran en la impotencia, en la incomprensión, en el infierno de no reconocer su sensibilidad expuesta como fractura.
Hemos dejado morir en los basurales o barriales a millones de negros que cantaban, que tocaban maravillosamente el piano, la trompeta, el saxo o la guitarra.
Alguien los llevaba a grabar o los filmaba, les tiraba cuatro dólares y con esos registros hacían millones en el mercado blanco. La barbarie sigue dando de comer a la civilización. Los exhibimos como animales de zoológico y hacemos dinero con todo eso.
Hemos dejado que más de un Favaloro se pegara un tiro sabiendo que no vamos a cambiar, que siempre la vamos a ver cómodamente sentados en la tele-platea de los que tenemos lo poco o mucho que tenemos, en la cómoda banca de los que podemos, lo poco o mucho que podemos en un mundo donde mil millones de rotosos no pueden ni sobrevivir y todos los días mueren de hambre no en sentido figurado sino en sus propias carnes consumidas por la desnutrición y el abandono y las pestes.
Algunos blancos civilizados, como Martin Heidegger o Jean Paul Sartre, pueden sentarse a pensar hasta desarrollar todo un sistema filosófico, o desarrollar todo un análisis de interpretación del psicoanálisis freudiano, como Jacques Lacan, Algunos logran un subsidio, una beca a tiempo, un premio, una cátedra, una chapa oficial de esto o lo otro, el concurso que salva una obra de arte y permite a un artista seguir creando.
Algunos logran dedicarse a la investigación científica con libertad y amor y serenidad de conciencia, sin tener que someterse a lo que les manda investigar una empresa privada o un Estado controlador o manipulador o una Fundación supuestamente interesada en el desarrollo de las Ciencias y las Artes.
Pero es más fácil que fracasen, que no lleguen, que mueran alcohólicos, que alguien pongan en tus manos un paquee de drogas y te encaje una patada en el culo y te manden a traficar antes que ayudarte a completar tu escolaridad y darte empleo digno y salario digno o ayudarte a desarrollar plenamente tu capacidad y vocación como deportista, como artista, como investigador, ingeniero, médico o filósofo.
 
Nos preocupa nuestra inseguridad, no la que le hemos endosado por milenios a ellos.
Algunos hemos podido darnos un espacio y un tiempo para sentir y poner por escrito lo que pensamos, lo que vivimos y deseamos o tememos, con la esperanza de que nunca falten otros que van a vernos bailar a nosotros, que van a escuchar nuestra música, que van a cantar con nosotros o que van a leer nuestros versos. Pero allá en las afueras hay agua podrida, hay olor a peste, aires de muerte, fuegos de Guerras cada vez más sucias y masacres y catástrofes que nunca se acaban y en donde se siguen quemando vivos millones de niños que nunca llegaran a vivir no digo plenamente, ni siquiera con la mínima dignidad.
 
 
                                                 

*de  Rubén Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar
 
 

TRASTORNOS*

 
Soy lo único que Ifigenia alucina

¡Qué pobreza ridícula
la extremada circunscripción
de su trastorno!

Preferiría ella alucinar
a Gregory Peck o a Cacho Castaña
(adora a los hombres)
Entonces
¿por qué a mí, relamido e inhóspito
alucina Ifigenia?

Preferiría, además de famosos del pasado o actuales
alucinar a inteligentes, entretenidos, aventureros
y en cambio debe conformarse con esta
veinteava parte de alguna proyección
o proyecto masculino potable y deseable
¿Qué hago sin proponérmelo
sojuzgándola
imponiéndome a su multitud
de potables y deseables?

Recíprocamente nos resultamos inconsistentes

Si me hubiera tocado padecer su acotado trastorno
me intoxicaría de ignominia debiendo
conformarme con ella, Ifigenia
cuando entre tantas prefiero a las adúlteras esposas de mis amigos
a mi única sobrina
a las damitas jóvenes de las compañías teatrales de los capocómicos de mi
infancia

pero sobre todo venerando yo a alguien de la absoluta ficción
en las antípodas de Ifigenia:
La Pequeña Lulú.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

La rosa púrpura*

 *Por  Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

 

Alma que se ahueca
Un dolor atónito, consciente apenas de la partida de su amante, anda por el universo, extraviado, y yo lo busco para enterrar su esqueleto de mariposa, en el jardín de agapantos dormidos.

Desplegando el suspiro
A veces, cuando estoy en un suspiro y me acuerdo de que en aquel bar se reúnen a leer mis viejos amigos, quisiera ir hasta allá, porque soy muy aficionada a las grandes expediciones. Pero siempre es la una de la madrugada, y yo no estoy lejos, en otra ciudad, no tengo que atravesar insalvables distancias. Entonces, me quedo en casa y ocurre algo extraño y frecuente: empiezan a invadirme las palabras, esas que empujan hacia adentro del misterio, esas que necesitan mis manos para crear sus sueños.

Lo humanísimo
Llamemos a esto lo bellísimo. Puede resultar severo pero lo bellísimo sería aquello que no podemos explicar todavía. Como una bella mujer que cae en lo insensato y a solas pasea por su cuarto, y mientras se alisa el cabello distraídamente, pone un disco de Martirio.
Lo bellísimo sería una manera de percibir que no puede ser apreciado por los ojos trillados del mundo. Un beso desautomatizado que nos arranca del tedio. Una manera de llenar la tinaja gris del cuerpo. Un recurso para ser excluidos de las inhumanas felicidades del cielo.

La hija inalterable
Yo no creo en la vida de los que escriben ni en la muerte de los que no escriben. Digo que soy un escribir.

Un corazón como una nervadura
Antes de quedarme dormida, el cuerpo que habito se pone a mascullar ¿me ama? ¿no me ama? Examino los crímenes del sueño, repito las canciones que ese hombre me hace escuchar, busco reposo para el pensamiento, envío un mail a Dios pero lo recibe el demonio y acude.
Desde un rincón del alma, el demonio me observa dando sendos sorbos del ron. Llamo por su nombre a todos mis fantasmas. Me rodean con ampulosos gestos de ternura y admiración mientras el alma come el cuerpo bocado a bocado, como un dios que se nutre de su propia gloria.

Penumbra y ensueño
Para bajar al pozo donde duermo con la luna, bebo una botella de ron. Entre subidas y bajadas recuerdo a aquel que estuvo aquí vivo y ahora está muerto en su silencio. Mi luna es el principio de todas las cosas. Cuando pregunta: ¿quién es ese tercero que anda siempre a tu lado? Se refiere a mi amante del que siempre le hablo, vuelto a ser el hombre del que no hablo.
La luna suelta su largo pelo negro después del atardecer. Es el manto de la noche con el que cubre mi sueño. Los sueños de amor no dañan a nadie. Los tremendos sueños de amor no dañan a nadie. La amorosa luna ardiente no daña a nadie. En ella dibujo mi huella de corriente submarina.

El camino del héroe
Conocer la felicidad, glotonamente, segundo a segundo. Milímetro a milímetro. Asirla en el instante que viene desde la otra ciudad, con una mentira a cuestas. Pagarle el taxi, darle de beber, desnudarla al son de la garganta de Martirio, descorrer las cortinas como una amante dulce descorre el prepucio pertinaz. Inclinarse como una contorsionista extasiada que boca abajo bebe la felicidad que sale a borbotones.

Cuerpo bordeado por un sueño
Lo que yo guardo para mí, es la idea de que en cualquier momento pueda darme un dolor de cabeza, un hechizo glorioso, un desmayo de muerte, un deletreo final.
Desde el silencio al que siempre retorno, desde las sombras de las que nunca salí, sueño con que siempre haré una escritura como obra de mi deseo.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-21178-2009-11-21.html

 

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 22 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores argentinos Carlos Guastavino y Alberto Ginastera, interpretada por la soprano colombiana Patricia Caicedo. Las poesías que leeremos pertenecen a Rolando Revagliatti (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes).
 ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar
http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

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19 Noviembre 2009

¿VENDRÁS A BUSCARME EN BARCO DE PAPEL O EN NUBE ROSADA?

POLLITOS EN EL ESPACIO*

A José Luis Fariñas

      
  Presentíamos que se traía algo entre manos, pero nunca pensamos que fuera a hacer realidad lo de los pollitos capaces de crecer en el espacio, cada vez que hablaba del tema reíamos, pensando que era una broma de mal gusto. Ni siquiera nos enteramos cuándo ni cómo coló los huevos en la nave. Solo sabemos lo que nos iba enviando diariamente en sus informes.

         No solo consiguió que los pollitos crecieran en ambiente de ingravidez y pudieran sobrevivir sin oxígeno, alimentándose apenas de una gota de sopa primordial, como llamaba a aquel cóctel de vitaminas y aminoácidos, sino que con las sucesivas generaciones, fueron creciendo sin plumas, acortando las patas hasta quedar en protuberancias romas, disminuyendo la talla de las cabezas hasta hacerlas casi indiferenciables del cuello... Crecían listos para entrar en el microondas, apenas hasta la talla de una codorniz. Ellos mismos se alineaban para ser seleccionados, él tecleaba sus números en la pizarra electrónica y los pollitos iban, mansos, saltando sobre sus muñones hasta el horno, de donde salían dorados, tiernos y apetitosos, comestibles hasta el último huesecillo.

         Fue un logro innegable: mejoraría la dieta de los cosmonautas, aligeraría las cargas de alimentos, pues con llevar algunos ejemplares era suficiente para crear una pequeña colonia. Él mismo llegó a tener más en la nave de los que era capaz de usar en su alimentación y los recicló como jugo primordial, logrando especies que ya nacían con la piel dorada y crujiente.

         El primer síntoma de locura lo notamos cuando nos dijo que se sentía observado por los pollitos, o que al despertar había visto a uno frente a la computadora central, mirando la pantalla, pues era obvio que con la reducción de cabeza los había dejado virtualmente ciegos...

          Lamentablemente, no supimos más de él, de su experimento o de su nave, ni siquiera tenemos modo de probar a nuestros superiores que el proyecto puede ser viable, porque solo nos quedan sus mensajes, que pueden ser tomados por los delirios de un demente.

         Nos preguntamos qué habrá sido de él: era un buen colega... algo loco, pero lleno de ideas y del optimismo suficiente para llevarlas adelante.

 
.....................

    
    Pollito 990514 miró una vez más los controles a través de sus sensores, ubicados en toda su piel dorada, capaz de soportar desde temperaturas extremas bajo cero hasta el calor del contacto con una estrella. Pollito 870417 confirmó que la enorme criatura de otra especie había sido totalmente reducida a jugo primordial, lo cual les daba una amplia reserva. Pollito 630523 comprobó que habían sido destruidos los localizadores...

         Al tener la ventaja de poder sobrevivir en las condiciones en que fueron creados, no importaba cuán largo fuera el viaje: tenían el universo entero para explorar y conquistar. Lo importante era irse abasteciendo periódicamente de jugo primordial para no tener que sacrificar demasiados compañeros. Las mejoras introducidas al programa de vuelo les garantizaban saltos al hiperespacio, y más adelante utilizarían los agujeros gusano para trasladarse con más facilidad.

         Embargados de emoción, unieron sus mentes y dieron la orden de despegue. La nave partió, rumbo a las estrellas.

*de Marié Rojas.
*Dibujo: Ray Respall.

 

¿VENDRÁS A BUSCARME EN BARCO DE PAPEL O EN NUBE ROSADA?

*

¿Vendrás a buscarme
en barco de papel
o en nube rosada?
Tal vez me separes
de mi ensueño nocturno
con prepotente gesto.
No puedo imaginarte
aunque a veces llorando
reclamo tu presencia,
tu rostro está vedado
por designio del Supremo
que te ordena y te oculta.
Quisiera te anunciaras
con la flor negra del rito
tiempo antes, sin apuro
 

*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar

LA ESTACION*

    
   
Salí al aire frío de las calles, abandonando la oscuridad del almacén. Alguien que no reconocí me despidió con un extraño ademán. Recordé confusamente que debía tomar un tren.
         Pocos días antes me había sido enviada una carta en la que se me recomendaba un viaje. Adjunto venía un billete de ferrocarril, que ahora descansaba sobre la mesilla de la solitaria habitación en la que cada noche me entrego a los despóticos juegos del sueño. No me tomé siquiera la elemental molestia de averiguar quién era el remitente de tan curioso envío, ni busqué en una guía cualquiera el lugar de destino. Pero ¿Quién hubiese vacilado ante un reto semejante? ¿Quién se hubiese resistido a ese instinto que siempre nos lanza hacia lo inesperado con tanta decisión como desprecio ante los posibles peligros? Conjeturé que sólo la cobardía hubiera podido impedir que recogiese el guante que el destino había tenido a bien lanzar contra mi rostro. Y nunca fui cobarde.

Así, poco después de las cinco de la tarde, tras una corta pero intensa siesta, me puse mi único traje (que apenas había utilizado una vez) metí en una maleta adquirida dos días antes mis escasas pertenencias y partí hacia la estación, dejándome azotar por las continuas ráfagas de un viento helado que hería inclemente las esquinas, los árboles, y el tránsito fugaz de los peatones que surcaban con rapidez las avenidas.
         A causa de la menuda e impertinente lluvia que había comenzado a desgranarse sobre la ciudad, me vi obligado a tomar un taxi. Muy pronto, el automóvil se detuvo frente a un moderno edificio de dos plantas, ante el que otros autos vomitaban su carga humana, partiendo raudos en busca de otros
pasajeros, de otras historias.
        
Antes de entrar en la estación, me detuve un instante, con la viva sensación de haber pasado algo por alto, de no haber prestado la debida atención a algún ínfimo detalle, de ésos que luego resultan ser
trascendentales, pero, no siendo capaz de concretar en que pudiera consistir ese olvido, me encogí de hombros y penetré en el edificio entre una muchedumbre de rostros desconocidos y bonitas muchachas uniformadas y empleados siempre dispuestos a la oportuna indicación, al breve diálogo.
         Ya en el interior, me sentí invadido por un reconfortante calorcillo, más agradable, si cabe, teniendo en cuenta el frío que la llovizna había traído consigo allá afuera. Al fondo, al otro lado de las
ventanillas ante las que el gentío formaba largas colas esperando su turno, pude ver una gran sala en la que multitud de personas charlaban, gesticulando. Un poderoso rumor se extendía a lo largo de toda la nave. Era la suma de las conversaciones de los presuntos viajeros, el eco de las despedidas, de las tópicas recomendaciones y las frases cariñosas. A la izquierda, un enorme mural representaba el mapa del país, cruzado por innumerables líneas rojas, como tantas otras arterias surcando el espacio, entrecruzándose, uniéndose, mezclándose y formando un complejo entramado que llegaba hasta los más recónditos rincones de la patria. Al lado, un cartel electrónico indicaba las próximas entradas y salidas, el horario previsto y el número del andén correspondiente. De cuando en cuando, se oía por los altavoces repartidos por todo el recinto una muy bien modulada voz femenina, anunciando la inminente partida de algún tren. Podían verse entonces algunas personas corriendo en todas direcciones, abalanzándose hacia las escaleras mecánicas que llevaban a los andenes. Otros paseaban con impaciencia frente a las ventanillas, lanzando insistentes miradas al electrónico, y escuchando con desmesurada atención cada uno de los mensajes que los altavoces vertían sobre el aire cálido de la sala espaciosa.
        
No dejó de llamar mi atención la aparente ausencia de escaleras ascendentes, ya que había, en efecto, un piso superior, que se veía a través de grandes cristales, y en el cual podían distinguirse varios grupos de personas, saboreando sus bebidas y riendo despreocupadamente. Otros, por el contrario, contemplaban con aire apesadumbrado el piso en el que yo me encontraba y callaban; sólo callaban ignorantes de las alegres risas que brotaban a su alrededor. (¿Habré de decir que en este lugar toda risa es forzada; toda alegría, aparente?) Enajenándome a esas tristes miradas, supuse que habría alguna escalera en el interior de la cafetería, pero esto aún no me preocupaba, puesto que mi intención no era subir a aquella atalaya acristalada, sino tomar un tren.
Sí, subir a ese vagón que el destino había puesto en mi camino y que ya no podía tardar mucho en hacer su entrada. Volví a consultar la lista de horarios sin hallar referencia alguna al tren que debía tomar, al itinerario que muy pronto había de emprender. Caminando con tranquilidad, me aproximé a uno de los numerosos bancos que ocupaban el centro de la enorme nave y me senté en él, situándome frente al letrero en el que, de un momento a otro, surgirían las mágicas palabras anunciando la llegada de mi  tren, anunciando el comienzo de algo quizá maravilloso y excitante.
A mi lado, una mujer gorda dormitaba apaciblemente, y un poco más allá, un anciano miraba como hipnotizado, con expresión de ciego incapaz de admitir la ceguera, hacia el gigantesco mural. Niños ruidosos correteaban entre los bancos, pero, no sé por qué, en sus juegos se adivinaba como una falta: No denotaban la natural alegría que suelen atesorar la mayoría de los niños. Me dio la impresión de que ni siquiera estaban jugando sus propios juegos, sino cumpliendo un ritual insoportable y absurdo. No eran risas infantiles lo que llenaba el ámbito, no eran reales; y además, en sus rostros podía percibirse
un deje de rutina y melancolía, como si tales carreras, tales saltos y gritos, no hiciesen sino aburrirles y fastidiarles. (¡Cómo no lo vi entonces! ¡Cómo no salí corriendo de aquel lugar, de este lugar en el que
ahora estoy sentado y escribiendo estas agónicas frases que se han venido repitiendo una y otra vez en mi atormentada mente!)
Sonó la campanilla. De inmediato, oyóse la dulce y acariciante voz de mujer, recitando la aprendida lección de entradas y salidas. Escuché con atención, sólo para comprobar que tampoco era éste el tren que esperaba. Volví a mirar el billete, para prevenir cualquier posible error por mi parte. Tomar un
tren equivocado solía acarrear, según había oído decir, tremendas molestias e incontables transbordos posteriores, e incluso existía un rumor que aseguraba que, en caso de confusión, se hacía prácticamente imposible regresar a la estación de origen, descartando así toda probabilidad de emprender algún día el viaje proyectado, dada la gran complejidad de la red ferroviaria. (En algún momento, en el pasado, tuve la sensación de haber tomado un tren erróneo, pero eso ahora no es más que un vago recuerdo y las
certezas no existen) Sin embargo, no es menos cierto que si procedemos con atención es en verdad difícil equivocarse, debido en gran medida a la asombrosa exactitud de las informaciones proporcionadas por los altavoces y por el cartel de horarios.
La mujer gorda respingó, miró en todas direcciones, se incorporó de un salto, se frotó los ojos con el dorso de la mano y leyó frenéticamente las ocho líneas electrónicas que resplandecían frente a ella. Después respiró con fuerza y volvió a sentarse, tal vez algo desalentada. Fue entonces cuando se percató de mi presencia. Me contempló con curiosidad durante un segundo. Luego preguntó sin protocolo alguno:
- ¿Ha salido ya el tren hacia D.?
- No puedo estar seguro - contesté con amabilidad - Lo único que puedo asegurar que no lo ha hecho desde que estoy aquí - no dije nada más, tratando de rehuir el diálogo. Pero ella, ya más despierta, ensanchó un punto su sonrisa y dijo:
- Entonces ¿Llegó usted hace poco?
Iba a responderle con una escueta afirmación, demostrativa de mi escasa predisposición a entablar una conversación intranscendente, cuando me vi bruscamente interrumpido por el anciano que, con gran descortesía, increpó a la mujer:
- ¡Estás loca! - Gritó. Después se dirigió a mí en otro tono - Se lo he repetido cientos de veces. Su tren partió hace mucho. Pero ella se empeña en seguir esperando, aun cuando sabe de sobra que soy yo quien está en lo cierto - se volvió de nuevo hacia ella y con voz chillona agregó: - Nunca volverá ese tren ¡Nunca!
- Calla, viejo idiota - dijo ella entre sollozos - Tratas de confundirme.
Este amable caballero acaba de decir que aún no ha pasado. Yo sé que llegará y me marcharé en él, mientras tú te quedas ahí sentado, refunfuñando y soñando con un destino que jamás estuvo a tu alcance. A mí me queda la esperanza. A ti, nada más que la resignación o la locura.
- Yo nada espero. Eso es cierto - aceptó él con un tono más calmado - Hace tiempo que comprendí mi derrota. Pero tu esperanza ha de transformarse, ya lo verás, en una larga espera baldía, en sufrimiento y agonía, pues no quedan trenes que tu puedas coger, no hay destino que te reclame, ni andén
que pueda llevarte hacia la luz.
- ¡Cállate! - Gritó la mujer en dirección al viejo. Luego, mirándome con los ojos arrasados en lágrimas, dijo: - Es insoportable. Siempre está gritando lo mismo. Siempre ahí sentado, malhumorado e insultante, como si su único fin fuese destrozar mis esperanzas. Siempre descargando sobre mí su odio de
viejo egoísta, su desesperación de hombre abandonado. Pero no vaya a pensar que puedo huir de sus reconvenciones. No importa dónde vaya, allí está él para seguir machacándome. No deja de perseguirme, todo el santo día, de acá para allá. No sé si tendré fuerzas para seguir esperando mucho más.
         Algo en las palabras de la mujer, en la actitud del anciano, hizo que, por un momento, me sintiera descolocado, como viviendo una situación irreal, un sueño absurdo del que no había escapatoria. Tratando de serenarme un poco, de superar con rapidez la confusión, miré al anciano a los ojos y, sin acritud, le espeté:
- ¿No le avergüenza tratar así a la señora? ¿Acaso carece del menor escrúpulo? ¿Es insensible al dolor que le causa con sus palabras?
Tras unos segundos de silencio, bajó los ojos, incapaz de soportar la hostilidad que se reflejaba en los míos. En voz baja, respondió:
- Tú también lo serás, cuando llegues a mi edad. Si hubieses estado aquí tanto tiempo como yo, quizá fueses más cruel - su tono fue subiendo poco a poco - ¿Qué derecho tienes tú a reprocharme nada? Te queda una larga vida, y se nota que no te falta ilusión. Tu tren llegará muy pronto y te marcharás,
como tantos otros, sin recordar nunca más esta escena, ni a ninguno de nosotros. No, muchacho, no tienes ningún derecho a juzgarme ¿Con qué propósito, pues, te inmiscuyes en asuntos que son completamente ajenos a ti?
Acabas de llegar y ya crees saberlo todo - su voz adquirió un tonillo irónico - pero no tienes la menor idea... Está bien, quédate ahí con esa chiflada. Así aprenderás. Yo me voy a otro lado.
         Presa de una gran excitación, fingida al menos en parte, sacó de debajo del asiento unas muletas y se alejó con dificultad hacia otro banco próximo, desde el que también podía ver el luminoso. De nuevo esa sensación de irrealidad me fue subiendo por dentro, mezclada con un poco de frío, procedente de los andenes. En el exterior estaba anocheciendo y el viento castigaba con dureza las copas de los árboles y también a los pocos viandantes que circulaban a esa hora por las calles. Dentro se notaban, de
cuando en cuando, pequeñas bocanadas de aire fresco que hacían bajar, lenta pero inevitablemente, la temperatura. Anochecía y mi tren no llegaba, y una sorda preocupación se iba abriendo paso en mi interior.
         La mujer gorda, que había cesado en sus sollozos y secado las lágrimas, se apretó un poco contra mí, musitando en mi oído:
- Tal vez el tren que estamos esperando va a llegar pronto.
Por algún motivo que entonces no supe precisar, esas palabras me produjeron una intensa desazón, pero el calor de su cuerpo a mi lado, y el suave aroma que de él se desprendía, consiguieron adormecerme.
En el sueño, vi miles de trenes entrecruzándose, entrando, saliendo, cambiando de vía.
Vi trenes lanzados a toda velocidad, galopando por extensas llanuras desiertas; vi trenes que descendían interminablemente, máquinas que arrastraban un número infinito de vagones vacíos y silenciosos; vi vagones repletos de gente y detenidos en medio de la vía, abandonados a su suerte entre los páramos. También pude ver, al fondo, allá en lo más profundo de mi sueño, un trenecito muy pequeño, antiguo, uno de esos que hace tiempo cayeron en desuso, algo desvaído por el paso de los años, aparentemente fuera de servicio. Pero una suave dulzura emanaba de sus gastadas maderas, de sus oxidados remaches, de sus cansadas ruedas. Y supe que ése era mi tren y que no debía perderlo. Y entonces recordé que estaba soñando; desperté sobresaltado, con la vista fija en el cartel, releyendo con precipitación cada una de sus líneas, sólo para comprobar con desaliento que mi tren seguía sin haber llegado a la estación.
Sentí un frío intenso. La mujer había desaparecido. En su lugar, aunque algo más alejado, estaba el anciano, contemplándome con curiosidad. Aturdido aún por el violento despertar, pregunté:
- ¿Qué ha sido de ella? ¿Llegó por fin su tren?
- De ningún modo - respondió él, sonriendo con amargura - Ese tren ya pasó y nunca regresan - hizo una breve pausa - Yo traté de avisarla cuando sucedió, pero se burló de mí, me insultó y desoyó mis consejos. No sé dónde habrá ido ahora. Lo más probable es que esté en la cafetería, tratando de subir al piso de arriba. Por la noche, cuando llega el frío, todo el mundo trata de resguardarse.
         Algo se debatía en mis entrañas, como una inconcebible certeza de estar viviendo una situación que desafiaba toda razón. La increíble sospecha que se había ido asentando en mi mente desde el momento en que llegué, comenzaba a tomar forma; las palabras del viejo delineaban los contornos precisos de la pesadilla:
- Se dice que allá arriba no hace frío y que la gente es más amable, y la vida, más confortable. Pero nadie sabe cómo subir. A mí ha dejado de importarme. Apenas sería capaz de subir dos peldaños - al decir esto, remangó sus pantalones, dejando al descubierto dos piernecillas algo deformes y, sin duda, enfermas -Es por la humedad que viene cada noche desde los andenes y quizá también por las caminatas.
- ¿Caminatas? - Pregunté. Cada nueva revelación me iba arrastrando más y más hacia las desoladas regiones del pánico.
- Sí. Es preciso caminar mucho, para combatir el entumecimiento. De lo contrario, se corre el peligro de morir congelado. No ponga esa cara. Yo sé que todos se burlan de mis consejos, pero hágame caso: camine, camine todo lo que pueda. Todas las mañanas, los empleados tienen que retirar los cuerpos congelados de quienes no tomaron las debidas precauciones. Lo hacen con sigilo, fingiendo que nada ocurre, pero yo llevo demasiado tiempo en este lugar y nada se me escapa.
- ¿Sugiere usted que hay personas que pasan aquí la noche? - Dije. Algo en mi interior se resistía a creer en lo que estaba oyendo. No era posible.
Nada era verdad. Pronto despertaría en mi habitación, entre mis libros. Todo habría sido un sueño, desayunaría, me asearía y saldría hacia el trabajo, como cada mañana...
- Muchos días y muchas noches - respondió él con cierto desaliento - Hace años que espero, obstinado, la llegada de ese tren en el que ya no creo.
Pero no conozco otro camino.
- Sin embargo, yo no puedo esperar. Debo...
- Nadie puede, en realidad. Pero no me haga demasiado caso. No desespere. No es imposible que su tren llegue, en efecto, esta misma noche. En muchos casos sucede así. Permanezca atento a los altavoces. Trate de no dormirse.
Sea amable con los funcionarios, y ellos le corresponderán gestionando con rapidez los trámites de su partida. Pero, ante todo, deseche la prisa, reprima la ansiedad. Nada sucede antes de tiempo.
- Pero es que debería regresar antes del lunes...
- ¿Regresar? ¿Cómo ha de regresar?
- Tengo que acudir al trabajo, o seré despedido. Son muy estrictos.
- ¡Vamos! ¡No sea hipócrita! Usted conoce perfectamente su situación. Sabe de sobra que no hay sitio al que regresar. ¿Acaso no lleva en su maleta todo aquello que considera imprescindible? ¿No arrojó la llave de su casa en una sucia alcantarilla? ¡Pues claro que lo hizo! Igual que lo hicimos todos,
sabedores de que no hay regreso. Porque regresar equivale a fracasar ¿Y quién tiene el valor de reconocer el fracaso, de admitir el error? Antes la muerte, antes el sufrimiento más horroroso, que la confesión de la derrota.
¿No es, en rigor, la más completa verdad cuanto estoy diciendo? ¿Sería capaz de negarlo, de negármelo a mí?
         Me sentí derrotado, desenmascarado. Con algo de vergüenza, admití:
- Sí... Es cierto. Eso es exactamente lo que hice... Pero en el fondo, yo esperaba regresar... ¿Cómo hubiese tenido, de lo contrario, el valor de partir? Es verdad. Sabía que el regreso no es posible, pero todo hombre necesita algo a lo que aferrarse, una referencia, un punto de apoyo para superar la terrible realidad... De modo que no me resta sino la espera. La espera que, según sus palabras, puede llegar a ser insoportable. Mas... siempre puedo bajar al andén y tomar el primer tren que llegue, aunque no sea el indicado...
- ¡De ningún modo! No hay dos trenes que puedan conducirle al mismo lugar.
Hay que atenerse al billete. Es imposible sospechar siquiera dónde podría terminar quien hubiese tomado un tren equivocado. Además, sepa que si baja al andén es muy posible que no pueda volver a subir, del mismo modo que resulta prácticamente imposible acceder desde aquí al piso de arriba.
         Pensé en un número ilimitado de pisos, desconocidos entre sí. Un infinito edificio de incontables pisos desde cada uno de los cuales no fuese posible ver sino el superior y el inferior. Y en cada una de esas plantas, hombres idénticos a nosotros, hablando con nuestras palabras, compartiendo
nuestros pensamientos, hasta los más íntimos; siendo, en suma, perfectas imitaciones nuestras (o lo que es peor: nosotros imitándoles, siendo meras caricaturas, marionetas cuyos hilos...) Preferí no pensar más, escuchar en todo caso al anciano, que seguía hablando, pero la idea infernal de la multiplicación infinita de los pisos me había conmocionado de tal modo, que ya no me sentía con ánimos para seguir oyéndole. Sólo una voz interior que me repetía una y otra vez la completa imposibilidad de tan absurdo
pensamiento: No puede haber más que tres plantas, tres únicos niveles. Pero mi mente dudaba, y acaso...
         La mujer gorda se aproximaba a nosotros, con la sombra de una aguda decepción oscureciendo su rostro. Sin una palabra, tomó asiento a mi lado y recostó su cabeza en mi hombro, disponiéndose, sin duda, a dormir un rato.
Yo, sin esperanza, hice lo mismo, pero mis oídos permanecieron atentos a los altavoces, mis ojos se abrían de cuando en cuando, vigilantes incansables del cartel electrónico. Esa noche no vino mi tren. Tampoco las siguientes.

         El tiempo ha ido desgranándose y mi tren no ha llegado. Hay momentos de desesperación en los que pienso que no es imposible que haya descuidado la vigilancia durante unos minutos, quizá los necesarios para que ese tren hiciese, raudo, su entrada, reclamándome y partiendo sin respuesta, vacío de mí, corriendo inútilmente por una vía muerta.
Como todos he intentado en vano el ascenso al piso superior. Como todos, he pensado en bajar a los andenes y tomar un tren cualquiera, para terminar de una vez por todas con esta exasperante espera, pero siempre me fallan las fuerzas, y permanezco aquí, sentado en este viejo banco, con los ojos
cansados de tanto mirar en la misma dirección, con el corazón atormentado y apagándose.
Miles de trenes han partido y ninguno era el que yo esperaba. La mujer y el anciano, simples sombras en mi memoria, desaparecieron hace tiempo. Tal vez llegó su tren; tal vez hayan muerto sin haber llegado a tomarlo, anónimos figurantes en una siniestra farsa que se nos va llevando sin concedernos una
segunda oportunidad.
Pero también los demás han ido diluyéndose hasta dejar vacía la estación.
Los niños y sus fingidos juegos son ahora pasto del olvido y hasta los mendigos que solían estacionarse en la entrada han abandonado su antigua costumbre y han emigrado a otros lugares donde quizá haga menos frío, donde quizá haya limosnas.
La cafetería fue cerrada, y con ella se perdió mi última esperanza de ascender al piso de arriba, que ya ni siquiera puedo ver, y que tampoco me importa, si es que alguna vez me importó. Este nivel se ha quedado desierto por completo, a excepción de uno de los empleados, que permanece ahí, parapetado tras la rejilla y el cristal, que no habla ni responde a mis preguntas, que parece condenado a la eternidad sin fondo de las ventanillas.
Y la voz. La voz interminable, intolerable, anunciando trenes para nadie, melódicas burlas del destino, incongruentes frases sin destinatario. Es como si toda la estación estuviese aún abierta sólo por mí, únicamente para que yo pueda tomar mi tren y alejarme hacia otra quimera respirable. Y a veces
aun creo que acaso sea posible, como si todo este tiempo no hubiese transcurrido, como si aún se pudiesen construir nuevas ciudades, edificar otras realidades menos lamentables, calles habitables, nítidas, parques de sol, fuentes de esperanza sincera y real, monasterios...
Y sin embargo, sé que todo es mentira, ¿por qué no confesarlo de una vez? Sé que mi tren no ha de pasar, que mi espera ha de ser forzosamente estéril.
Pienso que un viento frío, una de estas noches, apagará para siempre mis esperanzas, congelándome, y así el ciclo se habrá completado y la estación perderá definitivamente su razón de ser y desaparecerá, como todo lo que un día hubo en ella. Porque ese tren que espero es algo que nunca existió, una sórdida invención de mi cansado corazón urbano; porque fui yo mismo quien envió aquella carta, buscando un pretexto para escapar a la insufrible rutina de las tardes sin nadie y sin nada en el monótono horizonte de la casa vacía. Hay otras estaciones desiertas, otros hombres iguales a mí, igualmente abandonados por la suerte, idénticamente solos, esperando a un tren que saben no ha de llegar, aguardando sin fe un destino que no existe, sabiendo con implacable certeza que todo es inútil, que ya nada va a ocurrir...
Pero he aquí que la campanilla suena de nuevo, y aunque conozco de antemano la inutilidad de mi acción, escucho atento, y lo que oigo me llena de desconcierto y de alegría, porque esta vez, desafiando todas las leyes de la razón, es mi tren el que está entrando con poderosa lentitud en la estación abandonada. El letrero luminoso así lo atestigua, y acaso también la leve sonrisa que me ha parecido sorprender en el pétreo semblante del empleado.

