inventiva http://inventiva.lacoctelera.net 2012-04-23T01:24:56Z EDUARDO COIRO ESE CORAJE PARA ESCRIBIR DESDE RECUERDOS... http://inventiva.lacoctelera.net/post/2012/04/23/ese-coraje-escribir-desde-recuerdos 2012-04-23T01:24:56Z inventiva ESE CORAJE PARA ESCRIBIR DESDE RECUERDOS...-Textos de Celso H.Agretti. celsoagr@trcnet.com.arEL PUENTE DE LA VIA      Â... <p>ESE CORAJE PARA ESCRIBIR DESDE RECUERDOS...</p> <p>-Textos de Celso H.Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar</p> <p>EL PUENTE DE LA VIA<br /> <br />                                       <br />                                       Si no tuviéramos recuerdos,                                                                         <br />no tendríamos conocimientos.</p> <p>I<br /> <br />    El puente estaba a una docena de cuadras, no más, de dónde vivíamos cuándo éramos niños, pero a nosotros nos parecía que la distancia era enorrrme, y siempre tentaba con su sabor de aventura.-<br /> Teníamos necesariamente que hacer un tramo caminando por las vías, después de andar las últimas tres o cuatro cuadras del pueblo hasta el paso a nivel donde ahora estoy parado; contemplando y recordando esas vivencias infantiles, que pasaron hace ya varias y largas décadas.-<br />Estoy justamente en el cruce de la vieja vía con el camino.- El que saliendo del pueblo va recto al norte, pasando por las chacras sembradas.- El lugar está en parte casi igual; los grandes eucaliptos viejos, enormes y retorcidos siguen allí adelante, al borde, a mi izquierda.- <br />Claro que están más viejos que entonces, y faltan algunos, tumbados poco a poco por los vientos de tantas tormentas y algunos talados sin mayor conciencia. También falta enfrente un gigantesco Ombú, pero allí ahora fue avanzando el borde urbano, por lo que lo que era campo, hoy son calles vestidas de casas.-<br />Incluso desde aquí vislumbro a través de los rugosos troncos y altos pastos la vieja casona donde entonces íbamos los domingos con Audino, mi hermano mayor, a escuchar los partidos del campeonato  por la Radio, cosa que nosotros aún no teníamos, y allí vivían varios chicos  de la edad de él, primos entre sí, que eran compañeros en el Colegio.-<br /> Ellos no eran ni amigos míos, ni compañeros, y hasta les tenía algo de temor, o recelo. Incluso los mayores, que se sumaban al grupo, eran para mí extraños. Uno tenía largos bigotes como ya no se veían, de otra época, retorcidos y puntiagudos. En esos años tuvo un trágico final este hombre imponente. Una noche lluviosa murió de un tiro de revólver en la ladrillería que tenían cerca de la amplia casona; un peón ebrio, de turno en el horno, puso fin a su vida, parece que por problemas pasionales o tal vez sólo por el vino. <br />Otro era tullido y usaba muletas, y era muy apacible y amistoso y a él sí le agarré mucho cariño. Siempre tocaba las conexiones de los cables con la batería, cuando la radio chirriaba o enmudecía. <br />Yo trataba de tener claro en qué constituía el equipo y cuál era su magia. El receptor, que en sí era todo un mueble, los cables con sus bornes, la batería o acumulador, el molinillo de viento que proveía la recarga, y la antena aérea, de altas picanas como mástiles, con sus riendas y  blancos aisladores y el oscilante hilo de cobre con su bajada. Toda una instalación. Y... , las estaciones estaban a gran distancia. Se escuchaban pocas y eran casi todas de Buenos Aires, pero todavía no eran muchas las casas que podían tener una.  <br />Pero no era sólo la pasión del fútbol ni las tardes de radio, sino recorrer este camino y su entorno, salir de nuestro pequeño mundo, y alejarnos de las últimas casas del pueblo, cruzar la vía, y adentrarnos en lo que había más allá. Cruzar la vía era el comienzo de la aventura. Más allá era otra cosa, el camino era largo, infinito, y hablaba de otros lugares que conocíamos sí, pero que estaban cargados de encanto. Hasta ese pequeño tramo era un viaje, un verdadero viaje, donde pasaban tantas cosas lindas: las llamativas alas pintadas del pájaro que nos rozó volando, el otro que estaba cerquita en un arbusto del alambrado, o la liebre que descubríamos en su carrera por las puntas de las largas orejas que asomaban zigzagueando en los pastos, o de pronto, una perdiz que nos mató de susto al alzar vuelo casi debajo del pie.- ¡ PPPPRRRR rrrrrr ...! <br />O la forma de aquel Tala, con su copa ahuecada y tupida como una techumbre, o aquella rama perfecta para una honda, o el ulular del viento, la frescura de una sombra, el flamear de los pastos; o los vertiginosos y traviesos remolinos de verano, levantando polvo, pastos, y papeles que quedaban girando, y se descolgaban lentamente del cielo, revoloteando como desilusionados, mientras que del remolino no quedaba ni rastros...<br /> </p> <p>II<br /> <br />O sea: contemplo lo que queda y me transporto en el tiempo; mientras piso los rieles enterrados, soñando. Pero si bien detrás de mí el pueblo se convirtió en ciudad y el pavimento llega precisamente hasta la vía, hacia el norte el camino sigue polvoriento; pero en la vía el tren no pasa desde hace muchos años, veinte al menos. <br />Aquí el polvo del camino le puso una capa ya permanente y cada vez más compacta, dura como una lápida, y triste como una mortaja. A un lado y otro del camino los rieles abandonados duermen entre el pasto que los ha ido tapando casi por completo, y por momentos se dejan entrever entre la fronda de la gramilla por el pálido brillo que reflejan del sol de la tarde en el dorso casi opaco, y más adelante se adivina la vía y la curva que aquí comienza, redondeada y suave, más por la memoria que por la evidencia.- <br />Antes, ese brillo nos cegaba cuando caminábamos contra el sol, ya que el tren al pasar una y otra vez los mantenía pulidos como espejos, y la gramilla  y otros pastos se mantenían prolijamente fuera de la franja que formaba la vía con el ancho de los durmientes a flor de tierra.  A cada lado del cruce, en la línea del alambrado, los guarda-ganados impedían que los caballos, vacunos u otros animales grandes, ingresaran a las vías por obvias razones de seguridad. <br />No eran profundos, pero a nosotros nos atraían y nos demorábamos en pasar pisando, una y otra vez sobre las rejas, como demostrando el valor que teníamos, especialmente cuando los domingos estábamos acompañados por los demás chicos, con los que solíamos ir a jugar. Hoy están tapados en tierra, o quizás ni estén allí, porqué no se ven ni rastros, al menos a simple vista.<br /> </p> <p>III<br /> <br />Hacia el este del paso a nivel, la Estación quedaba a unas veinte cuadras, y la vía terminaba de hacer la curva y seguía recta unas diez cuadras hasta otro paso a nivel; pero aquello estaba fuera de nuestro alcance, al menos en esa etapa. Aquí teníamos suficiente. Aquí mismo a la derecha están todavía los galpones de una fundición de hierro, y enfrente una ruidosa desmotadora de algodón, que nos tapaba en polvo y humo, además de un constante zumbido de sus extractores, ventiladores y ciclones, que nos arrullaba y nos despertaba, una u otra.-<br /> Al costado de la vía, formaban montones los residuos de borra y metal fundido, entre los que encontrábamos enorme cantidad de municiones de hierro, más o menos redondeadas, especiales para tirar con las gomeras, que justamente por su peso y su redondez, aseguraban una trayectoria de verdaderas balas; hoy diría que hasta sumamente peligrosas... Ese montón de desecho tenía incontables buscadores de proyectiles, que nosotros almacenábamos para nuestras correrías.- <br />También era campo de pruebas, porque la tentación era ver como se tiraba con estos o con aquellos, y los blancos predilectos eran los aislantes de porcelana del telégrafo, que bordeaba la vía junto al alambrado. Algunos chicos de nuestra edad, o un poco mayores eran unos verdaderos inadaptados, capaces de cualquier maldad, por lo que eso, era una nadería.- <br />Eso, o matar inofensivas palomitas, horneros, cuises, etc., que hoy horrorizaría a cualquiera, aquella vez pasaba desapercibido. Aún no se hablaba de  ecología ni de especies protegidas, y casi, casi, ni de amor a los animales; al menos, no con la conciencia conque hoy se está asumiendo,  y menos a los niños, y menos que menos a esos niños... <br /> </p> <p>IV<br /> <br />A una calle de la vía vivíamos nosotros, y ver pasar el tren era una diversión que no menguaba por más que lo hacíamos todos los días, mañana y tarde. El más interesante era el tren de carga.  No tenía un horario, como el de pasajeros, pero pasaba después de media tarde y en el invierno, durante la temporada de la caña de azúcar, íbamos al borde a esperar su paso, y nos solían arrojar cañas enteras o trozos, y para nosotros eran trofeos tan valiosos, que volver con cierta carga nos llenaba de gloria. <br />Recuerdo las emociones de la espera. Ver al maquinista o al foguista  esconder o balancear las cañas que nos arrojarían, tras elegirnos;  porqué a veces éramos varios los chicos que esperábamos junto al alambrado. Era todo un juego, para ellos seguramente divertido, para nosotros, angustioso. Si el tren era largo siempre había más gente en los vagones o en las chatas, que hacían otro tanto.    <br />Pero no era necesariamente pareja la cosecha, era más bien cosa del azar. Todos guardábamos una estratégica distancia uno de otro, asignándonos en el momento un territorio; y  desde nuestra posición aguardábamos expectantes. Ver que se fijaban en uno y  revoleaban el trofeo en nuestra dirección, y caía más o menos cerca, pero entre las matas de paja brava, y había que encontrarla, a veces disputándola fieramente con el chico vecino; y otras veces con la poca luz del ocaso, se terminaban perdiendo y proseguíamos la búsqueda al día siguiente. No era seguro que la caña nos esperara, quizás el ocasional vecino nos habría madrugado.<br /> </p> <p>V<br /> <br />Justo enfrente, cruzando la vía, había una pequeña franja de monte. Un montecito. No tendría más de media cuadra de ancho, y una cuadra de largo. Pero tenía todos los tonos de verde, y bastaba para que a nosotros nos pareciera una selva virgen, inhóspita, y cuajada de peligros...  <br />Aromos, chañares, espinacoronas, arbustos y enredaderas, tunas con sus tentadoras frutas, pero erizadas de púas, cardos con sus varas floridas, insectos que zumbaban, diversos pájaros que anidaban allí, y un sendero bastante sinuoso que lo atravesaba; en una punta una lagunita, donde solíamos sentarnos por horas, con mi hermanito menor, Reinaldo, y a veces algún vecinito,  a la sombra de los algarrobos que la bordeaban y hacíamos que pescábamos tirando los "bogueritos" entre los juncos , mientras observábamos las ranas o los sapitos, y los caracoles y los rojos racimos de huevos pegados a las pajas sobre la línea del agua.<br /> Nunca la he visto seca a la pequeña laguna, ni en tiempos de sequías, y eso que no era más que un charco. Hoy me parece increíble, pero entonces hasta contemplaba hipnotizado las larvas de los mosquitos que tras la lluvia pululaban en la superficie, y minúsculas arañas que tejían redes entre las ramitas de la orilla. <br />Llegar al montecito, entrar en él bastaba para convertirnos en legendarios exploradores, arrojados  cazadores, o valientes e intrépidos personajes como el mismísimo Tarzán de los monos...  Como tenía inventiva fabriqué una pequeña ballesta, con su travesa, su tensor, su gatillo; y con unas afiladas varillitas metálicas como flechas.<br /> Eufórico, tras comprobar su funcionamiento y su eficacia, me fui al monte, a la jungla,  en busca de aventuras... Buscaba una pequeña pieza de caza, quizás algo peligroso, algo que valiera un tiro de mi portentosa ballesta... Tras moverme con cautela , despacio y sin ruido, al acecho, por más que estuve quieto largo rato, no he visto nada que se moviera; a no ser una rana verde que saltó entre las ramas de un árbol bajo y no dudé, casi diría que fue sin querer, disparé la flecha-varilla y la rana quedó atravesada, ensartada entre las ramas.-<br />Me quedé duro. <br />Si le tenía repugnancia a las ranas y a los sapos, al menos vivos los veía sólo un instante y a cierta distancia; pero ahora tendría que arrimarme y recuperar la flecha, pese a todo no estaba dispuesto a perder una de mis valiosas varillas de metal con un filo tan trabajado, no; para nada. Así que formé de tripas corazón y lo hice, me sobrepuse al asco, tomé al pobre batracio muerto y le saqué la flecha, y allí terminó la cacería, y con el estómago revuelto volví a casa. Nunca volví a tirar  ni al blanco con el artefacto, y no supe decir en casa, porqué no probé bocado en la mesa, ese día al menos.- <br /> </p> <p>VI<br /> </p> <p>El puente de la vía me queda al oeste. Solíamos venir por varios motivos. Indudablemente tenía su magia. Uno era la pesca. Y de tanto en tanto sacábamos alguna pequeña tararira, tanto para dejarnos con ganas. Si bien bajo el puente siempre había agua, y era bastante honda, no era más que un zanjón, que provenía de una cañada de las cercanías y que solo traía agua cuando llovía, que a su vez volvía a formarse cañada más adelante en el bajo, antes del puente del camino, y así sucesivamente.<br /> Una vez, estando en primer o segundo grado, un compañero, más grande y muy corajudo ya de pequeño, porqué después estando él siempre  era el líder de nuestro grupo; me convenció que lo acompañara a la casa de uno de nuestros compañeritos de la escuela que vivía en la zona rural. De ida fuimos por el camino, pero de regreso dispuso que regresáramos cruzando el bajo, a campo traviesa.- <br />El asunto  es que había llovido hacía poco y la cañada tenía agua y si bien corría bastante no parecía honda. Además era como una maraña cruzada de pequeños zanjones y se podían pasar pisando los islotes que formaban. Todo a pequeña escala. Pero a poco era más ancha de lo esperado y más correntosa. Los pequeños canales se hacían difíciles de sortear, y un par de veces caímos y trepamos. Además yo era más chico y se me hacía difícil. <br />El no hablaba de volver. <br />Era aguerrido. <br />Pero sentí realmente miedo y tuvimos momentos difíciles, hasta que finalmente pasamos lo peor, terminamos volviendo a casa,  mojados y temblando. No sé a él, porque era muy corajudo, pero a mí no se me borró nunca el miedo que pasamos aquel día.<br /> </p> <p>VII<br /> </p> <p>Ir por la vía hacia el puente era de por sí un paseo. <br />Tratábamos de caminar haciendo equilibrio por los rieles y pisar sólo de tanto en tanto el suelo para mantenerse, ya que los durmientes hacían desparejo el piso, además llevaba una zanja de desagüe  cada dos durmientes a un lado y a otro alternativamente. Por lo que caminar requería atención y un paso coordinado.<br />             Aunque para nosotros era un juego. <br />A la izquierda había un viejo aserradero, con una playa llena de grandes troncos, o piezas de madera, que llegaba hasta el borde de la vía. A la derecha había una excavación profunda, de donde sacaban tierra arcillosa para la ladrillería. Esta era la misma que correspondía a la casona de los grandes eucaliptos. Era frecuente que aquí viniéramos a bañarnos en los días de calor, especialmente a la siesta. <br />Todos sentíamos temor a que llegara la gente de la ladrillería, aunque estaba la cava al borde de la vía y además no hacíamos ningún daño. Nos bañábamos desnudos, y sabiendo lo vulnerables que quedábamos, dejábamos la ropa muy a mano, aunque salir del agua no era fácil porqué era barrancoso y la arcilla de por sí resbalosa. <br />En una de esas, en lo mejor del baño refrescante, sentimos el galopar de caballos y un griterío que asustaba. Verlos y tenerlos encima fue todo uno. Cada cual salió como pudo manoteando la ropa y cruzando el alambrado, y por las dudas correr a más no poder... <br />Nos vestíamos mientras corríamos. Tampoco era para tanto. Ellos no habrían estado más que divirtiéndose, pero nadie se quedó a averiguarlo. Había un chico nuevo en el grupo. Siempre estaba muy bien vestido. <br />Cuando todos nos juntamos en el paso a nivel él aún estaba desnudo con las ropas en la mano, temblaba de miedo, además había dejado el sombrero al borde del agua, y decía llorando que no podía volver a la casa sin el preciado sombrero. ¿Volver a buscarlo?... - ¡Ni locos!,- y el grupo se disolvió mientras él aún no lograba vestirse... <br />Quedé con él, y él allí firme, temblando; encima yo lo había invitado...<br />- ¡Bueno, vamos! - dije en un arrebato cargado de súbito coraje...<br />Y nos volvimos los dos solos. ¡Además los ladrilleros no iban a estar allí esperándonos!  La verdad es que no podíamos estar seguros si se habían ido, porque el borde de la cava tenía una zona de arbustos, que nos impedía ver hasta que la trasponíamos, y ahí ya estaríamos adentro... <br />Pero, sí, media docena de chicos y no tan chicos, estaban con sus caballos aún allí. Nos quedamos un momento duros, luego usé mi salvoconducto, que esperaba me sirviera: Yo era conocido de ellos, al menos de algunos. Así que me animé y les mostré el sombrero en el suelo, y le dije que era de mi amigo, y que veníamos a buscarlo. <br />No hicieron gran cosa, así que alcé el sombrero, los saludé con el sombrero mismo, y rápidamente me volví alcanzando a mi compañero, que ya se me había adelantado bastante, y estaba en medio de la vía; y aliviado, me vine riendo porqué yo creía, que no teníamos que haber disparado de ese modo.- <br />Al fin me había portado como un pequeño y valiente quijote.<br /> </p> <p>VIII<br /> </p> <p>Más adelante había sendas ladrillerías a ambos lados, y aún más adelante el puente. El puente era de hierro, y ladrillos, de cuando hicieron el ferrocarril. A veces veníamos a bañarnos, aunque  yo siempre conseguí zafar porqué me daba miedo. Otras a pescar. O solamente a divertirnos. Pero el lugar era fascinante. El terraplén bajaba en un declive abrupto, con tortuosos caminitos que bajábamos a trompicones, entre tupidas matas y  verdes plantas de ombúes nudosos. <br />A los costados había chacras sembradas.<br />Una siesta de domingo, muy calurosa, mientras el pueblo quieto y somnoliento, descansaba de los sudorosos días de la semana; nosotros, media docena de compañeros, llegábamos una vez más de excursión al puente. A lo lejos, un horizonte azulado y difuso, que el calor hacía reverberar, se veía como a través de un cristal ondulado y movedizo; mientras el silencio que nos envolvía contenía un mundo de pequeños zumbidos, chirridos y silbidos, propios del verano y de la hora, en que imperaban las chicharras y los pequeños insectos.<br /> Nos sentíamos felices por estar allí; libres, aventureros, ansiosos...<br /> Unos bajaron del terraplén antes del puente, y otros lo traspasamos, bajando al otro lado de la ancha y lagunosa poza, repartiéndonos así las orillas de pesca. <br />El más corajudo lideraba como siempre las acciones. Atento por encontrar en qué demostrar su liderazgo, además de tener una inclinación a vencer obstáculos o pequeños peligros. <br />Se le ocurrió venir a nuestra orilla, atravesando el estrecho pero profundo curso de agua que bajaba a la cañada; sosteniéndose sobre el alambrado, aunque faltaba algún poste, y los hilos sólo unidos por las varillas, se balanceaban peligrosamente a medida que avanzaba. Llegado a la mitad, el alambrado se volcó aún más, haciéndole casi tocar la espalda en el agua, lo que lo obligó a apoyarse pisando un trozo de tronco medio podrido, que flotaba junto a camalotes y deshechos, y la correntada empujaba, manteniéndolo contra lo que quedaba del inestable tendido... <br />El tronco, que era en parte hueco, se hundió en la punta que pisaba, y de la otra comenzaron a salir víboras en cantidad, tan asustadas como él, subiendo a los camalotes y palos, y otras nadaron zigzagueantes buscando la costa más cercana.<br />Gritamos o saltamos, y corrimos, no recuerdo bien. Sé que después nos organizamos y entre todos lo ayudamos a salir. <br />Era el precio que a veces le tocaba pagar.<br /> </p> <p>IX<br /> <br /> A veces cuando no tenía clases y en casa me permitían, llevaba a mi hermano menor a que me acompañara. Una mañana de sol pero con mucho viento, volvíamos a casa ya cerca del mediodía, embelesados con el ondular de las cañas y el silbido de las ramas, con los mechones de hojas flameando hacia el sur, por efectos del fuerte viento norte. <br />Un silbido me pareció más fuerte y me volví, justo a tiempo para ver casi encima nuestro, la tremenda mole de la locomotora del tren de pasajeros, que nos pitaba seguramente desde hacía rato, resoplando vapor y humo negro. Empujé a mi hermano violentamente a un costado, y yo alcancé a saltar al otro, y desde el suelo vimos pasar a un metro, semejante monstruo, con su diabólico movimiento de cigüeñales y de bielas, entre quejidos y bufidos de horrenda bestia metálica.- Sentados vimos como se alejaba el último vagón, en una humareda y pitidos anunciando como siempre, que estaba llegando una vez más. <br />No hablamos en todo el camino, y el susto no se nos iba por mucho tiempo. No podíamos creer de lo que nos habíamos salvado. De esto ni una palabra en casa, no sea que nos merme el permiso para volver otro día.<br /> </p> <p>X<br /> <br />De todo esto me voy acordando mientras camino lentamente por la vía, o lo que queda de ella, mirando absorto el piso, los desagües borrados, los rieles semiocultos en el yuyo, los durmientes que sólo asoman alguna esquina de tanto en tanto, me paro antes de llegar al puente, me acuerdo de la excavación y me cuesta encontrar el lugar donde estaría; una irregularidad del terreno, con las barrancas borradas y cubierta de chañares, todo el terreno aledaño cubierto de ramas, en un verdadero abandono. Por aquí más o menos habrá sido, cuando el tren casi nos atropella. <br />Me siento un rato y sueño. <br />Cuando me incorporo veo semi-enterrada contra el borde de un durmiente, una bolita de vidrio de colores, un "bochón", como le decíamos entonces..., y no sé si en serio o en broma, me parece igual al que mi hermano siempre llevada, en el bolsillo de su pequeño "jardinero". - ¿Puede ser? ¡Claro que no! ¡A quién se le ocurre! - Encontrar una bolita así de aquel tiempo, así sin más... <br />Pero no sé, me quedo pensando en eso, y por las dudas, guardo muy bien el bochón colorido de vidrio, y me pregunto: - Pero; ¿Y ahora, habrá bolitas así?- <br />Un poco más y llego al puente. <br />Sigue estando, incluso tiene agua, pero no están los ombúes y un ramerío de espinas cubre los costados del terraplén.- Espinas y cardos y rameríos enmarañados, después de dos o más décadas de abandono.- <br />No es más que una ruina, nada que ver con aquello.- <br /> <br />19 /12 /02</p> <p>"Escribir es acariciar el alma de los otros a través de las palabras"</p> <p>El narrador santafesino explica que la literatura es una forma de expresión, de transmisión de un conocimiento que le permite acercarse a los demás.</p> <p>*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com</p> <p> <br />El suizo Jaccottet ejemplificó: "Cuanto más envejezco más crezco en la ignorancia, cuanto más he vivido, menos poseo y menos reino. Todo lo que tengo es un espacio a veces nevado o brillante, pero jamás habitado" y rehaciendo la memoria, en la literatura, anda este constructor de recuerdos, plasmados en una obra que ha ganado respetos y admiración.<br />En Avellaneda, Santa Fe, tiene una referencia insoslayable que rescata. Dice Agretti: "En respuesta a tu invitación, he escrito estas respuestas; son mis principios, como dijo Groucho Marx, ‘si no le gustan tengo otros...'"</p> <p>-¿Podrías hablar de tus orígenes incluyendo el literario, lugar de nacimiento y sede actual de tu vida?</p> <p>-Nací en este Norte santafesino, de costumbres pueblerinas, a menos de una cuadra de donde hoy estoy viviendo; pero como mi vida laboral fue la carrera bancaria he vivido en distintos lugares de la Mesopotamia.<br />De niño, me gustó leer, y dibujar; siempre tomando nota de temas que un día pensaba desarrollar. Internet me ayudó, especialmente portales como Mizares, y el vínculo con Inventiva Social.