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Terra
La Coctelera

inventiva

30 Diciembre 2011

EDICIÓN DICIEMBRE 2011.

Hoy me levanté con el día equivocado*

Mi pie izquierdo giró derecho
Recibí un ramo de rosas amarillas
Me reí de mis defectos
Canté con vos palpitante una melodía original
Me tire de la cornisa en parapente
No leí las noticias negras de los diarios
Las alas de mi sonrisa desplegaron
en golondrinas de corales

Me duché con el agua bendita
de los grandes maestros de la filosofía

El olfato de los perros me acercó
a la tibieza de su intuición

Probé el néctar de las nubes
Y  nadé por las cataratas del regocijo

No repasé en lo que dirán de mí
Ni detallé cuanta plata tenía en los bolsillos
Renuncié al candado de mis emociones
y camine por la playa sin un sostén prensado

Buceé por los mares del tiempo sin jadear
y presumí en los abrazos de mi abuela...

*De Azul. azulaki@hotmail.com
7/12/11

FOGATAS DE OCTUBRE*
 
 
"(...) Esta vez no habló, movió los labios y solamente cuando le recordé aquella costumbre de las fogatas en los rastrojos, levantó la cabeza.
CESARE PAVESE
 

Y era octubre.
No se quien fue la yesca y quien el pajonal.
 A lo lejos, una voz de fuego, nos reconoce
Nos reconoce y pronuncia  nuestros  nombres.
En silencio pronuncia nuestros nombres bautismales.
No, no era la primera fogata.
Pero si embargo, fue la única.
Única raíz, bengalas en el cielo.
Encendieron las noches y los dedos.
Y fuimos bocas, manos y señales.
 

Incendiamos ayeres y calendarios nuevos.
Y bebías el fuego de mi frente.
Y yo, toda yo, era fuente y origen.
Apenas cabías en mis manos.
Pero en sacrosanto perfil te dibujaba.
Y te hacía un lugar en mi lecho.
Castamente, como un niño de otoño.
Encendías luciérnagas en desgarradas noches.
Y  éramos una oración, un mantra.
Una gloriosa soledad compartida.
Y era octubre.
 

Y soplamos en azul adversos vientos.
Médanos, goteras en el techo.
Ahora las manos están frías.
Y me pregunto si acaso ronda el miedo.
Y el olvido, y la muerte y la vida.
Escucha, son las fogatas y es octubre. 
Y hay un memorial que riega nuestra sangre.
Y en mis pechos, vírgenes de ti.
Aun cabe un llanto, tan antiguo como el viento.
 

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

AQUELLOS ABUELOS*

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
                                                                              

   A Miguel Fredi
 
      
     Mi abuelo -cuenta Miguel Fredi- se levantaba a las cinco de la mañana, tomaba una taza de café negro, comía un pedazo de queso y salía al amanecer. Tocaba con sus manos callosas el mango de la azada que había dejado sumergida en un balde de agua para que la madera se hinchara y la azada quedara firme y se iba hasta la quinta a desmalezar los tomatales. Tenía ochenta años. Mi abuela lo seguía detrás, como una sombra. Con su delantal negro, que no se quitaba nunca. ¿Por qué iba a cambiar a esa edad, no es cierto? -Pregunta como afirmando sobre esa pasión casi religiosa que trajeron los inmigrantes del otro lado del mar. A veces estos hombres duros se hacían un tiempo  para poder caminar bajo los árboles, pero no siempre.
            Yo recuerdo a mi propio abuelo, cuando recorría las parvas o los chiqueros, y buscaba un asiento donde quedarse un rato. Podría ser un tronco, el asiento de un arado en abandono, ponía la mano en el bolsillo y sacaba una naranja. Del otro sacaba un cortaplumas y se ponía  a pelarla. Si yo estaba cerca me daba los primeros gajos, y luego de a uno se los iba metiendo en la boca, sin que el jugo le chorreara por la barba o le mojara los bigotes.
            En ocasiones era un pedazo de pan o de queso, pero se nota que a esa costumbre la traía del otro lado del mar, porque  lo vi en otros inmigrantes: todos  tenían la misma costumbre. Otras veces, sacaba una pequeña pipa, luego la tabaquera de cuero crudo, llenaba el hornillo con minucia y dedicación y encendía el tabaco con un fósforo hasta que la primera humareda subiera hacia el cielo y se  sentaba como mirando el mar. Sólo que aquí no era de agua sino de trigo, maíz o alfalfa.
            Pensar en esos hombres, es circunscribir aquellos años de la niñez en un aura que se agranda con el tiempo y la distancia, lo instala en un espacio casi mágico, que corre el albur de convertir algo tal vez simple, tal vez trivial, tal vez basto en una mitología digna de mejor causa para otros. No es mi caso, porque qué sería de tanta vida anónima si nadie recuperara en un gesto reparador todo aquel tiempo en que el trabajo estaba en primer término, estaba por sobre todas las cosas, la propia diversión estaba mal vista por los inmigrantes,  como si el sólo hecho de habilitar el goce estuviera prohibido en su biblia particular y la de sus ancestros.
            Mi padre me contaba alguna vez, que en el año cuarenta siendo mensual de la chacra de Domingo Cléreci, vino a la cancha de paleta  del Club Huracán un exitoso acordeonista llamado Antonio Bizio y como el baile era en verano se escuchaba la música en las chacras cercanas.
            Mi padre, que había ido al baile, al otro día tuvo que aguantase las reprimendas -no sin sonreírse- del viejo Chiquín.
            -Te creés que yo no escuchaba desde aquí "al acordeón del vicio" -le dijo, usando muy bien la fonética para entender esa ambigüedad semántica que la permitía su aparente confusión.
            A él, a  Chiquín, inmigrante sufrido y estoico le habrá parecido el colmo del desenfreno que en un lugar perdido de la pampa un grupo no  muy numeroso de muchachas y muchachos soñaran un rato haciendo un alto en sus tareas, a la que seguramente nadie era esquivo.
            Por eso la anécdota de mi amigo Miguel me gusta, por lo que cuenta de su abuelo ya octogenario que no sabía hacer otra cosa que trabajar, como lo habría hecho desde su aldea natal, en aquella península ya cada vez más difusa en su memoria. Y siempre seguido por esa sombra, su mujer. Por que trabajar para ellos no era un problema de sexo, todo se hacía a la par.
            Habían trocado entonces aquellas aldeas perdidas junto al mar o la montaña, algunos había hecho la guerra y en general venían perseguidos  por el hambre, un futuro incierto para sus hijos y en general llegaban a lugares donde tenían un ser querido, un pariente, algún paisano que le sirviera de referencia en este país tan lejano que veían como provisorio y para ellos seguro que lo era, aunque la estabilidad la consiguieran con seguros sacrificios y también es seguro que el abuelo de Miguel, el mío y el de tantos otros amigos hubieran elegido a su tierra natal estos cielos altos, estos soles anchos, esta luminosidad sobre el verde furioso de toda la llanura que ellos cultivaron con una pasión tan minuciosa y posesiva que me hace dudar si pudieron disfrutar del vuelo alto y seguro de aquella garza mora que cosió el horizonte para siempre delante de sus ojos.
 

 HEREDARÁS MIS ÓRDENES*

Sabía que faltaba poco, cualquier mañana o cualquier noche emprendería el viaje sin despedirse. ¿Sin despedirse? La idea le pareció incorrecta, debía dejar indicios, órdenes tal vez, porque si no harían las cosas diferentes a lo que era su voluntad.
Ese fue el comienzo de un diagrama bien planificado para que cuando ella ya no pudiese opinar se cumpliera el ritual según sus deseos.
Esa mañana cuando se despertó y supo que no era ese el día indicado para emprender vuelo, comenzó a utilizar su tiempo extra, anotó unos pocos nombres a quienes les dejaría una carta, muy simple, muy sincera, diciéndoles cuánto los había querido. Eso la emocionó y no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.
Pero había que seguir sin sentimentalismos baratos y se repuso. Luego comenzó a redactar las instrucciones post-muerte: no quería que la  exhibieran en un ataúd, le parecía macabro y de muy mal gusto, las personas debían recordarla viva, sonriente y con el rostro sonrosado; así que ese acto quedaba prohibido. Tampoco debían enterrarla, la sola idea  de que la cubrieran de tierra la espantaba, prefería que la cremaran y desparramaran las cenizas en el jardín donde estaban los rosales. Tal vez para sus parientes no iba a ser agradable saber que ella seguía estando allí, pero era su deseo y debían cumplirlo.
Imaginó las protestas de Euclides, una de sus nueras que desde siempre soñó con ocupar la casa y que al quedar vacía lucharía con uñas y dientes para lograrlo.
- ¿Cómo van a expandir las cenizas allí? ¡Es horrendo! No voy a poder caminar tranquila por ese lugar. Esa vieja loca lo decidió a propósito, sabía que me haría mal.
No pudo menos que sonreír al imaginar la escena y intuía que luego no se animaría a hacer un hueco en la tierra  por miedo a que ella apareciera.
Acto seguido comenzó a pegar papelitos con nombres en todas sus pertenencias: el collar de perlas para su nieta mayor, el reloj de su marido para Alfredito, su único nieto varón, y así cada objeto tuvo su destinatario.
Fue una tarea que le llevó varios días y la hizo con el mayor de los disimulos para que nadie de los que concurrían a verla se diera cuenta. Lo último era averiguar cual era el costo de la cremación y poner el dinero en un sobre abrochado a las instrucciones. Cuando concluyó experimentó una gran paz, como si hubiera cerrado el círculo de su vida con todas las deudas saldadas.
Todavía le quedó tiempo para imaginar la distintas reacciones porque no era ilusa, la mayoría no iba a estar conforme con lo heredado y envidiaría la suerte del otro sintiendo que ella había sido injusta en el reparto, pero eso ya no era asunto suyo, estaba dentro de la naturaleza de cada uno, no era su responsabilidad.
La primer mañana de octubre amaneció luminosa como si cada elemento vivo reverenciara a la naturaleza, menos ella que sin apuro fue una más en el universo. La encontró Mario, su hijo menor, cuando llegó a la tarde y como no respondía a sus llamados utilizó sus llaves para entrar a la casa. Luego todo fue confusión, alboroto que se iba incrementando a medida que encontraban el legado.
Luis, su hijo mayor, fue quien halló la carta que su madre había dejado sobre la mesa de luz la noche anterior. Le costaba entender tanta lucidez y serenidad ante la inminencia de un hecho que a cualquiera hubiera aterrado, pero no hizo ningún comentario, sólo leyó el contenido.
Por supuesto y como ella lo había pensado, fue Euclides la primera en soltar su lengua al saber el destino que debía darse a las cenizas. El brillo de alegría que asomó en sus ojos cuando supo la noticia de la muerte desapareció cuando Luis llegó  esa cláusula.
- Yo no puedo habitar una casa que tiene restos de muerto desparramados en el jardín.
- ¿Y quién te dijo que vas a habitar la casa? - preguntó Lucy, la esposa de Mario.
- Porque Luis es el mayor y le corresponde. Además nuestra casa es muy chica, necesitamos más comodidades.
- Eso lo vamos a discutir después - insistió Lucy.
- ¿Por qué no se callan? - alzó la voz Mario mirando a su madre tendida en la cama.
Luis abrió el sobre que contenía el dinero para la cremación, lo contó, lo acarició y recordó sus deudas.
- ¿Hacemos lo que pide? - logró articular después de algunas vacilaciones. - No sé... me parece sin sentido gastar este dinero en eso. ¡Estamos tan apretados!
Algo estalló dentro de Mario, un dolor profundo que le dio a sus ojos un color rabioso; Luis sintió el impacto de esa mirada sobre su piel y volvió a colocar el dinero en el sobre.
Y el ritual se cumplió, sus dos hijos, sus nueras y sus nietos esperaron la urna en la funeraria y la llevaron a la casa. Nuevamente Euclides retomó la protesta y fue necesario un grito cargado de angustia de Mario para hacerla callar.
Al día siguiente estalló la guerra, cada hallazgo terminaba en pelea, cada etiqueta avivaba el infierno; los hermanos discutieron, las cuñadas se pelearon y los nietos dijeron pestes de su abuela. El final del pleito lo puso un abogado iniciando los trámites sucesorios y cobrando por ello, lo que determinó la venta de la casa. Las cenizas de su dueña reían a carcajadas por las noches cuando todo quedaba en silencio.
 
                       

*De EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar
 -Tercer premio. Concurso Internacional organizado por CENTRO ESCRITORES/AS NACIONALES - CEN EDICIONES 2011

LA FELICIDAD COMO DEBER*

    

Tenemos, dicen, el deber de ser felices.
     Mirando el campo desde arriba, y constatando la fugacidad de la vida de hormigas y minúsculas existencias con patas y antenas, y torpes colmillitos de frágil ferocidad, es hasta redundante notar que para tan poca existencia es ridículo el malgaste en penas evitables. Sería también de una obviedad
pueril descubrir que las fauces de tigres y osos polares poco son si medimos al animal por la escasa porción de vida en tanta eternidad de años contados por millones. Y nosotros, también, vistos desde arriba apenas representamos un puntito microscópico en el inabarcable universo.
     Nuestras penas y afanes son, de acuerdo con esto, absolutamente desproporcionados con el tiempo, ese tiempo tan escaso del que disponemos entre el alumbramiento y el deceso,  segundos apenas que podemos dedicar a conseguir la felicidad.
     Debemos ser felices.
     Noches en vela por gentes que luego nos dan la espalda o bien terminan muriendo de todos modos, cuidados o no. Insomnios diurnos por amores contrariados, por obligaciones vanas, por hijos ingratos o por catástrofes inobjetables. No habría necesidad, no sería justo.
     Tenemos el deber de ser felices.
     Por sobre guerras y recesiones, por encima de los mendigos de las calles, a pesar de las injusticias y aunque afuera arrecien las violencias.
Aunque nuestros amigos se desesperen o caigan desarmados, contra el viento
gélido de los abandonos y a la par de los que soportan yugo ya no de bueyes que no los hay por aquí pero casi pareciera, a su lado pero mirando para arriba, para otro lado, para no verlos en su deprimente sufrimiento.
     Felices con sonrisas llenas de dientes y ojos ciegos.
     Susan Sontang hablaba de cómo en nuestra época se ve al cáncer como resultado de la represión de emociones, cáncer como salida de aquello enterrado por uno mismo. Cáncer, finalmente, como culpa del paciente. Sida como culpa del paciente, enfermedades que finalmente pertenecerían al enfermo y serían casi una elección. Gente que en vez de escoger la felicidad escoge el dolor y ser víctima de un temible mal. De esto hablaba Susan con horror.
     Porque tenemos el deber de ser felices. De otro modo, uno es un actor consciente de la obra de su propia muerte. Eso dicen.
     Y no me quedan dudas de que debemos intentar la felicidad, a pesar de, contra de, aunque sea. Pero no sin esos deberes morales, esos deberes humanos que son inequívocos.
     La felicidad no es un estado puro. Sucede mientras uno limpia la mesa para recibir al amigo desgraciado, mientras se trabaja para llevar el sustento a quienes se ama, mientras las cebollas de la comida que se compartirá nos hacen rodar lágrimas.
     Y no hay felicidad cuando para tenerla se entierran cadáveres en el jardín. O no debiese haberla. Quien intenta ser un hombre o mujer honestos creo que no puede conocer esa clase de felicidad que se funda en el abandono o la negación de las responsabilidades.
     En "El Zoo de cristal" Tenesse Willians contaba cómo el hermano ponía la mayor distancia entre su vida y la triste, desfalleciente penumbra de su hermana y su madre. Se hizo marino mercante para escapar, puso leguas y millas entre su vida y la miseria que abandonó en su ciudad. Pero bastaba un
destello de vidrio para recordar las figurillas de cristal de Laura, su hermana, y sentir en la espalda la leve presión de su mano. Escapar es imposible cuando se sabe la existencia de un deber hacia unos seres que se ha abandonado.
     Por eso, tenemos el deber de ser felices pero con lo que hemos quedado presos, que presos de algo estamos todos. No adscribo a la culpa judeo cristiana que llama al sufrimiento, pero no puedo descreer de la moral necesaria para que la felicidad sea lo menos espúrea que podamos conseguir en esta vida llena de impurezas y máculas.
     Felicidades, entonces, con los bártulos a cuestas y sin renunciar a una mirada abarcadora y lúcida. Lo que se pueda aquí y ahora, y cada tanto lavando ropa que no nos pertenece.

 
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

Cansancio*

 
Es cierto que cuando se ha caminado mucho, y aunque a pesar de todo no se haya llegado muy lejos, o quizá precisamente por eso, tiende a apoderarse de nosotros un cansancio que, por desconocido e inesperado, nos desconcierta.
En tales casos, uno piensa que tras una larga y apacible noche junto a un hogar cálido, sobre un lecho confortable y al abrigo de las mantas, todo será de nuevo como al principio, que se habrá borrado la fatiga y podrá reanudarse el camino con renovadas energías. Pero en ningún modo es así.
Este cansancio es persistente y no bastan la noche, el hogar y las mantas para hacerlo desaparecer. Aun si la noche fuese tan larga como el día que la precedió -ese prolongado día que fue testigo de nuestro arduo caminar- no hay garantía alguna de recuperación. Así, cuando amanece -si hemos de suponer que tal cosa puede ocurrir en realidad- la fatiga es casi tan grande como en el momento en que nos tendimos a descansar. Quisiéramos dormir un rato más, sentarnos junto al fuego, demorarnos un poco aún junto al umbral, pero el Posadero nos ha acompañado hasta la puerta y, con gesto amable, nos mira como invitándonos a partir. Su mirada es tranquila y quizá hasta compasiva, pero el mensaje que se desprende de ella es inequívoco: Debemos reemprender la marcha de inmediato. Y así lo hacemos. Resignadamente. Nos despedimos con un gesto, retomamos el sendero, verificamos la ruta -aun sabiendo que toda ruta es ilusoria- y nos preguntamos si algún día, por fin, llegaremos. Tal vez nos ayudase -pensamos- saber a qué lugar nos dirigimos.

De Prosas breves
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop

EL VIEJO TREN*

            
Saludo a Count Basie
               y Carl Sandburg

Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.

Desde las brumosas factorías
los obreros lo saludaban

como a una aparición de lo lejano
con los sueños y los ojos.

Por estas mismas vías,
atravesando barriadas

somnolientas y alambradas,
pasaba el viejo tren

echando densas bocanadas
contra el cielo

como un duende
que va rasgando el silencio

con un eco dolido
de trombón y clarinete.

Por estas mismas vías,
poco antes del amanecer,

pasó como una estrella
repentina,

pañuelo de gasa al cuello,
ancho sombrero

y barbilla siempre levantada,
la bella Chick Lorimer,

con una pequeña maleta,
un perfume, un libro,

y como una exhalación
de lo innombrable.

Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.
                   

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
Brooklyn, N.Y.; junio de 1998.

 Desangrándose*

Entró corriendo en la tienda de lubricantes con otro robot en los brazos gritando con su voz metálica: "¡Rápido!¡ Una lata de Mobil 1,5 SAE 40!"

*De Joan Mateu. joan@cimat.es

Antes de Navidad*

Ya lo habíamos hablado con el neurólogo.
El me contesto con cara de asombro: -Es para publicarlo.

He podido comprobar que el accidente cerebro vascular de mi madre ha mejorado su sentido del humor.
Más aun, le ha generado ocurrencias desopilantes que eran impensables en ella.
Si bien se queja de ciertas secuelas en el habla. Mi madre complementa el lenguaje con gestos y hasta con carteles sintéticos y elocuentes.

Tuvimos una discusión por un motivo claramente banal.
Ella dijo algo así como: a ver si te conseguís una novia y me dejas de joder.

No se quedo quieta.
Al rato salio con la silla plegable de lona a tomar fresco al jardín.

Cada tanto veía como vecinos y hasta gente desconocida se paraban a conversar con ella.
Y había risas.
-Que sociable esta mamá -pensé, que bien le hace enojarse conmigo.

Cuando llegué, le decía a la Marta que no quería que le sacara una foto con el cartel que llevaba colgado:

"BUSCO NUERA, SUEGRA A LA VISTA"
Con letra más chica, había agregado: "Urgente, si es posible antes de Navidad"

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

CUENTOS DE LA REALIDAD
 

Milagro en ... el Muñíz ...*
 

*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com

Hay que moler los sueños.
La gente no debe pensar.
¿En realidad, la gente piensa?
El ejercicio de pensar alucina.
¿Y que es alucinar?
 
Las preguntas se deslizan muellemente, un mediodía de domingo, en la cautelar y silenciosa molicie, donde se siente el aliento ardiente de Dios o el otro, si son la misma cosa y que obliga a creer "que todos se han ido". Nadie te deja sólo en la víspera, pensé, un consuelo pobre pero excitante de puertas adentro.
 
- Vamos primero al Muñíz para ver a Jorge - ordenó con displicencia Yon, ese día y a esa hora, incómoda para salir, cuando el sol nos da una fiesta.
- ¿Que Jorge? - atiné a ganar tiempo -lo único que puedo ganar -.
- ¿Cuantos Jorge amigos, tenemos con SIDA? -
-  Ah... es cierto -, me disculpé.
- ¿Y como está? - quise reparar.
- Eso es lo que vamos a averiguar y como anda de remedios - agregó sin mirarme.
 
Estábamos en una mesa externa de "La Sextana" de Banfield. Dos Absolut con hielo granizado y jugo de naranja, nos hermanaban. Algunos bocaditos salados, dispersos, me parecieron apóstoles en retirada, mientras atacaba, implacable uno, adornado por majestuosa aceituna negra descansando sobre su capa de paté de ganso, apoyados en la meseta plana de una tostada "extra large". Yon vigilaba mi dedicación, de ojos entrecerrados,. No había decidido si seguir llamándolo Yon Eibar, después de los vascos que como les cuadra, hicieron silencio místico.
 
- Vamos en tren porque el auto quedó en Constitución - informó detrás de la copa. No hice comentarios porque en realidad debía empezar por discutir su decisión inconsulta. Resigné, por supuesto y partimos rumbo a la estación.
 
La combinación "franquera" de control de pasajes y gendarmes, en el acceso al andén, nos dejó perplejos. Antes, en la boletería, eludimos el "tacle" de cuatro chicos que "piden" en ventanilla. Una adulta, a la izquierda "de su imagen", vigilaba el desempeño de "los recaudadores".
Esto chicos ya no tienen y es posible no hayan conocido, la inocencia.
Nacieron en un momento equivocado de un tiempo equivocado, de padres equivocados y en un mundo equivocado. Además, tampoco pidieron ser traídos y van a resistir para no irse. ¿Donde podrían haber encontrado la inocencia, con esa imagen como posibilidad?.
 
Banfield luce, todavía, "fronteras abiertas". Lomas ya esta alambrada entre los andenes dos y tres. Trenes rigurosamente vigilados y sin Lista de Schindler ¿para qué?,  si estamos en un ghetto de límites imprecisos. Algunos se dan cuenta y hacen la vista gorda.
 
Accedimos a la plataforma y el "balita" blanco y verde, propios colores banfileños,  llegaba deslizando algo tortuosamente su oruga de vagones. Las puertas se abrieron y los escasos pasajeros entraron decididos a escapar del calor, rumbo al aire condicionado. ¿Porque?...  por la intermitencia  de su funcionamiento, complicada con pasajeros ariscos que abrían las ventanillas para "dejar entrar el sol". Es difícil ponernos de acuerdo hasta para sobrevivir. Marcha y la nave va.
 
Escalada sigue igual. Ni un peldaño más. Tanto arriba como abajo. Los puentes mantienen su condición de ratoneras, ahora de verano. ¿Cómo salís de la estación hasta las avenidas de cada lado, después de las diez de la noche, si tienes que caminar? Es un acertijo heredado pero, con este sol, esa figura queda lejos.
 
Igual, todo lo que sirvió en un tiempo te amenaza en el siguiente; por eso, mejor seguir "soplando en el viento".
 
Lanús, que ya consolidó la venta ambulante en los dos puentes, el metálico provoca mayor flujo de adrenalina, debe ser por "los fierros".
 
Dicen que "los fierros" los portan quienes autorizan la instalación ilegal, más la vasta fauna, donde se mezclan jerarquías de la corrupción: política, seguridad y legal, en esa fracción que todos llaman "territorio federal"; allí donde se mira y no se toca. Un indicador del repunte económico para estudiosos.
 
La reactivación, en Lanús, está en marcha.
 
¡Ah¡ y hablando de rigurosidades, los baños públicos de la estación, siguen cerrados, seguramente para conservarlos limpios. Mientras tanto ancianos, embarazadas, y discapacitados, por citar solamente a quienes deben resignar y no tienen escapatoria, adoptan la posición de loto, practican meditación trascendental, se hacen encima, porque para llegar a un bar cercano, hay que atravesar  "el desierto de los tártaros", con avenidas inclementes que, para estas instancias, hacen las veces de carrera de obstáculos.
 
La rueda de la fortuna es más segura que suponer una llegada a tiempo, sin olvidar que, con el pasaje aprobado, se corre el riesgo de no poder volver al andén; linduras del país del "master ".
 
La solución probable y no explorada es la venta dentro del tren y los andenes, de pañales descartables para adultos a precio de fábrica, si es que quedó alguna.
 
Se cerró la puerta automática, detrás del penúltimo vendedor que, por horario concedido por otra mafia comercial, tiene tres minutos "para hacer el vagón" y dejar su lugar al que sigue; si no creen, consulten con Diego, que da sus "recitales" de diez a trece, donde la fusión no es infusión, pero si está autorizada; no es lo mismo "hacer la gala" en un local que sale de Temperley, que intentar cantar Arjona a pasajeros varones del ramal Glew.
Lo cierto es que ese domingo, los cantautores se tomaron franco. Los vendedores, no.
 
Por suerte Gerli, una suerte de Iquique, meca del truchaje demente, reúne a  los vendedores porque allí funciona la Aduana. La estación Gerli lejos de todo, permite ajustar las cuentas de cualquier manera.
 
Avellaneda es una cita trasnochada para compradores de hiper, nostálgicos de otras épocas; ahora se puede uno encontrar con Gardel a bordo de una jirafa, por repetir la postal que he contado otras veces.
 
Hipólito Yrigoyen impresiona. Supo ser un lugar de laburantes y fabriqueras y ahora, los edificios cantan silencios desde el pasado turbulento que se rifó.
 
Por fin Constitución, bajo los influjos de un maquillaje impresionante y restaurador. ¿Que será cuando suceda?, es parte de la gran pregunta, para mirar mejor la miseria de cerca.
A toda esta reflexión el vasco la compartió con una respiración acompasada, certeza de sueño breve, aunque no me engaña y menos cuando le da el sol en la cara.
 
- Vamos hasta Huergo, porque el auto está en lo de Raúl, un lugar seguro por el momento -,  consignó antes de trepar al 62 rumbo a la parada de la imponente Facultad donde se mide con cuidado. Curiosamente Estados Unidos, Carlos Calvo parecen un muestrario de ausencias y catálogo de abandonos.
 
El Alfa gris, custodiado por expertos, reclamaba atención. Mentiras. El dueño de casa comía enfrente, Puerto Madero con la espalda al río se defiende como puede. Le hicimos avisar que regresábamos en breve y nos fuimos.
 
La guardia de un hospital es para mí un escollo insuperable. Le ofrecí esperarlo en el bar de enfrente. Yon me miró de una manera que me hizo
bajar  la mia y luego la cabeza. Así, contando baldosas, gastadas por tanta pesadumbre, lo acompañé y oí las consultas, las explicaciones de las enfermeras, el informe médico, la entrega de una caja cuidadosamente envuelta, que Yon entregó sin que me enterara de que medicamento se trataba, suponiendo que lo fuera y luego, lo más duro, esa charla con Jorge que yo no quería compartir. Cobardías imposibles de repasar. Jorge me palmeó comprensivo y su voz balsámica, fue un canto explicativo de la verdad, una charla didáctica, que Yon escuchó atento, como si nada supiera. El enfermo dijo
 
- El Vaticano polemiza y pelea desde hace 20 años por el SIDA. Un pastor y un jesuita con asiento en Africa, dijeron que "los carteles de las famaceuticas (laboratorios), decidieron el genocidio en Africa al no bajar el precio de los medicamentos contra el SIDA. 29 millones, son los africanos en riesgo. Los laboratorios ganaron en el 2002, 517 millones de dólares" -, tomó aliento, algo a su alcance, todavía, para seguir.
 
- La Organización Mundial de la Salud en ese año consigna tres millones de muertos; 42 millones de contagiados y 11 millones de huérfanos, sólo en Africa. ¿Y que hizo la Iglesia en esos mismos 20 años? Recomendar castidad y sexo sólo en el matrimonio. Condenar el uso de preservativos. Combatir la educación sexual en las escuelas y hospitales, salvo pregonar su "paternidad responsable" y obstaculizar campañas publicitarias apuntadas a evitar la propagación del mal - La mirada verde en la cara aniñada, guardaba expectativas. Yon lo tranquilizó.
 
- Tus medicamentos se los dí al médico -, respiró aliviado. El vasco lo abrazó estrechamente, yo no. Jorge volvió a palmearme en silencio. Soy negro, me dije, pero mi vergüenza enrojeció lo que quedaba de la tarde, salimos, el milagro estaba cumplido. Velozmente buscamos Puerto Madero y la vaca seguidora, así se llama el lugar o algo parecido, el viaje fue silencioso. Llegamos y estacionamos el Alfa gris, caminamos la elegante disposición de los adoquines grises, nos recibió la azafata de turno que, como siempre ocurre, se quedó prendada de las largas y sedosas pestañas del vasco, nos condujo a la mesa de Raúl que portaba una hermosa camisa tenuemente amarilla, pantalón tropical claro y zapatos caramelo pálido, un dechado de elegancia, propia del ejecutivo responsable que es, lástima que cultive nuestra amistad, me digo, en tanto ordenó con voz grave.
 
- La panceta con ciruelas; el lomo envuelto en el cinturón de panceta y una buena dosis de Cabernet Sauvignon, Catena Zapata cosecha 2000 -, pensé en el precio de cada botella y se me desengachó la mandibula, me sentí sediento como nunca, atravesé la estepa arenosa de ojos cerrados, para encontrar a la mujer dorada; lo que ellos tenían que hablar, ya es otra historia.

-Verano de 2005

UNA AGRADABLE REUNIÓN DE AMIGAS*
 
    

Mi amiga Solange llamó para invitarme a salir el domingo. Pasó a buscarme en su automóvil y apenas subí me pidió que no sacara el tema del consorcio porque quería estar tranquila.
     - No te pongas nerviosa - le dije - que con las frenadas podemos ir a parar a la morgue o al cementerio.
     Llegamos a una confitería y apenas nos sentamos  comenzó a contarme los problemas que tiene con el mencionado consorcio como de costumbre y sin parar. No sé como hace para respirar.
     Luego continuó con su viaje a Roma e Israel, detallando emocionada todo lo referente a la religión católica, contó que el Papa la bendijo, habló de la sepultura de Juan XXIII y aseguró que el cadáver no se iba a descomponer y le pidió a Dios que le diera vida para cuando lo beatificaran poder volver nuevamente a Roma.
     "Con un poco de suerte - pensé - podes besuquear el cadáver del Papa."
     También comentó que la bautizaron nuevamente en el Río Jordán.
     Después de este monólogo se acordó que yo estaba allí y me preguntó:
     - Y... ¿tus cosas como van?
     - Y... como siempre... - contesté, - igual.
     Y ahí terminó el encuentro, nos levantamos y nos fuimos. Todo concluyó hasta la próxima agradable y cordial reunión de amigas a la que tal vez dentro de poco me volverá a convocar.

 

*De ELI RAF.

Todo en toda*

Me luce más con una flaca
me luce más con una flaca no muy alta
me luce más con una flaca no muy alta
de enormes pechos

Aunque perderme todo yo
en una toda enorme
conlleva apabullante
                                 vahído:

locura pasajera.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

*
Inventren Próxima estación: Morea.

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30 Diciembre 2011

ESTACIÓN DUDIGNAC

InvenTren.

EL VIEJO TREN*

            
Saludo a Count Basie
               y Carl Sandburg

Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.

Desde las brumosas factorías
los obreros lo saludaban

como a una aparición de lo lejano
con los sueños y los ojos.

Por estas mismas vías,
atravesando barriadas

somnolientas y alambradas,
pasaba el viejo tren

echando densas bocanadas
contra el cielo

como un duende
que va rasgando el silencio

con un eco dolido
de trombón y clarinete.

Por estas mismas vías,
poco antes del amanecer,

pasó como una estrella
repentina,

pañuelo de gasa al cuello,
ancho sombrero

y barbilla siempre levantada,
la bella Chick Lorimer,

con una pequeña maleta,
un perfume, un libro,

y como una exhalación
de lo innombrable.

Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.
                   

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
Brooklyn, N.Y.; junio de 1998.

ESTACIÓN DUDIGNAC

El Sur (Dudignac)*

 
Podría abrir los ojos, encogerme de hombros, decir: "no sé qué estoy haciendo aquí". Y sería verdad, al menos parcialmente. Toda verdad es incompleta, eso lo sabemos. Porque el conocimiento de nuestra propia realidad también es parcial. Verdad es que nunca antes había oído esa palabra, pero no es menos cierto que escucharla me trajo, de repente, imágenes de un tiempo ya pasado, de un lugar nunca visto, de una música extraña...
Creo que lo dijo Urbano Powell, una tarde imposible, mateando. Aunque ya no sé si es recuerdo o presunción. Evoco la palabra: "Dudignac", una voz pronunciándola, el tenue escalofrío que mi cuerpo sintió... Otra voz, no la primera, apuntó: "eso está en Europa, en Francia, en el sur", y la primera voz, tranquila, replicó, "no, ché, eso está aquí mismo, a poco más de 300 kilómetros de Buenos Aires, cerca de Nueve de Julio. Es un pueblito... y bueno, también es una estación abandonada..." un silencio expectante, un leve carraspeo "de aquellas del Midland, ya sabés".
Y yo, que escuchaba en silencio, con el corazón encogido, no sabía, pero... supe.
Supe que tenía que ir a esa estación, y no, no me pregunten, porque aun hoy, aquí sentado, todavía no tengo una respuesta... No podría precisar tampoco los acontecimientos que siguieron. Todo fue un vértigo de acciones sumidas en la niebla. Sé que hablé con personas a quienes no conocía, que acumulé datos innecesarios, que hice preguntas cuya respuesta en realidad no me importaba, porque desde el primer momento, desde que aquella voz pronunció esa palabra, yo sabía que un día mis pies se posarían en la antigua estación abandonada, en ésta en la que ahora me encuentro, viviendo en primera persona esta historia que ni siquiera yo comprendo...

El verde tiene muchos tonos, hay muchos verdes, pero el sur francés es otra cosa. No lo sé yo, yo nunca estuve allí, nunca salí de esta tierra que a veces me resulta inhóspita, pero a la que, sin saber muy bien el motivo, no puedo dejar de amar... Yo no lo sé, repito; pero lo sabe él: ese hombre que escribe, ese hombre que está escribiendo estás líneas, alguna vez estuvo allí, en ese sur plagado de colinas verdes y valles inmensos que su palabra inhábil no alcanza a describir de forma precisa...

Pero yo no lo sé, yo nunca estuve allí. Sin embargo, si cierro estos ojos, testigos de la infamia de más de medio siglo, que sin querer mirar lo han visto casi todo... Si aquí sentado cierro los ya cansados ojos y dejo que mi mente vague libre, puedo sentir el olor de esos viñedos que no son de estas tierras; puedo percibir, sin ver, esos árboles verdes, ese césped que es casi un resplandor a ras de suelo, los diminutos pueblos que adornan las laderas. Pero si abro los ojos, si cedo a la tentación de lo real (pero ¡qué sabemos en el fondo si es, en verdad, real!), vuelvo a estar aquí en Dudignac, una vieja estación abandonada por la que ya no pasa el tren; o tal vez sí: un tren fantasma que no conduce a ningún sitio, sólo al recuerdo de otras gentes que están lejos de aquí, allende el mar y el tiempo, escribiendo palabras que yo no entendería.

Allí, en ese otro lado, en ese otro sur que nunca vi, la estación tiene vida. Hay viajeros que esperan, viajeros que conversan, viajeros solitarios que no saben muy bien cuál será su destino (si lo miramos bien ¿quién sabe, en realidad?). Hay funcionarios con sus uniformes un tanto gastados por el uso, hay maletas, cigarrillos, un viejo reloj, expectativas... Acaso alguna vez, ese hombre que escribe, estuvo en tal lugar, acaso él escuchó la música que ahora, sentado en este banco con los ojos cerrados, me parece evocar.