Asombrado aún, con las piernas temblando de emoción, cojo mi maleta y corro hacia la escalera descendente para hundirme en las profundidades del andén, sabiendo ahora que hay, en efecto, una escalera que sube y sube hasta perderse en el infinito, sabiendo que es esta misma escalera por la que voy bajando hacia el andén desierto. Pero eso ha dejado de importar, y corro sin descanso hacia ese tren que viene a buscarme exclusivamente a mí, corro incansable hacia ese destino que viene a reclamarme.

*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es

Calvario*
 
 
 
El dolor es como lava hirviente.
Sobre mi carne cae, lentamente.
¿Por qué tuve yo que ser la presa?
¿Por qué todo este daño y esta herida?
¿Qué culpa estoy pagando que no es mía?
¿Qué pecado maldito que yo no he cometido?
¿Y por qué mi verdugo sonríe? Yo no puedo.
¿O es que acaso no sabe lo que ha hecho?
 
Como si yo jamás lo hubiera conocido,
el dolor viene a mí repetido  y perverso
 relamiendo su boca tentadora,
como gozando por haberme herido.
 
Pero no puedo odiarlo.
Y yo no haría sino abrazarlo ahora...
 
                               

*de Celina Vautier.  celka@arnet.com.ar

Condenado a vivir*
 
 
 
 
     El argentino, condenado a prisión perpetua en EE.UU, desde noviembre del año 1999 es acusado de asesinar a un vendedor de computadoras en la ciudad de Houston. .
     Norberto Salas, desde muy temprana edad, tuvo conductas sociales , individuales e intelectuales muy diferentes a la de sus pares.  Fue tratado por distintos Psicólogos que determinaron que era un niño con serios trastornos psicológicos y que debía ser tratado por profesionales. 
    Hijo de un Oficial Retirado de las Fuerzas Armadas Argentinas,  descendiente de terratenientes bonaerenses y de una señora, única hija de inmigrantes españoles, residentes en la Provincia de La Pampa, criada en una Escuela de monjas de Buenos Aires,  maestra, que nunca ejerció la docencia, ya que a los dieciocho años se casó con el militar. De por sí tímida, reservados, sin parientes, ni amigos , estos eran los padres de Norberto Salas  
     Siempre hubo malentendidos entre los esposos, hecho que los mantenía alejados durante largas temporadas.
       La madre de Norberto Salas, depresiva. era muy agresiva con el niño, el cual siempre se sintió mal y triste en su  entorno familiar y social.    
     En el año 1985, cuando Norberto Salas  tenía  7 años, nació su hermano, al que llamaron Juan.  Recuerda el profundo odio que sintió con su llegada  al hogar y  las grandes diferencias de trato que recibían ambos por parte de sus progenitores.
   En su  adolescencia, Norberto comenzó a interesarse por la etapa del Gobierno Militar, de esos años con Golpe de Estado compuesta por  civiles , militares y apoyados por clérigos.
   Se empieza a relacionar   con jóvenes hijos de desaparecidos.  Entra en una búsqueda que él mismo no comprende, pero  algo por dentro lo impulsa. Recorre  diversas instituciones, indagando más y más sobre su entorno familiar. A partir de allí, comienza  a dudar de su verdadera identidad .
      Decide un día  hablar con su padre, quien le confiesa que es hijo de personas secuestradas y desaparecidas de esa época oscura de la historia argentina,  realidad que  también conoce su madre.
       Norberto Salas ante la verdad, sufre un shock,  reacciona agresivamente, debe ser internado en una Clínica psiquiátrica. Luego de un prolongado tratamiento retorna  a su casa bajo cuidados y controles estrictos.
      Intentó en varias oportunidades hablar con su madre. Ella se negó.
      La señora del militar, tenía enfrentamientos diarios con su marido ; siempre relacionados con esa  historia oculta .
     Una tarde de domingo, sus padres discutían  acaloradamente, él escuchó. A partir de ese instante, les exige toda la verdad, conocía que sus padres verdaderos fueron secuestrados por el Ejército  Militar, su mismo padre se lo había dicho.
    
 
    El Teniente, en ese año, cumplía sus servicios, en una ciudad próxima a la Capital Federal.
     En una requisa, realizada  a estudiantes universitarios en la ciudad  de La Plata, provincia de Buenos Aires,  son secuestrados e  ingresados  al Regimiento.
      El Teniente Salas está al frente de esa acción militar.
 Entre los jóvenes secuestrados  se encuentra  Graciela.  Torturas psíquicas y físicas, encierros, recibían de los militares .
  Es Graciela, secuestrada y desaparecida, su compañero Luis,  fue acribillado a balazos, en las calles de la misma ciudad, en agosto del año 1976.
       Al  Teniente en cuestión,   le otorgan la vigilancia de la joven Graciela, que según los jefes militares, es poseedora de información muy valiosa. Es torturada en varias oportunidades.
     Sus ojos y los del teniente se funden en un punto imaginario de reencuentro de otros ayeres .
      Ráfagas de ametralladoras, gritos de dolor y desgarro, puertas pesadas que se cierran,  siniestro crujir de mortajas . Su espíritu horrorizado clama por escapar de esa terrible realidad, la eleva , la  transporta a festejos navideños, salvas de honor en fiestas nacionales, fuegos artificiales,  sonidos de ambulancias y bomberos de juguete.
    En una tarde de lágrimas secas y  sangre descolorida, su cuerpo flagelado  es llevado ante el Teniente, quien lo observa atónito. 
-No me pongas límites, dice en su balbuceo, Graciela.
Sus manos finas con dedos alargados hablan de vuelos.
Se cruzan sus miradas , ella cree ver a su amado. En el viaje de las  almas se funden sus esencias en notas de Mozart,   ejecutadas genialmente.
   El la mira extasiado, no hay frivolidad cuando descubre que solo sus manos no están ultrajadas. No me limites, se repite. Te cuidaré, se dice.
  Al amanecer, cuando la materia descubre la vida, una luz tenue se asoma por la ventana de vidrios negros. El cuerpo de Graciela, aniquilado en la espesura del horror, pide clemencia. Se unen en  prolongado abrazo.- No me pongas límites, no me pongas límites -dice la joven,- permití que mis manos vuelen,  me ayudan a soportar estos tormentos. Cuidalas.
 Un teclado , partituras de Mozart, hacen  que su espíritu, sus alas remonten buscando el infinito.
Sus almas  se unen en  enamoramiento. Quieren tener un hijo. El horror y el espanto los amalgama. Graciela queda embarazada.
 
         Los Superiores del Militar, ante la realidad de los hechos, ofrecen al Teniente que le darían la baja si convence a la secuestrada  que suministre toda la información que ella  conoce. Ni el aislamiento, ni las torturas lograron que la joven confesara .
     El Ejército le garantiza al Teniente que les otorgarán a ambos  el salvoconducto para cruzar la frontera y la absoluta seguridad de que podrían radicarse  en el país de América del Sur que ellos eligieran.
   
 
 
 
      Ante la propuesta y luego de profundas conversaciones; Graciela  resuelve salvar su vida y la del  hijo que crece en su vientre.
     Los jefes militares, luego de obtener la información no cumplen con lo pactado. No les otorgan la salida del país . Los separan.
    El 8 de enero de 1978, ocurrió el parto.
  El Teniente,  padre del hijo que ha nacido,  lleva a su casa al bebé. Su esposa  lo  recibe  con gran alegría,  está de acuerdo con la adopción de la criatura, ya que el matrimonio no podía tener hijos.
     Norberto  continuaba averiguando acerca de su identidad y seguía preguntándose .
-Él ¿ con seguridad,  es mi padre ? -
Pasaba horas, días enteros, frente a los espejos. Buscaba parecidos en el rostro, en el físico, en el caminar. Hasta dejó crecer sus bigotes .
La incertidumbre aumentaba día a día, no lo podía creer. No lo quería creer.
    -  Entonces, Teresa no es mi  madre- piensa-
No vio fotografías   embarazada de él.
      Recuerda   los vestidos anchos, su caminar lento, cuando estaba en cinta de Juan
-         Nunca tomé la teta -se dice- a mi madre verdadera no le permitieron tenerme a upa.  Sus ojos ¿ serían como los míos ?
      Mi  hermano Juan ¿ es mi hermano?
      En verdad, ellos solo se parecían en la altura y en las poses que tomaban al estar de pie.
    Buscó , revisó álbumes de fotos, los rompió, desparramó por todas partes las mismas cortadas en dos, en cuatro, en diez pedazos.
Tomaba la bicicleta , salía y volvía. Hacía preguntas a su madre, a su padre , a Juan.
    Prendía cigarrillos que no fumaba. Con ellos , quemaba almohadones abandonados, desparramados por todas partes. El olor del acetato quemado , le produjo asma. Buscó aire , trepó al árbol mas alto, desde allí se arrojó al vacío -tengo alas multicolores verdad- digan que sí, carajo.
Su mente atormentada solo le permitió huir. Correr, correr, cruzar avenidas anchas que lo llevara a algún lugar. Zigzaguear entre autos en carrera loca.¿ Quién gana ?
-         ¿ Es cierta la fecha de nacimiento?
-         ¿ Mi verdadera madre , me hubiera llamado Norberto?
       Ensayó otros nombres y otros , frente al espejo, a solas con su atormentada cabeza y su pelo desordenado.
       Corrió durante muchas horas. Volvió a su casa, hasta caer al piso de la habitación de sus padres, exhausto. El cansancio lo venció. A la mañana el sol le hizo abrir los ojos, era otro ser. Estaba decidido a abandonar todo, solo quería partir hacia algún sitio que lo alejara de este lugar.
 Pudo hacer todos los trámites para salir del país, sus veintiún años , recién cumplidos, se lo permitían.
   Su físico, su mente, soportaron el entorno hasta que llegó a EE.UU. 
   En la ciudad de Houston, buscó un hotel adonde alojarse. Acomodó las pocas cosas que llevó, entre ellas una foto de su padre cuando era joven y salió a caminar con rumbo desconocido.
 
 
 
   Las luces de los carteles y los autos lo encandilaban. A cada paso su mente se turbaba más y más .
     Ante  un importante negocio de venta de computadoras, CD, DVD , se detuvo a escuchar música. La Sinfonía No.40 de Mozart lo atrapó, miró hacia su derecha, miró hacia la izquierda y entró al negocio muy decidido.
   En cada paso que daba, Norberto Salas  veía, olía, escuchaba.-Sus sentidos se agudizaban cada vez mas. La Sinfonía de Mozart la oía a todo volumen. 
     Ese negocio de venta de computadoras, en su brote sicótico, era el lugar adonde su madre genética le dio la vida, así lo sentía. 
    Escuchó llantos de bebés. Para él, las computadoras eran cunas. Entonces  creyó oír  la voz y los gemidos de su madre
      La Sinfonía No 40 de Mozart sonaba cada vez mas fuerte, no lograba tapar el sonido de ráfagas de ametralladoras ni de puertas pesadas que se cerraban.
      Se acercó al vendedor de computadoras, en su lugar vio a un médico partero, su delantal manchado en sangre. Creyó verlo escribir un Certificado de Nacimiento donde  claramente aparecía su nombre" Norberto Salas".
     Sus ojos estaban fuera de las órbitas, estaba desconocido. La brutalidad se adueñaba de él por completo. Fue allí cuando le asestó un fuerte golpe con una computadora al empleado, que cayó pesadamente sobre el mostrador.
      En fracciones de segundos, se escuchan sirenas de ambulancias y de carros policiales.
     Al vendedor de computadoras, lo sacaron muerto.
     Norberto Salas espera la prisión perpetua hasta hoy, en el Hospital Psiquiátrico,  adonde lo trasladaron en primera instancia-
 
 
 
Cualquier ficción queda por debajo de la realidad.

*De TERESA DE JESUS SOLER.  teresadejesussoler@gmail.com

 

*

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11 Noviembre 2009

EDICIÓN NOVIEMBRE 2009.

HAZME UN CUENTO*

A mi hija Sarah

Hazme un cuento, niña mía,
Que no logro esta noche
A pesar de mi cansancio
Conciliarme con el sueño.

Antes que huyan las sombras,
Háblame de los veleros
Que navegan entre estrellas,
De amantes que se despiden

A la orilla de los puertos.
De ciudades sumergidas,
De palmeras y de arenas,
De amores que no se encuentran,

De pozos en el desierto...
Porque esta noche, mi niña,
Para olvidar tantas cosas
Necesito de tus cuentos.

*de Marié Rojas.

YO, LA OTRA*

¿Quién se levanta en mi?
¿Quien se alza del sitial de su agonía
...y camina con la memoria de mi pie?
OLGA OROZCO
 

Yo. La otra. Sombras simultáneas.
Detrás, adelante o cubriéndonos.
El inmutable espejo devuelve cóncavas imágenes.
Triángulos. Orfandad a cuestas.
 

Yo y la otra. La otra y yo.
 

Una se desnuda, la otra se cubre. Una se hiere, sangra la otra.
Una arde, la otra se apaga.
Se aman intensamente pero se odian más.
Las dos se acechan, más, jamás se encuentran.
Doy un paso, la otra avanza dos.
La presiento tras mío, vuelvo la cabeza. Estatua y sal
 

La otra y yo. Yo y la otra.
 

Jamás  engañó al poema, yo le fui infiel.
Odié la luna y los atardeceres luminosos
Amé los charcos nauseabundos y al viejo sapo enamorado.
Yo, que he de morir cuándo ella muera.
La otra, que no ha de morir cuando yo muera,
Asistirá, estoy segura, impávida a mi entierro.
Una es semilla, la otra, brote.
Confieso, he deseado intensamente ser la otra
Lo he logrado a veces.
He sido Salomé, sensual y victimaria,
Pero también la otra, la mujer de Zebedeo
La otra confiesa haber deseado, mas que nada en la vida,  ser yo.
Aun no lo ha logrado

*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA DIETA*

 

Deberías haberla visto en aquella noche de su boda. Toda blanca, toda pálida, toda etérea. Tendrías que haberla visto en aquel momento, con las puertas del templo abiertas de par en par y la marcha nupcial invitándola a caminar hacia el altar.
La luna resplandecía en sus ojos y le imploraba en silencio que todo esto fuera irreal.
Y comenzó a andar con pasos lentos. Toda blanca, toda pálida, toda etérea. En sus manos flores rojas casi moradas, en sus mejillas lágrimas frías. Tomó la mano del novio y le acercó los labios al oído. Tal vez un susurro de perdón. Ante la Cruz, la Virgen y todos los Santos, ella descolocó sus mandíbulas como si fuera una serpiente. Entero, frac negro, anillos en el bolsillo. Así simplemente se lo tragó.
Deberías haberla visto.
                                                                         

*de Daiana Holzer  daiaholzer@hotmail.com

Historias Bancarias
EXTRAÑO SUEÑO*

 
En la primera etapa de nuestros tiempos, en el inicio mismo del banco; me refiero a quienes ingresamos en el primer grupo de origen, tuvimos entonces un verdadero bautismo de fuego.- Las tareas nos superaban, las jornadas se tornaban complicadas y apenas podíamos desenvolvernos; y era mucho decir, más bien apenas nos defendíamos, y eso a los ponchazos.-
Más adelante se fue incorporando personal, y  estacionando las exigencias de nuestras tareas, mermando el vertiginoso crecimiento.- Esto era lógico.- Al principio tuvimos un cúmulo de vinculaciones y aperturas de todo tipo de cuentas y operaciones, y pasado cierto tiempo eso se fue aquietando, mientras al mismo tiempo, mejorábamos en nuestra capacitación y en nuestra estructura.-
Digamos que le fuimos tomando la mano.-
Los días pasaron a ser cada vez más normales, y hasta teníamos algunos casi aliviados, especialmente ciertos días del mes, o de la semana.-
Aunque siempre continuaron habiendo cada tanto, por H o por B, días picos, de mayor afluencia donde se nos venía encima una avalancha de operaciones.- Por ejemplo, los días lunes ya lo asumíamos, así como los días sándwiches, entre feriados; pero peor era tras un feriado como el día "del bancario", el seis de noviembre, por lo general hábil para todas las actividades tanto civiles como oficiales, pero feriado bancario en todo el país.-
Encima nuestro primer festejo nos cayó en lunes.-
Todo el comercio, industria y servicios y demás sectores económicos trabajaban como día normal, y nosotros de camping festejando con asado y vino, conmemorando por primera vez lo que desde allí sería "nuestro día".-
Pero al día siguiente teníamos doble o triple trabajo.- Días verdaderamente complicados, especialmente en la caja.-
Yo todavía estaba sólo en toda el área, salvo la ayuda después del cierre que podía darme el gerente.-
Una de estas jornadas, terminamos bastante tarde de armar el efectivo y cotejar las cifras contables.- La caja acusaba una diferencia espantosa, pero aún había que revisar las sumas.-
Nos fuimos a almorzar, bien tarde, y a descansar un momento; volviendo enseguida a continuar con el cierre y determinar mejor las partidas.- La diferencia se fue estableciendo en un faltante tan grande, que no podía ser ningún error de pago ni de recepción, debía ser otra cosa.- Quizás inversiones de números.- Analizamos todos los movimientos, y nada, la diferencia persistía.-
A la larga tuvimos que convencernos, estaría faltando dinero.- Una cifra disparatada, algo imposible, pero no obstante, todo indicaba que había un tremendo faltante.-
No teníamos más donde buscar.-
Se acabó el día.- Ya tarde de noche me fui a casa, destruido.- Abrumado y desorientado.- No sabía en qué iba a terminar.- ¿Qué más podía hacer? ¿Qué estaría pasando? Ni se me pasaba por la mente que podría haber cometido un descuido tan grande.- Si embargo, esa noche, mientras manejaba las cincuenta cuadras hasta mi casa, sentía en mis venas un torrente de adrenalina y por momentos escalofríos de terror, y trataba de convencerme de no dejarme llevar por el pánico, y que todo se iba a resolver...
¿Pero cómo? ¿Cuándo?, mañana temprano empezaríamos una nueva jornada y ya tendríamos que ocuparnos de ésta, cada momento se me iría consolidando la diferencia, y cada vez se me haría más difícil encontrarla...-
Al llegar a casa, con todo ese peso a cuestas, pensé en cenar algo, tratar de relajarme, descansar, y en última instancia, me llegué a imponer resignadamente: ¡Qué sea lo que Dios quiera!
Había llegado de visita una prima muy querida que no veíamos desde hacía mucho, y me pidió un favor, al que yo no podía negarme: Qué la llevara para saludar a otros primos al campo a unos cuarenta kilómetros.- No pude decir que no.- Fuimos todos, también mi esposa y mis dos pequeños, el más chico en brazos.- Caminos de tierra y bastante polvareda.- Una cubierta del auto se rompió cuando volvíamos, sin consecuencias, la reemplacé, y llegamos bien, sin otros contratiempos.- Pero se hizo muy tarde, estaba muerto de cansancio.- Había tenido un día muy largo y tenso, no conseguía zafar de mi mar de fondo; mi drama seguía acechándome y ni siquiera pude charlarlo con mi mujer para tener al menos el alivio de compartirlo, como siempre que uno busca ese apoyo en la compañía de quienes más nos quieren.-
Así con esa tensión fui a dormir.- Dormí como un tronco, pero un tronco en un río turbulento, tuve pesadillas afiebradas, alocadas, soñé disparates; pero uno de esos disparates me hizo dar un salto...- Serían las cinco o cinco y media de la mañana, ¿Qué disparate había soñado el último minuto que me hizo saltar en la cama?...
Soñé que había encontrado el dinero...
Fue una verdadera pesadilla.- Soñaba con un viejo almacenero de cabello y bigotes blancos, parecido a Einstein, que había vivido cerca de casa cuando éramos muy niños, entonces solía jugar conmigo y yo sentía como que me quería y me protegía.- Hacía más de dos décadas que había muerto.- Pero yo soñé con que él me mostraba dónde estaba el dinero que faltaba...
En el sueño yo era un niño pequeño, como entonces, y estaba con él; me tenía tomado de la mano y trataba de convencerme que lo siguiera, que no tuviera miedo.- Debíamos pasar sobre unas tablas que tapaban un pozo que estaba bajo una galería de una casona de antaño.- Yo no me animaba.- Entonces pasó primero él y desde allí me tendió las manos para que pudiera pasar sin temores.- Pasé, y allí había una habitación semi oscura donde se veía la caja número dos del banco, la que yo tenía a mi derecha   durante mis jornada de trabajo, pero nunca la habilitábamos.- Me aproximé, la abrí y allí, había billetes y fajos de todos los valores, casi lleno el cajón y las gavetas...
Desapareció el anciano, y yo me desperté, ¡y se me hizo una luz en las tinieblas!
De algún modo que yo no podía entender, ¿Podría estar allí el dinero que me faltaba?
Enseguida lo iba a saber.- ¡Desde ese momento me aferré desesperadamente a esa ilusión!  Faltaba una hora o más para ir al banco, pero no me podía aguantar.- Hacía frío pero yo estaba transpirando.- El gerente solía ir temprano, así  que sin esperar más me fui volando...
Entré como una tromba..., no me fui a ver a la caja, no, lo fui a buscar a él, y excitadísimo le trataba de explicar, pidiéndole alborotadamente que viniera a ver conmigo lo que yo esperaba encontrar, lo que tan patente había visto en sueños.- Me miraba asombrado sin entender, y yo cada vez más seguro que allí estaba nuestro tremendo faltante.- Además yo no me permitía siquiera tener dudas, me aferré a que aquello era posible, ya quizás como nuestra última alternativa...-
Abrimos la caja. Y tal cual lo había soñado, apilados del mismo modo, de costado como los había visto, allí estaban fajos completos y  a medio hacer, por docenas, y saldos de billetes sueltos; en idéntico volumen, que en cuanto contamos era exactamente la cantidad justa y total de lo que nos estaba faltando...
¿Qué había pasado?
¿Cómo no sabía yo que todo eso estaba en esa caja?
Lo que pasó es que el gerente vino a ayudarme, en un día en que había mucho dinero para contar, armar fajos, y recontar; así que ayudándome trabajaba sobre la mesada de la caja número dos, la de al lado, a mi derecha.- Yo casi no lo veía porque teníamos una divisoria entre ambas cajas, además yo estaba concentrado en lo mío estableciendo arqueos y el resto del dinero.-
Nunca guardaba dentro de los cajones y gavetas; porque me los iba pasando a medida que los acondicionaba, pero esa tarde en un momento tuvo que retirarse para volver después, casi enseguida, y entretanto sí los puso, aunque transitoriamente.- Cuando volvió se había olvidado y siguió con otra partida nueva de lo que yo tenía.- Para nada se acordó después, de lo que había apartado; hasta que ahora abierto el cajón, cayó en la cuenta de lo que había hecho.-
De una cosa estoy seguro, yo ni inconscientemente pude saber que todo eso había pasado, ni que el dinero podía haber estado allí.-
¿No será que tengo realmente un protector?
Pero nunca pude superar el convencimiento, de qué sin poderlo explicar, tuve alguna ayuda desconocida.-
Sea lo que sea, me sigue asombrando.-
 
 

*De Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
AVELLANEDA, Santa Fe.

*

Revolucionaria de voces y de aplausos
piel y sangre de roble
madera y fuego latinoamericano.

Y si te canto ahora que mi lágrima y los todos
somos causa, país y correntada?

Trovadora del pueblo universal,
del sueño libertario
pronuncio tu nombre soberano
letra a palmo
grito a verso
con M.
Con Mayúscula de Madre, de Música y Milagro
aromada y florecida en el Jardín Republicano.

A vos,
porque desde esta oscuridad goteada por la lluvia
sobre vuelan en la patria amontonadas
palabras de esperanza y rebeldía

Continental manera la tuya de acercarnos al canto
de vivirnos el alma de la mano
de latirnos el latido en los aplausos
de bajarnos la luna de tu pueblo
a bailarnos de pañuelos la jornada.

Y te canto
porque sabes de resucitarle cigarras al sol
porque tu hoja de vida es "gracias a la vida"
porque es himno pedirle Sólo a Dios
porque nos llama "María va"
mientras el otoño mendocino es alivio en la canción
mientras eres en el arte y por el hombre
corazón con razón.

Caminante de poncho y bombo alado
Pachamama, cóndor y calandria
cantemos la "Canción con todos" mientras duermes
así vidalan plegarias
serenatean las penas
y el silencio de tu copla serán ángel y bandera enarbolada...

*de Ana Lía Gattás. analia_gattasz@speedy.com.ar

El heredero*

 
Vivía en un caserío a las afueras de Satrustegui y era conocido en todo el pueblo tanto por las piedras que levantaba como por aquella boina inmensa que se calaba. Todo el mundo le llamaban Pachi. Sus amigos, su novia, en el trabajo, en todas partes.

Pachi siempre fue Pachi, hasta que uno de los emigrantes a Cuba, algún antepasado muy lejano al que nadie conoció, hizo fortuna al otro lado del Atlántico y al morir sin descendencia, le legó toda su fortuna.

Desde que recibió la herencia dejó de ser Pachi y ahora es Don Francisco Iturriberrigota Goicoerrota Tochea Turrestarazu Durtubia y ya no levanta piedras, pero la boina sigue con él.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

LUPANAR DE LAS TRISTEZAS*

 

He llegado al lupanar de las tristezas.
Un hombre flaco, golondrinas cansadas
en sus ojos.
 

Otro hombre duerme a la vera de sus penas.
En el hueco calloso de su mano.
Adormilado, un pájaro descansa.
¿Quién ha de atreverse a despertarlos?
¿Adónde los llevará la noche?
 
 
Resbala por mi piel el anatema.
Ingreso al laberinto impenetrable.
Sola.
Alud de oscuridad.
Mierda y silencio. Páramo.
El infierno del Dante es una Rosa azul.
Fango.
En las botas de hierro pesa el mundo.
 
 
Huérfanos de palabras los adioses empujan.
Al fondo, profundamente quieta, está la vieja la puerta.
Siempre abierta, aún en la más negra de las noches.
Una mano arrugada se enciende en cicatrices
y me llama.
Atravieso la puerta.
 
 
La claridad, magnífica, opaca el aguijón.
Allí, encuentro el jardín y el ladrillero.
Arquitecto de soles temerarios.
Trabaja con sus manos, con el fuego y el agua.
Piel de piedra, arraigada, que brota de la tierra.
Nubes se transforman en el aire
Lluvia mansa envuelve al hombre,
Mientras la humanidad, mutable, imperfecta
Lo acompaña.
Mientras tanto, las golondrinas descansan
En los ojos del hombre con figura de cristo.

*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

 

 

 
Recuerdo*

   Cuando comencé la escuela, en la provincia de los buenos aires, no existía el preescolar, así fue que ingresé al primer grado con mi inexistente destreza social, cuando apenas había superado la fobia de recibir visitas en casa y ya no me quedaba escondida debajo de la mesa, leyendo las revistas de costura de mamá y la domenica del corriere de papá, sentada sobre un zapallo gigante con forma de silla que, comprendí mucho más tarde, había constituido mi objeto transicional.
   Válgame dios, qué crucial es decodificar la semántica de un zapallo en la psicoterapia.
   Para mí sigue siendo un zapallo gigante con forma de silla.
   Había logrado hasta saludar a los que llegaban a la casa, para después rodar mi zapallo personal y buscar un sitio en el patio que no fuera alcanzado por la presencia de los humanos visitantes.
   El primer día de clases el pánico era tan envolvente que no pude ni decirle mi nombre a la maestra. Su tic nervioso me intimidaba de tal modo que no podía darme cuenta si le fastidiaba mi silencio o era así todo el tiempo.
   Era así todo el tiempo.
   Para esta altura de los devaneos, la gorda Záccaro ya se había cagado encima y el olor era tan penetrante que la portera tuvo que ir a buscar a la mamá para retirarla de la escuela, en medio del llanto desgarrador de Martita que, a diferencia de mi silencio, sólo aullaba, yo quiero a mi mamááááá y así hasta el infinito.
   El japonés Taira estaba rígido con toda su cara de japonés y nunca pudimos saber qué le pasaba por la cabeza en esos raptos de desequilibrio grupal.
   Yo, con mis ojos redondos enormes que ni siquiera pestañeaban y él con esa expresión de intrigante como apuntando con la vista al ojo de una aguja.
   Nos mirábamos todo el tiempo, como cómplices de una fatal desgracia pero con la convicción de no claudicar, y en ese andarivel de la mirada, exclusivo de él y mío, logramos abstraernos del entorno caótico hasta el primer sonido de la campana.
   Nos hicimos grandes amigos, leales y francos, pero nunca confesamos lo que la diferencia étnica de nuestros ojos entre leyó y guardó en la retina y en la sangre ese primer día.
   La maestra, aún con su tic impensadamente intimidatorio, tuvo la capacidad de percibir que éramos unos pollos que nunca habíamos salido de debajo del vuelo corto de la gallina y nos invitó a hablar de nuestros hogares.
    Algunas lenguas picudas se desenrollaron y ya podía vislumbrarse en ellas ese afán de protagonismo tan inútil como inconducente.
   La primera tarea fue dibujar en casa nuestro objeto más querido, o eso entendí yo al menos, y llevarlo a clase el día siguiente.
   Nunca fui buena  para la naturaleza muerta, así que descarté toda biografía posible del zapallo. Su inmortalidad transitoria perdura sólo en mi evocación.
   Busqué el tazón con forma de bol donde mamá me hacía el café con leche con trocitos de pan tostado, la zuppa, y en absoluta ineptitud para el dibujo, lo copié, graficando algo parecido a un plato volador con rulitos de vapor.
   Llamé a mamá para mostrarle mi obra, y ella, con esa ternura mezclada con risa que sólo puede emanar de una madre me dijo qué lindo, qué es.
   Es la taza del café con leche, ma.
   Ah, me dijo.
   Mi madre no había sido alcanzada por la literatura psicopedagógica que indica estimular y motivar alentando como maravillosas y virtuosas cualquier pelotudez, por el sólo hecho de incentivar al educando.
   Y mis potenciales de consagrarme en dibujante se deshicieron al instante.
   El tazón italiano era de un color beige que hoy se diría color camel y tenía un firulete grisáceo con una inscripción en cursiva que yo leía Ricardo.
   Le dije a mi mamá, yo le escribo Lucy, no le voy a poner Ricardo...
   No entendió enseguida mi mamá, hasta que se dio cuenta y me aclaró no dice Ricardo, dice Ricordo, me lo traje de Italia, era mi tazón.

   Me olvidé de la escuela por un rato y del japonés Taira y del olor a caca de la gorda Záccaro y me pareció entender claramente por primera vez, descubrir, que mi madre había sido chiquita en italiano y soñaba sus sueños y pensaba sus recuerdos en italiano.
    Desde esa tarde, empecé a mirarla con una curiosidad especial que hacía, y hace hoy en día, que en cada paso suyo, en cada cadencia de sus ojos, yo me pregunte qué pedacito que no me dice, que tal vez no halle traducción, quedó atrapado en ese pasado lejano del que tuvo que despedirse para siempre.

*de Lucía Cinquepalmi  luciaguionbajo@gmail.com

 

Certeza*
 
 
Un desafío a mis dudas,
amarte...
necesitarte...
Un desafío a mi corazón.
Reto a mis incertidumbres.
El raro desasosiego de los anocheceres,
mi espalda desnuda de tus abrazos,
desprotegida...
desangrada.
Un desafío a mis convicciones.
La soledad es buena compañía.
Sin amor se vive igual.
Palabras...
palabras.
Falta la tibieza de una mirada,
las manos trasmitiendo calor
una palabra justa que llene un vacío
tu presencia, allí, al alcance de mis ojos.
El sutil, invisible, hilo que nos sujeta.
La distancia que trasparenta emociones,
sensaciones y pensamientos.
Y esas dudas se desvanecen
se van apagando una a una.
Incitan...
apuran...
exigen el regreso.
 
 

*de Elsa Hufschmid.  elsahuf@hotmail.com
 

UN RATITO MÁS*

 
De la niña recuerdo
la pregunta cotidiana:
_¿Mami, me dejás jugar
un ratito más?_

 
Ella consentía
y yo gastaba el patio
de tanto brincar.

Era la meta soñada,
reír y jugar...
figuritas, rayuela, escondidas,
saltar con la soga y cantar.

La niñez quedó lejos,
los recuerdos se acercan
más y más...

Hoy repito la pregunta
pero, a otra mamá:

_¿Vida, me dejás jugar
un ratito más?_
                                 

*De Matilde Lopez Camelo  caminandosignosfm@hotmail.com

SOLEMNE Y CIEGA *

 

La furia de mis manos
quema el olvido.
Un olvido atormentado
un segundo incierto.
En cada lucero
un tiempo de niebla
                  de insomnio
                  de cartas al viento.
Mis pasos
se hunden en la arena.
El humo me envuelve
como un manto de plata.
Me siento inmortal
a pesar de la pena.
                   

*de Mara Torossian   mini_04@hotmail.com

Almacén La Estrella*

   Era de esas edificaciones que los hombres hacían realmente decididos a soportar cualquier arbitrariedad de la intemperie.
   Pararse en esa esquina era observar el modernismo en sus bastiones más elocuentes: orden y progreso.
   Se había transformado, además, en la referencia de la zona, tomáte el colectivo que dobla en la estrella, de la estrella la primera curva hacia la derecha, te espero en la esquina de la estrella.
   Era como vivir en el espacio de una lógica de dibujitos animados galácticos, pero sorteando el adoquín y los pequeños tramos de brea en el asfalto más reciente. Uno podía imaginarse un colectivo albóndiga maleable doblándose al pasar por la estrella o a uno mismo parado en una punta de la estrella esperando y esperando.

   Mi casa quedaba a una cuadra y mi padre pasaba por esa esquina tantas veces como las que la soñó suya.
   La soñaba como se sueña la libertad, sin importar cuánto cueste alcanzarla y defenderla.
   En cada pedaleada de la bici, de ida y de vuelta de la fábrica, de noche y de día, de madrugada de escarcha o de siesta de verano, de amanecer de lluvia o atardecer de viento en contra, en cada pedaleada le empeñaba una cuenta más al ábaco de su libertad.
   Era como la semilla que germina en la tierra rígida y reseca prescindiendo del agua y del miedo de lo que vendrá, por el sólo impulso de liberarse y de alcanzar la vida, por poco que dure.