</p> <p>-¿Cuál es tu género literario favorito, preferido o conveniente?</p> <p>-Prefiero la narrativa, las historias costumbristas, y los ensayos; donde puedo expresarme y siento que tengo mucho para decir. Leo todo género, incluso novelas, donde me he nutrido desde niño.</p> <p>-En este mundo virtual, ¿la lectura peligra?</p> <p>-Parecería que sí, que toda evolución se fagocita lo anterior, que el mundo digital es vertiginoso y está al alcance de todo el mundo y ofrece el universo del saber escrito; pero el papel escrito puede convivir por mucho y quizás para siempre, porque el libro es un objeto querible, un tesoro personal que se posee, que envejece con uno.<br />Se le cobra cariño, y sus páginas forman parte de su encanto. Y si uno mira a los países centrales donde la tecnología es aún mayor; los tirajes y ediciones de libros nuevos son de millones de ejemplares, como la saga de "Harry Potter".</p> <p>-¿Tuviste mentores o guías y por qué?</p> <p>-Seguramente, la lectura temprana de novelistas como Gustavo Martínez Zuviría, Joseph Conrad, Truman Capote, crearon un modo de ver la literatura, y más recientemente Osvaldo Soriano, Antonio Dal Masseto, Gabriel García Márquez; esa narrativa sencilla, atractiva y atrapante.</p> <p>-¿Cuál es el perfil de lectores que sobrevive al virtualismo?</p> <p>-Veo un entusiasmo en los niños actuales, lo veo en la biblioteca a la que pertenezco, que se enganchan y se entusiasman si se los acerca, si se les facilita el material.<br />Debemos abaratar los libros, hacerlos más accesibles; eso hoy día es una causa de desapego. Regalar un libro es como sembrar un jardín. Debemos hacerlo y promoverlo.</p> <p>-¿Qué significa para vos la literatura?</p> <p>-Una forma de expresión, de comunicación, de transmisión de conocimiento, de darme, de acercarme y acariciar el alma de mis semejantes...</p> <p>Tres preguntas al margen </p> <p>-¿Por qué huye la luna del sol?</p> <p>-Para poder ser ella. Para, aunque pálida, darnos su mensaje; pero tampoco se aleja del todo, sabe que de algo hay que vivir...</p> <p>-¿Quién oscureció la noche?</p> <p>-No sé quién; pero nos muestra que ya hace tiempo hubo crisis energéticas.</p> <p>-¿El silencio es enojo de un dios?</p> <p>-Ese silencio es una concesión más que generosa, nos permite jugar a las adivinanzas, a los descubrimientos; a soñar que podríamos parecernos a ese dios.</p> <p>Así escribe </p> <p>"...Mi hermano, en su impotencia, le lanzó una maldición. Con toda la bronca, como quien tuviera el poder para clamar venganza... Levantó su pequeño puño cargado de nefasta energía...<br />-¡Hijo de tu madre! ¡Ojalá se te reviente una cubierta!...<br />- y luego en voz más baja, fue agregando aún más condiciones... -¡y que no tengas rueda de auxilio, o esté pinchada!...-, y otras cosas por el estilo. El fuerte "¡Plooof" nos llegó seguido por el eco de los troncos de las plantas.<br />El auto zigzagueó un instante y se detuvo algo atravesado en el camino. La nube de polvo se fue desvaneciendo... Pudimos ver desde nuestra ubicación, que la rueda delantera izquierda estaba ahora en llanta..."</p> <p>Títulos</p> <p>"Los días felices" editado 2005. -Costumbrista-<br />"Compartiendo sueños" -Prosa y poesía-. 2010.<br />En edición: "La raíz del Bambú" -Compendio ilustrado, prosa y poesía-.<br />Trabajando en "Historias Bancarias". También en dar forma a "Crónicas de la guerra de Malvinas desde casa", (por el padre de un ex combatiente).</p> <p>*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 8/04/12 <br />http://www.launion.com.ar/?p=89089</p> <p>Tres monedas<br /> </p> <p>Era el segundo o tercer día de clases de mi segundo año en la escuela primaria. El primer día habíamos tenido un acto. El segundo hicimos algunos ejercicios; pero yo no tenía útiles. En casa aún no me los habían comprado.<br />Cuando volví a casa mamá me prometió que iba a comprármelos en cuanto papá volviera del trabajo, en la fábrica, en turnos alternados en ese momento, de ocho a doce. Pero al llegar la noche  aún no los tenía, y ya había agotado mis pedidos a mamá, y la pobre desviaba el tema, y finalmente la mirada. Yo no entendía.  No comprendía eso de ir a la escuela sin un cuaderno, un lápiz y una goma; por lo menos, como cualquiera de los demás compañeritos.<br />Papá, en la cena, respondió muy molesto, más bien de mal modo: ...Que ya me iban a comprar, que verían mañana u otro día...<br />-¿Pero qué haré yo mañana? La señorita me dijo que tenía que llevar esos útiles, ¿en qué y con qué voy a escribir?<br />Nunca supe porqué mi padre estaba tan molesto...<br />-Le pedirás a la maestra. ¡Ella te tiene que dar! ¡Decile que te dije yo!- Y dio una palmada fuerte en la mesa, poniéndole fin al asunto.<br />Esa noche no me podía dormir. Recuerdo que lloré, y en mi angustia, no una vez; sino que durante la noche soñaba con mi mañana, y volvía a llorar... No quería que llegara el día siguiente.<br />Pero llegó, y tuve que afrontar entre "pucheros", tomar el desayuno e iniciar aquél cruento camino a la escuela... Me sentía tan mal que ni lágrimas me salían. Recuerdo que mamá siempre en silencio, me acarició los cabellos y sentí como que ella me acompañaría, con esa mirada que aún la siento, como si aún me acompañara; como si desde esa mañana saliendo a la escuela, nunca más me habría de dejar...<br />Y me uní con otros compañeritos, que pasaban a buscarnos, para ir juntos...<br />Todos reían. Todos iban jugando, contentos, como yo mismo hubiera querido ir..., pero no podía evadir lo que me esperaba: ¿Como iba a  presentarme, qué iba a hacer sin esos útiles, que le iba a decir a la maestra...? <br />Ya caminaba como en el aire de tan avergonzado de ir con las manos vacías... ¿Y ante los demás chicos de la escuela? Todos lo sabrían, todos me mirarían, y yo me apartaría sólo, a un rincón del patio, en el recreo... Miraba casi sin levantar la vista a mis compañeros que iban jugando felices, todos con sus cuadernos y sus lápices... Incluso algunos llevaban mochilitas llenas de lápices de colores, gomas, sacapuntas... Ellos no tenían mi problema... ¡Ellos sí que eran felices! ¿Por qué teníamos que ser nosotros tan pobres, que mis padres no me pudieran  dar ni siquiera lo mínimo para la escuela?<br />¡Ojalá no llegara nunca el momento de entrar a clase, ese día!<br />Iba con mis compañeros, pero yo estaba en otro mundo. Iba muy triste, con un nudo en la garganta, cavilando, con mi mirada en el suelo...<br />Y allí en ese suelo había tres moneda amarillas... ¡Me parecieron de oro!, Juntitas, casi apiladas, casi escondidas entre las pisadas de los caballos, que aquella vez transitaban nuestras calles de tierra, tirando sulkis, o las volantas, de los colonos que venían al pueblo... <br />Una de veinte, una de diez, y una de cinco centavos...¡Eso me salvaba!...<br />En 1946, todavía la plata tenía todo el valor, no había envilecido. Nuestro país era muy rico, y no conocíamos la inflación, que tras la segunda guerra estaba azotando a Europa.<br />Me agaché casi reverente y tomé las monedas. Sentí como si un ángel se hubiera arrodillado conmigo. Me levanté de un salto y fui corriendo a la librería de la otra esquina. Compré un cuaderno, lápiz, goma, y hasta un sacapuntas, y aún me sobró para comprar, enfrente, unas roscas azucaradas con las que convidé a mis amiguitos, que quedaron en la esquina esperándome. <br />Ese día fui seguramente, el chico más feliz de toda la escuela... <br />¡Y está entre uno de los mas felices de mi vida!  ¡Por qué me hizo ver que los milagros existen!<br />Descubrí que hasta las cosas que pueden parecer pequeñas tienen su importancia, y dar tanta angustia, tanta felicidad,  en ciertos momentos... ¡y tener su significado para siempre!<br />Después papá nunca más me negó como esa vez, los útiles necesarios.-<br /> <br />24/07/05</p> <p>  ARROYO EL REY<br />(el día que papa me llevo a pescar)</p> <p>Recordemos mientras vive, que nuestro padre,<br />No estará siempre con nosotros...<br /> <br />***<br /> </p> <p> Quizás fuera un sábado a la tarde, aquella vez qué papá me llevó a pescar al arroyo "El Rey"...-<br /> No fue la única.- Otras veces y a menudo tenía que hacerlo porqué tanto a él como a mí nos gustaba mucho ir de pesca.- Una pesca que no ofrecía grandes promesas, pero como aventura para mis diez años era un premio anhelado durante semanas.-<br />El arroyo no quedaba lejos del pueblo, pero requería caminar un buen rato.- Papá llevaba el paso suficientemente acomodado a mi andar más lento y juguetón.- Llevábamos las cañas, carnada y una pequeña canasta con un refrigerio, que mamá nos preparaba cariñosamente, donde no faltaba el mate cocido con leche, caliente.- <br />En el último tramo, donde la calle se terminaba, y entraba en un lento declive, comenzaba el territorio lindante, donde incluso se sentía en el aire el sabor salobre y el aroma vegetal de los pastizales de las cercanías.-<br />Se llegaba por un callejón que tenía un sendero entre el pajonal bordeado de ceibos y aromos, florecidos entonces en racimos carmín y pomponcitos amarillos.- <br />El sendero, que serpenteaba,  se abría y se bifurcaba,  entrelazándose en un verdadero laberinto calado en un mar de matas, que casi nos cubría por completo, y nos llevaba por un caminito u otro, hasta la orilla del arroyo; en una espesura mas bien enmarañada.- <br />Allí donde terminaba, aparecía la barranca, de golpe, la franja poco ancha de agua quieta del arroyo, y mas allá los bancos de arena que dejaba el desplayado... <br /> Recuerdo la barranca recortada y profunda, que formaba la curva...-<br />-"Un buen remanso"...- decía papá, - <br /> <br />Y nos acomodamos bajando al borde por un desliz del terreno barrancoso, como un caminito escalonado y sinuoso, con algunas matitas breves de paja, hasta casi el nivel del agua, y allí sí, desplegamos en el suelo a nuestro alrededor, todo el  arsenal de elementos, dispuestos a pasar la tarde.-<br />Los de pesca, y las vituallas; porqué a esa altura, tras la caminata,  ya mi estómago requería la primera parte de la fiesta, que era abrir los víveres, y al lado del agua, con el alma plena de aire libre, eso era primordial, casi como ir de "pic-nic"...<br />Y mientras saciaba mi hambre y mi sed,  con un buen bocado y el mate caliente,  papá encendió un cigarrillo de los negros que siempre fumaba, y se sentó con las líneas ya tiradas..., esperando el primer pique...-<br />Lo imité encarnando y arrojando mi "boguero", una caña casera, sin "reel" ni artilugio alguno;  sólo con una línea corta atada en el extremo,  y como boya un corcho de botella, y por supuesto el anzuelito  con la lombriz... que se resistía a colaborar, retorciéndose en el extremo, obstinadamente...-<br />Yo tuve más suerte,  picó enseguida... <br />-"Un dientudo", -dijo papá.- (por la forma de hundir el corchito, seguro).- <br />Yo loco de contento, viendo el corcho dar vueltas al mismo tiempo que iba hundiéndose en las aguas tranquilas..., generando onditas circulares a cada tironcito del anzuelo.-<br />Esa era la emoción que buscaba, esa era la alegría simple y vivificante; y como electrizado salté parándome dispuesto y alerta...  <br />Recuerdo que pensé que debía serenarme, pero arrebatadamente, puse todo mi entusiasmo en un violento tirón, que sacó al pescado del agua como un rayo. -<br />Tanta fue la fuerza que el "dientudo", -que al fin lo era-, al salir del agua, tironeado de esa manera, describió un amplio vuelo, regando una estela profusa en el aire y terminó dándole al pobre papá con la boca abierta en el arco de la ceja derecha, abriéndole una profunda herida que le se la partió al medio,  y comenzó a sangrar copiosamente..<br /> No sé que pasó con el dientudo, ni con los anzuelos, ni con la canasta, ni la comida, ni nada; sólo recuerdo a papá tratando de parar la sangre con el pañuelo.- <br />Yo estaba aterrado, sé que volvimos a casa, no sé cómo, ni recuerdo mucho más después de eso ..., y me sentí siempre culpable de la torpeza de aquella tarde, que le dejó al pobre papá, tan particular cicatriz, que lo acompañó desde entonces  en sus últimos años.-<br />                                                                                <br /> HOY, en la placa del cementerio que lo cobija, se puede ver claramente en la foto la ingrata huella de esa frustrada pesca...-<br /> <br />Para más, en la imagen del papá vivo que conservo, la del papá de todos los días..; .La veo mucho más pronunciada, agigantada; porqué sin querer yo fui el  protagonista  y  yo fui la causa.-<br /> <br />28/12/97</p> <p>LA RISTRA DE CHORIZOS <br />Y EL PAN CASERO.<br /> </p> <p>Audino tiró con fuerzas el freno de mano y el pequeño camión hizo sus dos o tres últimos pasos y quedó murmurando al costado derecho del recto camino de tierra, al borde de la cuneta.<br />-Vamos a esperar que se enfríe un poco...-; se refería al motor, que venía bufando como si estuviera enojado, amenazando romperse en alguna parte, mientras de la tapa del radiador empezaba a emanar blancuzcas nubes de vapor reverberante. Por un momento hubo un siseo sibilante, que fue mermando poco a poco, como si el motor se fuera calmando, acariciado por un soplo de brisa tibia que venía del norte.<br />Era una tarde calurosa de verano, cercana a la Navidad, y yo con mis ocho años vivía esos días anhelante como cualquier niño, pensando que muy pronto veríamos qué nos deparaba la mañana navideña, imaginando los juguetes que seguramente tendríamos entonces para jugar con mis hermanas y hermano menor. Con Audino no, porque él ya era "grande", tendría trece o catorce. El ya manejaba el camión, era capaz de hacerlo como un adulto; además era desarrollado y alto como un hombre.<br />Hacía casi dos horas que viajábamos, y teníamos por delante un buen trecho. Mamá hubiera querido que saliéramos de casa más temprano, porque temía que se nos hiciera de noche para regresar; pero papá dijo que no, que hacía demasiado calor y que el camión podría recalentarse. Y tenía razón, si no fuera por la cautela de mi hermano, que sabía cuando el motor necesitaba descanso, quizás el noble artefacto se hubiera rebelado, y nos hubiera dejado de a pie en alguna parte. <br />A ese costado, pasando el alambrado, había un grupo de paraísos umbrosos y un molino de altísimo esqueleto metálico, coronado por una rueda alabeada que allá arriba, donde la brisa le daba de lleno, giraba rauda y mansamente; y abajo un caño donde vertía un grueso chorro de agua cristalina a un inmenso estanque "australiano", un poco elevado del nivel del suelo, rodeado por el verdor del pasto, que algunas vacas y terneros comían indiferentes.<br />-Vamos a tomar agua fresca.- dijo mi hermano adelantándose, trepando al alambrado de púas, y saltando ágilmente del otro lado. Un momento después estábamos sintiendo la frescura del agua en el chorro que salía vigorosamente del caño, y al caer al agua que ya desbordaba el estanque, se zambullía mezclándose en un profundo borboteo, rumoroso y cautivante. Alrededor flotaba una pequeña lluvia que la brisa esparcía acrecentando la sensación de frescor y bienestar. Con las manos juntas en cuenco, tomamos y nos refrescamos una y otra vez la cara, el cabello, el cuello, los brazos... hasta que mi hermano se sacó la ropa y me invitó a hacer lo mismo:<br />-No es hondo, - me dijo,- ¡Vamos a bañarnos, que hace mucho calor! ¡Dale!...- Y alzando su larga pierna pasó dentro dando un grito estremecido por el frío del estanque y la alegría de la aventura. El agua le daba a la cintura y me convenció ayudándome a pasar sobre el borde acanalado, y sentí lo que me pareció por un momento que me atrapaba un mar helado. Al poco tiempo estábamos a nuestras anchas,  chapaleando, salpicándonos, nadando de una orilla a la otra, zambulléndonos y jugando despreocupados; mientras el sol, lento, declinaba imperceptible pero sin pausas hacia el poniente.<br />Cuando advertimos el tiempo que habíamos estado distraídos en el refrescante recreo, reaccionamos tratando de remediarlo, pero el sol nos mostraba que por más que nos apuráramos el día estaba terminando. Volvimos presurosos queriendo recuperar lo perdido, subimos al camión y arrancamos bruscamente en silencio. Hasta el motor, ya frío desde hacía largo rato, parecía sentirse culpable y marchaba casi imperceptible y sin protestas, pese a que mi hermano pisaba el acelerador a fondo.<br />Llegamos con las últimas luces del atardecer, que moría envuelto en un manto granate, azulado primero, y ennegrecido luego, a medida que iba aproximándose la noche. No recuerdo si descargamos alguna carga que llevábamos o cargamos alguna que fuimos a buscar. Sé que terminamos cuando estaba bien oscuro, y nos disponíamos a volver prontamente, con un nudo en la garganta por la hora en que íbamos a llegar a casa. Imaginábamos la angustia de los demás, especialmente de mamá que era proclive a ver tragedias por doquier, si no estábamos a la vista, o como ahora; lejos, de noche y quizás expuestos a "algún peligro", como ella decía.<br />La gente de la casa donde fuimos, nos trajo un envoltorio, con algunos productos como una atención, y además saludos y recuerdos cariñosos para toda nuestra familia. Mi hermano decía a todo que sí, apurado por iniciar el regreso. Apenas transpusimos la tranquera nos enfrentamos como dos pequeños titanes, en plena noche, y en pleno campo, a la soledad de aquellos caminos de entonces. La pobre luz del pequeño camión temblorosa y amarillenta, parecía la de una luciérnaga en aquella vastedad tan oscura y silenciosa. Sólo el estridente chillido de los grillos, el croar de las ranas y el bochinche del bicherío de las cunetas, se levantaban como un coro cacofónico a los costados del camino, haciéndonos una monótona y ruidosa compañía. Si teníamos miedo no lo decíamos.<br />De pronto Audino se acordó del paquete que traíamos.<br />-Debe haber chorizos allí en ese cartón, por el aroma que siento...- El "cartón" era una bolsa que en los almacenes de entonces ponían cinco o más kilos de azúcar, o harina, fideos, o arroz; que se expendían "sueltos". En medidas menores se usaban bolsas y bolsitas de papel marrón.<br />Al abrirlo vimos y me apuré a levantar, una larga ristra; como de veinte  chorizos secos, lozanos y rechonchos, de grueso picado y de factura casera; que emanaban un agradable aroma a especias, picante y apetitoso. Debajo; un gigantesco pan casero esponjoso y tibio, ligeramente tostado en su corteza superior, de forma redonda y abovedada, mezclaba sus aromas a los cárneos, llenando la cabina de una presencia irresistible, que hacía agua la boca. El ruidito de nuestras tripas nos recordaba que hacía horas que no comíamos nada. Pero como dijo mi hermano, eso era para llevar a casa...<br />Claro que el camino era largo, al menos para el tranco que llevábamos, lento y cansino, ya que de noche, en esos caminos, con aquella dirección agarrotada, y esos frenos tan poco efectivos, había que tener paciencia y prenderse bien al volante sin quitar los ojos de la huella, en partes zigzagueante.<br />-Podríamos probar uno- y señalé el primer chorizo de la larga ristra...-total no saben en casa cuántos nos dieron...-<br />Audino cayó en el lazo, pero no dijo nada, por un  rato; luego sonrió y un poco más serio consideró sabiamente:<br />-Sí, pero tendríamos que cortar un trozo de pan; y allí sí que se va a notar.<br />-Bueno, vos tenés tu cortaplumas, ¿no? Si cortamos una tajada bien prolija, podría ser que nos dieron un pan cortado...<br />-¡Dale!- dijo él, y aminoró aún más la marcha, como para que yo pudiera cortar el pan con toda pulcritud. Corté como pude la tajada con la pequeña hoja, apurado más en la urgencia del apetito despertado de golpe, que cuidando la estética prometida, y le di la mitad a mi hermano, junto al medio chorizo, desgarrado más que cortado, que ahora emanaba más que nunca sus sabrosos olores.<br />Comimos en silencio, disfrutando aquellos bocados, que para nuestros estómagos hambrientos, eran migajas, sólo un aperitivo; y ahora las ganas se sumaban en tropel al apetito insatisfecho. Nadie dijo nada por un buen rato. Los dos teníamos miedo de mostrar la debilidad y la tentación de comer otro poco. Aún faltaba un buen trecho para la mitad del camino. Otro medio chorizo y una tajada de pan, tal vez un poquito más grande esta vez, ya que si el pan estaba empezado, daban lo mismo un trozo más chico o más grande.<br />Así que volvimos a comer. Y con el mismo razonamiento al rato, a medida que avanzábamos, volvíamos a cortar un nuevo chorizo y otra buena tajada, y así una y otra vez, hasta que estuvimos más que satisfechos; sin medir en ningún momento la magnitud de nuestro voraz apetito. <br />Sólo cuando apaciguados miramos el pan y la ristra de chorizos sobrantes, caímos en ver nuestro descontrol, rendidos ante la gula; uno de los pecados capitales, según mamá que siempre nos explicaba el catecismo. Los gestos que intercambiábamos en silencio y en la semi oscuridad de la traqueteante cabina, no eran precisamente de orgullo; y no acabábamos de entender porque no conseguíamos restarle importancia, al fin y al cabo eran sólo unos chorizos y unas rodajas de pan.<br />Tampoco entendíamos por qué al bajar del camión en casa, ya muy tarde, con la menguada bolsa de cartón, con poco más de medio pan, y con la mitad de los chorizos; sentíamos los dos la cara ardiente, colorados como pimientos...<br /> <br />01 nov. 2007</p> <p>COMBATIENDO EN CUBA<br />(La Hazaña del Pequeño Capitán)<br /> </p> <p>El Comandante Fidel Castro bajó de Sierra Maestra, y ya no encontró casi resistencia. El mismo Ejército Regular se iba pasando a su bando y se sumaba a sus huestes. Entró triunfalmente en La Habana y proclamó el triunfo de la Revolución del Pueblo.  Y ese pueblo jubiloso se mezcló a sus bravos soldados aclamándolos victoriosos.<br />Era enero de 1959, en plena Guerra Fría, y esto permitió a la entonces poderosa Unión Soviética, posar la zarpa del temible Oso Ruso, en el umbral mismo de Occidente, recalentándola a tal grado que parecía a punto de estallar el mundo entero. Fidel y su roja estrella, se convirtieron en el centro del mundo de aquel tiempo. <br />Los progresistas del tercer mundo lo vieron como una esperanza, mientras que la amenaza comunista, estremecía el orden establecido de toda la sociedad; y nuestras Fuerzas Armadas, designándose como la reserva moral y custodios de ese orden, estaban lógicamente en guardia y sumamente alertas.<br />Así las cosas, en enero de 1960, nos incorporamos al Servicio Militar Obligatorio, con veinte años cumplidos; yo en Santa Fe, en el Liceo, como soldado conscripto, donde sólo había una compañía, con unos sesenta integrantes; mitad Rosarinos, y los demás norteños. Los cadetes estaban de vacaciones y no regresarían hasta el mes de marzo.<br />Como estuve unos días en el Distrito de San Justo, me incorporé una semana después. Pero todavía no estábamos completos. Pasó otra semana, en plena instrucción, y llegó un nuevo integrante a sumarse a nuestra Compañía de Servicios.<br />Era un joven de cuerpo menudo, muy flaco, casi esmirriado, de hablar algo inseguro y una voz ronca y algo rústica, que amenazaba tartamudear. Retraído, como esquivo, algo huraño; de mirada baja, huidiza, cara huesuda, mentón hundido, y una nuez de Adán prominente. Ni fuerte ni viril, no se lo veía ni como  héroe, ni como valiente. <br />Ejemplar hecho a medida, para ser objeto de bromas y burlas, especialmente de los rosarinos que no eran de lo mejor; sumamente "vivos",  "piolas", y engreídos; además dijo venir de Buenos Aires, y haber combatido en Cuba, al lado de Fidel Castro. No le creyó nadie y se le reían a carcajadas. Era el hazme reír. Cayó simplemente en ridículo, Le pusieron mil sobrenombres, y al fin le decían Noé, no porque ese fuera su nombre, sino una deformación de "nuez". Su apellido era Perazza.<br />Al principio luchó muchísimo por hacerse creer, y más insistía más se le reían. Intentaba demostrarlo contando alguna de sus supuestas experiencias y anécdotas, pero era burlado y rechazado por todos. Lo único que recibía eran burlas y risotadas.