Con los ojos cerrados se siente un viento fresco, la caricia del sol en pleno rostro, ese sopor me lleva hacia lejanas fechas, me invaden los recuerdos de aquella primavera (¿qué primavera? pienso) Aquella primavera que es mi otoño, tal como siempre fue. Con los ojos cerrados casi puedo sentir el temblor de la tierra, el sonido lejano de un tren que va acercándose, las voces que resuenan alrededor de mí...
Y aunque sepa que por aquí no pasa el tren desde hace más de treinta años, es tan grato dejarse seducir por esa magia... Tal vez sólo por eso, permanezco sentado en este banco, con los ojos cerrados, aguardando en secreto la llegada del tren, ese tren que es tan sólo una esperanza, la inverosímil fantasía de un alma que dormita.
Y entonces, él también, ese hombre que escribe, puede cerrar los ojos; allí parapetado tras su mesa, puede cerrar los ojos, recobrar ese olor casi olvidado, sentir la emanación de los viñedos, las voces, las campanas, y retornar al día en que llegaba el tren que no pudo tomar en su lejana Europa (ese tren que había de conducirle a su destino). Nada importará entonces si el nombre no es el mismo, si es apenas el eco de una voz junto al fuego, una simple palabra que se quedó prendida en el alféizar gris de esa ventana que algunos llaman alma. Tal vez así los dos: ese hombre que sueña (si es que es él, el que sueña), y este hombre que espera (si es que soy el soñado) podamos al final entremezclar nuestras ficciones: su Sur con este Sur, el mío con aquel que nunca he conocido.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop
http://twitter.com/S_Borao_Llop

 

EL TREN PASA CON LA NOSTALGIA DE SUS PAISAJES*

El tren pasa con la nostalgia de sus paisajes.
La muerte siempre nos espía.
Aunque gire la moneda
una manzana nos deforma.
El silencio es duro y no entendemos su idioma.
... Nadie espera.
Penélope ya no siembra sus girasoles
en la punta de la colina.
Los tiene ocultos en el cielo de la boca.
Los pájaros aletean.
Son inmensas sus alas,
y comienzan a sangrar.
No dejes que se anulen las aguas.
Los viejos son puentes que se levantan sobre el río.
No preguntes.
Dios está cerca.
Nada es nada y aun no lo sé.
El tren pasa
desde su dolor,
nos dice adiós.

*De KIMANY RAMOS. kimanyramos@yahoo.es

PASAJERA*
          

- No me gustan las despedidas - había dicho mi amigo Luis.
Después me abrazó con impaciente levedad y se alejó hacia la calle, sin volver el rostro, sin mostrar la menor emoción. Dejando atrás los reflejos de los innumerables cristales, salió de la estación y se dirigió con prisa hacia el aparcamiento. Sonreí. Le conocía bien. Las separaciones le resultaban tan dolorosas como a cualquier otro, pero le molestaba emocionarse. Por ese motivo, siempre que era capaz de prever algún conato de abrazos prolongados y frases empalagosas, escapaba a la situación alegando una prisa que no siempre era fingida. Por otra parte, apenas faltaba un mes para que comenzase la nueva temporada: la rutina de los entrenamientos, el descubrimiento de las virtudes y de los defectos en los jugadores nuevos, la épica de los partidos, los problemas con la directiva... Y ahí íbamos a estar un año más, codo con codo, lidiando con jugadores, directivos y árbitros, empeñándonos en sacar adelante al equipo, sufriendo acaso alguna decepción en forma de final perdida, llenándonos de orgullo cada vez que
alguno de nuestros jugadores llegaba a las ligas superiores. De ahí, del esfuerzo común, provenía nuestra amistad. A través de la enorme cristalera, vi pasar su auto, lanzado ya hacia la costa.
         Consulté el reloj. Aún faltaban quince minutos para la salida del tren que debía tomar. (Tomar un tren - pensé - lo mismo que quien toma café o un aperitivo) Volví a comprobar mi billete; apuré el cortado que se enfriaba sobre la barra de la cafetería; compré algunos diarios; me dejé mecer por una apacible nostalgia.
         Había terminado mi semana. L´ Estartit quedaba ahora allá atrás, arrinconado en los estantes de la memoria. Quedaban pequeños detalles, instantáneas fugaces que fui atrapando y colocando cuidadosa, ordenadamente, en el archivador de recuerdos gratos: Los paseos en barca, la inefable calma de las mañanas de pesca, los atardeceres frente al mar, en la terraza del club náutico o al otro lado del puerto, junto a la playa... Ahora todo era una bonita película en colores cuyas escenas desfilaban a cámara lenta, fotograma a fotograma, ante mis ojos agradecidos. La arena, el inequívoco olor del mar, las islas...
         Pero en este lado, los minutos pasaban implacables. Aferré la bolsa de viaje y bajé las escaleras, al asalto del tren.
         Un andén no difiere en exceso de cualquier otro. Los de esta estación, sin embargo, me resultaron particularmente hostiles (porque me alejaban del mar, de las tranquilas calas, de los inquietantes acantilados, del oleaje y las Medas. Porque me arrojaban de vuelta a la rutina, al trabajo agotador, al rostro siempre huraño y desconfiado del patrón, a la inacabable monotonía sonora de la máquina, a la nave oscura, a los hierros y a tantas cosas que aborrezco y de las que aún no he aprendido a prescindir)
         Mi tren estaba llegando. Puntual como una calamidad. Silencioso como el sueño. Lento y poderoso, hizo su entrada en la estación, se detuvo, escupió algunos viajeros, permitió el abordaje de otros, cerró
impasiblemente sus puertas y partió con el mismo sigilo con que llegara, igual que si estuviese huyendo del bullicio de las estaciones, buscando acaso el anonimato de los raíles.
         Desde mi asiento, pude contemplar cómo la ciudad se iba diluyendo entre árboles, cómo los edificios se transformaban en bosque y las calles dejaban paso a los senderos. "Esta es - pensé - una ciudad de hermosos contrastes. Hay agua, hay vegetación, aire. Es cuanto se necesita para vivir. Hay asfalto, hay civilización. Es cuanto se precisa para ser desdichado".
         Tratando de huir de la tristeza que imperceptiblemente comenzaba a embargarme, indagué con disimulo los rostros de mis escasos compañeros de viaje. Ninguno de ellos consiguió llamar mi atención. Me resigné a los diarios.
         Bombardeos en Mostar, corrupción gubernamental, hambre en alguna parte (o en muchas partes) de África y en otros lugares de difícil pronunciación, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, no menos atroces violaciones de muchachas solitarias en parques nocturnos o garajes o zaguanes oscuros, nuevos atentados... Compruebo sin entusiasmo la fecha, sabiendo de antemano que es inútil. Que la fecha puede ser la de hoy, pero el horror no es nuevo, es el mismo que se repite sin descanso, día tras día, sin que nadie mueva un dedo por cambiar el signo de las cosas, sin que podamos aferrarnos ni siquiera al mínimo consuelo de una remota esperanza.
Agobiado, guardé el diario y busqué una revista de humor, tratando de huir de la espantosa realidad. Con disgusto, con desaliento, comprobé que no tenía ninguna. Se habían quedado atrás, en el hotel o en casa de mis amigos, encerradas en el tiempo de las vacaciones, ajenas al devenir del ajetreo, aparentemente inocentes de las malas noticias que me traían de vuelta a lo cotidiano.
         Estábamos llegando a Barcelona. De nuevo los enormes bloques de viviendas levantándose a izquierda y derecha, como otros tantos nichos alineados frente al pálpito cansado de mis ojos, delatando la presencia de la concentración humana, certificando de alguna manera el fin del verano.
Luego, los túneles sumiendo al tren en las entrañas de la ciudad, entre vistosas pintadas distribuidas por los muros. Alegría o decepción coloreando los rostros de los viajeros que llegaban al final de su viaje y se apiñaban con sus maletas en los pasillos, prestos al abandono de los vagones, resignados al inaplazable retorno a la rutina, de algún modo impacientes por terminar con ese incómodo interludio que separa el verano del resto de los días.
         Lo que siguió fue un barullo de gentes bajando a los andenes, abrazándose, despidiéndose, estorbándose, subiendo con prisa, casi con precipitación, a los vagones detenidos, buscando acomodo para sus maletas y para sí mismos, todo como una película antigua, de ésas en que los personajes se movían a una velocidad insólita y casi ridícula, pero nada de ello me pareció gracioso. Por el contrario, las prisas, el cruce de miradas fugaces, la disimulada lucha por un determinado asiento, los movimientos de cabeza en busca de una ubicación idónea, los gritos, las carreras por los pasillos, no hicieron sino contribuir al desánimo que había ido asentándose en mi alma en los últimos minutos.
         Entre el gentío, me llamaron la atención dos mujeres. Ambas viajaban sin compañía. Una de ellas era rubia, bonita, de ojos inexpresivos.
No supe si lamentar o celebrar que pasase a mi lado sin mirarme. La otra no era hermosa, pero su larga melena negra, sus formas poderosas y un algo exótico en su rostro, en su atuendo, obligaban a mirarla con detenimiento.
En mal español, preguntó si el asiento contiguo al mío estaba libre. Me apresuré a ofrecérselo.
         Cuando el tren se puso en movimiento, noté con asombro que el bolso de mano que descansaba en su regazo se movía. Una diminuta cabeza canina asomó por la abertura. Sonreí con disimulo ante aquella transgresión de las normas. En ese momento, entró el revisor en nuestro vagón. Ella me miró con sus enormes ojos negros. Puso su dedo índice sobre los labios carnosos, pidiéndome silencio, convirtiéndome en su cómplice, llenándome de una extraña ternura.
         Alentado por ese gesto de confianza, me atreví a contemplarla casi con descaro. Su pelo basto, muy oscuro, la voluptuosidad de las nalgas, los labios llenos, gruesos, delataban la raza negra en algún recodo de su árbol genealógico. Todo lo demás parecía claramente occidental. Cuando por fin el revisor hubo contrastado los billetes y abandonado el vagón, le ofrecí un cigarrillo, que ella rehusó, y charlamos. Por sus palabras, supe que venía de Lisboa, que su nombre era Andrea, que regresaba, como todos, de unas cortas vacaciones junto al mar, que siempre viajaba con su perrito y que vivía en una pensión desde que se separó de su novio. Su voz destilaba bondad. Nada dijo acerca de su profesión. Sospeché oscuramente que era prostituta. Tuve ganas de abrazarla. Yo le conté a grandes rasgos las trivialidades que se suelen confiar a alguien que acabamos de conocer. (Pero ya intuía que no se trataba de una extraña, que ese gesto suplicante había tendido un puente entre nosotros, un puente que nos unía  y que nos elevaba sobre el murmullo de las conversaciones a nuestro alrededor, separándonos de esas otras voces, de esos otros rostros que no formaban parte de nuestra pequeña isla en medio de las vías) Ella me hablaba de su Lisboa, de su pasado. Después, la conversación derivó hacia las tópicas generalidades.
Hubo momentos de cálido silencio, de miradas.
El tren se deslizaba veloz sobre los raíles acercándonos a la inevitable separación. En cada pueblecito atravesado, en cada estación, yo le contaba cosas de aquellos lugares, historias que a menudo inventaba para ver el gesto de maravillada sorpresa en el rostro de mi amiga, todo en pos de unos minutos más de conversación, de escuchar una vez más aquella voz con acento portugués que tanto me relajaba, que conseguía arrullarme llevándome a esa dimensión en la que todo es aún posible, donde cabe la ilusión de un mañana, de una flor renaciendo entre los escombros. Otras veces, fue ella quien hizo preguntas, tal vez por idénticas razones. En un par de ocasiones, pronunció mi nombre, atándome a su voz, llenándome de felicidad  y desazón porque ya Lérida había quedado atrás y mi ciudad iba acercándose sin compasión. Yo deseaba prolongar aquel viaje, permanecer allí sentado junto a Andrea que me miraba lánguidamente y cuyas manos oscuras de larguísimas uñas rojas despertaban mis viejos instintos primordiales.
Un silencio de campos vertiginosos corría paralelo allende las ventanillas.
El sol bañaba los rastrojos y los montes lejanos, pero en el interior del vagón no había más luz que la que irradiaban los ojos de Andrea, que a ratos parecían estar buscando algo en el fondo verdoso de los míos. El tren lanzado era una sádica resta de minutos y yo no encontraba las palabras precisas. Me iba perdiendo entre explicaciones casi absurdas sobre los cultivos y el clima, disertaciones inexplicables acerca de la vida en las aldeas de mi tierra y en sus asfixiantes ciudades y exposiciones sinceras de
las maravillas existentes en los tan amados Pirineos, pero todo ello como un alejamiento a pesar de los cuerpos tan cerca, de los rostros casi juntos y las manos rozándose en la división de los asientos. Cada estación era como una siniestra zarpa cayendo sobre mi rostro y desgarrándome. Uno tras otro, iban pasando los kilómetros, el paisaje se iba transformando, la angustia crecía hasta límites intolerables. Ya se divisaban, al fondo, los edificios que marcaban el final de mi viaje, los pétreos sepulcros verticales que iban a sumirme, de nuevo, en la más insoportable tristeza. Pensé, deseé, estuve a punto de pedirle que se bajase conmigo, que renunciase a su Lisboa, que se quedase a mi lado en esta ciudad, que compartiese mi vida.
En cambio, sólo atiné a decir: "Estamos llegando a Zaragoza. En medio de aquellos edificios altos está mi casa" El tren se hundió en las profundidades de la tierra, bajo el ajetreo de la ciudad; fue reduciendo la velocidad, prolongando cruelmente los minutos finales, aquellos en los que ya nada es posible. Por fin, quedó parado entre las luces falsas de la estación. Aun fui capaz de una última inspiración: No me apearía, seguiría con ella hasta Madrid, o hasta Lisboa o al fin del mundo. Un beso en la mejilla me separó de Andrea para siempre. Cuando el tren se puso de nuevo en movimiento, aún pude ver sus ojos clavados en mi rostro, como formulando una pregunta de imposible respuesta.
         Después, recomenzó el decurso de los días de absoluta normalidad.
Regresé a mis obligaciones, a la inmovilidad de una vida sedentaria, enmarcada entre las crudas aristas del trabajo y la soledad.
         Sé que nada es perdurable. Que todo es un tren que viaja incansable entre las innumerables estaciones, deteniéndose efímeramente en alguna de ellas, atravesando otras sin ruido y arrebatando miradas de nostalgia, suspiros. Sé que la vida no es sino un compendio de recuerdos, un asombrado
catálogo de estaciones que fuimos dejando atrás. Pero ahora que el tiempo ha pasado, el recuerdo de aquel viaje, de Andrea, vuelve a mí con insistencia, tiñendo de melancolía los atardeceres, y llevándome incomprensiblemente a ese banco del andén, desde el que, cada tarde, contemplo con atención el
tránsito engañoso de los trenes.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

Lo que Sucedió con el Comunismo que nos Llegó del Cielo,
Pegado en un Asteroide Comunista*

¡Caminemos bajo la lluvia!
Que tus ojos y tu sonrisa mojen mis botas
Hasta dejarlas inservibles.

Caminemos bajo las lluvias,
Y en mente escribamos
Sobre una estación ferroviaria.

¡A caminar bajo el Sol!
Que tu cielo y tus estrellas
Brillen para mis ojos
Hasta reventarlos en astillas gelatinosas.

Y a oscuras escribiremos
Sobre estaciones de tren,
Que nunca hemos visto
Ni imaginado.

¡A salir y andar corriendo,
Cobijados con el viento!
Que tu cuerpo,
Entre delirios de ausencia,
Me posea y me levante por las noches
Hasta desgarrarme.

A salir corriendo
Para que mi cuerpo
Sirva de alimento
A la hierba que se aferra a recordarte,
Y tus manos terminen de escribir
Sobre estaciones de un tren lejano,
al que nunca hemos viajado.

¡Caminemos batidos de tierra mojada!
Que la sangre que adorna tu rostro
Termine por ahogarme,
Y seas tú
Quien termine escribiendo
Alguna historia
Sobre la Estación Dudignac,
Aquella en la que nunca hemos estado,
Y que sólo conozco
Porque alguien quiere escribir sobre ella,
Como si se empeñara
En no entregarla al olvido,
Como yo me empeño
A no entregar aún tus caricias...

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

Aunque ella nunca pueda decir adiós*
 
     
  

*Por Aldima. licaldima@yahoo.com.ar   

Hacer feliz a un niño, al menos por un rato, y complacerse con la fugaz medialuna de su sonrisa, era una de las mayores satisfacciones que la vida podía brindarle a Ezequiel Dudignac. La otra era enamorar a una mujer.
            Desde su más tierna infancia le había fascinado la actuación. Le gustaba disfrazarse durante esas tórridas siestas, cuando nadie lo veía, e interpretar delante del extenso espejo vertical del baño una nutrida galería de personajes, algunos copiados de los que veía en el cine, y otros productos de su primitiva invención. Durante mucho tiempo sostuvo el deseo de ser actor, hasta que para unas Navidades, una tía solterona le regaló un títere, cuya cabeza de plástico ostentara la adusta mirada de un Príncipe Valiente y su vestimenta a cuadros le otorgase la mayor de las elegancias.
A partir de ese día, su vida llegaría a ser muy distinta.
            Participó de diversos cursos de actuación, pero lo que capturó su atención durante su errático devenir artístico fue el teatro infantil. Desde que ingresó por vez primera en semejante universo, la magia lo capturó, especializándose en el manejo de los títeres, ese sutil e intransferible arte de proyectar el alma sobre una mano, recubierta por un personaje muy particular, cruza mística de muñeco y de duende, dueño de una personalidad intransferible, y como dijeran sus queridos maestros de entonces, "hasta podría decirse que están dotados de vida propia".
            Sin embargo, aunque los títeres -y por extensión las marionetas- lo hubiesen hechizado, Ezequiel no se resignaba a permanecer detrás de la cortina negra de la titería, leyendo los textos impresos con distintas clases de voces mientras alzaba los brazos o los desplazaba a un lado y al otro -cuando de marionetas se trataba-. También gozaba paseándose por un escenario, a la manera de un singular clown, aunque sin el absurdo y clásico maquillaje, que nunca toleró. Y si bien gustaba de desarrollar personajes propios, no terminaba de definirse por alguno en particular a la hora de mantener una identidad histriónica. Por lo tanto, la actuación en su vida era un desliz. Lo novedoso, lo imprevisto, lo central eran los títeres.
            Por eso, cuando alguien le comentó acerca del Vagón Infantil que transportaba el tren a Carhue, Ezequiel ni lo dudó. Encontró la manera de entrevistarse con el encargado ferroviario del proyecto, le presentó una carpeta con diseños de futuros trabajos a desarrollar a bordo del Vagón, y en menos de tres meses recorría no sólo el conurbano, sino también otros pueblitos por donde pudiese circular la entrañable trocha angosta, departiendo sonrisas infantiles por dondequiera que arribaban.
            Sin embargo, Ezequiel no estuvo solo en el proyecto. Un tal Marco Cazzolonghi, arrogante mago con aires de seductor de telenovela, también se hallaba aguardando a que lo atendieran en la desolada sala de espera de una burocrática oficina del Ferrocarril Midland. Ambos trabaron un contacto instantáneo, fascinados ante la idea de llegar a ser compañeros en  un movilizante espectáculo infantil. Y antes de conocer una toma de decisiones por parte de los encargados del Ferrocarril, ya se habían puesto a idear un show en conjunto, repartiéndose los tiempos de entrada y duración de cada escena. Tenían estilos un tanto diferentes -Ezequiel era más tierno y cálido con el público, Marco sostenía una rectitud distante no exenta de simpatía-, pero ambos compartían las mismas ganas de inventar, producir, cautivar...
            Una vez instalados en el Vagón Infantil, se proveyeron de todo lo necesario para desplegar una gira creativa. Tan equipados estaban, que aquello hasta les parecía su segunda casa; sobre todo para Ezequiel, a quien su espíritu de aventura podía llevarlo hacia límites insospechados. Para Marco en cambio, aquello sólo era una gira; sabía que volvería a su casa en algunas semanas -si todo funcionaba como lo habían planeado-, por lo que no quería hacerse ninguna idea de pertenencia respecto del Vagón.
A diferencia de su compañero, Lalo se sentía feliz, animosidad que se transmitía a pleno en sus funciones, llevándolo a improvisar más allá de los textos -circunstancia que a Marco siempre le molestó un poco, tan ceñido él al formato de su presentación-. Allí comenzaron a reconocer sus diferencias: Ezequiel era una usina creativa que se potenciaba con cada nueva ocurrencia, dejándose llevar por su propia alegría, imaginando por su cuenta al inventar un parlamento inexistente para uno de sus títeres o crear una exótica danza aborigen para que imite y comparta junto a él en el escenario ese risueño coro de chicos que solía venirlos a ver cada vez que arribaban a la estación de turno. Imprevisibilidad que causaba las risas iniciales de Marco, aunque también generaba en él cierto efecto residual, muy parecido a la envidia; de la peor clase.
Aquí es tiempo de citar el otro ítem que siempre dejaba satisfecho a Ezequiel, y que generó un motivo de disputa impensado -y silencioso- con su compañero de show. Las mujeres lo perdían... Y eso era algo inmanejable, que le quitaba concentración, que lo alejaba de lo infantil de manera inexorable. Como Jeckyll & Hyde, cara y cruz de una misma esencia, el tierno clown que se ganaba el corazón de todos y el irresistible amante que se excitaba con toda mujer bonita que se cruzase en su camino. Pero lo más grave del asunto era lo que ocurría en el mismo trayecto del Vagón Infantil.
Al hacer las reverencias de rigor, sobre el final de cada espectáculo, su atención comenzaba a bascular de manera irremediable entre las iluminadas sonrisas infantiles y las palmas femeninas que lo ovacionaban; palmas que poseían un rostro que gesticulaba pidiendo "¡¡¡O-tra-más!!! ¡¡¡Y no jodemos más!!!"; rostros que él inspeccionaba de soslayo, con una precisión casi quirúrgica, sondeando quién era la madre más hermosa que había llegado hasta allí, acompañando a sus hijos para disfrutar de una tarde mágica......en todo sentido. Mujeres que hasta se acercaban a saludarlo cuando se bajaba del escenario, y cuyas siluetas él admiraba de cerca, desbordante de piropos para con esas cálidas mamás que reían con picardía al saludarlo con un beso, dejándole impregnado su perfume y un breve pero suave contacto con su piel, aroma cuyo recuerdo lo excitaba por las noches. Y cuando no se trataba de las madres, no faltaban tampoco las maestras jardineras.... Dicha particularidad le había hecho ganar el mote de "Tero", ya que al igual que el ave autóctona, solía chillar en un determinado paraje -con una madre que se mantenía sobre el límite de la aceptación de sus propuestas, por ejemplo, recibiendo con ostentosa gala las seductoras virtudes del titiritero-, pero depositando los huevos en otro lugar -manoseando a gusto a una risueña pero provocativa maestra jardinera que se entusiasmara con la idea de conocer el Vagón Infantil con las primeras horas de la noche, cuando los chicos ya se encontraban desde hacía rato en sus respectivos hogares-.
Sin embargo, aquel oculto arte amatorio le era sutilmente boicoteado por Marco -con excusas más que infantiles en un principio-, para quien la envidia se había ido transformando en sólido ataque de celos imposible de dominar. Sólo que Marco era incapaz de pronunciar palabra alguna al respecto. Ni siquiera podía confesarse semejantes sentimientos a sí mismo. ¿Cómo era posible que Ezequiel tuviese tales habilidades, y a él ni siquiera lo registrasen? ¿Sería a raíz de esa distancia que se imponía a si mismo respecto del público? 
            Por su parte, Ezequiel sentía que su suerte respecto de las mujeres venía siendo esquiva desde hacía tiempo. Y aunque desconociese -o ni siquiera reparase en- los reprimidos sentimientos de Marco, sostenía que no era fácil encontrar la manera de seducir a una mamá o maestra jardinera delante de todos, menos aún proponerle delante de sus compañeras de turno, sus alumnos o sus hijos, que la esperaba más tarde, para "enseñarle a sus muñecos"... Si bien había tenido algunos éxitos, no eran los que él hubiera deseado. Aún recordaba a aquella espectacular tetona que lo sedujera hasta límites imposibles cerca de San Sebastián, que lo excitase hasta la locura al abrazarlo, demorando el contacto de su voluminoso pecho contra el suyo al despedirse, y que luego no volviese a verla más, aunque le rogase que acudiera sin falta al Vagón en las próximas horas. De más está decir que aquella noche no pegó un ojo; que deambuló por el Vagón a oscuras, movilizado por una intensa calentura; que Marco lo oyó insultar en susurros ante el moroso discurrir de la madrugada, pero que nada refirió al respecto al levantarse a desayunar...
            Y así anduvieron por las vías, con andar errante, hasta que al culminar la función en la parada Ingeniero De Madrid, pretenciosamente llamada Estación, su suerte quedó echada bajo la forma de una murga uruguaya, con un ciclista como testigo.
            Lo divisaron algunas horas antes, vestido de colores chillones, con unas diminutas antiparras y un oblongo casco azul muy particular, pedaleando por sobre una vereda de tierra, paralela a la vía, y arribaron juntos a la estación. Alcanzaron a oír que le pedía indicaciones al encargado -en ausencia sin aviso del habitual Jefe- sobre cómo llegar hasta la Estación Dudignac. El empleado le señaló que cruzara el paso a nivel que se divisaba a pocas cuadras de allí, y siguiera por ese sendero, que mejoraba notablemente respecto de los Km. que ya había hecho desde 9 de Julio. Por el camino, podía divisar a lo lejos el puente de la Ruta Provincial 65, y más adelante, una cantera inundada donde solían avistarse biguas, garzas y patos. El ciclista le agradeció entusiasta y se tomó un respiro, bebiendo un buen sorbo de Gatorade, sabor limón, proveniente de su cantimplora.
            Estaba a punto de reiniciar la marcha, luego de quedarse a presenciar la entrañable función de Dudignac & Cazzolonghi, mientras éstos se disponían a realizar un último bis delante de los niños congregados durante la tardecita alrededor del Vagón Infantil, cuando un súbito estruendo musical los dejó paralizados. Con las últimas luces diurnas vieron surgir, atónitos, sobre un recodo de la vía, a una movediza y colorida murga uruguaya, que danzaba bulliciosa hacia ellos. Silbatos, matracas, trompetas y redoblantes atronaban el espacio cercano a la Estación, mientras un estridente coro entonaba una bonita prosa de Don Jaime Roos:    
 
"En el tumulto de los húsares de Momo
Encandilado por las luces de otro barrio
Aquel murguista saludando con su gorro
Se despedía como siempre del tablado"
 
            Grandes y chicos, negros y blancos, danzaban vertiginosos, contagiando su alegría, impulsando a los espectadores a seguirlos en su trajín musical sin pensarlo siquiera. El ciclista batió palmas con los brazos en alto, sin bajarse del vehículo, y rió con ganas cuando unos niños disfrazados de arlequines se acercaron para hacerle cosquillas con unos coloridos plumeros de papel. Saludó con las manos en alto a su alrededor, y mientras seguía riendo, se marchó pedaleando hacia el recodo de la vía por donde había arribado la murga.
 
"Que no se apague nunca el eco de los bombos
Que no se lleve los muñecos del tablado
Quiero vivir en el reinado del Rey Momo
Quiero ser húsar de ese ejército endiablado"
 
           
Al ver aquello, Ezequiel quedó fascinado. Su costado más histriónico lo impulsó a sumarse al baile, al salto discordante, al arranque danzarín. Sin embargo, antes de que pudiese dar el primer paso hacia el centro de la murga, emergiendo por entre los coloridos murguistas, una visión lo paralizó.
            Era una morocha de rulos que cortaba el aliento. Aunque carecía de atributos físicos exuberantes, su sensualidad privaba de palabra alguna que pudiese opacarla con una triste descripción. Vestía como una Colombina, en la mejor tradición picaresca italiana, intentando eludir los constantes embates amatorios de un Pierrot que danzaba a su lado, pero que a su vez flirteaba con cualquier otra muchacha que perteneciera a la murga......y que le fuera ajena también. Ezequiel, embutido en su clásico traje de clown farsesco -un tanto distinto al que lucían los recién llegados-, quedó atónito al registrar una sonrisa en los carnosos labios de la morocha, y dudó si tal gentileza le era destinada especialmente a él. Por si acaso, y para despejar toda duda, metió mano dentro de su improvisada galería de recursos y le dedicó una teatralizada reverencia, que ella pareció no contemplar, o sencillamente ignoró.
            Marco también notó la deslumbrante presencia de la Colombina, sólo que la importancia de la misma creció en la medida en que pudo contemplar el hechizo que aquella hermosa muchacha había ejercido sobre Ezequiel. Sus celos lo arrasaron sin piedad, ruborizado por la impotencia, a pesar de lucir sus elegantes galas mágicas. Deseó tener algún magnífico truco a mano como para romper aquel maléfico hechizo deseante, pero sólo pudo contentarse con la inmovilidad de su compañero, incapaz de acercarse hasta ella, más allá de que ejecutase sus habituales monerías teatrales.
            Marco decidió esperar. Por lo visto, la murga había llegado para quedarse, y su inquietante bullicio cirquero constituía un complemento ideal para rematar el espectáculo de magia del flamante Vagón Infantil. Y sólo después, cuando se alejara el público, habría que ver quién de los dos, el mago o el titiritero, brillaba más lejos del escenario.
            Ezequiel, siendo más "Tero" que titiritero o clown, ajeno por completo a su show habitual, sólo pensaba en la morocha. Azorado contemplaba cada uno de sus movimientos, sus contoneos, sus sonrisas... De pronto deseó que todo el mundo conocido se extinguiese delante suyo, y desaparecieran el tren, la estación, los niños con sus madres -para nada atractivas, desde hacía un par de minutos-, la función, la murga, para que allí sólo quedasen ellos dos, en plena soledad campestre, dispuestos a conocerse mucho más intensamente que cualquier otro vínculo que hubieran podido establecer en el pasado.
            A pesar de ello, se lanzó fuera del escenario, mezclándose con los bullangueros integrantes de la murga, evitando cruzarse nuevamente con la filosa mirada de ojos negros de la morocha y su enigmática sonrisa, a fin de no volver a quedar paralizado...
 

*   *   *
 
           
El eco de los últimos aplausos y ovaciones aún perduraba en sus oídos cuando el tren volvió a ponerse en marcha. El armado y desarmado del escenario para la función de títeres, magia y humor era un ejercicio tan aceitado que apenas les demandó unos minutos. Mientras tanto el Pierrot, voz cantante de la murga, negociaba con el maquinista un viaje gratis hasta Dudignac para toda la compañía, ya que la bañadera oriental que los transportaba desde hacía meses había padecido sus últimos estertores de muerte unas pocas cuadras antes de arribar a Ingeniero De Madrid.
Al oír esto, Ezequiel se entusiasmó. Sus ilusiones se proyectaron de inmediato hacia un futuro encuentro ferroviario con la Colombina. Marco, por su lado, satisfecho por su -¿mágica?- intuición, se aprestó a tolerar esos egoístas sentimientos que afloraban más allá de su voluntad, ...¿o no?
Un único vagón de pasajeros quedó unido a la formación, mientras la locomotora realizaba las maniobras correspondientes para acoplar un par de vagones más, uno que transportaba cargas varias -entre ellas, una partida de alimentos que donaba el gobierno provincial para unos recién estrenados comedores infantiles-, y otro perteneciente al correo y las encomiendas. Ambos fueron acoplados junto al de pasajeros y el Infantil, cuyo par de ansiosos pasajeros, en absoluto cansados por la reciente función, deseaban reanudar viaje cuanto antes.
El silbato del tren retumbó en la noche, mientras el potente faro de su morro desgarraba las tinieblas rumbo a Dudignac, y se oía el clásico golpe metálico de los vagones al iniciar la tracción. La noche prometía ser muy cálida para desaprovecharla yéndose a dormir...
Lalo tomó a uno de sus más preciados y entrañables personajes, el títere que en cada show presentaba como "el Caballero Mano de Fuego" -su mejor carta de presentación, sobre todo cuando lo embargaba un súbito acceso de timidez-, y avanzó hacia el vagón de pasajeros, con cierta incertidumbre pero miles de mariposas aleteando a lo largo de sus arterias, concentradas en su abdomen. Marco no quiso quedarse atrás, y sin que Ezequiel lo notase, provisto de la galera, la amplia capa negra y su gloriosa varita mágica, le siguió los pasos.
Al hacer su entrada, Ezequiel saludó en derredor, bromeando al pasar, contagiándose de la perenne bulla que emanaba de aquel simpático y heterogéneo grupo de gente. Así, fue acercándose hasta donde se hallaba sentada la Colombina, quien al ver al "Caballero Mano de Fuego" a la altura del hombro del titiritero, sonrió complacida, sin perder el aura misteriosa que la rodeaba, y le acarició el cabello rubio de lana con el dorso de su dedo índice. Ezequiel emitió un sonoro y trémulo falsete, dando a entender un imprevisto acceso de pudor, mientras el "Caballero Mano de Fuego" se volvía sobre su eje para ocultar el rostro contra la camisa de Lalo. Todos rieron complacidos.
Hasta que Marco interrumpió la escena, adelantándose al exclamar:
-¡Rescataré a este valeroso príncipe de las malditas garras de la vergüenza! -, convirtiendo su varita mágica en un precioso ramo de flores, que solícito le entregó a la morocha como regalo, ruborizándose hasta las orejas, pero contemplándola con mirada dura y distante.
Ella le agradeció el gesto con aire ausente, casi indiferente, como si el mero hecho de haber nacido hermosa, con los años hubiera llegado casi a fastidiarla.
La competencia establecida con ese imprevisto ramo de flores no se le escapó a Ezequiel, quien sintió una profunda y súbita decepción ante la fría acogida de la Colombina respecto del "Caballero Mano de Fuego". Al mismo tiempo, deseó eliminar de inmediato a su compañero de tareas. "Pero, ¿qué te pasa?", pensó para sus adentros. Y como cada vez que se encontraba en un mal trance, apeló a uno de sus mejores amigos para que lo defienda:
-¡Pero que inoportuno es este mago! -, exclamó la contagiosa voz de falsete del "Caballero Mano de Fuego". -¡Siempre aparece con un antiguo truco de cuarta para estropearme la función!
Más risas murgueras, incluida la de la morocha. Sólo que entre las miradas de Ezequiel y Marco volaban letales dardos imaginarios.
            -Quizá nuestro príncipe necesite compañía esta noche -, sugirió el mago, y con un certero y veloz pase de magia hizo aletear una paloma blanca entre sus manos.
            Una exclamación de sorpresa se extendió a su alrededor, mientras estallaban los redoblantes, y la paloma revoloteaba inquieta para posarse sobre uno de los hombros de Marco. Aquello era competencia desleal.
Ezequiel frunció el ceño y subió la apuesta, olvidándose de su compañerismo, sin pensar en nada.
            -¡Prefiero la compañía de unos hermosos ojos negros, Cruel Hechicero de la Noche! -, lo desafió el mismo falsete anterior, extendiendo el brazo con elegancia hasta que los rubios cabellos de lana del "Caballero Mano de Fuego" rozaron la tersa mejilla de la Colombina, quien de súbito -sin dejar las flores ofrecidas por el mago- entrecerró los ojos con dulzura, volviendo a elevar su mano para acariciar aquella tierna cabecita de papel maché, esta vez con varios de sus dedos, gráciles y sutiles.
Sólo que Ezequiel, por una cuestión de profundo orgullo, no podía apartar la vista de Marco. Como si allí mismo, de manera impensada minutos antes, se definiese su mutuo y futuro acontecer laboral.
            -Si lo que deseas es conquistarla, te hará falta mucho amor -, y acto seguido, Marco hizo aparecer de debajo de su capa negra la inconfundible silueta de un corazón de chocolate, envuelto en un brillante papel colorado, que inmediatamente le entregó a la Colombina.
Ovaciones y aplausos, más el estallido de un platillo. La situación estaba complicada. Conocía la mayoría de los trucos que Marco desplegaba en su show -muchos otros que mantenía en secreto también-, y sabía que no podría competir contra él......a menos que cambiara las reglas de juego.
-Sólo un acto de valentía puede conquistar a una dama -, exclamó, estridente, el "Caballero Mano de Fuego", apostando todo en una sola mano. -Y ese acto es el de mostrar las habilidades varoniles más intensas que cada uno posea.
Silbidos de entusiasmo, procaces ovaciones y sonidos de trompetas atronaron el vagón, para beneplácito de la sonriente Colombina -gozosa con el simpático duelo-, a quien algunos de sus compañeros murguistas rodearon en un teatral abrazo, a modo de bandeja que la sirviera para el ganador.
Marco tembló, ignorando hacia dónde correría el "Tero". En estas lides, delante de una mujer, Ezequiel sabía actuar mejor que él. El corrosivo ácido de la envidia le roía las entrañas. Sintió por un instante que el combate, la noche, el mágico e ilusorio proyecto del show de Vagón Infantil se esfumaban en apenas unos segundos de irrupción erótica. El dolor y la furia fraguaban en su interior. La ambivalencia no lo dejaba pensar.
Ezequiel se impacientaba al experimentar sensaciones similares. Le resultaba incomprensible que su mejor compañero de shows hasta la fecha pudiera hacerle una escena de celos como ésta. Pero también recordó que Marco era un hombre, además de mago. Y que jamás le había conocido una pareja, estable u ocasional. "Cosas del destino", se consoló a sí mismo, minimizando el posible dolor del otro. Pero sabía que era un engaño.
La murga bullía, expectante. La morocha los miraba alternativamente, pendiente del resultado, atraída -sin querer admitirlo- hacia tal original rivalidad en su honor. De nada valía conocer cuál era el as en la manga que podía ocultar cualquiera de los dos; y sin embargo, el suspenso aumentaba.
Hasta que el redoblante se dejó oír en demasía, y Marco estalló:
-¡Está bien! -. Y el tamborileo del redoblante cesó con un estruendo de platillos. -Si hay que demostrar habilidades, ¡pues que así sea!
Con un grandilocuente gesto teatral, ajeno a su persona, se cubrió la mitad inferior del rostro con su brazo izquierdo enrollado en la capa, mientras con su mano derecha se golpeaba apenas la cabeza con un extremo de la varita. Acto seguido, desapareció.
Un ahogo de asombro enmudeció al vagón, que contuvo el aliento, disipando cualquier sonrisa. Ezequiel quedó perplejo por un instante. "¡¿Cómo lo hizo?!", chillaba una voz dentro de su mente. Hasta que con su último resto de cordura, conteniendo a duras penas una lengua vacilante, proclamó:
-¡Un aplauso, señoras y señores! -. El sonido de su propia voz lo sorprendió tanto como a los demás. -¡He ahí a un artista que sabe salir limpiamente de escena! -. Y con un murmullo apenas audible, sin poder reprimirse, agregó: -Y a un hombre que conoce sus propias limitaciones.
Los aplausos fueron muy trémulos, esporádicos, hasta que luego de unos instantes estallaron privilegiados, comprendiendo que se hallaban en presencia de un show nunca antes visto. Sólo que sus propios artistas lo desconocían hasta entonces.
            La Colombina se puso de pie, reponiéndose de la sorpresa, tomó la mano libre de Ezequiel entre las suyas, obligando al titiritero a regresar a la realidad, y le rozó los labios con los suyos. La murga explotó en un solo grito, liberando la tensión. Ezequiel parpadeó, incrédulo, como si aquello no fuese lo deseado. La morocha se hizo a un costado y besó en la nariz al "Caballero Mano de Fuego", que tembló con vida propia en manos de Ezequiel, sin que éste pudiese articular palabra. Entonces ella, reteniéndolo con ambas manos, lo condujo fuera del vagón. Un malévolo coro de murguistas le deseó buena suerte, riendo y aplaudiendo a la vez.
            El silbato del tren se dejó oír, como proviniendo de otras épocas. La velocidad de la locomotora pareció disminuir. Algunos solitarios focos de la luz iluminaron brevemente la semipenumbra del pasillo, junto a los escalones del vagón. Ella le rodeó el cuello con los brazos, lo besó con la boca abierta, beso que Ezequiel apenas tuvo el impulso de responder, y le dijo con un tono áspero y sensual:
            -Es la primera vez que me seducen con magia. Pero como ya lo dijo el poeta, el único paraíso posible es el paraíso perdido.
            Dicho lo cual, el tren aplicó los frenos, deteniéndose en la Estación Dudignac. Ezequiel, desconcertado, sin ser él mismo desde la desaparición de Marco, giró la cabeza hacia el exterior. Más allá del andén divisó un almacén de ramos generales, digno de ser confundido con una pulpería; el pueblo parecía haberse detenido en el tiempo. La sensación de irrealidad se tornó aún más punzante al descubrir la insólita presencia de un ciclista pedaleando al cruzar bajo la solitaria luz de otro foco. El "Caballero Mano de Fuego" volvió a temblar con vida propia. Un súbito escalofrío lo adosó contra la pared del vagón. "¿Qué me pasa?", alcanzó a preguntarse Ezequiel, sin darse una respuesta, aunque sintiéndose víctima de un ignominioso hechizo. Las manos de la Colombina yacían ardientes sobre su nuca, los ojos negros clavados en los suyos, a la espera de algo más, aunque sin animarse por el momento.
            Entonces, quebrando aquel maléfico hechizo como un cristal, el movedizo cuerpo de la murga arremetió contra ellos, obligándolos a descender a tropezones en una contracturada danza, mientras entonaban otra pegadiza rima de Don Jaime Roos:

"Era una retirada
Que al despedirse quiere regresar
Se va, se va la murga
Aunque ella nunca pueda decir adiós"
 
          
 Ezequiel trastabilló, a punto de perder el equilibrio al llegar al andén, sostenido apenas por el anónimo abrazo de la murga. La Colombina reía, secundada por Pierrot, quien la cortejaba burlescamente mientras bailaba a los saltos a su alrededor; "Nuevamente la Princesa se perdía entre la gente", canturreó Ezequiel, recordando la rima murguera. Por un instante, aquel sentimiento de extrañeza lo abandonó, aunque no lograba sacarse de la cabeza la cruel imagen de Marco desvaneciéndose en el aire.
            Y aunque le era imposible recuperar la sonrisa, o aquel tórrido sentimiento de seducción que lo embargara al calzarse a su preciado "Caballero Mano de Fuego" a bordo de su entrañable Vagón Infantil, su corazón se agitó trémulo -con un sentimiento de pérdida mucho más incisivo que el experimentado por el alejamiento de la morocha-, mientras la murga se alejaba en la noche rumbo al pueblo, al escuchar aquella esperanzada rima de Don Jaime Roos, una vez más:
 

"Que no se apaguen las bombitas amarillas
Que no se vaya nunca más la retirada
Quiero cantarle una canción a Colombina
Quiero llevarme su sonrisa dibujada"

 

*

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30 Diciembre 2011

LA LUZ QUE NO VES...

TIEMPO*

            Poesía Haiku

Podamos sueños,
cuando no volamos
matamos vida.

La flor de un día
goza en un instante
la eternidad.

Soy pasajera
del tiempo diluido
en la luz astral.

El breve ciclo
copia en el espacio
la luz interior.

INEXISTENTE*

Soñé utopías
corriendo como río
entre las piedras.

Las transgresiones
sutiles y sin saña
arman las fugas.

Creí en el amor
gestando los aromas
que tiñen deseos.

Soñé y soñé
un universo azul
inexistente...

*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

LA LUZ QUE NO VES...

SOMBRAS*

"La sombra no existe, lo que tu llamas sombra es la luz que no ves"
HENRI BARBUSSE

Porque te demoraste tanto amor.
Yo, te esperaba con el alma a la altura  de la luz del alba.
Me hundía en la ventana abierta y aguardaba.
Había olvidado tu nombre.
Y tu sombra, ah, tu amada sombra.
¿Como llamarte entonces?
¿Como olvidarte, conociéndote tanto?
No, no era un  sueño, los ojos se abrían  al deseo.
Y no moría, y no vivía porque no llegabas.
Y llegaste. Por fin. Llegaste.
Pero aun ignoro la lentitud de tu sombra nocturna
Y tu llegada cava en mí una pena silenciosa.
Una pena que ignora, si ha de envejecer junto a tu cuerpo.
Pero me envuelve .Como el mar. El dolor. El goce.
Con un abrazo de oleaje furibundo.
Y me cubres de espuma hasta el borde del miedo.
Y eres mi tierra nativa. Mi amada soledad.
Y aunque la  higuera ya ha dado dos cosechas al año.
Y el follaje ya anuncia el amarillo.
La higuera ha florecido.
Y no es dogma, ni virtud, ni pecado.
Y se que no te irás aunque te vayas.
Y puedo elevar y derrumbar mi cuerpo.
Porque has llegado, amor, y te bendigo.
Y consagro tu nombre...y tus sombras azules.
Y tus luces.
Tus luces tan azules  y tus sombras.
Tus luces y tus sombras y  mi beso.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA VIDA SIN MENTIRAS*

Crónicas del Hombre Alto (n° 73)

 
Si no fuera por esos 20 minutos finales en que la historia pierde vuelo y termina enredándose en los clichés propios de las comedias románticas hollywoodenses, "La mentira original" sería una película impecable. No obstante, a esta comedia -codirigida por Ricky Gervais y Matthew Robinson y protagonizada por el primero- le alcanza con los méritos que exhibe antes de ese final anodino para erigirse como una película conmocionante y movilizadora.
Con un humor inteligente, notable agudeza y acertadas dosis de un sarcasmo que a veces recuerda al de "Los Simpson", el guión plantea la existencia de un mundo utópico donde no existe el engaño por la simple razón de que todas las personas dicen siempre lo que sienten y piensan. Todo allí es transparente y explícito; nada se calla. No hay diplomacia, es cierto, pero tampoco hipocresía. En su primera cita, hombres y mujeres verbalizan sin pudores sus miedos y frustraciones al respecto en tiempo real. Los compañeros de trabajo se demuestran con naturalidad sus celos y antipatías. Los camareros critican con libertad los platos que eligen los clientes. Los jefes confiesan a sus empleados la incomodidad que les provoca despedirlos. Los médicos informan a sus pacientes que probablemente morirán en cuestión de horas, con la misma liviandad con la que se anuncia que va a llover.
En un mundo así, anclado a la inevitabilidad de lo verídico, no hay lugar para la desconfianza, claro, pero tampoco para la ficción. Las películas consisten en un actor que se limita a leer guiones que cuentan episodios históricos estrictamente reales. Y también las propagandas resultan muy singulares, al menos para nuestros ojos contaminados de marketing (en tal sentido, la ironía que destila la escena de la publicidad televisiva de Coca-Cola es demoledora).
El conflicto surge cuando, un buen día, el protagonista Mark Bellison, flamante desempleado y a punto ce quedar literalmente en la calle, siente un impulso irrefrenable que lo lleva a afirmar. por primera vez en la historia de la humanidad, algo que no se corresponde con la realidad de los hechos. Es un impulso al que no sabe cómo calificar ni describir pues, lógicamente, el concepto de mentira no existe; es él quien, sin saberlo, lo acaba de inventar. A partir de ese pecado original, Mark descubrirá que no decir la verdad trae muchos beneficios, sobre todo cuando uno cuenta a su favor con la credulidad absoluta de los demás. Pero muy pronto descubrirá también que, simultáneamente, la mentira puede ayudar a la gente a ser más feliz. Ha nacido el engaño en el mundo, sí, pero con él han nacido también la esperanza y -he aquí el sarcasmo mayúsculo- la fe religiosa. Y es quizás en la formulación y desarrollo de esta ambivalencia moral donde se asientan los mayores aciertos de la película.
"La mentira original" es divertida, y si bien se conforma con cumplir eficazmente su noble objetivo de entretener, se las ingenia, entre carcajadas y sonrisas, para embarcarnos en profundas reflexiones. En primer lugar, nos muestra un mundo en el que la comunicación humana carece de filtros morales y afectivos y, al hacerlo, por oposición, pone en evidencia la gigantesca red de ocultamientos y falsedades cotidianas en la que estamos atrapados y de la cual somos cómplices. Como en uno de esos teoremas cuya hipótesis queda demostrada por el absurdo, la exageración sirve aquí para desnudar cuánto de nosotros permanece sumergido en nuestra vida diaria, cuántas cosas callamos por conveniencia, compasión o buenos modales.
En segundo lugar, esa ácida confrontación entre el mundo utópico y el real nos obliga a imaginar cómo sería vivir en aquél y nos coloca ante la incomodidad de no darnos una respuesta unívoca. Es que, pasadas las risas iniciales, esa honestidad sin concesiones que se nos va mostrando empieza de a poco a volverse difícil de digerir. Es un mundo brutal el de la película, sí, pero la paradoja es que en él nadie se siente ofendido pues nadie conoce otra forma de relacionarse. Somos nosotros, los espectadores, acostumbrados como estamos a vivir en una sociedad regida por el doble discurso, los que sentimos que no podríamos sobrevivir demasiado tiempo en semejantes condiciones de sinceridad.
En tercer lugar, la película nos interroga acerca de nuestra propia credulidad y la inquietante posibilidad de que algunas -o muchas- de las cosas que damos por sentadas como verdades inobjetables sean, en realidad, la obra de algún gran fabulador. Si se piensa, por ejemplo, en las estrategias publicitarias que buscan convencernos de las virtudes de tal o cual producto, o en la manipulación constante a que somos sometidos por los medios masivos de comunicación, es imposible no preguntarse hasta dónde esa sociedad candorosa de la cual se aprovecha Mark Bellison no es un reflejo caricaturesco de la nuestra.
              "La mentira original" propone con ironía un dilema sobre límites éticos. ¿Hasta qué punto es valiosa la honestidad? ¿Hasta qué punto resulta dañosa la mentira? Al exponer en paralelo el costado filoso de la sinceridad y la dimensión piadosa de la mentira no cuestiona, por lo tanto, nuestras elecciones, sino las posturas absolutas al respecto. A todos nos gustaría poder decir siempre lo que pensamos sin temer a las consecuencias. Y sin embargo, sospechamos que afrontar el reverso de esa libertad sería una experiencia acaso intolerable. El infierno sería -sartreana resonancia- la imposibilidad de sustraernos a la constante certeza del veredicto de los otros. Del mismo modo, a todos nos gustaría sabernos a salvo de las decepciones, pero ¿cómo soportar una vida en la que no hay lugar para la desilusión simplemente porque es imposible haberse ilusionado antes?
          "No existe el mundo perfecto; toda opción tiene su precio", parece advertirnos burlonamente la película. Y tiene razón.
 

*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar

DESMURAMOS*

"La poesía empieza allí, donde la última palabra
no la tiene la muerte"
ODYSSEAS ELITIS

Ya no quiero más muros, corazón
Pircas, de ideas, de silencios ¡Tantos muros, tantos!
Condenada al muro de lamentos:
A un campo santo de ausencias y distancias.
A una horda de olvidos. A manos separadas, a un pañuelo negro.
A la esquizofrenia. A un basilisco multicéfalo.
A la placidez embriagada de la adormidera verde.
A un yacuzi sin agua, con algas babosas y ojos de pescado.
A un galeote. Sin remos. Sin rumbo.
Sin bandera.
A un buitre con cara de rectángulo.
Convidada a comer entre los muertos.
A un viejo verso aprendido en mi infancia
"Piden pan, no le dan; piden queso, les dan hueso
y les cortan el pescuezo"
A una torre de Babel. Ignorado. Ignorante. Ignoto.
A un león domesticado, con su lacia melena peinada por Giordano.
A una vaca cansina con sus ubres repletas y el ternero muerto.
A una actual Sodoma en el mar muerto.
Sin Viagra. Sin Champagne. Sin siliconas.
A un pastor sin rebaño. A una noche sin luna.
A un poeta sin versos.

Desmuremos, mi sol.
Desmuramos.

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

 

Etimología*

Mucha gente opina que no es importante conocer la etimología de las palabras. Saber porque al huevo se le llama "huevo", a la tortilla, "tortilla" y a Don José "Don Pepe", es imprescindible en estos tiempos.

Stefen Plumkier que dedicó toda su vida al estudio del origen de las palabras, la razón de su existencia, su significado y su gramática, ejemplarizaba con su léxico, depurado y generoso, al público que asistía a
una de sus innumerables conferencias.

En la lección magistral que impartió en el Colegio de Astrónomos, cautivó al público con las aclaraciones que aportaba a un sin fin de preguntas relacionadas con la jerga científica del espacio. La mayoría tenían origen en las leyendas basadas en deidades, por eso sorprendió tanto que les hablara del Ogro.

Su voz resonaba en el claustro: "En Çatalhöyük, una ciudad que data del período neolítico, fue encontrado lo que se considera el comienzo de la historia de Anatolia. Se trataba de un fresco mural del año 6200 ADC, que presentaba en primer plano, las casas de la localidad, y al fondo, un volcán
humeante en erupción; se cree que el volcán era el Hasanda. Otro fresco, actualmente expuesto en Ankara, representa pictográficamente el mismo pueblo con sus ciudadanos atemorizados por la visita de un ser tan grande, que les tapaba la luz del sol."

"El estudio conjunto de ambos frescos nos identifica el pueblo, nos da el censo de sus habitantes y nos descubre el nombre del Ogro" - Siguió Plumkier - "Este Ogro, que sumía al pueblo en la oscuridad, se llamaba Eclipse y es quien ha dado nombre al fenómeno que se produce al interponerse un objeto sólido entre un punto y un foco de luz"

La Comunidad de Astronomía, desde aquel momento, incluyó un Ogro en su el escudo como principal símbolo heráldico. El escudo se oscureció automáticamente.

*de Joan Mateu. joan@cimat.es

*

"El amor es un tren que parte, un pañuelo saludando desde el andén, una lágrima que rueda buscando asirse al recuerdo, imborrable y eterno".

¿Dónde había leído aquella frase? ¿A quién se la había escuchado decir? ¿La habría imaginado? ¿Estaría escribiendo en el aire? ¿Cuántas cosas puede uno llegar a inventar cuando lo domina el dolor, cuando la única vía de escape hacia alguna de las formas del placer es la propia imaginación?
Quizá, lo sea también un vagón de tren, una locomotora desbocada, un par de rieles que se pierden en el horizonte.
Subió los peldaños del vagón con el peso de su propio desamor sobre los hombros. Se sentía vacío, como si le faltara algo dentro del pecho, eso que hasta no hace mucho le otorgaba consistencia a su propia persona. Y al mismo tiempo, estaba desbordante de recuerdos. Extraña sensación la de la pérdida,
pensó: te llena la cabeza de virtualidades, al tiempo que te vacía de materialidades.
Eludió a los pasajeros que se demoraban en el descanso, fumándose un pucho en un lugar prohibido, para encarar el pasillo y deambular apenas hasta encontrar un asiento vacío donde apoltronarse. Se recostó contra la ventanilla cerrada, cerrándose aún más el abrigo sobre el pecho, como si el frío interior le brotara por los poros, estremeciéndole con un escalofrío.
Un silbato se oyó en la tarde, el suelo del vagón crujió bajo sus pies, y la formación comenzó a moverse, como se movían las hojas de los árboles que circundaban el andén, retrocediendo dentro de su campo visual. Oyó el retumbar de la locomotora dándose ánimos para continuar viaje, y se abandonó a sus
-cíclicos- erráticos pensamientos.
¿Cómo seguir viaje desde ahora? El asiento que quedara vacío a su lado era algo mucho más concreto que cualquier símbolo que pudiese representar su actual estado de ánimo. Vacío de materialidades, vacío de cuerpos, vacío de afectos, vacío. Eterno y creciente dolor.
De pronto, descubrió que ya no recordaba ni su rostro. Sentía la ausencia de su figura, su perfume, su calor. Pero no podía recordar sus facciones. Su cabello, quizás, oscuro y lacio; más no sus rasgos. ¿Cómo era posible?
¿Estaría acaso comenzando a olvidarla? Lo dudaba; si así lo fuera, no sentiría este frío que le ascendía por el cuerpo como gélidas rachas de viento invernal. No: aún la recordaba, intensamente; este olvido sólo era otro ejemplo más de la constante presencia de su ausencia.
Clara. Su nombre apareció en su memoria como un oasis en el desierto.
Nombrarla, musitar ese familiar par de sílabas con un silencioso murmullo, no le hizo recordar aquel rostro que tantas veces contemplara extasiado, pero le abrió una puerta. Allí, hecho un ovillo contra la ventanilla del vagón, se abrió delante suyo un acceso hasta entonces velado por el dolor.
Ingresó de pronto en un pasadizo mental que velozmente lo condujo hacia terrenos inaccesibles para él durante mucho tiempo; terrenos anímicos que le parecían demasiado extraños, como si le perteneciesen a otra persona.
El paisaje se desplazaba hacia atrás, oscilando con el rítmico vaivén del tren; y por encima de él, emergiendo con una misteriosa luminosidad, apareció ella. Clara, recortada contra el marco de la ventanilla, como un tierno fantasma que quisiese penetrar en el vagón y sentarse a su lado, haciéndole compañía en este sombrío momento. Clara, extendiendo sus manos con ramalazos de un calor pleno de ternura, deseosa de ahuyentar para siempre esta devastadora languidez que le enturbiaba los afectos.
Su rostro se acercó al suyo, y aunque percibía el aroma de su piel, aún no conseguía discernir sus rasgos. Podría ser ella, u otra cualquiera. Pero era Clara, no había ninguna duda. Su corazón se lo afirmaba, más que su razón.
¿Razón? ¿Existía alguna clase de racionalidad en este momento dentro suyo?
Su mano derecha se aferró aún más a las solapas del abrigo, queriendo asirla, retenerla, abrazarla.
El calor se extendió por debajo de sus axilas, rodeando su cuerpo, mientras una boca respiraba ansiosa sobre su cuello. La calidez se desplazó hasta rodear sus muslos, mientras una leve pero creciente excitación comenzaba a dominarlo. El frío que sintiera hasta entonces parecía haberse extinguido.
Clara volvía a abrazarlo, a quererlo, a darle más de su calor.
Entreabrió la boca, buscando robarle un beso. Sus labios se encontraron con cierta torpeza, intercambiando sabrosas humedades que ya parecían no recordarse. Su mano quiso desplazarse, pero sólo consiguió aferrar apenas el hombro izquierdo, entrecerrando los párpados, mientras un brazo virtual, luminoso y protector, se desplazaba sobre la brillante piel de la espalda de Clara, y su boca se deshacía del encuentro labial para recorrerle un hombro, inhalando ese perfume que tanto deseara y lo embriagara durante días, semanas, meses.
Entonces descubrió, apenas registrando el escaso contacto que tenía con la realidad que lo circundaba, que el duro asiento del vagón había dado lugar a un mullido sillón de pana, iluminado por una tibia lámpara de pie, que le recordaba una agradable y soleada tarde de otoño. Clara se movía sobre sus
muslos, sin dejar de adherirse contra su cuerpo, con una indescriptible desnudez. Los besos recorrían infinitas distancias, procedentes de un ayer tan maleable que muy pronto se convertía en este presente, reactualizado, vívido, inmortal.
Los brazos de él la aferraron vigorosos, rodeándole la espalda y la cintura, impidiendo que se aleje, provocando que ambas caderas se refregaran entre sí, aumentando el imaginable caudal de excitación. Clara gemía sobre su oído, suspiraba entrecortada, le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, al desplazar sus tibias manos por encima de sus tetillas, rozándolas apenas con sus pezones al izarse y dejarse caer, volviendo a besarlo, hundiéndole la lengua, cerrando ambas piernas para apretarlo cada vez más.
La excitación de él cobraba vigor muy rápidamente, como hacía mucho tiempo no experimentaba. El frío lo había abandonado. Volvía a sentirse amado, deseado, efecto que retribuía con ardor, mientras el traqueteo del tren lo mecía a un lado y al otro, potenciando el vaivén amoroso que le imprimía Clara con sus ondulantes arqueos, sinuosos movimientos que alejaban de sí toda realidad.
Hasta que ya no pudo resistirse más y se dejó ir, liberando sus recuerdos, abriendo los brazos para recibirla y entregarle su savia, permitiendo un encuentro tantas veces negado, compartiendo ese calor inenarrable que siempre deseara retener junto a su corazón. Y así la recordó, sus rasgos afilados, los ojos claros, una nariz recta que prevalecía sobre unos labios pequeños pero carnosos, las cejas oscuras y tupidas, la tensa expresión orgásmica de un intenso amor que por siempre existiría dentro suyo.
Recordó la liviandad con que encaraba la vida al estar junto a ella, la etérea sensación de volar sobre las calles y las playas durante los extensos paseos que disfrutaran juntos, la trascendencia de cada detalle hecho signo, el calor que le transmitiera su mirada durante tanto tiempo, la consistencia de un vínculo que le otorgaba solidez e impedía que se desmembrara en su propia confusión. Comprendió el estatuto que había adquirido el peso de la propia angustia al estar alejado de ella, el horror que experimentara cada noche que se acostara a solas en una cama absurdamente vacía, con la noche
por delante y el sueño resistente a abrazarlo, para conducirlo dentro de ese mágico espacio que creaba cada noche para reencontrarlo con su deseo. Supo que, al convertirse el amor en algo tan leve y el desamor en algo tan pesado, aquello podía conducirlo a una locura tan adherente que jamás conseguiría apartarse de ella, al menos mientras viviera, cargando con aquel dolor hasta el final de sus días. Y el calor que recordara sobre este preciso vagón de tren sólo sería un vano espejismo de los momentos idos,
insustancial y evanescente.
Se resistió a recordar más, a enfrentarse con el dolor, a tolerar la realidad. La creciente sensación cobró una entidad casi física a lo largo de todo su cuerpo. Entonces se dejó ir, llevado en brazos por un orgasmo de raíces tanto físicas como mentales, arropado por una tibieza solar que provenía de sus profundidades anímicas más entrañables, abrazando a su propia Clara en un instante amoroso que él hubiera deseado no se acabase nunca.
Así, mientras continuaba alejándose del dolor de la ausencia, se dejó llevar por el traqueteo hasta la próxima estación, rogando porque siempre existiese una estación más en su camino, y esa extensa vía que lo conducía al recuerdo jamás tuviese un final.

*De ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar

"Feliz daño nuevo!" *
                                              

Martín Micharvegas (de "Parajodas (II)", 1998 (II)

En el daño que viene
seremos probable y comparativamente
más dichosos que en el daño actual

Este daño nos dejará resabios penosos
Como todo daño se irá pero no muy lejos
Nos merecemos otro daño
después de la seguidilla de desbarranques
de daños anteriores

Brindemos por un daño mejor
y despidámonos de éste:

¡Feliz
          Daño
                   Nuevo!

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

*
Inventren Próxima estación: Morea.

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21 Noviembre 2011

EDICIÓN NOVIEMBRE 2011.

TRES TEOREMAS FUERTES*

Teorema 1: del proceso de liberación

El proceso de liberación no es placentero.
El proceso de liberación es doloroso:
Abre tus venas y te muestra que la sangre que corre no sólo es tuya,
Y muchos más antes que tú se han desangrado.

El proceso de liberación te muestra
Que a pesar de tu estúpida felicidad,
No eres libre.
El proceso de liberación te muestra
Que no sabemos qué es la libertad...

Y sólo los cobardes prefieren su inútil felicidad,
Pues sus corazones se amedrentan en sólo pensar
Que pueden vivir un proceso de liberación.

El proceso de liberación nos pone de frente
Ante el proceso histórico donde las relaciones de explotación
Ponen su pie sobre nuestras espaldas.

Y sin embrago,
El proceso de liberación debe darse,
Debe nacer en nosotros:
Sucio, áspero y para nada placentero...

El proceso de liberación se hace maravilloso y creativo
Si la ilusión por construir una identidad propia
(esa etérea fuerza que desconocemos dónde radica),
Alimenta y resana los cuerpos que han transitado el difícil comienzo
De un proceso de liberación.

Teorema 2: del cómo mirar tu sonrisa con calma

La ciudad me devora.
Me cubre con sus asfaltos,
Convierte mis piernas en apéndices suyos:
Me devora.

Su lluvia me ahoga.
Disuelve mi piel
Con el más dulce dolor
Que hay en sus sueños,
Me hace prisionero
De mi propio cuerpo:
Me devora.

Esta ciudad,
Acostumbrada al deambular
De los cuerpos sucios,
De los niños sin ropas:
En verdad me devora.

Toma mis venas y corazones
Y los mezcla con sus edificios,
Nos convierte en una masa
Informe y pestilente:
Me devora.

Teorema 3: el teorema de la redundancia

No te prometo el cielo,
Tampoco te prometo el infierno.

A lo único que llego,
Es a poder ofrecer mis manos.

No te ofrezco el día
Ni la noche,
Y mis manos
Sé que no son gran oferta.

Disculparás lo poco que prometo,
Pero aseguro
Que puedes hacer
Con ellas lo que quieras:

Puedes limpiar tus lágrimas,
Adornar tus risas,
Caminar con ellas entre tus manos...

Y lo más importante de todo:
Puedes contar hasta el número veinte,
En el momento que así lo decidas.

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

 Sueño # 324. cub *
  

*Por Emilio Mozo.

Soñé que me había marchado. El cielo está nublado. Papá ha desaparecido en el aeropuerto. "Seguro que se ha perdido", dijo mamá sin convicción. El único recuerdo que me queda de ella es su adiós ondeando el antiguo pañuelo de encaje heredado de la tía Carmelina.
Anuncian el descenso.
Soy Humberto. Dieciocho años. Destino: Canadá. Sólo hablo español y desconozco la historia del país. Algo había leído sobre un tal Padre Llorente, quien había tratado de evangelizar a los esquimales en otro siglo. Desde entonces quise ser como él, emularlo y propagar la palabra de Cristo.
Me veo pasando por aduana e inmigración; camino por pasillos interminables. Llevo unos carteles de cine bajo la axila y con el otro brazo arrastro la incómoda maleta que tiene una rueda de plástico rota. Desde la pasarela rodante observo en dirección contraria a esa gente tan diferente a la que estoy acostumbrado a ver: dos esquimales sin rostro, enfundados en sus parcas. Los jugadores exageradamente altos de un equipo de básquet se me adelantan apresurados. Un tipo vestido al estilo hip-hop se vuelve y me mira sin demostrar ninguna emoción.

Busco la puerta de salida tratando de descifrar las letras rojas y verdes. Me detengo, intento comunicarme, mediante mi inglés elemental, con un individuo de seguridad:

- Juear go?

El agente, con un rostro que denota estrés, trata de comprender los sonidos que han salido de mi boca, pero, frustrado, se encoge de hombros y finalmente me pregunta:

-Where do you want to go?

Yo tampoco lo entiendo a él. El agente de seguridad sonríe y con un gesto de superioridad me toma por los hombros y me gira el cuerpo para colocarme en la dirección que debo seguir y me impulsa empujándome levemente con sus manos.
La maleta, los carteles y yo nos movemos con dificultad hasta llegar al área de recepción de viajeros. Paso por las grandes puertas automáticas (susurro "ábrete Sésamo", y sonrío); me encuentro con un gentío que saluda a los recién llegados agitando los brazos. Me ilusiono pensando que están allí para recibirme; disfruto el momento y tímidamente les devuelvo el saludo, aunque sé que esperan a los que ahora se me adelantan. Momentáneamente me siento abandonado hasta que tropiezo con un hombre disfrazado de sacerdote: es él; en las manos sujeta una cartulina con mi nombre: Humberto Mozo.

Al subir al coche intento sentarme a su lado. Me indica con un gesto brusco que me cambie al asiento trasero. Silencio. Me distraigo mirando por la ventanilla la gris autopista, los túneles que aparecen y desaparecen, muchos semáforos que se encienden y apagan -rojos, verdes, amarillos--. Repetición incesante. Silencio

Llegamos a la rue Cul de Sac. Entramos en una casa antigua, que parece vacía, donde falta algo; la siento fría, estéril. El cura carraspea como si fuera a pronunciar un sermón:

-Su habitación está tras la segunda puerta a la izquierda. Las comidas corren por su cuenta. Las luces se apagan a las diez, salvo que tenga que estudiar. No se permiten visitas, ni de hombres ni de mujeres. Espero que asista a misa todas las mañanas. Este sillón que ve aquí es mío y el único que se sienta en él soy yo. El tocadiscos es también mío y nadie debe tocarlo. ¿Me explico? Mañana se presentará ante el cónsul y también se matriculará en el Alexander Technical School. Le he conseguido un trabajo en la lavandería para que ayude con el costo de la manutención. Para conseguir que se asimile a la cultura del país sería preferible que no hablara en español. ¿Alguna pregunta?

-Sí, ¿quién más vive en esta casa?

Incómodo, responde:
-En este momento sólo usted. Si esa es la única pregunta que se le ocurre, le recomiendo que se acueste inmediatamente porque le espera un día bastante atareado mañana. Good night.

Cierro la puerta y me tiro en la cama que está todavía sin hacer. Noto el pequeño crucifijo que me espía desde la pared. Es evidente mi soledad. Me pongo de pie de un salto. Comienzo a pasearme por la que ahora me parece una celda. Comienzo a medir con mis pasos el tamaño del calabozo: uno... dos... tres...

Aburrido, saco del tubo, uno a uno y cuidadosamente, los carteles de cine que he traído conmigo y los aliso con la mano para quitarles las arrugas del viaje. Me interrumpe el fuerte sonido de unos pasos que suben y que finalmente se detienen delante de mi puerta. Me apresuro a recoger los carteles y los escondo debajo de la cama. Los pasos vuelven escaleras abajo. Sigilosamente abro la puerta y logro reconocer a papá, ahora disfrazado de policía, sentado en su sillón escuchando un antiguo y nostálgico bolero. Sobre la mesita hay una copa de licor; en la pared están colocadas unas pantallas de televisión que reproducen mi imagen tal y como estoy observándolo todo desde el pasillo.

-Emilio Mozo (Camagüey, Cuba), narrador y poeta. Recibió una maestría en lengua y literatura española de McGill University (Montreal) y completó los requisitos académicos para el doctorado en Middlebury College (Vermont). Fue honrado con el doctorado Honoris Causa en Literatura por la World Academy of Arts and Culture (1987). Como narrador ha publicado: Cuentos para niños traviesos (1994) Discretos aportes (1997) Shakespeare tropical (1998) Los cuentos de Emilio (2009) 13 cuentos de Emilio (2009) y El gato encantado (2010) ; y como poeta: Desde el ojo de la hormiga (1987), En el ala del mosquito (1988), Marginalmente literario (1991), Una como autobiografía espiritual (1993) y Entre el agua y el pan (1996).