   Para el tano no había San Perón, ya había desertado de las camisas negras de Mussolini, de la megalomanía de Hitler, de las amenazas totalitarias de Stalin  y de la grasada yanqui de nuevo rico con poder.
   Su Italia europea ya había quedado atrás y no soportaba más fascismo que se entrometiera en la tarea de vivir.

    Como todo tano fanfarrón hablaba de Viplastic, la fábrica, como si fuera el gerente o el fundador, hasta que muy entrados los años, en los que yo ya no era niña pudo contarme cómo hacía de caballo tirando del carro para trasladar los materiales en esos entonces del '57.
   Recuerdo que lloré, no sé si de orgullo, de lástima o de impotencia, pero lloré como cuando el Topo Gigio se despidió una noche jurando no volver y viví por primera vez la sensación de muerte, más real que cuando se murió mi nonno.
   Cuando el nonno murió yo veía a todos llorar y sabía que algo muy malo pasaba, porque logré escaparme de la casa de Evelina, con la panza llena de las milanesas más ricas que comí en mi vida, y entré al lugar prohibido.
   El comedor gigante de la nonna, donde estaba la mesa que llevo conmigo a cada casa donde construyo mi hogar y convido el alimento a mis hijos y amigos, era una galería de ropas negras y cabezas cubiertas por guipur y encajes que flameaban entre el llanto, los suspiros jondos y una afluencia de pañuelos bordados, blancos radiantes y acuosos que iban y venían de los ojos a la nariz a la perilla al cuello.
   Supe que mi nonno no estaba enterado de lo que sucedía allí, porque ni se movía, pero nunca imaginé que sería para siempre.

   Tampoco sabía que para siempre quiere decir nunca más.
   Era la muerte y yo no lo sabía.

   Miré hacia la chimenea del comedor y volví a verlo bajando por el tiraje que él mismo había construido, después de haber lanzado los caramelos, los chocolates  y los regalos con el nombre de cada uno de sus nietos, las nochebuenas de vino, sidra, almendras y ese olor del agua de azahar del pan dulce recién levado y horneado.
   Era enero esa vez, y la última navidad ya no había sucedido nada de eso.
   Supe después de mucho tiempo que una bala se le había quedado a vivir, desde la primera guerra mundial, en una parte de la cabeza que no podían operarle, hasta que se infectó y la septicemia se lo llevó.

   ¿Vivió esos años de regalo? O ¿Regaló, por una guerra vana, su única vida, la única que tenía para vivir?
  
    La cuestión es que los relatos de mi padre haciendo de caballo o burro y, aún así, dar gracias a la vida por haber tenido siempre trabajo, justificaban ese sueño de libertad que él desplegaba cada vez que atravesaba la esquina del almacén La Estrella.
   No era el American Dream ni la tarjeta dorada de Visa, ni las ventajas del yogur Ser ni el mundo inasequible de los que lo tienen todo y no tienen nada.
   Soñaba con no tener patrón y eso era para él, la libertad.
  
   Recién en el '72 pudo decidir, contra todos los designios conservadores y los rezos de sensatez y mesura que lo avenían a recatarse y reconsiderar, pegarle una verdadera patada en el culo a todo.
   Y así fue.
   Se apropió de La Estrella.

   Allí fuimos, la familia tipo, tipo tirando a pobre, a rasquetear, pintar, matar lauchas, desinfectar, descubrir lo que guarda el machimbre tras los años de abandono, desafiar la fobia a las arañas, cantar con el eco y la resonancia del cielo raso que no era raso sino abovedado y las carcajadas se ensanchaban y apocaban en cada ángulo misterioso que íbamos descubriendo.

   Y salir a repartir volantes de inauguración con ‘precios módicos'.
   Mi viejo inauguraba su propio pastificio.

   Y allí nos encontró la nochebuena del '72 brindando entre cajas que había que apilar, dos en sesgo confluyendo sobre el centro de una plana y así hasta el infinito de una torre que venía a significar prosperidad y trabajo. Papelitos ravioleros, olor a grasa de máquinas, jamón serrano, Asti Gancia, almendras, cerezas y dátiles.
    No había chimenea ni mesas de parientes ni arbolito de navidad, pero había un gran regalo: la libertad de mi padre, que sería la de todos, nuestro emblema. No había patrón.

   Yo tenía once años y era muy menuda. Entre mamá y papá me habilitaron un cajoncito de madera de pino bien firme con el que llegaba perfectamente a la cortadora de fiambre y desde ese momento supe, no sólo lo que significaba trabajar sino que empecé a consolidar mi propia cartera de clientes.
   La cola para el fiambre era especial y selecta: la despachante cortaba rápido, sonriente y tímida, del grosor a pedido del cliente y con una distribución que hacía parecer cada feta de mortadela o salchichón primavera, el manjar más exquisito que podía ofrecer esa época de deterioro del modernismo, en que los soldados de Perón habían tomado su propia causa como la causa del pueblo, de todo un pueblo que se pelaba sin conocer de estrategias ni de recursos  blindados ni armamentismo, que no sabía de secuestros extorsivos ni de alias, y que no quería del poder lo peor que el poder podía poder.

   El pueblo siempre quiso su libertad y la libertad, a mi criterio, no tiene nada parecido al poder.
   O eso he preferido pensar toda mi vida, aún hoy.

   Sucumbieron años de escasez. Ya la escasez empezaba a ser el estandarte de la gran mentira mediática. Escaseaba el aceite, el papel higiénico, el azúcar, la harina, las verduras, las frutas, la verdad.
   Había veda de carne, sólo podíamos comprarla los martes y los viernes, no vaya a ser eso de dejar al pueblo peronista sin el asadito del fin de semana.

   A mis once o doce todo era fácil de creer porque la palabra era un segmento de significados que circulaban en el único posible sentido de la verdad y alterarlo desembocaba inevitablemente en mentir.
   Y mentir es un compromiso muy difícil. Requiere de mucha memoria, y sobre todo, de saber, qué es lo que el otro necesita escuchar para fabricarle el mensaje más adecuado y oportuno. Tarea infeliz, si las hay.

   Entonces, reservaba las raciones para los clientes más frecuentes y leales.
   A la vuelta de los años se me ocurrió pensar a cuántas viejas oligarcas de mierda les habré facilitado limpiarse el culo con el papel higiénico que les reservaba con nombre y apellido en el depósito gigante del almacén La Estrella, de mi padre. Perdón, la Fábrica de Pastas de mi padre, que no quería patrón ni fascismo.
  
   Empezaron los misterios de los vecinos que desparecían de la faz del barrio, de la ciudad, del cosmos. Unos por jipis. Otros por promiscuos, otros por pone bombas. Empezaron las razzias, las palpaciones a la entrada del subterráneo de la estación Burzaco, las demoras por averiguación de antecedentes, los unimogs, las preguntas a la salida de la escuela, la amiga del seleccionado de volley de la escuela que yo capitaneaba en ese entonces,  que nunca volví a ver, hasta ver su nombre en el informe de la CONADEP, una vida toda, mi plaza, mi avenida, mi estación, mi ombú, inundado de fascismo al mejor estilo argentino genuflexo de mierda.

   En ese escenario de librecambio y arrogancia de poderes superpuestos y medición de fuerza bruta, en el que desaparecíamos todos los que no bregábamos por ninguna de esas opciones, el Almacén La Estrella cerró.

   Los dueños de ese local abandonado plagado de lauchas, desidia y desdén, que habíamos resucitado después de tantos años, habían resucitado como los piojos en sangre dulce, endulzada por otra mentira de las tantas de un país que no sabe otra cosa que venirse abajo desdeñando sus propias herramientas y recursos.
   Mi madre y mi padre, que eran tanos y pobres, pero no boludos, respondieron con la cordura que tenían a su alcance frente al embate, y abrieron su propio local en febrero del '77, sin reclamar ningún esfuerzo que pudiera ser traducido en costos y valores de mercado.
   Empezaron de nuevo, como se empieza siempre y en realidad nunca se ‘vuelve a empezar',  en este país de iluminados con la vela en el culo que se les apaga cada vez que estornudan.

   Eran otros tiempos, otro idioma. Ya el enemigo era cualquiera o ninguno, todos fuimos sospechosos y sospechados. Se rompieron los lazos. La confianza pasó a ser una postal del recuerdo de alguna inocencia perimida y demodé.
   La identidad pasó a ser un documento ajado por el uso y el abuso de ponerlo y sacarlo del bolsillo trasero del Jean a cada paso.

   La Estrella cumplió su cometido, de todos modos.
   Y el poder, también.

*de Lucía Cinquepalmi. luciaguionbajo@gmail.com
 -Octubre de 2009

 

NANA* (1)

Ama, ven a buscarme,
arma tu barco de papel
y acerca el mar a mi morada,
que brille el sol que me despida
y me abrace con un "Hasta siempre",
que bailen luces sobre el agua
porque será día de brindis y bonanza
donde todo es sabido, esclarecido
y lucirán horizontes sin barreras.
Ven a buscarme, Ama.
Los rincones del alma ya desiertos
no encontrarán paz en la estampas,
caducó toda bienvenida
entre nubes de humo muy espeso.
Si tiendo las manos no hay nada,
sólo queda partir bajo tu amparo.

 

    NANA* (2)

Ama, prepara mi lecho,
quiero acunar mis ensueños,
limpiarme del afuera
que araña mi piel
y sofoca mis intentos.
Quiero enmudecer las voces
que gritan buscando nidos
construidos por los otros
y prohibidos como cueva.
Pon perfume en mi almohada
y pinceladas de abismo
que borren toda palabra,
todo daño, todo juicio
lanzado como flecha al viento
y que me convierte en olvido...

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

DESCIELO*

a veces es un cielo abrasador
que inunda de un ahogo
parecido a la tristeza
pero otras
es el hielo que amanece
la mañana del miedo
mezclada con el odio y la pereza
siempre es igual
al fin la sangre se recicla
en furia 
          en tiempo
a veces
es la voz que da sosiego
al estupor inquieto
del recuerdo
pero otras
es silencio que amilana
esa furia flagrante del deseo
no siempre pero a veces
me envuelvo en el bramido
del viento mensajero
espero a la mañana
con luz de otro momento
y puedo
sé que puedo
abrasar ese hielo
y deshacerlo                         

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

DOMESTICAS*

         

 Primero es como una luz que va entrando de a poco por la ventana cuya cortina está un poco corrida, no sabemos si ex profeso, o por una corriente de aire, o debido a la desidia de los días en que nadie puso la mano sobre ella.
            Dije que primero es la luz, que se filtra subrepticia, lenta, la luz del sol, la pura luz que viene de esa lejanísima estrella deflagra bajo los fresnos, repta con su esplendor entre la gramilla y pinta de un rojo vivísimo la larga hilera de pimientos que mi madre cuida con extremado amor, como  hizo toda la vida: con la humanidad, con los animales, aún los más humildes, y con sus pimientos que era su orgullo expuesto a todo jurado aún el más riguroso, aún el más severo.
            Si ella entreabría la ventana, aunque sea un poco, la brisa de mayo ligeramente fría entraba y se iba adueñando de los objetos, y tal vez el polvillo de las calles aún sin asfaltar aprovechaban ese vehículo apto, generoso y gratuito para ir aposentándose de a poco en los rincones más lejanos y las muescas barrocas de algunos muebles, y aún en los pliegues de las cortinas, o las sillas vacías de la mañana.
            Dije antes o escribí mejor, que la luz se iba filtrando de a poco, cuando el alba moría en su rosado y daba lugar a esa luz brillante que el sol suscribía sin ambages, pero si en cambio el día era gris, se aproximaba una amenaza de lluvia, o, amanecía lloviznoso, el cristal permanecía cerrado, porque el frío o la humedad no eran tesoros preciados por mi madre, que amaba el sol esplendoroso, el que le traía recuerdos de su italiana aldea  en la montaña.
            Precisamente, no se cansaba de ponderar esta bendita tierra donde todo verdor crecía de maravilla, mientra en su aldea natal todo había que pelearle palmo a palmo al terreno pedregoso. Sólo aquella claridad del sol montañés tenía siempre en su memoria y el discurso de su reiterado recuerdo en rémoras familiares donde mi abuela pensativa, dulcemente, adhería y asentía a su recuerdo niño, con alguno suyo, así poco más conciente, ya de adulta.
            Cuando pienso en mi madre sé que voy a pérdida entera con el recuerdo, que de todas las pocas astillas que extraigo de la memoria debo construirme su imagen, plagada de gestos generosos y humildes, que retenía la elocuencia ostentosa, yo, como Pedroni podría decir que era "toda silencio, propensa al llanto y muy hermosa" y que yo la recuerdo siempre transitando ese espacio de verdes, donde orlaban esos inmensos pimientos rojos que ella cultivaba con recatado orgullo y cuando eran ponderados, se
le abría el rostro moreno en una gran sonrisa de satisfacción.
            Cuando pienso en mi madre es cuando la veo cruzando ese gran patio de tierra que ella barría con generoso esmero, en una mano un plato camino al gallinero, llevando tal vez restos de comida o maíz, para arrojarlo a sus pollos. Hasta en los sueños aparece con su batón celeste, floreado de amarillas pintitas, y ella muy señorona con ese plato en la mano derecha, oronda cruzando el patio y mi sueño.
            De todos modos armo ese recuerdo de ella con un amor inmenso, pero en verdad lleno de impotencia.
            El día en que íbamos con mi hermano hacia la sala velatoria donde estaban sus restos, caminando por una calle cercana, nos alcanzó con su bicicleta  "Cañita" Aquilano, cartero eterno del pueblo, con un telegrama que nos enviaban los empleados del Correo, Allí leí una frase que hasta ese momento era sólo eso: una frase. Pero que tuvo luego una feroz e implacable verdad.
            -"Acompañamos vuestro dolor, ante tan irreparable pérdida", decía.
            Allí supe que los lugares comunes, las frases de cortesía acompañado socialmente un dolor individual, tienen su sentido. Al menos para el que sufre, aunque casi nunca para el que la pronuncia. Es decir, las frases comunes en algún momento dejan de serlo y son fundamentales y drásticas. Pegan como un inmenso martillo en la cabeza, doblan de dolor ante el desamparo y la incertidumbre a que nos somete ese mismo  -desconocido antes- desamparo.
            De todos modos no quiero ser triste aquí. Quiero retener esa humilde humanidad suya, esa timidez que hacía lo posible por permanecer invisible, pero atenta y poderosa, imprescindible en su amor por los suyos, una fiera cuando debía defenderlos.
            La prima Gladys me contaba una discusión que habían tenido con mi padre y ella, furiosa, le decía:
            -Le permito todo, menos que se meta con mis muchachos.
            Sus  "muchachos", éramos mis hermano y yo.
            Hace muchos años que nos dejó, y les digo la verdad, me gustaría verla caminar entre  esos altos tomatales que eran su orgullo, o en el esplendor de sus rosas o amasando esos tallarines sobre la pequeña mesa llena de heridas y de recuerdos infantiles, de cuando -sin querer- volcaba el café con leche y ella, rápida, solícita limpiaba todo antes que la irascibilidad de mi padre lo advirtiera.
            Ahora debo consolarme con ese ceibo que plantó y con ese rosal que resiste todas las intemperies.
         

 Y, de vez en cuando, aparece en mi sueño donde cruza ese patio de tierra con un plato en la mano para siempre.

                                                                    
*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar 

RONDA DE ESPECTROS*

 
Van y vienen
como un péndulo.
Pretenden hasta lo impropio.
Son fríos
Pero están
Susurra el espejo
Que no se atreve
A reflejarlos.
Ahora tiemblo
Justo cuando regresan
Y le roban
La última migaja al aire.
Se la llevan
Creo
    Para ser felices.
Tal vez
Con el paso del tiempo
Queden solos,
Ni su sombra
Los acompañará
En su camino
Hacia el infierno.                              
                        

*de Juliana Holzer julianaholzer@hotmail.com
  
 

EXILIO*

 
Hormigas melodiosas transitan por su sangre,
Y todo, todo es nada: solamente un recuerdo
ARIEL FERRARO

Nunca te dije que me quedé por miedo
Por un brutal. Feroz, insustituible miedo.
Coloque en tu valija tu jean, una foto y mi gastado miedo
Partiste en plena noche. Como un bandido.
La muerte silabeaba con boca de zafiro.
Me dejaste libros, despedidas.
Y el miedo, animal, impío, sanguinario.
Prefería la muerte a la partida.
Pero quedó la herida. De muerte, herida.
Herida miedo. Estaba en todas partes, en todas, todas.
En tu silla vacía. En la guitarra.
En el perro llorando. Lastimeramente.
En la mesa con mantel de desvelo.
En los diez mandamientos de mi manos.
En mi boca cocida. En mis ojos atados.
En el mapa de tu cuerpo en mi lecho.

Quedaron sacos rotos.
Olor a patria. Sabor a viento claro.
Tierra natal. Muertos. Crujidos.
Disparos que ahuyentan las palomas.
Te has  llevado mi pena, ay mi pena.
Y has dejado la tuya. La tuya mía, corazón.
Un pedazo mío  tuyo te has llevado.
Un clavel. Un malvón. Un café.
Un pájaro de bruma. Un dragón. Una tijera.

Corto la espera, sentada en el umbral.
Como ayer, anteayer, mañana, nunca.

 
*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

 

UN PURGATORIO PARA EL SOFÁ*

 

Constrúyeme por favor un purgatorio donde pueda expiar todas mis culpas, y enmudecer cada uno de mis anhelos por intentar encontrar las respuestas donde yo mismo sé de las soluciones y de las causas.
Constrúyeme, si acaso pudieras, un purgatorio para lavarme por dentro cada herida que supura, que arde cada vez que respiro, mientras el oxígeno se encarga de envenenar la parte que queda sana en mi ser.
 Sé que sólo soy un rayo de luz que se ha infiltrado por entre las grietas y después de ellas me he metamorfoseado en halo de oscuridad; y oscuridad desnuda me quedo cuando no me vienes a buscar, así acontece por horas mientras simplemente me detengo a respirar tendido sobre aquel sofá. Mientras estoy en medio de este recinto acromático soy ausencia de luz, soy cuerpo opaco que divaga con este problema mío en el que choca a contra reflujo mi existencia con la vaciedad.
Cuando tienes hambre vienes y abres la puerta para que yo vuelva a aparecer como el destello de luz que ilumine tu trayecto hacia tu habitación, pasando por el corredor hasta llegar al refrigerador; a final y al cabo sacias tu apetito, das media vuelta y simplemente te vas, de regreso yo te guío iluminando el trayecto hasta tu alcoba, justo en media hora una vez dormido, silente, estarás. Eres un niño con preocupaciones muy tuyas, muy de tu corta edad, con todo ese egocentrismo que atasca cada rincón, cada muro, cada ventana y aun más  las puertas ajenas a la realidad.  Yo tan solo soy un halo de luz, a destiempo y sin edad, lo que las mayorías conocen como simple oscuridad, oscuridad silente soy y mírame como he permanecido aquí por siglos soportando esta frialdad.
Constrúyeme, si fuese tu voluntad, un purgatorio que redima parte de mi asfixia, la que no termina por dejarme en paz ni siquiera cuando me escondo debajo de mis párpados.
Me buscas por las noches cuando un mal sueño se ha metido bajo tus cobijas y llenado de mugre tus almohadas, y corro desde el sofá para buscarte e iluminarte, tienes que saber nada te pasará cuando la luz llega hasta tu habitación, te detienes y sabes que nada es real, mi luz te tranquiliza y vuelves a pensar en que siempre te estaré espiando, asegurándome tu tranquilidad. Te duermes, como siempre te olvidas de mi existencia, me retraigo, pienso que me utilizas a tu conveniencia, pero eres un niño pequeño y egoísta como todos, que duerme en pijamas con un oso de felpa abrazado y la figura de un hombre crucificado pende del muro a la altura de tu cabeza.
Soy destello de luz que cuando le olvidas, me refugio en las arrugas de aquel viejo sofá desahuciado, para convertirme en penumbra y de negro me quedo para guardar luto por la pena, la amargura que me embriaga al saber que estoy contigo y a la vez estoy tan lejos cuando oprimes el interruptor.
Cuando llueve y hay tormenta por las noches esperas me quede de pie a tu lado, iluminando hasta el último rincón donde algún fantasma empapado pudiese refugiarse del brutal aguacero; pero en las noches tranquilas colmadas de calma, muy pronto adiós me dices y me condenas a la no existencia impregnado de susurros animados por tu resoplar cuando caes dormido en la cama y no importa nada más que tu sueño y tu egoísta ánimo por descansar. Eres un niño, no importando tus desplantes al cerrar las cortinas, provocando que todo se tiña de amarga oscuridad; pero si algo te espanta a media noche bien sabes que la luz vomitará lo que carga en el vientre. La luz te dice que lo grotesco se quedó atorado en medio de un confuso y obsceno sueño; no pasa nada, nada pasará, pero para mí nada pasa, el sueño gira en torno de mi propia aberración de sentirme desahuciado y abandonado por mi propia opacidad.
Elabórame, con esa basta imaginación infantil, un purgatorio para el sofá donde duermo como sonámbulo por instantes en esta grotesca sensación de soledad.

*de Jesús Brilanti T. lugburtian@hotmail.com
 

El cruce*

 

Ligeramente doblado hacia delante y apoyando el peso sobre el bastón espera que cambie el semáforo por cuarta vez. Lleva cuatro minutos esperando para cruzar la calle y cada vez que se detiene el tráfico, calcula el tiempo de que dispone. Es consciente de que es insuficiente para cruzar aquella ancha avenida.
 
Los seis carriles se llenan de coches en cuanto cambia el semáforo y pasan veloces haciendo roncar sus potentes motores, como conminándole a no aventurarse a cruzar.

Es consciente de que sus piernas no son lo que eran y sabe que no puede caminar más deprisa por lo que está seguro de que, caso de decidirse a cruzar, no alcanzará la otra acera antes de que cambie la luz... Y eso es un riesgo enorme porque está seguro de que los coches no le van a respetar.

A los diez minutos, inicia una cuenta atrás para iniciar la travesía en el mismo momento que cambie el semáforo, con el fin de disponer de más tiempo, pero una vez alcanzado el segundo carril da la vuelta y regresa todo lo deprisa que puede y aún y así alcanza la acera en el momento que un bocinazo le avisa de que los coches no van a parar. ¡Ha estado en peligro de muerte!.

Debe buscar una solución, un recurso que le permita cruzar la calle. Él, que ha sido un estratega toda su vida, no puede dejar que un burdo semáforo le barre el camino.

...

Quizás no haya sido la mejor idea de su vida. Por supuesto ha podido cruzar la calle, pero no ha tenido en cuenta las consecuencias de su decisión. Pensar que si se desnudaba y pasaba en cueros por el paso de peatones los vehículos le cederían el paso y así fue, pero al llegar a la otra acera no tenía ropa que ponerse, por lo que tuvo que ir hasta su casa con las vergüenzas al aire y por si eso no fuera suficiente, ahora su mujer, al verlo llegar como Dios le trajo al mundo le recriminaba a voz en grito. ¿Qué semáforo, ni que cuentos? ¡Tu has tenido que salir de la cama de una vecina a toda prisa! ¡Parece mentira a tu edad!  ¡Lo poco que tienes lo podrías dejar en casa! ¡Crápula, más que crápula!

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

INALCANZABLE*

Un manojo de silencio
un delirio
(casi nada).
Tristes súplicas
perdidas en el viento.
Y esta hoguera
que me quema
que me enfría
que me apena
y un deseo
que florece con la noche.
Grises redes
que el espanto teje
con rayos de luna
para enredarme
lejos, muy lejos
de tus ojos de bruma.
                   

*de Federico Ibáñez fede_iba_5@hotmail.com

Tierra y libertad*

Se recomienda esta lectura con música celta, vino tinto en pequeña copa, tabaco
y luna menguante rojiza recién asomando en el horizonte del este de este lastimado sur

   Vi a un hombre agachado en su dolor, entre el miedo y la queja, poniendo flores en su pequeño jardín. Amasaba una tierra comprada, prestada, como no confiando en lo que ese pedacito de heredad que el medio le había conferido en su derecho tuviera suficiente nutriente.
   Tal vez dando por sentado que ya la había depredado y malgastado lo suficiente como para que haya perdido las condiciones de su fertilidad inmanente. La tierra, no el hombre.

   Lo vi eludiendo los reclamos increpantes, refugiándose en la usina de su propia primavera tardía, sin caución de resguardo, apurando los tramos que rezagó en proclama de la inercia, ausentándose del pánico y la angustia, regando hojas y manos con lágrimas que manaban de la sonrisa inexplicable y de la tristeza harta de explicaciones.
   Resbalaban esas lágrimas guiadas por sus arrugas. Ojalá hubieran sido sólo patas de gallo, a esta hora andaría pisando gallinas.
   Eran surcos de la piel de un hombre que ha reído y llorado. Y se ha enojado más de lo recomendable. Eran los caminos ensayados y repetidos tantas veces y tantas más hasta hacer huella.

   Lo vi explorar la tierra como si la mirara por primera vez, yendo y viniendo de la mezcla de arena, cal y pedregullo, erigiendo un palacio en la miseria de la vida efímera. Lleno de orgullo de estar despierto y no muerto, pero implorando alguna cábala o un rezo que acelerase el resultado y la consecuencia de este esfuerzo nuevo, en repudio del tiempo disipado.
   Como despojado de la memoria ancestral o descubriendo un atavismo en ciernes que había silenciado indiferente.
   Me pareció escuchar de entre sus comisuras un chasquido de pena. Pero noté que la sonrisa volvía a dibujarse dejando escapar el aliento cálido que ofrecía a los brotes, penetrándolos.
   Se sentó a mirar su obra sin sentirse mirado, mientras secaba con la manga arrugada de la camisa esa humedad que, no se dio cuenta, lo haría brotar a él también.
   Me detuve en el brillo de las gotas y me vi en los destellos, hecha pedacitos en un calidoscopio de colores difusos. Sólo un espejo más?

                                    

*de Lucía Cinquepalmi  luciaguionbajo@gmail.com

"Es más difícil ser hombre"*

Más hombres que mujeres practican tropelías, imbecilidades

Más hombres que mujeres se suicidan

Más hombres que mujeres doblegan voluntades
hasta el exterminio
inventan contrincantes
planean invasiones y ejecutan guerras

Más hombres que mujeres asesinan serialmente
más hombres que mujeres alardean
más hombres que mujeres coleccionan porquerías

Más hombres temen no ser hombres
y pulsean
que mujeres temen no ser
                                         mujeres.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Tío Esteban*

*Por Carlos Caposio. carloscaposio@hotmail.com

Como quisiera ser como Esteban para que María esté tranquila y no llore en el baño, para que deje de tratarme como a un niño y de volver locos a los doctores del nuevo hospital, pretendo explicarle pero es difícil, ella no conoció a Esteban.
Aquella vez estaba contento porque el tío venía a casa y por teléfono me había contado sobre algo raro que había hecho en su pelo.
De chico yo creía que era el único que lo entendía debido a una charla que había escuchado en casa. Estábamos en el patio, bajo la parra, él se había ido a descansar y ni bien se escucharon los primeros ronquidos, la tía Marta explicó que Esteban había tomado mucho y que por eso estaba colorado y tenía
sueño. Después comenzó con lo del juego, con que no podía pasar un mes sin ir a Mar del Plata al casino, con que asociaba todos los número para jugar a la quiniela. Dijo también que había perdido mucha plata en los dados, y en ese juego que el tío me había enseñado la semana anterior donde hay que sumar siete y medio.
Era verdad que le gustaba el juego. Recuerdo el día que dijo que encontró una moneda en la calle, y que como no tenía plata, se había ido caminando desde su departamento de San Isidro hasta un bingo de San Fernado para colocarla en una máquina de apuestas. Por entonces no estaba el Casino de Tigre porque sino seguro hubiera ido caminando hasta allá. Contó que comenzaron a sonar una sirenas y que el tragamonedas escupía monedas sin parar, que las manos no alcanzaban, que puso la boina y se le rebasó, y que por último, le habían traído una carretilla tan grande que para llevarla a su casa necesitó la ayuda de un hombre del lugar.
Estaba ansioso por la llegada del tío y por el chocolate que siempre traía.
Ese día tenía miedo, el río había desbordado y había llegado hasta la vía muerta de la esquina de casa, en Martínez, por donde hoy pasa ese tren medio artificial. Él no estaba muy lejos, pero yo presentía que no iba a llegar, después mamá me tranquilizó y comencé a planear de que forma le sacaría la golosina.
En muchas cosas soy como Esteban o como lo veía cuando era niño. El tango, por ejemplo, lo mamé de él, cada vez que venía me enseñaba una palabra nueva del lunfardo. Los burros también, los domingos cuando me sentía bien, agarraba el bastón del tío, compraba La Rosada e iba al hipódromo a jugar
alguna fija. Y mis viajes, lo mejor de todo, el siempre decía que viajar era lo único adquirido por lo material que duraba toda la vida. Pucha si tenía razón, el televisor lo cambié tres veces, el equipo musical otras tantas, y la computadora, es la misma pero la tuve que renovar cada 5 años, además
cuando el tío vivía no había computadoras. Pero mis viajes, con sólo pensar en ellos ya estoy allá nuevamente, salgo de la cama sin moverme y estoy en Guatemala, en el templo del gran jaguar; paso por Río de Janeiro y subo al pan de azúcar; y en México, visito las ruinas mayas de Chichén Itzá.
Cuándo llegó estaba todo mojado por la tormenta, no recuerdo bien que inventó, creo que dijo que había venido nadando, o que un exiliado de Venecia lo había traído en góndola, o que se agarró de la cola del caballo que ganó la carrera, o que con un ventilador, había llevado el río a su cauce para poder venir caminando. No sé, lo cierto es que tenía el pelo raro, parecido al de un bebe, como quemado. Yo fui corriendo a abrazarlo, sabía que tenía el chocolate en el bolsillo y se lo saqué sin que se diera cuenta, él sonrió y dijo que no entendía como lo había logrado. Siempre lo sorprendía o por lo menos creía que así era.
Esas son las cosas que extraño de Esteban, como en el verano en que entró por el fondo con la máquina de cortar el pasto. Al escuchar el ruido del motor salimos sobresaltados al jardín con mamá y papá. Estaba parado arriba de la máquina, juraba que había venido manejando el aparato y que en la bajada de Libertador no había podido frenar y se había agarrado de la rama de un árboly que así, colgado, había visto como la cortadora seguía hasta el río y caía al agua. Cuando yo le decía que no podía ser, que el río estropeaba las cortadoras de pasto y que si fuera cierto haría cortocircuito, él salía con que lo deje terminar, con que yo era muy impaciente, y con que el cable de la máquina se había atascado en el muelle, y que por eso, no había llegado al agua.
Con los años me di cuenta que Esteban y la tía estaban separados y que venían juntos sólo para conservar la imagen familiar. Por eso Marta le hacía fama de timbero y no paraba de hablar mal de él. Mamá siempre le daba la razón a la hermana pero un par de veces dijo que la tía era medio loca y que
el tío era una buena persona. Eso me tranquilizaba.
Nunca había pensado que por la diferencia generacional era imposible envejecer juntos.
No sé por qué nos imaginaba de viejos en la plaza de la Catedral jugando al ajedrez, quizás porque había prometido que cuando yo cumpliera unos años más me iba a enseñar, pero no aguantó el pobre.
Después de la parodia del chocolate explicó por qué tenía el pelo así. Me confesó en secreto que era por la falta de frutas y verduras. Recuerdo que las semanas siguientes pedía a gritos jugo de naranja y buñuelitos de acelga. Que ocurrente era el tío. Aunque a veces se contradecía, porque un tiempo después, creo que fue la última vez que lo vi, le volví a preguntar por el pelo, ya casi no tenía, otra vez se me acercó y dijo que por estar sin bañarse tres días se le había formado un panal de abejas en la cabeza.
Recuerdo que abrí grandes los ojos y lo miré fijo. "Sí -me juraba- lo tuve que quemar y se me prendió fuego el pelo".
La tía Marta dijo que se había ido de viaje. Le creí, porque mamá además de contar que la hermana era medio loca, siempre afirmaba que "la tía no mentía". Además al tío le encantaba viajar, hasta cuando tuvo hepatitis juraba que había estado en Machu Picchu con los Incas. Después supe que era cierto, no que había ido cuando estaba enfermo, pero sí de joven. Él siempre seguía viajando con la mente, hasta en eso nos parecemos.
Esa última vez, no se había ido al exterior, o sí, porque a dónde vamos después de la muerte es un poco más de la incertidumbre de la vida. El tío tenía cáncer de próstata.
Que poco lo disfruté, no llegamos a jugar una partida, estoy seguro que dejaría que juegue con blancas.
Unos años después de que murió inventaron un tractor para cortar el pasto, no lo quise comprar porque, al igual que lo hacía Esteban, hoy vivo en un departamento de San Isidro, pero si el tío lo hubiera visto, era capaz de comprarlo y tenerlo atado a un árbol con un candado de bicicleta.
María tiene miedo. Por más que le cuente nunca va entender ¿Cómo hago para que deje de estar triste y de hacer tanto alboroto?
Al dorso de una de las últimas fotos del tío dice: "Aunque uno esté prisionero en una cama, puede ser libre con la mente y viajar, en definitiva, uno es lo que recuerda y lo continúa en su forma de contarlo".
Cuando miro el espejo, además de las arrugas veo el pelo quemado de Esteban, porque para mi había espantado las abejas con un hisopo gigante bañado en alcohol. No entiendo como estaba de tan buen humor con esta basura de la quimioterapia.
Él siempre con esa sonrisa contagiosa, burlándome con la mosqueta, enseñándome a jugar al tute o amasando pizzas para toda la familia. Yo decía que las de él eran las más ricas que había probado, recuerdo que mi vieja, que en paz descanse, se ponía celosa.
Mi único hijo se llama Esteban, cuando vendimos la casa de Martínez le di unos mangos y después de casarse se fue con la mujer a vivir a San Martín de los Andes, a una comunidad nativa del lugar. Ahí tuvo a Nahuel y en un mes nace Luna. No tendría que venir pero María siempre fue la misma exagerada,
lo llama desesperada, lo asusta y el otro grandote otario se viene en avión.
Pero qué les voy a contar, no entienden que con sólo bañarme dentro de los tres días, tiempo que tarda en formarse un panal de abejas en la cabeza, no se me caerá más el pelo. Cómo avisarles que ahora estoy de viaje por América latina y no acá, cómo revelarlo, cómo explicarlo; si nunca conocieron al tío Esteban.