<br />Terminó apartándose de todos. Siempre que podía estaba alejado y taciturno. Me daba pena. Terminó acercándose a mí, porqué vio que lo trataba distinto. Yo no lo importunaba, ni le preguntaba nada que pudiera molestarlo, y se empezó a sentir bien conmigo. Poco a poco se fue abriendo, contándome de su vida.<br />Era huérfano, y fue criado por una tía. De chico tuvo fiebre del heno, una grave dificultad respiratoria. Me mostró una gran cicatriz en la garganta, donde una operación le salvó la vida. Deduje que eso habría incidido en su desarrollo deficiente, y seguramente en su carácter entre tímido y resentido. Quizás tratando siempre de superarlo, se apartaba de todo, inseguro; quiso irse lo más lejos posible. Eso lo hizo soñar en ser alguien, realizar alguna proeza; o perderse para siempre...<br />Soñó con Cuba. Quizás si llegaba allá y se unía a las fuerzas revolucionarias, lo recibirían sin fijarse tanto en su físico, y tal vez tendría oportunidad de demostrar, de lo que sería capaz. La vida misma no le importaba mucho, así como lo trataba. Eso le daba valor para enfrentar al peligro, o intentar cualquier empresa, que le diera confianza y valor. Su sueño era sentirse grande, fuerte; y desafiar, a todo el mundo si fuera necesario...<br />Un día se embarcó en un tren carguero y viajó entre bolsas de harina hasta Salta, de allí pasó a  Bolivia, e ingeniándose, con muy diversos medios, sin casi dinero, y con muchos sacrificios, fue subiendo al norte por el mapa de América del Sur, trepando la cordillera de los Andes, de país en país... hasta el Caribe, y finalmente a Cuba. Siempre como polizón, clandestinamente. Me contó cien anécdotas y detalles. Me apasionaba escucharlo, Podía no ser cierto, pero merecía serlo...<br />Las vivencias que me relataba, de su permanencia con el ejército revolucionario de Fidel Castro, me fue contando por las noches, cuando tras la cena, teníamos un par de horas de descanso, y nos desperdigábamos en el gran patio de la compañía. Muchas de estas cosas ya las había contado, cuando trataba de hacerse escuchar, al principio, entre los demás. <br />Decía haberse destacado en las misiones de reconocimiento o de avanzada, cuando a veces debían conseguir provisiones, y llegar a los poblados, o pequeñas ciudades protegidas por el ejército de Batista. La estrategia y la táctica debían ejecutarla en el momento, y según las circunstancias. Generalmente eran misiones nocturnas, y solían tener encuentros y escaramuzas con partidas militares, en las que; o lograban esquivarlas o debían combatir. Según él se destacó enseguida por su capacidad de reacción, y de preeminencia de manejo en situaciones de apremio, y de peligro. Los jefes cada vez le daban más protagonismo, y terminó detentando el grado de Capitán.<br />Eso de Capitán a tan sólo diecinueve años, era muy difícil de creer. Pero él me aclaraba que no, que eran tiempos apremiantes, de combates, y escaseaban quienes se destacaran y a esos les daban el mando, más allá de la edad o la presencia. Era el coraje y la capacidad de lograr objetivos, y conducir grupos, y decidir en el momento las estrategias, de cómo lograr el éxito en la misión. Sea como fuere, yo lo escuchaba. Sentía como que algo había. No podía ser todo fantasía.<br />Todos lo miraban con ironía, con sorna...<br />Hasta los oficiales y los suboficiales lo burlaban. Una noche de esas se dejó llevar por el desaliento, se sentía tan mal tratado que se plantó desafiante:<br />-A Ud, sargento primero, le juego a que le tomo la guardia, y refuércela cuanto quiera...-<br /> Primero el Sargento se le reía, pero el desafío seguía, y finalmente terminó entrando en el juego, acicateado e involucrado, por como fue presionándolo:<br />-A ver, pongamos que estaría en esa situación...- burlonamente, el jefe de día le planteó un esquema de guardia, y le exigió que demostrara una estrategia, - Si es que pudiera tener un conocimiento militar de algún tipo... ¿Qué haría  Ud., paso por paso? ¡A ver!....<br />Fue tal la desenvoltura con qué desplegó un plan de ataque sorpresivo, impecable e indiscutible, que se le terminaron los argumentos al suboficial, que quedó mirándolo perplejo. En realidad nadie pudo reírse, como esperaban. El sargento primero optó por alejarse, sin agregar más nada, y todos quedamos en silencio, sin saber qué decir.<br />En esa época yo tenía problemas de salud. En el Liceo sólo había una enfermería, por lo que me derivaron al Hospital Militar de Paraná. Me iba solo. Cobraba un viático y volvía en el día. Fui varias veces. Noé tenía serios problemas respiratorios, y también lo derivaron. Pero a él no pensaban mandarlo sólo, así que me lo asignaron.  Viajamos juntos varias veces, yendo a la mañana en lancha, y volvíamos por la tarde. <br />Nos sentíamos bien estando juntos. Nos hicimos muy compañeros. Generalmente nos atendían por la mañana, y volvíamos caminando al centro, íbamos al parque Urquiza, comprábamos algo liviano para almorzar, preferentemente frutas, más tarde algún helado, caminábamos, hablábamos, nos hacíamos confidencias, nos tratábamos como hermanos. A media tarde, en  una lancha de pasajeros, cruzábamos de vuelta el río, disfrutando del paseo, de una libertad prestada. <br />Al menos ese día nos sentíamos libres.<br />Finalmente a mi me internaron y estuve en el hospital cerca de dos meses. Cuando me dieron de alta médico, también me dieron la baja del Servicio Militar. Hasta que se hiciera efectiva, estaría unos días en el Liceo, antes de salir definitivamente para volver a casa<br />De golpe sentí como que todos me estaban esperando. Ahora todos eran grandes amigos míos. Fue lindo, pero había algo más.<br />-¿Y Noé? ¿Dónde está el soldado Perazza?<br />Se amontonaban todos alrededor. Todos me rodeaban y al mismo tiempo querían contarme algo...<br />-¿Sabés qué? A Noé... ¡Al soldado Perazza lo arrestaron, lo pusieron preso en la guardia!...<br />-¡Era cierto lo de Cuba!!!.. Lo de Fidel Castro... ¡Era cierto que era Capitán!!!...<br />-¡Sí! ¡Síiii! - coreaban... - le pusieron guardias reforzadas...¡Pero al segundo día se escapó! ...<br />-¡Nadie sabe cómo...! ¡Pero escapó!!! - Todos estaban admirados, todos me contaban cosas pero en el alboroto no podía entender... Luego, disipado el tumulto, ya mas serenos todos, comprendí mejor lo que me estaban contando...<br />Casualmente encontraron sus efectos personales, escondidos en una gran pila de ladrillos, que estaba junto a una pared exterior de nuestra compañía, donde comenzaba un gran patio externo, en el que generalmente íbamos a descansar en los ratos libres. Allí a veces recostados en los ladrillos apilados, algunos conversábamos, otros fumaban pasando de uno en uno el faso y compartían la pitada. Esa era la camaradería de la colimba... Allí hizo un pequeño nicho retirando unos ladrillos, guardó una cartera pequeña con varios documentos cubanos, jinetas, cédula del ejército revolucionario con el grado de Capitán, mapas, apuntes, datos sueltos, volantes, cartuchos de fusil servidos, quizás de recuerdo... Volvió a poner los ladrillos en su lugar y allí estuvieron, hasta que un día decidieron mudar de lugar, esa bendita pila de ladrillos.<br />Hoy nos preguntaríamos que cual finalmente sería el delito; pero no nos cabía aquella vez ese planteo. Las Instituciones de la Patria no eran cuestionables. Ni yo mismo sentía, que pudiera haber un lugar para defenderlo, aunque sólo fuera en mi interior. Nos parecía tan lógico aquello.<br />La ironía es que el pobre Noé, había vuelto de Cuba para cumplir con el Servicio Militar. <br />Vino voluntariamente. Sentía que se lo debía a su Patria. <br />Vino sin querer a la boca del lobo, pensando quizás, que no tenía porque temer...<br />Un par de días después ya saliendo para casa, aunque provisoriamente, sin la Libreta de Enrolamiento firmada; hubo un revuelo y nos enteramos que habían arrestado al soldado revolucionario, en Tucumán, o Salta, las noticias no precisaban, pero lo traían al Liceo nuevamente detenido. Esta vez con el extremo cuidado. El pobre Noé no era de fiar, según sus custodios.<br />Más o menos un mes pasó antes que yo volviera al Liceo, a recuperar mi documento, firmado y sellado con la baja y constancia de haber cumplido con el servicio militar...<br />¿Y cual no sería mi sorpresa?, al enterarme que el Capitán de Castro, el alfeñique, el enclenque Noé...:¡Se le había vuelto a escapar! Esta vez con las guardias súper reforzadas, poniendo indudablemente en incómoda situación, a toda la oficialidad del Liceo...<br />Nunca consiguieron capturarlo. Ya entonces los militares estimaban, que había salido del país...<br />¿Habrá conseguido llegar nuevamente a Cuba? ¿No habrá acompañado al Che en Bolivia?<br />¿No estará quizás, ahora,  al lado de Fidel?<br />En los noticiosos que televisan actos del líder cubano, busco con una sonrisa su desgarbada figura, imaginándolo a su lado... ¿Por qué no???<br /> <br />18/08/2005</p> <p>MALDICIÓN DE NIÑO</p> <p> </p> <p>El pequeño camión verde con capota de lona blanca, comenzó a fallar y marchaba de cuando en cuando, a los tirones, tosiendo, protestando, y mermaba su ya escasa velocidad; aunque por momentos se recuperaba, y por un largo trecho volvía a andar raudamente. En lo mejor, el ronroneo rumoroso se interrumpía, y volvía la angustia amenazante de quedarnos en el camino, faltándonos todavía la mitad del regreso a casa.<br />Aquella mañana fleteamos una carga de muebles, enseres y demás pertenencias de una humilde mudanza, hasta la localidad de Romang, no más distante de cincuenta kilómetros, pero que el modesto transporte requería bastante más de una hora de buena marcha. <br />Era debido a que en aquel tiempo, estábamos en 1948, ya tenía sus buenos veinte años en sus espaldas, pero sobre todo por lo precaria de su ingeniería. Parecía haber sido montado con partes adaptadas, aunque en los orígenes, esos vehículos aún no habían evolucionado lo suficiente; eran pequeños, el motor de cuatro cilindros era el mismo de los autos de calle, y su capacidad de carga era más bien moderada.<br />Aparte de la capota de lona, tenía amplios guardabarros negros, salientes y acucharados, típicos de las primeras décadas del siglo veinte. Creo que sólo las ruedas eran más reforzadas y rollizas que los autos, y tampoco tenía duales, como ya eran comunes en los camiones más nuevos. Eso lo convertía, en un módico transporte de corta distancia, especial para acarreos y fletes locales, donde tampoco la velocidad era importante.<br />Era frecuente que lo manejara mi hermano mayor, que ya tenía trece años, y lo acompañara yo, que ya andaba por los ocho; siempre claro, que no fuera en los días ni horarios de clase. A veces en los tramos firmes y llanos, (todos los caminos de entonces en la región, eran de tierra), mi hermano se tentaba, y lo iba acelerando más y más, hasta "pisarlo a fondo", y eso hacía que el velocímetro; temblando, avanzara lenta y penosamente hasta los setenta, e incluso setenta y dos kilómetros por hora. Nadie en su sano juicio, ni él, se hubiera animado a mantener por mucho rato esa velocidad, ya que todo amenazaba desintegrarse, empezando por el tren delantero y la dirección, que requería toda la fuerza del conductor para mantenerlo en el camino, así como el trepidante motor que parecía zumbar y bufar al borde del colapso.<br />Pero tenía fama de guapo, ya que a ese modelo precisamente, lo conocían como "Chevrolet 4, El Campeón". También tenía sus particularidades, como el sistema de alimentación de combustible, conocido domo "Steward", que aspiraba del tanque por vacío de los cilindros, y luego llegaba al carburador por gravedad. Requería un blindaje seguro en todas sus conexiones, para que no hubiera filtraciones de aire. Si esto pasaba, el combustible no llegaba al alimentador y el flujo se interrumpía. El motor podía, como decía papá: "hacernos renegar", e incluso dejarnos en el camino, como amenazaba en esta ocasión.<br />Tras normalizarse un momento, volvió a fallar,  hasta que finalmente, al llegar al principio de la gran arboleda, que bordeaba y cubría el camino, con añosas y gigantescas "tipas," por varios kilómetros a la altura del paraje de "La Lola", el camión dijo; ¡basta! Y tras dos o tres tironeos y sacudidas del motor, se detuvo apagándose, mientras por impulso, y poca eficacia en los frenos, el camión continuó unos cuantos metros antes de detenerse.<br />Después, todo quedó en el  profundo silencio, y la quietud de la siesta del aquel incipiente verano, nos hizo sentir en la mayor soledad e impotencia. Sólo podía percibirse el arrullo del flamear de la brisa entre las hojas, el aislado arrumaco de alguna paloma en la altísima fronda del boulevard, el apagado roce y el crujido de una rama podrida, que caía y rebotaba sordamente contra el suelo.<br />Mi hermano y yo descendimos teniendo adelante el frondoso e infinito túnel sombreado, y a nuestras espaldas el camino ya recorrido, ancho y polvoriento, donde el sol daba de lleno, haciendo reverberar el horizonte y formando algo más cercano, la ilusión de un lago somero de aguas plateadas y temblorosas, como un espejismo. Sobre el campo cercano que se mostraba verdoso y parduzco, por la madurez del girasol temprano, una pareja de "teros" cacareaba amenazante, volando en extensos círculos, ora bajo, ora algo más alto, temerosos y alertas, ante los extraños recién llegados.<br />Levantamos el "capó", la cubierta del motor, sabiendo que era el bendito tanque de vacío, que estaba chupando aire en el sistema. Probamos a tocar y mover los caños de cobre, ajustando las tuercas y sobre todo rezando para que vuelva arrancar, y aunque tironeando, nos llevara lentamente a casa. Aún no habíamos almorzado, y esto se sumaba a nuestra angustia. Probamos a darle arranque, una y otra vez. Nada. Teníamos un par de herramientas para estas emergencias; una pinza, un destornillador, una llave "pico loro", alguna de boca, un martillo y casi nada más.<br />Podía ser el flotante, o la junta de la tapa del tanque; pero era poco conveniente tocar eso, porque podía deteriorarse la junta y empeorar las cosas. Nos quedaba lo que sería lo más probable, revisar las conexiones. Mucho no podía hacerse. Lo que casi siempre resultaba era hacer un engaste con hilo de algodón, como una junta entre los terminales y las tuercas que los ajustan. Era una tarea difícil, nunca conseguíamos sellarlos totalmente. Cuando el vehículo era nuevo, seguramente funcionaba de maravillas; pero desgastado, aflojadas las conexiones por las fuertes vibraciones propias, sin el mantenimiento correcto, esto se convertía en un martirio. A veces se solucionaba, y más adelante fallaba todo de nuevo.<br />En ese trance, había que reconocer que éramos insuficientes, ¡Qué falta nos haría la ayuda de una persona mayor! En aquellos tiempos, quienes transitaban las rutas, necesariamente eran capaces de solucionar casi todos los inconvenientes, los mecánicos, y los de otra índole. Pero todo era soledad, en aquella aciaga siesta veraniega.<br />En eso en el horizonte se dibujó un pequeño bulto, que poco a poco fue agrandándose. Mi hermano respiró con alivio </p> EDICIÓN ABRIL 2012 http://inventiva.lacoctelera.net/post/2012/04/23/edici-n-abril-2012 2012-04-23T01:23:10Z inventiva HISTORIAS*            Poesía HaikuLento balbuceoagitan las historiasque nacen solas.Entre neblinael otoño grisá... <p>HISTORIAS*</p> <p>            Poesía Haiku</p> <p>Lento balbuceo<br />agitan las historias<br />que nacen solas.</p> <p>Entre neblina<br />el otoño grisáceo<br />se nos esfuma.</p> <p>Palabras sueltas<br />se toman de la mano,<br />forman cadenas.</p> <p>El río se duerme<br />en la cuna tibia<br />de los recuerdos</p> <p>*De Emilse Zorzut. <a href="mailto:zurmy@yahoo.com.ar">zurmy@yahoo.com.ar</a></p> <p>Algo que parecía amor*</p> <p>Observé en esa tarde tranquila<br />Cuando estaba tendida al sol a<br />Unas mariposas naranjas que  se acercaban<br />silenciosamente a unas flores del mismo color<br />Percibí el  aroma del  cálido sonido de sus alas<br />La brisa de azul celeste me transportaba<br />En una rueda multicolor y<br />Comencé a soñar que era la única dueña<br />de ese maravilloso paisaje de luces y perfumes</p> <p>Luego vi la sonrisa amable que cubría al señor<br />Que me despedía<br />Sintiendo que el camino de vuelta al hogar<br />Se hacía  más liviano y fresco</p> <p>Llegué a la entrada del garaje<br />Y me topé con un guiño simpático<br />Y seductor de un vecino que ni se su nombre</p> <p>Entré a casa  en un estado de expansión<br />Y  risueña sentí<br />Algo que parecía amor.-</p> <p>*De Azul. <a href="mailto:azulaki@hotmail.com">azulaki@hotmail.com</a></p> <p>EL PODER DE LA MÚSICA*</p> <p>La niña llegó temprano ese día y, como de costumbre, cogió su caja de música <br />y le dio cuerda, la colocó en la mesa y se echó a la cama a descansar un <br />rato.<br />En la mesa se encontraba una lagartija, la cual se acercó a la caja, absorta <br />al sentir lo hermoso de la música. Se acercó más y acarició la madera, <br />mientras sentía la armonía vibrar en sus patas. Por un segundo, mientras <br />tocaba las paredes y sentía la melodía, experimentó el amor.<br />No se percató de que la caja se encontraba muy al borde y, al tocarla, ésta <br />cayó. El impacto la hizo pedazos. En el breve lapso del viaje de la caja por <br />los aires, la lagartija se percató de que se encontraba parada en dos patas <br />y se hallaba razonando. Caminó un paso en posición vertical y gritó, desde <br />el fondo de su mente: "¡Soy humana, soy humana!"<br />El estruendo de la caída de la caja despertó a la niña. La lagartija la vio. <br />Al instante se colocó nuevamente en cuatro patas y, como toda buena <br />lagartija, se escabulló por la pared hacia su agujero.</p> <p>*De Ray Respall.<br />A los 13 años</p> <p>PAYASO DE SOIRÉE*</p> <p>*De Sergio Laignelet</p> <p>Saltando la cuerda<br />al compás de la música<br />entra el payaso en el escenario</p> <p>frente al público<br />se quita la nariz de bola<br />y la gorguera</p> <p>rodea su cuello con la soga<br />y tira de los lados</p> <p>en ese instante<br />saca la lengua</p> <p>-Sergio Laignelet (Colombia, 1969). El poeta ha publicado: Malas lenguas <br />(Bogotá, 2005) y Cuentos sin hadas (Islas Canarias, 2010). Textos suyos han <br />sido incluidos en las antologías: El vuelo diabólico (Bogotá, 1999), Poesía <br />iberoamericana contemporánea (Bogotá, 2005), Ante el espejo (Madrid, 2008), <br />El poeta esteta (Madrid, 2010) y Nada es igual después de la poesía (La <br />Laguna, 2010). Es también antólogo de un libro de poemas de gatos. Como <br />invitado ha participado en festivales de literatura y poesía en Colombia, <br />Uruguay, Argentina y España.</p> <p>*Fuente: <br /><a href="http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&amp;view=article&amp;id=1192:pyaso-de-soiree&amp;catid=82:poesia&amp;Itemid=199">http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&amp;view=article&amp;id=1192:pyaso-de-soiree&amp;catid=82:poesia&amp;Itemid=199</a></p> <p>*</p> <p>Puede que haya un espacio<br />en el que guardar las palabras.<br />Puede que sea un secreto<br />que queden allí guardadas.<br />Puede que nadie conozca<br />... lo escondidas que se hallan.<br />Puede que nadie comprenda<br />que deben estar guardadas.</p> <p>Soy dueño de mis silencios<br />pero no lo soy de mi alma.</p> <p>*de Joan Mateu. <a href="mailto:joan@cimat.es">joan@cimat.es</a></p> <p>De la vieja Suiza*</p> <p>Mientras corto, prolija, las rodajas de pan que había sobrado estos <br />últimosdías, la cocina se inunda del aroma de la manteca en la sartén. Uno a <br />uno voy dorando los redondeles mientras por la ventana del departamento, se <br />desliza el anémico sol invernal.<br />En una ollita está hirviendo un buen vino tinto con el azúcar de un <br />desbordado tazón y dos preciosas y enigmáticas ramitas de canela. Disuelvo <br />cuidadosamente tres gordas cucharadas de harina en una taza de agua y la <br />agrego a la pócima de vino, convirtiendo todo en una inquietante jalea del <br />color de las violetas. Acomodo los dorados pancitos en una fuente honda y <br />les zampo la crema caliente. Primero se resisten, pero, luego, alertados del <br />perfume y sabor del regalo, van absorbiendo, conformando un exquisito Budín<br />de pan borracho.<br />¡Que rico, el postre de la Oma!<br />-Dirán mis niños, mientras guardan sus útiles escolares.<br />Y volverán, rápido, a sus vasos de leche y al dulce trozo que les espera.<br />Sé que por aquí cerca, un duende menudo e inquieto, de blanco rodete y ojos <br />celestes, detendrá su andar y sonreirá feliz.<br />Su nieta, como su madre allá en las montañas suizas, gozaba en recibir a sus <br />pequeños con aquel dulce. Ya no recordaba como lo llamaba, el idioma natal <br />se escapó tras la nebulosa de los años, pero el olorcito la atraía del más <br />allá, y compartía en espíritu la reunión familiar. Mientras recogía las <br />migas, una tibia brisa olor a manzana y lavanda rozó mi cara.</p> <p>Chau, Oma, ya nos encontraremos, lo sé, estarás sentada en aquel sillón de <br />mimbre leyendo, debajo del limonero.</p> <p>Espérame.</p> <p>Dedicado a mi bisabuela Elizabetta Haas</p> <p>*De Elsa Hufschmid. <a href="mailto:elsifumi@yahoo.com.ar">elsifumi@yahoo.com.ar</a></p> <p>EVOCACIÓN DE LA TIERRA MEDIA*</p> <p>When Bilbo opened his eyes, he wondered if he had.</p> <p>The Hobbit<br />J. R. R. Tolkien</p> <p>Soñoliento, el sol se iba tras las colinas.<br />Las hogueras comenzaban a llenar los agujeros negros<br />Dejados por el éxodo de la claridad.</p> <p>Enormes mariposas sobrevolaban los rosales.<br />El trigo, al ser mecido por el viento,<br />Generaba una melodía plena de nostalgia.</p> <p>Alguien se preparaba para contar una antigua romanza<br />Con palabras siempre nuevas.</p> <p>Al calor de las llamaradas, nos prestábamos a escucharle<br />Con oídos siempre nuevos.</p> <p>Una historia es como un río: irrepetible,<br />Única,<br />Aunque cambie de nombre al pasar de pueblo en pueblo.</p> <p>Pensé: "Si pudiese retener una imagen<br />Eterna en mis pupilas, sería ésta.<br />Si me fuera dado elegir el momento<br />Para abandonar el mundo, sería<br />Este atardecer perfecto, rodeado de alas,<br />rosas, trigo, brisa,<br />De palabras en fuga al compás de la danza de las flamas".</p> <p>Cerré los ojos, aspiré el humo de mi pipa.<br />Y los abrí naciendo en esta vida.</p> <p>*De Marié Rojas.<br />-La Habana. Cuba.</p> <p>Sicilia*</p> <p>El sonido del idioma en el que cuando era chica,<br />se decía lo que nunca sabré.<br />El teatro de títeres<br />donde sólo hombres,<br />seguían la lucha de los caballeros<br />como si estuvieran en el Luna Park.<br />Y algún lugar, donde en algún pasado<br />sábanas blancas mostraban<br />el trofeo de la pequeña sangre enjaulada.<br />...Y los azahares..<br />...Y  el mar hacia donde todo se encamina.</p> <p> *De Cristina Villanueva. <a href="mailto:cristinavillanueva.villanueva@gmail.com">cristinavillanueva.villanueva@gmail.com</a></p> <p>DE GRANDES Y PEQUEÑAS LLUVIAS*</p> <p>Entonces vi caer la lluvia violenta, como grandes hilachas de sábana <br />líquida.<br />Caía sobre el campo mudo, con una violencia desmedida y corría desde la <br />canaleta del techo con un chorro interminable y potente sobre el patio de <br />ladrillos brillantes.<br />El ruido sobre la galería de chapas era ensordecedor, pero grato. Nunca supe <br />qué insondables misterios nos mueven -algo oscuro, arcaico- cuando en esa <br />soledad sentimos lo que debió el primer hombre que la observó atónito, <br />atemorizado desde la boca de la caverna.<br />Los anillos caían hasta juntarse en el jardín llevándose las hojas secas, <br />las pequeñas hierbas, los pétalos caídos del rosal que la madre cuidaba.<br />Los teros, guarecidos bajo el ceibo troncoso, espinudo, hacían coraza con <br />sus plumas acostumbradas desde siempre a la intemperie.