*Fuente: Aurora Boreal®
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1034%3Asueno-324-cub&catid=81%3Apuro-cuento&Itemid=198

 

 EL BAUL DE "CHIQUIN" CANTONI*
 
     

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

      La relación de mi padre con Domingo Clérici viene de los años cuarenta, que él solía relacionar con aquella gran inundación, porque la casa estaba cerca de los Dallosta y entró agua por lo menos hasta llegar al metro. En ese tiempo mi padre era mensual, tenía apenas unos meses más de veinte años y se acordaba que entre ellos estaba Francisco Cantoni, a quien todos llamaban "Chiquín", y a quien conocí en la otra casa que tuvo la chacra, mucha más cerca de la estancia de los Vollenweider, inmenso y lejano cuasi palacio de dos plantas que yo veía de lejos, cuando de vez en cuando mi padre me ponía sobre sus hombros para que mirara. Con el tiempo me iba hasta la tranquera del camino a Beravebú y subido a ella atisbaba o pretendía espiar los movimientos de esa casa que para mi constituía un misterio porque me parecía imposible que allí hubiese vivido el hombre que fundó y colonizó el pueblo trayendo el ferrocarril.
            En tiempos de mi relato a veces acompañaba a mi padre en sus visitas, a la chacra de Domingo -como el gustaba decir- llevaba la escopeta y me pedía que lo acompañara. El destino había querido que esa nueva construcción estuviera  a tres o cuatro kilómetros del pueblo y se podía ir por el camino mencionado más arriba o cruzando campo como decía la gente del lugar. Allí sí yo me sentía a mis anchas porque cruzando el campo Dallosta podía aparecer una liebre y era casi una fija que mi viejo la matara, pero había algo, un interés superior para que yo me sumara a este remedo de cacería, porque el motivo del viaje era otro. Apenas entrados doscientos metros por ese  campo aparecía la tapera que todavía estaba rodeada por algunos escasos árboles -sauces, creo recordar- y un metro y medio de pared aún en pie. Todo lo demás estaba sembrado. Seguíamos por un campo de alfalfa, y a veces bordeábamos un alambrado cuando había algunos trigales o un maizal orondo, y seguíamos hacia el oeste donde estaba la que llamaba mi padre "casa nueva", cuya primera aproximación visual eran esos grandes árboles, el monte de paraísos, antes las parvas y los chiqueros, el molino tan alto que golpearía con su largo vástago extrayendo el agua que bebería en momentos la caballada antes de ser enviada a pastar a unos de los potreros más lejanos, que todavía guardaban algo de esa alfalfa primorosa y verde con sus jugos refrescantes.
            Cuando teníamos la casa encima ya saltarían esas dos hileras de altos sauces que conectaba el patio de la casa con el camino interno que llegaba hasta el camino del cementerio no sin antes tocar el mismísimo galpón de los Milani, que estaban en la otra punta, enfrente de la chacra de los Bivi.
            En la casa de Los Clérici vivían don Domingo, su mujer doña María, el sobrino de ésta, el inefable "Pichón" Bucelli y también "Chiquín", que era tratado como si fuera de la familia.
            A la altura de lo que llegan mis recuerdos era un hombre muy mayor. Lombardo, como don Juan Dallosta, el vecino. Según  relato de mi padre se vino por el año diez del siglo anterior y se volvió a pelear de voluntario en la primera guerra, y me consta porque "Pichón" me acercó hace poco documentación que así lo certifica.
            Como era socialista probó el aceite de ricino del Duce y tuvo que volverse con la idea de traer a su esposa y a sus hijas. Nunca pudo hacerlo. Por razón de su edad se dedicaba a las tareas menores de las chacras, huerta, gallinero, comida y bebida para todos los animales y en época de juntada todavía se cinchaba en la cintura una maleta y arremetía en el maizal por unos pesos más. Le daban casa y comida y un sueldo, y dormía en un pequeño cuarto de la casa donde también guardaban los arneses.
            Una pequeña cama de hierro, un colchón de chalas, al sur una ventana con rejas que daba al gallinero y su baúl de inmigrante que dada su altura usaba de mesa de luz, encima de él su pipa, su tabaco marca "suiza" que guardaba en una vieja y despintada lata de té "Tigre" era toda su pertenencia.
            En ese baúl que había cruzado dos veces el mar estaba todo lo que tenía en el mundo. Yo nunca vi su contenido, supongo que guardaría ropa, recuerdos personales y algún documento que acreditaba su identidad y el pasaporte en italiano que tuve entre mis manos sesenta años después.
            Trabajaba de lunes a sábado y el domingo se lavaba él mismo su ropa de trabajo, y luego del almuerzo enfilaba a pie hasta el bar de don Marcos Markicich que estaba a la  entrada del pueblo y volvía al anochecer, absolutamente borracho.
            Muchas veces he pensado en la historia de este país nuestro. Emilio Vollenweider vino de la Suiza milenaria como decía Pedroni y don "Chiquín" Cantoni de la campiña lombarda y fueron vecinos, tal vez nunca se hablaron, tal vez ni siquiera se conocieron. Uno era muy rico y el otro era muy pobre. Pero transformaron este paisaje que era de cardos, de avestruces y venados corriendo, por otro de mares amarillos o verdes debajo de  aquel cielo que cruzaron los últimos pájaros libres y perfectos que nunca regresaron.
 
 

variedades verdades*

*

Escucho tus quejas por el vil metal
Como una niña con ojos sin parpadeo
Muñeca inflable destartalada
Por la creencia de ser amada.-

*

De ahora en más
No voy ha pensar en vos
Ni me voy a preocupar por tus sentencias
Esas que me hacen cobarde
Intentaré no ser sumisa en tu presencia
Ni ser la sombra de tus deseos.-

*

No me contamino
De tu impaciencia
Y no me halagan tus bostezos
No me achico ante tu necedad
Ni me muero si te vas.-

*

Las criticas del criticón
Se pegan en la piel de la mujer
Como lanzas del medioevo
Quieren violar la singularidad.-

*

El proyecto de él
No es la aspiración de ella
La seguridad de aquel
Es peligrosa para ella.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

LOS OJOS DE TU MIEDO*
 

Asi es- dijo Sancho­ pero tiene el miedo muchos ojos, y ve las cosas debajo de la tierra, cuanto mas encima del cielo"
MIGUEL DE CERVANTES
 

Es necesario, dices. Y has tirado la llave.
Es necesario que la puerta permanezca cerrada.
Y las ventanas y el corazón y la memoria.
La llave es un bumerang.
Y gime el alba entre los almendros.
Hasta el reflejo en los charcos de atormenta.
Tiemblas detrás de los armarios.
Te escondes en las catacumbas del lecho
Alucinadamente tapas los vidrios con saliva y diarios.
Sientes que se estruja el vientre en tus mazmorras.
 
Tu corazón de lagartija muere entre las cuevas.
T e queda la lengua vacía y las manos secas.
 
Una cobardía  de vida se escinde bajo tierra.
Es necesario abrir los ojos.
 
Y cuando apenas se entreabren las cancelas.
Entiendes...
Los oscuros monstruos. Esos que tanto temes
 
Son menos peligrosos que tus miedos

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA VOZ*

 

*Por Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

Nadie comprendía el por qué y comenzaron a incorporarlo como el juego de un niño muy imaginativo.  Por eso cuando Ezequiel,  a los cinco años rompió el jarrón de porcelana, reliquia  de  la abuela, y dijo que la voz se lo había ordenado, la reprimenda fue leve.
El tiempo comenzó a gotear tal vez demasiado rápido o convertido en un elemento que mezclaba el accionar familiar con lo problemático del afuera  y no permitía reflexionar demasiado  sobre las conductas del  grupo.
Ezequiel  construyó  su refugio  protegido por una muralla  que nadie podía atravesar  y menos aún escuchar sus diálogos secretos, situación  que fue favorecida por la complicidad inconsciente de sus padres  cada uno inmerso en su conflictiva personal.
Su gran inteligencia le permitió sortear los desafíos estudiantiles aunque  su ensimismamiento llamó muchas veces la atención  de sus profesores. En cuanto a su grupo de pertenencia nunca lo tuvo y nadie se preocupó por saber las causas, simplemente lo catalogaron como el "raro".
El crecimiento de su cuerpo y su mente también incrementó el volumen de la voz hasta llegar a despertarlo  en plena noche, obligarlo a levantarse y salir a la calle.
 La primera vez fue solo ese  mandato: abandonar la cama, atravesar la puerta de salida  y caminar en la oscuridad hasta recibir la  orden de volver.  Tuvo miedo y el silencio del afuera lo envolvió como un manto de peligro pero supo que no podía negarse. Cada sombra se le ocurría un monstruo que podía devorarlo, pero  de todos modos cumplió con el mandato. Ya en su cuarto la voz aprobó su obediencia y autorizó un sueño tranquilo.
Así transcurrió su adolescencia, no eran situaciones continuas pero de todos modos siempre estaba en alerta y eso lo sumió en un estado de introversión  que lo alejó de sus pares y de los divertimientos propios de esa etapa de la vida.
Por supuesto interfirió en el trato con las muchachas de su edad, les huía como a los fantasmas de la noche, una tarea muy ardua debido a que su aspecto físico las atraía y su aura de misterio las llevaba a competir en su conquista, lo que determinaba un acoso permanente.
La situación adquirió niveles dramáticos cuando Alcira, la rubia de ojos azules, decidió conquistarlo. Su  interferencia ante cada intento de evasión de él, chocaba con su astucia para evadir el cerco y el goce que ella mostraba ante su éxito  lo aniquilaba.
El accionar de la voz se llamó a silencio como una prueba para saber  hasta donde la inventiva de Ezequiel lo llevaba a eludir el acoso y esa situación lo desconcertaba  haciéndolo sentir desamparado.
El tiempo del silencio le pareció demasiado largo aunque sólo duró unos días y lo llevó a llegar hasta el  borde del río y preguntar a viva voz: 
-  ¿Dónde estás ahora que te necesito?
Hubo un silencio que le pareció eterno y al final llegó la respuesta.
--    No necesitas gritar, estoy en ti.
-  ¿Qué hago ahora? Siempre me dices lo que debo hacer.
-  Tal vez cometí un gran error al no alentar tu iniciativa, pero creo que no es demasiado tarde. Piensa. ¿Qué crees poder hacer al respecto?
          El pánico contrajo el rostro de Ezequiel, un frío insoportable recorrió su espalda mientras su musculatura se tensaba impidiendo todo movimiento.
- - No me abandones ahora, por favor, - imploró moviendo sus manos como  queriendo asir la otra presencia.
- ¿Por qué no aceptas que soy parte de ti? Siempre te resultó más fácil colocarme fuera  que aceptar la responsabilidad  de unirme a tu propio yo. Mi error fue no haberte enfrentado a esa realidad antes y evitar seguir tu juego.
  Como si un rayo le hubiera perforado su cerebro su interior se iluminó, también su entorno modificó su aspecto y una fuerza desconocida lo empujó a internarse en el río.
- Recuerda, no sabes nadar. - le susurró la voz al oído pero no la escuchó, esta vez siguió adelante  hasta que el abrazo del río unió esas dos partes que siempre habían permanecido separadas.

DON PERICO*

A Pedro J. Jaunarena Oharriz,
nacido en 1885, en Iturren, Navarra

a Pedro Tomás Labayan Jaunarena,
amigo y notable pepiniano, fallecido

Contaba Piri Márquez, en programas de radio y en tiempos en que fue llamado el 'Pajarito Investigador', que su afición a la locución fue por causa de Don Perico, inmigrante español a Pepino, tío y padrino de Pedro Tomás, último dueño y administrador de Laurnaga y Co. En su tiempo, antes de su muerte, el tío navarrés y esposo de Quintina Ramírez, pepiniana, fue el contable. Curiosamente, no separan al uno-ave del Don Perico humano.

El mote de pajarito investigador fue homenaje a la cotorra de Don Pedro. Homenaje de Piri, reportero madrugador en la radio. El pueblo dio otro homenaje a Jaunarena Oharriz. Le dio el Don de Perico, como si una cotorra fuese siempre para ser copia del dueño, o un perico siempre una cotorra que acompaña e identifica a quien le enseña groserías. Para investigar las diferencias entre dos entes, Piri les pesquisa a ambos por separado. Descubrió que la cotorra o perico, «lo que haya sido», sólo repite sonidos cuando escucha la radio. Sin embargo, Don Pedro / el Perico / cuando lo azuza la nostalgia de España, el dolor de Pedro Jaunarena, el Manco, esposo de Doña Cleofe, durante aquellos tiempos amargos de 1898 y la violencia campesina en el Pueblo, es cuando más habla, en voz alta y a solas. Don Perico, periquín a escucharle...

En realidad, Jaunarena Oharriz fue como todos los vascos y navarrenses en el pueblo entonces: una comunidad cerrada, recelosa, unida entre ellos por los vículos de familias, sus propias cofradías, sus silenciosos y ocultos hábitos, siempre elitilistas y amigos de incongruencias para que resultara difícil el juicio que los objeta, porque, obviamente, no son como otros criollos los desean. Evitaban los nexos con criollos y con el populacho.

Don Piri no duda que Jaunarena adora su cotorra. Es más, pasea con ella. Mas cuando tiene la nostalgia de la idiosincracia apaga la radio. Demanda silencio de la cotorra. Y Don Perico se calla porque se calla. En esas horas, dedica algunos pensamientos a los viejos Laurnagas que se regresaron a España; recuerda a los Echeandía Vélez (y los Medina) de Cidral, a los Micheo Irigoyen, Zarratea y Martiarena, la parentela del ex-Alcalde Manuel María Liciaga, que fue gente muy diferente a los emparentados con los Méndez y González.

Don Perico, con la simpatía públoca que pueda darle su cotorra, utiliza el recurso como el apoyo que se dio de viejo en el bastón de araguaney, color aceituna, pero siemre va metido en su propio fondo emocional en la historia y tiene un aire cogmatista de Zenón, el Estoico. El no fue conversador. Tenía uan timidez cautelosa y no quería el pleno acercamiento; pero, ahí está Don Perico. O más bien, una avecilla verdigrís Myiopsitta monachus, con su pico amarillo. Será de origen suramericano, del Uruguay tal vez, de donde le vino el bastón de color aceituna.

A veces al navarrés, el Pueblo de Pepino se le antoja lleno de distónicos. El afán de poder y justificación religiosa de los controles nos hace camaleónicos, carnavaleros, mentirosos. Seres con una afectación neurológica difusa que asemeja la demencia cuando le hablan a su pájaro. Nadie le pregunta algo profundo, emocional o histórico. Es una cotorra muda del pasado.

El no puede ser así. No quiere estos juegos; prefiero ser Zenón el estoico y no hablar poco con el populacho que ha de aportarle poco. No se esforzará en quererse democrático si no lo es. «El que quiera hable con Don Perico. Sí, con el Loro, pero no conmigo», parece que dice.

*De Carlos Lopez Dzur.  baudelaire1998@yahoo.com
http://carloslpezdzurpuertorico.blogspot.com/2011/11/don-perico-cuento-rayos-por-el-celo-de.html

Del Por qué Decimos Adiós,
Mientras Comemos Bollos de Pan con Miel*

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y muestra unos tiernos brotes blanquizcos
Como gusanillos cubiertos de tierra...
Con sus primeras hojas verdosas,
Endulza el día
Entre cristales con tu recuerdo.

Tu corazón echa raíces de perejil,
E inunda las noches
Con el aroma de tu mirada,
Para que los antiguos dioses
De la Gran Aztlán
Cobijen con fuego
La ternura de la piel de la Luna.

Tu corazón echa raíces de perejil
En una maceta que es su mundo:
Yo intento explicarle
Que hay más tierra
Que la de aquella maceta,
Que el Sol no se pierde
Cuando se aleja de la ventana,
Que si en un libro sobre la mesa
Mira la palabra "comunismo",
No se espante
Si la tierra bajo sus raicitas
Se levanta de puro gusto...

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y es difícil quitarlo
Porque cuando me acerco y lo intento,
El mío pretende imitarlo.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

EN EL CENTRO DEL MIEDO* 

 
Sabes amor, creo que ha llegado el olvido
Trae  su carro cargado de estiletes.
No me muevo ni muestro el centro  de mi miedo
Arden los leños,  el ojo piensa y la espalda descansa.
 

Ninguna golondrina  ha de regresar a su nido.
Se aleja la rivera y el camaleón se acerca
Y alguien me musita que es el alba y aun aúllan mastines
Las hojas lloran, renacidas ante el desvelo de palomas.
Tengo sed. Solo eso y de ello vivo.
 
Hay un llanto gastado y tiene sus luces apagadas.
Y la lluvia  agoniza en las líneas de tus ausentes manos.
La abeja aun no dice en que orilla  está el néctar y donde la cicuta.
Nadie me ha enseñado cual  es el horizonte  de tu olvido
Tengo la forma que me han dado sus manos.
Y el cántaro esquiva la fuente y el dintel.
Y crece la pena y renueva el latido.
Temblorosa, se enciende la latitud del viento.
Y soy lapida y floresta. Y fabula de arena.
 
Y otra vez la insistencia de sal en la garganta.
Países tan azules y pliegues en la almohada.
Y tus olores  y tus silencios y tus vahos.
 
Sabes amor, creo que ha partido el olvido.
Abro los brazos y en el centro del miedo, te cobijo.
 
 
*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

Sín título*
 

Una vez por año, y en bandadas de a dieciocho, las golondrinas migran, cambian de lugar.
 
Se mudan, sin más que sus compañeras y sus alas, en busca de cielos más cálidos.
 
Los colibríes nunca dejan de batir las alas, éstas son tan pequeñas que necesitan estar en constante movimiento para poder sostener a su portador.
Al quemar tanta energía, los colibríes no pueden pasar más de diez segundos sin ingerir néctar. Necesitan alimentarse constantemente para poder sostenerse.
 
Un día, se derritió un glaciar. El agua que lo constituía se evaporó para después precipitar, obstinada en su helada naturaleza, en forma de nieve.
Ese día, las golondrinas habían decidido desviar para probar ese nuevo cielo que habían descubierto.
 
Una noche, se taló una flor, que no pudo llorar su néctar.
Esa noche, un colibrí había decidido desviar para probar esa nueva flor que había descubierto.
 
Cuando las golondrinas descubrieron que ese cielo no tenía calor, volaron lo más rápido que pudieron hacia otro que sí lo tuviera. Tardaron un año.
 
Cuando el colibrí descubrió que esa flor no tenía néctar, voló lo más rápido que pudo hacia otra que sí lo tuviera. Tardó doce segundos.
 
Para cuando llegaron, las alas ya no se movían.
 
Contando las de la flor y la del glaciar, veintiún vidas y un millón.
 

*Virginia Agretti. virginia.agretti@gmail.com
Santa Fe

¿Qué es el libro electrónico?

*Por Carlos Enrique Cartolano. cecartolano@hotmail.com

Se habla mucho de esta modalidad editorial, aunque poco es lo que se sabe. A continuación, tratamos de explicar el fenómeno filosófico-literario, así como intentamos revelar la identidad de nuevos editores o comerciantes.

¿La revolución está aquí..?

En 2010 la venta mundial de aparatos de lectura digital llegó a los once millones de unidades. Pero como los programas para lectura digital son de libre disposición y funcionan en soportes universales, a aquellos once millones ha de agregarse el parque de computadoras personales de escritorio o portátiles cada vez más pequeñas (sólo en nuestro país unos 8,5 millones de las primeras y unos 3,3 de las segundas). Me dicen, además, que este informe no considera las más recientes y pequeñísimas netbooks.
Y -agregamos- debe pensarse en las ventas del año en curso que -suponen los especialistas- triplicarían las del año anterior. ¿Cómo leeremos en el futuro? ¿Cómo estamos leyendo ya?   Las oportunidades hacen al cambio.

Primer síntoma de cambio:

Decididamente hemos ingresado en la edad de la textualidad electrónica.
Serán más cada vez los libros electrónicos que lleguen a las ferias editoriales reclamando consumidores. Digitalidad cultural creciente hasta lo difícilmente imaginable. Esto es lo que pronostica Roger Chartier en su estudio sobre Lenguas y lecturas en el mundo digital, recordando un cuento de Borges (El Congreso) que califica como anticipatorio, y en el cual el personaje ha de optar por un idioma que sea digno del congreso del mundo.
Para Alejandro Ferri, punto de vista en primera persona, personaje que conlleva la frustración en soledad y la sabiduría de Borges, pero al mismo tiempo la tan característica musculación intelectual del autor de El Libro de Arena, existen varias opciones. Una alternativa es una lengua universal como el esperanto; otra, el latín, idioma que llegó a ser común en la antigüedad, y cuyo imperio podría reponerse. Otra opción es un lenguaje formal -como el de John Wilkins- que promete perfecta correspondencia entre las palabras y las categorías, especies y elementos. Porque la definición de cada palabra está en las letras que la forman, y por eso ese idioma analítico portaría el diccionario en su hablar corriente. Y sostiene Chartier que esa lengua común, que hoy remeda al latín, es el inglés, que remite al mercado de bases de datos numéricos, a los sitios web o de producción y difusión de la información. Pero, a su vez, en lo que se refiere a la jerga de los sistemas de computación, verdadero afluente del inglés, estaríamos ya en presencia de un lenguaje universal como el esperanto. Podría pensarse -dice Chartier- que ese predominio del inglés es antesala de la destrucción lingüística mutiladora de las diversidades. Y puede ser, si nos atenemos a una visión pesimista. Aunque será preferible la prudencia; aguardar a que el futuro continúe sorprendiéndonos. Porque además, el texto electrónico reintroduce en la escritura algo de las lenguas formales que buscaban ese lenguaje simbólico capaz de representar
adecuadamente los procedimientos del pensamiento. Aquí está la invención de símbolos, tales como los emoticones o emoticons, que utilizan pictográficamente caracteres linguísticos del teclado.

Segundo síntoma:

En un artículo publicado por Michel Levin en el New York Times, en enero de 2009, se anunciaba sin previa anestesia la muerte de las editoras tradicionales. Levin, autor de más de 60 libros, algunos de ellos best sellers, anticipaba casi tres años atrás lo que pareciera que aún hoy no se admite. Decía textualmente: Hace algunas semanas murió la industria editorial. La debacle económica fue el meteorito que golpeó al dinosaurio en la mismísima frente. La única sorpresa fue que las editoriales tradicionales
duraran tanto (.)  El ramo que comenzó con editores que amaban los libros y publicaban lo que ellos querían está desapareciendo, víctima de su incapacidad para encontrar una razón de ser en el mundo de Internet y de la impresión según demanda. Y agrega: víctima de su propia arrogancia y de prácticas comerciales insensatas. Se han dicho aquí dos cosas: Internet, concepto por el cual inmediatamente pensamos en los blogs de escritores, en las nuevas revistas literarias virtuales, en escritores que participan de grupos de afinidad en Facebook y en la febril actividad de foros específicos, entre otras cuestiones bien concretas. Y se ha dicho también Impresión según demanda, que alude a ediciones que cuentan con tantos ejemplares en papel como  pedidos remotos se hayan formulado a través de la red, y donde las editoras operan como distribuidoras virtuales que disponen de un botón electrónico que permite producir libros uno por uno. Y agrega Levin que las grandes empresas de la edición subsistirán como entes modestos y menoscabados, pero nunca gozarán de la importancia que tuvieron. Téngase
presente que cuando Levin publicó este artículo aún no comenzaba el auge del e-book o libro electrónico, y la única alternativa parecía ser para el autor la autoedición, de la que bastante sabemos los argentinos. Y no siempre sabemos con buen humor. Aquí arribamos al tercer síntoma:

Tercero: ¡en Estados Unidos se venden YA más libros electrónicos que impresos!

Este es un artículo de Alexandria Library de Miami, distribuido en enero de 2011, casi, casi, un año atrás. En él se sostiene que mientras empresas como Amazon, Apple y Barnes & Noble prosperan debido a su mercado de e-Books, editoras y librerías tradicionales de libros impresos se declaran en
bancarrota o buscan desesperadamente compradores que les ayuden a mantenerse por encima del nivel del agua, mientras cada vez más lectores cambian su favor hacia los libros electrónicos. E imaginaba que en los años venideros los aparatos para leer e-Books (e-readers), tales como Kindle, Nook e iPad
resultarán omnipresentes, tal como sucedió antes con los teléfonos celulares. Librerías como Alexandria, no ya editoriales -quede claro- ofrecen a los autores convertir sus libros a los principales formatos
digitales: PDF, ePub y MOBI, colocándolos después en Amazon, Apple Bookstore, Barnes & Noble, Google, Kobo y Diesel, entre muchísimas más. Este sistema de publicación tiene tres aspectos notables. En primer lugar, la edición es prácticamente automática porque depende de una serie de operaciones lógicas que parten del original en medio magnético provisto por el autor. El segundo, más notable aún, es la distribución, que resulta aséptica, y que en pocas horas pone el libro en la vidriera de cientos de
librerías virtuales de todo el mundo a las que se accede a través de la red. Y finalmente, el aspecto de los recursos económicos: el autor no paga absolutamente nada, y recibe una participación del 50% sobre el precio de tapa deducidos los costos de edición (mínimos según queda dicho). Como si todo esto fuera poco, el lector cuenta con una ventaja adicional: el libro electrónico le cuesta la mitad del precio de volúmenes convencionales.

Tal el camino por el cual se editaron los libros que presento este año en la Feria del Libro de Mar del Plata, que pueden adquirirse a través de Internet. En algunos casos con varios clicks; en otros con sólo un click.

¿Y cómo han reaccionado las ferias editoriales europeas ante la imposición del libro electrónico? Hablamos de las que mayor influencia tienen sobre nuestro país. Liber 2011, la feria del libro de Madrid, incorporó en 2011 la nueva sección Liber Digital, un espacio expositivo destinado a las empresas especializadas en el entorno digital. En él se incluyó el Corner Digital, donde diferentes empresas ofrecieron presentaciones de productos y servicios. Pero es la Feria del libro de Francfort, considerada primera en el mundo, la que amenaza con el liderazgo digital. Ha presentado este año la
novedad de Google, el sistema online de eBooks, que permite al usuario comprar contenidos y visualizarlos en cualquier terminal incluyendo iPhones o iPads de su competidor Apple. A través de esta novedad, la biblioteca personal no está atada a un aparato y por lo tanto no puede perderse u olvidarse. Por ésta y otras novedades, la Feria de Francfort aumentó casi un 50% la superficie destinada a presentaciones digitales, hasta los 1449 metros cuadrados. El núcleo de esta tendencia digital es la serie de conferencias de expertos en el sector conocidas como Sparks (chispas) y que este año lleva por título nada menos que: ¿Cómo se contarán historias en el futuro?

Última grajea del día: Mondadori, Planeta y Alfaguara han sellado una alianza estratégica, e instalan una plataforma digital conjunta para contrarrestar los avances de Google en la edición electrónica... ¿Increíble, no?

Oferta de mis libros electrónicos:
Tierra Regada
Cuerdas - El piquete y otros poemas
Avisos y señales - Poemas del amor que vence a la muerte

Para obtener cualquiera de los libros en Amazon, ingresando al blog del autor: http://latrampadearena.blogspot.com y seleccionando la tapa del libro sobre margen derecho.
O a través de la editorial eMOOBY:
http://www.emooby.com
O también, consultando en Google.com por el nombre completo del autor, y accediendo a más de cien librerías virtuales.

ESTACIÓN DE LAS MADRESELVAS ESCONDIDAS*

Un banco de la Estación , sostiene la pausa y la mujer.
La sustenta como el amor sostiene al tiempo.
Una maleta llena de incertidumbres.
Y un hueco de ausencia redondo como el mundo

El tren se acerca ¿o se aleja? Es una boa de plata.
La mujer se pregunta si la cola de la boa está roja por el llanto.
Arranca sus raíces y le duelen hasta las huellas de sus pasos.
Levita en una butaca con olor a distancia.

El tren   desarraiga su sollozo  en aceros solitarios.
La mujer se deja mecer suavemente.
En sus sueños, aparece su madre.
Cuando despierta siente en su boca un sabor lejano.
Leche dulce de madreselvas blancas.

El tren llega a destino. No sabe si va o viene.
La mujer comprende que partir es llegar.
Y el tren arraiga entre maternos pechos.
Madreselvas de escondidos aceros.
La sustentan como el amor sostiene el tiempo.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

 

*

Inventren Próxima estación: DUDIGNAC.

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21 Noviembre 2011

ESTACIÓN DUDIGNAC.

InvenTren.

EL VIEJO TREN*

             Saludo a Count Basie
               y Carl Sandburg

Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.
  Desde las brumosas factorías
los obreros lo saludaban
como a una aparición
                               de lo lejano
con los sueños y los ojos.
  Por estas mismas vías,
atravesando barriadas
somnolientas y alambradas,
pasaba el viejo tren
echando densas bocanadas
contra el cielo
como un duende
que va rasgando el silencio
con un eco dolido
de trombón y clarinete.
  Por estas mismas vías,
poco antes del amanecer,
pasó como una estrella
repentina,
pañuelo de gasa al cuello,
ancho sombrero
y barbilla siempre levantada,
la bella Chick Lorimer,
con una pequeña maleta,
un perfume, un libro,
y como una exhalación
de lo innombrable.
  Por estas mismas vías
pasaba el viejo tren.
                   

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
Brooklyn, N.Y.; junio de 1998.

  El Sur (Dudignac)*

 
Podría abrir los ojos, encogerme de hombros, decir: "no sé qué estoy haciendo aquí". Y sería verdad, al menos parcialmente. Toda verdad es incompleta, eso lo sabemos. Porque el conocimiento de nuestra propia realidad también es parcial. Verdad es que nunca antes había oído esa palabra, pero no es menos cierto que escucharla me trajo, de repente, imágenes de un tiempo ya pasado, de un lugar nunca visto, de una música extraña...
Creo que lo dijo Urbano Powell, una tarde imposible, mateando. Aunque ya no sé si es recuerdo o presunción. Evoco la palabra: "Dudignac", una voz pronunciándola, el tenue escalofrío que mi cuerpo sintió... Otra voz, no la primera, apuntó: "eso está en Europa, en Francia, en el sur", y la primera voz, tranquila, replicó, "no, ché, eso está aquí mismo, a poco más de 300 kilómetros de Buenos Aires, cerca de Nueve de Julio. Es un pueblito... y bueno, también es una estación abandonada..." un silencio expectante, un leve carraspeo "de aquellas del Midland, ya sabés".
Y yo, que escuchaba en silencio, con el corazón encogido, no sabía, pero... supe.
Supe que tenía que ir a esa estación, y no, no me pregunten, porque aun hoy, aquí sentado, todavía no tengo una respuesta... No podría precisar tampoco los acontecimientos que siguieron. Todo fue un vértigo de acciones sumidas en la niebla. Sé que hablé con personas a quienes no conocía, que acumulé datos innecesarios, que hice preguntas cuya respuesta en realidad no me importaba, porque desde el primer momento, desde que aquella voz pronunció esa palabra, yo sabía que un día mis pies se posarían en la antigua estación abandonada, en ésta en la que ahora me encuentro, viviendo en primera persona esta historia que ni siquiera yo comprendo...

El verde tiene muchos tonos, hay muchos verdes, pero el sur francés es otra cosa. No lo sé yo, yo nunca estuve allí, nunca salí de esta tierra que a veces me resulta inhóspita, pero a la que, sin saber muy bien el motivo, no puedo dejar de amar... Yo no lo sé, repito; pero lo sabe él: ese hombre que escribe, ese hombre que está escribiendo estás líneas, alguna vez estuvo allí, en ese sur plagado de colinas verdes y valles inmensos que su palabra inhábil no alcanza a describir de forma precisa...

Pero yo no lo sé, yo nunca estuve allí. Sin embargo, si cierro estos ojos, testigos de la infamia de más de medio siglo, que sin querer mirar lo han visto casi todo... Si aquí sentado cierro los ya cansados ojos y dejo que mi mente vague libre, puedo sentir el olor de esos viñedos que no son de estas tierras; puedo percibir, sin ver, esos árboles verdes, ese césped que es casi un resplandor a ras de suelo, los diminutos pueblos que adornan las laderas. Pero si abro los ojos, si cedo a la tentación de lo real (pero ¡qué sabemos en el fondo si es, en verdad, real!), vuelvo a estar aquí en Dudignac, una vieja estación abandonada por la que ya no pasa el tren; o tal vez sí: un tren fantasma que no conduce a ningún sitio, sólo al recuerdo de otras gentes que están lejos de aquí, allende el mar y el tiempo, escribiendo palabras que yo no entendería.

Allí, en ese otro lado, en ese otro sur que nunca vi, la estación tiene vida. Hay viajeros que esperan, viajeros que conversan, viajeros solitarios que no saben muy bien cuál será su destino (si lo miramos bien ¿quién sabe, en realidad?). Hay funcionarios con sus uniformes un tanto gastados por el uso, hay maletas, cigarrillos, un viejo reloj, expectativas... Acaso alguna vez, ese hombre que escribe, estuvo en tal lugar, acaso él escuchó la música que ahora, sentado en este banco con los ojos cerrados, me parece evocar.

Con los ojos cerrados se siente un viento fresco, la caricia del sol en pleno rostro, ese sopor me lleva hacia lejanas fechas, me invaden los recuerdos de aquella primavera (¿qué primavera? pienso) Aquella primavera que es mi otoño, tal como siempre fue. Con los ojos cerrados casi puedo sentir el temblor de la tierra, el sonido lejano de un tren que va acercándose, las voces que resuenan alrededor de mí...
Y aunque sepa que por aquí no pasa el tren desde hace más de treinta años, es tan grato dejarse seducir por esa magia... Tal vez sólo por eso, permanezco sentado en este banco, con los ojos cerrados, aguardando en secreto la llegada del tren, ese tren que es tan sólo una esperanza, la inverosímil fantasía de un alma que dormita.
Y entonces, él también, ese hombre que escribe, puede cerrar los ojos; allí parapetado tras su mesa, puede cerrar los ojos, recobrar ese olor casi olvidado, sentir la emanación de los viñedos, las voces, las campanas, y retornar al día en que llegaba el tren que no pudo tomar en su lejana Europa (ese tren que había de conducirle a su destino). Nada importará entonces si el nombre no es el mismo, si es apenas el eco de una voz junto al fuego, una simple palabra que se quedó prendida en el alféizar gris de esa ventana que algunos llaman alma. Tal vez así los dos: ese hombre que sueña (si es que es él, el que sueña), y este hombre que espera (si es que soy el soñado) podamos al final entremezclar nuestras ficciones: su Sur con este Sur, el mío con aquel que nunca he conocido.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop
http://twitter.com/S_Borao_Llop

 

EL TREN PASA CON LA NOSTALGIA DE SUS PAISAJES*

El tren pasa con la nostalgia de sus paisajes.
La muerte siempre nos espía.
Aunque gire la moneda
una manzana nos deforma.
El silencio es duro y no entendemos su idioma.
... Nadie espera.
Penélope ya no siembra sus girasoles
en la punta de la colina.
Los tiene ocultos en el cielo de la boca.
Los pájaros aletean.
Son inmensas sus alas,
y comienzan a sangrar.
No dejes que se anulen las aguas.
Los viejos son puentes que se levantan sobre el río.
No preguntes.
Dios está cerca.
Nada es nada y aun no lo sé.
El tren pasa
desde su dolor,
nos dice adiós.