*Fuente: http://www.artecomunicarte.com/ArtistaDatosPAD2_L.php?Arp=714
http://blogs.clarin.com/la-fusion-de-los-generos/posts

El crepúsculo o la última batalla de una diosa*

 
El espacio se cruza de agua y de sonidos, y el sabor de lo perdido que vuelve.
La lluvia abrillanta el olor de las flores. Hay un sueño a punto de aparecer y un antiguo color.
El fuego irradia hasta invitar a lo íntimo.
Besos errantes, paseo por el tiempo y una casa en el mar con chimenea.
El fuego inventa imágenes. Sol que se retira, pero antes de hacerlo, despliega una revolución roja en el cielo. La violencia de la belleza.
El crepúsculo es la última batalla ardiente... La firma de un dios que no se rinde en la hoja celeste o será diosa con sus colores cambiantes. Una diosa todavía inocente con los bolsillos que se abren y desparraman sus hogueras brillantes. Una diosa si, dios es perfecto y se murió por nosotros me dijeron, pero una diosa vive y saltan sus chispas vitales a chorros imperfectos.       

*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

ASÍ TE RECUERDO...*

Estaba yo en la fiesta y, detrás mio,
un  espejo imágenes brotaba:
Estabas tú, sentada, y tu vestido
vivió en mi mente frágil y azorada...

La hora era en que, sobre la calle,
un cielo herido lágrimas lloraba:
era la hora, y, así como en un libro,
leía yo, ávido, tus ojos y tu cara...

Camino aún, y, solo, te recuerdo.
Encuéntrote aún más bella y lozana,
Cada vez que veo tu figura,
tu vestido, azul, tu risa, clara...

En mi sueño, acompañante los astros.
Y de los astros tu inocencia escapa
para poblar de luces el camino
de este ser gris, en una gris etapa...

Y hago votos por verte, nuevamente.
y hago juegos con la imaginación:
es tan simple, tan lindo, tan sincero,
como de una vertiente la canción...

No sé si aún se escuchará mi canto:
es eso algo imposible, sí, quizás...

Mas es eterno, como el gris otoño,
que, luego de beberte, muere en Paz!...

*de Horacio C. Rossi.

servido por inventiva sin comentarios compártelo

11 Noviembre 2009

SIN MOLESTAR AL VIENTO NI AL SILENCIO...

SIN MOLESTAR AL VIENTO NI AL SILENCIO...

Poema de Cachi*

*De Horacio C. Rossi - en la terraza
(Oct.1953/mayo 2008)

Poema de Cachi ... sin molestar al viento ni al silencio...
alta naturalidad de luna y sol
y frío (para mí: llego del llano, de los grandes ríos)...

y es así...

sonando esa lengua kakán de los hombres y mujeres llamados, según dicen, pulares, cuyos misterios todaviaún persisten...
lengua castellana de acá,

como la lengua venida de por allá, traslamar, y que una vez fue mía, la de allá, venida, y que ahora me hizo suyo, la de allá, llegada...

sonando esa lengua kakán, digo, sobre la vía del río entre los inmensurables cascotes...
en viaje presoñado, hacia poema...
pudiendo castiya, ansiando kakán para el poema...

(*)

Poema de Cachi... palabras que no quieren molestar al viento ni al silencio...
pisando las mismas calles que pisaron los hermanos mayores... los Dávalos, Leguizamón, Castilla...
me visto con sus nombres por dentro...

Y sigo anotando, ya de vuelta en casa, sin molestar, yo también, ojalá de silencio,
el de allá, el de acá, el de allá bajo viento, el de acá bajo ruído...

Algo quiero haber aprendido, y me miro los dentros para saber
... (ya falta menos)...
y me toco los días en Cachi, la casi nada que estuve ahí, mirando y ojalá, tan ojalá, si, algo viendo...

(*)

Viéndome, por ejemplo, frenado a propio miedo, todo entero yo, ante una tal Quebrada del Diablo, supongo, nombre que ni oí, y por supuesto que ni la bajé,
frente a los volcanes gemelos de cráter lateral, como en espejo, vieras Vos,
cerca La Poma de la Eulogia Tapia:

es como que me quise seguir estando acá, en esta casa casi todo el tiempo ajena, mundo de las zonceras, de la ciudad,
no quise confiarme al precipicio... en verdad...
desorientado, yo, conmigo,
como lo estarían allá los kilómetros decimales si existieran...

(*)

Sobre esa ruta usurpante del camino peatón de los chaskis correos trotadores
hacia y desde el Qosko Cuzco, portando quipo khipu, registros en código de barras legible en quichua keshua,

pero sonando en la prohibida y arrasada lengua kakán su corazón de aún hoy caminadores a paso digno de admirar...

(*)

y así hasta ahora, bajo todos los dominios que siguieron habiendo por lo que ahora son siglos de la era vaticana,
y que ellos siguieron sufriendo bajo las indignas de nombrar basuras que los siguieron explotando con bandera y moneda y guardia propias hasta cuándo...

"¡Señores Dueños de Casa: tengan firme su bandera, / que venimos desde Salta levantando polvadera!" decía la canción...
yo no comprentendía, claro, era niño, cómo podría haber otra bandera...
(mi mamá, maestra, me había dicho que había una sola...
parece que había muchas)...

(*)

Poema de Cachi... el tiempo es de mañana...
Cachi, sitio del último engorde de los arreos herrados, antes de tramontar rumbo al Sol, alto, o al Sol, poniente...
Cachi Adentro... con río de cascaditas... sitio de enseñar... algo pude aprender:

(*)

Aprender que no se gasta la piedra, bajo l´agua, yuyo a yuyo...
apenas, sí, se gastan las chapitas rotas de tierra asada, pinturadas, rojo y negro el marrón, con amarillos talvez, no las ví bien...

¿Rotas por qué, rotas para qué?...:

por y para que ya no tenga agua de nieve o de bicho... ¿quién?...
agua de tajo en la nube de hielo con nieve o en la tibia garganta del bicho... ¿quién?...

por romper el invasor las cosas del que ahí estaba, para que no tenga...
o por rompérselas el koya diaguita al que venía llegando, para que no tenga...

y no pueda guardar y deba se ir...
que, si no puede guardar agua, tomará hielo... tragará carne cruda y sangre y polvo... en fin...

(*)

Yo me mostré haber aprendido a lavar las reliquias monedísimas... admirarlas hasta sentirlas dentro...
y dejarlas poray... que todo eso es su casa....

Pasante, yo, nomás,
llevado por alguien del lugar, que acaso nació siervo,
y cantó, para otra turista y para mí, su copla a la Pacha Mama, tierra mamá, en los graneros secretos de los inka inca inga:

¡kusiya kusiya!... ¡animate, Mamá, Tierra!...

"tengo un vario sentimiento" cantó el guía... algo así... "madretierra"...

(*)

Agrego yo:
no sagrada, porque nada ni nadie, Señora, te hace serlo:
Vos ya sos lo que eso querría decir...
y no hay palabra, entonces... ni hace falta....:

tierra, madre, vida, amor, luz, no necesitan ninguna otra palabra,
no son menesterosas...:

¡kusiya animate, mamá!:
está pasando lo que tenía que pasar...
ciertas cosas están, pero pasando...
Vos sabés muy bien...
y pasarán...
porque pasa lo que tenía que pasar:

¡kusiya kusiya, pacha mama!...

(*)

y hay alegría en el hogar...
de rojos tapiales el hogar, color brasa del fuego:
esa arte del fuego que calienta las cosas de la vida, todas naturales:

las que parece que se mueven... las que parece que no... sin fin...
las pobrecitas que parecen gente... las que todaviaún no... las que ya no... sin fin...

(*)

y anduve, también, "la capital" del Koya Suyu, provincia incaria de todo por ahí, toporay quel crioyo diz, esa Casa Morada, en La Paya, 
sitio que apenas si me parece o creo nomás visité -  rollo de fotos que perdí...

diluyendo miedos y ahogos, esponja exprimida me llamo en el cuaderno...
pampeano, yo, del río Paraná,
caminando, ahí, yo, siempre, a (pajueranos o sea extranjeros a más de convencionales o sea inexistentes) tres mil metros decimales de altitud

sobre el nivel actual de la mar que alguna vez dejó por ahí su sal y sus reliquias...

solo, conmigo, en la mañana desabrochada, andariego, peregrino:
morral, cámara, prismáticos, turista...

(*)

p o e t a
(eso, tenía en común: de eso, había)
(por eso, me sentía recibido)
(y lo era, lo estaba, o no podría estar anotando ahora esto)...

(*)

Poeta venido, y llegado en buenhora
                                                            - fatiga
y a la vez descansancio -
                                          dejando las reliquias en su sitio,
las huellas de ya haber estado por acá...

cuando era alguito, nomás, más nuevo el nevado que parece una montura perfecta para las dóciles llamas, generosas de entrega, allá atrás...

(*)

sitio lleno de niños ofrendados, de inexplicables ruídos sin derrumbes,
de avistamientos de no sé bien qué, muy bien escritos en las piedras caladas que hay

en el patio de la casa de arcada ojival:
arco de ojivas es siempre de casamayor o principal...

(*)

"No sé qué voy a decir de este viaje" anoté páginas antes de este borroneo en arreo...
y está bien... sigo así...
me voy enterando, al leer lo que escribo... lo que transcribo:

diz el cuaderno, a veer:

(*)

C a c h i ...: 
peña de la soledad  -  paisaje hermoso, en lengua kakán...
Ocasión de nombrar la verdad con belleza... por ello:
O c a s i ó n  d e  P o e s í a ...

Originario, ya, Poema de Cachi... por cierto que sí...

Mera ocasión de "sal" para los inkcga,
como esta mi tierra Argentina fue mera ocasión de "plata" para los hambreados y ambiciosos de Europa, igual...

(*)

"líneas de argumentación para volantear a tejuela" anoté en Cachi, frente a la plaza, durante mi último almuerzo:
muslo de pollo, vino tinto de Cafayate, quesillo y miel de caña...
"estoy dado vuelta como un guante" anoté, etcétera...

(*)

Anoto a vuelatecla que, cuando el tiempo es de siesta, en Cachi,
el cielo arde,
hasta el fondo del silencio,
por sobre en cima de las cosas, todas ellas por siempre y para siempre vivas...

Cuando el tiempo es de tarde, en Cachi,
cambia color la luz, cambia la sombra,
cambia la noción de pensamiento, de sentimiento,
y tan sólo la hermosura y siempre el silencio permanecen igual...

Cuando el tiempo es de noche, en Cachi,
los turistas no nos queremos enterar qué tan afuera estamos de pertenecer a ese lugar,
y nos guardamos en los dormideros o salimos a pasear,
a comer algo poray, decimos, en sitios como también los hay en la ciudad,

o a que nos aplaste el cielo que no podemos concebir haberlo visto,
de tánto y cuánto que es...

Frecuentaré infinitamente estas nociones, hasta exponerlas cabalmente bien...
No me gusta anotar a vuelatecla - paro acá...

(*)

Anoto a bolígrafa birome, regalo de cumpleaños, invento argentino, no sé si alguna vez fue marca registrada (r.),

y digo que ahora en el Poema de Cachi yo anoto del convento novicial que ocupa ahora la casamayor ("Sala") del señor feudal en el paraje Palermo

- quería que la gente tuviese muchos hijos, eso le gustaba -

y la escuela oficial puesta en algún galpón sobre la plaza atrio ondea su nombre de pequeña zorra, que callo con perdón de las reales zorrillas,
y en homenaje al querido poeta que se llamó acaso parecido nomás: no mas...

ondea su nombre para sobar el busto también lustrado a esclavo de los otros patrones...

y sigo viaje, repleto de asco y lástima...

(*)

comprentiendo que estamos cosechando esa siembra, con nuestra perplejidad de incomprensible, incesante duelo...

comprentiendo que tiene su justicia, la tierra, pacha,
y le pido perdón, otra vez, yo le pido perdón...

(*)

el poeta viajando por la ruta argentina 40, sin lágrima, mira, y vee...
está rojo el paisaje, atardecer...

atardecer que atardece también con ocaso para el mundo podrido, que se cae, nomás...
ya se cayó, ni por primera ni por última vez...

y que ojalá de abono digno de que ojalá algo bueno brote desde él...

(*)

ojalá que ojálah decimos, al modo de los moros, inmejorable...
y diosquiera decimos, que es lo mismo...
pero, yo, queriendo llamar a la madre, a la diosa...

que esta gente es la que sigue diciendo tener un dios que los tiene de dueños...
un tal diosmío con firma y sello y lloviznado con aspavientos...
que me importa y me aterra... pero no me interesa...

meros gestos huecos, vacíos de amor...
propios del mundo que se la pasa mostrando cómo ya se cayó...

(*)

Y así es cómo sigo viaje, alegremente, sigo viaje por el Poema de Cachi, 
entre rojas arenas compactas, por ante volcanes acaso uno solo, gemelos mellizos siameses, quién sabe, no importa,
no le importa a la tierra,
a la piedra pomez de La Poma, en pirca jaspeada y en campo llamado negro, y claro, cómo, si no...

ni importa ni interesa la tánta lista de las tántas palabras:
todas sirven, nomás, para callarse uno, ahí... callarse... así....

(*)

El extranjero cuadernoso anotador, llevado en andas por un precio en moneda oficial, precio vil, através de las enormes valles del río Calchaki
("los que vienen perdiendo", que eso significa, si mal no recuerdo
- me miro al espejo, y lo confirmo),

valles que aquí nunca perdieron su índole de mujer, y por eso es que uno anda acunado, y nombra bien las cosas como a ellas les gusta que las llamen...

(*)

y el guía nos explica cómo se hace la chicha, en el burque ollón, ollaza, casi tinaja de hervir el mascado y macerado maíz
con el resto de l´agua que hará que alcance y baste y sobre para toda la vida...

y el churki (¿será nuestro aromito?) tiñe marrón...
la cebolla roja tiñe beige, diría mi mamá, si mal no comprentendí, copiando al voleo lo posible en el cuaderno de viaje, a paso de charla...
alzo semillas de aska, de leña dura, junto a las cataratitas de Cachi Adentro...

me destrabo... un poco... me distraigo...

las procesiones, hasta Salta ciudad, por allá, tras las impasables montañas:
desde Santa Victoria, 600 kilómetros, a pie...
130 kilos de balanza pesaba un peregrino: y llegó, a pocos pasos por vez...

y las danzas en trance de Luracatao, en fiestas ahora vestidas con nombres pajueranos... me faltó veer, tengo que volver...
tampoco estuve en Seclantás, la de la canción... y tampoco en Tastil...

y de bicarbonato para la coca, está la llista, che: ceniza de cortadera y papa hervida...

para yapar la coca...o sea: agregar, aditar, ¡mirá qué linda, mi lengua castellana!:
yapa y coca son voces quichas keshuas...

como el nacer críos yapa el jornal del deslomado en los cañaverales...
ya lo diz el diccionario: gratuitamente, sin motivo...

(*)

Me distraigo... me apaciguo... : quesillo y miel de caña... jarra de vino... tamal...
Repaso anotación: "turbina esmeril" anoté... por dentro de la "esponja exprimida"...

Ojálah transpire algo dignito, tánto aluvión...
en vayvén...

hace bien, regresar...

hace casi diez años pasé por allá atrás y seguí "al norte", pal lao del Sol, alto...
y todos los ríos que mojan este Poema de Cachi se me están volviendo a secar hasta la próxima vez...
hasta que les sea el verano...
¡el "Padre Verano" del Manuel J. Castilla, por cierto!...
cuando deshiela arriba y además llueve en las valles...

120 milímetros decimales, decimos en la ciudad, ¡ah!, decimos, ¡miravós!, decimos:
yo nunca tuve un milímetro decimal, ni las 100 hectáreas que me tocaban cuando nací...

Yo tendría que estar hablando de Cachi, no de los milímetros ni de las hectáreas...
pero hablo de esto, porque estoy en Cachi,
o sea en la terraza de mi casa del bulevar en Santa Fe...

admirando el juego de estas acequias con su figura humana estrenando a cadenciosos turnos los cursos de las  vías de agua siempre bebible
de esos ríos que fluyen hacia el Sol, que parecen subir, digamos...

(pimientos, habas...¡hippies!, en el camino a Cafayate!...)

hacia el norte, decimos: preocupados en que sea hacia el norte,
digamos que eventualmente también hacia el Sol, se podría decir, sí...

(*)

No tiene forma eso que Vos llamás Poema de Cachi, se me dirá...
Estoy nombrando cosas casi por primera vez, mirando y viendo qué hay, abarajando un aluvión...

Tirando másbién a desprolijo, tu Poema de Cachi, me dirán: le falta ritmo, rima, cadencia. Buen gusto...
Por cierto. Estoy total y absolutamente de acuerdo. ¡Y me río!

¡Cuidado!, ¡que voy a seguir!... :

(*)

Los hojaldres térreos del llamado anfiteatro junto al camino llamado del inkcga (inka o inca o inga) hacia las vinerías ahora de los doblemente pajueranos remotísimos...

en esta región o zona...

camino por donde se podría solazar el rey (por eso digo región)
como se solaza el Sol (por eso digo zona)... que solazarse es lo que hace el Sol...

en esta región o zona los hojaldres, digo, repito, mero eco todo yo, se explayan y cascotan, se pedrean y olean tiesos hacia allá,

que todo es ir allá, hacia allá,
allá, que no hay:
acá, es tan sólo poronde uno digamos que pasa,

(*)

admirando las arbolitas breas todas enteras verdes, sin hojas, todas hoja, hoja con forma de arbolita,
 ¡h o j á r b o l!...
que, si no tuviese la foto, no las ví, no había...

admirando...
las casas de adobe,
sin tiempo ni para qué, el tiempo ese, decime Vos...
adobe con cuál yuyo dentro...
tampu tambos, bien del tiempo de antes...

(*)

y me quedo callado... hasta que oigo la palabra:

"Ñ A U P A": "hasta donde lo de atrás tiene fuerza hacia delante". . .

(*)

Y paro, para agradecer:

¡Muchas Gracias, Santiago Casimiro!
¡Muchas Gracias, Katia Gibaja!
¡Muchas Gracias, Hugo Pérez!
¡Muchas Gracias, Zuleta!

(no me quiero olvidar de agradecer:
o no aprendí nada en la vida)

(*)

Los tampu  "tambos",
palabra hoy reducida a nombrar meros sitios de ordeñe vacuno, allá lejos, en la pampa húmeda litoral,
eran populosas poblaciones en el camino, centros de interminables incesantes caravanas, con todos los servicios todos los servicios todos los servicios todos...
incluídas las estatales "alegradoras" y las llamas de donosas vulvas sifilizantes...

y digo además que los tampu tambos tienen esas digamos que son ruínas porque se caen de esperar, como con guiño,  al tiempo que no existe...

no existe, salvo hasta donde pueda llegar esa palabra ñaupa, que ahora sé por qué siempre me gusto tánto...
por qué la nombro, y me siento en casa...

(*)

Y ahora anoto a lápiz, mi preferido modo de escribir, lápiz sin esmalte, para que mis dedos escriban tocando directa madera...
Anoto a lápiz para seguir remando los día pasados en Cachi, pro poema... Poema de Cachi...

Sopando el pan casero en la cazuela de los datos religiosos, por ejemplo:
la procesion llamada del milagro, conjurante de terremotos, agradeciendo que no más,
enropada dentro la iglesiería pajuerana, de los que llegaron enlatados a brutear y más o menos siguen nomás así...

Pero estoy hablando de cosas sanas... así que sigo hablando para decir que:

(*)

Así, con ese ropaje, nadie nota
ni los yelmos de plata omawaka humahuaca...
ni los gorros tejidos en cono, otravez rellenos de vida hasta la punta...
ni los niños que aún tienen las aires de su última diurna luz en los pulmones,
como los de allá, en el nevado Yuyaiyaco, "memoria en l´agua", que eso dice esa palabra ahí...

naides: muchos nadie, nadie de los naides

nota los pisones de piedra volcana, blandidos, en fiesta, por las serpientes brillantes túpaj amaru,
disfrazaditos hoy de malteados ningunos que ni reptan ni brillan,
pero siguen naciendo...

siguen naciendo...
la montonera, propriamente:
la del Cacho Peñaloza, la del Felipe Varela, la del Juan Calchaki,
siguen naciendo, estando, perdurando...

andando las inmensidades por esas vías que son apenitas una línea entre luces...
que las sombras son luces...
con puntuación guijarra, entre las tunas y las breas removibles a pie firme o a bastón, y uno entonces pasa, fácil...

la multitud de solos, la muchedumbre de únicos...

tatuados desde antes de nacer con la cóndor, la puma, la serpiente

y el duende, ese diablo farrero limpiador de penas del vivir, que eso es todo,
ni culpa ni pecado...
que esos ruidos pajueranos nos quedan siempre afuera

del tronar de los tambores achicados que usamos ahora, corazoneros, sombra de la latencia de la tierra...
y de los chiflos silbos pinchos chuzos de las flautantes quenas kenna... solas y sueltas o armando las jangadas del siku simple o múltiple...

(*)

y me nace la copla:
no es tropilla esa gente
ni tiene nadie al frente

no saben que lo saben, pero lo saben muy bien...

(*)

(a vuelatecla inserto que todos andamos como destetados prematuros, buscando amarre para nuestra deriva camalotal, buscando dueño...
quién se haga cargo, que no hay, quién nos contenga, que no hay, quién nos conduzca, que no hay, quién responda, que no hay...
y  pagamos, caro, en vida, en salud, en alegría, en dinero, por ese servicio que ya sabemos que nadie nos presta:

no sabemos que lo sabemos, pero lo sabemos muy bien)...

(*)

retomando el verseo meramente hablador,
para decir que quién va a notar que están con las hachas doble faz labradas en delirio de tramas y texturas, bajo los huesos,

brindando con esos vasos kero, si es que anoté bien,  brillosos de esmaltes invulnerables y ahora también de material plástico,
con ya anuales chorreaduras de cerveza o de coca cola (r.)
o de la chicha amarilla como un Sol mojado y repartido en las manos las bocas las tripas
de la gente gastando los pavimentos de la plaza del Cabildo de la Salta ciudad...

(*)

(ví la foto en el diario de Cachi,
por donde parte de toda esa gente pasó, de ida y vuelta, como a cada giro de la tierra en torno al Sol,

rogando por ante las banderas rojas del Gauchito Gil, aportando botellas con agua para la Difunta Correa, doña Deolinda, ¡kusiya, kusiya!)...

(*)

vistiendo las plumas largas pero opacas del jote o del kuntur cóndor, idóneos cómplices para pasar inadvertibles, también por adentro del cuerpo y de la vida...

acaso por defuera, las plumas, ya de plástico, más baratas y entonces mejor posibles de poder comprar al malvender los papeles y cartones,

y ondear bailando en alabanza de la señora y el señor del milagro...

(*)

los ningunos que siguen naciendo y estando ...
y los turistas que, también,  algún día dejarán de estar
y empezarán a ser...

(*)

comprar, digo, adquirir las plumas del cóndor y del jote y también, 
para adorno de los yelmos de plata, y también como esas mantas poncho,
las pieles, con pezuñas y colas, del gato uturunku uturunco,

cuyas manchas son "Las Pléyades" de los pajueranos,
arriba del cielo que dejamos vacío cuando ellos llegaron,
y, fijate Vos:

se están muriendo de soledad, por no darse cuenta de que el vacío está lleno:
que hay que fijarse, precisamente, en eso:
en el vacío que hay entre las cosas, que es donde está lo que hay que veer...:

las estrellas son apenas las manchas de una piel... (dicho con guiño)...en fin...
supongo que ya irán aprendiendo...

(*)

YO vi la foto en el diario de Cachi, por eso anoto esto en el Poema de Cachi...

y, en serio, no se notan ni las plumas jaspeadas y ni las colas moteadas chorreándose al viento desde los yelmos de plata batida y labrada,
forrando los escudos de cuero duro y de madera curada y de piedra liviana...

los pajueranos ahora tan sólo quieren llegar a veer, al mirar, el uranio fosforescente, el oro a lavar de la montaña con cianuro,

que para ellos no es la sangre del Sol, asícomo la plata tampoco es nada de la Luna...

mientras chupan como esponjas en las carpas del campo o en los galpones para turistas el famoso "vino salteño, / macho sin dueño" de la famosa canción...

(*)

Todo lo cual yo anoto a lápiz, o sea:
carbón de madera dentro forro de madera rayando papel de madera,
según yo:

ejerciendo el don, poeta que soy...:
en el poeta yo siento que vive mi parte de acá...

todo mi resto es pajuerano, turista yo también,
criollo pronunciado crioyo como kolla se diz coya,
... ya falta menos...

como yo siempre soy el mismo, siempre digo lo mismo: ya falta menos...

(*)

A esta parte de los borroneos en aluvión la anoto reusando papeles de oficina,
hectáreas de bosques, bosques pronto tan inexistentes como las hectáreas...
y anoto para hablar y hablo para tratar de algo decir

de las piedras labradas que ornan las galerías y los patios de la casamayor o Sala de Cachi, hoy museo agradabilísimo y muy bien provisto y mostrado,

confirmante de que hubo gente por ahí de los más viejos y antiguos ñaupas de los ñaupas, hace rato,

y en las piedras las claras caladuras
con siempre alguna cruz, o el triángulo, simple, doble,

y la gente de grandes coronas, como hachas dobles, como en Talampaya, digamos, gentes radiantes, suspensas, seres de luz, enormes como sueños,

y cóndor y serpiente yarará y puma o uturunku...

Y el koya busconeando a su llama
(su permanente y compartida sífilis doméstica y endémica mataba al enlatado matón casi enseguida - justicia de la tierra)...

Y hay la wikuña vicuña espejada como en lago, o la del cielo en la tierra,
Y la llama cuadradota como señorona en su batón de jefa del hogar.

(*)

miro las fotos en mi casa del bulevar, describo...

salgo a la plaza de Cachi, rodeado de perros el Horacio, anoto en el cuaderno de viaje las piedras venidas de la roca volcana:

obsidiana, lajas, mármoles incluso travertino y alabastro, granito, yesos más blandos, esteatita piedra del sapo, arcillas, talcos, engrudos y ensaladas de piedra, de roca...

y hubo alguien que pulió esos costados indomables, y anotó a punzón, a filo, a masaje de arena o chorro de agua o besos de fuego:

una cara plumífera, sonriente, un ciclo espiral, un giro redondel, un círculo de luna en eclipse o anillo nomás, quién sabe,

y, si alguien sabe, no me lo va a decir:
yo soy de aquéllos, vengo de allá...
clarito...

(*)

Paseo las galerías del patio...
las obras de los masacrados ocupan la casa del masacrador...
de quien queda lo que en vida fue, dicho con nuestra castellana doble negación:

No Queda Nada

...y está bien, repito: tiene su justicia, la tierra... sin apuro... como toda obra de luz...

(*)

Y las tierras cristales muestran su lomo escrito, sus palabras reales, poesía verdadera, con la letra minúscula del planeta que somos:
                                                                          nos falta, para estrella...

(*)

Jactancioso, engreído cascotito yo también,
me aferro, por muy quedarme allí,
a la casa de adobe y balaustrada que anda poray,

quietita,
junto al camino,
llena de historias de mundos,

lavada a soledad,
que acaso sea la lluvia más profunda, mejor honda...

y la lluvia natural de agua veraniega llegándole, entonces, de consuelo,
como un guiño en la espera
o un augurio de pronta liberación final...

habitable ruína en estilo italiano, con acento kakán...

lengua kakán que dio, sin duda, ese hablar como repechando lomas, rumbo al nevado...

nevado que, cuando se deja atrás, nunca se deja atrás, y, además,
ya hay otro ahí...

(*)

Y me alegra anotar en mi Poema de Cachi estas líneas claritas,
alegres como alegra veer el nevado al fondo de la pampa tras bajar de la Piedra del Molino rumbo a Payogasta,

esa cancha sin agua para que no la roben...
pero, debajo: uranio...

por eso son alegres y a la vez graves estas líneas claritas, horacitas...

viviente sangre bajo la greda cantan,
como los rostros de estas gentes,
como sus vidas percutidas
a viento duro, agua helada, pasto puna, maltrato cotidiano...

y los saludo:

"¡hoy ando saludador, / como estandart´e comparsa!"

(*)

Trascanto padentro y quieto como esa casa entrando a Cachi,
junto al río de los viandantes al paso, al tranco, al trote, al galope, que es la máxima velocidad para conocer el paisaje:
más rápido, ya es una mera mancha, nomás, y entonces uno sigue ajeno ignorante pajuerano enlatado etcétera...

(*)

Y para memorar todo esto es que anoto en mi Poema de Cachi
estas apenas si generalidades de un viaje de un día entero y dos mitades

que resumió el rezumo de mucho mío andado por esta tierra que me tocó habitar,
desarraigadamente, pagando tánto, todos los días, por casi nada,
creyendo hasta descreer,
desgarrándome los apegos hasta que sólo me quedaron huecos miedos vacíos...

hablo de la basura, de lo que ya no más...

rehablando de cosas sanas, digo que:

hoy vivo tan sólo por y para mis afectos,
haciendo habitable, en lo posible, al mundo,
que eso es la poesía,
en fin...

y ando lleno cada vez más y mejor de más y mejor luz...
una que es y que se está como la luz de los nevados...

muy por sobre en cima de mi cincuentona posibilidad de gozar sus cumbres,
empero cabal imagen de mi travesía,
como meta digamos que a alcanzar,
y también digamos que acaso y ojalá ya lograda, humanamente...

(*)

El verseo ayuda a contar:
cuando el lápiz frena: no seguir...
y hay que hablar
hasta poder decir...
entre luego y después, bien podrás veer
cómo poner...:

(*)

Uno de mis  máximos momentos del viaje acaso fue en la Quebrada del Diablo o algo así,
cuando retrocedí, sentado, lo que se dice reculando, sobre pedregullo más que flojo y caedizo y resbaloso, hasta no veer más la curva con el precipicio,
y me quedé quietito, recobrándome, hasta que volvió el guía Santiago Casimiro...

y me dio su mano
hasta poder incorporarme yo
y continuar con nuestra compañera, turista también, nuestro regreso al auto...

resumo lo importante, dos puntos:

haber decidido, sabiendo que lo no visto hoy no vería más, no seguir descendiendo,
haber retrocedido, batiendo miedos resecos y podridos, hasta pasar un recodo que me quitó la visión del abismo y entonces retomar
no el control policial sino la armonía permisiva,
y enseguida la respiración y la limpieza de los pensamientos:

eso, por dentro...
por fuera, lo memorable fue:

aceptar la mano del señor amigo que nos llevó a pasear, todo tan lindo
"¡Vos sos cruzao con cabra!" le dije, y nos reímos...
Sin duelo alguno por lo que no conocí...

Y estaba el volcán doble con su doble caño de escopeta apoyado en la falda y apuntando al cielo que está lleno...
Escopeta negra, como este "Campo"(Negro) por tánta piedra pómez...

Y seguimos viaje hacia mejores fotos, desde pasando La Poma hacia acá...

(*)

Otro momento memorable, que ya dije y que ahora repito,
fue dejar en su sitio las reliquias que antes seguro me hubiese traído,
con todas las explicaciones y justificaciones que ahora ya no necesité...

(*)

Y otro momentazo más, tan igual de mejor,
fue haberle respetado a doña Eulogia Tapia su intimidad pastora, su día tal cual ella lo suele vivir, con sus cabras, en un cuadrado verde que vimos a lo lejos...

apenas si me traje la foto de su casa, mayora, merecida, con su arcada ojival:
espero me perdone...

(*)

Y fue justo en la Piedra del Molino donde Hugo Pérez me explicó que "puna" no es una mera altitud, sino la falta de lo que nosotro llamamos oxígeno en las aires...
hasta suele ambular, la "puna" y formarse acá o allá, fijate Vos:
esto es más alto que San Antonio de los Cobres, y acá se puede respirar lo más bien, pues los faldeos están hasta la punta verdes...

(*)

se estaba bien, allí, realmente, daban ganas de quedarse a vivir...
y por eso fue que tánta gente vivió, allí, por esos rumbos...

hasta que a la tierra se la apropiaron unos supuestos dueños...:

(*)

antes, ñaupa, la tierra era de todos, como fruto de la luz que sigue siendo...

(*)

(ya falta menos...:
no sé por qué a cada rato se me aparece eso, se me ocurre, lo dejo dicho, otra vez, así, aquí:
ya falta menos)...

(*)

como encantadas las aires del silencio, consuelo azul, dulzura y alegría, mishkyla...
me repito lo de la muuuucha gente que vivió por aquí, natural,

(*)

y llamo Poema de Cachi a todo esto, porque tiene la índole poética pues lo hago para tornar y devenir habitable (habitablecer) mi mundo que ,

al ser compartido con Vos, quizá algo contagie al recibidor y a l´aire entremedio,

fundando, de paso, los datos que trae en la memoria que haya todo por ahí,
esas fluencias entre los mundos, mejor si sin lenguaje,

fluyente como l´agua, "memoria en l´agua":  Y u y a i y a c o...:

(*)

y eso me lleva de nuevo a los niños dormidos allá arriba, y su doncella
de muy probablemente ya ejercida hembría, ya que lucía pezuñas sonajeras, muy probables reliquias de su rito de iniciación como mujer...

(*)

anoto y sigo,
extranjero ignorante tomando sol junto a la Piedra del Molino
o sobre el amurado caserío de La Paya (doble muro de piedra relleno de cascajo: marca registrada de su fabricacion inkcga)...

pendulo por mi viaje de vacaciones, días de feria, llevando en la yuspa yilka morral mi bolsita con hojas de coca y mi pancito redondo de patay que es harina de algarroba...
y deposito escribiendo sobre estas hojas, a lápiz, los paquetes abiertos llenos de mi estadía en Cachi, Poema de Cachi...

(*)

en crónica de bardo que cuenta alegremente lo general
y de poeta que dice verdades con belleza
y de vate regalando la profecía de que ya falta menos...

que ya falta menos
para dejar de estar y regresar a ser

. . .

de ahí, o como lo de ahí... propio y unánime...
con la mansedumbre que llega lejos, como el viento o el río...

como el camino que sigue natural aunque lo tuerzan recto...

y la tierra se deja cocer cacharro / que se rompe en cascote / que se polva en tierra...

y es lo que hay que aprender... aprender a sentir...
a sentirnos ahí...

en las esquirlas de cacharros halladas, alzadas, lavadas, admiradas y devueltas...
a las orillas del río en Cachi Adentro, por ejemplo...