<br />Las gallinas -pensé- buscarán refugio arracimándose bajo esas tres coposas <br />plantas de granada, viendo pasar indiferentes un brilloso ejército de sapos, <br />únicos seres contentos con este diluvio.<br />Lo bueno vendría al escampe, cuando reunidos sin previa cita en la esquina <br />de esa cortada rica en gramillas, estrenaríamos los extraños barcos que <br />fabricábamos con restos de maderas, corchos o cualquier otra materia <br />flotante.<br />La lluvia sin embargo nos ponía contentos. Andar descalzos entre el barro <br />que prometía porrazos a cada tranco no omitía las carreras al costado del <br />hondo zanjón donde las improvisadas embarcaciones competían tratando de <br />llegar a la otra esquina donde se juntaban varios desaguaderos hacia el <br />canal y los campos.<br />Ganar una competencia no dependía tanto de la habilidad para armar un objeto <br />más o menos flotante solamente, sino de otras muchas razones, como ser el <br />azar de la corriente o una mata imprevista o inoportuna de gramilla que la <br />fatalidad pusiera en el camino (ese camino de agua transitoriamente <br />tumultuosa).<br />Quitar el barquichuelo, posarlo nuevamente en el centro del cauce era perder <br />el tiempo y puntaje, porque se consideraba una trampa elegir el centro <br />rápido de la corriente para ganar el tiempo perdido.<br />De todos modos la ansiedad nos ponía incansables y era cosa de volver a <br />empezar luego de la primera carrera, volviendo al punto de partida, esa <br />curva donde el agua venía con una fuerza considerable.<br />Muy pocas veces parábamos y era para saltar el cerco de tejido y espinas de <br />la quinta de don Clemente Gerlo y hurtarle alguna fruta para la merienda. <br />Ninguna otra fruta tuvo en la vida el sabor inigualable de aquéllas que le <br />sacábamos al pobre italiano que vivía de esa magra venta por las calles <br />indiferentes del pueblo.<br />¿Qué sadismo especial, qué inoportuna travesura nos hacía robarle frutas a <br />ese pobre hombre que vivía con su mujer -doña Marianna- en esa humilde casa <br />hecha de sombras y sombras de recuerdos y de olvidos de una península cada <br />vez más lejana?. No lo sé.<br />Tal vez -lo digo para defender a aquellos niños de entonces- la propia <br />inocencia nos hacía tan crueles.<br />Cuánta maldad inocente cometimos en esas vandálicas incursiones, que a <br />veces -muy pocas- se organizaban de forma más "científica". Y era, entrando <br />de a uno para llenar los bolsillos y repartir luego equitativamente. O más <br />bien diremos, casi equitativamente, porque se sabe que el riesgo es como una <br />victoria que no da derechos pero sí prebendas.<br />Bueno, eso creo yo, porque además nosotros aún no habíamos leído La guerra <br />de las Galias.<br />Esa actitud, o mejor esa actividad de pequeños depredadores nos ponía <br />siempre en desventaja con respecto a las acciones futuras, ya que una <br />infidencia a los padres nos valdría una paliza. ¡Y qué palizas pegaban los <br />padres de entonces!.<br />De todos modos la tentación era grande y lo peor es que esas mismas frutas <br />estaban en nuestras casas, pero como el lector sabe, no tenían el mismo <br />sabor que las que le hurtábamos al pobre don Clemente.<br />Esas brevas goteando su miel delicada, dulce y ambarina. Esas naranjas con <br />su jugo para la extenuación de los juegos, esas tunas tan ricas y pulposas, <br />los melones que sonaban contra el suelo y una vez partido era el elixir <br />amarillo seccionando en dos las siestas caniculares de diciembre.<br />Y en invierno era la delatadora mandarina, sus cáscaras que tirábamos en el <br />hueco musgoso de las alcantarillas que no guardaban el grillo cantor de la <br />noche.<br />Pero los días de lluvia tenían un encanto muy particular, porque tal vez <br />vendrían mis primas con una fuente repleta de empanadas que hacía tía Ita, <br />tan buena. O mi madre reinando entre hojaldres y azúcares nos pondría pronto <br />en la cima más extática del mundo: en la perfección y la armonía que ya <br />perdimos para siempre: esos pastelitos de dulces membrillescos, con su poca <br />o su abundosa azúcar impalpable caída como nievecilla preciada.<br />En el ámbito de la pequeña y humosa cocina donde la Istilart Nº 1 consumía <br />sus marlos blanquísimos o su leño seco de acacia y déle crepitar aventando <br />los malos humores que podrían sobrevolar en esas tardes de reunión holgazana <br />en la humilde vivienda de mi más humilde familia.<br />Convoco hoy ese espacio -único, impoluto, irrepetible- tal vez para <br />parapetarme del caos del tiempo, de la corrosión de los años y para que este <br />recuerdo sea una moneda brillante entre el barro que nos tapa las paredes <br />del alma.</p> <p>*De Jorge Isaías. <a href="mailto:jisaias46@yahoo.com.ar">jisaias46@yahoo.com.ar</a></p> <p>El mejor regalo*</p> <p>A ella le preguntaron cual era su mejor regalo.<br />No era una mujer  que le deslumbraran mucho los obsequios suntuosos y caros.<br />Se puso a recordar brevemente y emergió  su más preciado  legado: una <br />lámpara antigua que tiene en su cúpula un paisaje pintado que heredara de su <br />familia.<br />Todas las noches la enciende y la mira desplegar sus rayos de tonos <br />violáceos y rosados, que no tienen un precio determinado.<br />En ese contorno de luz, solo ella perpetúa las caricias de su abuela.</p> <p>*De Azul. <a href="mailto:azulaki@hotmail.com">azulaki@hotmail.com</a><br />- 6/4/12</p> <p>TIERRA ASENTADA*</p> <p> Me cuenta Miguel lo que otros contaron, que es una forma de homenaje a los <br />narradores, a lo narrado, a la memoria que se derrite como el hielo en <br />verano, que se esfuma, que tiende a desaparecer.<br />     Y me cuenta Miguel que le contó Antonio que su padre, brazos en jarra <br />frente al mar, le dijo "qué lecos está mi casa", italiano frente al mar, <br />italiano frente al océano, frente a la inmensidad del espacio pero más del <br />tiempo. "Qué lecos está mi casa", y le aclara "mi casa de la infancia". Todo <br />un mar, señor Cali, todo un mar entre su Italia y la América.<br />     Y cuenta Miguel que su amiga Inés le dijo una historia, me imagino <br />historia contada a media voz, historia de sobremesa, cuando la luz he <br />decaído, la emoción florece y los vellos sutiles propenden a erizarse frente <br />a lo intangible, a lo tan real que se puede tocar con esos, los dedos <br />verdaderos del comprender por completo.<br />     Inés le contó a Miguel que su mamá llamó a un taxi, le dio la dirección <br />de su casa para volver a ella, y el taxista comprobó que la casa a la que la <br />señora quería dirigirse era esa de la cual había salido recién para tomar el <br />taxi. Sería, me imagino, la casa de la infancia. Pero ella no quería volver <br />a esta casa presente, a esta casa donde ella es vieja y su hija ya no juega <br />ni llora con las rodillas raspadas. Ella no quiere esta casa repintada, <br />transformada, con gentes distintas a fuerza de calendarios y sucesos y vida<br />que transcurre. Ella quiere volver a su casa de la infancia.<br />     El océano del tiempo la separa de esa casa de fantasmas. Cómo podría <br />ser esta casa la casa de la infancia, si aquí papá no está, si en esta <br />cocina las manos de mamá no amasan los tallarines en la mesa empolvada de <br />harinas pasadas, ya irremediablemente posadas en la madera que ya no está.<br />     Y mi madre vuelta a su Euskadi que me dice que aquí por donde pasa la <br />autovía era la fábrica, y aquí donde ya nada hay, en este sitio que ya no es <br />pero fue, ella jugaba. Y el señor Coiro con sus ojos de cielo, plantando en <br />este clima dos sufridas parras y un nogal retorcido para traerse un pedacito<br />de su paisaje de montañas.<br />     Me doy cuenta de que esta es una tierra de gentes sin hogar. Mudados de <br />ciudad o de país, mudados de casa, pocos pueden atrapar el polvo dorado que <br />los rayos de luz orlaban para sus abuelos. Me doy cuenta de que esta tierra <br />es una tierra de gente trashumante, que tiene la extraña costumbre de<br />envejecer, de perder amigos familia y conocidos, de viajar el tiempo que <br />aleja aleja aleja irremisiblemente de las casas de la infancia.<br />     El papá de Antonio, brazos en jarra delante del mar, del infinito mar, <br />descubrió que la casa de la infancia estaba lejos. Que la infancia estaba <br />lejos. Que era un marino del océano del tiempo y del espacio.<br />     El polvo de los altillos se asienta en los suelos de madera. El libro <br />troquelado se va cerrando, la casita se pliega, queda el mar. Se escucha en <br />el silencio un reloj.</p> <p>    *de Mónica Russomanno.  <a href="mailto:russomannomonica@hotmail.com">russomannomonica@hotmail.com</a></p> <p>BIENVENIDOS AL CLUB*</p> <p>Crónicas del Hombre Alto (n° 77)</p> <p>Yo no tengo la habilidad de Messi, ni el carisma de Sandro, ni la pinta de <br />Pablo Echarri. No tengo ninguno de esos atributos que suelen inspirar la <br />creación de un club de admiradores.  Tampoco tiene mi conducta pública un <br />costado polémico como para inspirar la creación de un club de detractores, <br />como esos grupos de Facebook que adoptan nombres demoledores del estilo <br />"10000 personas que odiamos a Arjona". No soy, en suma, objeto de aclamación <br />ni repudio masivos. No obstante, a lo largo de mi vida adulta me las he <br />ingeniado para ir generando en torno a mí la existencia de un club formado <br />por un vasto y heterogéneo conjunto de individuos: el club de personas no <br />saludadas por Alfredo Di Bernardo.</p> <p>Se trata, por cierto, de un club muy singular: no tiene sede, no tiene <br />presidente, carece de página web y de cuenta en Twitter, no realiza <br />declaraciones oficiales, no exhibe banderas en público y nunca fue <br />constituido formalmente. Pero lo más insólito de todo es que sus integrantes <br />no saben que lo son. Y como el hecho de no saludarlos no es un acto <br />deliberado de mi parte sino una involuntaria consecuencia de mi escasa <br />visión, tampoco yo puedo realizar un aporte significativo a la hora de <br />ensayar la confección de un padrón aproximado de miembros. Intuyo, eso sí, <br />que son muchos, muchísimos, y que la nómina crece con regularidad <br />indeclinable.</p> <p>Para formar parte del club es necesario que se cumplan dos condiciones, una <br />objetiva y otra subjetiva. La condición objetiva es obvia: cruzarse conmigo <br />y no ser saludado (o, como veremos más adelante, recibir un saludo <br />imperfecto). La condición subjetiva consiste en que los damnificados ignoren <br />la magnitud de mi discapacidad visual. Este requisito deja afuera del club a <br />mis amigos más cercanos que, conociendo el buey con el que aran, saben que <br />si no me pegan el grito, se me tiran encima o me hacen una zancadilla, <br />pasaré a su lado con la misma impasibilidad de quien está más allá del bien <br />y del mal. O con la misma inconsciencia inquebrantable de Mr. Magoo.</p> <p>Una visión simplista del problema (una visión algo miope, si se me permite <br />el sarcasmo) puede conducir a equívocas conjeturas. Por ejemplo, la de <br />suponer que la alternativa de ver o no ver a mis semejantes depende sólo de <br />una cuestión de luz reinante en el ambiente, o de la distancia existente <br />entre el prójimo y yo. Craso error: muchas veces la luminosidad abundante <br />termina siendo contraproducente y la cercanía no garantiza nada. No hay un <br />patrón preciso que regule este asunto. Y si lo hay, son demasiados los <br />factores que inciden en él como para volverlo comprensible. Lo cierto es <br />que, estadísticamente hablando, la feliz circunstancia de que yo logre <br />identificar a alguien sin problemas es altamente infrecuente. Es como jugar <br />contra el Barcelona: se le puede ganar, pero es mucho más probable que eso <br />no ocurra.</p> <p>Mis no-saludos admiten distintas variantes. La primera de ellas es el <br />"no-saludo simple". Por ejemplo, voy por la peatonal y el doctor Gutiérrez <br />aparece en mi camino, o voy a la Municipalidad para hacer un trámite y me <br />pongo a esperar mi turno al lado de mi vecina Nené, o entro a una sala <br />cultural y me ubico cerca de mi colega Juan Carlos , con el que suelo <br />intercambiar amables correos electrónicos y con el que incluso somos amigos <br />en Facebook. Pues bien, tanto el doctor Gutiérrez, como mi vecina Nené y mi <br />colega Juan Carlos me ven y se disponen a saludarme. Lo que ninguno de ellos <br />tiene en cuenta es que, a pesar de toda apariencia en contrario, yo no los <br />he visto a ellos. Abismalmente ajeno a su presencia, paso entonces a su lado <br />(o permanezco, que es peor) y los ignoro con olímpica buena fe. La <br />personalidad de cada víctima marcará la diferencia de reacciones frente al <br />desaire: habrá quien se ponga a examinar culposamente qué maldad me hizo <br />para merecer tamaño desplante, habrá quien apueste por la opción <br />conspirativa y se pregunte intrigado en qué turbios asuntos andaré metido <br />como para simular no verlo, habrá quien me considere un odioso (por usar un <br />epíteto suavecito).</p> <p>El panorama se oscurece aún más (valga el sarcasmo) cuando nos adentramos en <br />los terrenos del "no-saludo con alevosía y ensañamiento". Por lo general, <br />trato de no mirar fijamente a los demás en sitios públicos (¿para qué habría <br />de hacerlo, si total no los voy a ver?). Es una estrategia defensiva que <br />busca evitarme conflictos cediéndole la iniciativa del saludo a los otros. <br />Claro que el truco no siempre resulta eficaz. A veces, no puedo evitar que <br />mi inoperante mirada se cruce fugazmente en el aire con alguna otra. En ese <br />caso, al doctor Gutiérrez, a mi vecina Nené y a mi colega Juan Carlos les <br />resultará directamente inconcebible que yo no los haya visto y, por ende, su <br />indignación no hallará dique que la contenga. El veredicto será fulminante y <br />quedaré como un maleducado sin remedio (por usar un epíteto suavecito).</p> <p>Una interpretación amplia del concepto de "no-saludo" admite la posibidad de <br />considerar dentro de dicha categoría a los saludos inapropiados conocidos <br />como "saludo al bulto" o "saludo al voleo". Esta amplitud de criterios <br />permite incluir como miembros del club a los involuntarios protagonistas de <br />estos casos -no menos frecuentes y embarazosos- en los cuales si bien hay un <br />saludo de mi parte, éste presenta un defecto de fábrica que autoriza a <br />impugnarlo como tal. Sucede cuando, conforme a mi ya explicada estrategia de <br />ceder la iniciativa, alguien efectivamente me saluda pero yo no puedo <br />reconocerlo. Respondo por reflejo, sí, respondo incluso con una inmediatez <br />exagerada, como quien se ha quedado adormecido en público y al despertar <br />bruscamente sobreactúa para demostrar que estuvo despierto todo el tiempo. <br />Cuando este tipo de saludo se da en la modalidad "al paso", es muy factible <br />que se perpetre un indeseado desfasaje de intensidades y que yo termine <br />saludando con grandes aspavientos al doctor Gutiérrez -que, al fin y al <br />cabo, apenas me conoce- y le dedique sólo una leve cortesía a mi colega Juan <br />Carlos , que esperaba de mí un abrazo efusivo. Claro que mucho peor es la <br />variante en la cual el saludador misterioso no se limita a saludar e irse, <br />sino que permanece a mi lado y se pone a darme charla sin que yo tenga idea <br />de con quién estoy hablando. Pocas experiencias hay en la vida tan <br />adrenalínicas como éstas, se los puedo asegurar. Sobre todo cuando mi <br />interlocutor, haciendo gala de su extrema jovialidad, me sonríe de oreja a <br />oreja y pregunta con brutal inocencia: "che, ¿te acordás de mí, no?".</p> <p>Lo paradójico de la cuestión es que la imagen que seguramente los miembros <br />del club tienen de mí dista mucho de lo que soy en realidad. No es que me <br />crea un tipo particularmente simpático (de hecho, mi sociabilidad presenta <br />unas cuantas facetas inconvenientes) pero de ninguna manera soy ese patán <br />guarango que involuntariamente aparento ser. Lo paradójico de la cuestión es <br />que, si lograra asignarle a esos fantasmas que me rodean su correcta <br />identidad, podría poner en funcionamiento la maquinaria de mi asombrosa <br />memoria y preguntarle al doctor Gutiérrez acerca de su aficlón por Almagro <br />(porque alguna vez me comentó como al pasar que era el único hincha de <br />Almagro en toda Santa Fe), o preguntarle a mi vecina Nené cómo andan sus <br />seis hijos (del menor de los cuales es casualmente mañana el cumpleaños), o <br />recordarle a mi colega Juan Carlos cuánto me gustó ese poema suyo sobre la <br />lluvia que leyó en aquel café literario que compartimos ocho años atrás (mas <br />precisamente un viernes 31 de mayo). Es una pena, pero tal prodigio no es <br />posible. Mis ojos padecen de una especie de falta de pixeles suficientes <br />para lograr una adecuada resolución de imagen y suelo ver a los otros con <br />rasgos poco definidos, como si fueran rostros de una foto nocturna sacada <br />sin flash. Debo entonces extraer certezas de la bruma, decodificar y <br />reconstruir constantemente, en tiempo real, lo que acontece delante de mí, y <br />esa misión requiere de mi parte una tarea casi de investigación forense. <br />Sólo que aquí no se pretende esclarecer un crimen, sino prevenirlo. ¿De qué <br />me sirve conseguir el objetivo un minuto después de producido el incidente?</p> <p>Desentrañar la identidad de las personas a partir de indicios me obliga a <br />ser (valga la ironía) sumamente observador. Un bastón, un cabello canoso, <br />unos anteojos con marco blanco , un vozarrón tabáquico, un tic, una <br />entonación particular en el "¿Cómo le va, Di Bernardo?" o en el "¿Cómo <br />andás, Flaco?" me ayudan a sonsacar pistas de las sombras, a navegar en lo <br />borroso. El contexto geográfico, por ejemplo, es fundamental: si veo a una <br />mujer saliendo de la casa de mi vecina Nené, es altamente probable que se <br />trate, efectivamente, de mi vecina Nené. Los problemas nacen cuando esa <br />tranquilizadora referencia geográfica se desvanece y me encuentro con el <br />colega Juan Carlos frente a la góndola de embutidos del Wal-Mart o me cruzo <br />con el doctor Gutiérrez en la playa, ataviado con una bermuda floreada y <br />musculosa.</p> <p>Tal vez algún día los anteojos traigan incorporado un dispositivo <br />electrónico que permita identificar a la persona que uno tiene enfrente <br />(como las radios online que indican el tema que estamos escuchando), o se <br />invente un GPS con parámetros humanos, capaz de anunciar "Doctor Gutiérrez, <br />20 metros a la izquierda". O tal vez me decida de una vez por todas a <br />ponerme una remera con la leyenda "Salúdenme ustedes, que yo no los veo". <br />Por lo pronto, quedan todos los lectores debidamente avisados: la <br />inscripción al club está abierta todo el año, las 24 horas del día.</p> <p>*De Alfredo Di Bernardo. <a href="mailto:alfdibernardo@fibertel.com.ar">alfdibernardo@fibertel.com.ar</a></p> <p>El País de las Maravillas*</p> <p>Alicia en el País de las Maravillas es una historia sin pies ni cabeza, <br />digna de ser hija de un autor aficionado a las drogas. La mezcolanza de <br />desaguisados y sinrazones hacen que la aventura salte sin ton ni son de una <br />escena inconexa a otra. Independientemente de los pasajes que el cine ha <br />tenido la fortuna de convertir en hilarantes, una encuesta realizada entre <br />los niños de diferentes ciudades ha dado como resultado que ni uno solo de <br />estos lectores ha entendido el argumento del libro.</p> <p>La opinión de los niños de hoy, mucho más espabilados que los de antaño, <br />resume el hilo conductor en la siguiente frase: "El sombrerero se volvió <br />loco porque se enamoró del conejo de Alicia"</p> <p>*de Joan Mateu. <a href="mailto:joan@cimat.es">joan@cimat.es</a></p> <p>Ella titula*</p> <p>"Corona de Calor"</p> <p>titula<br />mi mujer</p> <p>lo aéreo<br />y abigarrado</p> <p>antes de disiparse</p> <p>cuando perdura<br />sostenido</p> <p>en su cabeza.</p> <p>*De Rolando Revagliatti. <a href="mailto:revadans@yahoo.com.ar">revadans@yahoo.com.ar</a></p> <p> Tapices*</p> <p>Los árboles se vuelcan en un río verde, ella nada en el follaje líquido, <br />mientras una fibra de luz le  adorna de alegría el  pecho, cómo no sabe si <br />mañana habrá otro, lo recibe, se esconde en su tibieza. Ese antiguo juego <br />con el que se aprende   a perder y a recuperar. Esconderse y aparecer como <br />el  día, como la vida.</p> <p>Siempre  lo nuevo como una joya, resplandeciente y temerosa.</p> <p>La lluvia dejó sembrada su vereda de pequeñas flores aliladas, por primera <br />vez le ganan  a la invasión de  todas las publicidades.Guarda en su mirada <br />el tapiz enhebrado de flores caídas, una fiesta de palabras y el dorado <br />ruido del último sol alborotando el pecho.</p> <p>*De Cristina Villanueva. <a href="mailto:cristinavillanueva.villanueva@gmail.com">cristinavillanueva.villanueva@gmail.com</a></p> <p>Las piedras me hablan de ti*</p> <p>Camino mi ciudad, que es todas las ciudades,<br />como una sorda búsqueda, como un inexplicable<br />tránsito hacia otro mundo que me llama.</p> <p>Camino por sus calles centenarias,<br />por sus veredas pardas de ceniza,<br />camino sobre las huellas que dejaron<br />nuestros pasos en las mismas calles,<br />en tantas calles que nos contemplaron<br />desde el silencio antiguo de su historia.</p> <p>Los vastos edificios de otro tiempo<br />acompañan mis pasos desvelados.<br />Los muros que perfilan mi nómada delirio<br />me hablan de los instantes compartidos,<br />me repiten tu nombre inolvidable.</p> <p>No soy yo: son las piedras<br />que me gritan tu nombre en cada esquina.</p> <p>*De Sergio Borao Llop. <a href="mailto:sbllop@gmail.com">sbllop@gmail.com</a><br /><a href="http://sergioborao2011.blogspot.com/">http://sergioborao2011.blogspot.com/</a></p> <p>*</p> <p>Inventren Próxima estación: INGENIERO DE MADRID</p> <p>(CON COMBINACIÓN EN EL FERROCARRIL PROVINCIAL CON DESTINO LA PLATA O <br />MIRAPAMPA)</p> <p> -Colaboraciones a <a href="mailto:inventivasocial@yahoo.com.ar">inventivasocial@yahoo.com.ar</a></p> <p><a href="http://inventren.blogspot.com/">http://inventren.blogspot.com/</a></p> <p>InventivaSocial<br />Plaza virtual de escritura</p> <p>Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar<br />-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-<br />Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.</p> <p><a href="http://twitter.com/INVENTIVASOCIAL">http://twitter.com/INVENTIVASOCIAL</a></p> <p>Blog: <a href="http://inventivasocial.blogspot.com/">http://inventivasocial.blogspot.com/</a></p> <p>Edición Mensual de Inventiva.<br />Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por<br />Yahoo, enviar un correo en blanco a:<br /><a href="mailto:inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar">inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar</a></p> <p>INVENTREN<br />Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.<br />Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:<br /><a href="mailto:inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar">inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar</a></p> <p>Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la <br />libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada <br />escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se <br />editan bajo ejes temáticos creados por el editor.</p> <p>Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación <br />en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor <br />emitidos.</p> <p>La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada <br />obra queda a cargo de cada autor.