*De KIMANY RAMOS. kimanyramos@yahoo.es

PASAJERA*
          

- No me gustan las despedidas - había dicho mi amigo Luis.
Después me abrazó con impaciente levedad y se alejó hacia la calle, sin volver el rostro, sin mostrar la menor emoción. Dejando atrás los reflejos de los innumerables cristales, salió de la estación y se dirigió con prisa hacia el aparcamiento. Sonreí. Le conocía bien. Las separaciones le resultaban tan dolorosas como a cualquier otro, pero le molestaba emocionarse. Por ese motivo, siempre que era capaz de prever algún conato de abrazos prolongados y frases empalagosas, escapaba a la situación alegando una prisa que no siempre era fingida. Por otra parte, apenas faltaba un mes para que comenzase la nueva temporada: la rutina de los entrenamientos, el descubrimiento de las virtudes y de los defectos en los jugadores nuevos, la épica de los partidos, los problemas con la directiva... Y ahí íbamos a estar un año más, codo con codo, lidiando con jugadores, directivos y árbitros, empeñándonos en sacar adelante al equipo, sufriendo acaso alguna decepción en forma de final perdida, llenándonos de orgullo cada vez que
alguno de nuestros jugadores llegaba a las ligas superiores. De ahí, del esfuerzo común, provenía nuestra amistad. A través de la enorme cristalera, vi pasar su auto, lanzado ya hacia la costa.
         Consulté el reloj. Aún faltaban quince minutos para la salida del tren que debía tomar. (Tomar un tren - pensé - lo mismo que quien toma café o un aperitivo) Volví a comprobar mi billete; apuré el cortado que se enfriaba sobre la barra de la cafetería; compré algunos diarios; me dejé mecer por una apacible nostalgia.
         Había terminado mi semana. L´ Estartit quedaba ahora allá atrás, arrinconado en los estantes de la memoria. Quedaban pequeños detalles, instantáneas fugaces que fui atrapando y colocando cuidadosa, ordenadamente, en el archivador de recuerdos gratos: Los paseos en barca, la inefable calma de las mañanas de pesca, los atardeceres frente al mar, en la terraza del club náutico o al otro lado del puerto, junto a la playa... Ahora todo era una bonita película en colores cuyas escenas desfilaban a cámara lenta, fotograma a fotograma, ante mis ojos agradecidos. La arena, el inequívoco olor del mar, las islas...
         Pero en este lado, los minutos pasaban implacables. Aferré la bolsa de viaje y bajé las escaleras, al asalto del tren.
         Un andén no difiere en exceso de cualquier otro. Los de esta estación, sin embargo, me resultaron particularmente hostiles (porque me alejaban del mar, de las tranquilas calas, de los inquietantes acantilados, del oleaje y las Medas. Porque me arrojaban de vuelta a la rutina, al trabajo agotador, al rostro siempre huraño y desconfiado del patrón, a la inacabable monotonía sonora de la máquina, a la nave oscura, a los hierros y a tantas cosas que aborrezco y de las que aún no he aprendido a prescindir)
         Mi tren estaba llegando. Puntual como una calamidad. Silencioso como el sueño. Lento y poderoso, hizo su entrada en la estación, se detuvo, escupió algunos viajeros, permitió el abordaje de otros, cerró
impasiblemente sus puertas y partió con el mismo sigilo con que llegara, igual que si estuviese huyendo del bullicio de las estaciones, buscando acaso el anonimato de los raíles.
         Desde mi asiento, pude contemplar cómo la ciudad se iba diluyendo entre árboles, cómo los edificios se transformaban en bosque y las calles dejaban paso a los senderos. "Esta es - pensé - una ciudad de hermosos contrastes. Hay agua, hay vegetación, aire. Es cuanto se necesita para vivir. Hay asfalto, hay civilización. Es cuanto se precisa para ser desdichado".
         Tratando de huir de la tristeza que imperceptiblemente comenzaba a embargarme, indagué con disimulo los rostros de mis escasos compañeros de viaje. Ninguno de ellos consiguió llamar mi atención. Me resigné a los diarios.
         Bombardeos en Mostar, corrupción gubernamental, hambre en alguna parte (o en muchas partes) de África y en otros lugares de difícil pronunciación, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, no menos atroces violaciones de muchachas solitarias en parques nocturnos o garajes o zaguanes oscuros, nuevos atentados... Compruebo sin entusiasmo la fecha, sabiendo de antemano que es inútil. Que la fecha puede ser la de hoy, pero el horror no es nuevo, es el mismo que se repite sin descanso, día tras día, sin que nadie mueva un dedo por cambiar el signo de las cosas, sin que podamos aferrarnos ni siquiera al mínimo consuelo de una remota esperanza.
Agobiado, guardé el diario y busqué una revista de humor, tratando de huir de la espantosa realidad. Con disgusto, con desaliento, comprobé que no tenía ninguna. Se habían quedado atrás, en el hotel o en casa de mis amigos, encerradas en el tiempo de las vacaciones, ajenas al devenir del ajetreo, aparentemente inocentes de las malas noticias que me traían de vuelta a lo cotidiano.
         Estábamos llegando a Barcelona. De nuevo los enormes bloques de viviendas levantándose a izquierda y derecha, como otros tantos nichos alineados frente al pálpito cansado de mis ojos, delatando la presencia de la concentración humana, certificando de alguna manera el fin del verano.
Luego, los túneles sumiendo al tren en las entrañas de la ciudad, entre vistosas pintadas distribuidas por los muros. Alegría o decepción coloreando los rostros de los viajeros que llegaban al final de su viaje y se apiñaban con sus maletas en los pasillos, prestos al abandono de los vagones, resignados al inaplazable retorno a la rutina, de algún modo impacientes por terminar con ese incómodo interludio que separa el verano del resto de los días.
         Lo que siguió fue un barullo de gentes bajando a los andenes, abrazándose, despidiéndose, estorbándose, subiendo con prisa, casi con precipitación, a los vagones detenidos, buscando acomodo para sus maletas y para sí mismos, todo como una película antigua, de ésas en que los personajes se movían a una velocidad insólita y casi ridícula, pero nada de ello me pareció gracioso. Por el contrario, las prisas, el cruce de miradas fugaces, la disimulada lucha por un determinado asiento, los movimientos de cabeza en busca de una ubicación idónea, los gritos, las carreras por los pasillos, no hicieron sino contribuir al desánimo que había ido asentándose en mi alma en los últimos minutos.
         Entre el gentío, me llamaron la atención dos mujeres. Ambas viajaban sin compañía. Una de ellas era rubia, bonita, de ojos inexpresivos.
No supe si lamentar o celebrar que pasase a mi lado sin mirarme. La otra no era hermosa, pero su larga melena negra, sus formas poderosas y un algo exótico en su rostro, en su atuendo, obligaban a mirarla con detenimiento.
En mal español, preguntó si el asiento contiguo al mío estaba libre. Me apresuré a ofrecérselo.
         Cuando el tren se puso en movimiento, noté con asombro que el bolso de mano que descansaba en su regazo se movía. Una diminuta cabeza canina asomó por la abertura. Sonreí con disimulo ante aquella transgresión de las normas. En ese momento, entró el revisor en nuestro vagón. Ella me miró con sus enormes ojos negros. Puso su dedo índice sobre los labios carnosos, pidiéndome silencio, convirtiéndome en su cómplice, llenándome de una extraña ternura.
         Alentado por ese gesto de confianza, me atreví a contemplarla casi con descaro. Su pelo basto, muy oscuro, la voluptuosidad de las nalgas, los labios llenos, gruesos, delataban la raza negra en algún recodo de su árbol genealógico. Todo lo demás parecía claramente occidental. Cuando por fin el revisor hubo contrastado los billetes y abandonado el vagón, le ofrecí un cigarrillo, que ella rehusó, y charlamos. Por sus palabras, supe que venía de Lisboa, que su nombre era Andrea, que regresaba, como todos, de unas cortas vacaciones junto al mar, que siempre viajaba con su perrito y que vivía en una pensión desde que se separó de su novio. Su voz destilaba bondad. Nada dijo acerca de su profesión. Sospeché oscuramente que era prostituta. Tuve ganas de abrazarla. Yo le conté a grandes rasgos las trivialidades que se suelen confiar a alguien que acabamos de conocer. (Pero ya intuía que no se trataba de una extraña, que ese gesto suplicante había tendido un puente entre nosotros, un puente que nos unía  y que nos elevaba sobre el murmullo de las conversaciones a nuestro alrededor, separándonos de esas otras voces, de esos otros rostros que no formaban parte de nuestra pequeña isla en medio de las vías) Ella me hablaba de su Lisboa, de su pasado. Después, la conversación derivó hacia las tópicas generalidades.
Hubo momentos de cálido silencio, de miradas.
El tren se deslizaba veloz sobre los raíles acercándonos a la inevitable separación. En cada pueblecito atravesado, en cada estación, yo le contaba cosas de aquellos lugares, historias que a menudo inventaba para ver el gesto de maravillada sorpresa en el rostro de mi amiga, todo en pos de unos minutos más de conversación, de escuchar una vez más aquella voz con acento portugués que tanto me relajaba, que conseguía arrullarme llevándome a esa dimensión en la que todo es aún posible, donde cabe la ilusión de un mañana, de una flor renaciendo entre los escombros. Otras veces, fue ella quien hizo preguntas, tal vez por idénticas razones. En un par de ocasiones, pronunció mi nombre, atándome a su voz, llenándome de felicidad  y desazón porque ya Lérida había quedado atrás y mi ciudad iba acercándose sin compasión. Yo deseaba prolongar aquel viaje, permanecer allí sentado junto a Andrea que me miraba lánguidamente y cuyas manos oscuras de larguísimas uñas rojas despertaban mis viejos instintos primordiales.
Un silencio de campos vertiginosos corría paralelo allende las ventanillas.
El sol bañaba los rastrojos y los montes lejanos, pero en el interior del vagón no había más luz que la que irradiaban los ojos de Andrea, que a ratos parecían estar buscando algo en el fondo verdoso de los míos. El tren lanzado era una sádica resta de minutos y yo no encontraba las palabras precisas. Me iba perdiendo entre explicaciones casi absurdas sobre los cultivos y el clima, disertaciones inexplicables acerca de la vida en las aldeas de mi tierra y en sus asfixiantes ciudades y exposiciones sinceras de
las maravillas existentes en los tan amados Pirineos, pero todo ello como un alejamiento a pesar de los cuerpos tan cerca, de los rostros casi juntos y las manos rozándose en la división de los asientos. Cada estación era como una siniestra zarpa cayendo sobre mi rostro y desgarrándome. Uno tras otro, iban pasando los kilómetros, el paisaje se iba transformando, la angustia crecía hasta límites intolerables. Ya se divisaban, al fondo, los edificios que marcaban el final de mi viaje, los pétreos sepulcros verticales que iban a sumirme, de nuevo, en la más insoportable tristeza. Pensé, deseé, estuve a punto de pedirle que se bajase conmigo, que renunciase a su Lisboa, que se quedase a mi lado en esta ciudad, que compartiese mi vida.
En cambio, sólo atiné a decir: "Estamos llegando a Zaragoza. En medio de aquellos edificios altos está mi casa" El tren se hundió en las profundidades de la tierra, bajo el ajetreo de la ciudad; fue reduciendo la velocidad, prolongando cruelmente los minutos finales, aquellos en los que ya nada es posible. Por fin, quedó parado entre las luces falsas de la estación. Aun fui capaz de una última inspiración: No me apearía, seguiría con ella hasta Madrid, o hasta Lisboa o al fin del mundo. Un beso en la mejilla me separó de Andrea para siempre. Cuando el tren se puso de nuevo en movimiento, aún pude ver sus ojos clavados en mi rostro, como formulando una pregunta de imposible respuesta.
         Después, recomenzó el decurso de los días de absoluta normalidad.
Regresé a mis obligaciones, a la inmovilidad de una vida sedentaria, enmarcada entre las crudas aristas del trabajo y la soledad.
         Sé que nada es perdurable. Que todo es un tren que viaja incansable entre las innumerables estaciones, deteniéndose efímeramente en alguna de ellas, atravesando otras sin ruido y arrebatando miradas de nostalgia, suspiros. Sé que la vida no es sino un compendio de recuerdos, un asombrado
catálogo de estaciones que fuimos dejando atrás. Pero ahora que el tiempo ha pasado, el recuerdo de aquel viaje, de Andrea, vuelve a mí con insistencia, tiñendo de melancolía los atardeceres, y llevándome incomprensiblemente a ese banco del andén, desde el que, cada tarde, contemplo con atención el
tránsito engañoso de los trenes.

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

Lo que Sucedió con el Comunismo que nos Llegó del Cielo,
Pegado en un Asteroide Comunista*

¡Caminemos bajo la lluvia!
Que tus ojos y tu sonrisa mojen mis botas
Hasta dejarlas inservibles.

Caminemos bajo las lluvias,
Y en mente escribamos
Sobre una estación ferroviaria.

¡A caminar bajo el Sol!
Que tu cielo y tus estrellas
Brillen para mis ojos
Hasta reventarlos en astillas gelatinosas.

Y a oscuras escribiremos
Sobre estaciones de tren,
Que nunca hemos visto
Ni imaginado.

¡A salir y andar corriendo,
Cobijados con el viento!
Que tu cuerpo,
Entre delirios de ausencia,
Me posea y me levante por las noches
Hasta desgarrarme.

A salir corriendo
Para que mi cuerpo
Sirva de alimento
A la hierba que se aferra a recordarte,
Y tus manos terminen de escribir
Sobre estaciones de un tren lejano,
al que nunca hemos viajado.

¡Caminemos batidos de tierra mojada!
Que la sangre que adorna tu rostro
Termine por ahogarme,
Y seas tú
Quien termine escribiendo
Alguna historia
Sobre la Estación Dudignac,
Aquella en la que nunca hemos estado,
Y que sólo conozco
Porque alguien quiere escribir sobre ella,
Como si se empeñara
En no entregarla al olvido,
Como yo me empeño
A no entregar aún tus caricias...

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

Aunque ella nunca pueda decir adiós*
 
     
  

*Por Aldima. licaldima@yahoo.com.ar   

Hacer feliz a un niño, al menos por un rato, y complacerse con la fugaz medialuna de su sonrisa, era una de las mayores satisfacciones que la vida podía brindarle a Ezequiel Dudignac. La otra era enamorar a una mujer.
            Desde su más tierna infancia le había fascinado la actuación. Le gustaba disfrazarse durante esas tórridas siestas, cuando nadie lo veía, e interpretar delante del extenso espejo vertical del baño una nutrida galería de personajes, algunos copiados de los que veía en el cine, y otros productos de su primitiva invención. Durante mucho tiempo sostuvo el deseo de ser actor, hasta que para unas Navidades, una tía solterona le regaló un títere, cuya cabeza de plástico ostentara la adusta mirada de un Príncipe Valiente y su vestimenta a cuadros le otorgase la mayor de las elegancias.
A partir de ese día, su vida llegaría a ser muy distinta.
            Participó de diversos cursos de actuación, pero lo que capturó su atención durante su errático devenir artístico fue el teatro infantil. Desde que ingresó por vez primera en semejante universo, la magia lo capturó, especializándose en el manejo de los títeres, ese sutil e intransferible arte de proyectar el alma sobre una mano, recubierta por un personaje muy particular, cruza mística de muñeco y de duende, dueño de una personalidad intransferible, y como dijeran sus queridos maestros de entonces, "hasta podría decirse que están dotados de vida propia".
            Sin embargo, aunque los títeres -y por extensión las marionetas- lo hubiesen hechizado, Ezequiel no se resignaba a permanecer detrás de la cortina negra de la titería, leyendo los textos impresos con distintas clases de voces mientras alzaba los brazos o los desplazaba a un lado y al otro -cuando de marionetas se trataba-. También gozaba paseándose por un escenario, a la manera de un singular clown, aunque sin el absurdo y clásico maquillaje, que nunca toleró. Y si bien gustaba de desarrollar personajes propios, no terminaba de definirse por alguno en particular a la hora de mantener una identidad histriónica. Por lo tanto, la actuación en su vida era un desliz. Lo novedoso, lo imprevisto, lo central eran los títeres.
            Por eso, cuando alguien le comentó acerca del Vagón Infantil que transportaba el tren a Carhue, Ezequiel ni lo dudó. Encontró la manera de entrevistarse con el encargado ferroviario del proyecto, le presentó una carpeta con diseños de futuros trabajos a desarrollar a bordo del Vagón, y en menos de tres meses recorría no sólo el conurbano, sino también otros pueblitos por donde pudiese circular la entrañable trocha angosta, departiendo sonrisas infantiles por dondequiera que arribaban.
            Sin embargo, Ezequiel no estuvo solo en el proyecto. Un tal Marco Cazzolonghi, arrogante mago con aires de seductor de telenovela, también se hallaba aguardando a que lo atendieran en la desolada sala de espera de una burocrática oficina del Ferrocarril Midland. Ambos trabaron un contacto instantáneo, fascinados ante la idea de llegar a ser compañeros en  un movilizante espectáculo infantil. Y antes de conocer una toma de decisiones por parte de los encargados del Ferrocarril, ya se habían puesto a idear un show en conjunto, repartiéndose los tiempos de entrada y duración de cada escena. Tenían estilos un tanto diferentes -Ezequiel era más tierno y cálido con el público, Marco sostenía una rectitud distante no exenta de simpatía-, pero ambos compartían las mismas ganas de inventar, producir, cautivar...
            Una vez instalados en el Vagón Infantil, se proveyeron de todo lo necesario para desplegar una gira creativa. Tan equipados estaban, que aquello hasta les parecía su segunda casa; sobre todo para Ezequiel, a quien su espíritu de aventura podía llevarlo hacia límites insospechados. Para Marco en cambio, aquello sólo era una gira; sabía que volvería a su casa en algunas semanas -si todo funcionaba como lo habían planeado-, por lo que no quería hacerse ninguna idea de pertenencia respecto del Vagón.
A diferencia de su compañero, Lalo se sentía feliz, animosidad que se transmitía a pleno en sus funciones, llevándolo a improvisar más allá de los textos -circunstancia que a Marco siempre le molestó un poco, tan ceñido él al formato de su presentación-. Allí comenzaron a reconocer sus diferencias: Ezequiel era una usina creativa que se potenciaba con cada nueva ocurrencia, dejándose llevar por su propia alegría, imaginando por su cuenta al inventar un parlamento inexistente para uno de sus títeres o crear una exótica danza aborigen para que imite y comparta junto a él en el escenario ese risueño coro de chicos que solía venirlos a ver cada vez que arribaban a la estación de turno. Imprevisibilidad que causaba las risas iniciales de Marco, aunque también generaba en él cierto efecto residual, muy parecido a la envidia; de la peor clase.
Aquí es tiempo de citar el otro ítem que siempre dejaba satisfecho a Ezequiel, y que generó un motivo de disputa impensado -y silencioso- con su compañero de show. Las mujeres lo perdían... Y eso era algo inmanejable, que le quitaba concentración, que lo alejaba de lo infantil de manera inexorable. Como Jeckyll & Hyde, cara y cruz de una misma esencia, el tierno clown que se ganaba el corazón de todos y el irresistible amante que se excitaba con toda mujer bonita que se cruzase en su camino. Pero lo más grave del asunto era lo que ocurría en el mismo trayecto del Vagón Infantil.
Al hacer las reverencias de rigor, sobre el final de cada espectáculo, su atención comenzaba a bascular de manera irremediable entre las iluminadas sonrisas infantiles y las palmas femeninas que lo ovacionaban; palmas que poseían un rostro que gesticulaba pidiendo "¡¡¡O-tra-más!!! ¡¡¡Y no jodemos más!!!"; rostros que él inspeccionaba de soslayo, con una precisión casi quirúrgica, sondeando quién era la madre más hermosa que había llegado hasta allí, acompañando a sus hijos para disfrutar de una tarde mágica......en todo sentido. Mujeres que hasta se acercaban a saludarlo cuando se bajaba del escenario, y cuyas siluetas él admiraba de cerca, desbordante de piropos para con esas cálidas mamás que reían con picardía al saludarlo con un beso, dejándole impregnado su perfume y un breve pero suave contacto con su piel, aroma cuyo recuerdo lo excitaba por las noches. Y cuando no se trataba de las madres, no faltaban tampoco las maestras jardineras.... Dicha particularidad le había hecho ganar el mote de "Tero", ya que al igual que el ave autóctona, solía chillar en un determinado paraje -con una madre que se mantenía sobre el límite de la aceptación de sus propuestas, por ejemplo, recibiendo con ostentosa gala las seductoras virtudes del titiritero-, pero depositando los huevos en otro lugar -manoseando a gusto a una risueña pero provocativa maestra jardinera que se entusiasmara con la idea de conocer el Vagón Infantil con las primeras horas de la noche, cuando los chicos ya se encontraban desde hacía rato en sus respectivos hogares-.
Sin embargo, aquel oculto arte amatorio le era sutilmente boicoteado por Marco -con excusas más que infantiles en un principio-, para quien la envidia se había ido transformando en sólido ataque de celos imposible de dominar. Sólo que Marco era incapaz de pronunciar palabra alguna al respecto. Ni siquiera podía confesarse semejantes sentimientos a sí mismo. ¿Cómo era posible que Ezequiel tuviese tales habilidades, y a él ni siquiera lo registrasen? ¿Sería a raíz de esa distancia que se imponía a si mismo respecto del público? 
            Por su parte, Ezequiel sentía que su suerte respecto de las mujeres venía siendo esquiva desde hacía tiempo. Y aunque desconociese -o ni siquiera reparase en- los reprimidos sentimientos de Marco, sostenía que no era fácil encontrar la manera de seducir a una mamá o maestra jardinera delante de todos, menos aún proponerle delante de sus compañeras de turno, sus alumnos o sus hijos, que la esperaba más tarde, para "enseñarle a sus muñecos"... Si bien había tenido algunos éxitos, no eran los que él hubiera deseado. Aún recordaba a aquella espectacular tetona que lo sedujera hasta límites imposibles cerca de San Sebastián, que lo excitase hasta la locura al abrazarlo, demorando el contacto de su voluminoso pecho contra el suyo al despedirse, y que luego no volviese a verla más, aunque le rogase que acudiera sin falta al Vagón en las próximas horas. De más está decir que aquella noche no pegó un ojo; que deambuló por el Vagón a oscuras, movilizado por una intensa calentura; que Marco lo oyó insultar en susurros ante el moroso discurrir de la madrugada, pero que nada refirió al respecto al levantarse a desayunar...
            Y así anduvieron por las vías, con andar errante, hasta que al culminar la función en la parada Ingeniero De Madrid, pretenciosamente llamada Estación, su suerte quedó echada bajo la forma de una murga uruguaya, con un ciclista como testigo.
            Lo divisaron algunas horas antes, vestido de colores chillones, con unas diminutas antiparras y un oblongo casco azul muy particular, pedaleando por sobre una vereda de tierra, paralela a la vía, y arribaron juntos a la estación. Alcanzaron a oír que le pedía indicaciones al encargado -en ausencia sin aviso del habitual Jefe- sobre cómo llegar hasta la Estación Dudignac. El empleado le señaló que cruzara el paso a nivel que se divisaba a pocas cuadras de allí, y siguiera por ese sendero, que mejoraba notablemente respecto de los Km. que ya había hecho desde 9 de Julio. Por el camino, podía divisar a lo lejos el puente de la Ruta Provincial 65, y más adelante, una cantera inundada donde solían avistarse biguas, garzas y patos. El ciclista le agradeció entusiasta y se tomó un respiro, bebiendo un buen sorbo de Gatorade, sabor limón, proveniente de su cantimplora.
            Estaba a punto de reiniciar la marcha, luego de quedarse a presenciar la entrañable función de Dudignac & Cazzolonghi, mientras éstos se disponían a realizar un último bis delante de los niños congregados durante la tardecita alrededor del Vagón Infantil, cuando un súbito estruendo musical los dejó paralizados. Con las últimas luces diurnas vieron surgir, atónitos, sobre un recodo de la vía, a una movediza y colorida murga uruguaya, que danzaba bulliciosa hacia ellos. Silbatos, matracas, trompetas y redoblantes atronaban el espacio cercano a la Estación, mientras un estridente coro entonaba una bonita prosa de Don Jaime Roos:    
 
"En el tumulto de los húsares de Momo
Encandilado por las luces de otro barrio
Aquel murguista saludando con su gorro
Se despedía como siempre del tablado"
 
            Grandes y chicos, negros y blancos, danzaban vertiginosos, contagiando su alegría, impulsando a los espectadores a seguirlos en su trajín musical sin pensarlo siquiera. El ciclista batió palmas con los brazos en alto, sin bajarse del vehículo, y rió con ganas cuando unos niños disfrazados de arlequines se acercaron para hacerle cosquillas con unos coloridos plumeros de papel. Saludó con las manos en alto a su alrededor, y mientras seguía riendo, se marchó pedaleando hacia el recodo de la vía por donde había arribado la murga.
 
"Que no se apague nunca el eco de los bombos
Que no se lleve los muñecos del tablado
Quiero vivir en el reinado del Rey Momo
Quiero ser húsar de ese ejército endiablado"
 
           
Al ver aquello, Ezequiel quedó fascinado. Su costado más histriónico lo impulsó a sumarse al baile, al salto discordante, al arranque danzarín. Sin embargo, antes de que pudiese dar el primer paso hacia el centro de la murga, emergiendo por entre los coloridos murguistas, una visión lo paralizó.
            Era una morocha de rulos que cortaba el aliento. Aunque carecía de atributos físicos exuberantes, su sensualidad privaba de palabra alguna que pudiese opacarla con una triste descripción. Vestía como una Colombina, en la mejor tradición picaresca italiana, intentando eludir los constantes embates amatorios de un Pierrot que danzaba a su lado, pero que a su vez flirteaba con cualquier otra muchacha que perteneciera a la murga......y que le fuera ajena también. Ezequiel, embutido en su clásico traje de clown farsesco -un tanto distinto al que lucían los recién llegados-, quedó atónito al registrar una sonrisa en los carnosos labios de la morocha, y dudó si tal gentileza le era destinada especialmente a él. Por si acaso, y para despejar toda duda, metió mano dentro de su improvisada galería de recursos y le dedicó una teatralizada reverencia, que ella pareció no contemplar, o sencillamente ignoró.
            Marco también notó la deslumbrante presencia de la Colombina, sólo que la importancia de la misma creció en la medida en que pudo contemplar el hechizo que aquella hermosa muchacha había ejercido sobre Ezequiel. Sus celos lo arrasaron sin piedad, ruborizado por la impotencia, a pesar de lucir sus elegantes galas mágicas. Deseó tener algún magnífico truco a mano como para romper aquel maléfico hechizo deseante, pero sólo pudo contentarse con la inmovilidad de su compañero, incapaz de acercarse hasta ella, más allá de que ejecutase sus habituales monerías teatrales.
            Marco decidió esperar. Por lo visto, la murga había llegado para quedarse, y su inquietante bullicio cirquero constituía un complemento ideal para rematar el espectáculo de magia del flamante Vagón Infantil. Y sólo después, cuando se alejara el público, habría que ver quién de los dos, el mago o el titiritero, brillaba más lejos del escenario.
            Ezequiel, siendo más "Tero" que titiritero o clown, ajeno por completo a su show habitual, sólo pensaba en la morocha. Azorado contemplaba cada uno de sus movimientos, sus contoneos, sus sonrisas... De pronto deseó que todo el mundo conocido se extinguiese delante suyo, y desaparecieran el tren, la estación, los niños con sus madres -para nada atractivas, desde hacía un par de minutos-, la función, la murga, para que allí sólo quedasen ellos dos, en plena soledad campestre, dispuestos a conocerse mucho más intensamente que cualquier otro vínculo que hubieran podido establecer en el pasado.
            A pesar de ello, se lanzó fuera del escenario, mezclándose con los bullangueros integrantes de la murga, evitando cruzarse nuevamente con la filosa mirada de ojos negros de la morocha y su enigmática sonrisa, a fin de no volver a quedar paralizado...
 

*   *   *
 
           
El eco de los últimos aplausos y ovaciones aún perduraba en sus oídos cuando el tren volvió a ponerse en marcha. El armado y desarmado del escenario para la función de títeres, magia y humor era un ejercicio tan aceitado que apenas les demandó unos minutos. Mientras tanto el Pierrot, voz cantante de la murga, negociaba con el maquinista un viaje gratis hasta Dudignac para toda la compañía, ya que la bañadera oriental que los transportaba desde hacía meses había padecido sus últimos estertores de muerte unas pocas cuadras antes de arribar a Ingeniero De Madrid.
Al oír esto, Ezequiel se entusiasmó. Sus ilusiones se proyectaron de inmediato hacia un futuro encuentro ferroviario con la Colombina. Marco, por su lado, satisfecho por su -¿mágica?- intuición, se aprestó a tolerar esos egoístas sentimientos que afloraban más allá de su voluntad, ...¿o no?
Un único vagón de pasajeros quedó unido a la formación, mientras la locomotora realizaba las maniobras correspondientes para acoplar un par de vagones más, uno que transportaba cargas varias -entre ellas, una partida de alimentos que donaba el gobierno provincial para unos recién estrenados comedores infantiles-, y otro perteneciente al correo y las encomiendas. Ambos fueron acoplados junto al de pasajeros y el Infantil, cuyo par de ansiosos pasajeros, en absoluto cansados por la reciente función, deseaban reanudar viaje cuanto antes.
El silbato del tren retumbó en la noche, mientras el potente faro de su morro desgarraba las tinieblas rumbo a Dudignac, y se oía el clásico golpe metálico de los vagones al iniciar la tracción. La noche prometía ser muy cálida para desaprovecharla yéndose a dormir...
Lalo tomó a uno de sus más preciados y entrañables personajes, el títere que en cada show presentaba como "el Caballero Mano de Fuego" -su mejor carta de presentación, sobre todo cuando lo embargaba un súbito acceso de timidez-, y avanzó hacia el vagón de pasajeros, con cierta incertidumbre pero miles de mariposas aleteando a lo largo de sus arterias, concentradas en su abdomen. Marco no quiso quedarse atrás, y sin que Ezequiel lo notase, provisto de la galera, la amplia capa negra y su gloriosa varita mágica, le siguió los pasos.
Al hacer su entrada, Ezequiel saludó en derredor, bromeando al pasar, contagiándose de la perenne bulla que emanaba de aquel simpático y heterogéneo grupo de gente. Así, fue acercándose hasta donde se hallaba sentada la Colombina, quien al ver al "Caballero Mano de Fuego" a la altura del hombro del titiritero, sonrió complacida, sin perder el aura misteriosa que la rodeaba, y le acarició el cabello rubio de lana con el dorso de su dedo índice. Ezequiel emitió un sonoro y trémulo falsete, dando a entender un imprevisto acceso de pudor, mientras el "Caballero Mano de Fuego" se volvía sobre su eje para ocultar el rostro contra la camisa de Lalo. Todos rieron complacidos.
Hasta que Marco interrumpió la escena, adelantándose al exclamar:
-¡Rescataré a este valeroso príncipe de las malditas garras de la vergüenza! -, convirtiendo su varita mágica en un precioso ramo de flores, que solícito le entregó a la morocha como regalo, ruborizándose hasta las orejas, pero contemplándola con mirada dura y distante.
Ella le agradeció el gesto con aire ausente, casi indiferente, como si el mero hecho de haber nacido hermosa, con los años hubiera llegado casi a fastidiarla.
La competencia establecida con ese imprevisto ramo de flores no se le escapó a Ezequiel, quien sintió una profunda y súbita decepción ante la fría acogida de la Colombina respecto del "Caballero Mano de Fuego". Al mismo tiempo, deseó eliminar de inmediato a su compañero de tareas. "Pero, ¿qué te pasa?", pensó para sus adentros. Y como cada vez que se encontraba en un mal trance, apeló a uno de sus mejores amigos para que lo defienda:
-¡Pero que inoportuno es este mago! -, exclamó la contagiosa voz de falsete del "Caballero Mano de Fuego". -¡Siempre aparece con un antiguo truco de cuarta para estropearme la función!
Más risas murgueras, incluida la de la morocha. Sólo que entre las miradas de Ezequiel y Marco volaban letales dardos imaginarios.
            -Quizá nuestro príncipe necesite compañía esta noche -, sugirió el mago, y con un certero y veloz pase de magia hizo aletear una paloma blanca entre sus manos.
            Una exclamación de sorpresa se extendió a su alrededor, mientras estallaban los redoblantes, y la paloma revoloteaba inquieta para posarse sobre uno de los hombros de Marco. Aquello era competencia desleal.
Ezequiel frunció el ceño y subió la apuesta, olvidándose de su compañerismo, sin pensar en nada.
            -¡Prefiero la compañía de unos hermosos ojos negros, Cruel Hechicero de la Noche! -, lo desafió el mismo falsete anterior, extendiendo el brazo con elegancia hasta que los rubios cabellos de lana del "Caballero Mano de Fuego" rozaron la tersa mejilla de la Colombina, quien de súbito -sin dejar las flores ofrecidas por el mago- entrecerró los ojos con dulzura, volviendo a elevar su mano para acariciar aquella tierna cabecita de papel maché, esta vez con varios de sus dedos, gráciles y sutiles.
Sólo que Ezequiel, por una cuestión de profundo orgullo, no podía apartar la vista de Marco. Como si allí mismo, de manera impensada minutos antes, se definiese su mutuo y futuro acontecer laboral.
            -Si lo que deseas es conquistarla, te hará falta mucho amor -, y acto seguido, Marco hizo aparecer de debajo de su capa negra la inconfundible silueta de un corazón de chocolate, envuelto en un brillante papel colorado, que inmediatamente le entregó a la Colombina.
Ovaciones y aplausos, más el estallido de un platillo. La situación estaba complicada. Conocía la mayoría de los trucos que Marco desplegaba en su show -muchos otros que mantenía en secreto también-, y sabía que no podría competir contra él......a menos que cambiara las reglas de juego.
-Sólo un acto de valentía puede conquistar a una dama -, exclamó, estridente, el "Caballero Mano de Fuego", apostando todo en una sola mano. -Y ese acto es el de mostrar las habilidades varoniles más intensas que cada uno posea.
Silbidos de entusiasmo, procaces ovaciones y sonidos de trompetas atronaron el vagón, para beneplácito de la sonriente Colombina -gozosa con el simpático duelo-, a quien algunos de sus compañeros murguistas rodearon en un teatral abrazo, a modo de bandeja que la sirviera para el ganador.
Marco tembló, ignorando hacia dónde correría el "Tero". En estas lides, delante de una mujer, Ezequiel sabía actuar mejor que él. El corrosivo ácido de la envidia le roía las entrañas. Sintió por un instante que el combate, la noche, el mágico e ilusorio proyecto del show de Vagón Infantil se esfumaban en apenas unos segundos de irrupción erótica. El dolor y la furia fraguaban en su interior. La ambivalencia no lo dejaba pensar.
Ezequiel se impacientaba al experimentar sensaciones similares. Le resultaba incomprensible que su mejor compañero de shows hasta la fecha pudiera hacerle una escena de celos como ésta. Pero también recordó que Marco era un hombre, además de mago. Y que jamás le había conocido una pareja, estable u ocasional. "Cosas del destino", se consoló a sí mismo, minimizando el posible dolor del otro. Pero sabía que era un engaño.
La murga bullía, expectante. La morocha los miraba alternativamente, pendiente del resultado, atraída -sin querer admitirlo- hacia tal original rivalidad en su honor. De nada valía conocer cuál era el as en la manga que podía ocultar cualquiera de los dos; y sin embargo, el suspenso aumentaba.
Hasta que el redoblante se dejó oír en demasía, y Marco estalló:
-¡Está bien! -. Y el tamborileo del redoblante cesó con un estruendo de platillos. -Si hay que demostrar habilidades, ¡pues que así sea!
Con un grandilocuente gesto teatral, ajeno a su persona, se cubrió la mitad inferior del rostro con su brazo izquierdo enrollado en la capa, mientras con su mano derecha se golpeaba apenas la cabeza con un extremo de la varita. Acto seguido, desapareció.
Un ahogo de asombro enmudeció al vagón, que contuvo el aliento, disipando cualquier sonrisa. Ezequiel quedó perplejo por un instante. "¡¿Cómo lo hizo?!", chillaba una voz dentro de su mente. Hasta que con su último resto de cordura, conteniendo a duras penas una lengua vacilante, proclamó:
-¡Un aplauso, señoras y señores! -. El sonido de su propia voz lo sorprendió tanto como a los demás. -¡He ahí a un artista que sabe salir limpiamente de escena! -. Y con un murmullo apenas audible, sin poder reprimirse, agregó: -Y a un hombre que conoce sus propias limitaciones.
Los aplausos fueron muy trémulos, esporádicos, hasta que luego de unos instantes estallaron privilegiados, comprendiendo que se hallaban en presencia de un show nunca antes visto. Sólo que sus propios artistas lo desconocían hasta entonces.
            La Colombina se puso de pie, reponiéndose de la sorpresa, tomó la mano libre de Ezequiel entre las suyas, obligando al titiritero a regresar a la realidad, y le rozó los labios con los suyos. La murga explotó en un solo grito, liberando la tensión. Ezequiel parpadeó, incrédulo, como si aquello no fuese lo deseado. La morocha se hizo a un costado y besó en la nariz al "Caballero Mano de Fuego", que tembló con vida propia en manos de Ezequiel, sin que éste pudiese articular palabra. Entonces ella, reteniéndolo con ambas manos, lo condujo fuera del vagón. Un malévolo coro de murguistas le deseó buena suerte, riendo y aplaudiendo a la vez.
            El silbato del tren se dejó oír, como proviniendo de otras épocas. La velocidad de la locomotora pareció disminuir. Algunos solitarios focos de la luz iluminaron brevemente la semipenumbra del pasillo, junto a los escalones del vagón. Ella le rodeó el cuello con los brazos, lo besó con la boca abierta, beso que Ezequiel apenas tuvo el impulso de responder, y le dijo con un tono áspero y sensual:
            -Es la primera vez que me seducen con magia. Pero como ya lo dijo el poeta, el único paraíso posible es el paraíso perdido.
            Dicho lo cual, el tren aplicó los frenos, deteniéndose en la Estación Dudignac. Ezequiel, desconcertado, sin ser él mismo desde la desaparición de Marco, giró la cabeza hacia el exterior. Más allá del andén divisó un almacén de ramos generales, digno de ser confundido con una pulpería; el pueblo parecía haberse detenido en el tiempo. La sensación de irrealidad se tornó aún más punzante al descubrir la insólita presencia de un ciclista pedaleando al cruzar bajo la solitaria luz de otro foco. El "Caballero Mano de Fuego" volvió a temblar con vida propia. Un súbito escalofrío lo adosó contra la pared del vagón. "¿Qué me pasa?", alcanzó a preguntarse Ezequiel, sin darse una respuesta, aunque sintiéndose víctima de un ignominioso hechizo. Las manos de la Colombina yacían ardientes sobre su nuca, los ojos negros clavados en los suyos, a la espera de algo más, aunque sin animarse por el momento.
            Entonces, quebrando aquel maléfico hechizo como un cristal, el movedizo cuerpo de la murga arremetió contra ellos, obligándolos a descender a tropezones en una contracturada danza, mientras entonaban otra pegadiza rima de Don Jaime Roos:

"Era una retirada
Que al despedirse quiere regresar
Se va, se va la murga
Aunque ella nunca pueda decir adiós"
 
          
 Ezequiel trastabilló, a punto de perder el equilibrio al llegar al andén, sostenido apenas por el anónimo abrazo de la murga. La Colombina reía, secundada por Pierrot, quien la cortejaba burlescamente mientras bailaba a los saltos a su alrededor; "Nuevamente la Princesa se perdía entre la gente", canturreó Ezequiel, recordando la rima murguera. Por un instante, aquel sentimiento de extrañeza lo abandonó, aunque no lograba sacarse de la cabeza la cruel imagen de Marco desvaneciéndose en el aire.
            Y aunque le era imposible recuperar la sonrisa, o aquel tórrido sentimiento de seducción que lo embargara al calzarse a su preciado "Caballero Mano de Fuego" a bordo de su entrañable Vagón Infantil, su corazón se agitó trémulo -con un sentimiento de pérdida mucho más incisivo que el experimentado por el alejamiento de la morocha-, mientras la murga se alejaba en la noche rumbo al pueblo, al escuchar aquella esperanzada rima de Don Jaime Roos, una vez más:
 

"Que no se apaguen las bombitas amarillas
Que no se vaya nunca más la retirada
Quiero cantarle una canción a Colombina
Quiero llevarme su sonrisa dibujada"

 

*

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15 Noviembre 2011

EN LA DERIVA DE UNA ISLA....