(*)

como cuandonde me paré en mí, un poco mejor...
estuve entonces algo menos duplicado conmigo, menos descolocado inconexo mestizo criollo pajuerano...
y fui un poco mejor yo...

(*)

Estiro la masa del Poema de Cachi y la doblo al medio y la amaso de nuevo, paso la masa de mano en mano,
como en la inmemorial preparación del pan casero,
de mano en mano por las manos de los millones de gentes que siguen haciendo sentir hogareña esta larga bandeja entre estas altísimas sierras...

(*)

la diaguita espejancia del cielo...

del tiempo que, sin guiño, no se lo comprentiende...

(*)

digo que huele a casa vivida,
vivida con vidas trajinadas con naturalidad, con sus duelos y con sus risas...

y las penas haciendo valer las carcajadas,
carcajadas que hacen que las penas hayan valido:

cada cosa,  a su precio real...

y la vida entre todos, por debajo y encima...
sin cada uno, no hay todos... y sin todos no hay vida...
en el Poema de Cachi ya me nacen las rimas...
la puerta no está abierta: no hay puerta... así es la vida...
   
Te muestro cómo rima el verseo, apenas si dejándolo andar...
me encanta eso, y espero que a Vos también...

(*)

Y lo dejo seguir, a mi Poema de Cachi, seguir nomás, trotando, entonces...
entonces que es ahora...
ahora que es todo el siempre que pueda llegar a haber....

Y lo dejo seguir trotando, como un chaski correo, o como cualquiera de ahí, de aquí, koya o mocobí, siempre trotando, y por eso nada quedaba lejos,
nada cansaba...: no tiene por qué cansar...

Y para eso, para que nada canse, es que anoto a parcelas, y que me leas sin dificultad...

(*)

Y lo dejo seguir trotando por los vastos andamios de luz que atraviesan las cosas avenando la vida de las gentes:

Que, cuando el corazon tiende a flojar,
la percusión del suave trote sostenido tensa de nuevo el paisaje, y lo mantiene a salvo de más vulneración que la ya habida,
a salvo de mejor daño, ya inconcebible...

Y esa restitución de lozanía
juega de mitigante brisa sobre la intensa antena del poeta, que agradece...

por toda esa batea que habitó la mar...

océana mar, a la que el día, al pasar, la fue llevando al cielo cristal...

(*)

 
llevándose también, desparramándolo poray, el cuero de los enormes bichos,
esos de los grandes huesos y dientes cuyos tamaños denuncian a los largos cuerpos y a las anchas alas y a las fornidas aletas de agraciado y temible coleteo...

esos bichos que ahora duermen en las lajas
que son cortadas a destajo y llevadas lejos por gente que vive a destajo,
para gente que gana con todo ello a granel...

(*)

Parece que el cerro vuelve a fabricar las lajas, todo el tiempo:
generoso con los suyos, justicia de la tierra, puede ser,

y tambien puede ser nomás que esos bichos no se quieren ir,
que igual le pasa ocurre acontece sucede al turista yo...

imaginate Vos que todo por ahí hasta dentro la piedra es de día...

(*)

Y los que nos desayunamos con los grandes bichos también nos quedamos a vivir, todo por ahí, ariscos como wanaku guanaco,

wikuña vicuñas por dentro, morimos por dentro si se nos encierra...

querendones atrás de lo calladito,
como lo somos para quien nos sabe buscar y nos encuentra... 

(*)

Y al quedarnos a vivir,
adecuamos esa batea de la evaporada mar para la vida de la nosotros gente,

transitorios, inconstantes, torpes y volátiles, necios y menesterosos, sucesivos, crédulos, inconsistentes o sea inconfiables,
trotadores, excelentes trotadores, eso sí,

llevando al crio sobre la cadera hasta que aprenda a tirar con honda, hasta que aprenda a hilar vellón,

y pasar pisando sin variar la marcha los desniveles a una rodilla de alto, que al pasarlos trotando no hay dificultad,

llenos por dentro con la sangre densa de los arribeños,
circunvecinos de la nieve en flor...

la misma nieve que nos enseñó a callar:

no hace ruído al caer, al quedar, al derretirse...

y la tierra secada se moja y la tierra mojada se seca,

produciendo las plantas que alimentan a la nosotros gente y lo bichos que también alimentan a la nosotros gente que, entre luego y después,
alimentamos a las plantas y a los bichos

que dejamos pintados en las cosas cotidianas, al reparo de los techos, y en las paredes de las montañas, al reparo de las cornisas y, también,
los dejamos calados en las rocas y piedras

que son como monedas de la piel del silencio
que se están siempre ahí,
y las seguimos usando y gastanto y reponiendo,

a modo de esforzada calesita,
con intención de giro que, si bien ya falta menos,
aún no ha renacido danza...

si no que aún sigue, girando
chata, plana, aplastada, dificultada, trabada, dolorosamente,

lo cual,
entre tánta fértil belleza, entre tánta factible felicidad,
no parece ser sino que ES un insulto...

(*)

ya falta menos... a esa frase suelta no sé por qué la digo...en fin... ya falta menos...

(*)

Algo se acumula
y pasa el tiempo,

y queda una astilla,
ladrillito, rojo negro blanco,
entre las raíces del churki aromito espinillo,
a una rodilla de hondo bajo cascaja tierra,

inmóvil aluvión,
descascaradas cáscaras, virutas recocidas,
madera de tierra, vidrio templado de madera,
esmalte suelto, caliente al tacto:

pan recién horneado,
abrazo reciencito,
todavía y aún sin lejanía ni lejura o como mejor nos guste decir,
querido cascotito,

como un corazon nuestro que pudiésemos sentir en la mano
y dejar en los sitios del lugar,

quedando nosotros también a morar ahí...

(*)

"no es la primera vez que andamos por acá" nos encanta sentirnos decir,

oirnos por dentro,
escuchar esas palabras sonando, festivas, por ante el silencio,

ruído, sí, pero de fiesta,
por fin, como sin fin,
y de alegría...

(*)

Y ya hizo una Luna desde todo eso...

Y está nublado sobre el bulevar...

que, allá soleaba, como siempre suele,
y era de día, de siesta y tarde, entonces,
y de noche también era de día...

calladitamente impresionante,

asunto largo de callar...

y yo sigo anotando...
sintiendo ya las flotaciones de los cristales y otras cosas sutiles compareciendo dentro la lechinada literal:

lo que de todo esto quedará...

(*)

y anoto anoto anoto:

los corrales de la Casa Morada, al reparo, entre cerros...
bien visora o veedora pero difícil de veer o de avistar...
(igual que en Quilmes, por ejemplo)...

con sus flechas obuses de piedra clavadas en la falda,
marcando acaso el límite de habitabilidad, cuesta arriba...
(se quedó en mi rollo de fotos perdido)...

(*)

No hay lenguaje para todo esto. Ni importa ni interesa.

Tan sólo acaso talvez servirían palabras generales.
Abiertas como los zaguanes andaluzes de Cachi.

Abiertas como esas frondas que tornan brisa al viento.
Y nos llenan de cielo.

Y nos sentimos casi en armonía.
Casi prestos a vivir el sueño de la felicidad ambiente.
El estado de gracia.

Cosechando la siembra de l´amor que sembramos.
La caliente nutricia almohadilla vestida con la chala de choclo del tamal.

Que desvanece toda circunstancia. La torna inerte. Ni siquiera adorno.
Guirnalda crespón fúnebre gris ruína.
Barro que ya la acequia disolvió entre los verdeos puntuados de alfarerías
tan quebradísimas como invulneradas.

Y millones de gentes.

Y la lengua se aquieta dentro la boca entreabierta y callada.
Que, ahora, sonríe. Para siempre.

Y su gesto es el mío. Y final para el Poema de Cachi.

Azul.
Sin molestar al viento ni al silencio.-

Palabras de Oscar CachoAgú

HORACIO ROSSI
(04/10/53 - 18/05/08)

Esta muy fresca la memoria de Horacio Rossi. Casi, diríamos, que lo vemos caminando por el boulevard rumbo a su trabajo o, cuando suena el teléfono, creemos que es él haciendo algún comentario. Aún, la percepción, es como si hubiese ido de vacaciones, en esos viajes que solía hacer a distintas latitudes de nuestra Argentina. Y luego, escribía. Los poemas de Cachi, inéditos, o sobre el lago Lakar, de las tierras sureñas son ejemplos de esa labor.
Abordar la obra de Horacio Rossi, es incursionar más en lo inédito que en lo editado. "Silvia, cuadernos de literatura" "‘Rimitas Horacitas' "Cuaderno de las baldosas calcáreas", entre otros. Pero, también, los innumerables poemas y escritos que fue publicando en diversos medios o repartiendo a través de los correos electrónicos a su vasta lista de direcciones.
De todas maneras podemos decir que su oficio en las letras fue copioso, incansable y permanente. La poesía, su hermana mayor, fue escrita en octavillas, sonetos o verso libre. Con un lenguaje franco y, en ocasiones, irritante porque no tenía barreras para hablar, en la escritura, con el lenguaje de la gente. No con el lenguaje académico que, por supuesto, no desconocía. El siempre manifestaba: elige el lenguaje y luego escribe.
Por eso es tan así su novela "Lambrusco", donde sin contarnos nos muestra cómo se fue gestando esta lengua nuestra y las mixturaciones que se dieron con el arribo de los inmigrantes y su hablar cruzado en el S. XIX. Pero él celebraba el "buen día" como saludo, que hace centurias comenzó como el idioma castellano. El Lambrusco es toda una gesta, donde Rossi hace uso de su fecunda imaginación y de su arte en la lengua para mostrarnos todas esas transformaciones que se dieron y se siguen dando en el idioma. Y lo hace a través del protagonista que observa, escucha y anota todo lo que puede. En realidad ¿no será él Lambrusco? Dice Di Bernardo que, "cabría conjeturar si acaso, más que de una novela, no estamos en presencia de un extenso poema novelado." Es probable. Pero es un idioma que, en mi infancia, lo he escuchado.
Sus poemas tocan al hombre. Son un canto de esperanza permanente. Transmite, en ellos, la alegría por y para celebrar la vida. Basta con recorrer algunos de sus escritos.
Mencionemos sus libros editados: "Del aire hallado" "La pluma de polen" "¡AH!mor...". Sus folletos: Mainumbÿ, "Región de las tenues voces" "Porvenir de asombros", "De Dioses Derribados", "Padrinazgo Nocticular".

A estos títulos se agrega "Poema de Cachi", recientemente presentado en Santa Fe (29/10/09) y editado gracias a la colaboración de familiares, amigos y conocidos del poeta. Fue su último poema, inédito por cierto, que nos legó a los amigos. Este poema es ahora reproducido por Inventiva Social.
Agreguemos lo que Horacio Rossi siempre decía: soy grupero viejo. Así estuvo con el grupo Tupambaé, bajo el padrinazgo de Gastón Gori; el grupo Maynumbÿ que él iniciara y, por último, el grupo Luzazul que cohesionaba en su hacer varias artes: música, poesía, danza y plástica. De éste grupo fuimos hacedores de la hoja de poesía que lleva el nombre del mismo.
Estas líneas, cabe destacar, son apenas una aproximación al autor y su oficio en el arte literario y su actividad y apoyo a las manifestaciones culturales, no sólo de ciudad, sino en la provincia. Se puede decir mucho más. Y es una tarea que queda como desafío para muchos que conocen su obra y su personalidad. Y como dijera la Prof. Alejandra Tiraboschi, en el homenaje que se le hiciera en La Urdimbre hace escasos días, Horacio Rossi hizo posible la amistad.

*Oscar CachoAgú. cachoagu@yahoo.com.ar

*
Inventren Próxima estación: CASBAS.
Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

*

Apreciadas amigas, queridos amigos,

El número 89 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante", edición Octubre/Diciembre/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org
 bajo el link:

http://www.euroyage.org/es/xicoatl-89

           CONTENIDO:

ENSAYO: De la literatura en un mundo abarrotado. Alejandro José López Cáceres.

POEMARIO: Poemas. Mayamérica Cortez.
                      Poemas. Reynaldo García Blanco.

NARRATIVA: Impasse. Graciela Bucci.

AUSTRIA: Poemas. Rosemarie Schulak.

La edición impresa de XICóATL # 89 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).

Cordial saludo,

YAGE, Verein für lat. Kunst,   Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37     A-5020 Salzburg    AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067

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11 Noviembre 2009

AL MÍNIMO TEMBLOR QUE LO PRECEDE...

PLUMAS EN LA LUNA*

 

   Vivía yo con mi familia en un clásico barrio, cercano a las vías del tren.
 
   Todas las tardes, al volver de la escuela y después de la merienda, nos juntábamos los chicos de la cuadra.
    Todos guardábamos en algún bolsillo un pedazo de torta, algún bizcocho, o simplemente un pedazo de pan. Y para allá corríamos a la tapera de Pancho, debajo de un árbol al lado de las vías.
 
    Pancho era el linyera, el "croto", como le decíamos en mi infancia, que todos queríamos y   para él vaciábamos nuestros bolsillos.
Debajo de una descuidada barba, que podría ser blanca, sus mandíbulas, con increíble y buena dentadura, trituraban con fruición los dulces, mientras convidaba trocitos a sus cinco compinches, cinco perros flacos y pulguientos que lo acompañaban en sus aventuras por las calles de la ciudad y cuidaban de las estrafalarias pertenencias de Pancho.
 
    Alto, flaco, algo encorvado, de caminar lento, ojos claros casi escondidos bajo las tupidas cejas, de largos cabellos atados a la espalda con un piolín, Pancho tenía una mágica atracción para nosotros. Sentados en rueda a su alrededor, escuchábamos sus relatos y nuestra imaginación se regocijaba con las aventuras que nunca pusimos en duda. Si el tema era estar frente a un león, en plena selva, creíamos en sus poderes de hacerlo volver a su guarida sin chistar.
 
Antes que oscureciera, nos despedíamos de Pancho, asintiendo a su orden de portarnos bien y hacer los deberes.
  Una tarde, lo encontramos ocupado en raros artefactos de alambre que, nos dijo, serían alas para volar hacia la luna. Nos pidió le lleváramos plumas, y al otro día, todos los chicos aportamos una buena cantidad de ellas.
 
   Las gallinas se habían alarmado de nuestro ahínco en limpiar de plumas los rincones, y alguna de las pasaban cerca, sintieron los manotazos.
En mi casa no había gallinero, pero abuela Sofía, como buena idish, tenía un acolchado de plumas que trajo de su país, que misteriosamente quedó menos abultado.
  
     Durante una semana asistimos y aportamos a la realización de las grandes alas que ya tenían buenas formas.
     Una fuerte tormenta nos mantuvo en nuestra casa, y al otro día, cuando llegamos a la tapera, sólo encontramos algunas plumitas embarradas y los perros, que nos saludaron con alegres ladridos, mientras comían lo que había en nuestros bolsillos. Pancho no estaba, tampoco las alas.
   Volvimos durante unos días, en especial llevando algo de comer a los perros, que ya no eran cinco. Algunos también nos habían abandonado.
   Mamá, notando mi tristeza, una noche de luna llena me invitó a mirarla, y descubrimos las barbas de Pancho. Me alegró mucho saber que había llegado.
   Hoy, ya hombre, intactas mis emociones infantiles, levanto mis ojos hacia la luna y mi corazón se comunica con Pancho, alejando por unos minutos los ingratos sucesos de este siglo XXI, cada vez más agobiante.
 
    Comparto la ilusión con mis dos hijos que olvidan sus guerreros y monstruos electrónicos y apaciguan sus fantasías escuchando, por enésima vez, alguna de las aventuras de Pancho, que ya incorporaron a sus recuerdos. Por supuesto que conocen de los cráteres de la luna y su gaseoso entorno, pero nos entibiamos el espíritu y por unos minutos vemos las barbas, y tal vez, algún guiño de Pancho, que todavía, a pesar de los años, deja deslizar alguna plumita, que encuentro debajo de un árbol o posada, etérea, sobre las violetas del jardín.
                                                                                     
                               

*de Elsa Hufschmid. elsahuf@hotmail.com

AL MÍNIMO TEMBLOR QUE LO PRECEDE...

SUEÑO DE UNA NOCHE TROPICAL*

*de Marié Rojas Tamayo.

-    Soñé que había un ángel en la cabecera de mi cama - dijo ella, sacudiéndose a duras penas el cansancio.
-    No empieces otra vez con tus bobadas - respondió el esposo desde la cama -, despabílate, trae la escoba y el recogedor, que volvió a descoserse otra vez esta porquería de almohada.
-    Con sus alas me abanicaba, para que el calor de la noche no enturbiara mi descanso - continúa ella recordando, tratando de atraer hacia el recogedor las plumas que se escapan indóciles de los golpes del
escobillón.
-     ¡Saca! Tan inútil como siempre, mejor lo hago yo. Hoy mismo estoy comprando una almohada de espuma de goma, está bueno ya de recostar la cabeza en este vejestorio que no para de botar el relleno, todo porque era de tu madre  - le arrebata los instrumentos y la mira con desprecio -. Cuela un poco de café, que me están esperando en el parque para el dominó.
-    Con su presencia ahuyentaba a las sombras, para que no trajeran pesadillas a mi sueño - le trae ella la taza humeante mientras no cesa en su monólogo, como si se negara a reconocer que está despierta.
-   Cada día estás más zonza - bebe él sorbo tras sorbo -. Ni que me interesara lo que soñaste... No te puedes estar callada. Anda, plánchame la camisa, me voy a dar un baño cuando recoja estos plumajos, que esta vez van para la basura.
-    Su sonrisa iluminaba la noche, me inundaba de una extraña paz, se llevaba mi agotamiento... - la plancha emite silbidos al tocar el cuello de algodón.
-     ¿Vas a cerrar el pico o tengo que hacerte callar? Malditas plumas, se han metido también debajo de la cama - se agacha empuñando la escoba para llegar a esa zona donde el brazo no alcanza.
-     Antes de partir me dijo - susurra ella, tan sumida en su mundo que ya no siente temor a las amenazas - que Dios está conmigo, aunque no lo vea.

         El hombre se levanta, dispuesto a abatir el mango de madera sobre la espalda de la esposa, cuando un brillo que ve desprenderse de la escoba lo obliga a agacharse para atrapar a la última rebelde.

         Al hacerlo, su rostro va pasando de la furia al estupor, porque en sus manos, increíblemente leve, inconfundible en su blancura, ase una pluma que no cabría en ninguna almohada.

*Publicado en la antología "Mujer, soledad y violencia", Editorial Gente con Talento, Colombia, 2004.

El alma del riel*
 
 

Atemporal                       
                   el tren por su ruidoso camino, algo tiene de río, de inmortal y de esperanza.

Antes, mucho antes del paso del tren me sentaba a esperarlo. Agachada en el suelo, con la oreja pegada a la tierra siento el mínimo temblor que lo precede.

Impreciso se recorta en el horizonte, brumoso y pequeño como un tren de juguete, la locomotora arrastra su séquito de vagones y la escolta el manto de humo.

El ruido se escucha lejano, un suave ronroneo que sube de tono hasta hacerse insoportablemente bello cuando el tren pasa a mi lado; enardecido peso de hierros y madera deslizándose por las vías, dulce cataclismo que me envuelve y dura lo que una ráfaga de viento. Después, a cien o doscientos metros empieza a perder velocidad, quejosas chirrían las ruedas y el convoy se detiene en Magdala bufando el encabritado vapor de sus entrañas.

Quietud en la Estación, el pasto crece a su antojo entre los durmientes. El alero del techo carcomido por las inclemencias del tiempo, le ofrece refugio a las aves que anidan en los recovecos. Ya no están la campana ni los focos de luz, se ha ido el empleado del ferrocarril.

Con su ritmo inconstante las espigas se mecen en el campo agitadas por la mano juguetona del viento, caprichosas ondas en el vasto mar vegetal,  pero yo amo el rugido del tren, la bien pensada metalurgia de la máquina, el aliento cálido de su vientre, el indolente traqueteo de los vagones, el olor de las especias destinadas al almacén que me hablaban de puertos lejanos.

Volver de Pehuajó, me ensueño, a veces, con el movimiento lateral del banco de madera, sacudones leves que invitan al descanso. Despierto y con fuerza presiono el cuerpo en el respaldo del asiento, se alivianan mis huesos, juegan mis omóplatos. Me incorporo y subo la ventanilla, la sostengo bien arriba mientras intento trabarla soltándole los frenos, cuando lo consigo dejo que el viento juegue con mi pelo, lo enmaraña, se lo lleva. Mi rostro es una máscara insensible y con la boca abierta grito para adentro el placer de tragarme todo el aire.

Estación Magdala, adormecida en el paisaje llano de la pampa bajo el sol del mediodía, resistiendo desafiante en la confusión  rosa alilada del atardecer.

Pita nervioso el tren que se acerca, la carga de espigas de oro colmarán los vagones, maíz, girasol. Mancomunados se irán rodando la semilla, la savia de la tierra y el trabajo del hombre. Mano y badajo anuncian la partida con el vaivén sonoro del metal, listo en su  puesto el maquinista y parte el tren con su preciosa carga.

El humo de la locomotora se entretiene en el aire un rato largo, dibuja en el cielo espirales de hollín que suben lentamente, se aclaran y deforman, desaparecen.

 
 
Ya no hay adioses en la Estación, no hay bienvenidas. El silencio grato de la Naturaleza con su ritmo apacible tiñe el aire de siesta  y duerme el alma del riel en el profundo acero; para su duro oficio de resistir ya no hay victorias. Jugando a equilibristas, niños con  pies alados le hacen cosquillas.

 
 Resignación es esa gris neblina que nos paraliza, por el contrario, el sol es vida, es movimiento y está en todas las cosas, también en ese tren que vuelve cada día.
Con estupor vimos  como el bólido anduvo kilómetros y kilómetros sin que nadie lo pudiera abordar, en su afán de correr por las vías muertas.
 
 ¿Muertas?, déjenme que me ría y que luego el tren me pase por encima y que llore y  ría convulsa, y recién después de vaciarme de humores y de llanto les pregunte, ¿pueden morir las vías...? o se muere el discurso, las decisiones egoístas, las irresponsables, las desacertadas, las humillantes, las interesadas decisiones de los hombres.

Hay un plus de nostalgia que me mueve a escribir estas líneas, hay tanto para hacer y deshacer.

*de Ana Maria Diaz Velo anadiazvelo@hotmail.com

  EL PRECURSOR DE GATTI*
 
 
                                     Toti Sciarini, in memoriam
 
 
Era corpulento y tenía una prestancia menos de arquero que de campeón de lucha libre o de boxeador apto para disputar el campeonato mundial "de todos los pesos" como se decía por entonces en la jerga del periodismo deportivo, que como sabemos son los ases del enriquecimiento del idioma.
Pero fue el primero que empezó con la costumbre -ampulosa según su temperamento- de salir jugando con la pelota en los pies desde el mismo arco.
Sacaba pelotazos con la cabeza, los codos, los pies, el pecho y raramente la embolsaba en sus nervudos e inmensos brazos, ya que era lo que nosotros hubiéramos preferido para mayor tranquilidad.
De todos modos era nuestro ídolo, aunque esa idolatría se mezclaba a veces con la impotencia porque esa arriesgada y extraña manera de defender nuestros tres palos traía no pocas veces el amargo sabor de una derrota y otras salvaba al equipo de una goleada o le hacía ganar un partido.
Saltó a primera cuando dejó de atajar aquel arquero casildense, del jopo alto y el bigote finito y que abandonó el arco luego de un partido donde le hicieron un gol muy tonto -que le pueden hacer al más pintado- y sus compañeros dudaron de él. Se armó tal bathola que tuvo que guarecerse en el vestuario, se suspendió un rato el partido, y cuando lo convencieron de que volviera quiso demostrar su entrega a los colores y se tiró en forma suicida contra la rodilla de un delantero, quebrándose la nariz y entonces sí tuvo que salir.
El partido era contra el club Chañarense, que iba primero y tenía una delantera arrolladora, en especial dos hermanos de apellido polaco (uno de ellos, el más corpulento, destruyó la nariz de nuestro arquero) que era el cuco de todas las defensas de la zona.
El casildense no quiso jugar más, alegando que se había perdido la confianza en él, y nosotros lo extrañamos mucho porque era muy amigo de los chicos, andaba siempre organizando campeonatos infantiles, ya que se había radicado en el pueblo.
El Toti, que militaba en la reserva, pasó a primera para ser titular durante muchas temporadas, usando la amarilla, que era la camiseta de todos los arqueros en ese tiempo.
Lo que no recuerdo ahora es si aún jugaban los grandes : Parabatti (a quien no sé por qué llamaban "Cubay"), Cornejo, Mulé, Capobianco, Carbonín, Delavedova, el Loco Moreno, pero de lo que estoy seguro es que el pelado Míguez y el Flaco Maggi ya no estaban. Es probable que haya jugado con Quinterito, con el Negro Fernández, Lorenzo Miranda, Carlitos Salinas (seguro que sí, porque Carlitos lo salvó de una biaba en un clásico).
Las anécdotas que produjo en los pocos años en que yo lo vi, porque cuando dejé el pueblo era aún titular y yo jugaba en la reserva, están en la memoria de los mayores que nunca dejan de relatarlas a los más jóvenes.
Habíamos llegado a la punta ese año y no sé por qué extrañeza de los dirigentes que se me escapa ahora, debíamos jugar con Deportivo Isla Verde, que pertenecía a otra liga y estaba en la misma situación en la tabla. El pueblo de tan bello nombre está en la provincia de Córdoba, justo en la prolongación de la ruta provincial número 93, es decir, luego de Beravebú, Chañar Ladeado y Corral de Bustos, pueblo con prosapia de caudillos. De lo que me acuerdo -¡cómo  olvidarlo!- que vestía la maravillosa casaca del no menos maravilloso Rosario Central.
Llegamos en camiones repletos de polvo, con las mariposas adheridas a los radiadores y hoy he olvidado la característica del pueblo, pero el recuerdo borroso que tengo de él no es pesimista, es decir que algún atractivo debo haberle encontrado para quedarme con una impresión que es eso: nada preciso pero como una idea flotando en algo que me resultó agradable aunque no sé qué.
Como dije antes, llegamos en camiones, pero tal vez algún auto nos acompañó, y recuerdo algunas banderas rojiblancas que tremolaban en unos sostenes de madera, que a guisa de astas les habíamos colocado.
El clima era festivo, pero nuestro arquero no tendría su día, como el perro de Onetti, así que todo fue frustrante y nos comimos una goleada histórica.
El Toti acostumbraba a hacer picar la pelota muy cerca de la raya, canchereando y provocando a los delanteros rivales, la hacía picar a sus espaldas. El primer gol que les regaló fue cuando no tuvo en cuenta que un piso de tierra muy removida, muy suelta acompañaba la puerta del arco y cuando salió hacia un costado haciéndola picar a su espalda con tanta mala suerte que la pelota murió sobre el polvo y antes que reaccionara, un delantero rival aprovechó para empujarla a la red.
Después de allí no pegó una: quiso sacar como era su costumbre: codito, cabeza y piernas. Todos goles. Perdimos 5 a 1 y diré en su honor que el único gol nuestro lo hizo él, desde los doce pasos. Pero ni con eso salvó el honor. En verdad cuando ellos vinieron para el partido de revancha fuimos nosotros los que le metimos 5 y ellos apenas hicieron uno o dos. Pero -y aquí la memoria me abandona- no sé si hubo un tercer partido, es probable que sí y es probable que haya sido en cancha neutral y es más probable aún que nosotros hayamos perdido. Tal vez uno a cero, pero aquí quiero ser generoso con mi equipo y mis recuerdos, faltaría ver los archivos de aquellos años, pero como ustedes saben, no soy un periodista deportivo. Apenas trato de rascar desde el más remoto olvido algunas anécdotas que hicieron más placentera mi adolescencia, aunque el Toti se encargara con ese afán trasgresor que lo caracterizó siempre, de ponernos un poco de pimienta en nuestras almitas solitarias, de pobres chicos de pueblo que sólo tienen de consuelo el inmenso amor a una camiseta de fútbol, que los identifica con una parte social, como al nativo con su tótem.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar 

 IDENTIDAD UNIVERSAL*

 
          Cotty transitaba  por los pasillos del aeropuerto sacudido por un sentimiento extraño nunca experimentado antes, era una mezcla de incertidumbre, confusión o cierta dosis de pánico. Nada le era conocido, ningún elemento que entraba por sus pupilas le recordaba algún dato que hubiera quedado en su recuerdo.
          De pronto un individuo apresurado en extremo  tropezó con un porta equipaje rodante que con el impacto se alejó de su dueño.
          - ¡Eh, boludo! Fijate por donde caminás, - fue el grito indignado del hombre.
          El otro siguió su camino sin volver la cabeza ni pedir disculpas.
          Cotty se detuvo intrigado ante la escena pero como no pasó a mayores continnuó en busca de un taxi.
          El primer coche de la fila estaba vacío, el dueño del segundo gritó a través de la ventanilla.
          - ¡Che, boludo! Hay gente esperando.
          Cotty se convirtió en un cuenco que almacenaba hechos y palabras desconocidas porque no las encontraba en su diccionario mental. Él hablaba varios idiomas pero ese nombre de pila nunca había sido pronunciado. Desde que abandonó el país, su país, a los cinco años la lengua de sus ancestros que incorporó como propia era totalmente distinta a ese castellano hablado al sur del mundo, que si bien sus padres se habían encargado de practicarlo en privado para mantenerlo en su recuerdo, las reglas para hablarlo parecían ser muy diferentes.
          Su acento extranjero llamó la atención del chofer que conducía el vehículo.
          - ¿De donde viene? - preguntó.
          - De Alemania.
          - ¡Uy! Aisito no más.
          El desconcierto del viajero aumentaba minuto a minuto, no podía comprender el significado de las palabras que escuchaba. De pronto el conductor frenó el taxi y su cuerpo chocó contra el asiento delantero. Un joven que viajaba en bicicleta se cruzó sin medir el riesgo que corría.
          - ¡Boludo! ¿Cómo te cruzás así?  ¡Casi te mato, boludo!
          Y de nuevo el nombre se reiteraba en el cerebro de Cotty  sin definición.
          Descendió en la puerta del hotel que había contactado pero de pronto se vio en medio de un grupo de jóvenes que mantenían un pleito aparentemente serio.
          - Boludo, te voy a romper los huesos, - gritó uno de ellos amenazándolo con su puño cerrado.
          - Vos sos el boludo que no tenés idea con quien te metés.
          Cotty retrocedió esquivando los golpes que se le venían encima mientras un empleado del hotel muy diligente corrió en su ayuda.
          - ¿Está bien, señor? - preguntó.
          - Si, si,,, ¿Pero que es eso de boludo?
          -No se preocupe, señor, - aclaró el hombre mientras tomando sus maletas lo condujo hacia la entrada del edificio.- todos son buludos, aquí todo es así.
          Era evidente que su llegada al país que lo vió nacer había sido complicada.
          Ya en su habitación recordó la promesa que le había hecho a su padre y tomó el teléfono para hacer la llamada.
          - ¿Cómo llegaste, hijo? - fue la pregunta que denotaba preocupación.
          - Bien, padre, sólo que encontré difícil comprender ciertas frases y hubo un hecho que me llamó la atención, muchas personas llevan el mismo nombre.
          - No te entiendo, hijo.
          - Sucede que existen varios individuos que se denominan de igual manera, se llaman Boludo, supongo que debe ser un nombre de moda.

*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

Budín de pan o una tarde casi cielo en la boca*

 

---Es un día  de una tibieza esponjosa,  como si guardara hebras de aire, globos rojos a punto de soltarse en una fiesta silenciosa. Mullida tarde de flores alzadas contra la ventana. Pensamientos, que buscan atraerme o entrar a La tierra lejos y esta suerte de poder navegar o ser navegada por el manojo, barco, ramo. Perderme así entre aromas y el gusto del café.
La leche como un mar blanco envuelve el pan, el dulce, las gotitas de luto de las pasas, los huevos. Un futuro budín duermiendose en el útero tenaz del recipiente,  va a despertar en la boca de quien elija para darle a tomar las gotas de esta tarde.

*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar

 

LOS ANGELES, UN PUEBLO A PUNTO DE DESAPARECER
En un olvido parecido a la muerte*

 *Por Leandro Arteaga

La dualidad que plantea el film de Juan Baldana puede percibirse desde su mismo título, ya que Los Angeles nos remite, invariablemente, a una concepción de metrópoli moderna. Pero la verdad del film está en otra parte, muy lejos de algo similar; Los Angeles no es más que el nombre de un pueblo
moribundo, que orilla su desaparición.
El ferrocarril ya no pasa. Ecos y fantasmas de otros tiempos sobrevuelan el aire. Sólo cinco habitantes de un olvido casi muerto. Así de terrible.
Entonces, el éxodo de los pocos y jóvenes. Allí la segunda dualidad, simetría dolorosa entre el pueblo que se esfuma y la gran ciudad que lo carcome.
De tal modo, serán dos las historias superpuestas, narradas paralelamente.
Se parte de un cauce narrativo común -la localidad de Los Angeles , luego la división -la ciudad como horizonte forzado , finalmente la reunión -el pueblo como recuerdo lejano, la periferia citadina como destino.
El vínculo padre/hijo es otro de los lugares desde los que se bifurca el relato. El hijo que deja lugar, familia y afectos. El padre solitario que, además, procura mantener el equilibrio frágil de una comunidad que ya se desmorona. Las alertas al respecto se suceden: el robo de ganado, el hambre, la enfermedad y la muerte, la muerte finalmente. El padre, entonces, solo y predispuesto también a irse.
De esta manera, Los Angeles pendula y, finalmente, se detiene en el intermedio. En la franja que une, mejor separa, al pueblo perdido y la ciudad que recibe. La Buenos Aires de periferia será este otro mundo a habitar, a empobrecer.
El film de Baldana tiene la habilidad de adentrarse, de conocer a los habitantes reales de estos márgenes y volverlos personajes. Interactúan, entonces, con el drama del film. Lo que permite un verismo mayor, perceptible. Lo que podemos desde aquí también observar es cómo este verosímil, tal vez, no funcione demasiado ante diálogos casi pre fabricados, o con miradas que esperan su línea ante un encuadre único. La recreación parece, por momentos, un poco forzada.
Ello también sucede en las situaciones violentas, con las peleas y su resolución de montaje. Están demasiado bien filmadas, con planos detalles de heridas que, en última instancia, no tienen demasiado que ver con el tono que el film quiere hacer predominar. Más una prédica que culmina por ser, y se nota bastante, retórica. Queda demasiado claro lo que los personajes padecen, o lo que el film propone decirnos. Pienso, desde la temática similar que vincula éxodo y pobreza, en la admirable El cielito, de María Victoria Menis, la misma realizadora de La cámara oscura.
Los Angeles es el primer largometraje de ficción de Juan Baldana, también responsable de Soy Huao, documental que fuera considerado una de las sorpresas del último Bafici y que pudimos ver también en nuestra ciudad durante la celebración del Bafici Rosario, organizado por Calanda Producciones.