</p> <p>Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias <br />que cada colaborador desea compartir.<br />Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras <br />recibidas.</p> <p>Respuesta a preguntas frecuentes</p> <p>Que es Inventiva Social ?<br />Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.</p> <p>Cuales son sus contenidos ?<br />Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y <br />noticias que se publican en los medios de comunicación.</p> <p>Cuales son los ejes de la propuesta?<br />Proponer el intercambio sensible desde la literatura.<br />Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.</p> ...SU CORAZÓN SIN GUANTES http://inventiva.lacoctelera.net/post/2012/04/23/su-coraz-n-sin-guantes 2012-04-23T01:21:37Z inventiva «Bruma»*Cristina Castello. castello.cristina@gmail.comEl planeta es una niña ultrajadaCon días sin muñecas y ojos sin pu... <p>«Bruma»</p> <p>*Cristina Castello. <a href="mailto:castello.cristina@gmail.com">castello.cristina@gmail.com</a></p> <p>El planeta es una niña ultrajada<br />Con días sin muñecas y ojos sin pupilas<br />Su valijita espera en un andén cualquiera<br />Junto a millones de dolores sin eco<br />Un tren que portará a la tumba su corazón sin guantes.</p> <p>Un brote deshojado en mi pecho es el mundo<br />Agujero de piedra, brecha de vacío<br />Todos los cálices convergen en mi sangre<br />Soy una fuente en actitud de entrega<br />Pero la herida atraviesa la boca del poema<br />El desamparo reta al cielo<br />Y sacude el alma de la tierra.<br />¿O acaso Dios ha muerto?<br />Desamparados todos<br />Desamparada</p> <p>¿Por qué mis ojos miran los adentros<br />¿Y por qué a mis ojos los miran los adentros?<br />Nadie responde sino el Absoluto.<br />Cristal y acero soy pero todos ven la espada<br />Y nadie imagina mi astilla de cristales.</p> <p>Resistiré blindada en poesía<br />Resistiré asida al murmullo de los astros<br />Resistiré encaramada en la cima de una hierba<br />Prendida a esta luna de nieve navegante de brumas<br />Que me mira desde el follaje del árbol que la mece.</p> <p>Todavía puedo abrir las manos a mis otros<br />No moriré sin ver que Cristo tañe en la valijita<br />No moriré sin que la brújula presagie una epifanía.</p> <p>© Poema extractado del poemario «Orage/Tempestad», segundo de los cuatro <br />poemarios bilingües (francés-castellano) publicados en París por Cristina <br />Castello. Octubre de 2009. Frontispicio para este libro (poema escrito para <br />la autora) de Antonio Gamoneda; prólogo de Thiago de Mello.</p> <p>Sitio: <a href="http://www.cristinacastello.com">http://www.cristinacastello.com</a><br />Blog: <a href="http://0z.fr/MDxe6">http://0z.fr/MDxe6</a></p> <p> LOCO LINDO*</p> <p>*Por Jorge Isaías. <a href="mailto:jisaias46@yahoo.com.ar">jisaias46@yahoo.com.ar</a></p> <p> 1.</p> <p>A lo mejor son cosas que uno inventa. A lo mejor son lentas cosas de otro <br />tiempo que a nadie interesan. Pero El Kelo -la resonancia de su nombre al <br />menos- era algo así como ese barrilete multicolor que se elevaba orondo en <br />el añil sereno de diciembre.<br />            También era el mundo que abría otros horizontes, algo que <br />excedía esa cortada donde crecía la gramilla y la quinta de don Clemente <br />Gerlo -que era alternativamente: torre enemiga, barco pirata, casamata de <br />guerra, pero algo que se debía abatir-.<br />            Nosotros sabíamos que dentro de ese gran perímetro de verdes <br />paraísos y traicioneras acacias nos esperaban las ciruelas "de muslo de <br /> dama" dijera Baldomero, los higos de más sensual pulpa, los duraznos <br />incitando a la gula.<br />            ¿Qué más era el Kelo? Qué más era él, o sus improvisadas <br />apariciones, o sus cartas remotas, sus postales, sino el mundo lejano, el <br />murmurar de las tías, las incomodidades en el resto de la familia que <br />inmediatamente se dividía ante la aparición de "ese loco lindo" como decían <br />algunos o ese "charlatán" según la opinión de los duros.<br />            El Kelo era un relámpago de dicha para la abulia del pueblo.<br />            Opinaba descaradamente de los temas que con más celo guardaban <br />las tías.<br />            Enfrentaba abiertamente al abuelo, "en una actitud de <br /> sacrilegio" decían las tías, en actitud "de justicia" decía mi abuela, en <br />posición francamente valiente decía yo que como todos los primos temía la <br />fácil irascibilidad del abuelo.<br />            Han sido los años los que percudieron sin piedad sus <br />fotografías. Fueron los años los que separaron mis propios sueños de los que <br />él mismo inventaba. Pero todo es peor. No son los años los que separan al <br />Kelo de este hombre que escribe estas palabras. Son nuestras propias <br />ausencias las que lo han ido envejeciendo a él y a mí me han hecho hombre <br />con una impiedad de invierno. Todo esto mientras una niebla implacable nos <br />iba transformando hasta las últimas calles del pueblo, hasta tornarlo <br />realmente irreconocible.<br />            Y éste sí, -no cabe duda- es el más feroz de todos los castigos.</p> <p>2.</p> <p>En uno de esos pueblos desolados de la pampa nuestra se encuentran dos <br />hermanos que no se ven desde hace años, desde que eran jóvenes.<br />Uno de ellos -que viene del sur en esos altos micros azules que cruzan como <br />un veloz velero el mar amarillo de la pampa- es mi padre, y así me refirió <br />el encuentro.<br />Se habían detenido en ese pueblo miserable, en la mera ruta prendida como un <br />abrojo a la pampa, donde medraba una estación de servicio y  paraban los <br />ómnibus y no faltaba un pequeño barcito para probar un bocado o tomarse algo <br />caliente.<br />Las pocas casas diseminadas por los alrededores eran desvaídos islotes en el <br />medio de esa pampa inabarcable.<br />Mi padre sale a estirar las piernas por la vasta playa conteniendo manchas <br />de aceite, mugre que desde la última lluvia nada sabía de limpiezas.<br />De pronto siente una mano en uno de los hombres y apenas vuelve la cabeza <br />reconoce al Kelo que lo mira sonriente, con la naturalidad de alguien que <br />comparte los días con nosotros, casi con el mismo aburrimiento.<br />            -Hermano -le dice el Kelo-, tanto tiempo. Vení, tomemos algo.<br />            -No -le contesta mi padre-. Tengo miedo que el micro me deje en <br />este pueblo miserable.<br />Y se volvió sobre sus pasos sin siquiera saludarlo. Tal vez el pobre Otoño <br />le iba poniendo el último brillo del día sobre su lustrosa campera de cuero.<br />            De este desamor, de esta locura debo extraer mis versos.<br />            De esta indiferencia vengo.</p> <p>Cristina Castello, o «La Sed de poesía y de hermosura» *</p> <p>*Por André Chenet</p> <p>Presentación de Orage/Tempestad de Cristina Castello en la Maison de l'Amérique <br />latine à Paris</p> <p>Con un frontispicio de Antonio Gamoneda<br />Un prefacio de Thiago de Mello<br />Edición de arte acompañada de una combustión de Christian Jaccard<br />Edición para todo público, ilustrada por reproducciones de pinturas sobre <br />papel de Odette Beaudry<br />Bilingüe: francés-castellano</p> <p>Si tuviera que expresar en pocas palabras lo esencial de Orage, con mucho <br />gusto citaría algunos versos del poeta brasileño Thiago De Mello, quien <br />brindó a Cristina un espléndido prefacio, colocándola enseguida entre sus <br />pares en la gran e intensa tradición de la lengua hispánica.</p> <p>«...el mayor dolor<br />siempre fue y será siempre<br />no poder dar amor a quien se ama,<br />sabiendo que es el agua<br />quien da a la planta el milagro de la flor»</p> <p>Extracto de «Los Estatutos del Hombre», de Thiago de Mello. Traducción del <br />portugués: Pablo Neruda y también este extracto de su poema « Iniciación del <br />prisionero», en «Canto del amor armado», 1979:</p> <p>«Amor es una alegría<br />que nadie sabe, libre y luminosa<br />como las lanzas de sol de la rebeldía,<br />que es amor, es brasa y de repente es rosa»</p> <p>Cristina, otra «pasajera considerable» hizo suya la fórmula decisiva y <br />sumamente actual de Rimbaud: «También se ha de reinventar el amor». Y es lo <br />que hace cotidianamente, sin fallar, sin desanimarse, enfrentándose con la <br />desesperación y los inevitables golpes de la suerte con un Valor sin par.<br />Cristina escribe la Rebeldía inevitable, ese irreprimible movimiento del <br />ser, donde se encuentra la única respuesta exorcizante plausible y eficiente <br />para enfrentarse con las injusticias, la estupidez, el odio y la codicia que <br />caracterizan al mundo humano devastador; mundo en el que todos nosotros -los <br />locos de poesía- nos afanamos de manera más o menos desigual para <br />SOBRE-VIVIR, sin negociar una onza de nuestra integridad y de nuestro <br />fervor.</p> <p>Escribir y vivir la poesía, sin la menor separación entre el decir y el <br />hacer, ésa es su profesión de fe y «en un mundo donde», como dice Alain <br />Badiou «cada uno sigue su propio interés, interés establecido en sistema, en <br />modo de vida, escribir tendría que ser una entrega personal, un olvido de sí <br />mismo». El poeta marsellés Gerald Neveu nos legó antes de acabar con su vida <br />de lobo enjuto, acosado por la miseria, esta inagotable y maravillosa <br />definición de la poesía, entre otras tantas posibles:<br />«La poesía es salir de sí para dejar que entren los demás»</p> <p>Añadiré a todo esto un extracto de mi poema titulado «Exilio de la poesía» <br />que me inspiraron directamente, en el sentido potente de la palabra, los <br />poemas que había recibido por correo electrónico de la misma Cristina. En <br />aquella época había entrado en contacto con ella para pedirle permiso de <br />publicar uno de sus artículos en la revista en línea DANGER POÉSIE (PELIGRO <br />POESÍA), e inmediatamente nos apreciamos y reconocimos. Me parece necesario <br />precisar que cuando escribí ese poema (3 de septiembre de 2009), aún  no <br />había leído Orage/Tempestad. A continuación, el final de mi poema:</p> <p>«¿No es la poesía el arte<br />De desanudar nudos de serpientes<br />Para encontrar el paso perdido de la eternidad?<br />Soledades se desposan<br />En las escansiones y los fragores del VERBO<br />Piedra de toque ardiente de las altas migraciones<br />La poesía eres tú mujer que su piel despierta<br />Mujer de dedos sanadores de aliento perfumado</p> <p>Camino sobre nubes con una tempestad a mi lado<br />Tropiezo con las cimas me tambaleo entre los abismos<br />Cada estrella es un espejo mágico donde te reflejas<br />Donde me complazco IMAGINANDO las variedades de tu cara<br />Tu voz toma forma de poema<br />Para liberar todo lo que en nosotros hay que liberar<br />Te vuelves fiera a la hora de la acción<br />Exiges belleza para todos los desterrados»</p> <p>Cristina nos entrega un libro Verdadero, esencial, escrito en carne viva, <br />donde se expresa una pasión brillante y necesaria, tanto como es necesaria <br />la poesía, esa pasión vital que ella domina hasta en los fulgores de las <br />metáforas. Éste es un libro lírico, carnal y espiritual, bajo el triple lema <br />de Ares, dios de la guerra, de Afrodita, diosa del Amor y de Orfeo, el <br />compañero de iniciación de los poetas.<br />Para concluir no puedo menos que mencionar este dicho español que <br />probablemente tiene un equivalente en todas las lenguas:</p> <p>« Sin amor no se puede vivir » *<br />que no puedo menos que completar con:</p> <p>« Sin poesía tampoco »*</p> <p>*André Chenet, 8 septiembre de 2009<br />    Traducción del francés: Denise Peyroche</p> <p>* en español en el texto original<br />* Orage/Tempestad, es el segundo de los cuatro libros bilingües publicados <br />por Cristina en París</p> <p>QUE TU COLOR ME CUBRA PRIMAVERA*</p> <p>"La vida es mucho más pequeña que los sueños".<br />ROSA MONTERO</p> <p>La mujer viste de rojo, leve rojo caído.<br />El pelo es un breve destello de la noche.<br />El espejo solo refleja su espalda.<br />Hace zapping de amores</p> <p>La foto, solo una pequeña parte de historia.<br />A su derecha Bob Marley y su hijo.<br />A su izquierda La Pantera rosa y su hija.<br />Por el pasillo descarnado su padre huye.</p> <p>La madre se esconde detrás del espejo mohoso.<br />Al frente un hombre que ya no ama. No lo amará jamás.<br />Vientos, veranos y espigas, han quedado en ayeres.<br />También parece que el OTRO es "mas pequeño que sus sueños."</p> <p>Una ecuación tardía: ¡Que tu color me cubra, primavera!<br />"Picture en Picture" Una línea azul y un dogo muerto<br />Entre la tierna imagen de la muerte. La mujer queda excluida.<br />Hay que traducir la paradoja.</p> <p>*de Amelia Arellano. <a href="mailto:arellano.amelia@yahoo.com.ar">arellano.amelia@yahoo.com.ar</a></p> <p>Meditaciones matinales*</p> <p>XI</p> <p>Sentado aquí, ante el portal de esta mañana de otoño; esta mañana que va <br />levando sus banderas de luz para ser cruzadas por vuelos de pájaros, <br />hierbas, voces, motores, andantes, ladridos...<br />... Una vez más me pregunto ¿Qué sostiene a mi barca ósea que navega este <br />mar de sueños? Es en este momento cuando aparecen, entre las velas de la <br />barca, los agarramanos y sus claridades:<br />Mi primera pedaleada, sin caerme, en ese pueblo. Las conversaciones, desde <br />niño, con mi abuelo Homobono y las que tuve, caminando las sierras de Río <br />Ceballos, con mi abuela Elvira juntando menta peperina. La barra de chicos <br />con idas a la matinée, correrías en bicicleta, picados de fútbol. Las <br />amistades que fueron eslabonándose con el paso de los años. Y que perduran. <br />La buena gente y su inteligencia que supo y saben dar luz a mis oscuridades. <br />Las flores de los árboles que apacientan la mirada y, luego, las dejan caer <br />lloviznalmente en colores.<br />Esa llamada telefónica, en ese momento apropiado.<br />Leer un buen libro para mi gusto.<br />La sonrisa de cualquier niño.<br />Una hermosa mujer que pasa.<br />Tu amor, con los altibajos de la vida, que aún perdura.<br />Mi barca sigue navegando en esta mar sin fin y de gratuidad que es la vida; <br />persiste pese a los peros, lo que me hace decir, citando al poeta: "amanece, <br />que no es poco"...</p> <p>*De Oscar Angel Agú. <a href="mailto:oscarcachoagu@yahoo.com.ar">oscarcachoagu@yahoo.com.ar</a></p> <p>Veneno*</p> <p> *Por Juan Forn</p> <p>Se puede decir que entré en la literatura por un ascensor. Me explico: <br />cuando tenía quince, un vecino de mi edificio nos oyó hablar a mis amigos y <br />a mí en un viaje en ascensor, y nos invitó a su departamento en el noveno <br />piso. A partir de ese día empezó a pasarnos libros, recomendarnos películas <br />y ponernos discos, y poco a poco, en aquel living a media luz en plena <br />dictadura, nos hizo entrar a un mundo en el que James Dean le leía a Marilyn <br />el Ulises de Joyce, Dylan Thomas volvía de su última curda al Chelsea Hotel,<br />Coltrane intentaba llegar con su saxo hasta donde Charlie Parker había <br />comenzado su caída libre, Fitzgerald aconsejaba con su último aliento a <br />Faulkner que huyera de Hollywood, Pollock tiraba pintura como napalm en toda <br />tela que le pusieran delante, Sylvia Plath despertaba de su primer <br />electroshock y Burroughs le daba un balazo en la frente a su esposa jugando <br />a Guillermo Tell en una pensión mexicana. Creo que ahí empecé a entender la <br />literatura desde adentro, aunque me di cuenta mucho después. Esa matriz me <br />quedó para toda la vida. He tratado desde entonces de llenarla de otras <br />cosas, de diluirla en mí, mudar de piel, dejarla atrás. Pocas cosas me <br />decepcionan como la literatura y el cine y la música yanqui de Reagan para <br />acá. Pero igual tengo esa matriz en el adn, y me delato cada tanto: la<br />exposición muy temprana al American Way deja una impronta que se les nota <br />para siempre a sus víctimas.<br />Déjenme ahora ir un poco más atrás en el tiempo. Mi padre acababa de casarse <br />con mi madre, o quizá fue antes. El ya trabajaba como ingeniero en la <br />empresa de caminos de mi abuelo: en realidad había querido ser dibujante, <br />pero su padre lo necesitaba ingeniero como él (mi padre era el primogénito),<br />así que mi padre fue lo que dijo su padre. Viene entonces Walt Disney a la <br />Argentina. Sin decirle nada a nadie, mi padre deja en el hotel donde se <br />aloja la comitiva una carpeta con dibujos suyos: no había un solo diseño <br />propio, eran simplemente acetatos perfectos de las epónimas figuras de <br />Disney. Pero todo en ellas era increíble: el color, el trazo, la <br />continuidad. Y no Made in USA sino Made in casa por él solito, en sus ratos <br />libres. La gente de Disney le ofreció trabajo bien pago en su factoría de <br />Los Angeles. Mi padre lo mencionó en la mesa familiar esa noche. No hizo <br />falta que mi abuelo levantara su voz de trueno contra él. Mi abuela, que no <br />era de interrumpirlo nunca, se le adelantó. Mi abuela había nacido en<br />Inglaterra. Era, y se creía, criolla de pura cepa, no había vuelto a <br />Inglaterra más que unas pocas veces de paseo, pero hasta el día de su muerte <br />conservó su pasaporte inglés, como un secreto certificado de pedigree, como <br />un recuerdo de otra vida.<br />Mi abuela sabía que mi padre leía la revista Time y fumaba cigarrillos <br />norteamericanos y copiaba los gestos de los galanes de las películas <br />norteamericanas. Mi abuela sabía también que una gran amiga de mi madre, <br />casada con un amigo de mi padre, vivía en Los Angeles, vivía bien en Los <br />Angeles y había recibido en su casa a mi padre y a mi madre durante su luna <br />de miel. Todo eso lo podía aceptar. Pero que un hijo suyo, ese hijo <br />precisamente (mi abuela tenía algo especial con mi padre: ese cariño callado <br />de las madres que ven lo tremendo que es el padre con el primogénito), que <br />ese hijo se le fuera a vivir a California, al epicentro del mal gusto <br />norteamericano, era sencillamente inaceptable para ella. Le dijo con su voz<br />pacífica de siempre: "Ese país no es para vos, hijo". Mi padre pudo haber <br />tenido la vida de sus sueños trabajando para la Disney, jugando al golf y <br />tomando martinis al atardecer en la costa californiana, y yo me salvé de <br />nacer allá, porque mi abuela le hizo sentir con una sola frase que ésa no <br />era una vida para él. Y nunca más se habló del asunto. Mi padre fue <br />ingeniero el resto de su vida. Nunca más dibujó, que yo sepa. En cambio, <br />ganó plata.<br />Mientras tanto yo crecí y llegó mi adolescencia, mi rebelión, empecé a <br />practicar todo lo que a mi padre le daba tirria: el desorden de los <br />sentidos, básicamente. Yo escribía poesía, yo odiaba su utopía de pacotilla, <br />eso que Henry Miller llamó la pesadilla de aire acondicionado. Lo asombroso <br />fue que elegí como guía, como padre espiritual en la construcción de mi <br />utopía, a un tipo que me inoculó la versión alternativa del Mito USA: el <br />desorden de los sentidos American Way. En la Argentina de la dictadura, yo <br />quería ser un beatnik. El demonio, como sabemos, tiene muchas caras. Uno <br />vuelve la vista atrás y ve cada encrucijada en que se cruzó con él <br />(Kierkegaard decía que el problema de la vida es que se la vive para <br />adelante pero se la entiende para atrás). El demonio es básicamente un <br />veneno. Para que funcione tiene que haber algo en nosotros que responda a <br />él: el veneno funciona si hace contacto con eso. De manera que reconocemos <br />al demonio cuando ya lo llevamos dentro. Aquel vecino del piso nueve, aquel<br />tipo que nos abría la cabeza a base de libros, discos y películas, tenía una <br />hija. Era viudo y tenía una hija que era bastante menor que nosotros y que, <br />de un día para el otro, dejó de ser la pendeja amarga y anteojuda que se <br />paraba desafiante delante del sofá donde nos desparramábamos para decirnos:<br />"Ustedes no son beatniks". Volvió de un verano transfigurada en una beldad <br />que te cortaba la respiración. Mentira: no era tan linda, pero a nosotros <br />tres nos cortaba la respiración. Era una morocha argentina. Por ella se <br />pudrió nuestra amistad y por ella nos peleamos con su padre, cuando pescó a<br />uno de nosotros en la cama con su hija y nos echó a patadas a todos de su <br />departamento, y puso a su hija pupila en un colegio en Córdoba, y nosotros <br />terminamos el secundario y rumbeó cada uno para su lado.<br />Cuando ese tipo ya llevaba tiempo largo bajo tierra, y mis amigos de <br />entonces habían devenido uno financista y el otro estanciero, y llevábamos <br />treinta años sin vernos, yo me reencontré con ella. Nos cruzamos acá en <br />Gesell, ella había venido por unos días. Tiene el pelo gris y la cara <br />hermosamente arrugada y es una especie de pachamama, de monja zen, que habla <br />poco pero te la pone con lo poco que dice. Por ella supe que su padre era de <br />la CIA. Nada especial: un perejil, nomás. Técnicamente hablando pertenecía <br />al UCIS, el departamento de extensión cultural que, en cada embajada <br />americana del mundo, solía ser la tapadera de la CIA. No pudo o no quiso <br />averiguar mucho más, y no le era grato contármelo, pero me lo debía, por <br />amargo que fuese. Con esa misma calma sobrenatural me dijo, un rato después,<br />que sabía por qué yo no había ido a rescatarla de aquel colegio pupilo de <br />Córdoba. Citó textuales unas palabras que su padre repetía siempre, y yo <br />bajé la cabeza y no pude mirarla cuando ella dijo: "En el oficio de escribir <br />se aprende rápido que, más útil que tener una musa, es haberla perdido".<br />Porque en lo más íntimo sé que empecé a ser eso que se llama escritor en <br />aquel momento exactamente, cuando no la fui a buscar.</p> <p>*Fuente: <br /><a href="http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-192252-2012-04-20.html">http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-192252-2012-04-20.html</a></p> <p>Conversaciones*</p> <p>(Celda XIII)</p> <p>El carcelero, a veces, finge ser amable. Charla conmigo, se interesa por mi <br />salud, por los motivos de mi tristeza; me ofrece cigarrillos, alguna <br />chocolatina, refrescos, todo aquello, en suma, que normalmente nos está <br />vedado a los reclusos. Me cuenta historias de su infancia y de su barrio, <br />tratando de que olvide con la conversación la ausencia de mis arañitas. <br />Cuando, tal vez a causa de una tenue disminución de la tensión reflejada en <br />mi rostro, cree llegado el momento, se deja de rodeos y va en busca de lo <br />que verdaderamente persigue: Me pregunta por Ella.</p> <p>Hay ocasiones en que, por un instante, dudo. Pero esa falta de sutileza por <br />parte de mi interlocutor es mi mejor aliado. De ese modo, siempre consigo <br />reaccionar a tiempo, evadiendo la respuesta, aunque debo confesar que alguna <br />vez he estado muy cerca de traicionar mi secreto. Entonces, él no puede <br />evitar el rictus de contrariedad que deforma su cara, en especial cuando mi <br />sonrisa le dice que su juego ha quedado, una vez más, al descubierto.</p> <p>Cuando eso sucede, se terminan los refrescos, las golosinas y las <br />conversaciones al atardecer. Pasado un tiempo, vuelve a intentarlo. A veces, <br />yo también participo del juego: finjo hablarle de Ella, aunque no sea <br />realmente de Ella de quién le estoy hablando, si es que en verdad hay que <br />admitir tal posibilidad. Observo como anota con cuidado en su libreta cada <br />rasgo rigurosamente inventado, cada matiz inexistente de la voz. Cuando <br />termina la tarde, y el carcelero escucha mi estrepitosa carcajada, <br />sabiéndose burlado, rompe en mil pedazos los apuntes y sale enojadísimo de <br />la celda.