MUJER MIRANDO EL MAR*

 El mar ríe en mi
 como burbujas que desembarcan
 en la deriva de una isla.

 Me mira mirarlo. Me nada.

 Pone en la mesa sal
 adorna con estrellas la cama.
 Envuelve con algas el regalo de su olor.
 Urde la paz agitada del deseo
mientras me llama.

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

 

EN LA DERIVA DE UNA ISLA...

Alimento de sonrisas*
 
 
El hombre tropieza con el billete guardado de vez en cuando.
El perenne gusto de la tristeza en su boca retrocede por un rato con ese recuerdo que le brinda una curiosa alegría privada que no necesita espejo ni testigos.
Ya llego a una edad donde se escurren precisiones y fechas.
Pero puede verse en la cola del supermercado para pagar e irse a su casa con alimentos para que la heladera no se vea generosa en vacío. Reconstruye su asombro al descubrir el sistema de tubo aspiradora por el cual las cajeras envían dinero dentro de un recipiente similar a una lata a un lugar invisible desde la línea de cajas.
Una imagen rara que da para pensar en la velocidad de circulación del dinero que inquieta a los economistas.
Que el hombre haya decidido quitar de circulación tiempo atrás un billete de 2 pesos y lo haya incorporado como un objeto portador de significado, justifica contar la historia.

El hombre toma ese objeto inerte: observa cara de un Bartolomé Mitre casi anciano, y le parece percibir una mirada preocupada hacia el futuro.
Lee la numeración: 12836859 J.
Lo gira y lee el mensaje escrito en birome azul.

Puede ver como si fuera ahora mismo a la morena de la caja que demuestra una amabilidad poco usual con los clientes.
Recuerda la sonrisa enorme mientras el hombre colocaba las cosas en la cinta que acerca los productos a la lectora de códigos que serán precios a pagar.
El hombre recibió la sonrisa de la chica y dijo "gracias".
Vio una tenue expresión de desconcierto y se sintió obligado a explicarse:
"Gracias, porque a esta altura de mi vida me alimento de sonrisas"
La cajera le volvió a regalar una sonrisa grande como luna llena.
El hombre pagó. Colocó los productos en bolsas.
Mientras le daba el cambio, ella tomó un billete de dos pesos y escribió en él un mensaje veloz.
El hombre guardo el vuelto y la cuenta como un manojo en el bolsillo.
Le dio un inesperado beso en la mejilla a la chica y se fue con sus cosas.
Cuando caminaba hacia la calle -que él percibe como un desierto urbano o una isla perdida en el océano- se ilusionaba con que hubiera en ese billete un número de teléfono para hablarle. Que ese billete no fuese una anónima promesa de pago que pasa de mano en mano con indiferencia sino un puente hacia una gota de ternura compartida.
Cuando llego a su casa lo leyó. Sin expresar un previsible desencanto decidió quedarse con el billete para no olvidarla y leer de vez en cuando el mensaje que dejó escrito:

"Nunca te des por vencido 
Lucha...
 Romi.

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

BOLSILLOS*

Los bolsillos llenos
Las aves cantan, la familia inmensa,
amigos revolotean en bandadas
y la primavera muestra dientes de perla

¡Ah!, qué dulce

Los pies caminan senderos sin piedras
y todos hacen venia,
las palabras son música dulce a los oídos,
son caricias a la conciencia enferma

¡Ah!, qué dulce

El amor en cada esquina ofreciendo sus brazos,
abiertos y cálidos brazos
y la soledad se embriaga,
el dolor compra pasaje de ida en primera clase
y los sentidos se embelesan,
en especie de amargo néctar,
adictivas sensaciones plasman la piel
y las manías vuelan,
sí, sí, vuelan superiores a los pájaros,
superiores a las tormentas

Los ojos flotan en dulce sacra hiel soñada
y pierden el juicio,
no perciben el hambre más allá de la puerta,
el despojo de cuerpos ajenos

el alma mutada en piedra, áspera y fría piedra,

¡Ah!, cómo pesan los bolsillos.

*De Ruth Ana López Calderón©.  anilopez20032000@yahoo.es
01-05-2011

Pequeña hemorragia*

 
 En la tintorería no sabían como sacar las pequeñas marcas que dejaron las gotas de sangre en el sombrero blanco. Fue por una repentina hemorragia de imágenes. Ella quería tapar las huellas de esa desavenencia entre el cuerpo y las ideas.

Una ausencia escapando para siempre, estallando primero, derramándose después, casi dulce, suave, por los imperceptibles intersticios, como una tristeza coloreada. Recordó el momento en que sintió uñas escarbando en su cabeza. Pensó en todas las sangres que llevaron a esa pequeña rosita licuada. La sangre enjaulada como trofeo, en las sábanas de los recién casados, del otro lado del tiempo y del mar. La que se mezcla con el placer y la curiosidad de la primera vez. Las sangres menstruales que siempre traen un mensaje. La que vio en la mañana del golpe, que no salió en los diarios, muda, sin cuerpo, sombra sólida, amenaza, vendavales del miedo. Las que la antecedieron. La que vino después, deslucida sangre morena de los márgenes, caída en tiroteos, enfermedades curables, inundaciones. La sangre de los partos, contundente y laboriosa, la de los abortos de las mujeres pobres crucificadas en la hipocresía.
La de los actos temerarios. La que guarda en tubitos las incógnitas del cuerpo.Pensó ella que después de todo, las gotitas que mancharon su sombrero, fueron algo distinto, como el romperse de una idea sin adornos, así vestidas de palabras las ideas no sangran, sonrió retocándose el rouge en el espejo.

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com

 

LAS ENTREVISTAS DE CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ
LA VISIÓN DE UN ARTISTA "SIMPLE"

Eduardo Coiro: "Me asombra el heroísmo de la gente común"

*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com

El escritor motorizó "Inventiva social", un soporte a los proyectos solidarios.

Vago es una calle en Temperley, que alberga un pasajero poco común. Editor de Inventiva Social, un medio literario de prestigio y alcance global, el escritor y sociólogo Eduardo Coiro habla de sus intentos solidarios, de una obra difundida y de los puentes tendidos hacia la sociedad, con la que ha construido una comunidad virtual donde los desafíos y la palabra cobran sentido. Una libertad de 10 años creativos.

-¿Quién sos, de dónde venís, de qué barrio sos?

-Soy de acá, de Temperley, hijo de padres que dieron hasta la camiseta por sus hijos. He estudiado sociología quizás por un azar, pero puse en una perinola, una equivalencia en carreras, tiré la perinola y salió sociología, como podría haber salido psicología, antropología, periodismo y fui consecuente, me anoté, cursé y me recibí.

-¿Cuestión de respetos?

-Respeté a esa decisión azarosa; la idea de "Inventiva social", que es un poco lo que quería contarte, surgió de querer crear un banco de ideas, que pudiera acercar soporte virtual a proyectos solidarios, con el aporte de voluntarios competentes en cada tema, pero siempre sobre la base de proyectos sociales y respaldar de alguna manera, la actividad de la gente.

-¿Y cómo te fue?

-Estuve un tiempo intentándolo hasta que llegué a la conclusión de que eso es algo que era inalcanzable con mis posibilidades de ese momento, y si empecé a ver que había un montón de personas que estaban en la misma situación que yo.
Personas que necesitaban escribir, necesitaban expresarse, que escriben muy bien, hay muchísima gente que escribe muy bien y no tiene difusión, y empezó a ser lo que es "Inventiva Social". Es el momento fundante de "Inventiva Social". Estamos hablando del 1999 - 2000.

-¿Los contactos con los escritores son virtuales?

-Conozco escritores de Santa Fé, he tenido el honor y el gusto de conocer a muchísima gente que escribe muy bien en Santa Fe y hay gente a la que he conocido sólo por correo, hay amigos cubanos que escriben, un querido amigo que falleció el año pasado, en Austria, que tenía también su propia revista literaria y que aportó muchísimo con sus escritos y su obra plástica, que sigo difundiendo, Luis Alfredo Duarte Herrera, un destacado artista residente en Salzburgo.

-¿Qué desafíos tiene "Inventiva social"?

-Uno de los grandes desafíos es primero seguir con el Inventren, un proyecto realmente ambicioso. Si uno piensa en lo que es tomar un recorrido de trenes que ya no van a volver, como ahora que estamos haciendo un recorrido:
Carhué y Puente Alsina, son muchas estaciones, imaginación que hay que poner en cada estación, mucho esfuerzo para poder escribir líneas surgidas del viaje de los recuerdos de cada cual o de lo que sugiere el nombre de la estación. En algunos casos no queda absolutamente nada.
Ni siquiera testimonios de lo que fue. Una especie de rescate simbólico de lo que fue el tren, y mantenerlo vivo desde el relato y la literatura, es un desafío impresionante, para mi es el desafío más grande. Que estén escribiendo en un recorrido argentino amigos de Méjico o de España, para mi es un orgullo y un desafío.

-¿Tenés algo publicado?

-Lo que hay publicado: "Viendo al oeste del andén tres", un ensayo dedicado a Kosteki (Maximiliano), publicado en Salzburgo, en Austria; una crónica sobre el Foro Social Mundial, publicada en campo grupal, otra pequeña ponencia, el problema de la verdad en la constitución del sujeto, publicado en un libro de compilación llamado el pensamiento de los umbrales del siglo XXI, hay otra ponencia, "Proceso de globalización", "Nuevas tecnologías de la comunicación e identidad cultural", en otra compilación de Susana Vellegia, la Gestión Cultural en la ciudad ante el próximo milenio.
Y un pequeño escrito llamado la reinvención del ferrocarril, un proyecto de articulación social, que fue publicado en un libro de síntesis.
Después hay escritos editados en Internet, Resonancia.org en Francia, Estrella errante en Salzburgo, y otros lugares. Un armado de página para el Inventren se hizo en La Unión, uno de los primeros recorridos que hicimos, que salió de La Plata y llegó a Mercedes, siguiendo el recorrido del Provincial o del Belgrano.

-¿El común de la gente también puede publicar?

-Cuando uno va al supermercado porque trata de comer y ve el heroísmo de la gente, una de las cosas que más me asombra es ese heroísmo de la gente común y corriente como yo, el heroísmo de vivir en la adversidad.
Hay un montón de cuestiones por las cuales la gente pelea con la adversidad, donde es heroico que una persona sale a la calle va llega a su trabajo y cumple con su trabajo y vuelve, ese tipo de cuestiones, ojalá la gente pudiera escribir sobre lo que le pasa todos los días. Yo sería feliz.

Él escribe...

Creo en el saludo del Zapatero sin clientes.
En la bendición del mendigo ciego.
En la mirada sin padre del cura bueno
al que llamamos -de pura costumbre- "Padre".
No creo en ninguna institución que administre la palabra "Dios".

*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 31/10/11
http://www.launion.com.ar/?p=67204

 

 
PESCA AL POR MAYOR*

Arroyos del Norte Santafesino;
Una época en la que todo abundaba.
 

 
El tractor naranja, ya bastante baqueteado, hacía sonar su estridente marcha, rompiendo la quietud de la siesta en la vastedad de la colonia; tartamudeando en los cambios, tosiendo cada tanto con arcadas de humo, arrastrando un acoplado lleno de muchachos que iban a pescar, aquel sábado a la tarde, de  pleno sol otoñal.
El gavilán que sobrevolaba sus dominios chilló advirtiendo al extraño espécimen reptante, de anaranjada cabeza, que osaba desconocer su territorio, y viendo que aquel avanzaba indiferente, optó por volar encima y asegurarse que no fuera una amenaza para los suyos, y describía extensos giros planeando por encima, una y otra vez, vigilante, señudo,  y alerta...
No faltó alguien del acoplado que levantó una carabina y disparó contra el gavilán, pero con el temblequeo de la marcha era difícil apuntar medianamente bien; detrás lo imitaron otros dos o tres, con sendas armas calibre 22, pero el gavilán siguió planeado, haciendo apenas un leve alabeo, sin variar casi su trayectoria. Si hubiera sido con una escopeta, que abre un haz de municiones, otra habría sido la suerte del ave.
Pensé que como no se podía apuntar con precisión, lo que correspondía era tirar a pálpito, a ojo de buen cubero... Y así probé, tirando algo adelante y al bulto, con tanta acierto que el gavilán,  sorprendido en su planeo, comenzó a caer revoleando sus alas, en un desordenado tirabuzón, finalmente hasta el suelo...
En el silencio de observar la caída, nos pareció escuchar el rebote sordo del cuerpo inerte, en el final de su último y truncado  vuelo...
No sentí alegría para nada, pero era chico y tenía la vanidad de querer lucirme, ante una media docena de preadolescentes como yo mismo, que íbamos atrás, más dos muchachos adultos en el tractor; uno conduciéndolo, y el otro sentado malamente en el guardabarros, saltando en los barquinazos, mas aún que los que íbamos en el remolque.
-¡Vamos a ver si para pescar sos tan bueno!...- bromearon a mi costa.
Rato antes habíamos cargado todos los elementos, así como comestibles y bebidas en cantidad abundante, y salido de la casa de mi tío; que era siempre  el punto de inicio o partida, para cualquier evento que fuera importante en la colonia.
A principios de la década del cincuenta estaba en todo su esplendor. Las tierras eran casi vírgenes y rebosaban de sembrados lozanos y las cosechas eran abundantes, de buenos rindes; por lo que los colonos progresaban felizmente, y trabajaban fieramente alentados por esa generosa recompensa.-
El trabajo era la ley, pero llegado el sábado, y más el domingo; sagrado descanso, fiesta. Fiesta era Truco, boliche, baile, fútbol, pesca, caza, y en gran parte diversión en familia. A menos que estuvieran en momentos cruciales, como sembrar o cosechar, y había que aprovechar el buen tiempo. Ahí sí, trabajaban incluso de noche.
Marchamos una media hora y cruzamos un puente pequeño hecho con troncos, pero que aguantaba firmemente el paso de vehículos, tractores y máquinas, desde décadas atrás, cuando por necesidad, se juntaron los colonos para construirlo; y soportó además los embates de muchas crecidas de la cañada, que por épocas se pone muy correntosa...
Mis primos me contaban que en ocasiones habían cazado yacarés, de cierto tamaño; ya que era casi un estero, rodeado de monte...
Pasando el puente, entramos en un camino vecinal, cruzamos tres o cuatro casas de colonos, casi precarias, con pequeñas quintas de frutales y alguna planta para sombra, sobre un patio pelado; con gallinas picoteando en el suelo, y algún chancho hurgando de aquí para allá.  Franqueando sus tranqueras, cruzamos varias chacras y finalmente nos encontramos en un bajo pronunciado, tupido de ceibos, entre altos y amarillentos pajonales.
Luego una limpiada, rodeada de plantas de Tala, y allí nos detuvimos. Calló el tractor, y era tan grande el silencio imperante, que todo nuestro bochinche bajando las cosas, parecía que no lograba alterarlo.
A metros, un arroyo angosto y poco profundo, corría viboreando entre grandes bancos de arena, y algún trecho  de barrancas bajas.
Enseguida estábamos metidos en el agua, que a lo sumo nos llegaba a la cintura, aunque en el centro iban los dos mayores por ser un poco más hondo. Todos en hilera, empujando una red con cinco o seis parantes, que había que sostener para mantenerla vertical, mientras lo hacíamos, avanzábamos en el agua; así un trecho, y cada tanto girábamos sobre una punta, avanzando con la otra hasta llegar a juntar los dos extremos en una orilla, sacando así todos los peces atrapados fuera del agua, al desplayado de arena.
En cada tirada sacábamos docenas de sábalos de dos o tres kilos, que  coleteaban y saltaban por safar  y volver al agua, muy pocos lo  conseguían... Salían también algunos Moncholos o Bagres; que juntábamos con los demás.- Sólo devolvíamos de inmediato al agua a los más chicos.- En un momento un Dorado, mediano, al verse acorralado saltó del agua, sobre la red, tan vigorosamente que dio contra la frente de Chiani, un corpulento muchacho, que aturdido, cayó por un momento de espaldas en el arroyo... Así estuvimos pasando y repasando la red, capturando centenares de piezas, buena parte de la tarde.-
Para el atardecer todos los pescados estaban abiertos, limpios y salados; listos para freír...
Comenzó a llegar gente. A caballo, en volanta. Familias enteras, varones y mujeres,  chicos y grandes; que habrían sido invitados previamente, supongo. Todos eran amigos. Se armó alguna ronda de mate, alguna mesa de truco, aparecieron una guitarra y un bandoneón, y un jovencito con una flauta que maravillaba entreverado en el conjunto; mientras algunos encendían fogatas con leñas, aprestándose a cocinar el pescado, en varias ollas negras "de tres patas"...
Entretanto, con la última luz del día, yo me aparté, y tentado me tiré al agua fresca, para cruzar ida y vuelta, un tramo angosto, que resultó ser hondo... Me cansé antes de llegar a la otra orilla... Y agotada, me volví, pensando por momentos que no llegaba. Estaba sólo y me asusté. Sin aliento, alcancé finalmente regresar y salir medio muerto del agua...
Mi primo Titín me había visto y percatado de mi trance, se acercó presuroso. Al verme salir bien, aunque bufando, me dijo entre risas de alivio...:
-¡Ufa...! ¡Qué susto, compañero!- Los dos nos sentamos juntos, y reímos con ganas..., pensando cada uno en silencio,  el momento que acababa de pasar...
Conseguí reponerme tras un buen rato, y pude reintegrarme al grupo, y después colaborar con los cocineros, junto a mis otros primos.
Apenas oscurecido, empezó a correr el vino y la cerveza, con las primeras fuentes de sábalo frito, que repartíamos a decenas de comensales; medianamente acomodados en mesas y sillas, que ellos mismos habían traído.-
Todo bajo la techumbre de las Talas, la luz de los faroles, y los acordes de la música litoraleña; que brotando en la noche silenciosa, flotaba sobre el inmenso y agreste paraje, de ceibos y pajonales, en los meandros del Toba, el arroyo generoso...
Hubo risas, cuentos, alegría; y siguió la fritanga con música, hasta muy tarde. Al final sobró tanto pescado aún sin cocinar, que hubo para que todos llevaran a sus casas la  cantidad que quisieran...
Cuando todos se habían marchado, y apagamos el último farol, la noche volvió a quedar en el más puro y virginal silencio... sólo perforado por una miríada de grillos y otros  bichos nocturnos, que ahora reanudaban sus coros, librados al fin de la irrupción de los intrusos, y de su molesto y ruidoso barullo...
 

II

Otro tío mío vivía muy cerca, y ya en el verano, un día me invitó también a pescar, en un lugar cercano y en el mismo arroyo, pero esta vez donde éste desagua su cauce, en un delta de canales ramificados, ya en los bajos del gran estero.
El transporte fue una volanta toda negra, un carruaje descubierto, típico entonces, con un tiro de dos caballos; atrás con dos ruedas grandes y rayos de madera,  las de adelante igual, pero bastante más chicas.
Pero lo curioso fueron los elementos. Un par de horquillas de las que se usaban para emparvar lino. Un largo mango de madera con tres o cuatro dientes finos y filosos de acero; y un bulto con varias bolsas de arpillera. Nada de redes, ni espineles; sólo eso...
Iban además dos primos mayores, y el mismo Chiani, el forzudo.-
El monte quedó atrás, en la altura, se lo veía lejano, casi en el horizonte. El lugar era desolado, bajo y llano; y estaba cruzado por varios canales, o riachos, que se iban bifurcando, de unos tres o cuatro metros de ancho, recortados en la tierra, sin arenales en las orillas. Todo limpio, sin siquiera una mata de paja, o gramilla en el suelo.
De los  jóvenes, dos se metieron con el agua hasta la cintura, llevando cada uno su horquilla a modo de fija, el otro caminaba cerca de la orilla, para ir juntando los peces fijados. El agua turbia no permitía ver para apuntar, por lo que tiraban horquillazos a diestra y siniestra, para ensartar los peces que tuvieran la mala suerte de acercarse en su camino, y al paso avanzaban despacio, aguas abajo. Cada pez ensartado hacía sacudir la  horquilla al retorcerse entre los dientes de acero.
Parece mentira, pero era raro el tiro que no ensartaran al menos uno, tal era la proliferación de peces, sábalos casi en su totalidad, y todos de buen tamaño.
 Golpe de horquilla y pez afuera. A veces dos o tres tiros en falso. El otro iba juntando y limpiando, de uno en uno...... poniéndolos en una bolsa, de las que habíamos llevado para eso.
Me fui a sentar al lado de mi tío en el suelo, que había llevado una línea con su anzuelo, y estaba pescando como Dios manda.-
Desde allí yo miraba la hazaña.-
-Tío, no puedo creer lo que veo... ¡sacar peces de esta manera!-
Mi tío me miró divertido, con una sonrisa bonachona.
      -¡Vas a ver la cantidad que llevaremos, dentro de un rato!-
-Pero; ¿Qué van a hacer con tanto pescado?...Pregunté sin conocer cómo harían para aprovechar tanta pesca.
-¡Ohh! -suspiró divertido- Primero, convidar a los vecinos, como ellos hacen con nosotros. Apartar algo para comer en casa, y finalmente lo que reste lo conservaremos en sal... Se pone una buena capa de sal gruesa en el fondo de un barril de madera, que usamos para eso; una capa de pescados abiertos y limpios, luego otra capa gruesa de sal, y así hasta que al final, se cierra siempre con abundante sal...
Bueno, ahora estaba claro.
Seguí observando:
 Las orillas donde iban, quedaban regadas de sábalos capturados,  que se retorcían, reflejando como hojas de plata al sol de la tarde. Los dos fijadores tiraban tantos peces afuera del agua, que el juntador no alcanzaba a hacer toda la tarea, y se atrasaba. Los pescados se iban amontonando, y eso, a los otros,  les permitía cada tanto tomarse un respiro,  pero antes de continuar tenían que ayudarlo, y luego volvían a la excepcional captura...
Llenaban las bolsas hasta la mitad y las iban cargando al coche, o "carrito" como se lo conocía.  Cargaron al menos  siete u ocho medias bolsas.
Al regresar notábamos que el peso era excesivo, si bien no era demasiado lejos el viaje a la casa; pero el piso era de por sí algo blando,  y ahora parecía menos parejo...
 Avanzábamos muy lento, y el carruaje parecía quejarse. Apenas habíamos salido, y de golpe hubo un crujido seco, y una rueda trasera se rompió en pedazos. Se desarmaron y se rompieron los rayos, y el carruaje se fue ladeando hasta el suelo de ese lado, mientras nosotros saltábamos, desprevenidos...
Quedamos mirándonos unos a otros, y también mirábamos la rueda. Al cabo, se desataron los caballos, y fueron a buscar ayuda a una estancia cercana.
Mi tío y yo nos quedamos a esperar el auxilio, que llegó en una hora; un tractor que nos llevó de regreso.
La pesca se salvó casi en su totalidad, ya que la trajimos un poco en los caballos, y otro poco en el tractor.
.La volanta quedó un par de días en el estero, hasta que le reemplazaron la rueda rota.
Rota por el descomunal peso de semejante pesca.
Pesca con horquillas, y en tal cantidad, que traíamos bolsas llenas de Sábalos...
-¡Cosa de no creer!- 
 
 
*De Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda (Santa Fe), -Texto incluido en "Los días felices"  21 julio 2005

Correo:

Cannes: Tierra y rocas en la Valija del Espacio Vital*

¿Cuál es el lugar de un pequeño en la ronda de los gigantes económicos?

Los 8 más grandes necesitan más espacio vital, pues su población y su velocidad económica supera holgadamente la capacidad de su suelo como para dar nutrientes, minerales, AGUA y nichos contaminables que les permitan seguir creciendo mientras fabrican un celular para ser tirado al año siguiente o un alimento con sustancias nocivas para la salud.

En algunos años sabremos qué llevaba la Valija a Cannes. Qué pato para esa boda de 20 entre algunos grandes festejando la entrega de unos chiquitos que quieren ser iguales y otros, como nosotros..., que están dispuestos a seguir el designio de los rendidos sin pelea.

Quizá Ghana llevó alguna vez tal Valija y hoy es un depósito de basura electrónica y química de las superpotencias. Un verdadero orgullo (¿???).

Hoy la extraña Valija viaja a Cannes y no me pueden pedir que aplauda por lo que le podrán robar a mis nietos. No me pueden pedir que aplauda la entrega de su futuro con, cada vez, más muros que encierran barrios de hiperricos para protegerse de los miserables.

Sí, es la Valija de los miserables en oferta para ampliar el espacio vital que pronto considerarán que es de ellos. Cuando alguien se revele y diga ¡Basta! saldrán a decirle al Mundo que los miserables les quieren sacar sus tierras fértiles y sus montañas. Dirán que es una lástima que nuestros hijos y nietos estén sentados sobre sus riquezas.

La Valija va sonriente. Las tierras de la Argentina Profunda se abren ante la tentación de ser explotadas, exfoliadas, ensuciadas, aniquiladas en pos de la felicidad de los shoppings de gentes de otras tierras. De otras tierras que enarbolan ser civilizadas luego de haberse matado entre vecinos por 3.000 años y de haber destruído civilizaciones milenarias en ese mismo tiempo, especialmente las nuestras en lo últimos 500 años.

La Valija traerá menos que baratijas. El yanaconazgo será poca cosa frente a ese pasado que se reinventa. La Guerra de Zapa será más difícil en ese entonces, pero esperemos que esta vez no sea librada por un Empleado de las Logias de la Civilización de la Barbarie.

Se estremece el Alma al enterarme de la felicidad de la Valija que tendrá oportunidad especial de abrir su contenido para entregar la Tierra y el Futuro de nuestros bisnietos.

*De Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
- Ingeniero White - Buenos Aires
Noviembre 1ero de 2011 -

*

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15 Noviembre 2011

EDICIÓN NOVIEMBRE 2011

TRES TEOREMAS FUERTES*

Teorema 1: del proceso de liberación

El proceso de liberación no es placentero.
El proceso de liberación es doloroso:
Abre tus venas y te muestra que la sangre que corre no sólo es tuya,
Y muchos más antes que tú se han desangrado.

El proceso de liberación te muestra
Que a pesar de tu estúpida felicidad,
No eres libre.
El proceso de liberación te muestra
Que no sabemos qué es la libertad...

Y sólo los cobardes prefieren su inútil felicidad,
Pues sus corazones se amedrentan en sólo pensar
Que pueden vivir un proceso de liberación.

El proceso de liberación nos pone de frente
Ante el proceso histórico donde las relaciones de explotación
Ponen su pie sobre nuestras espaldas.

Y sin embrago,
El proceso de liberación debe darse,
Debe nacer en nosotros:
Sucio, áspero y para nada placentero...

El proceso de liberación se hace maravilloso y creativo
Si la ilusión por construir una identidad propia
(esa etérea fuerza que desconocemos dónde radica),
Alimenta y resana los cuerpos que han transitado el difícil comienzo
De un proceso de liberación.

Teorema 2: del cómo mirar tu sonrisa con calma

La ciudad me devora.
Me cubre con sus asfaltos,
Convierte mis piernas en apéndices suyos:
Me devora.

Su lluvia me ahoga.
Disuelve mi piel
Con el más dulce dolor
Que hay en sus sueños,
Me hace prisionero
De mi propio cuerpo:
Me devora.

Esta ciudad,
Acostumbrada al deambular
De los cuerpos sucios,
De los niños sin ropas:
En verdad me devora.

Toma mis venas y corazones
Y los mezcla con sus edificios,
Nos convierte en una masa
Informe y pestilente:
Me devora.

Teorema 3: el teorema de la redundancia

No te prometo el cielo,
Tampoco te prometo el infierno.

A lo único que llego,
Es a poder ofrecer mis manos.

No te ofrezco el día
Ni la noche,
Y mis manos
Sé que no son gran oferta.

Disculparás lo poco que prometo,
Pero aseguro
Que puedes hacer
Con ellas lo que quieras:

Puedes limpiar tus lágrimas,
Adornar tus risas,
Caminar con ellas entre tus manos...

Y lo más importante de todo:
Puedes contar hasta el número veinte,
En el momento que así lo decidas.

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

 Sueño # 324. cub *

*Por Emilio Mozo.

Soñé que me había marchado. El cielo está nublado. Papá ha desaparecido en
el aeropuerto. "Seguro que se ha perdido", dijo mamá sin convicción. El
único recuerdo que me queda de ella es su adiós ondeando el antiguo pañuelo
de encaje heredado de la tía Carmelina.
Anuncian el descenso.
Soy Humberto. Dieciocho años. Destino: Canadá. Sólo hablo español y
desconozco la historia del país. Algo había leído sobre un tal Padre
Llorente, quien había tratado de evangelizar a los esquimales en otro siglo.
Desde entonces quise ser como él, emularlo y propagar la palabra de Cristo.
Me veo pasando por aduana e inmigración; camino por pasillos interminables.
Llevo unos carteles de cine bajo la axila y con el otro brazo arrastro la
incómoda maleta que tiene una rueda de plástico rota. Desde la pasarela
rodante observo en dirección contraria a esa gente tan diferente a la que
estoy acostumbrado a ver: dos esquimales sin rostro, enfundados en sus
parcas. Los jugadores exageradamente altos de un equipo de básquet se me
adelantan apresurados. Un tipo vestido al estilo hip-hop se vuelve y me mira
sin demostrar ninguna emoción.

Busco la puerta de salida tratando de descifrar las letras rojas y verdes.
Me detengo, intento comunicarme, mediante mi inglés elemental, con un
individuo de seguridad:

- Juear go?

El agente, con un rostro que denota estrés, trata de comprender los sonidos
que han salido de mi boca, pero, frustrado, se encoge de hombros y
finalmente me pregunta:

-Where do you want to go?

Yo tampoco lo entiendo a él. El agente de seguridad sonríe y con un gesto de
superioridad me toma por los hombros y me gira el cuerpo para colocarme en
la dirección que debo seguir y me impulsa empujándome levemente con sus
manos.
La maleta, los carteles y yo nos movemos con dificultad hasta llegar al área
de recepción de viajeros. Paso por las grandes puertas automáticas (susurro
"ábrete Sésamo", y sonrío); me encuentro con un gentío que saluda a los
recién llegados agitando los brazos. Me ilusiono pensando que están allí
para recibirme; disfruto el momento y tímidamente les devuelvo el saludo,
aunque sé que esperan a los que ahora se me adelantan. Momentáneamente me
siento abandonado hasta que tropiezo con un hombre disfrazado de sacerdote:
es él; en las manos sujeta una cartulina con mi nombre: Humberto Mozo.

Al subir al coche intento sentarme a su lado. Me indica con un gesto brusco
que me cambie al asiento trasero. Silencio. Me distraigo mirando por la
ventanilla la gris autopista, los túneles que aparecen y desaparecen, muchos
semáforos que se encienden y apagan -rojos, verdes, amarillos--. Repetición
incesante. Silencio

Llegamos a la rue Cul de Sac. Entramos en una casa antigua, que parece
vacía, donde falta algo; la siento fría, estéril. El cura carraspea como si
fuera a pronunciar un sermón:

-Su habitación está tras la segunda puerta a la izquierda. Las comidas
corren por su cuenta. Las luces se apagan a las diez, salvo que tenga que
estudiar. No se permiten visitas, ni de hombres ni de mujeres. Espero que
asista a misa todas las mañanas. Este sillón que ve aquí es mío y el único
que se sienta en él soy yo. El tocadiscos es también mío y nadie debe
tocarlo. ¿Me explico? Mañana se presentará ante el cónsul y también se
matriculará en el Alexander Technical School. Le he conseguido un trabajo en
la lavandería para que ayude con el costo de la manutención. Para conseguir
que se asimile a la cultura del país sería preferible que no hablara en
español. ¿Alguna pregunta?

-Sí, ¿quién más vive en esta casa?

Incómodo, responde:
-En este momento sólo usted. Si esa es la única pregunta que se le ocurre,
le recomiendo que se acueste inmediatamente porque le espera un día bastante
atareado mañana. Good night.

Cierro la puerta y me tiro en la cama que está todavía sin hacer. Noto el
pequeño crucifijo que me espía desde la pared. Es evidente mi soledad. Me
pongo de pie de un salto. Comienzo a pasearme por la que ahora me parece una
celda. Comienzo a medir con mis pasos el tamaño del calabozo: uno... dos...
tres...

Aburrido, saco del tubo, uno a uno y cuidadosamente, los carteles de cine
que he traído conmigo y los aliso con la mano para quitarles las arrugas del
viaje. Me interrumpe el fuerte sonido de unos pasos que suben y que
finalmente se detienen delante de mi puerta. Me apresuro a recoger los
carteles y los escondo debajo de la cama. Los pasos vuelven escaleras abajo.
Sigilosamente abro la puerta y logro reconocer a papá, ahora disfrazado de
policía, sentado en su sillón escuchando un antiguo y nostálgico bolero.
Sobre la mesita hay una copa de licor; en la pared están colocadas unas
pantallas de televisión que reproducen mi imagen tal y como estoy
observándolo todo desde el pasillo.

-Emilio Mozo (Camagüey, Cuba), narrador y poeta. Recibió una maestría en
lengua y literatura española de McGill University (Montreal) y completó los
requisitos académicos para el doctorado en Middlebury College (Vermont). Fue
honrado con el doctorado Honoris Causa en Literatura por la World Academy of
Arts and Culture (1987). Como narrador ha publicado: Cuentos para niños
traviesos (1994) Discretos aportes (1997) Shakespeare tropical (1998) Los
cuentos de Emilio (2009) 13 cuentos de Emilio (2009) y El gato encantado
(2010) ; y como poeta: Desde el ojo de la hormiga (1987), En el ala del
mosquito (1988), Marginalmente literario (1991), Una como autobiografía
espiritual (1993) y Entre el agua y el pan (1996).