Los Angeles. 6 (seis) puntos
Argentina, 2009
Dirección y guión: Juan Baldana.
Fotografía: Iván Gierasinchuk.
Música: Sergio Vainikoff, Javier Ruiz.
Montaje: Emiliano Florentino, Juan Baldana.
Intérpretes: Juan Palomino, Oscar Núñez, Nazareno Casero, Miguel Di Lemme,
Victoria Maurette, Carlos Boccardo.
Duración: 90 minutos.
Salas: Monumental, Village.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/12-21005-2009-11-09.html

Retiros*

Una vez se me retiró el período
de resultar, en Floresta, un niño insípido, un relegado
y tras mudarme a Villa del Parque
en un nuevo colegio
sin ponerme en líder
estuve a la par

De una vez se me retiró
después de mudarme a Caballito
y ya un adolescente
la desastrosa timidez con las chicas
y entré a hacer levantes
múltiples
con facilidad

Una vez
salí de mi departamento en Balvanera
y como desde hacía
trece apuntalados años
con fósforos y cigarrillos:
no fumé -sin imponerme la abstención-
ese día ni todos los siguientes
(aunque sin dejar
de circular con fósforos y cigarrillos)
hasta que se me retiró
(excepto en sueños dispersos: pesadillas)
la compulsión a fumar

Y desde Villa del Parque -o Caballito-
imperceptiblemente
se me fueron retirando
los vocativos papi y mami
y ninguna otra palabra ocupó las vacantes

Jamás volví
a llamar a mis padres.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

*
Inventren Próxima estación: CASBAS.
Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

*

Apreciadas amigas, queridos amigos,

El número 89 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante", edición Octubre/Diciembre/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org
 bajo el link:

http://www.euroyage.org/es/xicoatl-89

           CONTENIDO:

ENSAYO: De la literatura en un mundo abarrotado. Alejandro José López Cáceres.

POEMARIO: Poemas. Mayamérica Cortez.
                      Poemas. Reynaldo García Blanco.

NARRATIVA: Impasse. Graciela Bucci.

AUSTRIA: Poemas. Rosemarie Schulak.

La edición impresa de XICóATL # 89 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).

Cordial saludo,

YAGE, Verein für lat. Kunst,   Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37     A-5020 Salzburg    AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067

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6 Noviembre 2009

EN LA SINGULARIDAD DEL OTRO...

SUCEDE SIEMPRE EN MARZO

A Julio Pino Miyar

Conozco a un bardo conejo
Que ama a las estrellas
Desde el hueco lóbrego
De su madriguera.
Quiere ser astrólogo,
Astrónomo,
Astronauta...
El pobre no sabe que ellas
No saben regir destinos,
Leer pasados,
Dictaminar futuros...
Son apenas bolas de gas
Ardiendo indiferentes,
Lejanas,
Tan muertas
Cual lágrimas viejas.
Jamás escuchó hablar de Newton,
Ignora las leyes de Kepler,
Las ecuaciones de Maxwell
Y la física cuántica.
Sólo sabe interrogar al cielo
Esperando respuestas.
Pobre liebre poeta:
No sabe que el Universo sólo existe
Porque él lo sueña
Desde el hueco oscuro
De su madriguera.

*de Marié Rojas Tamayo.
-2004-

 

EN LA SINGULARIDAD DEL OTRO...

no dicha*

 y si alguna vez

una palabra no dicha

nunca dicha

que no sea dicha

hallara el intersticio entre silencio y milagro

del segundo antes de decirlo

de la hora precedente al impulso

del siglo antecesor de la desgracia

del infinito ancestral de todos los tiempos humanos

que andamos errando?

*de Lucía Cinquepalmi  luciaguionbajo@gmail.com

Apuesta*

El guardabarrera toca su silbato con insistencia. La primera en detenerse antes de cruzar la vía es una monja anciana de vestimenta gris. Una joven que venia apurada casi se choca contra la monja. Y luego se detiene un hombre que caminaba encandilado por la belleza de la joven.

-No vale la pena arriesgarse. -dice la Monja prudentemente.
-Encima es de carga -dice la joven.
-A que son 30 vagones... -irrumpe el hombre.
-Son como 40. -Dice la joven con su belleza inefable.
Bueno, el que gana da un beso en la mejilla. -Propone el hombre.
Un beso soplado al aire. -Contesta ella sonrojandose.
-Trato hecho. -Dice el hombre.
Yo los cuento. -Ofrece la monja y encuentra inmediata aprobación de la joven y el hombre.
La locomotora diesel de color celeste gastado cruza delante de ellos tirando vagones cargados de piedra partida. El hombre hace su conteo en silencio. La monja que tiene un tonito a española los cuenta en voz alta.
El hombre se da cuenta que va a perder la apuesta. Que en realidad le gustara perder esa apuesta ingenua.
-Son 38, gano la señorita dice la monja.
La joven se gira, hace trompita con sus labios y sopla el beso.
El hombre apresa ese beso en el aire con la mano derecha y se lo lleva a sus labios.
La monja sonrie satisfecha y comienza a cruzar las vías.
La joven dice "chau" y se va ondulando sus caderas.

Ese hombre se queda un momento o una eternidad viendo como ella se pierde después de algunos metros, al doblar la esquina.

*de Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

Gestos*

*Jorge Sigal
02.11.2009

-¿Cómo es un día de su vida?

-Bueno, me levanto a las cinco y media. Antes de las seis y media estoy fichando en la empresa. Trabajo hasta la una y media. Almuerzo en casa (a veces lo hago en el sindicato), duermo una pequeña siesta de dos horas, y desde las cinco de la tarde estoy en el sindicato, trabajando con los compañeros, con la gente que viene. Atiendo también en la CGT. En fin, terminamos siempre a la una o dos de la mañana, dormimos muy poco.

-¿Por qué casi todas las respuestas las da en plural?

-Porque todo lo que digo no es exclusivo ni personal: se trata de algo compartido por todos los compañeros. Por otra parte, yo no represento a una persona, sino la posición colectiva de todos mis compañeros.

Repaso una y mil veces estos párrafos que registra la crónica de la época.
Son respuestas de tal simpleza que ahora suenan pueriles.

Han pasado treinta y tantos años. Muchos para una vida, demasiado pocos para la historia. Busco más, me sumerjo en esa voz, en esas imágenes. ¿Qué nos enamoraba en aquellos tiempos recientes? ¿Un programa de gobierno? ¿Un plan de lucha sindical? ¿La toma del poder? ¿Las tesis de abril, el Qué hacer, la
Pequeña Biblioteca Marxista-Leninista? ¿La rosa y el fusil? ¿La posibilidad de ser ministros, diputados, legisladores? ¿O los gestos simples, cargados de autenticidad, que irradiaban algunos de los ídolos de entonces?

Vuelvo a la lectura del archivo.

-¿Es difícil lograr la coherencia entre lo que uno piensa y lo que uno hace?

-Es difícil, más aún porque nosotros pretendemos una moral que no sea la típica de esta sociedad y nos encontramos con esa tabla de valores que pretende colocar a toda la población bajo su imperativo. Ahora, es difícil pero no imposible. Llevar a la práctica las ideas de uno requiere esfuerzos, pero mucha gente lo hace.

Quizá no todos tuviéramos el mismo sueño. Es posible que cada cual construyera una película diferente. Sin embargo, la pasión no tenía, para la mayoría de los jóvenes de los setenta, el perfil de la codicia, de la ambición, del reparto de porciones de poder. Por supuesto, como en toda pasión amorosa, aquélla tenía sus propias patologías: había amantes de la prepotencia, resentidos, desarrapados de sentimientos. Pero, en general, quienes se incorporaban a la militancia querían construir otra realidad.
Buscaban nuevos paradigmas y se resistían a convertir la podredumbre en podredumbre propia. Por eso, las respuestas de aquel gigantón al que muchos sentían como el paradigma de dirigente sindical hoy suenan tan ingenuas.
Agustín Tosco murió, mientras lo perseguían la policía y la Triple A, el 5 de noviembre de 1975, hace treinta y cuatro años. Tenía todo lo que hay que tener para aspirar a leyenda, hasta la pinta y la estatura que exigen las bellas artes. Era también un hombre culto, es cierto. Pero no era su dominio
de la dialéctica, de la teoría política o su manejo de la doctrina lo que más admiraban sus seguidores, sino aquella vocación por parecerse a lo que postulaba. Mezclado con elevadas cuotas de mesianismo, el pensamiento de izquierda tenía por aquellos años ciertas pretensiones, y la coherencia era una de ellas. Resultaba inconcebible, por ejemplo, que un dirigente de ese espacio viviera de los subsidios públicos o acumulara riquezas mal habidas.

Gracias a una pirueta del destino, tuve la oportunidad de alojar por unas horas a Tosco, durante su penosa agonía clandestina, en el pequeño departamento de la avenida Rivadavia al 2300 que habitaba mi familia. A la hora de la siesta, cuando sus compañeros del Sindicato de Luz y Fuerza de Córdoba se habían retirado, mortificado por las jaquecas que preanunciaban su final, El Gringo tomó prestada mi cama. Recostado, cerrando y abriendo los ojos cada vez que la cefalea lo reclamaba, me sugirió que no lo dejara solo. Quería mantenerse despierto, conversar.

Recuerdo detalles insólitos de aquel encuentro: el cubrecama azul, la silla tapizada de blanco en la que me senté, los esfuerzos de Tosco para acomodar su enorme cuerpo en ese pequeño espacio, los libros sobre la mesa plegable.
Pero no puedo recordar una sola frase pronunciada por ese hombre al que toda la izquierda de la época deseaba consultar. Ni consejos, ni recomendaciones, ninguna reflexión que pudiera alimentar el mito. Todo lo que atesora mi memoria son gestos, actitudes. Como si ninguna palabra hubiera podido
superar la potencia de esa imagen. La reconstrucción de aquella cita improvisada me remite siempre al mismo lugar: a una charla amena con un tipo que hacía un gran esfuerzo por parecerse a sus representados. Nada más, nada menos. Gestos de coherencia.

*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=33291

                                                                
         
*

  a JORGE ALORSA

       
  
Querido gordo te fuiste sin avisar,
            precozmente/
            dejándonos al garete navegando,
             por el rioba/
             entre los yuyos y la vía...
            ...qué será de nosotros!,
             de la loca algarabía.

       
     Recuerdo tus recitales,
             eran misas compartidas,
             con pingüino y novi-tinto,
             a mitad de la velada,
             ese grito que estallaba,
             y se hacía atronador:
            "La Guardia Hereje...
             la puta que lo parió"...

             En el el templo más famoso de La Plata,
             ese canto espntáneo que surgió,
             y el "presbítero" allá arriba sonreía...
             y otro trago se sirvió.
              Brindó por todos los gordos,
              por los chuecos, por las feas,
              y de nadie se olvidó...
              ...santos, trolas, fariseos,
               fue la noche aquella del golazo ganador
              cuando quedó chico el Coliseo...
               ...Te fuiste...¡Qué lo tiró!!!

*de Hugo Lero. cuentohugo49@yahoo.com.ar

 

SOBRE LAS PERSONAS EN SITUACION DE CALLE

"Perdóneme, me voy con ella"*

El caso de Lucho, el hombre en situación de calle que se negó a recibir ayuda del Estado, suscitó preguntas como las que se plantean en esta nota:
"¿Tiene o tendrá el Estado un proyecto mejor para Lucho que su estadía en un parador nocturno?"; "¿Para qué y para quién trabajan los profesionales de la salud en el área social?".

 Por Patricia Malanca *

-Perdóneme, me voy con ella- Lucho, ruborizándose, se levantó del asiento del móvil que estaba por llevarlo a un hogar para gente en situación de calle y volvió con ella, con la mujer que, unos momentos antes, desde abajo del auto, lo había llamado traidor, le había dicho que se bajara, traidor, hijo de puta, le había dicho la mujer mientras hacía temblar a puñetazos los vidrios de la combi.
Recuerdo con alguna melancolía esta escena que viví en uno de mis primeros años de trabajo con la gente que duerme en la calle, en la vereda del Mercado del Plata, frente al Obelisco. También recuerdo una sensación de frustración. Yo había logrado convencer a Lucho de subirse al móvil. Después de meses de ir a visitarlo casi lo había logrado. Lo tenía sentado a mi lado, en la combi. Casi, y se me escapó de las manos.
Muchas veces evoqué esa escena como si hubiera en ella algo perdido, que no había encontrado cauce al pensamiento, a lo que allí se jugaba. Insistía en retornar el significante "traidor", vociferado por la mujer de Lucho.
Evidentemente, ella expresaba en ese grito su sentimiento de que él traicionaba lo único que les quedaba, esa pequeña organización de masas que como pareja formaban ante las inclemencias de la vida.
En esa escena de calle, yo estaba encarnando al Estado. Creo que, para los que trabajamos en este tipo de problemáticas, nos es necesario interpelarnos, cada vez, a qué proyecto de Estado está uno cediéndole el cuerpo y haciendo encarnadura. ¿Tiene, tenía o tendrá el Estado al que representamos un proyecto mejor para Lucho que su estadía en un parador nocturno? Me pregunté a menudo si, como profesional de la salud desempeñándome en un área social que trabajaba en las calles, estaba convencida de lo que hacía. Me pregunté qué me convocaba allí y para quién estaba haciendo lo que hacía. Lucho, a lo largo de los años, me enseñó que con su negativa, al bajarse del móvil social, fue mucho más valiente que si hubiera cedido al canto de sirenas que mis argumentos oficiales podían enunciar.
Según un censo oficial, desde 2001 a la fecha, la Villa 31 ha duplicado su población. Lo mismo se desprende de los censos de personas que duermen en la calle. El doble de personas desde 2001 en las villas, el doble durmiendo en las calles en los últimos años. La calle y el espacio público continúan
mostrando la fisonomía o la radiografía del síntoma de las instituciones y de la rotura de pactos en el entramado de la red social y, como contrapartida, el sinnúmero de organismos oficiales que se tejen y destejen para intentar contener el desborde que parece no acallarse nunca desde los márgenes, como los gritos de la mujer de Lucho. Se crean estructuras y superestructuras en oficinas gubernamentales, pero, por las dimensiones de los agujeros que se intenta cubrir, nunca se alcanza la cantidad de personal que se requiere para trabajar con la gente que duerme en las calles.
Si se observa el espacio público, parece un furioso campo de batalla entre la máquina y el hombre. Las calles han sido ganadas por maquinarias, que dejan peinada la vereda de la esquina. Las cintas de peligro, el recambio constante de pavimento, los fratachos aumentan, como si el solo efecto de la máquina pudiera generar la supresión de los homeless que, una vez retirados los fratachos, dormirán sobre prolijas aceras peinadas. Escuché hace poco a una persona de la calle que le decía a otra en una ranchada: "¡Correte que te van a pavimentar!". La maquinaria del Estado local funciona dedicando sus
esfuerzos al "vecino", ese interlocutor edulcorado en nombre de quien se realiza la mostración del bien público.
Para convertir personas en vecinos, primero hay que reintegrarlas al vecindario. Para ello, debería haber vecindario, y para que haya vecindario, antes que nada, tiene que haber viviendas y trabajo. Parece un razonamiento muy lineal, pero no por eso menos cierto.
El reciente documental Parador Retiro, dirigido por Jorge Colás, observa la realidad cotidiana de la vida en una institución para hombres de la calle: ahonda, sin tomar partido, en el conflicto institucional. Valga la correlación de proximidades y cercanías para mencionar que, geográficamente, el Parador Retiro con sus 150 moradores masculinos diarios se ubica a la salida y en los márgenes de la Villa 31 del barrio de Retiro. Vecinas al Parador, habitan ocho mil familias en un gran vecindario, cuyos hogares
están referenciados en la madre que ejerce el lugar de jefa de familia.
Podría decirse que, en sus márgenes, la villa es acosada por la impotencia del deseo de 150 hombres desangelados, no acoplados a hogares ni a mujeres ni a niños ni a familias. Es curioso que en la villa se imponga el matriarcado, a veces degradado a fratría, mientras en las periferias hay un 80 por ciento de hombres adultos, solos, acechantes, viviendo en una numerosa y agresiva comunidad, excluidos de esos hogares, y del sistema.
Instituciones como el parador pueden funcionar como canales aliviadores, simbólicos e imaginarios, anudando a ese real que acecha que es el vivir en la calle, pero también pueden coagular la realidad, suspendiéndola en un infinito "mientras tanto". Si los paradores no existieran, no habría otro lugar que la calle donde parar, donde detenerse y resignificar los efectos sobre las subjetividades de la caída de los márgenes. El problema institucional estalla cuando no hay palabra que mediatice ese habitar un
parador y, fundamentalmente, cuando no hay un propósito general que enlace, engarce y contenga el acontecer diario de esa institución en un proyecto de integración social. Es en ese caso, la institución misma se constituye en un resto.
Hace doce años, cuando empezamos a trabajar en la temática de la gente sin hogar y recién se inauguraban las primeras instituciones como propuesta de refugio, la antinomia del Estado, en el enunciado de su propuesta parecía ser: o la inserción al sistema o las instituciones. En la actualidad, en la propuesta social subyace una amenaza velada, que rebaja la oferta institucional: o el parador nocturno o la calle.
A mediados de los '90 encontrábamos a las personas en la vía pública como restos del sistema del que habían sido excluidas. Actualmente, los que, a lo largo de estos años, hicieron por lo menos un pasaje por el sistema de hogares y paradores sociales y vislumbraron un laberinto institucional sin salida, retornaron a la calle sin remedio, como restos de un resto.
En la pobreza, lo único que produce valor es el cuerpo. En el caso de la gente que duerme en la calle, no sólo ese cuerpo, al no producir, escapa al discurso de la producción capitalista, sino que escapa también al discurso del subsistema social de la indigencia. Es residuo de un residuo. En el caso del indigente, a diferencia del cartonero, ya ni siquiera hay identidad con la basura. La basura está por sobre ellos, la basura ha cobrado un valor de mercado que ellos mismos no pueden ofrecer.
Al final me pregunto quién está en los márgenes de quién, y cómo tramitan estos pases y pasajes aquellas personas que, como en mi quehacer con Lucho, continúan sucediéndose en el trabajo artesanal del día a día, ese traer y llevar gentes con grados de vulnerabilidad social extrema, desde y hacia los márgenes de la ciudad. ¿A quién se trae, a quién se lleva, qué se tracciona y a qué se traiciona? El filósofo francés Jacques Derrida, en la última entrevista que concedió en su vida, dijo: "Por fiel que uno quiera ser,
nunca deja de traicionar la singularidad del otro a quien se dirige".
Mientras tanto, el aumento del padecimiento mental de los que son sin techo se expone a los gritos y atraviesa los vidrios, no ya de micros u ómnibus sociales, sino de las ventanas que decoran las paredes de aquellos vecinos poco edulcorados que azarosamente somos con techo, y de aquellos que, impávidos, nos quedamos sentados en ese móvil social del que Lucho, por lo menos, se bajó.

*Psicóloga.

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-134690-2009-11-05.html

    EL JAZMÍN Y EL BANDONEÓN DEL CHOLO*

 

El origen del nombre según se le ocurrió al Cholo Belluschi , según me ha confesado, porque en la antigua casa que fue de don Clemente Gerlo y que hoy está habitada por don Luis Cardiedo y su familia, hace mucho tiempo, antes de don Clemente, vivió un italiano, Giovanni Tomasso Benedicto, quien tenía el raro berretín de los claveles y los sembraba a discreción, el caso es que apenas aparecía octubre, estallaban y el perfume se respiraba varias cuadras a la redonda.
Cuando yo nací, don Benedicto ya no estaba, pero el barrio llevaba ya el nombre de El Jazmín, bien alto en esos tiempos de orgullos pequeños, pero queridos y hondos, como un delicado recuerdo o  la memoria de una mujer muy amada en otro tiempo.
Cuando yo empecé a arrimarme a "la esquina del Cholo" como la llamábamos al cruce de las calles Juan de Garay y Nicolás Avellaneda, la de mi casa, en ese tiempo una cortada que terminaba en lo de don Juan Peralta, era pura profusión de gramillas, era refugio de algunos perros vagabundos, eran dos zanjones que desaguaban en las lluvias hacia el campo, y era sobre todo un reinventar juegos todos los días y una de picados, usando cuatro árboles que habían sido plantados enfrentados, casi en simetría, por don Clemente y don Ángel Pichichelo. Allí aprovechábamos para darle a la pelota de trapo, descuido o regalo de las tías, que no siempre a voluntad nos cedían sus medias para armarlas, minucia, pobreza, lejanía en el tiempo, rescoldo que defiendo ante la inclemencia de los hombres, el paso despiadado del tiempo, llevándose el pelo, los amigos, los sueños.
El Jazmín como todo barrio que se preciara en ese tiempo tenía un equipo de Baby fútbol y aunque yo nunca jugué para él, en verdad, y me hubiera gustado, a qué negarlo, vestir esa camiseta rojiblanca, me tengo que quedar sin resentimiento, al principio era el más chico, y luego había verdaderos cracs en el barrio, así que me tuve que conformar con vestir los colores de El Palenque y jugar contra mi barrio.
De todos modos mi corazoncito de hincha estaba allí y festejaba los campeonatos como el que más. Eran siempre los campeones invictos, si hasta una vez sobornaron a un arquero (que no era del barrio, aclaro) pero ganamos igual. De eso no quedan documentos, sólo la anécdota que me recuerda El Cholo, pero sí quedan una foto de 1954, donde atajaba Adelqui  Mansilla, al que llamaban "el marlero" porque era la ocupación de su padre, es decir la venta de los mismos que era el combustible de los pobres de entonces.
La foto que tengo ante mis ojos es de 1954 más o menos. Era un día soleado que veníamos de la cancha de Huracán, entre los más chicos que estamos en la foto, en ese momento, pronto a perpetuar la imagen fuimos invitados:
Justito Pezzino, Toto y Pili Miguez, Chorchi López, Tago Sánchez y yo.
En la foto están los jugadores: el nombrado Mansilla, Santos, Pezzoni - a quien llamaban, no sé por qué: "Locamía"- el Nino Míguez, Roberto Ellena -el Flaco Lenita-, Chocho Faravelli, Lorenzo Miranda y Roberto Escudero.
La foto que tengo ante mis ojos está con muchos adultos, la hinchada del barrio:
El Negro Gúbero, Bichín Gabarra, don Lencina, el cartero Pepe Faravelli, el Pampa brog, Ninín Joan, Pilo Ortega, "Boca de Bronce López", mi padre, el Pelado Migues, Agustín Pesci y Fermín Castillo con una botella de "Amargo Obrero" en alto.
Como delegados del equipo están Juan Pesci y el Cholo Belluschi, su hijo Carlitos de mascota, con apenas un año, sentado sobre la pelota de fútbol y sostenido por el Chocho Faravelli.
El extraordinario momento y el entusiasmo que producía el desarrollo del campeonato y la "perfomance" del equipo como se decía en ese tiempo, era la vida humilde del barriio, estaba en las conversaciones de la mesa, en el anexo "despacho de bebidas" que tenía el almacén de ramos generales del Cholo, todo aquello tan puro e inocente que la miseria de estos tiempos se tragó para siempre.
Roberto Escudero, un memorioso imbatible, me cuenta que el Cholo le dio el dinero para las camisetas y le dejó a su elección los colores. En el único lugar que vendían, el famoso y en ese tiempo poderoso negocio de don José Bessone, quedaban algunas entre las que al fin se decidió: compró seis camisetas de Estudiantes de la Plata, una amarilla para el arquero, como era en ese tiempo feliz. Los arqueros usaban "la amarilla", cuando la ropa, y la moda y el mercado de las empresas no había podrido todo todavía. Hablo de un tiempo en que los sueños eran los sueños, los ídolos eran los ídolos y todo estaba en regla, y no eran este revoltijo de miserias, de violencia, de injusticia.
A veces se me hace cuento que todo aquel tiempo fue posible, cuando el Cholo ante nuestra insistencia, sacaba el bandoneón en las noches de verano y sentado en un banquito fraseaba sus tangos bajo las estrellas que amparaban ese pequeño pueblo de la pampa santafesina, mientras se iban arrimando los vecinos y no era raro que circulara una botella de vino entre los mayores. Esa noche nos iríamos a dormir más soñadores que otras veces, jurándonos al día siguiente ser más buenos, no robarle las frutas a don Clemente, no hacer renegar a nuestras madres cuando nos llamaran para hacer un mandado, todo aquello que uno valora cuando ya no tiene sentido y la vida nos arrea hacia la soledad cada vez más poblada de recuerdos sin aquellos afectos primeros y cuando ya no hay nada que hacer ni cómo recuperarlos.
De cualquier modo, ese tiempo ya no está es sólo deformado en nuestro más caro recuerdo, ahora los chicos prefieren el "ciber", los jueguitos electrónicos que en nuestra imaginación de por sí frondosa no aparecía -no podía aparecer- y le dan poca importancia al fútbol, no andan buscando medias viejas en casa de las tías para hacer pelotas de trapo. Aquella pelota de trapo que saldría de la cartera en los recreos para servir en un partido de hacha y tiza, donde unos humildes chicos de guardapolvo remendado no trepidarían en clavarla en el ángulo imaginario que formaban un par de sauces simétricos y soñar con esa gloria inasible tan inasible como el amor de la mujer que se fue o aquellas viejas noches cuando en el Barrio El Jazmín escuchábamos el bandoneón del Cholo elevándose hacia el cielo perfecto. Como eran nuestras vidas entonces, aunque no lo supiéramos.
 
 
                                                        
 *de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar  

 

Frases hechas*

"Nadie es más humano que yo"
"Soy tan humano como cualquiera"
"Porque nada de lo humano me es ajeno"

En fin
que tienen en mí cabida también
compatibles
todas las enfermedades y aberraciones
y potenciales estupideces intrínsecas
y constitucionales
de la humanidad
y aun las que categorizamos olímpicamente de inhumanas

los humanos.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

*

Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 8 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores argentinos Daniel Judkoski und Mariano Javier Dugatkin. Las poesías que leeremos pertenecen a Pedro Reino (Ecuador) y la música de fondo será de Surazo (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!  (Recomendamos usar http://24timezones.com/  para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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Tel. + Fax: 0043 662 825067

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5 Noviembre 2009

EN LA PIEL DE MIS SILENCIOS...

LA TEJEDORA*

A Yohanna Rey, tejedora de 15 años

La tejedora de nubes
Teje su tela,
Con ella cubre los montes
Para que duerman.

La tejedora desteje
Amaneceres,
Sábanas tendrá el niño
Que en lunas sueña.

La tejedora de humo
Teje sus lazos,
Se enredan en sus dedos
Rizos de velas.

La tejedora de hechizos
Borda su magia,
La lanza a manos llenas
Por la ventana.

La tejedora de plata,
Con tenedores,
Se ha tejido una barca
De filigranas.

La tejedora de enigmas
Trae en sus brazos
Una guirnalda enorme
De ocasos malvas.

La tejedora arañita
Me ha hecho una manta
Llena de pétalos rojos:
Oculto ensalmo.

Con palillos de incienso
Teje y desteje
Futuros desencuentros
Y sortilegios.

En cojines bordados
Cual las princesas,
Descansa sus dos manos
Y se adormece.

Mas cuando parte el día,
Con prisas marcha,
Va a tejerse unas alas
Va a ser libélula.

*de Marié Rojas Tamayo.
-Ilustración: Ray Respall Rojas.

EN LA PIEL DE MIS SILENCIOS...

PATRIA DE MIS SILENCIOS*
 

Llegó puntual.
Descalzo entro en la piel de mis silencios.
Y heme aquí, arrodillada ante un río de ámbar y rocío.
Pampa salvaje y desnudez de niño.
Me ha preñado de soles
Cascabeles de mar.
Rumor de caracolas en mi imposible oído.
 

Venía de viejos laberintos.
En mi espalda de hembra, todos los hombres.
Los amados, los odiados. Los de humo y tinta.
Todo un eco de cedrón en la niebla.
Todo él un corcel, un pájaro, una lumbre.
Dos ciegos escondidos en el tiempo.
 

Pude revolcarme en su mirada.
Rescatar nuevas y antiguas ceremonias.
Mirarse lento. Quieto
Persuasión de los días. Beber del mismo vaso.
Olvidar la pobreza, el hambre flaco y el llanto contenido.
Los mocos, los excrementos, los abortos.
Empaparme en olores y sudores. Exactos. Incorruptos.
 

Toda yo una furia. Un lamento de colinas y lápidas.
Toda yo, una lágrima fundida.
Entregada al puñal que me besa la punta de los dedos.
Al puñal que  emancipa.
Ya no importan los adioses de amatista.
...Ya no importan.

*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

 EL GRINGO*

 

a la memoria de don Lorenzo Tossini
a Fanny y Edgardo
 

El hombre dejó la lapicera de pluma cucharita sobre el tintero de mármol que reproducía un motivo mitológico, pasó el papel secante sobre las últimas cifras escritas y cerró ese inmenso libro de tapas duras donde con letra perfecta y números parejitos asentaba a diario, desde hacía cincuenta años, los movimientos comerciales de la casa cerealista .
Tomó de la percha su sombrero oscuro y se lo calzó, verificó que todo estuviera en orden, apagó las luces, atravesó el gran salón donde funcionaba un almacén de "ramos generales", totalmente en sombras ahora, apenas iluminado magramente por los haces intermitentes de la lamparita que bailoteaba en el centro de la esquina y salió al exterior.
Era siempre el último en irse, cuando ya el resto del personal hacía por lo menos dos o tres horas que lo había hecho.
Al salir a la calle, un viento helado le cortó la cara y lamentó no haber traído un sobretodo, aunque más no fuera esa manta de vicuña que le había regalado para un cumpleaños doña Celia, su esposa a quien había conocido púber y le había dado dos hijos: una mujer y un varón.
Enfrente de la cerealera estaban las vías y si cruzaba sesgado y a la izquierda, se toparía con la estación de trenes, bajo la sombra cerrada.
Va a pisar entonces ese inmenso durmiente que oficia de escalón para ascender a la plataforma cubierta de granza rojiza, y luego sí, el ruido agradable que harán sus zapatos sobre el piso que luego de la granza se transforma en silencio de grandes baldosas grisáceas.
Sorteará el molinillo, desembocará en la pequeña plazoleta de palmeras escuálidas que rodean un aguaribay coposo, cruzará la calle desierta del invierno y sin mirar los grandes letreros de la tienda Blanco y Negro, haciendo ochava con la ferretería de Titín Pozzi, caminará cincuenta metros y allí estará su destino: el Club.
Como no tiene sino que cruzar la calle para estar en su casa, a la hora de cenar, su esposa mandará a alguien a buscarlo o ella misma se llegará hasta allí y lo distraerá de su partida de truco, para decirle que la cena se enfría.
Luego de cenar volverá a hacerse otra partida -esta vez de póker- y por dinero fuerte.
Es proverbial su frialdad para el juego: nunca lleva más que un billete de los grandes, si gana se queda y si lo pierde se va a dormir. Es una conducta. Nunca insistió frente a la suerte esquiva. Puede por lo tanto, quedarse  cinco minutos, cinco horas o cinco días jugando.
Cultiva un nada deliberado  perfil bajo: no fuma, no bebe, no tiene automóvil, ni sabe siquiera conducir, pero todos saben que es un caudillo respetado en el pueblo.
En su vida sostuvo tres pasiones: el peronismo, el club del que fue fundador y el juego de azar. En el 46 fue electo presidente comunal por el Partido Laborista, y del club fue varias veces presidente y su principal aportante de dinero. Pagaba de su propio bolsillo algunos jugadores en cada campeonato, cuando era menester reforzar el equipo.
Nosotros, de chicos, deliberadamente merodeábamos al heladero en la cancha -el inefable "Chelita", cuyo apellido se me perdió en la memoria-. Era un muchachón rubio, de cara redonda, siempre vestía de blanco como compete a un auténtico "heladero". Llegaba con su triciclo también blanco voceando sus "cremas heladas Laponia".
Cuando el hombre entraba y nos veía arracimados ahí, sin una triste moneda, nos preguntaba con aire inocente:
- ¿Y pibes, de quién son hinchas ustedes?
 -¡De Huracán, don Lorenzo! Gritábamos casi al unísono, sin vacilar.
Y él,  sonreía, feliz.
-         A ver pibe,  - ordenaba a Chelita - una vuelta para todos!
La tarde estaba salvada y aunque suene a herejía, era casi una anécdota el resultado del partido ese día. Nosotros estábamos hechos.
Su gusto más grande era ver la sede del club siempre llena de gente, aunque eso afectara su propio bolsillo. Y las anécdotas llueven a la hora de graficar su generosidad.
Cinco colegios de los pueblos vecinos vienen al club al desarrollar una competencia de voley femenino. Delegaciones de chicas del último año de la antigua "escuela media" se arremolinan con sus ropas chillonas, sus cuerpitos perfectos, sus gritos y sus risas llenando la cancha de básket.
Llega don Lorenzo y pregunta al conserje que tiene la concesión del bar del club:
- ¡Qué pasa Carluncho?
- Juegan un campeonato de voley, don Lorenzo...
- Bueno. Yo invito a la merienda.
- Mire que son casi ciento cincuenta las pibas, don Lorenzo...
- ¿ Y qué? Vamos a andar con chiquitas en el club acaso?
- Está bien, don Lorenzo, como usted diga.
Y mi amigo el Nene Croatto me cuenta otra. Cuando pasaban películas o había función de teatro en la sala y él estaba vendiendo entradas en la boletería, se le aparecía siempre don Lorenzo, a última hora, a veces en pijama y le preguntaba:
- Y pibe, cómo anda el "borderó"?
- Y, medio flojón, don Lorenzo
- Bueno, sumalo a lo que hay entonces.
Y sacando la billetera ahí nomás arrimaba una suma a veces mucho mayor que la que mi amigo había recaudado.
Juan Carlos Lallana, un crack internacional que salió de nuestro club me refirió esta anécdota.
Se avecinaba un clásico y el Gringo (o el "Tigre" como lo apodaban algunos) lo llamó aparte.
- ¿ Y, Lallana? ¿ Ganamos el domingo? Mirá que yo le juego fuerte al equipo...
- Métale don Lorenzo, somos fija.
El resultado nos fue grato. Les hicimos tres goles -dos Lallana y uno el Negro Duran - a los albiazules.
Ya en el vestuario, el gringo se le acercó a Lallana con un puñado de billetes que puso en una de sus manos.
- ¿Y esto, don Lorenzo?
- Es para vos. Te los merecés.
- ¡ Pero no se lo puedo aceptar, es mucha plata!
- Mirá pibe - le dijo, paternal, el Gringo - yo gané mucho más, así que agarrá y no se hable más del asunto.
Eran cinco billetes de 500 pesos de entonces. Lo que Lallana ganaba jugando todo un campeonato.
Corrían los últimos meses del aciago año 1955, grupos contrarios a Perón y obviamente al Gringo, presentaron una lista opositora en las elecciones a presidente del club.
El Gringo les ganó las elecciones con más de 600 votos contra 72. La cosa estaba muy álgida, la política separaba las familias y hasta se metía con sus pasiones en las internas de los clubes del pueblo (nuestro caso no fue el único).
Ellos se fueron, y como era gente más pudiente del club, le compraron un local a don Bernardino Giglio, quien acababa de cerrar su almacén de ramos generales. Se había jubilado y se iría a radicar a Rosario. No era cualquier local, allí había funcionado un hermoso teatro, el primero que tuvo el pueblo, en la década del veinte.
Pero no crecieron nunca y además en el pueblo durante décadas se los llamó "El club de los setenta y dos". Hoy el teatro sigue inactivo y solo funciona el bar, donde algunos van a jugar a las cartas y a comer la mejor pizza del pueblo, que a la sazón cocina uno de los hijos de Omar Bellini y de mi amiga María Elena Paggi.
Después de treinta años hubo algún acercamiento que truncó la muerte del Gringo.
No se pudo dar el último gusto: reunir otra vez en el club de sus  amores, pasión de su vida, a los fieles y a  los díscolos.
Sólo esa gran alegría le faltó para morirse tranquilo, a este hombre que pudiendo gozar del dinero que ganaba como socio gerente de la Casa Arregui Hermanos y Cía, prefirió  hacerlo rodar como una gracia que dan los hombres a la generosidad.
La misma que hoy hace imborrable su recuerdo en todos los que lo conocimos.