</p> <p>Alguna vez, no obstante, me ha parecido sorprender en sus ojos la sombra de <br />una lágrima, y me pregunto si no será que él se siente tan solo como yo <br />mismo y necesita una presencia inventada para soportar el peso de los días <br />que nunca terminan. Por esencia, se sabe que los carceleros carecen del don <br />de la imaginación. No es de extrañar, entonces, que a falta de fantasías <br />propias, recurra a las mías.</p> <p>*De Sergio Borao Llop. <a href="mailto:sbllop@gmail.com">sbllop@gmail.com</a><br /><a href="http://sergioborao2011.blogspot.com/">http://sergioborao2011.blogspot.com/</a></p> <p>"CRÓNICA DE UN INICIADO"*<br />(novela de Abelardo Castillo)</p> <p>Conmovida por la imponencia descalabrada del dragón<br />a la pequeña lámina me conduje</p> <p>Yo había ya lucido<br />enmarcada</p> <p>Desanduve la sujeción de un endogámico entrevero<br />de cables, cordeles, piolines y piolitas</p> <p>San Jorge<br />                harto<br />retaba a su caballo.</p> <p>*De Rolando Revagliatti. <a href="mailto:revadans@yahoo.com.ar">revadans@yahoo.com.ar</a></p> <p>*</p> <p>Inventren Próxima estación: INGENIERO DE MADRID</p> <p>(CON COMBINACIÓN EN EL FERROCARRIL PROVINCIAL CON DESTINO LA PLATA O <br />MIRAPAMPA)</p> <p> -Colaboraciones a <a href="mailto:inventivasocial@yahoo.com.ar">inventivasocial@yahoo.com.ar</a></p> <p><a href="http://inventren.blogspot.com/">http://inventren.blogspot.com/</a></p> <p>InventivaSocial<br />Plaza virtual de escritura</p> <p>Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar<br />-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-<br />Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.</p> <p><a href="http://twitter.com/INVENTIVASOCIAL">http://twitter.com/INVENTIVASOCIAL</a></p> <p>Blog: <a href="http://inventivasocial.blogspot.com/">http://inventivasocial.blogspot.com/</a></p> <p>Edición Mensual de Inventiva.<br />Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por<br />Yahoo, enviar un correo en blanco a:<br /><a href="mailto:inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar">inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar</a></p> <p>INVENTREN<br />Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.<br />Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:<br /><a href="mailto:inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar">inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar</a></p> <p>Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la <br />libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada <br />escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se <br />editan bajo ejes temáticos creados por el editor.</p> <p>Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación <br />en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor <br />emitidos.</p> <p>La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada <br />obra queda a cargo de cada autor.</p> <p>Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias <br />que cada colaborador desea compartir.<br />Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras <br />recibidas.</p> <p>Respuesta a preguntas frecuentes</p> <p>Que es Inventiva Social ?<br />Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.</p> <p>Cuales son sus contenidos ?<br />Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y <br />noticias que se publican en los medios de comunicación.</p> <p>Cuales son los ejes de la propuesta?<br />Proponer el intercambio sensible desde la literatura.<br />Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.</p> <p>Es gratuito publicar ?<br />En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. 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Esta vez no habló, movió los labios y solamente cuando le recordé aquella costumbre de las fogatas en los rastrojos, levantó la cabeza. <br />CESARE PAVESE <br /> </p> <p>Y era octubre. <br />No se quien fue la yesca y quien el pajonal. <br /> A lo lejos, una voz de fuego, nos reconoce <br />Nos reconoce y pronuncia  nuestros  nombres. <br />En silencio pronuncia nuestros nombres bautismales. <br />No, no era la primera fogata. <br />Pero si embargo, fue la única. <br />Única raíz, bengalas en el cielo. <br />Encendieron las noches y los dedos. <br />Y fuimos bocas, manos y señales. <br /> </p> <p>Incendiamos ayeres y calendarios nuevos. <br />Y bebías el fuego de mi frente. <br />Y yo, toda yo, era fuente y origen. <br />Apenas cabías en mis manos. <br />Pero en sacrosanto perfil te dibujaba. <br />Y te hacía un lugar en mi lecho. <br />Castamente, como un niño de otoño. <br />Encendías luciérnagas en desgarradas noches. <br />Y  éramos una oración, un mantra. <br />Una gloriosa soledad compartida. <br />Y era octubre. <br /> </p> <p>Y soplamos en azul adversos vientos. <br />Médanos, goteras en el techo. <br />Ahora las manos están frías. <br />Y me pregunto si acaso ronda el miedo. <br />Y el olvido, y la muerte y la vida. <br />Escucha, son las fogatas y es octubre.  <br />Y hay un memorial que riega nuestra sangre. <br />Y en mis pechos, vírgenes de ti. <br />Aun cabe un llanto, tan antiguo como el viento. <br /> </p> <p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p> <p>AQUELLOS ABUELOS*</p> <p>*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar<br />                                                                               </p> <p>   A Miguel Fredi<br /> <br />       <br />     Mi abuelo -cuenta Miguel Fredi- se levantaba a las cinco de la mañana, tomaba una taza de café negro, comía un pedazo de queso y salía al amanecer. Tocaba con sus manos callosas el mango de la azada que había dejado sumergida en un balde de agua para que la madera se hinchara y la azada quedara firme y se iba hasta la quinta a desmalezar los tomatales. Tenía ochenta años. Mi abuela lo seguía detrás, como una sombra. Con su delantal negro, que no se quitaba nunca. ¿Por qué iba a cambiar a esa edad, no es cierto? -Pregunta como afirmando sobre esa pasión casi religiosa que trajeron los inmigrantes del otro lado del mar. A veces estos hombres duros se hacían un tiempo  para poder caminar bajo los árboles, pero no siempre.<br />            Yo recuerdo a mi propio abuelo, cuando recorría las parvas o los chiqueros, y buscaba un asiento donde quedarse un rato. Podría ser un tronco, el asiento de un arado en abandono, ponía la mano en el bolsillo y sacaba una naranja. Del otro sacaba un cortaplumas y se ponía  a pelarla. Si yo estaba cerca me daba los primeros gajos, y luego de a uno se los iba metiendo en la boca, sin que el jugo le chorreara por la barba o le mojara los bigotes.<br />            En ocasiones era un pedazo de pan o de queso, pero se nota que a esa costumbre la traía del otro lado del mar, porque  lo vi en otros inmigrantes: todos  tenían la misma costumbre. Otras veces, sacaba una pequeña pipa, luego la tabaquera de cuero crudo, llenaba el hornillo con minucia y dedicación y encendía el tabaco con un fósforo hasta que la primera humareda subiera hacia el cielo y se  sentaba como mirando el mar. Sólo que aquí no era de agua sino de trigo, maíz o alfalfa.<br />            Pensar en esos hombres, es circunscribir aquellos años de la niñez en un aura que se agranda con el tiempo y la distancia, lo instala en un espacio casi mágico, que corre el albur de convertir algo tal vez simple, tal vez trivial, tal vez basto en una mitología digna de mejor causa para otros. No es mi caso, porque qué sería de tanta vida anónima si nadie recuperara en un gesto reparador todo aquel tiempo en que el trabajo estaba en primer término, estaba por sobre todas las cosas, la propia diversión estaba mal vista por los inmigrantes,  como si el sólo hecho de habilitar el goce estuviera prohibido en su biblia particular y la de sus ancestros.<br />            Mi padre me contaba alguna vez, que en el año cuarenta siendo mensual de la chacra de Domingo Cléreci, vino a la cancha de paleta  del Club Huracán un exitoso acordeonista llamado Antonio Bizio y como el baile era en verano se escuchaba la música en las chacras cercanas.<br />            Mi padre, que había ido al baile, al otro día tuvo que aguantase las reprimendas -no sin sonreírse- del viejo Chiquín.<br />            -Te creés que yo no escuchaba desde aquí "al acordeón del vicio" -le dijo, usando muy bien la fonética para entender esa ambigüedad semántica que la permitía su aparente confusión.<br />            A él, a  Chiquín, inmigrante sufrido y estoico le habrá parecido el colmo del desenfreno que en un lugar perdido de la pampa un grupo no  muy numeroso de muchachas y muchachos soñaran un rato haciendo un alto en sus tareas, a la que seguramente nadie era esquivo.<br />            Por eso la anécdota de mi amigo Miguel me gusta, por lo que cuenta de su abuelo ya octogenario que no sabía hacer otra cosa que trabajar, como lo habría hecho desde su aldea natal, en aquella península ya cada vez más difusa en su memoria. Y siempre seguido por esa sombra, su mujer. Por que trabajar para ellos no era un problema de sexo, todo se hacía a la par.<br />            Habían trocado entonces aquellas aldeas perdidas junto al mar o la montaña, algunos había hecho la guerra y en general venían perseguidos  por el hambre, un futuro incierto para sus hijos y en general llegaban a lugares donde tenían un ser querido, un pariente, algún paisano que le sirviera de referencia en este país tan lejano que veían como provisorio y para ellos seguro que lo era, aunque la estabilidad la consiguieran con seguros sacrificios y también es seguro que el abuelo de Miguel, el mío y el de tantos otros amigos hubieran elegido a su tierra natal estos cielos altos, estos soles anchos, esta luminosidad sobre el verde furioso de toda la llanura que ellos cultivaron con una pasión tan minuciosa y posesiva que me hace dudar si pudieron disfrutar del vuelo alto y seguro de aquella garza mora que cosió el horizonte para siempre delante de sus ojos.<br /> </p> <p> HEREDARÁS MIS ÓRDENES*</p> <p>Sabía que faltaba poco, cualquier mañana o cualquier noche emprendería el viaje sin despedirse. ¿Sin despedirse? La idea le pareció incorrecta, debía dejar indicios, órdenes tal vez, porque si no harían las cosas diferentes a lo que era su voluntad.<br />Ese fue el comienzo de un diagrama bien planificado para que cuando ella ya no pudiese opinar se cumpliera el ritual según sus deseos.<br />Esa mañana cuando se despertó y supo que no era ese el día indicado para emprender vuelo, comenzó a utilizar su tiempo extra, anotó unos pocos nombres a quienes les dejaría una carta, muy simple, muy sincera, diciéndoles cuánto los había querido. Eso la emocionó y no pudo evitar que los ojos se le llenaran de lágrimas.<br />Pero había que seguir sin sentimentalismos baratos y se repuso. Luego comenzó a redactar las instrucciones post-muerte: no quería que la  exhibieran en un ataúd, le parecía macabro y de muy mal gusto, las personas debían recordarla viva, sonriente y con el rostro sonrosado; así que ese acto quedaba prohibido. Tampoco debían enterrarla, la sola idea  de que la cubrieran de tierra la espantaba, prefería que la cremaran y desparramaran las cenizas en el jardín donde estaban los rosales. Tal vez para sus parientes no iba a ser agradable saber que ella seguía estando allí, pero era su deseo y debían cumplirlo.<br />Imaginó las protestas de Euclides, una de sus nueras que desde siempre soñó con ocupar la casa y que al quedar vacía lucharía con uñas y dientes para lograrlo.<br />- ¿Cómo van a expandir las cenizas allí? ¡Es horrendo! No voy a poder caminar tranquila por ese lugar. Esa vieja loca lo decidió a propósito, sabía que me haría mal.<br />No pudo menos que sonreír al imaginar la escena y intuía que luego no se animaría a hacer un hueco en la tierra  por miedo a que ella apareciera.<br />Acto seguido comenzó a pegar papelitos con nombres en todas sus pertenencias: el collar de perlas para su nieta mayor, el reloj de su marido para Alfredito, su único nieto varón, y así cada objeto tuvo su destinatario. <br />Fue una tarea que le llevó varios días y la hizo con el mayor de los disimulos para que nadie de los que concurrían a verla se diera cuenta. Lo último era averiguar cual era el costo de la cremación y poner el dinero en un sobre abrochado a las instrucciones. Cuando concluyó experimentó una gran paz, como si hubiera cerrado el círculo de su vida con todas las deudas saldadas.<br />Todavía le quedó tiempo para imaginar la distintas reacciones porque no era ilusa, la mayoría no iba a estar conforme con lo heredado y envidiaría la suerte del otro sintiendo que ella había sido injusta en el reparto, pero eso ya no era asunto suyo, estaba dentro de la naturaleza de cada uno, no era su responsabilidad.<br />La primer mañana de octubre amaneció luminosa como si cada elemento vivo reverenciara a la naturaleza, menos ella que sin apuro fue una más en el universo. La encontró Mario, su hijo menor, cuando llegó a la tarde y como no respondía a sus llamados utilizó sus llaves para entrar a la casa. Luego todo fue confusión, alboroto que se iba incrementando a medida que encontraban el legado.<br />Luis, su hijo mayor, fue quien halló la carta que su madre había dejado sobre la mesa de luz la noche anterior. Le costaba entender tanta lucidez y serenidad ante la inminencia de un hecho que a cualquiera hubiera aterrado, pero no hizo ningún comentario, sólo leyó el contenido.<br />Por supuesto y como ella lo había pensado, fue Euclides la primera en soltar su lengua al saber el destino que debía darse a las cenizas. El brillo de alegría que asomó en sus ojos cuando supo la noticia de la muerte desapareció cuando Luis llegó  esa cláusula.<br />- Yo no puedo habitar una casa que tiene restos de muerto desparramados en el jardín.<br />- ¿Y quién te dijo que vas a habitar la casa? - preguntó Lucy, la esposa de Mario.<br />- Porque Luis es el mayor y le corresponde. Además nuestra casa es muy chica, necesitamos más comodidades.<br />- Eso lo vamos a discutir después - insistió Lucy.<br />- ¿Por qué no se callan? - alzó la voz Mario mirando a su madre tendida en la cama.<br />Luis abrió el sobre que contenía el dinero para la cremación, lo contó, lo acarició y recordó sus deudas.<br />- ¿Hacemos lo que pide? - logró articular después de algunas vacilaciones. - No sé... me parece sin sentido gastar este dinero en eso. ¡Estamos tan apretados!<br />Algo estalló dentro de Mario, un dolor profundo que le dio a sus ojos un color rabioso; Luis sintió el impacto de esa mirada sobre su piel y volvió a colocar el dinero en el sobre.<br />Y el ritual se cumplió, sus dos hijos, sus nueras y sus nietos esperaron la urna en la funeraria y la llevaron a la casa. Nuevamente Euclides retomó la protesta y fue necesario un grito cargado de angustia de Mario para hacerla callar.<br />Al día siguiente estalló la guerra, cada hallazgo terminaba en pelea, cada etiqueta avivaba el infierno; los hermanos discutieron, las cuñadas se pelearon y los nietos dijeron pestes de su abuela. El final del pleito lo puso un abogado iniciando los trámites sucesorios y cobrando por ello, lo que determinó la venta de la casa. Las cenizas de su dueña reían a carcajadas por las noches cuando todo quedaba en silencio.<br /> <br />                        </p> <p>*De EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar<br /> -Tercer premio. Concurso Internacional organizado por CENTRO ESCRITORES/AS NACIONALES - CEN EDICIONES 2011</p> <p>LA FELICIDAD COMO DEBER*</p> <p>     </p> <p>Tenemos, dicen, el deber de ser felices.<br />     Mirando el campo desde arriba, y constatando la fugacidad de la vida de hormigas y minúsculas existencias con patas y antenas, y torpes colmillitos de frágil ferocidad, es hasta redundante notar que para tan poca existencia es ridículo el malgaste en penas evitables. Sería también de una obviedad <br />pueril descubrir que las fauces de tigres y osos polares poco son si medimos al animal por la escasa porción de vida en tanta eternidad de años contados por millones. Y nosotros, también, vistos desde arriba apenas representamos un puntito microscópico en el inabarcable universo.<br />     Nuestras penas y afanes son, de acuerdo con esto, absolutamente desproporcionados con el tiempo, ese tiempo tan escaso del que disponemos entre el alumbramiento y el deceso,  segundos apenas que podemos dedicar a conseguir la felicidad.<br />     Debemos ser felices.<br />     Noches en vela por gentes que luego nos dan la espalda o bien terminan muriendo de todos modos, cuidados o no. Insomnios diurnos por amores contrariados, por obligaciones vanas, por hijos ingratos o por catástrofes inobjetables. No habría necesidad, no sería justo.<br />     Tenemos el deber de ser felices.<br />     Por sobre guerras y recesiones, por encima de los mendigos de las calles, a pesar de las injusticias y aunque afuera arrecien las violencias. <br />Aunque nuestros amigos se desesperen o caigan desarmados, contra el viento <br />gélido de los abandonos y a la par de los que soportan yugo ya no de bueyes que no los hay por aquí pero casi pareciera, a su lado pero mirando para arriba, para otro lado, para no verlos en su deprimente sufrimiento.<br />     Felices con sonrisas llenas de dientes y ojos ciegos.<br />     Susan Sontang hablaba de cómo en nuestra época se ve al cáncer como resultado de la represión de emociones, cáncer como salida de aquello enterrado por uno mismo. Cáncer, finalmente, como culpa del paciente. Sida como culpa del paciente, enfermedades que finalmente pertenecerían al enfermo y serían casi una elección. Gente que en vez de escoger la felicidad escoge el dolor y ser víctima de un temible mal. De esto hablaba Susan con horror.<br />     Porque tenemos el deber de ser felices. De otro modo, uno es un actor consciente de la obra de su propia muerte. Eso dicen.<br />     Y no me quedan dudas de que debemos intentar la felicidad, a pesar de, contra de, aunque sea. Pero no sin esos deberes morales, esos deberes humanos que son inequívocos.<br />     La felicidad no es un estado puro. Sucede mientras uno limpia la mesa para recibir al amigo desgraciado, mientras se trabaja para llevar el sustento a quienes se ama, mientras las cebollas de la comida que se compartirá nos hacen rodar lágrimas.<br />     Y no hay felicidad cuando para tenerla se entierran cadáveres en el jardín. O no debiese haberla. Quien intenta ser un hombre o mujer honestos creo que no puede conocer esa clase de felicidad que se funda en el abandono o la negación de las responsabilidades.<br />     En "El Zoo de cristal" Tenesse Willians contaba cómo el hermano ponía la mayor distancia entre su vida y la triste, desfalleciente penumbra de su hermana y su madre. Se hizo marino mercante para escapar, puso leguas y millas entre su vida y la miseria que abandonó en su ciudad. Pero bastaba un <br />destello de vidrio para recordar las figurillas de cristal de Laura, su hermana, y sentir en la espalda la leve presión de su mano. Escapar es imposible cuando se sabe la existencia de un deber hacia unos seres que se ha abandonado.<br />     Por eso, tenemos el deber de ser felices pero con lo que hemos quedado presos, que presos de algo estamos todos. No adscribo a la culpa judeo cristiana que llama al sufrimiento, pero no puedo descreer de la moral necesaria para que la felicidad sea lo menos espúrea que podamos conseguir en esta vida llena de impurezas y máculas.<br />     Felicidades, entonces, con los bártulos a cuestas y sin renunciar a una mirada abarcadora y lúcida. Lo que se pueda aquí y ahora, y cada tanto lavando ropa que no nos pertenece.</p> <p> <br />*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com</p> <p>Cansancio*</p> <p> <br />Es cierto que cuando se ha caminado mucho, y aunque a pesar de todo no se haya llegado muy lejos, o quizá precisamente por eso, tiende a apoderarse de nosotros un cansancio que, por desconocido e inesperado, nos desconcierta. <br />En tales casos, uno piensa que tras una larga y apacible noche junto a un hogar cálido, sobre un lecho confortable y al abrigo de las mantas, todo será de nuevo como al principio, que se habrá borrado la fatiga y podrá reanudarse el camino con renovadas energías. Pero en ningún modo es así. <br />Este cansancio es persistente y no bastan la noche, el hogar y las mantas para hacerlo desaparecer. Aun si la noche fuese tan larga como el día que la precedió -ese prolongado día que fue testigo de nuestro arduo caminar- no hay garantía alguna de recuperación. Así, cuando amanece -si hemos de suponer que tal cosa puede ocurrir en realidad- la fatiga es casi tan grande como en el momento en que nos tendimos a descansar. Quisiéramos dormir un rato más, sentarnos junto al fuego, demorarnos un poco aún junto al umbral, pero el Posadero nos ha acompañado hasta la puerta y, con gesto amable, nos mira como invitándonos a partir. Su mirada es tranquila y quizá hasta compasiva, pero el mensaje que se desprende de ella es inequívoco: Debemos reemprender la marcha de inmediato. Y así lo hacemos. Resignadamente. Nos despedimos con un gesto, retomamos el sendero, verificamos la ruta -aun sabiendo que toda ruta es ilusoria- y nos preguntamos si algún día, por fin, llegaremos. Tal vez nos ayudase -pensamos- saber a qué lugar nos dirigimos.</p> <p>De Prosas breves <br />*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com<br />http://sergioborao2011.blogspot.com/<br />https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop</p> <p>EL VIEJO TREN*</p> <p>             <br />Saludo a Count Basie<br />               y Carl Sandburg</p> <p>Por estas mismas vías<br />pasaba el viejo tren.</p> <p>Desde las brumosas factorías<br />los obreros lo saludaban</p> <p>como a una aparición de lo lejano<br />con los sueños y los ojos.</p> <p>Por estas mismas vías,<br />atravesando barriadas</p> <p>somnolientas y alambradas,<br />pasaba el viejo tren</p> <p>echando densas bocanadas<br />contra el cielo</p> <p>como un duende<br />que va rasgando el silencio</p> <p>con un eco dolido<br />de trombón y clarinete.</p> <p>Por estas mismas vías,<br />poco antes del amanecer,</p> <p>pasó como una estrella<br />repentina,</p> <p>pañuelo de gasa al cuello,<br />ancho sombrero</p> <p>y barbilla siempre levantada, <br />la bella Chick Lorimer,</p> <p>con una pequeña maleta,<br />un perfume, un libro,</p> <p>y como una exhalación<br />de lo innombrable.</p> <p>Por estas mismas vías<br />pasaba el viejo tren.<br />                    </p> <p>*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar<br />Brooklyn, N.Y.; junio de 1998.</p> <p> Desangrándose*</p> <p>Entró corriendo en la tienda de lubricantes con otro robot en los brazos gritando con su voz metálica: "¡Rápido!¡ Una lata de Mobil 1,5 SAE 40!"</p> <p>*De Joan Mateu. joan@cimat.es</p> <p>Antes de Navidad*</p> <p>Ya lo habíamos hablado con el neurólogo.<br />El me contesto con cara de asombro: -Es para publicarlo.</p> <p>He podido comprobar que el accidente cerebro vascular de mi madre ha mejorado su sentido del humor.<br />Más aun, le ha generado ocurrencias desopilantes que eran impensables en ella.<br />Si bien se queja de ciertas secuelas en el habla. Mi madre complementa el lenguaje con gestos y hasta con carteles sintéticos y elocuentes.</p> <p>Tuvimos una discusión por un motivo claramente banal.<br />Ella dijo algo así como: a ver si te conseguís una novia y me dejas de joder.</p> <p>No se quedo quieta.<br />Al rato salio con la silla plegable de lona a tomar fresco al jardín.</p> <p>Cada tanto veía como vecinos y hasta gente desconocida se paraban a conversar con ella.<br />Y había risas.<br />-Que sociable esta mamá -pensé, que bien le hace enojarse conmigo.</p> <p>Cuando llegué, le decía a la Marta que no quería que le sacara una foto con el cartel que llevaba colgado:</p> <p>"BUSCO NUERA, SUEGRA A LA VISTA"<br />Con letra más chica, había agregado: "Urgente, si es posible antes de Navidad"</p> <p>*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com</p> <p>CUENTOS DE LA REALIDAD<br /> </p> <p>Milagro en ... el Muñíz ...*<br /> </p> <p>*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com</p> <p>Hay que moler los sueños.