*Fuente: Aurora Boreal®
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1034%3Asueno-324-cub&catid=81%3Apuro-cuento&Itemid=198

 EL BAUL DE "CHIQUIN" CANTONI*

*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

      La relación de mi padre con Domingo Clérici viene de los años
cuarenta, que él solía relacionar con aquella gran inundación, porque la
casa estaba cerca de los Dallosta y entró agua por lo menos hasta llegar al
metro. En ese tiempo mi padre era mensual, tenía apenas unos meses más de
veinte años y se acordaba que entre ellos estaba Francisco Cantoni, a quien
todos llamaban "Chiquín", y a quien conocí en la otra casa que tuvo la
chacra, mucha más cerca de la estancia de los Vollenweider, inmenso y lejano
cuasi palacio de dos plantas que yo veía de lejos, cuando de vez en cuando
mi padre me ponía sobre sus hombros para que mirara. Con el tiempo me iba
hasta la tranquera del camino a Beravebú y subido a ella atisbaba o
pretendía espiar los movimientos de esa casa que para mi constituía un
misterio porque me parecía imposible que allí hubiese vivido el hombre que
fundó y colonizó el pueblo trayendo el ferrocarril.
            En tiempos de mi relato a veces acompañaba a mi padre en sus
visitas, a la chacra de Domingo -como el gustaba decir- llevaba la escopeta
y me pedía que lo acompañara. El destino había querido que esa nueva
construcción estuviera  a tres o cuatro kilómetros del pueblo y se podía ir
por el camino mencionado más arriba o cruzando campo como decía la gente del
lugar. Allí sí yo me sentía a mis anchas porque cruzando el campo Dallosta
podía aparecer una liebre y era casi una fija que mi viejo la matara, pero
había algo, un interés superior para que yo me sumara a este remedo de
cacería, porque el motivo del viaje era otro. Apenas entrados doscientos
metros por ese  campo aparecía la tapera que todavía estaba rodeada por
algunos escasos árboles -sauces, creo recordar- y un metro y medio de pared
aún en pie. Todo lo demás estaba sembrado. Seguíamos por un campo de
alfalfa, y a veces bordeábamos un alambrado cuando había algunos trigales o
un maizal orondo, y seguíamos hacia el oeste donde estaba la que llamaba mi
padre "casa nueva", cuya primera aproximación visual eran esos grandes
árboles, el monte de paraísos, antes las parvas y los chiqueros, el molino
tan alto que golpearía con su largo vástago extrayendo el agua que bebería
en momentos la caballada antes de ser enviada a pastar a unos de los
potreros más lejanos, que todavía guardaban algo de esa alfalfa primorosa y
verde con sus jugos refrescantes.
            Cuando teníamos la casa encima ya saltarían esas dos hileras de
altos sauces que conectaba el patio de la casa con el camino interno que
llegaba hasta el camino del cementerio no sin antes tocar el mismísimo
galpón de los Milani, que estaban en la otra punta, enfrente de la chacra de
los Bivi.
            En la casa de Los Clérici vivían don Domingo, su mujer doña
María, el sobrino de ésta, el inefable "Pichón" Bucelli y también "Chiquín",
que era tratado como si fuera de la familia.
            A la altura de lo que llegan mis recuerdos era un hombre muy
mayor. Lombardo, como don Juan Dallosta, el vecino. Según  relato de mi
padre se vino por el año diez del siglo anterior y se volvió a pelear de
voluntario en la primera guerra, y me consta porque "Pichón" me acercó hace
poco documentación que así lo certifica.
            Como era socialista probó el aceite de ricino del Duce y tuvo
que volverse con la idea de traer a su esposa y a sus hijas. Nunca pudo
hacerlo. Por razón de su edad se dedicaba a las tareas menores de las
chacras, huerta, gallinero, comida y bebida para todos los animales y en
época de juntada todavía se cinchaba en la cintura una maleta y arremetía en
el maizal por unos pesos más. Le daban casa y comida y un sueldo, y dormía
en un pequeño cuarto de la casa donde también guardaban los arneses.
            Una pequeña cama de hierro, un colchón de chalas, al sur una
ventana con rejas que daba al gallinero y su baúl de inmigrante que dada su
altura usaba de mesa de luz, encima de él su pipa, su tabaco marca "suiza"
que guardaba en una vieja y despintada lata de té "Tigre" era toda su
pertenencia.
            En ese baúl que había cruzado dos veces el mar estaba todo lo
que tenía en el mundo. Yo nunca vi su contenido, supongo que guardaría ropa,
recuerdos personales y algún documento que acreditaba su identidad y el
pasaporte en italiano que tuve entre mis manos sesenta años después.
            Trabajaba de lunes a sábado y el domingo se lavaba él mismo su
ropa de trabajo, y luego del almuerzo enfilaba a pie hasta el bar de don
Marcos Markicich que estaba a la  entrada del pueblo y volvía al anochecer,
absolutamente borracho.
            Muchas veces he pensado en la historia de este país nuestro.
Emilio Vollenweider vino de la Suiza milenaria como decía Pedroni y don
"Chiquín" Cantoni de la campiña lombarda y fueron vecinos, tal vez nunca se
hablaron, tal vez ni siquiera se conocieron. Uno era muy rico y el otro era
muy pobre. Pero transformaron este paisaje que era de cardos, de avestruces
y venados corriendo, por otro de mares amarillos o verdes debajo de  aquel
cielo que cruzaron los últimos pájaros libres y perfectos que nunca
regresaron.

variedades verdades*

*

Escucho tus quejas por el vil metal
Como una niña con ojos sin parpadeo
Muñeca inflable destartalada
Por la creencia de ser amada.-

*

De ahora en más
No voy ha pensar en vos
Ni me voy a preocupar por tus sentencias
Esas que me hacen cobarde
Intentaré no ser sumisa en tu presencia
Ni ser la sombra de tus deseos.-

*

No me contamino
De tu impaciencia
Y no me halagan tus bostezos
No me achico ante tu necedad
Ni me muero si te vas.-

*

Las criticas del criticón
Se pegan en la piel de la mujer
Como lanzas del medioevo
Quieren violar la singularidad.-

*

El proyecto de él
No es la aspiración de ella
La seguridad de aquel
Es peligrosa para ella.-

*De Azul. azulaki@hotmail.com

LOS OJOS DE TU MIEDO*

Asi es- dijo Sancho­ pero tiene el miedo muchos ojos, y ve las cosas debajo
de la tierra, cuanto mas encima del cielo"
MIGUEL DE CERVANTES

Es necesario, dices. Y has tirado la llave.
Es necesario que la puerta permanezca cerrada.
Y las ventanas y el corazón y la memoria.
La llave es un bumerang.
Y gime el alba entre los almendros.
Hasta el reflejo en los charcos de atormenta.
Tiemblas detrás de los armarios.
Te escondes en las catacumbas del lecho
Alucinadamente tapas los vidrios con saliva y diarios.
Sientes que se estruja el vientre en tus mazmorras.

Tu corazón de lagartija muere entre las cuevas.
T e queda la lengua vacía y las manos secas.

Una cobardía  de vida se escinde bajo tierra.
Es necesario abrir los ojos.

Y cuando apenas se entreabren las cancelas.
Entiendes...
Los oscuros monstruos. Esos que tanto temes

Son menos peligrosos que tus miedos

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

LA VOZ*

*Por Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar

Nadie comprendía el por qué y comenzaron a incorporarlo como el juego de un
niño muy imaginativo.  Por eso cuando Ezequiel,  a los cinco años rompió el
jarrón de porcelana, reliquia  de  la abuela, y dijo que la voz se lo había
ordenado, la reprimenda fue leve.
El tiempo comenzó a gotear tal vez demasiado rápido o convertido en un
elemento que mezclaba el accionar familiar con lo problemático del afuera  y
no permitía reflexionar demasiado  sobre las conductas del  grupo.
Ezequiel  construyó  su refugio  protegido por una muralla  que nadie podía
atravesar  y menos aún escuchar sus diálogos secretos, situación  que fue
favorecida por la complicidad inconsciente de sus padres  cada uno inmerso
en su conflictiva personal.
Su gran inteligencia le permitió sortear los desafíos estudiantiles aunque
su ensimismamiento llamó muchas veces la atención  de sus profesores. En
cuanto a su grupo de pertenencia nunca lo tuvo y nadie se preocupó por saber
las causas, simplemente lo catalogaron como el "raro".
El crecimiento de su cuerpo y su mente también incrementó el volumen de la
voz hasta llegar a despertarlo  en plena noche, obligarlo a levantarse y
salir a la calle.
 La primera vez fue solo ese  mandato: abandonar la cama, atravesar la
puerta de salida  y caminar en la oscuridad hasta recibir la  orden de
volver.  Tuvo miedo y el silencio del afuera lo envolvió como un manto de
peligro pero supo que no podía negarse. Cada sombra se le ocurría un
monstruo que podía devorarlo, pero  de todos modos cumplió con el mandato.
Ya en su cuarto la voz aprobó su obediencia y autorizó un sueño tranquilo.
Así transcurrió su adolescencia, no eran situaciones continuas pero de todos
modos siempre estaba en alerta y eso lo sumió en un estado de introversión
que lo alejó de sus pares y de los divertimientos propios de esa etapa de la
vida.
Por supuesto interfirió en el trato con las muchachas de su edad, les huía
como a los fantasmas de la noche, una tarea muy ardua debido a que su
aspecto físico las atraía y su aura de misterio las llevaba a competir en su
conquista, lo que determinaba un acoso permanente.
La situación adquirió niveles dramáticos cuando Alcira, la rubia de ojos
azules, decidió conquistarlo. Su  interferencia ante cada intento de evasión
de él, chocaba con su astucia para evadir el cerco y el goce que ella
mostraba ante su éxito  lo aniquilaba.
El accionar de la voz se llamó a silencio como una prueba para saber  hasta
donde la inventiva de Ezequiel lo llevaba a eludir el acoso y esa situación
lo desconcertaba  haciéndolo sentir desamparado.
El tiempo del silencio le pareció demasiado largo aunque sólo duró unos días
y lo llevó a llegar hasta el  borde del río y preguntar a viva voz:
-  ¿Dónde estás ahora que te necesito?
Hubo un silencio que le pareció eterno y al final llegó la respuesta.
--    No necesitas gritar, estoy en ti.
-  ¿Qué hago ahora? Siempre me dices lo que debo hacer.
-  Tal vez cometí un gran error al no alentar tu iniciativa, pero creo que
no es demasiado tarde. Piensa. ¿Qué crees poder hacer al respecto?
          El pánico contrajo el rostro de Ezequiel, un frío insoportable
recorrió su espalda mientras su musculatura se tensaba impidiendo todo
movimiento.
- - No me abandones ahora, por favor, - imploró moviendo sus manos como
queriendo asir la otra presencia.
- ¿Por qué no aceptas que soy parte de ti? Siempre te resultó más fácil
colocarme fuera  que aceptar la responsabilidad  de unirme a tu propio yo.
Mi error fue no haberte enfrentado a esa realidad antes y evitar seguir tu
juego.
  Como si un rayo le hubiera perforado su cerebro su interior se iluminó,
también su entorno modificó su aspecto y una fuerza desconocida lo empujó a
internarse en el río.
- Recuerda, no sabes nadar. - le susurró la voz al oído pero no la escuchó,
esta vez siguió adelante  hasta que el abrazo del río unió esas dos partes
que siempre habían permanecido separadas.

DON PERICO*

A Pedro J. Jaunarena Oharriz,
nacido en 1885, en Iturren, Navarra

a Pedro Tomás Labayan Jaunarena,
amigo y notable pepiniano, fallecido

Contaba Piri Márquez, en programas de radio y en tiempos en que fue llamado
el 'Pajarito Investigador', que su afición a la locución fue por causa de
Don Perico, inmigrante español a Pepino, tío y padrino de Pedro Tomás,
último dueño y administrador de Laurnaga y Co. En su tiempo, antes de su
muerte, el tío navarrés y esposo de Quintina Ramírez, pepiniana, fue el
contable. Curiosamente, no separan al uno-ave del Don Perico humano.

El mote de pajarito investigador fue homenaje a la cotorra de Don Pedro.
Homenaje de Piri, reportero madrugador en la radio. El pueblo dio otro
homenaje a Jaunarena Oharriz. Le dio el Don de Perico, como si una cotorra
fuese siempre para ser copia del dueño, o un perico siempre una cotorra que
acompaña e identifica a quien le enseña groserías. Para investigar las
diferencias entre dos entes, Piri les pesquisa a ambos por separado.
Descubrió que la cotorra o perico, «lo que haya sido», sólo repite sonidos
cuando escucha la radio. Sin embargo, Don Pedro / el Perico / cuando lo
azuza la nostalgia de España, el dolor de Pedro Jaunarena, el Manco, esposo
de Doña Cleofe, durante aquellos tiempos amargos de 1898 y la violencia
campesina en el Pueblo, es cuando más habla, en voz alta y a solas. Don
Perico, periquín a escucharle...

En realidad, Jaunarena Oharriz fue como todos los vascos y navarrenses en el
pueblo entonces: una comunidad cerrada, recelosa, unida entre ellos por los
vículos de familias, sus propias cofradías, sus silenciosos y ocultos
hábitos, siempre elitilistas y amigos de incongruencias para que resultara
difícil el juicio que los objeta, porque, obviamente, no son como otros
criollos los desean. Evitaban los nexos con criollos y con el populacho.

Don Piri no duda que Jaunarena adora su cotorra. Es más, pasea con ella. Mas
cuando tiene la nostalgia de la idiosincracia apaga la radio. Demanda
silencio de la cotorra. Y Don Perico se calla porque se calla. En esas
horas, dedica algunos pensamientos a los viejos Laurnagas que se regresaron
a España; recuerda a los Echeandía Vélez (y los Medina) de Cidral, a los
Micheo Irigoyen, Zarratea y Martiarena, la parentela del ex-Alcalde Manuel
María Liciaga, que fue gente muy diferente a los emparentados con los Méndez
y González.

Don Perico, con la simpatía públoca que pueda darle su cotorra, utiliza el
recurso como el apoyo que se dio de viejo en el bastón de araguaney, color
aceituna, pero siemre va metido en su propio fondo emocional en la historia
y tiene un aire cogmatista de Zenón, el Estoico. El no fue conversador.
Tenía uan timidez cautelosa y no quería el pleno acercamiento; pero, ahí
está Don Perico. O más bien, una avecilla verdigrís Myiopsitta monachus, con
su pico amarillo. Será de origen suramericano, del Uruguay tal vez, de donde
le vino el bastón de color aceituna.

A veces al navarrés, el Pueblo de Pepino se le antoja lleno de distónicos.
El afán de poder y justificación religiosa de los controles nos hace
camaleónicos, carnavaleros, mentirosos. Seres con una afectación neurológica
difusa que asemeja la demencia cuando le hablan a su pájaro. Nadie le
pregunta algo profundo, emocional o histórico. Es una cotorra muda del
pasado.

El no puede ser así. No quiere estos juegos; prefiero ser Zenón el estoico y
no hablar poco con el populacho que ha de aportarle poco. No se esforzará en
quererse democrático si no lo es. «El que quiera hable con Don Perico. Sí,
con el Loro, pero no conmigo», parece que dice.

*De Carlos Lopez Dzur.  baudelaire1998@yahoo.com
http://carloslpezdzurpuertorico.blogspot.com/2011/11/don-perico-cuento-rayos-por-el-celo-de.html

Del Por qué Decimos Adiós,
Mientras Comemos Bollos de Pan con Miel*

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y muestra unos tiernos brotes blanquizcos
Como gusanillos cubiertos de tierra...
Con sus primeras hojas verdosas,
Endulza el día
Entre cristales con tu recuerdo.

Tu corazón echa raíces de perejil,
E inunda las noches
Con el aroma de tu mirada,
Para que los antiguos dioses
De la Gran Aztlán
Cobijen con fuego
La ternura de la piel de la Luna.

Tu corazón echa raíces de perejil
En una maceta que es su mundo:
Yo intento explicarle
Que hay más tierra
Que la de aquella maceta,
Que el Sol no se pierde
Cuando se aleja de la ventana,
Que si en un libro sobre la mesa
Mira la palabra "comunismo",
No se espante
Si la tierra bajo sus raicitas
Se levanta de puro gusto...

Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y es difícil quitarlo
Porque cuando me acerco y lo intento,
El mío pretende imitarlo.

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

EN EL CENTRO DEL MIEDO*

Sabes amor, creo que ha llegado el olvido
Trae  su carro cargado de estiletes.
No me muevo ni muestro el centro  de mi miedo
Arden los leños,  el ojo piensa y la espalda descansa.

Ninguna golondrina  ha de regresar a su nido.
Se aleja la rivera y el camaleón se acerca
Y alguien me musita que es el alba y aun aúllan mastines
Las hojas lloran, renacidas ante el desvelo de palomas.
Tengo sed. Solo eso y de ello vivo.

Hay un llanto gastado y tiene sus luces apagadas.
Y la lluvia  agoniza en las líneas de tus ausentes manos.
La abeja aun no dice en que orilla  está el néctar y donde la cicuta.
Nadie me ha enseñado cual  es el horizonte  de tu olvido
Tengo la forma que me han dado sus manos.
Y el cántaro esquiva la fuente y el dintel.
Y crece la pena y renueva el latido.
Temblorosa, se enciende la latitud del viento.
Y soy lapida y floresta. Y fabula de arena.

Y otra vez la insistencia de sal en la garganta.
Países tan azules y pliegues en la almohada.
Y tus olores  y tus silencios y tus vahos.

Sabes amor, creo que ha partido el olvido.
Abro los brazos y en el centro del miedo, te cobijo.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

Sín título*

Una vez por año, y en bandadas de a dieciocho, las golondrinas migran,
cambian de lugar.

Se mudan, sin más que sus compañeras y sus alas, en busca de cielos más
cálidos.

Los colibríes nunca dejan de batir las alas, éstas son tan pequeñas que
necesitan estar en constante movimiento para poder sostener a su portador.
Al quemar tanta energía, los colibríes no pueden pasar más de diez segundos
sin ingerir néctar. Necesitan alimentarse constantemente para poder
sostenerse.

Un día, se derritió un glaciar. El agua que lo constituía se evaporó para
después precipitar, obstinada en su helada naturaleza, en forma de nieve.
Ese día, las golondrinas habían decidido desviar para probar ese nuevo cielo
que habían descubierto.

Una noche, se taló una flor, que no pudo llorar su néctar.
Esa noche, un colibrí había decidido desviar para probar esa nueva flor que
había descubierto.

Cuando las golondrinas descubrieron que ese cielo no tenía calor, volaron lo
más rápido que pudieron hacia otro que sí lo tuviera. Tardaron un año.

Cuando el colibrí descubrió que esa flor no tenía néctar, voló lo más rápido
que pudo hacia otra que sí lo tuviera. Tardó doce segundos.

Para cuando llegaron, las alas ya no se movían.

Contando las de la flor y la del glaciar, veintiún vidas y un millón.

*Virginia Agretti. virginia.agretti@gmail.com
Santa Fe

¿Qué es el libro electrónico?

*Por Carlos Enrique Cartolano. cecartolano@hotmail.com

Se habla mucho de esta modalidad editorial, aunque poco es lo que se sabe. A
continuación, tratamos de explicar el fenómeno filosófico-literario, así
como intentamos revelar la identidad de nuevos editores o comerciantes.

¿La revolución está aquí..?

En 2010 la venta mundial de aparatos de lectura digital llegó a los once
millones de unidades. Pero como los programas para lectura digital son de
libre disposición y funcionan en soportes universales, a aquellos once
millones ha de agregarse el parque de computadoras personales de escritorio
o portátiles cada vez más pequeñas (sólo en nuestro país unos 8,5 millones
de las primeras y unos 3,3 de las segundas). Me dicen, además, que este
informe no considera las más recientes y pequeñísimas netbooks.
Y -agregamos- debe pensarse en las ventas del año en curso que -suponen los
especialistas- triplicarían las del año anterior. ¿Cómo leeremos en el
futuro? ¿Cómo estamos leyendo ya?   Las oportunidades hacen al cambio.

Primer síntoma de cambio:

Decididamente hemos ingresado en la edad de la textualidad electrónica.
Serán más cada vez los libros electrónicos que lleguen a las ferias
editoriales reclamando consumidores. Digitalidad cultural creciente hasta lo
difícilmente imaginable. Esto es lo que pronostica Roger Chartier en su
estudio sobre Lenguas y lecturas en el mundo digital, recordando un cuento
de Borges (El Congreso) que califica como anticipatorio, y en el cual el
personaje ha de optar por un idioma que sea digno del congreso del mundo.
Para Alejandro Ferri, punto de vista en primera persona, personaje que
conlleva la frustración en soledad y la sabiduría de Borges, pero al mismo
tiempo la tan característica musculación intelectual del autor de El Libro
de Arena, existen varias opciones. Una alternativa es una lengua universal
como el esperanto; otra, el latín, idioma que llegó a ser común en la
antigüedad, y cuyo imperio podría reponerse. Otra opción es un lenguaje
formal -como el de John Wilkins- que promete perfecta correspondencia entre
las palabras y las categorías, especies y elementos. Porque la definición de
cada palabra está en las letras que la forman, y por eso ese idioma
analítico portaría el diccionario en su hablar corriente. Y sostiene
Chartier que esa lengua común, que hoy remeda al latín, es el inglés, que
remite al mercado de bases de datos numéricos, a los sitios web o de
producción y difusión de la información. Pero, a su vez, en lo que se
refiere a la jerga de los sistemas de computación, verdadero afluente del
inglés, estaríamos ya en presencia de un lenguaje universal como el
esperanto. Podría pensarse -dice Chartier- que ese predominio del inglés es
antesala de la destrucción lingüística mutiladora de las diversidades. Y
puede ser, si nos atenemos a una visión pesimista. Aunque será preferible la
prudencia; aguardar a que el futuro continúe sorprendiéndonos. Porque
además, el texto electrónico reintroduce en la escritura algo de las lenguas
formales que buscaban ese lenguaje simbólico capaz de representar
adecuadamente los procedimientos del pensamiento. Aquí está la invención de
símbolos, tales como los emoticones o emoticons, que utilizan
pictográficamente caracteres linguísticos del teclado.

Segundo síntoma:

En un artículo publicado por Michel Levin en el New York Times, en enero de
2009, se anunciaba sin previa anestesia la muerte de las editoras
tradicionales. Levin, autor de más de 60 libros, algunos de ellos best
sellers, anticipaba casi tres años atrás lo que pareciera que aún hoy no se
admite. Decía textualmente: Hace algunas semanas murió la industria
editorial. La debacle económica fue el meteorito que golpeó al dinosaurio en
la mismísima frente. La única sorpresa fue que las editoriales tradicionales
duraran tanto (.)  El ramo que comenzó con editores que amaban los libros y
publicaban lo que ellos querían está desapareciendo, víctima de su
incapacidad para encontrar una razón de ser en el mundo de Internet y de la
impresión según demanda. Y agrega: víctima de su propia arrogancia y de
prácticas comerciales insensatas. Se han dicho aquí dos cosas: Internet,
concepto por el cual inmediatamente pensamos en los blogs de escritores, en
las nuevas revistas literarias virtuales, en escritores que participan de
grupos de afinidad en Facebook y en la febril actividad de foros
específicos, entre otras cuestiones bien concretas. Y se ha dicho también
Impresión según demanda, que alude a ediciones que cuentan con tantos
ejemplares en papel como  pedidos remotos se hayan formulado a través de la
red, y donde las editoras operan como distribuidoras virtuales que disponen
de un botón electrónico que permite producir libros uno por uno. Y agrega
Levin que las grandes empresas de la edición subsistirán como entes modestos
y menoscabados, pero nunca gozarán de la importancia que tuvieron. Téngase
presente que cuando Levin publicó este artículo aún no comenzaba el auge del
e-book o libro electrónico, y la única alternativa parecía ser para el autor
la autoedición, de la que bastante sabemos los argentinos. Y no siempre
sabemos con buen humor. Aquí arribamos al tercer síntoma:

Tercero: ¡en Estados Unidos se venden YA más libros electrónicos que
impresos!

Este es un artículo de Alexandria Library de Miami, distribuido en enero de
2011, casi, casi, un año atrás. En él se sostiene que mientras empresas como
Amazon, Apple y Barnes & Noble prosperan debido a su mercado de e-Books,
editoras y librerías tradicionales de libros impresos se declaran en
bancarrota o buscan desesperadamente compradores que les ayuden a mantenerse
por encima del nivel del agua, mientras cada vez más lectores cambian su
favor hacia los libros electrónicos. E imaginaba que en los años venideros
los aparatos para leer e-Books (e-readers), tales como Kindle, Nook e iPad
resultarán omnipresentes, tal como sucedió antes con los teléfonos
celulares. Librerías como Alexandria, no ya editoriales -quede claro-
ofrecen a los autores convertir sus libros a los principales formatos
digitales: PDF, ePub y MOBI, colocándolos después en Amazon, Apple
Bookstore, Barnes & Noble, Google, Kobo y Diesel, entre muchísimas más. Este
sistema de publicación tiene tres aspectos notables. En primer lugar, la
edición es prácticamente automática porque depende de una serie de
operaciones lógicas que parten del original en medio magnético provisto por
el autor. El segundo, más notable aún, es la distribución, que resulta
aséptica, y que en pocas horas pone el libro en la vidriera de cientos de
librerías virtuales de todo el mundo a las que se accede a través de la red.
Y finalmente, el aspecto de los recursos económicos: el autor no paga
absolutamente nada, y recibe una participación del 50% sobre el precio de
tapa deducidos los costos de edición (mínimos según queda dicho). Como si
todo esto fuera poco, el lector cuenta con una ventaja adicional: el libro
electrónico le cuesta la mitad del precio de volúmenes convencionales.

Tal el camino por el cual se editaron los libros que presento este año en la
Feria del Libro de Mar del Plata, que pueden adquirirse a través de
Internet. En algunos casos con varios clicks; en otros con sólo un click.

¿Y cómo han reaccionado las ferias editoriales europeas ante la imposición
del libro electrónico? Hablamos de las que mayor influencia tienen sobre
nuestro país. Liber 2011, la feria del libro de Madrid, incorporó en 2011 la
nueva sección Liber Digital, un espacio expositivo destinado a las empresas
especializadas en el entorno digital. En él se incluyó el Corner Digital,
donde diferentes empresas ofrecieron presentaciones de productos y
servicios. Pero es la Feria del libro de Francfort, considerada primera en
el mundo, la que amenaza con el liderazgo digital. Ha presentado este año la
novedad de Google, el sistema online de eBooks, que permite al usuario
comprar contenidos y visualizarlos en cualquier terminal incluyendo iPhones
o iPads de su competidor Apple. A través de esta novedad, la biblioteca
personal no está atada a un aparato y por lo tanto no puede perderse u
olvidarse. Por ésta y otras novedades, la Feria de Francfort aumentó casi un
50% la superficie destinada a presentaciones digitales, hasta los 1449
metros cuadrados. El núcleo de esta tendencia digital es la serie de
conferencias de expertos en el sector conocidas como Sparks (chispas) y que
este año lleva por título nada menos que: ¿Cómo se contarán historias en el
futuro?

Última grajea del día: Mondadori, Planeta y Alfaguara han sellado una
alianza estratégica, e instalan una plataforma digital conjunta para
contrarrestar los avances de Google en la edición electrónica... ¿Increíble,
no?

Oferta de mis libros electrónicos:
Tierra Regada
Cuerdas - El piquete y otros poemas
Avisos y señales - Poemas del amor que vence a la muerte

Para obtener cualquiera de los libros en Amazon, ingresando al blog del
autor: http://latrampadearena.blogspot.com y seleccionando la tapa del libro
sobre margen derecho.
O a través de la editorial eMOOBY:
http://www.emooby.com
O también, consultando en Google.com por el nombre completo del autor, y
accediendo a más de cien librerías virtuales.

ESTACIÓN DE LAS MADRESELVAS ESCONDIDAS*

Un banco de la Estación , sostiene la pausa y la mujer.
La sustenta como el amor sostiene al tiempo.
Una maleta llena de incertidumbres.
Y un hueco de ausencia redondo como el mundo

El tren se acerca ¿o se aleja? Es una boa de plata.
La mujer se pregunta si la cola de la boa está roja por el llanto.
Arranca sus raíces y le duelen hasta las huellas de sus pasos.
Levita en una butaca con olor a distancia.

El tren   desarraiga su sollozo  en aceros solitarios.
La mujer se deja mecer suavemente.
En sus sueños, aparece su madre.
Cuando despierta siente en su boca un sabor lejano.
Leche dulce de madreselvas blancas.

El tren llega a destino. No sabe si va o viene.
La mujer comprende que partir es llegar.
Y el tren arraiga entre maternos pechos.
Madreselvas de escondidos aceros.
La sustentan como el amor sostiene el tiempo.

*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar

*

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16 Octubre 2011

DE LOS CURIOSOS ESCRITOS DE COIRO & URBANO...

Había una vez un hombre que perdió el coraje para escribir como le saliera.
Con faltas de ortografía o, lo que le parecía peor aun: sin coherencia.
Así lo había soñado tres años atrás.
"Me quede sin palabras"
Y desde aquel momento temió el efecto, la pesada materialidad que la humanidad le otorga a los sueños y sus mensajes encriptados.
En algún lugar leyó la frase de Alejandra Pizarnik. "escribo para que no suceda lo que temo"
La hizo suya. Se forzó, una y otra vez a seguir con garabatos en cuadernos y anotadores, se repitió en sus temas, siguió luchando para que no lo ahogara el silencio.
 

El invisible*

Cuando Silvia, la mamá de Matías, dijo en la puerta de la escuela:
-Mi hijo puede ver seres invisibles.
Escuche asombrado. Quede en silencio.
Pasaron días. Seguimos esperando cada cual a sus hijos.
Volví a preguntar. Ella me invito a que lo comprobara con mis propios ojos. Así que los seguí con mi hija de la mano rumbo a la estación de tren.
Antes de cruzar la calle que separa del acceso a la estación hay muro alto blanqueado, luego una carnicería situada por debajo de la escalera que eleva los pasos para poder cruzar sobre las vías y acceder a los andenes. Por allí muchas personas desconocidas se entrecruzan a toda hora.
 
Matías, señalo al hombre sentado sobre un cajón de madera.
Era evidentemente visible. Podía verlo, aunque siendo este mi camino habitual de retorno a casa nunca antes lo había visto. Observe a la gente que pasaba apurada; que como en un hormiguero entra o sale de la estación. Era invisible. O la muchedumbre fingía no verlo.
Estuvimos un rato haciendo comentarios. Los chicos con una paciencia inusual.
Al final cruzamos.
El hombre parecía un ejecutivo u oficinista caído en desgracia de los que se podía ver durmiendo en las plazas de Barrio Norte o Recoleta. Unos ojos muy claros en un rostro que podría ser galés, escosés, o irlandés. Portaba una mirada perdida en lejanías, como buscando un horizonte inexistente.
Sólo le habló a Matías.
El niño y ese hombre casi anciano parecían conocerse desde siempre y no por saludos de minutos a la salida de la escuela.
-Viste que hermoso es Eduardo. -Dijo Matías a su madre.
Sólo la mirada de un niño de 8 años podía transformar a ese hombre arruinado, sucio y maloliente en alguien hermoso.
 

En el invierno, Matías le llevo un gorro rojo de lana tejida.
Un día, cuando pasaba por la estación pude verlo por una vez del otro lado del muro. El hombre estaba al costado de la vía de maniobras y saludaba inclinando el cuerpo, quitándose la gorra con una reverencia de caballero antiguo al paso majestuoso de una locomotora. El maquinista le respondió con un toque de sirena de cortesía.

Cada tanto me llegaron noticias. Un día me contaron que llevaba el apellido Casey.
El hombre les había contado que un antepasado suyo pasó de amasar una fortuna con buenos negocios a la miseria. Toda su familia había quedado marcada por ese destino. El mismo lo había perdido todo en la crisis del 2001. Desde entonces eran él y su sombra sobre el muro blanco.
 
Cómo suele ocurrir a cada paso que se da en la vida, esta historia quedo inconclusa, solo queda imaginar un después.
Creo que fue en noviembre. Llegaron unos vendedores de películas piratas, pusieron su puesto allí donde se sentaba el viejo Eduardo Casey, y de un día para otro lo echaron del único lugar que él había elegido para compartir con su sombra a la intemperie.
 
Matías preguntó, lo busco por estación y aledaños. Volvió a ser invisible.
Finalizó el año escolar, a Matías lo cambiaron de escuela. Cerca de su casa, sin tanto viaje, sin estación de tren. Estoy seguro que Matías mantendrá por donde vaya su sorprendente sensibilidad para descubrir seres invisibles.

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

Una pequeña historia de trenes y hielos*

Fue entonces, después del escándalo, cuando el gringo se fue a vivir allí. En medio del campo, aunque no era campo sino una franja de tierra rodeada de agua. Su fiel asesor comercial Graham compró lo que pudo o lo que le vendieron. Cualquier persona sensata se hubiera sentido estafada: comprar 15.000 hectáreas de las cuales más de 10.000 son de lagunas permanentes no parece un negocio razonable. Pero él ya lo había dicho en su fugaz visita al gobernador de la provincia de Buenos Aires:
"El futuro está en el sur".
Tenía la intención de vivir alejado del mundo, dispuesto a vivir de la caza y  la pesca. Con la tranquilidad de los Apalaches, pero en Argentina.
El inventario incluía la antigua estación de tren Rolito, con un edificio habitado por una familia. La laguna "del Venado" y parte de la "Paraguaya".
Aprendió español. Mando construir una vivienda pequeña, y ya instalado, dedicaba sus días a tallar frases que le gustaran en durmientes de quebracho que se hacia traer para ese fin.
"No hay mal que por bien no venga" era una de sus favoritas en aquella época.
En ese invierno cayo nieve después de 42 años. El campo venía con meses y meses de seca.
Eran señales débiles. Lo había anunciado un científico ruso unos años antes pero la advertencia pasó de largo. O no se comprendió bien la complejidad de la relación entre  efecto invernadero y el ciclo de declinación de la energía solar. Khabibulló Addusamatov. No fue él único, pero si el más conocido de los científicos que anunciaron la cercanía de una pequeña edad de hielo en el siglo XXI.
El gringo Mark, mientras tanto seguía tallando frases, pescando y según decía -aunque nadie encontró ni una línea en un anotador: escribiendo un libro. Más o menos por esa época encargo un proyecto a Glenn, su amigo arquitecto de Carolina del Sur.
El arquitecto le contesto estaba chiflado o algo por el estilo, pero el gringo insistió: Esas tierras y ese proyecto eran el resultado del diálogo a solas -sin asesores espirituales- con su Dios. La noticia de la construcción de un complejo hotelero de cinco estrellas frente a la estación Rolito corrió rápido entre los pueblos vecinos, más aún cuando la obra -un complejo hotelero para pasajeros y albergue transitorio- se hacía en medio de la nada o casi al borde de una laguna sólo frecuentada por pescadores de pejerrey.
El ex gobernador se ganó la fama de millonario excéntrico, de loco demente, o similares.
 
Fue años después, cuando el complejo ya estaba construido cuando ocurrieron acontecimientos imprevistos, o los milagros, según como quiera verse.
En la  primavera del 2012 volvió el tren.
El gringo seguía tallando, de esa época es la frase que tomó de Frida Khalo "Nunca seremos dos sin lastimarnos" y que dedicó a su ex mujer, a la que seguía amando, aunque detestara esos símbolos comunes que la acercaban a la estética de las mujeres republicanas como Condoleeza Rice, que llevan collar de perlas en el cuello.

La llegada del tren empezó a generar las condiciones para abrir el complejo hotelero.
El gringo Mark se había hecho devoto de la imagen de la Virgen de Lujan que encontró bajo el alero de la estación. Los paisanos le explicaron que era la patrona de los ferrocarriles y "muy milagrosa". El ex gobernador hacia gestos visibles de orar y tocaba la base del pequeño oratorio. Nuestra señora del amor a distancia, como la llamaba delante de los paisanos de Guaminí que oraban como él antes de subir al tren, le devolvería lo perdido y más.
Al hombre quizá no le pasaba desapercibido la esencia egoísta del rezar, pero no le parecía del todo mal ese individualismo de las personas que ruegan por sus seres queridos y por sí mismos y no tanto por el buen destino de la humanidad.

 Durante el más crudo invierno del que se tenga noticia. Al promediar el tercer mandato del presidente Menem. Mientras en el parlamento se discutía el cierre de los ferrocarriles comunitarios y de fomento por el gasto excesivo que generaban al Estado.
Fue cuando la virgen de la estación lloró perlas de hielo.
Los caminos se congelaron y los camiones se quedaban varados en la nieve. El tren mixto de Carhué a Puente Alsina circulaba sin problemas. Un conjunto de locomotoras provistas de un vagón barre nieve aseguraban que las vías estuvieran despejadas y confiables. A meses de una nueva clausura, el tren se volvió imprescindible. La humanidad había dilapidado gran parte de sus reservas de combustible fósil y la imprevista llegada de una pequeña edad de hielo que duraría varias décadas obligaba a que el consumo de energía del transporte colectivo tuviera la tecnología más apropiada para afrontar el duro racionamiento que permitía abastecer al consumo industrial y doméstico.

Mientras tanto el complejo de hoteles del gringo prosperaba. Los turistas llegaban en tren para hospedarse, disfrutar y aprender patinaje sobre hielo en las lagunas.
Las parejas venían también en tren para hacer el amor en el albergue por horas.
El gringo, además de manejar la caja,  atornillaba sus maderas con dichos populares y frases por todas partes. En los jardines se hacían concursos de tallado de obras de arte en hielo y los premios convocaban a artistas de todo el mundo.
 
 
Al llegar en el tren desde la oscuridad de la noche, impresiona ver a lo lejos las luces que los hoteles proyectan al cielo. De cerca asombran sus torres y murallas de aspecto medieval recubiertas en hielo.
Sólo hay que cruzar una calle para hospedarse en el Stanford Palace Rolito.
Y allí, arriba del dintel, sobre la mesa de recepción del conserje, quien preste atención podía leer uno de los dichos favoritos del viejo y solitario Mark:

"Un pelo de concha tira más que una yunta de bueyes"

*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

UNAS PALABRAS PARA CELSO AGRETTI.*

¿Que se hace con los recuerdos?