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar  

Estocolmo, ciudad ecológica 2010*

Su infraestructura inteligente, que contribuye a reducir las emisiones contaminantes, le ha valido a Estocolmo el título de ciudad ecológica: otorgado por la Comisión Europea y a ser portado durante todo 2010.

Hammarby Sjöstad es uno de los barrios modelo de la capital sueca. Con motivo de la candidatura de Estocolmo a los Juegos Olímpicos de verano 2004, esta zona de la ciudad se reconstruyó por completo, siguiendo el declarado objetivo de mejorar en un 50% los estándares ecológicos reinantes. Para las olimpiadas no bastó -éstas le fueron concedidas a Atenas- pero sí para hacerse con el oro europeo en protección del medio ambiente. Hoy, Hammarby Sjöstad atrae a personas de todo el mundo que buscan inspiración ecológica.

Dióxido de carbono bajo mínimos

Mientras que en Estados Unidos o en Australia se genera al año una media de 20 toneladas de dióxido de carbono por persona, cada ciudadano de Estocolmo produce en el mismo periodo de tiempo sólo cuatro, cuenta Stellan Fryxell, uno de los arquitectos que ha hecho de Hammarby Sjöstad un ejemplo de conciencia medioambiental. Aquí, los habitantes emiten anualmente entre 2,5 y 3 toneladas de gases contaminantes.

"¿El secreto de nuestro éxito?", parafrasea Fryxell, y no puede evitar que se le escape una sonrisa mientras responde a la pregunta que más se le formula: "¿Contamos con casas capaces de producir energía por sí solas? No. En este campo, los alemanes son mucho mejores. En Suecia hace demasiado frío. Teníamos que encontrar otra solución. Nuestro secreto es la infraestructura."

Antes un polígono industrial de incierto futuro, hoy una atractiva zona residencial: Hammarby Sjöstad ofrece vistas a instalaciones acuíferas, barcos de vela y verdes parques. Un acristalado centro de información tenía como función inicial informar a los vecinos sobre el nuevo concepto que empezaba a tomar forma. Pero el "Glashuset" se ha convertido en un verdadero lugar de peregrinaje para curiosos y profesionales de todo el mundo. Quienes se acercan hasta aquí quieren saber cómo funciona la calefacción o cómo se tratan y reutilizan las aguas residuales y los deshechos.

La energía sale de la basura

El mantener constantemente informados a los habitantes del barrio es fundamental, asegura Jonas Törnblom, director de relaciones públicas de la compañía de eliminación de residuos Envac, mientras pasea por las calles de Hammarby Sjöstad. Su planta sólo puede funcionar con efectividad si los ciudadanos separan cuidadosamente la basura.

"Nuestro sistema distingue entre restos biológicos, papel y prensa y los demás deshechos", explica. En unos recipientes de un metro de alto situados frente a cada casa se amontona lo que se tira. Sin que sus inquilinos lo noten, éstos son vaciados de dos a tres veces al día a través de un sistema de tuberías subterráneas. En cuestión de segundos, las válvulas de los contenedores se abren y los residuos celosamente separados acaban en el depósito de basura. Entonces, "el papel se envía a la trituradora de papel, lo orgánico es convertido en abono y lo restante pasa a la incineradora, gracias a la cual producimos electricidad, agua caliente y calefacción urbana", dice Törnblom.

Biogas de las aguas residuales

Pero no sólo la basura encuentra en Hammarby Sjöstad usos secundarios. Las aguas residuales fluyen primero hasta la depuradora y generan el biogas con el que se abastecen los hornillos de las cocinas o los motores de los autobuses. Después, siguen su curso hasta la planta calefactora del barrio, donde su director, Bo Berndtsson, comprueba constantemente la temperatura y la calidad del líquido. "Las aguas depuradas huelen un poco fuerte y una espuma flota sobre su superficie", muestra Berndtsson, "llegan aquí a través de una tubería de dos kilómetros de largo y nosotros las canalizamos hasta nuestras bombas de calor".

Gracias a unos compresores, estas aguas, que aún están tibias, se calientan aún más. Elevada su temperatura, circulan por los canales de casas y edificios de oficinas haciendo funcionar las calefacciones. Este proceso enfría el agua. Tras pasar por el agregado de frío, puede volver a recorrer sus estrechos caminos metálicos pero realizando esta vez tareas de aire acondicionado. Antes de que el agua depurada se vierta definitivamente al Báltico pasa por una turbina y produce con ello electricidad.

Estas plantas de calefacción y refrigeración con las que cuenta Estocolmo funcionan principalmente con energías alternativas, dice Jens Bjöörn, portavoz de la compañía energética Fortum. Incluso la basura que no pudo ser catalogada como orgánica encuentra una última utilidad. "En nuestras instalaciones incineramos 500.000 toneladas de deshechos procedentes de la capital y algunos pueblos cercanos. Este proceso nos permite hacer funcionar nuestra calefacción y generar electricidad". Esto es lo que ha convertido a Estocolmo en la ciudad ecológica de 2010, asegura Bjöörn.

Ecológica planificación urbana

El proyecto de infraestructura inteligente que propone Estocolmo continúa con la planificación urbana, que ofrece lugares de residencia atractivos concentrados en reducidos espacios. Sólo si las distancias son cortas resultan eficientes y baratas, comenta el arquitecto Stellan Fryxell. "Algunos países africanos, China, Corea, Australia... toman como modelo a Estados Unidos, donde las ciudades se expanden y las distancias son muy largas. Aquí, en Europa, viven muchas más personas concentradas en una superficie menor".

Para que el estilo de vida no vaya en contra del medio ambiente, han de buscarse alternativas a las casas unifamiliares y las anchas urbes en las que se depende siempre del coche. "Las ciudades de edificación compacta y el trasporte público son la solución", cree Fryxell. "Los trenes suecos también circulan con energías verdes", añade, "por eso tenemos esos resultados tan buenos en la cantidad de emisiones contaminantes."

*Autor: Jutta Schwengsbier/ Luna Bolívar
Editora: Emilia Rojas

*Fuente: http://www.dw-world.de/dw/article/0,,4836171_page_2,00.html

   

Reconocimiento tardío*

Pasaron muchos años.
Años. Malos momentos. Separación. Divorcio.
El hombre sigue sin ver bien a sus hijos. Sufre y maldice.
Se acuerda de su padre que un tiempo antes de morir le dijo "Tu mujer no tiene cabeza"
Por un momento le parece oír a la voz de su madre que decía: "Esa mujer tiene más culo que cabeza"
Terminó por aceptar lo que nunca pudo decir a nadie abiertamente:

"Es cierto. Cuando la conocí, le mire el culo y no la cabeza"

 *de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

*

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*
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15 Octubre 2009

EDICIÓN OCTUBRE 2009.

*

A veces
de la tinta brotan sólo blancos y negros;

otras
un arcoiris resulta insuficiente
y se combinan
y caen
y germinan...

*de Ana Lía Gattás.   analia_gattasz@speedy.com.ar

acorazada*

 
            
  palabras
lloro que no digo
me traigo cada vez más
hacia dentro
recuerdos de la lluvia
de agostos del olvido
    he callado con palabras
la tristeza     el dolor
la renuncia a la piel
y a los sentidos
voy de fuera hacia dentro
viajando una semilla
que cosecho en palabras
de otro oscuro silencio
    lo renuevo en un pacto
que he cerrado conmigo
en secreto y olvido
   desconozco esperanzas
justicia   lucha   brillo
   desentiendo mi sangre
de unos sueños que tuve
en piel  en miedo  en grito
    han caído mis credos
de a poco    sin sentido
                miro desde estar quieta
recuerdo
         que me he visto
correr   pelear   gritar
pasiones de otras voces
que ya callo
        vuelvo inquieta a estar quieta
               hago palabras
lloro que no digo
 
 
                 
*de Lucía Cinquepalmi  luciaguionbajo@gmail.com

 CAMINOS*

 
          
*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar        

 Hasta  donde la vista daba era un cielo cada vez más bajo, cada vez más débil y más desteñido como si Dios se hubiera ido cansando con su brocha pintada de celeste y se hubiera ido mutando en gris pálido o en blanco conforme se alejaba y se hacía todo horizonte hasta que el crepúsculo lo hiciera crepitar en rojos, violetas y amarillos. Era el instante en que aquel monte de coníferas inflamaran sus troncos con esa luz que le iría creciendo desde los pastos.
            Si uno mira ahora desde el confín del pueblo, si está parado en la punta de ese camino sinuoso que la inventiva popular bautizó "Camino del Diablo" porque su fama de luces malas persiste en la memoria de los antiguos pobladores, digo si uno se para allí en el principio de ese camino es como dominar una franja que se expande todo lo que permite la mirada. Los pisaderos de barro para cocer ladrillos que rodean el pueblo con sus veredoncitos de pasto en los costados, allí por donde aquella barrita bullanguera pasaba con sus tramperas para pájaros, desde allí, desde ese lugar podemos dominar todo el movimiento de varios kilómetros a la redonda y admirar aquel vuelo libre, altísimo y sereno que ejercen las cigüeñas y que parecen impolutas sábanas suspendidas en el aire. También ensucian ese celeste claro algunos pocos teros que vuelan, muy bajo, haciendo círculos y observando hacia la tierra arada donde el sol muestra de distintos coloración veteada según la antigüedad del arado en su incursión roturadora.
            El movimiento, como cabe suponer en tan bucólico paisaje, es mínimo.
            Algunos tordos, como pesados carbones cruzan el aire hacia la nada, o vuela una bandada de bandurrias en formación marcial hacia las cañadas, tal vez uno gorriones rápidos, o un casal de tijeretas solitario, o aquel grupo de golondrinas en lo más alto, con evidente signos de haber perdido el rumbo.
            Estamos a media tarde, entonces todo es casi quietud. Al atardecer, un insólito revuelo de aves acuáticas irán a buscar bañados que los juncos esconden.
            Pasarán inmensas bandadas de patos, en formación perfecta, haciendo una ve con el vértice a vanguardia: siriríes crestones, maiceros zambullidores, a dormir entre esos yuyos húmedos. Pero todavía estamos aquí, observando como si fuéramos un Dios hierático y fatal, un Dios pequeño, omnisciente bajo la media tarde de mayo, de un mayo más que cordial.
            Y vemos entonces algo que allá a lo lejos se acerca por el "Camino del Diablo", mejor dicho viene transitándolo al parecer con toda tranquilidad, y no percibimos si es una persona que viene a pie, en bicicleta o, por la lentitud con que se mueve, está quieta, decidió pasar o descansar o si avanza y lo hace tan lentamente que no se puede percibir si avanza aunque sea unos metros, al menos,  hacia donde estamos parados, observando.
            Giramos el cuerpo hacia el pueblo y vemos que desde la ruta toman por las calles de acceso unos cuantos vehículos que vienen o bien del campo o de las localidades vecinas, ingresan con un estrépito de hierro y una implosión de polvillo, si viene del campo, que al traqueteo sobre el asfalto, se libera y expande hacia los costados, enrareciendo el aire estático.
            Como hemos tardado un tanto el rostro vuelto hacia el pueblo y nos hemos distraído mirando cómo cada vehículo que cruza la ruta y se interna por esa calle de acceso espanta un grupo de palomas sedentarias que picotean el resto de una carga de maíz que se volcó en el costado cubierto de gramilla. Pasado el ruido del vehículo y el susto consiguiente, vuelvan a posarse como si nada hubiese sucedido y reinician su sistemático picoteo, grano a grano,  ingresan por sus picos y pasan en instantes directamente al buche, que engrosa debajo de esas plumas suaves que lo cubren.
            Al volver el rostro hacia el "Camino del Diablo", ya vemos que el viandante es un solo individuo, camina cabizbajo tal vez, o tal vez lo haga suponer la lejanía, ese moverse  lento, porque algo es seguro; no se le ve el rostro y desde aquí, la ropa más que ver sus colores, uno la imagina.
            Ha transcurrido un largo rato desde que estamos aquí, a falta de algo importante que hacer, mirando. Sólo observar casi sin sacar conclusiones, porque como sabemos, la mente humana tiende a relacionar, deducir, asocian, y aunque uno no se lo proponga (como en este caso concreto). Saca al fin sus conclusiones
            El hombre que seguimos observando caminar, que venimos viendo con una pasión y una curiosidad de entomólogo ha llegado ya cerca de la ruta donde termina el camino, el que una convención antigua y popular -por la razón que fuere- llama desde siempre, el "Camino del Diablo". Se para allí, duda si seguir la calle donde viene y que cruzando la ruta ingresa al pueblo, o, si dobla hacia derecha o izquierda lleva hacia los pueblos vecinos.
            El hombre ni nos  saluda, simplemente no nos tiene en cuenta, está, como quien dice, en lo suyo. Como lo tenemos bien cerca -apenas nos separa de él la ruta, y el paso raudo de los vehículos que la transitan-podemos observarlo a nuestras anchas. Tiene encima el cansancio y el peso de todos los caminos, y, una rápida consulta entre nosotros, con la mirada solamente, da con la certeza de coincidir que nunca antes lo vimos. Tiene la mirada huidiza, viste con humildad, con cierto decoro y no parece haber hecho algún trabajo manual en su vida. Lleva un bolsito terciado al hombro, y cuando levanta la vista hacia nosotros que lo observamos sin ningún disimulo, mete los dedos en el bolsillo superior de la camisa, saca un atado  de cigarrillos y una cajita de fósforos, enciende uno, aspira  con verdadera fruición el humo que, desaprensivamente, echa al aire chato y casi nulo, parece dudar, al final tuerce hacia el oeste,  hacia donde está el pueblo más cercano. Lo hace por la banquina tal vez porque puede ver los autos que vienen de frente, y así con ese paso cansino se aleja quedamente, como vino y nos deja impávidos, porque no sabemos ni de donde viene ni si tiene algún destino prefijado, o es un triste vagabundo sin objetivo aparente y lleva sobre sí la triste decisión de recoger el polvo de cada uno y todos los caminos.

ARVEJAS DE PRIMAVERA*

     Estoy abriendo las vainas para sacar las arvejas. Mis manos se transparentan por detrás de la veladura verde tierna de las chauchas. Una por una las abro, y se encuentran las pelotitas húmedas, nuevas, esas arvejas de verdad, no las de lata, secas y vueltas a hidratar, arenosas y pasadas por la industria. No, estas arvejas vinieron en bolsa de red, estaban en la verdulería, en un rincón, y me las traje sin embase ni marca. Venidas de las quintas estas arvejas de la primavera.
     Miro mis dedos transparentándose por detrás de las vainas esmeralda, y pudiesen ser los dedos de mi bisabuela allá en Euskadi, los de mi abuela, sentada en la silla de la cocina, con un repasador en el regazo y la paciencia de quien extrae tesoros uno por uno y forma el montón de cáscara por un lado, las perlas por el otro.
     De niña le dije alguna vez a mi madre que para qué el trabajo, si no son tan caras las latas en el supermercado.
     No era sólo la textura incomparable, el sabor más dulzón, la frescura de lo recién cosechado. Era el rito de la primavera.
     Giuseppe Archimboldo era un pintor extraño, que hace medio milenio anticipaba el surrealismo, y armaba retratos de personajes con una mixtura de objetos o vegetales o animales. Extraños en verdad esos personajes acaso temibles. Pero recuerdo la personificación de las estaciones. Y en el personaje que representa o resume la primavera hay arvejas, espárragos, alcauciles.
     Dice mi mamá cuando se va el invierno que hay que celebrar con la merluza en salsa verde, con el cordero al txilindrón, con esos platos que no sólo reconfortan con su sabor, sino que son ellos la propia celebración de lo nuevo que llega y lo viejo que se va.
     Ritos, costumbres ancestrales, las manos de las mujeres de la familia que son unas solas en el tiempo, desgranando las arvejas mientras el siglo avanza y el tiempo devora los días y las estaciones.
     Los días se regían por la luz, los meses por las lunas crecientes y menguantes, las estaciones por la irrupción de las fresas, de las papas nuevas, de los tomates maduros con olor a campo recién llovido.
     Hizo falta que se perdieran lo ritos y las iniciaciones y los lutos para que los psicólogos nos digan que son necesarios.
     Frente a la fría asepsia de los refrigeradores de supermercado, traigo de la verdulería mi bolsa de arvejas en sus vainas delicadas, estuches preciosos de cierre perfecto.
     Y recupero las manos de mis antepasados, y celebro que hemos vivido un año más.

                                                                         

*de Mónica Russomanno.  russomannomonica@hotmail.com

 

RUTINA*

 
El ronroneo de las ruedas
me acuna como mi Ama
cuando noches fantasmales
soplaban con fuerza el sueño.
Un día más, la rutina,
el tren que parte, gente apurada.
Siempre en el mismo asiento
como dueño de mi trono...
Después dejarse llevar
mirando por la ventana,
volando sobre el paisaje
que se esfuma a bocanadas.
Me quedan trozos de árbol
incrustados en la mirada,
una casa solitaria
o mil casas con fantasmas
vivos aún pero ausentes
ganados por la rutina
que parte al nacer el alba...

*de Emilse Zorzut.  zurmy@yahoo.com.ar

 

La sala de espera*

   A veces la vida misma se transforma en una sala de espera, pero en ese caso ya sabemos qué estamos esperando y qué habrá de suceder, aunque no sepamos cómo ni cuándo.
   En las salas de espera hay secretarias que no guardan secretos.
   Hay revistas que no merecen ni revisarlas, porque su única posible destilación es la de los microbios de la saliva que cada uno de los enfermos, pacientes o impacientes, añeja en el ángulo inferior derecho de la hoja de dios. La del diablo nadie la mira y se sospecha que no acumula microbios debido a que no posamos nuestro dedo mayor en ella, aunque, es cierto,  pueden llegar a traspasarse los mismos mediante la humedad conducente de haber hojeado la página de dios.
  Hay caras a la espera de ser captadas por alguna incauta con el fin de desenfrenar por fin la lengua, esa lengua lenguaraz que no tiene permitido soltarse en la mesa del almuerzo ni en la tarde de mate con hijos ni marido.
   Hay sonidos de teléfonos celulares que han olvidado la intimidad de las personas y suenan, por ejemplo, cuando uno está sacando el boleto del colectivo, o pagándole al tachero, o en medio del abrazo en la calle con un amigo que hace tiempo que no vemos, o en el momento álgido de la conversación en la que nos estamos animando a contarle a nuestra amiga la parte más conmovedora de la historia que nos llevó a reunirnos esa nochecita.
   Y suenan, y suenan, independientemente de nuestra espera en la sala.
   Hay personas que esperan al odontólogo y huelen a épico, mal que me pese lo delatador de mi edad en este recuerdo. Digamos, en el genérico, a desodorante bucal, como negando los efluvios que irrumpen desde interiores inasequibles.

   Hay gente que espera al alergista disimulando la rascadura de sus escozores histéricos, insomnes y frustrados, hasta que se torna inevitable y en una compostura prefabricada e in disimulable extienden, casi en contorsión, su brazo derecho hasta el omóplato infinito izquierdo y en un vaivén del antebrazo va tornándose esa cara en un muestrario de viñetas animadas que pasan del ardor al placer al goce a la molestia al alivio a la incomodidad al pudor a la simulación pero un poquito más abajo qué placer es justo ahí donde me pica me están mirando todos qué vergüenza qué me importa después de todo para eso vengo estoy enfermo me rasco y que se vayan todos a la concha de su madre.
   La gama de perfumes importados se entremezcla en el aire saturado de fracaso.
   Algunos están ya rancios de no hallar oportunidad que valga la pena el gasto.
   No hay salida al teatro, ni cena a luz tenue de las velas, ni sexo eventual y apasionado sino el reglado por la inevitable compañía de acceder al mismo lecho de la monogamia que nuestro capitalismo supo conseguir, y nosotros defender a costa de la depresión, la rutina y la tristeza.
   Pobre ginecólogo lo que ha de ver y oler.
   Y una los ve. Como ve todo.
   Y también nos miran con esa cara de y a esta qué le pasará.
  Si supieran...
  
   Ir al ginecólogo es, en cada momento particular de la vida, un fotograma de los simbolismos que desplegamos en nuestro itinerario de mujer.
   No hablaré por todas, sólo por mí.

   A mis dieciocho, diecinueve, ni siquiera iba, a excepción de la aparición amenazante de un atraso.
   Yo era una inconsciente y el ginecólogo, el mago.

   Entre mis casi treinta y mis apenas pasados los treinta, las visitas eran las de futura mamá y el ginecólogo era Sócrates.

   Desde la última mayéutica hasta los cuarenta y cinco, recuperé la inconsciencia y el ginecólogo pasó a ser un cartelito de bronce que aparecía en algunos departamentos re coquetos y distantes.

   Ahora, que ni Sócrates me hace parir, atravieso esos portales de blindex y las molduras de madera que simulan el grasa y fracasado buen gusto burgués de nuevo rico, mezclado con aromas desodorantes que me hacen picar la nariz y una música funcional que da ganas de tirarse debajo del tren.
   Ya no puede uno ni suicidarse a piacere.  La pérdida del tren nos arrebató hasta esa mística tan morbosa y tan temida.

   Mientras la secretaria chusmea a viva voce  por teléfono y una esposa le dice por celular a su marido que vaya pelando las papas, si no es mucha molestia, porque el médico va atrasado, y  el otro se rasca ya sin pudor, yo ya estoy allí, formando parte de la miscelánea inefable de un escenario decadente en busca de calidad de vida.
   Entonces me veo. Me miro. Me huelo. Me ausento del entorno en mi viaje introspectivo de la sala de espera.

   Qué fácil, y sin necesidad de alambiques, resultaba en la juventud, hasta tardía ella, recibir una mano cálida entre los muslos o dejarse recorrer con unos labios húmedos y susurrantes en la entrega absoluta de esa frescura vigente y turgente.
   Los tabúes y el pudor eran cosa de otro siglo.
   La risa a carcajadas y el pasearse sin recato de la cama al living, buscando algo de comer en la heladera y poniendo música era el tiempo presente continuo de un pasado pluscuamperfecto y un porvenir imperfecto que es este hoy lleno de cambios en degradé.

   Me pregunté de qué se trataba ese deseo ligado al erotismo. Cómo había sucedido todo aquello en el otro entonces de la carne firme, sin desinencias, sin desgaste, sin cansancio, sin vergüenzas.
   Pensé en las parejas que se aparean desde temprano y van equiparando y cotejando sus arrugas, sus pancitas y sus achaques al unísono de la vida en común, día tras día, despertar tras despertar.
   "El problema de ustedes, me dijo un amigo machista hace poco, es que se empeñan en seguir teniendo orgasmos a esta edad".
   Qué turro, pensé. Pero ahora, entre esta colección de hilachas que encuentro frente a mí en esta sala, hacen resonancia esas palabras hostiles, provocadoras y mediocres, en expresión hiperrealista.
   ¿Por qué habría un hombre de desear a una mujer que empieza a recorrer el tramo de salida de la autopista, el descenso de su turgencia y el retiro discreto del desparpajo de ese arrebato impúdico de un cuerpo que se sabía fresco, sin remilgos?
   El amor..., ah sí, el amor...
   Pero el amor del otro no sabe nada de los fantasmas que rodean a una mujer que se desnuda y ya no tiene en su haber el perfecto cuerpo incólume que encaja en cualquier prenda de la moda pret à porter, cuando nos preguntábamos cómo le irá ese jean a mi cola y no, como ahora, enhorabuena los elastizados, que ayudan a defender algo de nuestra memoria.
   Y cuando las musculosas tan frescas del verano de Voleibol, ahora dejarían entrever algo alicaídos los bíceps que ostentaba la juventud.
   Y, sobre todo, ese entonces en que la muerte nos quedaba mucho más lejos.
   El esfuerzo y puesta a prueba de gustar desequilibra la mayor parte del tiempo, con la soltura que se requiere para preguntarnos con franqueza si a nosotras nos gusta.
   Pienso mientras pienso que, tal vez, este escrito tenga excesivo contenido de frivolidad y fruslería, pero aseguro que no es fácil para una mujer que se piense a sí misma, intentar ser objeto de tentación, más allá de las reales y contundentes declaraciones de amor, en una era de plástica insolencia sin arrugas ni pancita.
   ¿Por qué habría yo de seguir deseando orgasmos desencadenados por la pasión y el fervor que se encendía en un juego de espejos donde una se sentía tan deseable que era capaz de flagrar el encuentro sin fantasmas ni pudores?
   Cuando el ginecólogo me vio y me dijo, estás bárbara Lú,  ¿qué bicho te picó?, pensé que no podía cargarlo de tanto pensamiento y tanto rollo.
   Caminé una cuadra, activé mi celular y le pedí un turno a mi psicóloga.

   Tal vez ella me ayude a recorrer el camino de ya no ser una pendeja y me invite a un mundo de realidad donde no termine rascándome lo que no me pica ni deseando ser o parecer lo que imagino que otros esperan de mí.
   Tuve ganas de reírme de mí, pero todavía no estaba lista.

*de Lucía Cinquepalmi  luciaguionbajo@gmail.com

Las nuevas tecnologías*

 
Estaba haciendo cortinas y cristales como cada viernes cuando sonó el teléfono
 
- Diga...
- Buenos días, Le llamo de Telefónica para una información.
- Bueno, pero el señor no está en este momento.
- Está bien, pero ¿Tienen ustedes ordenador?
 - Si, un ordenador con procesador AMD Sempron Dual Core 2100.
- ¿Qué memoria tiene?
- 2GB de RAM,  250GB de disco duro, una tarjeta gráfica NVIDIA GeForce 6150 de 831MB dedicada.
- ¿Podría decirme el sistema operativo?
- Es un Windows Vista Home Premium
 
- ¿Cree usted que estarían interesados en una línea ADSL?
- Depende ¿Qué ancho de banda?
- 15 Mbps
- Si, eso está muy bien, pero ¿cuántos megas reales llegan, porque con la caída de la línea...?
- Bueno, reales llegarán la mitad...
- ¿Y accediendo a través de Wi-fi?
- Eso hay que comprobarlo en cada caso.
- Bien, pues ya le comentaré al señor.
 
A la media hora llegó Plumkier a su casa y ella le dijo:
 
- Han llamado de telefónica ofreciendo no se qué.
- ¿Qué cosa?
- No sé señorito, ya sabe usted que una servidora no entiende nada de las nuevas tecnologías...

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

ELLA ESTABA ROTA.*

                                    

*de Jesús Brilanti T. lugburtian@hotmail.com

              Ella estaba rota en realidad y aparentaba que no lo sabía; yo estudiaba en la facultad de filosofía y ella en la de arquitectura. Supe de su estado fragmentario desde el primer día en que la vi andando cabizbaja por uno de los pasillos de la universidad; a partir de tal instante no pude olvidar su rostro cual reflejaba ante mis ojos la ruptura, por que uno suele darse cuenta a quien se la ha caído el alma en la acera y se le ha hecho pedazos, no quedando más que levantarlos  e intentar volver a colocarlos lo más cerca de donde late la esencia que nos permite dormir y despertar al día siguiente; más sin embargo nada suele ser igual.
A la fémina rota le veía muy a menudo y cuando me percaté de tal constancia era por el hecho de verle a diario en la cafetería, ella ahí, siempre acompañada de una taza de café y un cigarrillo cual por lo regular era seguido por otros cuatro más. Siempre despertó en mí bastante curiosidad pero nunca pude acercarme lo suficiente, nunca pude explicarme porqué, la timidez nunca fue una característica mía, más sin embargo había algo que parecía una barrera, sentía que algo estaba roto y ello me detenía. Hay
cosas que uno jamás terminará de comprender, y una de ellas fue el hecho de que no pude contener esa extraña necesidad por verla, aunque fuese a la distancia, las once treinta de la mañana y ella estaba siempre en la misma mesa de la cafetería, dando pausados sorbos a su taza humeante mientras se
acorazaba en una nube de cigarrillos, por mi parte no me importaba faltar a mis clases para estar a esa hora, de la misma manera bebiendo café, abrumado por la distancia, aturdido por las pláticas banales de decenas de personajes que atiborraban aquel espacio de la universidad. A pesar el alboroto constante de las mesas, las sillas, los platos, los ceniceros y demás, parecía en cierto momento, que la vaciedad nos conectaba a ella y a mí. Ella se percataba de mi presencia, al parecer no le incomodaba, tal vez me veía
como a  uno de tantos que estaba ahí sólo para escapar de las aulas. Con el pasar de los días no tuve más que admitir que era ella demasiado atrayente para mí, a pesar de su tristeza, a pesar de su soledad, a pesar de la ruptura que yo podía admirar en su persona; era la mujer que yo había perseguido en mis sueños, era a quien le había dedicado mis escritos antes de conocerla de manera tangible. Por casualidad supe su nombre, Luisa, y el mismo tuvo eco en mi cabeza durante bastante tiempo. Las cosas, sentí, se me estaban saliendo de control, no podía seguir atormentándome sin siquiera estar seguro si para ella yo existía, de tal manera un día planeé esperarla al final de sus clases, la esperé en la calle, me sudaban las manos, fumaba un cigarro e intentaba calmar mi ansiedad dando ligeros golpes con mi zapato izquierdo al suelo. Ella por fin salió, pero justo y había dado unos cuantos pasos cuando un tipo muy blanco, alto y bien parecido la interceptó, Luisa lo abrazó pero él la apartó de sí bruscamente, le dio un tirón del brazo, comenzaron a andar mientras el sujeto le gritaba, ella sólo asentía con la cabeza, creí a lo lejos verle llorar. Esta vez  no tomé el metro para regresar a casa, caminé perdiéndome en la enormidad y soledad de la gran urbe repleta de almas que iban y venían.
No importándome lo ocurrido, al día siguiente estuve a la misma hora en la cafetería, pero la mujer rota nunca llegó. Esa tarde llegué a casa y comencé a sentir que algo se rompía también dentro de mi ser. Un día más, no perdí la fe, mismo lugar, mismo café y mismo cenicero sucio frente a mí; un poco tarde pero entró al fin Luisa a la cafetería, esta vez no se sentó en la misma mesa, buscó otra dándome la espalda, intuí que algo no estaba nada bien; guardé luto por espacio de veinte minutos, me incorporé de mi asiento y con todo ánimo me dirigí hasta su lugar para pedirle un cigarrillo, a lo que ella respondió a penas audible: -¡no tengo!-, dichas palabras no me dolieron, lo que me dañó fue ver su rostro golpeado que fungía enmarcando a resonancia extrema un ojo totalmente morado; se agachó, comprendí que era
ilógico y estúpido preguntar si estaba bien. Salí a paso lento del lugar aquel que a pesar de su algarabía se me antojaba salvajemente silente.
Aquel día volví a regresar andando a casa, el caminar se había vuelto una terapia para mí, mientras caminaba podía conversar conmigo mismo y pensé en tales circunstancias por que Luisa estaba rota, si acaso esa era la razón, maldije al mundo mientras me interrogaba sobre las circunstancias que uno
jamás podrá comprender, mientras,  nunca escuché unos pasos tras de mí que apresuradamente me hacían compañía, volteé para encontrarme con el rostro gris por dentro y moreteado por fuera de la fémina rota. -¿Porqué me sigues siempre?- Me cuestionó, no supe que decir, seguí caminando, ella a mi lado y
junto a nosotros un silencio que traduje como un grito de auxilio por parte de ella. -¿Cómo le permites.?- No pude culminar mi interrogación pues me lo impidió, comenzó a llorar, nos sentamos a las afueras de una muda puerta, los transeúntes simplemente nos vadeaban sin darnos importancia, cada uno de ellos reflejaba tanta indiferencia al seguramente cargar sus propias maletas llenas con sus propios problemas. Luisa no podía parar el llanto, en medio del mismo me dijo que aquello sobre lo que fui testigo aquel día no era nada, me habló sobre José Adrián, su novio o verdugo, no sabía en realidad que era, pero me dijo que lo amaba a pesar de sus gritos, de sus golpes salvajes que comenzaban en su rostro, después en el estómago para doblarla, sofocarla y una vez en el suelo propinarle una tanda de patadas; obviamente no se limitaba a los golpes físicos pues también tenía que soportar los que le propinaba en el alma: sus infidelidades, humillaciones y reproches.
Cuando creyó ella descargar todo lo que tenía que expeler, limpió sus ojos, se puso de pie, me pido disculpas dando media vuelta; por un par de segundos lo dudé, pero sabía que ya no podía callar, prácticamente salté alcanzando su hombro, ella giró, le dije que yo la amaba, quería ayudarla. Ella
contestó que estaba rota, que yo nada podía hacer para unir los pedazos. Se marchó perdiéndose entre la gente, yo permanecí inmóvil hasta que la perdí de vista entre la multitud, el smog y mi rabia.
Esa noche no pude dormir, tenía que hacer algo o terminaría por romperme yo también. Al siguiente día no quise ir a la cafetería, me sentía muy mal, al salir de clases me dirigí firmemente hacia la  puerta de salida, salí corriendo, ahí estaba Luisa y José Adrián, a media banqueta discutiendo, pasé por un lado de él, casi rocé su brazo con el mío, me llené de impotencia, apresuré mi paso, alcancé a escuchar como él subía su tono de voz, continué andando, deseaba alejarme lo más rápido de ahí, mi corazón latía tan fuerte que creí me ensordecería, los ojos se me inundaron de lágrimas, contuve el llanto, avancé tan sólo cinco cuadras cuando me sacó del trance el ulular de una ambulancia cual me encontró  en sentido
contrario a mi andar, me detuve, pensé en Luisa, intuí que algo le había ocurrido, no vacilé, regresé corriendo lo mas rápido que pude, pensaba en ella, sólo en ella, me aproximé a unos metros sobre la entrada de la universidad y pude ver que hasta ahí había parado su curso la ambulancia, había un tumulto, la gente se amotinaba, aun no alcanzaba a ver que ocurría exactamente, me aproximé aun más, por fin vi un taxi sobre la acera, según la gente, había atropellado a una persona quitándole la vida, me acerqué, como pude me abrí paso entre los curiosos, mientras murmuraba el nombre de Luisa llegué al primer plano, un enorme charco de sangre relucía y marcaba una trayectoria que culminaba en la rejilla de una alcantarilla, el cadáver yacía expuesto boca arriba, y yo no podía dar crédito a lo que veía: era yo, ahí silente, tendido sobre el asfalto sin vida, a final de cuentas estaba roto como algún día lo predije; Luisa estaba junto al taxi y lloraba admirando mis restos, José Adrián dio un fuerte jalón  a su cabello, y preguntó: -¿lo conoces?-. Ella simplemente lo negó, y a empujones él la retiro del lugar.
Me subieron a una camilla, yo ya no sentía absolutamente nada, mi sangre continuaba fugándose por la alcantarilla, mi alma le acompañó, sólo comprendí por último que ella, solamente ella, fue quien decidió romperse para el resto de su vida.
 