<br />La gente no debe pensar.<br />¿En realidad, la gente piensa?<br />El ejercicio de pensar alucina.<br />¿Y que es alucinar?<br /> <br />Las preguntas se deslizan muellemente, un mediodía de domingo, en la cautelar y silenciosa molicie, donde se siente el aliento ardiente de Dios o el otro, si son la misma cosa y que obliga a creer "que todos se han ido". Nadie te deja sólo en la víspera, pensé, un consuelo pobre pero excitante de puertas adentro.<br /> <br />- Vamos primero al Muñíz para ver a Jorge - ordenó con displicencia Yon, ese día y a esa hora, incómoda para salir, cuando el sol nos da una fiesta.<br />- ¿Que Jorge? - atiné a ganar tiempo -lo único que puedo ganar -.<br />- ¿Cuantos Jorge amigos, tenemos con SIDA? -<br />-  Ah... es cierto -, me disculpé.<br />- ¿Y como está? - quise reparar.<br />- Eso es lo que vamos a averiguar y como anda de remedios - agregó sin mirarme.<br /> <br />Estábamos en una mesa externa de "La Sextana" de Banfield. Dos Absolut con hielo granizado y jugo de naranja, nos hermanaban. Algunos bocaditos salados, dispersos, me parecieron apóstoles en retirada, mientras atacaba, implacable uno, adornado por majestuosa aceituna negra descansando sobre su capa de paté de ganso, apoyados en la meseta plana de una tostada "extra large". Yon vigilaba mi dedicación, de ojos entrecerrados,. No había decidido si seguir llamándolo Yon Eibar, después de los vascos que como les cuadra, hicieron silencio místico.<br /> <br />- Vamos en tren porque el auto quedó en Constitución - informó detrás de la copa. No hice comentarios porque en realidad debía empezar por discutir su decisión inconsulta. Resigné, por supuesto y partimos rumbo a la estación.<br /> <br />La combinación "franquera" de control de pasajes y gendarmes, en el acceso al andén, nos dejó perplejos. Antes, en la boletería, eludimos el "tacle" de cuatro chicos que "piden" en ventanilla. Una adulta, a la izquierda "de su imagen", vigilaba el desempeño de "los recaudadores".<br />Esto chicos ya no tienen y es posible no hayan conocido, la inocencia.<br />Nacieron en un momento equivocado de un tiempo equivocado, de padres equivocados y en un mundo equivocado. Además, tampoco pidieron ser traídos y van a resistir para no irse. ¿Donde podrían haber encontrado la inocencia, con esa imagen como posibilidad?.<br /> <br />Banfield luce, todavía, "fronteras abiertas". Lomas ya esta alambrada entre los andenes dos y tres. Trenes rigurosamente vigilados y sin Lista de Schindler ¿para qué?,  si estamos en un ghetto de límites imprecisos. Algunos se dan cuenta y hacen la vista gorda.<br /> <br />Accedimos a la plataforma y el "balita" blanco y verde, propios colores banfileños,  llegaba deslizando algo tortuosamente su oruga de vagones. Las puertas se abrieron y los escasos pasajeros entraron decididos a escapar del calor, rumbo al aire condicionado. ¿Porque?...  por la intermitencia  de su funcionamiento, complicada con pasajeros ariscos que abrían las ventanillas para "dejar entrar el sol". Es difícil ponernos de acuerdo hasta para sobrevivir. Marcha y la nave va.<br /> <br />Escalada sigue igual. Ni un peldaño más. Tanto arriba como abajo. Los puentes mantienen su condición de ratoneras, ahora de verano. ¿Cómo salís de la estación hasta las avenidas de cada lado, después de las diez de la noche, si tienes que caminar? Es un acertijo heredado pero, con este sol, esa figura queda lejos.<br /> <br />Igual, todo lo que sirvió en un tiempo te amenaza en el siguiente; por eso, mejor seguir "soplando en el viento".<br /> <br />Lanús, que ya consolidó la venta ambulante en los dos puentes, el metálico provoca mayor flujo de adrenalina, debe ser por "los fierros". <br /> <br />Dicen que "los fierros" los portan quienes autorizan la instalación ilegal, más la vasta fauna, donde se mezclan jerarquías de la corrupción: política, seguridad y legal, en esa fracción que todos llaman "territorio federal"; allí donde se mira y no se toca. Un indicador del repunte económico para estudiosos.<br /> <br />La reactivación, en Lanús, está en marcha.<br /> <br />¡Ah¡ y hablando de rigurosidades, los baños públicos de la estación, siguen cerrados, seguramente para conservarlos limpios. Mientras tanto ancianos, embarazadas, y discapacitados, por citar solamente a quienes deben resignar y no tienen escapatoria, adoptan la posición de loto, practican meditación trascendental, se hacen encima, porque para llegar a un bar cercano, hay que atravesar  "el desierto de los tártaros", con avenidas inclementes que, para estas instancias, hacen las veces de carrera de obstáculos.<br /> <br />La rueda de la fortuna es más segura que suponer una llegada a tiempo, sin olvidar que, con el pasaje aprobado, se corre el riesgo de no poder volver al andén; linduras del país del "master ".<br /> <br />La solución probable y no explorada es la venta dentro del tren y los andenes, de pañales descartables para adultos a precio de fábrica, si es que quedó alguna.<br /> <br />Se cerró la puerta automática, detrás del penúltimo vendedor que, por horario concedido por otra mafia comercial, tiene tres minutos "para hacer el vagón" y dejar su lugar al que sigue; si no creen, consulten con Diego, que da sus "recitales" de diez a trece, donde la fusión no es infusión, pero si está autorizada; no es lo mismo "hacer la gala" en un local que sale de Temperley, que intentar cantar Arjona a pasajeros varones del ramal Glew.<br />Lo cierto es que ese domingo, los cantautores se tomaron franco. Los vendedores, no.<br /> <br />Por suerte Gerli, una suerte de Iquique, meca del truchaje demente, reúne a  los vendedores porque allí funciona la Aduana. La estación Gerli lejos de todo, permite ajustar las cuentas de cualquier manera.<br /> <br />Avellaneda es una cita trasnochada para compradores de hiper, nostálgicos de otras épocas; ahora se puede uno encontrar con Gardel a bordo de una jirafa, por repetir la postal que he contado otras veces.<br /> <br />Hipólito Yrigoyen impresiona. Supo ser un lugar de laburantes y fabriqueras y ahora, los edificios cantan silencios desde el pasado turbulento que se rifó.<br /> <br />Por fin Constitución, bajo los influjos de un maquillaje impresionante y restaurador. ¿Que será cuando suceda?, es parte de la gran pregunta, para mirar mejor la miseria de cerca. <br />A toda esta reflexión el vasco la compartió con una respiración acompasada, certeza de sueño breve, aunque no me engaña y menos cuando le da el sol en la cara.<br /> <br />- Vamos hasta Huergo, porque el auto está en lo de Raúl, un lugar seguro por el momento -,  consignó antes de trepar al 62 rumbo a la parada de la imponente Facultad donde se mide con cuidado. Curiosamente Estados Unidos, Carlos Calvo parecen un muestrario de ausencias y catálogo de abandonos.<br /> <br />El Alfa gris, custodiado por expertos, reclamaba atención. Mentiras. El dueño de casa comía enfrente, Puerto Madero con la espalda al río se defiende como puede. Le hicimos avisar que regresábamos en breve y nos fuimos.<br /> <br />La guardia de un hospital es para mí un escollo insuperable. Le ofrecí esperarlo en el bar de enfrente. Yon me miró de una manera que me hizo<br />bajar  la mia y luego la cabeza. Así, contando baldosas, gastadas por tanta pesadumbre, lo acompañé y oí las consultas, las explicaciones de las enfermeras, el informe médico, la entrega de una caja cuidadosamente envuelta, que Yon entregó sin que me enterara de que medicamento se trataba, suponiendo que lo fuera y luego, lo más duro, esa charla con Jorge que yo no quería compartir. Cobardías imposibles de repasar. Jorge me palmeó comprensivo y su voz balsámica, fue un canto explicativo de la verdad, una charla didáctica, que Yon escuchó atento, como si nada supiera. El enfermo dijo<br /> <br />- El Vaticano polemiza y pelea desde hace 20 años por el SIDA. Un pastor y un jesuita con asiento en Africa, dijeron que "los carteles de las famaceuticas (laboratorios), decidieron el genocidio en Africa al no bajar el precio de los medicamentos contra el SIDA. 29 millones, son los africanos en riesgo. Los laboratorios ganaron en el 2002, 517 millones de dólares" -, tomó aliento, algo a su alcance, todavía, para seguir. <br /> <br />- La Organización Mundial de la Salud en ese año consigna tres millones de muertos; 42 millones de contagiados y 11 millones de huérfanos, sólo en Africa. ¿Y que hizo la Iglesia en esos mismos 20 años? Recomendar castidad y sexo sólo en el matrimonio. Condenar el uso de preservativos. Combatir la educación sexual en las escuelas y hospitales, salvo pregonar su "paternidad responsable" y obstaculizar campañas publicitarias apuntadas a evitar la propagación del mal - La mirada verde en la cara aniñada, guardaba expectativas. Yon lo tranquilizó.<br /> <br />- Tus medicamentos se los dí al médico -, respiró aliviado. El vasco lo abrazó estrechamente, yo no. Jorge volvió a palmearme en silencio. Soy negro, me dije, pero mi vergüenza enrojeció lo que quedaba de la tarde, salimos, el milagro estaba cumplido. Velozmente buscamos Puerto Madero y la vaca seguidora, así se llama el lugar o algo parecido, el viaje fue silencioso. Llegamos y estacionamos el Alfa gris, caminamos la elegante disposición de los adoquines grises, nos recibió la azafata de turno que, como siempre ocurre, se quedó prendada de las largas y sedosas pestañas del vasco, nos condujo a la mesa de Raúl que portaba una hermosa camisa tenuemente amarilla, pantalón tropical claro y zapatos caramelo pálido, un dechado de elegancia, propia del ejecutivo responsable que es, lástima que cultive nuestra amistad, me digo, en tanto ordenó con voz grave.<br /> <br />- La panceta con ciruelas; el lomo envuelto en el cinturón de panceta y una buena dosis de Cabernet Sauvignon, Catena Zapata cosecha 2000 -, pensé en el precio de cada botella y se me desengachó la mandibula, me sentí sediento como nunca, atravesé la estepa arenosa de ojos cerrados, para encontrar a la mujer dorada; lo que ellos tenían que hablar, ya es otra historia. </p> <p>-Verano de 2005</p> <p>UNA AGRADABLE REUNIÓN DE AMIGAS*<br /> <br />     </p> <p>Mi amiga Solange llamó para invitarme a salir el domingo. Pasó a buscarme en su automóvil y apenas subí me pidió que no sacara el tema del consorcio porque quería estar tranquila.<br />     - No te pongas nerviosa - le dije - que con las frenadas podemos ir a parar a la morgue o al cementerio.<br />     Llegamos a una confitería y apenas nos sentamos  comenzó a contarme los problemas que tiene con el mencionado consorcio como de costumbre y sin parar. No sé como hace para respirar.<br />     Luego continuó con su viaje a Roma e Israel, detallando emocionada todo lo referente a la religión católica, contó que el Papa la bendijo, habló de la sepultura de Juan XXIII y aseguró que el cadáver no se iba a descomponer y le pidió a Dios que le diera vida para cuando lo beatificaran poder volver nuevamente a Roma.<br />     "Con un poco de suerte - pensé - podes besuquear el cadáver del Papa."<br />     También comentó que la bautizaron nuevamente en el Río Jordán.<br />     Después de este monólogo se acordó que yo estaba allí y me preguntó:<br />     - Y... ¿tus cosas como van?<br />     - Y... como siempre... - contesté, - igual.<br />     Y ahí terminó el encuentro, nos levantamos y nos fuimos. Todo concluyó hasta la próxima agradable y cordial reunión de amigas a la que tal vez dentro de poco me volverá a convocar.</p> <p> </p> <p>*De ELI RAF.</p> <p>Todo en toda*</p> <p>Me luce más con una flaca<br />me luce más con una flaca no muy alta<br />me luce más con una flaca no muy alta<br />de enormes pechos</p> <p>Aunque perderme todo yo<br />en una toda enorme<br />conlleva apabullante<br />                                 vahído:</p> <p>locura pasajera.</p> <p>*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar</p> <p>*<br />Inventren Próxima estación: Morea.</p> <p> -Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar</p> <p>http://inventren.blogspot.com/</p> <p>InventivaSocial<br />Plaza virtual de escritura</p> <p>Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar<br />-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-<br />Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.</p> <p>http://twitter.com/INVENTIVASOCIAL</p> <p>Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/</p> <p>Edición Mensual de Inventiva.<br />Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por <br />Yahoo, enviar un correo en blanco a: <br />inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar</p> <p>INVENTREN<br />Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.<br />Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a: <br />inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar</p> <p>Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.</p> <p>Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.</p> <p>La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. </p> <p>Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.<br />Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.</p> <p>Respuesta a preguntas frecuentes</p> <p>Que es Inventiva Social ?<br />Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.</p> <p>Cuales son sus contenidos ?<br />Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.</p> <p>Cuales son los ejes de la propuesta?<br />Proponer el intercambio sensible desde la literatura.<br />Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.</p> <p>Es gratuito publicar ?<br />En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. 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Y sería verdad, al menos parcialmente. Toda verdad es incompleta, eso lo sabemos. Porque el conocimiento de nuestra propia realidad también es parcial. Verdad es que nunca antes había oído esa palabra, pero no es menos cierto que escucharla me trajo, de repente, imágenes de un tiempo ya pasado, de un lugar nunca visto, de una música extraña...<br />Creo que lo dijo Urbano Powell, una tarde imposible, mateando. Aunque ya no sé si es recuerdo o presunción. Evoco la palabra: "Dudignac", una voz pronunciándola, el tenue escalofrío que mi cuerpo sintió... Otra voz, no la primera, apuntó: "eso está en Europa, en Francia, en el sur", y la primera voz, tranquila, replicó, "no, ché, eso está aquí mismo, a poco más de 300 kilómetros de Buenos Aires, cerca de Nueve de Julio. Es un pueblito... y bueno, también es una estación abandonada..." un silencio expectante, un leve carraspeo "de aquellas del Midland, ya sabés". <br />Y yo, que escuchaba en silencio, con el corazón encogido, no sabía, pero... supe. <br />Supe que tenía que ir a esa estación, y no, no me pregunten, porque aun hoy, aquí sentado, todavía no tengo una respuesta... No podría precisar tampoco los acontecimientos que siguieron. Todo fue un vértigo de acciones sumidas en la niebla. Sé que hablé con personas a quienes no conocía, que acumulé datos innecesarios, que hice preguntas cuya respuesta en realidad no me importaba, porque desde el primer momento, desde que aquella voz pronunció esa palabra, yo sabía que un día mis pies se posarían en la antigua estación abandonada, en ésta en la que ahora me encuentro, viviendo en primera persona esta historia que ni siquiera yo comprendo... </p> <p>El verde tiene muchos tonos, hay muchos verdes, pero el sur francés es otra cosa. No lo sé yo, yo nunca estuve allí, nunca salí de esta tierra que a veces me resulta inhóspita, pero a la que, sin saber muy bien el motivo, no puedo dejar de amar... Yo no lo sé, repito; pero lo sabe él: ese hombre que escribe, ese hombre que está escribiendo estás líneas, alguna vez estuvo allí, en ese sur plagado de colinas verdes y valles inmensos que su palabra inhábil no alcanza a describir de forma precisa... </p> <p>Pero yo no lo sé, yo nunca estuve allí. Sin embargo, si cierro estos ojos, testigos de la infamia de más de medio siglo, que sin querer mirar lo han visto casi todo... Si aquí sentado cierro los ya cansados ojos y dejo que mi mente vague libre, puedo sentir el olor de esos viñedos que no son de estas tierras; puedo percibir, sin ver, esos árboles verdes, ese césped que es casi un resplandor a ras de suelo, los diminutos pueblos que adornan las laderas. Pero si abro los ojos, si cedo a la tentación de lo real (pero ¡qué sabemos en el fondo si es, en verdad, real!), vuelvo a estar aquí en Dudignac, una vieja estación abandonada por la que ya no pasa el tren; o tal vez sí: un tren fantasma que no conduce a ningún sitio, sólo al recuerdo de otras gentes que están lejos de aquí, allende el mar y el tiempo, escribiendo palabras que yo no entendería.</p> <p>Allí, en ese otro lado, en ese otro sur que nunca vi, la estación tiene vida. Hay viajeros que esperan, viajeros que conversan, viajeros solitarios que no saben muy bien cuál será su destino (si lo miramos bien ¿quién sabe, en realidad?). Hay funcionarios con sus uniformes un tanto gastados por el uso, hay maletas, cigarrillos, un viejo reloj, expectativas... Acaso alguna vez, ese hombre que escribe, estuvo en tal lugar, acaso él escuchó la música que ahora, sentado en este banco con los ojos cerrados, me parece evocar.</p> <p>Con los ojos cerrados se siente un viento fresco, la caricia del sol en pleno rostro, ese sopor me lleva hacia lejanas fechas, me invaden los recuerdos de aquella primavera (¿qué primavera? pienso) Aquella primavera que es mi otoño, tal como siempre fue. Con los ojos cerrados casi puedo sentir el temblor de la tierra, el sonido lejano de un tren que va acercándose, las voces que resuenan alrededor de mí...<br />Y aunque sepa que por aquí no pasa el tren desde hace más de treinta años, es tan grato dejarse seducir por esa magia... Tal vez sólo por eso, permanezco sentado en este banco, con los ojos cerrados, aguardando en secreto la llegada del tren, ese tren que es tan sólo una esperanza, la inverosímil fantasía de un alma que dormita. <br />Y entonces, él también, ese hombre que escribe, puede cerrar los ojos; allí parapetado tras su mesa, puede cerrar los ojos, recobrar ese olor casi olvidado, sentir la emanación de los viñedos, las voces, las campanas, y retornar al día en que llegaba el tren que no pudo tomar en su lejana Europa (ese tren que había de conducirle a su destino). Nada importará entonces si el nombre no es el mismo, si es apenas el eco de una voz junto al fuego, una simple palabra que se quedó prendida en el alféizar gris de esa ventana que algunos llaman alma. Tal vez así los dos: ese hombre que sueña (si es que es él, el que sueña), y este hombre que espera (si es que soy el soñado) podamos al final entremezclar nuestras ficciones: su Sur con este Sur, el mío con aquel que nunca he conocido.</p> <p>*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com<br />http://sergioborao2011.blogspot.com/<br />https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop<br />http://twitter.com/S_Borao_Llop</p> <p> </p> <p>EL TREN PASA CON LA NOSTALGIA DE SUS PAISAJES*</p> <p>El tren pasa con la nostalgia de sus paisajes.<br />La muerte siempre nos espía.<br />Aunque gire la moneda<br />una manzana nos deforma.<br />El silencio es duro y no entendemos su idioma.<br />... Nadie espera.<br />Penélope ya no siembra sus girasoles<br />en la punta de la colina.<br />Los tiene ocultos en el cielo de la boca.<br />Los pájaros aletean.<br />Son inmensas sus alas,<br />y comienzan a sangrar.<br />No dejes que se anulen las aguas.<br />Los viejos son puentes que se levantan sobre el río.<br />No preguntes.<br />Dios está cerca.<br />Nada es nada y aun no lo sé.<br />El tren pasa<br />desde su dolor,<br />nos dice adiós.</p> <p>*De KIMANY RAMOS. kimanyramos@yahoo.es</p> <p>PASAJERA*<br />           </p> <p>- No me gustan las despedidas - había dicho mi amigo Luis. <br />Después me abrazó con impaciente levedad y se alejó hacia la calle, sin volver el rostro, sin mostrar la menor emoción. Dejando atrás los reflejos de los innumerables cristales, salió de la estación y se dirigió con prisa hacia el aparcamiento. Sonreí. Le conocía bien. Las separaciones le resultaban tan dolorosas como a cualquier otro, pero le molestaba emocionarse. Por ese motivo, siempre que era capaz de prever algún conato de abrazos prolongados y frases empalagosas, escapaba a la situación alegando una prisa que no siempre era fingida. Por otra parte, apenas faltaba un mes para que comenzase la nueva temporada: la rutina de los entrenamientos, el descubrimiento de las virtudes y de los defectos en los jugadores nuevos, la épica de los partidos, los problemas con la directiva... Y ahí íbamos a estar un año más, codo con codo, lidiando con jugadores, directivos y árbitros, empeñándonos en sacar adelante al equipo, sufriendo acaso alguna decepción en forma de final perdida, llenándonos de orgullo cada vez que <br />alguno de nuestros jugadores llegaba a las ligas superiores. De ahí, del esfuerzo común, provenía nuestra amistad. A través de la enorme cristalera, vi pasar su auto, lanzado ya hacia la costa.<br />         Consulté el reloj. Aún faltaban quince minutos para la salida del tren que debía tomar. (Tomar un tren - pensé - lo mismo que quien toma café o un aperitivo) Volví a comprobar mi billete; apuré el cortado que se enfriaba sobre la barra de la cafetería; compré algunos diarios; me dejé mecer por una apacible nostalgia.<br />         Había terminado mi semana. L´ Estartit quedaba ahora allá atrás, arrinconado en los estantes de la memoria. Quedaban pequeños detalles, instantáneas fugaces que fui atrapando y colocando cuidadosa, ordenadamente, en el archivador de recuerdos gratos: Los paseos en barca, la inefable calma de las mañanas de pesca, los atardeceres frente al mar, en la terraza del club náutico o al otro lado del puerto, junto a la playa... Ahora todo era una bonita película en colores cuyas escenas desfilaban a cámara lenta, fotograma a fotograma, ante mis ojos agradecidos. La arena, el inequívoco olor del mar, las islas...<br />         Pero en este lado, los minutos pasaban implacables. Aferré la bolsa de viaje y bajé las escaleras, al asalto del tren.<br />         Un andén no difiere en exceso de cualquier otro. Los de esta estación, sin embargo, me resultaron particularmente hostiles (porque me alejaban del mar, de las tranquilas calas, de los inquietantes acantilados, del oleaje y las Medas. Porque me arrojaban de vuelta a la rutina, al trabajo agotador, al rostro siempre huraño y desconfiado del patrón, a la inacabable monotonía sonora de la máquina, a la nave oscura, a los hierros y a tantas cosas que aborrezco y de las que aún no he aprendido a prescindir)<br />         Mi tren estaba llegando. Puntual como una calamidad. Silencioso como el sueño. Lento y poderoso, hizo su entrada en la estación, se detuvo, escupió algunos viajeros, permitió el abordaje de otros, cerró <br />impasiblemente sus puertas y partió con el mismo sigilo con que llegara, igual que si estuviese huyendo del bullicio de las estaciones, buscando acaso el anonimato de los raíles.<br />         Desde mi asiento, pude contemplar cómo la ciudad se iba diluyendo entre árboles, cómo los edificios se transformaban en bosque y las calles dejaban paso a los senderos. "Esta es - pensé - una ciudad de hermosos contrastes. Hay agua, hay vegetación, aire. Es cuanto se necesita para vivir. Hay asfalto, hay civilización. Es cuanto se precisa para ser desdichado".<br />         Tratando de huir de la tristeza que imperceptiblemente comenzaba a embargarme, indagué con disimulo los rostros de mis escasos compañeros de viaje. Ninguno de ellos consiguió llamar mi atención. Me resigné a los diarios.