Que se hace con su presencia inquietante. ¿Cómo hacer de la imagen actual de ruinas un relato sobre la casa de los tíos en la infancia?

Celso tiene el coraje para escribir desde los recuerdos; Y esa magia de pintor para que sean visibles; para que quien lea pueda representarse "ese" lugar, "esos" personajes a los que el paso del tiempo no ha desgastado. Están allí, tan vivos y presentes, tan iguales antes del tiempo.

Siempre tuve la creencia -surgida de mi propia experiencia- que es mucho más difícil escribir desde los recuerdos personales que escribir ficción. Hay algo, quizás la fuerza terrible de "lo pasado pisado" como supo decirme alguna vez mi padre.

Porque lo pasado sigue hasta en los poros. Memoria narrable e inconsciente a la vez, el cuerpo tiene una lucha permanente con los recuerdos, bellos, atroces, nunca indiferentes a lo que -lábilmente- otorgamos la creencia de ser "el presente".

Y allí, en ese espacio donde las palabras hacen retroceder la devastación de lo perdido, anda Celso con su escritura que logra imágenes fotográficas. Con la curiosidad perenne de la mirada de niño.

Pinta su aldea; sigue escribiendo de sus días irreversiblemente felices.

Con afecto y admiración.

*Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
-Prólogo para "Pintando mi aldea" de Celso Agretti. 

Desvelado*

*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

Ahí esta el hombre. Tratando de volver al sueño. Ese sueño de película de acción donde se veía como un héroe en medio de una misión entre una balacera que no lo afectaba. Balas que lo atravesaban sin dejar huella como a un fantasma. Hasta que vio prenderse la luz de la habitación de su madre, una y otra vez. Y escucho la queja o la expresión de un malestar difuso de la anciana.
A partir de allí no pudo volver a dormir. Plena madrugada, a lo lejos se escuchaba el sonido de locomotoras haciendo maniobras traído por el viento Sud.
Desde la cama. Acosado por temores y preguntas sin respuesta una vez más, el hombre repasa como llego a ser el único hijo vivo. Como se llego al presente dedicado al cuidado a su madre octogenaria.

Aparece una vez más la imagen de la placita enfrente de la estación Henderson del Midland. Él, un niño aprendiendo a andar en bicicleta y Reynaldo su hermano mayor corriendo a la par de su bicicleta para prevenir que no perdiera el equilibrio.
Cada tanto veían llegar al tren.
Fue en 1977 el último tren.  En septiembre porque fue días antes de su cumpleaños.
El que se ve corriendo al costado del último tren que se va a Buenos Aires.
La gente que agita las manos por la ventanilla, sopla besos.
Se cerraba el tren. Se llevaron hasta los rieles. Había sido testigo en una tarde a la salida de la escuela del paso de esa máquina levanta vías que a su paso solo dejaba marcas de ausencia en el terraplén.
Tarde o temprano hay mucho pasado en la vida de cualquier persona.
De la universidad le quedo aquella enseñanza que decía "la vida de las personas transcurre entre lo imprevisible y lo irreversible".
Y la ciudad de Henderson que se llama así en honor a Frank Henderson, el ciudadano inglés que desde su cargo en el ferrocarril completo las obras para que el Midland llegara a Carhué.
Frank Henderson que además jugaba al golf, al ajedrez y hasta tuvo tiempo en su vida para la fundación del club de golf en Mar Del Plata -El mismo que pudieron conocer en aquellas vacaciones de familia en  1979-.

Después ocurrió lo irreversible, aunque aun hoy le cueste aceptarlo. Reynaldo fue sorteado para
hacer el servicio militar en la Armada. Reynaldo destinado arriba del Phoenix CL 46.
El hombre se niega por un momento a llamarlo por su nombre.  ¿Porque no lo hundieron los japoneses en Pearl Harbor? Todo hubiera sido distinto, se ilusiona en vano, jamás hubiera llegado a ser el Crucero General Belgrano.

En algún limbo Frank Henderson golpea su palo de golf una y otra vez. Las pelotas se pierden al infinito cielo. Como en el azar, son un misil sin blanco.
Reynaldo sigue allí. En el barco, presintiendo lo que vendrá y sin poder cambiar el curso de las cosas.

El hombre preferiría que nada de eso hubiera ocurrido. Que la estación siga siendo estación de trenes. Que su padre no hubiera muerto de tristeza hace 10 años.
Que a nadie se le hubiera ocurrido poner en la estación -ya sin vías- una terminal de ómnibus. Tampoco que a esa terminal la bautizaran con nombre de su hermano mayor, un héroe nacido en el pueblo que murió al ser hundido el crucero.
Y que ahora, el hombre no sea el único ser a quien su madre tiene para llamar en la noche cuando se
siente mal.

Ráfagas*

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

El tío Nicolás que me llama y me cuenta un sueño, me dice que es tan vivaz que le parece una iluminación. Que alguna vez se cumplirá en el futuro.
El tío me recuerda que él sigue tratando de caminar con el bastón, los 120 kilos de peso a cuestas y los 84 casi 85 años de edad. Llega hasta la feria, tres cuadras de su casa.
A veces no va a comprar, o compra después de estar un rato en la esquina del sol. Viendo pasar mujeres, diciéndoles cosas, a veces riéndose solo a carcajadas.
Sabes, son feas pero más que feas son malhumoradas.
Casi siempre les digo "que linda que sos" -Y miento, yo se que no son ni remotamente lindas-
Y lo menos que me dicen es "viejo verde".
Me lo han dicho tantas veces que ya me crecen ramitas... -y recuerdo la voz del tío riéndose a carcajadas de su ocurrencia-.
Entonces, pasó lo del sueño, aunque a veces me parece que fue todo real.
Mi amá, me lo había avisado. "No desees demasiado algo, porque se te cumple".
Esa noche me quede largo rato mirando la noche y las estrellas. De golpe una esfera de luz brillante había empezado a crecer, a inundarlo todo con su luz. Sentí que mi cuerpo ya no me pertenecía, que se hacia liviano y se elevaba.
Es la muerte y yo no creo tener la originalidad de Víctor Sueiro para volver, -pensé-.
Días más tarde saque la conclusión de que había sido transportado por un O.V.N.I.
Pero en ese momento no vi nada que se parezca a una nave espacial. Para nada, esa nube intensa de luminosidad fue decayendo lentamente hasta que al fin la luz del día me permitió ver que estaba en una esquina de una ciudad desconocida.

Las mujeres -jóvenes o viejas- eran bellas y educadas.
El cielo límpido y celeste. El sol era tibio a pesar del mes de julio.
Cuando yo les decía algo todas agradecían. Con una sonrisa, con unas gracias, algunas me preguntaban si necesitaba algo o si me había perdido:
Yo les respondía: "Nunca me sentí más encontrado a mi mismo que ahora."
O, "Lo único que necesito es un poco de amor".
Allí fue cuando pasó esa mujer. Una joven de unos 60 años. Hermosa como un hada, que me dio un beso en la mejilla y un abrazo. Me dijo que volviera una tarde de estas con tiempo para tomar un te con ella.
Fue maravilloso, ni siquiera me sentí un patético mendigo de cariño como te hace sentir la gente en Buenos Aires, donde la crueldad se respira en el aire.

Y después que hiciste?

Pensé en la patrona que ya no se levanta de la cama se iba a preocupar, así que pregunte donde quedaba la estación, unos chicos que estaban ahí me ayudaron a subir los escalones. Tome el tren hasta Puente Alsina y camine hasta casa.
¿Y como se llamaba el pueblo?

No se. El nombre se desvaneció en mi cabeza de 84 años, pero puedo decirte que más adelante venía Coraceros, y luego recuerdo otros nombres como María Lucila, Hortensia, La Rica, Isidro Casanova, Aldo Bonzi...

¿Y vos sobrino, no vas a salir esta tarde con alguna mujercita?

Lo debo haber entristecido con la respuesta.
Pero enseguida, casi sin tomar aliento respondió: "Vamos, vamos, tenés 52 años no 85".
"Aprovecha cada día. La gente no sabe vivir. Y que mal se vive en Buenos aires". Concluyó.
Luego de los buenos deseos y saludos cortamos el teléfono.

La vida siguió su curso implacable. Con los acontecimientos imponiendo más desdichas que alegrías.

De  esto que intento contarles han pasado muchos años.
Ahora he llegado como pude a la estación del tren. Estoy seguro que alguien me ayudara a subir. Todavía queda gente amable que puede ver más allá de sus anteojeras. Logre averiguar que el pueblo que visitó el tío Nicolás se llama Enrique Lavalle y allá voy, pleno de deseo por vivir una ráfaga de felicidad a mi avanzada edad.

A un solo golpe del destino*

 *de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

Ellos cada tanto huyen a una vida anónima.
Viajan en trenes comunes, con ropa sencilla y anteojos oscuros.
Ella oculta pudorosamente sus múltiples tatuajes.
Ahora cumplen el deseo de viajar en un tren de época recientemente reciclado.
Viajan en un tren tirado por una locomotora Garrat -fabricada originalmente por Beyer Peacock-  que tiene 116 toneladas. La más pesada de la dotación original del Midland.
 
 El tren corta la llanura pampeana rumbo a Carhue. A los dos les gusta hacer el amor en ese camarote estrecho que los obliga a dormir acurrucados. En ese tren cuyo traqueteo se convierte por momentos en un suave vaivén de barco.
Van al pequeño pueblo de San Fermín.
Donde se anuncia una corrida de toros, sin toro.
Muchachos y muchachas vestidos con sus ropas blancas correrán por las vías.
El toro será un gigante negro y humeante que ha sido caracterizado a partir de una locomotora North British recientemente puesta a nuevo.
En una de las fotos que les enviaron puede verse al toro que tiene una boca gigante de utilería que raspa los durmientes de madera y debe devorar a varios de los corredores en los casi 1000 metros que dura la carrera.
 
 
 El tren llega a San Fermín envuelto en sus nubes de humo y atravesando una densa niebla.
Bajan. Ven partir presurosos a los recién llegados que son recibidos por parientes o amigos. A los solitarios que corren a ponerse en la fila de espera para tomar alguno de los pocos taxis disponibles en ese pequeño pueblo.
 
No tienen apuro. Caminan el andén. Se acercan a observar de cerca a una locomotora que no quiere partir. Ni hundirse en la densa niebla que no deja ver mucha más allá del final de la estación.
Es un amanecer. Ese es el primer tren del día que llega antes de que los rayos del sol se impongan a la niebla.
El tren se va. Los envuelve la soledad.  Son una pareja de turistas que no tiene demasiado interés en salir de ese espacio mágico del andén de un pueblo perdido en la llanura.
Del tren queda apenas un sonido que se aleja irremediable.
 
Ellos siguen allí viendo las fotos que revisten las paredes del andén. Un pueblo viejo que se extinguió y volvió a refundarse con la vuelta del tren.
Están las fotos de las celebraciones previas del San Fermín hechas allí.
Caminan de la mano. Mano derecha de él a mano izquierda de ella.
Están, como cuando están juntos y paseando, bastante ajenos al mundo.

Hasta que la tensión en el brazo de ella los puso en guardia. Son esos peligros inminentes que se perciben en la piel antes que en la conciencia.
Esa voz les hablaba en inglés norteamericano.
La voz era de una gitana que se acercaba.

-Hola Brad Pitt.
-Hola Angelina Jolie.

Ahora ambos se sobresaltaron por igual.

-Quiero que se cuiden, hay mucha envidia alrededor de ustedes.
-hay gente mala que asedia la dicha.

Angelina giro bruscamente y le dio la espalda por completo a esa voz a la que no quería unir con el cuerpo que se acercaba.
Brad se quedo enfrentando con su mirada fija en los ojos de la gitana.
Su presencia era la actualización de una antigua pregunta: ¿Hasta que punto lo real esta construido por los malos sueños? ¿Cual es el día en que las pesadillas alcanzan a lo real presente?
Fueron instantes. Apenas instantes.
 
La gitana siguió hablándole a ella, como si él fuese apenas una sombra.
 
-No te vayas. No te escapes.
-Que no te voy a violar.
 
Angelina volvió a estremecerse.
 
-A vos ya te violaron hace rato... -Remató la gitana.

-Porque no te cortas la lengua.
-Grito Brad con furia, mientras vio la imagen de la espada de Aquiles en el aire. Su espada que buscaba la cabeza de la gitana.
Lo inundo el deseo de verla decapitada. De llevarse esa cabeza. Que jamás sería la de un martir como Fermín de Amiens.
Pero la gitana eludió el corte y salió corriendo hacia el umbral de la estación.
Después, se desvaneció en la niebla.

Ellos se miraron, por un momento se desconocieron. Descubrieron que fácil es ser desconocidos desde siempre y empezar a darse cuenta a un solo golpe del destino.

El no quiso decirle que ella habita en sus sueños desde niño, pero que la ha visto una y otra vez  -Hasta ese día a prudencial distancia- en distintos lugares del mundo.
 
Angelina sintió el corte en su propia memoria de piel.
Se preguntó si aquel suceso tan encapsulado en olvidos, había ocurrido un séptimo día del séptimo mes.
 
De la gitana misma quedaron dudas.

Hasta que vieron ese goteo de sangre, que se espaciaba y desaparecía al atravesar el umbral de la estación.

 

Sin pies ni cabeza*

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

Es 4 de abril. Fecha del cumpleaños de mi padre.
Lo recuerdo bajo el nogal que él planto hace muchos años. Hoy comienzo a cosechar las nueces que el árbol da todos los años durante los días cercanos a su cumpleaños.
Me parece escuchar su voz cuando decía a quien quisiera oírlo:
"Hombre avisado, medio salvado".
Sin embargo tengo la certeza de haber desoído advertencias una y otra vez durante mi vida.

*
 
El que no tiene cabeza tiene pies -decía mi abuela materna.

Fue con la fractura de tobillo cuando me di cuenta que antes no tenía cabeza para pensar mis cuestiones y que -por largos meses- tampoco tendría pies para andar.
Sin ninguna ocurrencia razonable para mejorar las cosas intentaba leer.
Había tenido el libro de Felisberto Hernández en un estante durante 30 ó más años.
Al comenzar la lectura de Las Hortensias -que tiene prólogo de Julio Cortázar- sentí agotamiento.
El cuento era demasiado terrible para mi situación de fragilidad física y anímica.
Quise distraerme con la televisión, pero me parece que el resultado fue peor aun.
Puse el canal Crónica TV.  Era la hora del programa de Anabela Ascar: "Hechos y protagonistas"  no estaban ni el "Hombre hormiga" ni un cantante de baladas perdido en el túnel del tiempo.
Ese día llevaba a su programa a un imitador de López Rega.
Había colocado un ataúd en una larga mesa armada con caballetes. Luego presentó a una mujer que a su vez imitaba a Isabel Martínez. (Era idéntica con el pelo tirado hacia atrás y elevado en un frontón).
El falso López Rega hizo que la falsa Isabel se acueste sobre la mesa para hacer su representación. La cabeza estaba tocando a la cabeza oculta en el ataúd. Se apagan las luces. Un par de reflectores iluminabann el rostro de la Isabelita.
El falso brujo hizo maniobras con sus manos en el aire.  Hablaba con un lenguaje que nadie podría traducir.
Anabela puso la cara de Anabela, con mueca de incredulidad incluida.
López Rega dijo que había logrado trasferir a su Isabel el alma de Evita.
Anabela le pidío al falso Lopecito que abra el ataúd, este ensayó una fingida resistencia pero enseguida  la cámara mostro una muñeca de tamaño humano con el rostro de lejanamente parecido a la Evita de la foto que luce esa sonrisa enorme y su pelo atado con rodete.
Me sobresalté. Son rostros de Hortensias. -Pensé.
Iluminación o delirio bien propio, pude ver que López Rega era un digno protagonista del cuento de Felisberto cuando detrás de un cortinado le soplaba palabras que la Isabel - Hortensia debía decir al aire en sus discursos televisados.
Me extraño un poco que la imagen de Crónica TV fuese en blanco y negro.

Recordé mi mano sujetando el crayón rojo -era madrugada y la neblina no dejaba ver demasiado- cuando escribí sobre un paredón blanco "Isabel títere fascista".

*

Deje pasar varios días e intente con otro cuento, pero la primera frase también me llevo lejos: "Úrsula era callada como una vaca"
Esto me impulso a leer el folleto que me había traído el tío Lito desde un establecimiento rural. Se lo dieron en uno de sus paseos en tren para derrotar la soledad de los domingos (cuando no haya lluvia que lo detenga en su casa).
 

Establecimiento "Las Hortensias"
Huerta orgánica. Granja ecológica. Espacio de reflexión.
Estación Hortensia. Provincia de Buenos Aires. Argentina
 
Somos un espacio ecléctico que reúne en un ambiente rural:
 Una huerta orgánica. Una granja modelo. Un hostal para visitantes con actividades al aire libre y ciclos de intercambio. Un espacio natural donde se programan encuentros para la reflexión de las cuestiones humanas. En su programa 2011 las reuniones se orientaran al pensamiento sobre la histeria.  En una época donde lo lábil domina los afectos.

-Que bien me vendrían uno días de recreación y pensamiento, bien lejos de mis problemas.
-Me dije con una sonrisa, antes de seguir leyendo:

Elegimos la producción ecológica para cultivar vegetales, frutas y aromáticas. Con métodos de "agricultura orgánica" mantenemos la fertilidad del suelo y su diversidad biológica. No utilizamos sustancias artificiales, químicos, pesticidas o elementos contaminantes.
En nuestros eventos no se permite la utilización de celulares ni existe la contaminación generada por televisores (....)
 
 

*
 

Entonces pude verme con Eleonora leyendo en fotocopia un texto de Pitirim Sorokin, nos reímos como niños con el nombre y apellido del intelectual ruso. Eleonora dejo su legado en mi memoria con una advertencia dicha como al pasar en una única frase. "vos sos pasto para la histéricas".
En el momento me pareció una rareza surgida de una desconocida con la que no tendría otra relación que la de estudiar una materia para la facultad.
Pero, con el tiempo esas palabras fueron madurando y creciendo, ganando espacio como una verdad revelada tardíamente.
Años después intente ubicarla. Tenía el teléfono de la casa de sus padres y ellos me contaron que al tiempo de recibirse dejo de militar en el Partido Obrero y abrazo una causa distinta: decidió quedarse a vivir en Tailandia trabajando en un programa que intenta preservar y rescatar a los orangutanes de la brutalidad de la sociedad. Podría haber intentado pedir una dirección postal para escribirle, pero enseguida desistí, supuse que no solo no recordaría su frase genial ni a quien estaba destinada sino que mi actitud de comunicarme con el objetivo de preguntar sobre esto seria francamente ridícula.
Pensé en los espejos a los que teme el protagonista de las Hortensias. En espejo del tiempo que se refleja en uno y en cada cual. En el espejo de los otros pueden dar -hasta involuntariamente- al patetismo propio.

 

*
 
Estación Hortensia. 315 Km. de Puente Alsina.

Vuelvo una y otra vez a intentar sin éxito concluir la lectura de "Las Hortensias".
Sigo siendo una persona que busca su lugar en el mundo; que necesita escribir pero debe vencer en cada palabra la inmovilidad. La parálisis de la angustia.

 Sin encontrar las respuestas que necesito, al menos me distraigo unos días en este club de campo que brinda a quien lo necesite un buen "pastoreo" reflexivo sobre el tema de la histeria.

La reinvención*

*Por Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar

 
El hombre camina por su barrio con su mochila de frustraciones antiguas.
Al dar vuelta la esquina reconoce a un compañero de la -ahora lejana- escuela secundaria. No lo ha visto en décadas.
Alejandro esta tirado en el piso debajo de un antiguo camión que parece haber sido fabricado durante la segunda guerra mundial.
"Lo compre por unos pocos pesos". -Explica.  "Lo estoy reparando para que sea casa rodante. Voy a recorrer la argentina con el".
El hombre mira a su amigo con una expresión intraducible. El camión es una ruina con su chasis sostenido por troncos de madera.
El amigo debe haber percibido una mirada escepticismo, o esa piedad que se tiene ante un delirio impracticable.
-"Si no tenés sueños, estas muerto". Dijo con un sentido justificatorio.
Al hombre la frase le pareció un flechazo en el pecho de su propia existencia.
Cambiaron de tema. Que sabían de los compañeros de entonces.
¿Sabes algo de Huber? -Preguntó el hombre-
Con Huber eran un trío inseparable en el primer año del industrial.
-Se fue a trabajar a un pueblo de campo en un centro de investigación. Le cambio la vida. Acá no tenia nada y a los 50 años nadie te da un trabajo estable. Hay que trabajar 12 horas arriba de un remis completo el hombre el cuadro de situación.
Antes de despedirse el hombre pide las direcciones de correo de Huber, y la de Alejandro el portador de ese sueño de acercar distancias que ha intuido como inalcanzable.

El hombre siguió su camino acunado en angustias. Son años de sentirse fracasado y por más que haga enormes esfuerzos mentales no logra ver la mitad del vaso lleno. Solo gotas. Y se evaporan.

Esa misma noche le escribió a Huber.
Le contó su situación. Una vida horrible. El trabajo un espanto. Ni hablar de la soledad.
Huber le contesto rápido. Leyó su correo en la mañana siguiente.

-"Negrito, que alegría me das, salvo de Alejandro hace años que no se nada de los compañeros de la escuela.
-"Lamento que no estés del lado de los integrados al modelo. Esta sociedad casi no da segundas oportunidades a nuestra edad. He tenido un golpe de suerte después de años de golpear puertas.
Esta noche, cuando vuelva a casa te cuento la historia de como llegue aquí."

El hombre responde: Dale, contame. Quiero saber una buena entre tantas calamidades que escucho en el día.

Al amanecer, cuando el calor insoportable apenas ha aflojado durante la noche, el hombre lee la carta Huber. Es una historia larga y no parece sencilla.

Había tenido un año peor que malo. Le extirparon un testículo, cuando salió  de esa se quebró una pierna.
Su hija lo dibujaba: "Es papá en su burbuja" y lo representaba: La angustia lo aislaba cada vez más. Imposible ver futuro. El futuro era el día siguiente o la semana a lo sumo.
Un día recibió un llamado de un primo que vive en el campo, justo en el límite de los partidos de Yrigoyen y Bolívar.
"Se viene el ferrocarril de nuevo y va a haber trabajo en cada pueblo. Hasta posibilidad de radicar industrias y empleados"
Huber hizo un bolsito y se fue a ver a su primo. Fue por un par de días y volvió a la semana con otra cara.
Ese título que le dieron a leer era más que prometedor: "La reinvención del ferrocarril. Un proyecto comunitario de articulación social"
El tren volvía, pero cada pueblo debía formular proyectos que se respalden en el tren y den sustentabilidad a largo plazo.
Ahí tomo contacto con la gente de Herrera Vegas, 150 habitantes que tuvieron el criterio de no aceptar cualquier cosa.
Tomaron el asunto del proyecto para refundar su pueblo con el ferrocarril en serio. Armaron un concurso de ideas internacional y lograron el respaldo de la UNESCO.
En asambleas descartaron alternativas: ni planes de vivienda sin trabajo para quien llegue a vivir, ni la instalación de una cárcel -el Estado vive buscando lugares para ampliar su capacidad de encerrar en celdas-.
Tampoco industrias que contaminen más aún el agua.
Fue unánime. El proyecto ganador fue la radicación de un centro de investigación avanzada, al que se bautizo como "Alfonso Luis Herrera" en homenaje a un destacado científico mexicano. Un segundo proyecto también fue aprobado: un polo de microempresas que fabriquen alimentos.

Huber consiguió empleo en el centro de investigación como administrativo, a la espera de que lo asignen a un proyecto de investigación específico. Se levantaba bien temprano, caminaba hasta la estación Libertad y se subía al tren hasta Herrera Vegas. Trabajaba 8 horas y tenia casi 6 de viaje entre ida y vuelta.
Cuando lo designaron como empleado contable en el proyecto NOGXA. Huber se animo a llevar a su familia a vivir a Herrera Vegas. "Ahora los chicos pueden jugar en la calle" (....) "dejas la bicicleta o la motito o lo que sea en la puerta de calle y nadie toca nada". (....) "No se si es el paraíso pero se le parece bastante..."

Así como el proceso que lo llevo a conseguir trabajo estable e irse a vivir a ese pequeño pueblo revoluciono su existencia. Huber habla maravillas del proyecto donde trabaja. Aunque el no entiende demasiado de lo que hace ese equipo de científicos, sostiene que el fin es noble, que van a terminar de dar vuelta el modo de pensar la relación entre mente y cuerpo.

"Negrito, no se lo digas a nadie pero esta gente esta experimentando con una máquina que puede grabar todo lo que la mente de un sujeto almacena durante su vida. (....) todo, absolutamente todo: imágenes, frases propias y de la gente querida. Lo políticamente correcto y lo traumático fijado en la memoria. (...) Además y esto es lo mas decisivo: puede registrar el efecto de  emociones y recuerdos pasados sobre el cuerpo en el aquí y ahora..."

Una vez hablo fuera del horario laboral con el director de NOGXA.
Huber se despreocupo por hablar un lenguaje de códigos y conceptos. Simplemente pregunto: Che, Javi, ¿como se te ocurrió todo esto?
Gracias a Carl Kolchak, por el capítulo del hombre obligado a dormir en un laboratorio. Ese hombre que en sus sueños materializa al hombre musgo, el "Peremalfait", un cuco mítico de su infancia que mata a quienes quieran despertar a su creador.
Era un niño y ese capítulo me impresiono y dejo su huella en el tiempo. Desde ahí, para decirlo mal y breve me obstine por hacer visible, materializar de alguna forma los recuerdos y la actividad cerebral del ser humano.

¿Viste, negrito? Que asombrosas suelen ser las cosas...

-Te felicito hermano, le contestó el hombre. Era hora que te tocara un trabajo decente.
(...) No lo voy a pensar ni un día más. Voy a visitarte a Herrera Vegas. Buscare un trabajo. No importa en que oficio. Sino estar allí  y vivir en un pueblo que se recrea. Que brinda la ilusión de reinventar la vida de quien pise su suelo.

Allá va el hombre a sacar su pasaje para viajar desde Merlo Gómez, la estación más cercana a su casa. En el camino ve un cartel de publicidad que dice: "Es hora de ser quién queres ser"

No es mala idea, -piensa el hombre-, quizás fuese tarde para ser el que hubiera querido ser a los 25 años. Pero el intento bien va a valer para demostrarse a si mismo que no esta derrotado.

 

Un hombre y su obra*

*Por Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
 
 
 
De pronto me había inventado un oficio, es probable que mi ocurrencia fuese algo común. Pero preferí imaginarme fundando una praxis, la antropología de las subjetividades ó dicho de otro modo de la persona y su obra. La vida, o un encuentro casual con su prima Sofía, me permitió acceder al fantástico mundo del arquitecto Jerome Ricardo Klepka.
Sofía es la hija Slawek Klepka, el inventor al que conocí durante una internación de mi padre.
Fue un encuentro casual en el tren, ella que subió en Aldo Bonzi y se sentó justo enfrente mío.
Tardamos unos momentos, la circunstancia había sido dolorosa y pasaron muchos años.
Ella, antes de bajar en Libertad, dejó la idea: "Quiero que escribas de mi primo Jerome y su obra".
A los pocos días fui a visitarla, tomé un te rojo con miel y pase mucho tiempo observando el museo casero que Sofía tiene sobre las invenciones de su padre Slawek.
Ella no me dijo demasiado de su primo, era el hijo de su tío tan polaco como su padre. Había estudiado arquitectura pero su pasión era el arte y la escultura. Había preparado una caja con planos, dibujos de esculturas y cuadernos donde anotaba frases o explicaba el significado de sus obras.
-No dejes de ir a Corbett, es su gran obra. Sugirió cuando ya estaba en la puerta a punto de irme.
 
 
 
Mientras viajaba en el tren hasta Corbett me daba cuenta que el arquitecto Klepka tenia curiosidad por culturas lejanas. Decidió colocar 109 esculturas u obras de arte en el predio reciclado de la estación y aledaños. "Como los 109 trofeos que debía cazar un Maharajá". Había anotaciones en un cuaderno que ligaban esta ocurrencia con lecturas de Salgari.
Pero esta es una cacería de recuerdos propios a los que debo darles una materialidad. -escribió.
 
La estación de Corbett es realmente impresionante. Habría que tener conocimientos de arquitectura para poder describirla bien, pero no tiene nada que ver con la sencillez de las otras estaciones del ferrocarril. La única vía del Midland se abre en cuatro a unos cien metros antes de ingresar a la estación.
La sorpresa es mayor cuando uno pone el pie en el andén. La cartelera indica que la estación anterior es Ramnagar y que la estación de origen de la línea es "Old Delhi Railway Station".
La ventanilla donde se compran los pasajes indica que las tarifas están en Rupias y que esa es la moneda en la que deben abonarse.
 
 
El hotel se llama "Edward James Corbett Resort" y queda a metros de la estación. Es un hotel de tres estrellas con baño privado y cuesta 1050 Rupias por noche. Agradecí que tuvieran la gentileza de cambiar mis pesos por Rupias y pedí una habitación por una noche, casi seguro de que con un día completo podría recorrer el parque natural y las obras de arte que Jerome había dejado allí plantadas para que sean vistas e interpretadas por los visitantes.

Ni bien entré pude escuchar del conserje una historia que habla de la personalidad del arquitecto. Durante la obra del reciclado del hotel, el hombre había tenido una fuerte discusión con el contratista que colocaba el parquet. La discusión había llegado al punto de la furia y los hombres iban a arreglar sus diferencias a trompadas. Hasta que el parquetista lo insulto en ruso y Klepka le contesto con otro insulto similar también en idioma ruso. -Sofía me había contado que Jerome había aprendido ruso porque su padre lo hablaba como segundo idioma;  ya en su adolescencia había decidido estudiarlo bien para leer a grandes escritores como Gorki en su idioma madre.-
La cosa es que el conocimiento común de un idioma y de cultura eslava los hermanó. El contratista y el arquitecto comenzaron a cantar juntos canciones tradicionales. Para festejar el descubrimiento, Jerome fue hasta su auto, trajo una botella de Grappa Chizzotti y brindaron con los obreros presentes en la obra.
-Como Ud. mismo podrá observar, el parquet de pinotea ha quedado impecable. -Remató el conserje.
 

Me di cuenta durante un buen rato antes de lograr dormir en una cama desconocida que la idea de escribir sobre un hombre y su obra no es tarea sencilla -al menos con Klepka- . Una segunda idea que había tenido durante el viaje en tren estaba en cuestión,  ¿Podría escribir sobre lo visto en Corbett un artículo en Wikipedia? No quería -como muchas otras veces- plantearme objetivos demasiados alejados, tenía certeza sobre las limitaciones de mi escritura. Sin respuesta, lo mejor fue dormirme y esperar que el día siguiente aclarara con su luz las cosas.

 
Desayune mirando al verde del parque un cielo amplio y celeste hasta el horizonte. El día se mostraba como una promesa esplendida. Como muchas otras veces sentía incomodidad con la soledad. Casi siempre mi trabajo me llevaba a llegar y permanecer solo en diferentes hoteles, la soledad me convertía en un observador o en un cazador de imágenes más precisamente. Me llamó la atención la remera que usaba un hombre con la pelada artificial en su cabeza. Tenía menos de cuarenta años, y el aspecto de un cuerpo trabajado en horas y horas de gimnasio. Parecía estar en una gira de negocios con socios o clientes. La remera decía: "Y si la mujer del prójimo me desea a mí".
 
No quise distraerme más. Llevaba en un bolso un par de cuadernos donde Jerome Klepka describía el origen de las obras que iba a ver ni bien me animara a salir al afuera del hotel.

 
En el pequeño parque lindero al que miran los ventanales del comedor esta el monumento a Edward J. Corbett. Es una escultura de hierro negro donde una figura con cuerpo humano y cabeza de Tigre. Arriba de la cabeza, esa figura lleva el sombrero clásico que hemos visto en las películas llevar a los cazadores. Esa figura lucha con una enorme víbora que se enrosca por su cuerpo desde su pie izquierdo. La serpiente termina en una cabeza humana -como las que pintaban en el renacimiento con una cabellera bien densa- esa cabeza humanizado mantenía colmillos y lengua de serpiente.
La estatua tiene el subtítulo de "Metamorfosis".
 
En el cuaderno dice -textual- : "Metamorfosis". Fue con la infección del colmillo izquierdo. Tenía la mitad del rostro con aspecto felino. Sentía que la fiebre era una enorme serpiente que se enroscaba. Deliraba. Lo más lógico es que la serpiente tuviera en su rostro el aspecto de la serpiente a la que llamamos, afiebrados de autoengaño, "ser humano".
 
 
La estatua tiene en su base enorme de cemento la inscripción de autoría: JEROME RICARDO KLEPKA. ESTATUARIO. ARQUITECTO. CLONADOR PAISAJISTA.
 
Alejándose de la estación y el hotel -a menos de un Km.- hacia el norte esta la entrada al Parque Natural, situado en las tierras de la antigua estancia de los Corbett. Allí quedaron al aire libre las obras de arte de Klepka. La entrada al parque cuesta 250 rupias, el equivalente aproximado a 5 Euros.
La primera obra que pude observar se titula: "El rollo del tiempo".
 
Escribe: "Después de la salud, el tiempo es lo más valioso que posee una persona. (...) Pensé en las manos de mi padre, en los objetos que había dejado abandonados en el galpón de la casa. Había dos lavarropas oxidados, una heladera Siam. Los alambres que sostenían la antigua parra habían quedado formando un rollo, una nebulosa galaxia que ya no podría volver a extenderse. Fue mi hijo quien lo bautizó como rollo del tiempo"
 
Unos metros más adelante pude observar que una de las vías del ferrocarril ingresa en la antigua estancia y lleva al tren hasta un apeadero sencillo situado en el costado soleado del casco.
 
Me gusto mucho la obra dedicada a Kurt Vonnegut. "Insectos atrapados en ámbar" Son piedras traslucidas apiladas como un muro adentro hay cuerpos de insectos con cabeza humana. Arriba del muro desfila un soldado con un uniforme alemán de la segunda guerra.
 
Jerome anotó: "Están mi padre y mi tío en la guerra, nunca saldrán del todo. En el oído les quedara el zumbido de los proyectiles que reventaban el tímpano. Una y otra vez puedo volver a ver los ojos vivaces de mi padre cuando recordaba la noche iluminada por explosiones en la batalla de Montecassino."
 
Cuando retorné del parque estaba bastante cansado y era de noche, había comido algo en un pequeño restaurante ubicado en el casco de la antigua estancia. Recordé que el último tren hacia Old Delhi ya había partido. Decidí quedarme otra noche en el hotel y partir en la mañana luego del desayuno. Volví a la habitación, me bañe con una ducha que no logre regular bien, asi que con el agua casi fría afloje el cansancio y me dispuse a dormir. La cercanía al campo convertía al hotel en un espacio de resonancia de lo lejano y lo inmediato a la vez. En la habitación contigua una pareja había comenzado a hacer el amor. Se escuchaba como la mujer jadeaba. Dije: este Jerome, ha sido un gran artista, pero como puede ser que haya construido estas paredes con paneles de yeso que no aíslan nada.
Desde el campo empezó a ganar espacio el sonido de un tren acercándose. Es el tren que va a Moradabad y retornara mañana para llevarme a Old Delhi. Por momentos el sonido del tren se mezclaba con los jadeos de la pareja de la habitación lindera. Cuando llego a la estación se escucharon los sonidos del vapor de la locomotora. Ese ruido inconfundible de las vaporeras. ¿Será una North British o una Vulcan Iron Works? El tren partió, su sonido se alejaba mientras el de la pareja que hacía el amor sin agotarse se mantenía constante.

En cualquier lugar, una locomotora atraviesa la noche. Otra mujer, se enciende, hecha vapor, jadea. Hay viajes que crean la vida y otros que la llevan de un sitio a otro.
Antes de entrar en el sueño arrullado por los sonidos del amor. Se impone la necesidad de crear una frase, alguna enseñanza sea útil para mi vida. Pensé, en lo apropiado que era el título de una de las obras de Jerome Ricardo Klepka: "Lo erótico es la vida".

*

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