Cómo Colocar sus Cortinas*

¡Qué agua tan amable!
Que las rocas las convierte en peces,
Y los peces se hacen de agua
Para evaporarse y condensarse en el cielo.

La lluvia cae con ojitos de pez brillantes
Y corren los ríos,
Se llenan los lagos y lagunas
Con tanta roca convertida en pez
Que todo se llena de agua.

Saltan con ira cuando se les atrapa
En alguna presa o estanque,
Vuelan con júbilo
Cuando se lanzan por las montañas
Y, hoy en día,
Se les encuentra embotellados
En los aparadores de las tiendas.

¡Qué agua tan amable!
Que en otros tiempos se dedicaba a convertir
A las astillas de roca, en las primeras células.
Hizo lo propio con las plantas
Y la receta secreta para convertir
Rocas alargadas en gusanos
Se ha perdido en el tiempo.

Pero lo de hoy
Es convertir rocas en peces;
Y así se hace:
Cuando llueve,
Los edificios del Parlamento
Se mojan,
Las casas de lámina
También lo hacen;
Y la manera de cómo convertir
A los volcanes en algo más que peces
Sigue siendo un enigma constante.

¡Qué agua tan amable!
Que a pesar de todo
Nos sigue mojando,
Que se escapa por las tuberías
Y que es,
A su vez,
Agua y pez.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal-hi@gmail.com

LUCIA CARMONA BARRE*

Por el callejón de las tristezas
con una pena antigua enredada en su pelo
en desvelos descalzos, avanza Lucía Carmona.
Entre sus brazos, un niño ausente
y una carga de pichanas frescas
Carga también un mundo de destierros
 

¡Ah! ¿Porqué partir?
Al irse se ha llevado el canto luminoso de la noche.
No se escucha el grito silencioso de la casa. Ha callado sus voces.
Un rocío oscuro y fantasmal languidece la flor de los naranjos.
Hunde su rostro en el manojo fresco
-  el olor es más dulce que la vida -
¿Es el niño, la casa o la amarilla flor de la pichana?
Con ellas barrerá no solo el patio de su casa sino esa congoja que le aprieta el pecho
Barre su casa Lucía Carmona e insomne, va encendiendo
testimonios de estrellas en su noche
Habrá otros niños, otros naranjales
Y al lado de su sombra custodiando
Como lluvia de luz, allí estará la casa.
 

-Lucía Carmona-Poeta riojana-
       Del Libro "La Voz del Cuyun"

*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

La señora denfrente*

   La señora denfrente era muy gorda. O ancha, no sé. O el cuerpo le había ido creciendo desparejo por los esfuerzos de agacharse, levantar cosas pesadas, y dormir poco. Saludaba siempre y hablaba mucho y muy fuerte, con una voz aguda muy sudada que le marcaba las líneas del cuello y se sumaba a la obligación de abandonar su italiano precario y sustituirlo por un argentino bonaerense más precario aún.
   Por la noche, tarde, yo volvía de estudiar o de noviar y veía la luz siempre encendida de la cocina.
   Algo me hacía saber que ella estaba despierta y, no, que necesitaba iluminación para dormir.
   No era de esas mujeres que tengan miedo alguno.
   A la mañana temprano, yo tomaba el tren de las seis y diez para ir al trabajo y a la facultad.
    Para ganarle a las doce cuadras que me separaban de la estación, salía de casa apenitas pasadas las cinco y media.
   La luz de la cocina de la señora denfrente ya estaba encendida.
   Alguna vez decidí demorarme sólo para no perderme ese pedazo de vida que todavía quedaba vivo y la escuché: ma, pero vení acá gayinnitta remolona ¿o te tenco que dar de comer alla bocca?
   ¿Vos no te mestarás poniendo tristona, no?, le decía a la rosa de un color que nunca pude saber exactamente cuál era, porque sólo ella lo tenía y nunca más volví a verlo.
   Tomaba la flor desde el cáliz como cuando uno acaricia un hijo desde debajo de las orejas para que sienta todas las cosquillas y el estremecimiento que sube recorriendo toda la belleza y el calor, y le fabrica una sonrisa.
   Desde en frente parecía sentirse el aroma de sus ensaladas y salsas con albahaca y oliva o el dulce de frutas que dedicaba a ese hijo, un poco mayor que yo, que se había encontrado con la epidemia de polio justo en el momento en que su cuerpecito salía a levantar un pie para darle impulso al otro. Y caminar.
   No pudo hasta muy entraditos sus años.
   Pero pudo gracias a una madre, la señora denfrente, que le puso vida a sus huesos, su mielina y su deseo.
   Él, Juan Carlos,  empezó a andar y a animarse, sin miedo, hijo propio de esa mujer.
   A la nochecita, a esa hora de los bichitos de luz y las escondidas, yo la había escuchado: mirá cuanqui, ¡que se no te decá de codderr te  cjuro que ti agarro e ti colgo!
  
   Con mi hermana, que salía a fumar a escondidas convencida de adulterar el olor a pucho con Siete Brujas o Charlie de Revlon, nos reíamos, más cerca de la ternura que de la burla.
   La señora denfrente contaba con todos los elementos que se requieren para que uno pueda burlarse, pero con ella era imposible.
    La primavera emanaba música y colores en esa casa, pero no música envasada sino esa que nace de los acordes de los paraísos y los ciruelos, las gallinas y los pájaros que iban a comer a su patio.
    Colores de la vida misma.
    Del verano salía una sombra fresca que restituía la dignidad de las siestas e invitaba a despertar las madrugadas con olor a frutillas maduras y caca de gallina que se mezclaba con el arte hiperrealista en ese escenario incomparable.
    El invierno de esa esquina inconmensurable rompía la pereza de cuando mami me pedía: ¿vas a buscar un par de huevos a lo de Nélida?
   Yo, que estaba desparramada entre mis fantasías acompasada por Génesis o Pink Floyd, devanándome entre la culpa y el deber, con Los Miserables o Crimen y Castigo, y atizando los leños de la estufa de nonno, salía rauda hacia la casa de la señora denfrente, para empaparme de esa energía que le daba a la vida su verdadero significado.
 
 -Vení que ti mostro ¿viste lo pimpoyyitto nuevo que le salieron al conejitto? Con este frío, è incredibbile. La culecca se me quiere ir, pero yo no la decco, mirála poveretta, mà pero eyya è l'allegría desta casa, no la puedo deccar ir así nomás.
 
  Yo miraba como distraída hacia la mandarina y ella me llenaba una bolsa al instante.
   Alguna vez me he olvidado los huevos y tuve que volver a ir, con timidez y torpeza, porque mi trofeo era volver con ese olor impregnado y esa bolsa que guardaba el enigma de la fuerza de vivir, y no con los mandados mandados.
   Juan Carlos, el cuanqui, era todavía muy tímido pero se acercaba a veces, creo, a disfrutar de mi sonrisa llena de lágrimas que nunca pude aprender a evitar.

  
    Había un marido allí. Un hombre taciturno y abnegado.
    Conformaban una de esas parejas a las que uno no puede atribuirles sensualidad alguna, pero se los veía fuertes en eso de llevar una casa y la familia adelante.
    El señor, el marido de la señora denfrente, le había dicho a mi madre una tarde, siendo yo muy pequeña: Lucy es muy noble, no conozco otra persona así.
    Lucy era yo, en ese entonces, y me llenó de desconcierto esa expresión que no comprendía. Como un día de la fiesta de la primavera que me eligieron reina por unanimidad, y tampoco comprendí qué quería decir.
   Asimilé con los años que la decisión había sido por una nimiedad, algo sin demasiada importancia que era difícil definir.
   Mi autoestima nunca fue mi fuerte.

 
  Transcurrieron años.
   Yo me fui de allí, como se van todos los que creen que, para crecer, deben partir, parir, plantar y seguir partiendo.
    Me fui.
    Volví a volver cada vez que algún aniversario, vacación o festividad me acercaba a la cocina de mi madre y a ese mundo pulpo del que había necesitado desprenderme.

    Miré de nuevo el patio de mi madre. Había también allí mucha vida que yo había distraído buscando originales sensaciones.
   Qué cosa esa que la comida siempre parece más rica en la casa de otros... y uno queda, ante los anfitriones, como un subalimentado que se desenfrena por una milanesa como si hiciera meses que no come...

   ¿Será ese el origen de la envidia? ¿O será su consecuencia?
  
    Cuando volví con otros años de sensaciones más encima que adentro, fue urgente buscar el aroma de la casa de la señora denfrente, pero no olía.
No olía a nada.
    Los paraísos y los ciruelos seguían tañendo  un ritmo cadencioso que abrazaba una ausencia inexplicable.
   Mi madre, ocultada detrás de un puñado inefable de prejuicios tuvo que contármelo: La dejó ese pelotudo del marido y está trabajando en una parrilla como cocinera. Viene a la casa solamente un ratito a la siesta.
   Mi pregunta, también pacata y retrógrada: ¿a esta edad? obtuvo la respuesta acorde: y... se le cruzó una porquería de mierda, una atorranta que le está sacando toda la plata... ese viejo verde...
    Aquel que había tenido alguna vez el parámetro para calificar la nobleza se transformaba repentinamente en un pusilánime.
   Mi ánimo perezoso concluyó repentinamente que esa sensualidad inexistente que me había parecido percibir de niña, lo había llevado a ese marido  detrás de unas caderas ardientes y un cuerpo que no estaba deformado de agacharse y hacer fuerza.
   Tal vez tuve flojera de pensar que en realidad los maridos siempre se van con otra y necesité encontrar una mirada aldeana que contrarrestara todas las contradicciones de la monogamia inventada por un sistema.
    O, tal vez, vaya uno a saber qué mierda pasó, la cuestión es que la tristeza y el abandono habían inundado esa inmensa esquina sin gallinas culecas, sin pimpollos acariciados, y repleta de mandarinas caídas a la buena o a la mala de algún dios.
   
   Aún así transcurrido el mal tiempo, y gracias a que la jubilación en esta perversa sistematización de nuestro deseo, llega, no por júbilo sino por vejez y desgaste, el patio volvió a habitar la vida de la señora denfrente.
   Me llamaba, al veme llegar con mi prole, de visita a los nonnos, para regalarme ropita tejida por ella con rezagos que heredaba de sobrantes del mismo perverso sistema. Me narraba las peripecias de una batita o una mañanita que tejía para una especie de asilo al que, también, iba a cocinar solidariamente cuatro veces por semana.
   Las mandarinas y los conejitos resucitaron al compás de las rosas y los capullos de gusano, las gatas peludas y los bichos canasto.
   Todo convivía en ese pequeño atolón que no había sido alcanzado por la perversión a pesar de su tanta presencia.
  
   Me llamó mi madre un día, desde toda la distancia que yo había generado al partir de allí, para contarme que, además de los sudores omnipresentes de la señora denfrente, un color amarillo rancio y un olor penetrante se habían puesto a vivir en su ancho y extenso cuerpo, y la habían internado.
   A la mañana siguiente, ya estaba muriéndose, sin más explicaciones y consuelos que la vida es así.
   Había sido la única amiga de mi madre, esta madre, mujer, que había dejado a sus amigas hacía cincuenta años del otro lado del océano de la guerra y las mezquinas disputas de poder.

   Los hijos de la señora denfrente, miserables, como la mayor parte del género humano, que es el único capaz de alambicar tanta miseria y desidia, debatieron sobre su cadáver fresco, pero nadie recordó regar las flores ni dar de comer a las gallinas y a los pájaros.
   Yo, hace mucho que no ando por allí, pero practico cada mañana el saludo a la vida en su nombre y su recuerdo.

   Ya hay un pájaro que come de mi mano y no me teme.
   Tal vez he aprendido algo.

                                           

* de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
- 16 de septiembre 2009.
 

INCERTEZA*

 

La persuasión avanza. Lentamente.
Hora a día. Día a gota. Gota a hora.
Carga una maleta  pesada como el mundo.
Infecta los octubres con su dardo inmortal.
La angustia crece  en hojas macilentas.
Se elevan y caen como mariposas muertas.
El patio de mi casa es una alfombra negra.
Por dentro tapian las ventanas  lirios de luto.
La congoja  es un vampiro ciego.
En un lago sin agua beben los peces su ceguera.
Una mujer pasa a mi lado con su vela blanca.
Un niño mira un perro.
Un hombre ojo  carga el luto del monte.
Nadie parece verme.
¿Qué hacer?
¿Crucificar al hombre? ¿Matar la bestia?
¿Vaciar las ánforas?
¿Elegir el dulce tormento del amor?
¿El exilio de la lágrima?
¿El sutil beso de la rosa?
¿Acaso  elegir el tormento, el exilio, lo impalpable de la rosa?
¿No es una forma absurda, ciega, cierta, segura  de incerteza?
 
La persuasión avanza y cubre de polvo, el polvo

*de Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

EN LA TIERRA DE LOS  VIENTOS*

 
  
Esta es la tierra de los vientos. Nunca paran. Serpientes son, los condenados. Una ira. Las piedrecitas se te meten en los  ojos, (esto en los días en que soplan suave, porque cuando son La Ira no podés salir.
   Yo, qué quieren que les diga, no creo nada, nada de lo que dice la vieja sobre los vientos. La vieja es mi abuela, demasiado mala para estar viva y demasiado mala para morirse porque el diablo le teme.  Por eso no se sabe desde cuando vive y ella se ocupa de confundirlo  a uno cada vez más. Lo que sí tengo que admitir es que es la única que da una explicación para eso de los vientos, porque los otros del pueblo dicen que son cosas de Dios. Por eso, aunque no creo una palabra de su historia, la cuento. Ella dice que fue la primera puta de estas tierras, que llegó por accidente junto con un europeo aventurero en la época de los indios y que cuando se vieron cercados ella ayudó a despellejarlo vivo en señal de simpatía a los infieles. Eso le salvó la vida, y su habilidad para el amor.  Dice que entonces no exitían estos vientos, que había una confusión de árboles, de plantas raras, de peligrosa maleza, lianas y enredaderas y hasta flores y frutos como la sangre, algunos buenos para comer y otros puro veneno; que la víbora era señora y el puma rey, que la araña, el alacrán y otros bichos sin nombre se te metían entre los dedos de los pies en las noches sin sueño. Pero asegura que la vida y la muerte eran como tenían que ser: "unas bestias incansables, qué joder, y para nada aburridas". Dice que eso se terminó por culpa de ella, que los vientos son culpa de ella, que no sale nunca de la casa porque sabe que los vientos la reclaman, pero que un día de éstos les dará la cara  "para que esto de vivir tan aburrida se termine con una muerte como la gente".  Cosas de la vieja. Creo que los ojos se le blanquearon tanto por no salir y no por las cataratas como dice el doctor. Ella es toda blanca. Menos el alma. "Los vientos son La Ira", dice, "son La Ira que me reclama".
   Cuenta que en la época de los fortines, cuando los europeos vinieron a echar a los indios de estas tierras, comenzó el desastre: "los indios no aflojaban. Parecían la misma muerte, pero seguían, seguían...". "Yo hice de intermediaria porque sabía la lengua de los infieles y las de los europeos, y me mejor que eso, conocía el lenguaje de sus cuerpos"."Cuando me olí el fin de la cosa me pareció oportuno empujarlo". "Me acuerdo que se me ocurrió una noche de calor, mientras las transpiraciones de mi cuerpo y el del indio que me acompañaba se hicieron un río al que chupaba la tierra sedienta". "No sé cómo no me di cuenta del mensaje de las arañas y los alacranes...". "Al rato que pensé aquello, ya casi amaneciendo, fue como que enloquecieron". "Hasta entonces compartíamos el terreno sin problemas, acostumbrados a vernos". "Pero esta vez me los vi venir como un malón, todos al mismo tiempo, de golpe, y les adiviné las intenciones". "Les dejé de comida al indio dormido y corrí para el fortín"."No me costó trabajo decirles a los europeos cuántos infieles había, por dónde tenían que atacarlos, cómo...". "No fue difícil para ellos dar vuelta todo". "El calor nunca paró desde entonces, es como si ese tiempo no quisiera dividirse, la historia cambió las cosas, pero el calor se quedó, y después vinieron a acompañarlo los vientos...". "Pero entre el calor y los vientos la historia trajo las Compañías de  Tierras y Colonias, me trajo un marido Administrador de Tierras y me hizo La Señora". "La tierra quedó rasa a pura tala y arado y ahí empezaron los vientos". "A lo mejor fue, como dicen algunos, porque no quedaban árboles para atajarlos... pero son La Ira".
 
La vieja se pasa el día contando la historia como entre dientes y cuando la termina, empieza de nuevo.   Uno se pudre.  De ella y de los vientos.  Desde que se murió el viejo, desde que se quedó ciega  y se encerró para siempre, la tiene con lo mismo.  Yo no creo nada. Pero me canso.
 
Hace mucho calor, como siempre.  Los vientos no paran. En el patio la tengo a la vieja, el último familiar que me quedaba... La tengo a la vieja,digo, estaqueada. Los vientos la suben y la bajan. Pero hay algo extraño, muy extraño... aunque yo estoy acostumbrado a esas cosas en esta tierra de locos ... y es  que las arañas y los alacranes, que casi no quedaban,  son como  miles, prendidos en su cuerpo... ¿cómo es que los vientos no se los llevan volando?
 
 
                       
*de Verónica  M. Capellino. veroaleph@hotmail.com
-En "Cuentos del Litoral"- S.A.D.E -Sta. Fe-  y Lux;  1988
y Revista "Puro Cuento" Nº 26. Enero-Feb. 1991
 

    

UNA TRISTE HISTORIA DE AMOR*

 
       
*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar        

 
   
 Lo que nunca sabremos es exactamente en qué momento comienza esta historia, porque como sabemos, los hechos a veces se producen por azar y no entran en los cálculos o no quedan registrados como a conciencia en la cabeza de la gente. Lo que sí sabemos, al día de hoy, es el final, pero mejor no adelantarse, porque para eso existe la cronología, aunque bien sabemos que la literatura tiene otros códigos y puede quedar adscripto a la mirada ya desvalorizadora que se llamó "realista", y los críticos más duros insisten en llamar "la ilusión del realismo".
            Esta historia es una historia de amor, pero los más cáusticos, lo que están más cerca del positivismo llaman un "platonismo acorde a los tiempos", o un "romanticismo rancio que no debe tenerse en cuenta".
            Cuando esta historia sucedió, -si es que sucedió alguna vez- mi abuelo estaba por cruzar el mar Tenebroso, el Atlántico inmenso en un barco que lo dejó en Buenos Aires, con quince años y sin saber una palabra del espléndido español (que él luego denominaría "la castilla") con el nombre de un pariente lejano o amigo de su padre o apenas un paisano de la aldea europea desde donde se largó, con el coraje, coraje con que lo impulsaba el hambre, como tantos miles en su situación, o peor, porque eran ya padres de familia.
            Quiero poner entonces la distancia necesaria como para no hacerme enteramente cargo de esta historia, pongamos  provisoriamente "de amor", ya que las sucesivas veces que yo fui oyendo el relato de los mayores, todos lo hacían -en mayor o menor grado- no exentos de ironía, que podía ser fina o grosera según correspondiera al temperamento de cada uno.
            La historia que relato (que trato de relatar) sucedió en mi pueblo en los fines de la primera década del siglo XX y está protagonizado por un hombre muy bueno, italiano, no recuerdo de qué lugar, y certificar esa marca de origen  se me vuelve difícil porque hoy tendría ciento veinte años, lo cual hace imposible encontrarle algún contemporáneo.
            La primera historia que oí de don Juan Galli -de él se trata- refiere al más contundente romanticismo y lo hace inmigrante, chacarero arrendatario en principio, y luego asociado con sus dos hermanos tan solteros y atravesados en el habla "de Castilla" como el comprar una panadería, que a la postre lo dejará dueño único previo pago de la parte a sus hermanos quienes regresan a la Península para no volver.
            Están los paseos entonces con esa niña cuasi púber o adolescente o demasiado joven y más delgada y pálida que lo acostumbrado, esos largos paseos por el Veredón del Ferrocarril: ella toda de blanco, con capellina del mismo color, breves botitas oscuras y una sombrilla celeste. Él tieso, envarado, de traje impecable, botín con polainas y un leve bombín en la testa de lacio pelo rubión y muy fino, un bastón de caña y los dedos de la mano libre encastrado en los bolsillos del breve chaleco azul. Iría recitándole a Páscoli o D´Annunzio en italiano.
            En la esquina, él descendía, muy caballeresco, le tomaba las manos enguantadas a la señorita delgada y entonces ella saltaba sonriendo y ruborosa, hacia la calle cargada de un fino y fastidioso polvillo.
            Esta leyenda, lo advertí, termina con la muerte de ella, muy joven, hecho que, antes de producirse, provoca la promesa de él de permanecer en soltería perpetua. Se dedicó a las lecturas silenciosas cuando el arduo trabajo de la panadería se lo permitía, y de grande -ya pasados largamente los setenta- emprendió el aprendizaje de la guitarra, no recuerdo si con maestro o provisto de un manual con lecciones, cuando algún vecino (molesto tal vez por sus prácticas con las cuerdas lloronas del amanecer) le inquiriera, indiscreto, por qué siendo tan mayor le daba por la música, él muy jovial y pedagógico, explicó que Sócrates tomó lecciones de flauta hasta su último día.
            Recuerdo todavía, ya adolescente, trabajando en su panadería, alquilada a Alfredo Paggi, oía su guitarra monótona, ya que él ocupaba una de las habitaciones del fondo.
            Era,  un hombre tranquilo, minucioso, hablaba bastante bien el castellano y hacía un esfuerzo por pronunciar bien las palabras aprendidas no sólo en el trato cotidiano sino en los libros que consultaba constantemente y leía en idioma español, amén de los diarios o revistas italianas que se hacía traer.
            Tenía -lo recuerdo -una transparente mirada cariñosa en esos pequeños ojos celestes.
            La otra versión, que puede incluir todas estas  conjeturas y aproximaciones y la salvedad hecha que sólo oí siempre por referencias de terceros esta historia, es que en la relación con esta señorita de quien nadie recuerda su nombre o apellido, no tuvo otra relación que el de clienta, en su tarea cotidiana de vender el pan y las facturas y los bizcochos, casa por casa, con esa alta jardinera que arrastraba un caballo moro que don Juan Galli manejaba con silbidos.
            Y tal vez él le escribiera cartas de amor que no se animaría nunca a hacerle llegar, y que en ese tal vez podríamos conjeturar alguna serenata, con su desafinada guitarra, homenajeándola con un valsecito o un fox-trot melancólico, a ella y a su indiferencia de las persianas cerradas.
            Dicen que ni una vez -ni una sola vez- la señorita se dignó mirar a ese gringo, que se deshacía en galanterías lejanas y que ella consideraba ridículas.
            Y él, tan discreto, jamás habló de ella, o de su desolado amor sin compartir con ella y ese fracaso con ningún ser de este, para él, desolado planeta.
            Y sin embargo, nunca perdió ese modo caballeresco y atento, casi ceremonioso con todos los que lo conocieron, tan buena persona, tan pintoresco.
            A mi me queda la imagen de su jardinera cuando con su silbido distinto detenía el moro frente a mi casa y mi madre salía con la cesta para comprarle el pan del día y él antes de partir con otro silbido, (era el momento más esperado por mis cuatro años ansiosos) introducía la mano en un pequeño canasto y alcanzaba a mi niñez asombrada esa rica jesuita azucarada como auténtica y nunca tan bien preciada yapa.

HABRÍA DE ABRIR*

Habría de abrir
como quien no quiere
como quien detesta

Habría de abrir
con impremeditada delicadeza
lo que no atinaría a repudiar

Habría de abrir
sin abrirse.

*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar

PANDEMONIUM*

La noche
que la muerte
me arrastre
a su agujero infinito
de sarcasmo
yo pondré todo lo mío
en su garganta

Seré el libamen mismo
en una ceremonia solitaria
de pecados e incuria
y de ironía inútil

Vendrá todo el dolor
por mí
y por las dudas
                las que no tuve
                        las que pude dudar especialmente
las que a veces
ni he sabido que dudaba

Me rodearán
manos esquivas de mis íncubos
que no han sabido
ni las dudas que he dudado

Un remolino
desprolijo y negligente
va a sumergirme
en el final desesperado
a bocanadas de ardor y de perdones
en el eco atormentado
de la nada
Y el fuego
equivocado
de todas mis pasiones
arderá en el recuerdo
de mi nombre en el aire

Por fin no escucharé
nunca más el latido
ni el viento ni tu voz
ni las tormentas
ni el llanto disfrazado
                 del que implora
ni el tiempo del reloj
                 en mi cabeza
ni el rezongo tedioso de la histeria
ni los gritos de amor
                 y otros quejidos

Habrá nadie para nadie
                                    como siempre
Nada distinto de la vida distraída

                        

*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com

Los huesos al sol*

El hombre va caminando por aquel terreno pedregoso interminable. Un desierto sin arena, lleno de piedras y matojos que se extiende hasta más allá de donde alcanza la vista. Consulta una especie de plano detenidamente y busca a su alrededor. Está seguro que se encuentra en el lugar correcto.

Se dirige con paso decidido a su derecha donde se alza un pequeño promontorio de rocas, en un lugar algo desplazado de donde indica el plano, y ve el esqueleto recostado entre unas rocas que tienen una extraña forma de sillón sin patas. Le observa con las piernas cruzadas un brazo en la frente y el otro en el regazo.

Sin perder un instante empieza a cavar una fosa ignorando el tremendo calor y concentrándose únicamente en su cometido. En cuanto la acaba traslada el esqueleto al agujero y lo cubre con la misma tierra que ha sacado, disimulando cuidadosamente el lugar y su trabajo. Seguidamente se va al promontorio y se tiende entre las rocas, sentado en aquella especie de sillón sin patas, y mentalmente repasa la postura: piernas cruzadas un brazo en la frente y el otro en el regazo. Cierra los ojos lentamente y se abandona.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

Una obra de teatro en Saturno*

Allí voy. Dormido y soñante con esos sueños habituales que últimamente se parecen tanto a mis desencuentros con lo real. Me desperté cuando la hermosa azafata pelirroja decía Une Station Saturne, Station Saturn, Stationieren sie Saturn y en algún idioma más que llegábamos en 10 minutos a la estación. Me había dormido siguiendo sus desplazamientos de ida y vuelta por el pasillo. Su presencia fue como un hada que me llevó a aceptar el sueño y casi con seguridad la repetición de alguna pesadilla para luego despertarme con la sensación de que se parece demasiado a mi vida presente. Como dijo alguna vez Rosa Montero: En algún momento del viaje este se convierte en una pesadilla. Es tan evidente -y cierta- la metáfora del viaje con la vida misma.
Antes de tomar el tren hacia Carhue, pensé en la cantidad de años que necesitaría vivir para lograr la felicidad si los pasos los sigo dando por el camino más largo, cuesta arriba y más lento que una tortuga.
Me reí solo: no menos de 150 años y con buena salud para darme cuenta de los logros.
En eso estaba. En retomar mis pensamientos calamitosos de antes de subir al tren y en la azafata que tenia un aire a una pelirroja nacida en Carhue a la que conocí en el trabajo ( Como la deseaba 20 años atrás cuando la veía llegar a mi oficina para firmar papeles de rutina).
Hasta que vi a Julián Fernández parado en el pasillo, haciendo payasadas como siempre entre un grupo  de mujeres y hombres que era bullicioso y jodón como una estudiantina pero grandes de edad: 40 años promedio dije con ojo de entrevistador. Julián repartía algo casi invisible entre sus dedos a cada uno de sus compañeros que se levantaba con bolsos. No pude resistir la tentación y me levante a saludarlo.
Con sus anteojos culo de botella, idéntico antes del tiempo pero con canas, él me hablo a los gritos antes que llegara a su lado:
Urbano, amigooo¡¡¡¡
Julián, nuncaaa Centeya, conteste yo con un código propio de aquella época en que trabajábamos juntos.
-Urbano, fue mi jefe en la constructora, dijo a los gritos para que todos se enteraran de quien era yo.
Enseguida recordé aquella imagen de pelearme con el gerente de área, casi llegar a las trompadas y renunciar.
Pero con Julián seguimos siendo amigos después de esa partida borrascosa. Al tiempo él también se fue y se dedico a la docencia y al teatro.
Me dijo lo mismo que acababa de descubrir: viajaba con su grupo de teatro y bajaban en Saturno para dar dos funciones seguidas, hoy sábado y el domingo.
Venite Powell, la primera función es en un par de horas, después tomas el tren siguiente y seguís viaje.
No resistí demasiado, le pregunte a la azafata si podía descender y seguir viaje con el mismo pasaje y me dijo que si, que era una política del ferrocarril que la gente pudiera descender en cualquier estación darse una vuelta, conocer y volver a subir a otro tren siempre y cuando sea del mismo día en que se inicio el viaje. No solo es bella, sino además dulce dije, y me entere por el cartel que lleva prendido en su chaqueta que se llama Analía. El amigo casi no me da tiempo de volver al asiento y llevarme mi pequeño bolso que llevo colgado del hombro. Al bajar había una recepción oficial con banda de música y discursos. Solo alcanzamos a decirnos con Julián que los hijos están bien y creciendo cuando nos vimos inmersos en apretones de manos, presentaciones y palabras de bienvenida. Sólo retuve dos nombres, el de Hércules el jefe de estación y el del Ingeniero Orlando Williams delegado municipal en la comuna de Saturno -dependen del partido de Guaminí-.
Me distraje. Vi una publicidad que colgaba de un tirante bajo el andén que me causo curiosidad:
 

¿Dolor de cabeza?
 
Venga del aire o del sol
Del vino o de la cerveza.
Cualquier dolor de cabeza
se corta con un geniol.
30 centavos.
 
-Este pueblo atrasa por lo menos 50 años, pensé y me reí bastante.
Ahora hablaba el ingeniero Williams, era el discurso de un anciano enérgico -70 a 75 años a mi cálculo-
Hablaba del ferrocarril con un orgullo y una pasión inaudita, como lo haría cada uno de los ferroviarios que no conoció la tragedia de los noventa. Ahí mire a mi alrededor y en el público del pueblo solo vi ancianos. El grupo de Teatro de Julián y yo éramos los mas jóvenes. En el público había un intervalo de 65 a 80 años, ni mucho más ni menos.
-¿Este es un pueblo de jubilados? -le dije a Julián.
-Algo así, después te cuento bien camino al teatro. -me contesto con tono enigmático.
No nos dejaron ir de la estación hasta que sirvieron una picada con salamines y quesos y se hizo un brindis con vino tinto.
Logramos salir. Le dije a Julián de ir caminando en escalera para conocer el pueblo y hablar algo.
-Dale, -me dijo, el teatro de la sociedad italiana queda a cuatro cuadras pero caminamos unas cuadras más, no te entusiasmes en ver demasiado, el pueblo tiene 10 manzanas por 10 de este lado de la vía y otro tanto del otro lado. Casi enfrente de la estación se observa un edificio imponente al que se le están haciendo refacciones.
-Es la universidad...
El cartel que leo en el frente no deja lugar a dudas:
"Universidad del viento de Saturno"
y abajo una leyenda en francés, alemán e inglés.
-UN DIEU LES ALLAITE(ÉL

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