<br />         Bombardeos en Mostar, corrupción gubernamental, hambre en alguna parte (o en muchas partes) de África y en otros lugares de difícil pronunciación, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, no menos atroces violaciones de muchachas solitarias en parques nocturnos o garajes o zaguanes oscuros, nuevos atentados... Compruebo sin entusiasmo la fecha, sabiendo de antemano que es inútil. Que la fecha puede ser la de hoy, pero el horror no es nuevo, es el mismo que se repite sin descanso, día tras día, sin que nadie mueva un dedo por cambiar el signo de las cosas, sin que podamos aferrarnos ni siquiera al mínimo consuelo de una remota esperanza. <br />Agobiado, guardé el diario y busqué una revista de humor, tratando de huir de la espantosa realidad. Con disgusto, con desaliento, comprobé que no tenía ninguna. Se habían quedado atrás, en el hotel o en casa de mis amigos, encerradas en el tiempo de las vacaciones, ajenas al devenir del ajetreo, aparentemente inocentes de las malas noticias que me traían de vuelta a lo cotidiano.<br />         Estábamos llegando a Barcelona. De nuevo los enormes bloques de viviendas levantándose a izquierda y derecha, como otros tantos nichos alineados frente al pálpito cansado de mis ojos, delatando la presencia de la concentración humana, certificando de alguna manera el fin del verano. <br />Luego, los túneles sumiendo al tren en las entrañas de la ciudad, entre vistosas pintadas distribuidas por los muros. Alegría o decepción coloreando los rostros de los viajeros que llegaban al final de su viaje y se apiñaban con sus maletas en los pasillos, prestos al abandono de los vagones, resignados al inaplazable retorno a la rutina, de algún modo impacientes por terminar con ese incómodo interludio que separa el verano del resto de los días.<br />         Lo que siguió fue un barullo de gentes bajando a los andenes, abrazándose, despidiéndose, estorbándose, subiendo con prisa, casi con precipitación, a los vagones detenidos, buscando acomodo para sus maletas y para sí mismos, todo como una película antigua, de ésas en que los personajes se movían a una velocidad insólita y casi ridícula, pero nada de ello me pareció gracioso. Por el contrario, las prisas, el cruce de miradas fugaces, la disimulada lucha por un determinado asiento, los movimientos de cabeza en busca de una ubicación idónea, los gritos, las carreras por los pasillos, no hicieron sino contribuir al desánimo que había ido asentándose en mi alma en los últimos minutos.<br />         Entre el gentío, me llamaron la atención dos mujeres. Ambas viajaban sin compañía. Una de ellas era rubia, bonita, de ojos inexpresivos. <br />No supe si lamentar o celebrar que pasase a mi lado sin mirarme. La otra no era hermosa, pero su larga melena negra, sus formas poderosas y un algo exótico en su rostro, en su atuendo, obligaban a mirarla con detenimiento. <br />En mal español, preguntó si el asiento contiguo al mío estaba libre. Me apresuré a ofrecérselo.<br />         Cuando el tren se puso en movimiento, noté con asombro que el bolso de mano que descansaba en su regazo se movía. Una diminuta cabeza canina asomó por la abertura. Sonreí con disimulo ante aquella transgresión de las normas. En ese momento, entró el revisor en nuestro vagón. Ella me miró con sus enormes ojos negros. Puso su dedo índice sobre los labios carnosos, pidiéndome silencio, convirtiéndome en su cómplice, llenándome de una extraña ternura.<br />         Alentado por ese gesto de confianza, me atreví a contemplarla casi con descaro. Su pelo basto, muy oscuro, la voluptuosidad de las nalgas, los labios llenos, gruesos, delataban la raza negra en algún recodo de su árbol genealógico. Todo lo demás parecía claramente occidental. Cuando por fin el revisor hubo contrastado los billetes y abandonado el vagón, le ofrecí un cigarrillo, que ella rehusó, y charlamos. Por sus palabras, supe que venía de Lisboa, que su nombre era Andrea, que regresaba, como todos, de unas cortas vacaciones junto al mar, que siempre viajaba con su perrito y que vivía en una pensión desde que se separó de su novio. Su voz destilaba bondad. Nada dijo acerca de su profesión. Sospeché oscuramente que era prostituta. Tuve ganas de abrazarla. Yo le conté a grandes rasgos las trivialidades que se suelen confiar a alguien que acabamos de conocer. (Pero ya intuía que no se trataba de una extraña, que ese gesto suplicante había tendido un puente entre nosotros, un puente que nos unía  y que nos elevaba sobre el murmullo de las conversaciones a nuestro alrededor, separándonos de esas otras voces, de esos otros rostros que no formaban parte de nuestra pequeña isla en medio de las vías) Ella me hablaba de su Lisboa, de su pasado. Después, la conversación derivó hacia las tópicas generalidades. <br />Hubo momentos de cálido silencio, de miradas.<br />El tren se deslizaba veloz sobre los raíles acercándonos a la inevitable separación. En cada pueblecito atravesado, en cada estación, yo le contaba cosas de aquellos lugares, historias que a menudo inventaba para ver el gesto de maravillada sorpresa en el rostro de mi amiga, todo en pos de unos minutos más de conversación, de escuchar una vez más aquella voz con acento portugués que tanto me relajaba, que conseguía arrullarme llevándome a esa dimensión en la que todo es aún posible, donde cabe la ilusión de un mañana, de una flor renaciendo entre los escombros. Otras veces, fue ella quien hizo preguntas, tal vez por idénticas razones. En un par de ocasiones, pronunció mi nombre, atándome a su voz, llenándome de felicidad  y desazón porque ya Lérida había quedado atrás y mi ciudad iba acercándose sin compasión. Yo deseaba prolongar aquel viaje, permanecer allí sentado junto a Andrea que me miraba lánguidamente y cuyas manos oscuras de larguísimas uñas rojas despertaban mis viejos instintos primordiales.<br />Un silencio de campos vertiginosos corría paralelo allende las ventanillas. <br />El sol bañaba los rastrojos y los montes lejanos, pero en el interior del vagón no había más luz que la que irradiaban los ojos de Andrea, que a ratos parecían estar buscando algo en el fondo verdoso de los míos. El tren lanzado era una sádica resta de minutos y yo no encontraba las palabras precisas. Me iba perdiendo entre explicaciones casi absurdas sobre los cultivos y el clima, disertaciones inexplicables acerca de la vida en las aldeas de mi tierra y en sus asfixiantes ciudades y exposiciones sinceras de <br />las maravillas existentes en los tan amados Pirineos, pero todo ello como un alejamiento a pesar de los cuerpos tan cerca, de los rostros casi juntos y las manos rozándose en la división de los asientos. Cada estación era como una siniestra zarpa cayendo sobre mi rostro y desgarrándome. Uno tras otro, iban pasando los kilómetros, el paisaje se iba transformando, la angustia crecía hasta límites intolerables. Ya se divisaban, al fondo, los edificios que marcaban el final de mi viaje, los pétreos sepulcros verticales que iban a sumirme, de nuevo, en la más insoportable tristeza. Pensé, deseé, estuve a punto de pedirle que se bajase conmigo, que renunciase a su Lisboa, que se quedase a mi lado en esta ciudad, que compartiese mi vida.<br />En cambio, sólo atiné a decir: "Estamos llegando a Zaragoza. En medio de aquellos edificios altos está mi casa" El tren se hundió en las profundidades de la tierra, bajo el ajetreo de la ciudad; fue reduciendo la velocidad, prolongando cruelmente los minutos finales, aquellos en los que ya nada es posible. Por fin, quedó parado entre las luces falsas de la estación. Aun fui capaz de una última inspiración: No me apearía, seguiría con ella hasta Madrid, o hasta Lisboa o al fin del mundo. Un beso en la mejilla me separó de Andrea para siempre. Cuando el tren se puso de nuevo en movimiento, aún pude ver sus ojos clavados en mi rostro, como formulando una pregunta de imposible respuesta.<br />         Después, recomenzó el decurso de los días de absoluta normalidad. <br />Regresé a mis obligaciones, a la inmovilidad de una vida sedentaria, enmarcada entre las crudas aristas del trabajo y la soledad.<br />         Sé que nada es perdurable. Que todo es un tren que viaja incansable entre las innumerables estaciones, deteniéndose efímeramente en alguna de ellas, atravesando otras sin ruido y arrebatando miradas de nostalgia, suspiros. Sé que la vida no es sino un compendio de recuerdos, un asombrado <br />catálogo de estaciones que fuimos dejando atrás. Pero ahora que el tiempo ha pasado, el recuerdo de aquel viaje, de Andrea, vuelve a mí con insistencia, tiñendo de melancolía los atardeceres, y llevándome incomprensiblemente a ese banco del andén, desde el que, cada tarde, contemplo con atención el <br />tránsito engañoso de los trenes.</p> <p>*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com</p> <p>Lo que Sucedió con el Comunismo que nos Llegó del Cielo,<br />Pegado en un Asteroide Comunista* </p> <p>¡Caminemos bajo la lluvia! <br />Que tus ojos y tu sonrisa mojen mis botas <br />Hasta dejarlas inservibles. </p> <p>Caminemos bajo las lluvias, <br />Y en mente escribamos <br />Sobre una estación ferroviaria. </p> <p>¡A caminar bajo el Sol! <br />Que tu cielo y tus estrellas <br />Brillen para mis ojos <br />Hasta reventarlos en astillas gelatinosas. </p> <p>Y a oscuras escribiremos <br />Sobre estaciones de tren, <br />Que nunca hemos visto <br />Ni imaginado. </p> <p>¡A salir y andar corriendo, <br />Cobijados con el viento! <br />Que tu cuerpo, <br />Entre delirios de ausencia, <br />Me posea y me levante por las noches <br />Hasta desgarrarme. </p> <p>A salir corriendo <br />Para que mi cuerpo <br />Sirva de alimento <br />A la hierba que se aferra a recordarte, <br />Y tus manos terminen de escribir <br />Sobre estaciones de un tren lejano, <br />al que nunca hemos viajado. </p> <p>¡Caminemos batidos de tierra mojada! <br />Que la sangre que adorna tu rostro <br />Termine por ahogarme, <br />Y seas tú <br />Quien termine escribiendo <br />Alguna historia <br />Sobre la Estación Dudignac, <br />Aquella en la que nunca hemos estado, <br />Y que sólo conozco <br />Porque alguien quiere escribir sobre ella, <br />Como si se empeñara <br />En no entregarla al olvido, <br />Como yo me empeño <br />A no entregar aún tus caricias... </p> <p>*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com </p> <p>Aunque ella nunca pueda decir adiós*<br /> <br />      <br />   </p> <p>*Por Aldima. licaldima@yahoo.com.ar    </p> <p>Hacer feliz a un niño, al menos por un rato, y complacerse con la fugaz medialuna de su sonrisa, era una de las mayores satisfacciones que la vida podía brindarle a Ezequiel Dudignac. La otra era enamorar a una mujer.<br />            Desde su más tierna infancia le había fascinado la actuación. Le gustaba disfrazarse durante esas tórridas siestas, cuando nadie lo veía, e interpretar delante del extenso espejo vertical del baño una nutrida galería de personajes, algunos copiados de los que veía en el cine, y otros productos de su primitiva invención. Durante mucho tiempo sostuvo el deseo de ser actor, hasta que para unas Navidades, una tía solterona le regaló un títere, cuya cabeza de plástico ostentara la adusta mirada de un Príncipe Valiente y su vestimenta a cuadros le otorgase la mayor de las elegancias. <br />A partir de ese día, su vida llegaría a ser muy distinta.<br />            Participó de diversos cursos de actuación, pero lo que capturó su atención durante su errático devenir artístico fue el teatro infantil. Desde que ingresó por vez primera en semejante universo, la magia lo capturó, especializándose en el manejo de los títeres, ese sutil e intransferible arte de proyectar el alma sobre una mano, recubierta por un personaje muy particular, cruza mística de muñeco y de duende, dueño de una personalidad intransferible, y como dijeran sus queridos maestros de entonces, "hasta podría decirse que están dotados de vida propia".<br />            Sin embargo, aunque los títeres -y por extensión las marionetas- lo hubiesen hechizado, Ezequiel no se resignaba a permanecer detrás de la cortina negra de la titería, leyendo los textos impresos con distintas clases de voces mientras alzaba los brazos o los desplazaba a un lado y al otro -cuando de marionetas se trataba-. También gozaba paseándose por un escenario, a la manera de un singular clown, aunque sin el absurdo y clásico maquillaje, que nunca toleró. Y si bien gustaba de desarrollar personajes propios, no terminaba de definirse por alguno en particular a la hora de mantener una identidad histriónica. Por lo tanto, la actuación en su vida era un desliz. Lo novedoso, lo imprevisto, lo central eran los títeres. <br />            Por eso, cuando alguien le comentó acerca del Vagón Infantil que transportaba el tren a Carhue, Ezequiel ni lo dudó. Encontró la manera de entrevistarse con el encargado ferroviario del proyecto, le presentó una carpeta con diseños de futuros trabajos a desarrollar a bordo del Vagón, y en menos de tres meses recorría no sólo el conurbano, sino también otros pueblitos por donde pudiese circular la entrañable trocha angosta, departiendo sonrisas infantiles por dondequiera que arribaban.<br />            Sin embargo, Ezequiel no estuvo solo en el proyecto. Un tal Marco Cazzolonghi, arrogante mago con aires de seductor de telenovela, también se hallaba aguardando a que lo atendieran en la desolada sala de espera de una burocrática oficina del Ferrocarril Midland. Ambos trabaron un contacto instantáneo, fascinados ante la idea de llegar a ser compañeros en  un movilizante espectáculo infantil. Y antes de conocer una toma de decisiones por parte de los encargados del Ferrocarril, ya se habían puesto a idear un show en conjunto, repartiéndose los tiempos de entrada y duración de cada escena. Tenían estilos un tanto diferentes -Ezequiel era más tierno y cálido con el público, Marco sostenía una rectitud distante no exenta de simpatía-, pero ambos compartían las mismas ganas de inventar, producir, cautivar...<br />            Una vez instalados en el Vagón Infantil, se proveyeron de todo lo necesario para desplegar una gira creativa. Tan equipados estaban, que aquello hasta les parecía su segunda casa; sobre todo para Ezequiel, a quien su espíritu de aventura podía llevarlo hacia límites insospechados. Para Marco en cambio, aquello sólo era una gira; sabía que volvería a su casa en algunas semanas -si todo funcionaba como lo habían planeado-, por lo que no quería hacerse ninguna idea de pertenencia respecto del Vagón. <br />A diferencia de su compañero, Lalo se sentía feliz, animosidad que se transmitía a pleno en sus funciones, llevándolo a improvisar más allá de los textos -circunstancia que a Marco siempre le molestó un poco, tan ceñido él al formato de su presentación-. Allí comenzaron a reconocer sus diferencias: Ezequiel era una usina creativa que se potenciaba con cada nueva ocurrencia, dejándose llevar por su propia alegría, imaginando por su cuenta al inventar un parlamento inexistente para uno de sus títeres o crear una exótica danza aborigen para que imite y comparta junto a él en el escenario ese risueño coro de chicos que solía venirlos a ver cada vez que arribaban a la estación de turno. Imprevisibilidad que causaba las risas iniciales de Marco, aunque también generaba en él cierto efecto residual, muy parecido a la envidia; de la peor clase. <br />Aquí es tiempo de citar el otro ítem que siempre dejaba satisfecho a Ezequiel, y que generó un motivo de disputa impensado -y silencioso- con su compañero de show. Las mujeres lo perdían... Y eso era algo inmanejable, que le quitaba concentración, que lo alejaba de lo infantil de manera inexorable. Como Jeckyll &amp; Hyde, cara y cruz de una misma esencia, el tierno clown que se ganaba el corazón de todos y el irresistible amante que se excitaba con toda mujer bonita que se cruzase en su camino. Pero lo más grave del asunto era lo que ocurría en el mismo trayecto del Vagón Infantil.<br />Al hacer las reverencias de rigor, sobre el final de cada espectáculo, su atención comenzaba a bascular de manera irremediable entre las iluminadas sonrisas infantiles y las palmas femeninas que lo ovacionaban; palmas que poseían un rostro que gesticulaba pidiendo "¡¡¡O-tra-más!!! ¡¡¡Y no jodemos más!!!"; rostros que él inspeccionaba de soslayo, con una precisión casi quirúrgica, sondeando quién era la madre más hermosa que había llegado hasta allí, acompañando a sus hijos para disfrutar de una tarde mágica......en todo sentido. Mujeres que hasta se acercaban a saludarlo cuando se bajaba del escenario, y cuyas siluetas él admiraba de cerca, desbordante de piropos para con esas cálidas mamás que reían con picardía al saludarlo con un beso, dejándole impregnado su perfume y un breve pero suave contacto con su piel, aroma cuyo recuerdo lo excitaba por las noches. Y cuando no se trataba de las madres, no faltaban tampoco las maestras jardineras.... Dicha particularidad le había hecho ganar el mote de "Tero", ya que al igual que el ave autóctona, solía chillar en un determinado paraje -con una madre que se mantenía sobre el límite de la aceptación de sus propuestas, por ejemplo, recibiendo con ostentosa gala las seductoras virtudes del titiritero-, pero depositando los huevos en otro lugar -manoseando a gusto a una risueña pero provocativa maestra jardinera que se entusiasmara con la idea de conocer el Vagón Infantil con las primeras horas de la noche, cuando los chicos ya se encontraban desde hacía rato en sus respectivos hogares-.<br />Sin embargo, aquel oculto arte amatorio le era sutilmente boicoteado por Marco -con excusas más que infantiles en un principio-, para quien la envidia se había ido transformando en sólido ataque de celos imposible de dominar. Sólo que Marco era incapaz de pronunciar palabra alguna al respecto. Ni siquiera podía confesarse semejantes sentimientos a sí mismo. ¿Cómo era posible que Ezequiel tuviese tales habilidades, y a él ni siquiera lo registrasen? ¿Sería a raíz de esa distancia que se imponía a si mismo respecto del público?  <br />            Por su parte, Ezequiel sentía que su suerte respecto de las mujeres venía siendo esquiva desde hacía tiempo. Y aunque desconociese -o ni siquiera reparase en- los reprimidos sentimientos de Marco, sostenía que no era fácil encontrar la manera de seducir a una mamá o maestra jardinera delante de todos, menos aún proponerle delante de sus compañeras de turno, sus alumnos o sus hijos, que la esperaba más tarde, para "enseñarle a sus muñecos"... Si bien había tenido algunos éxitos, no eran los que él hubiera deseado. Aún recordaba a aquella espectacular tetona que lo sedujera hasta límites imposibles cerca de San Sebastián, que lo excitase hasta la locura al abrazarlo, demorando el contacto de su voluminoso pecho contra el suyo al despedirse, y que luego no volviese a verla más, aunque le rogase que acudiera sin falta al Vagón en las próximas horas. De más está decir que aquella noche no pegó un ojo; que deambuló por el Vagón a oscuras, movilizado por una intensa calentura; que Marco lo oyó insultar en susurros ante el moroso discurrir de la madrugada, pero que nada refirió al respecto al levantarse a desayunar...<br />            Y así anduvieron por las vías, con andar errante, hasta que al culminar la función en la parada Ingeniero De Madrid, pretenciosamente llamada Estación, su suerte quedó echada bajo la forma de una murga uruguaya, con un ciclista como testigo.<br />            Lo divisaron algunas horas antes, vestido de colores chillones, con unas diminutas antiparras y un oblongo casco azul muy particular, pedaleando por sobre una vereda de tierra, paralela a la vía, y arribaron juntos a la estación. Alcanzaron a oír que le pedía indicaciones al encargado -en ausencia sin aviso del habitual Jefe- sobre cómo llegar hasta la Estación Dudignac. El empleado le señaló que cruzara el paso a nivel que se divisaba a pocas cuadras de allí, y siguiera por ese sendero, que mejoraba notablemente respecto de los Km. que ya había hecho desde 9 de Julio. Por el camino, podía divisar a lo lejos el puente de la Ruta Provincial 65, y más adelante, una cantera inundada donde solían avistarse biguas, garzas y patos. El ciclista le agradeció entusiasta y se tomó un respiro, bebiendo un buen sorbo de Gatorade, sabor limón, proveniente de su cantimplora. <br />            Estaba a punto de reiniciar la marcha, luego de quedarse a presenciar la entrañable función de Dudignac &amp; Cazzolonghi, mientras éstos se disponían a realizar un último bis delante de los niños congregados durante la tardecita alrededor del Vagón Infantil, cuando un súbito estruendo musical los dejó paralizados. Con las últimas luces diurnas vieron surgir, atónitos, sobre un recodo de la vía, a una movediza y colorida murga uruguaya, que danzaba bulliciosa hacia ellos. Silbatos, matracas, trompetas y redoblantes atronaban el espacio cercano a la Estación, mientras un estridente coro entonaba una bonita prosa de Don Jaime Roos:     <br /> <br />"En el tumulto de los húsares de Momo<br />Encandilado por las luces de otro barrio<br />Aquel murguista saludando con su gorro<br />Se despedía como siempre del tablado"<br /> <br />            Grandes y chicos, negros y blancos, danzaban vertiginosos, contagiando su alegría, impulsando a los espectadores a seguirlos en su trajín musical sin pensarlo siquiera. El ciclista batió palmas con los brazos en alto, sin bajarse del vehículo, y rió con ganas cuando unos niños disfrazados de arlequines se acercaron para hacerle cosquillas con unos coloridos plumeros de papel. Saludó con las manos en alto a su alrededor, y mientras seguía riendo, se marchó pedaleando hacia el recodo de la vía por donde había arribado la murga.<br /> <br />"Que no se apague nunca el eco de los bombos<br />Que no se lleve los muñecos del tablado<br />Quiero vivir en el reinado del Rey Momo<br />Quiero ser húsar de ese ejército endiablado"<br /> <br />            <br />Al ver aquello, Ezequiel quedó fascinado. Su costado más histriónico lo impulsó a sumarse al baile, al salto discordante, al arranque danzarín. Sin embargo, antes de que pudiese dar el primer paso hacia el centro de la murga, emergiendo por entre los coloridos murguistas, una visión lo paralizó.<br />            Era una morocha de rulos que cortaba el aliento. Aunque carecía de atributos físicos exuberantes, su sensualidad privaba de palabra alguna que pudiese opacarla con una triste descripción. Vestía como una Colombina, en la mejor tradición picaresca italiana, intentando eludir los constantes embates amatorios de un Pierrot que danzaba a su lado, pero que a su vez flirteaba con cualquier otra muchacha que perteneciera a la murga......y que le fuera ajena también. Ezequiel, embutido en su clásico traje de clown farsesco -un tanto distinto al que lucían los recién llegados-, quedó atónito al registrar una sonrisa en los carnosos labios de la morocha, y dudó si tal gentileza le era destinada especialmente a él. Por si acaso, y para despejar toda duda, metió mano dentro de su improvisada galería de recursos y le dedicó una teatralizada reverencia, que ella pareció no contemplar, o sencillamente ignoró.<br />            Marco también notó la deslumbrante presencia de la Colombina, sólo que la importancia de la misma creció en la medida en que pudo contemplar el hechizo que aquella hermosa muchacha había ejercido sobre Ezequiel. Sus celos lo arrasaron sin piedad, ruborizado por la impotencia, a pesar de lucir sus elegantes galas mágicas. Deseó tener algún magnífico truco a mano como para romper aquel maléfico hechizo deseante, pero sólo pudo contentarse con la inmovilidad de su compañero, incapaz de acercarse hasta ella, más allá de que ejecutase sus habituales monerías teatrales.<br />            Marco decidió esperar. Por lo visto, la murga había llegado para quedarse, y su inquietante bullicio cirquero constituía un complemento ideal para rematar el espectáculo de magia del flamante Vagón Infantil. Y sólo después, cuando se alejara el público, habría que ver quién de los dos, el mago o el titiritero, brillaba más lejos del escenario. <br />            Ezequiel, siendo más "Tero" que titiritero o clown, ajeno por completo a su show habitual, sólo pensaba en la morocha. Azorado contemplaba cada uno de sus movimientos, sus contoneos, sus sonrisas... De pronto deseó que todo el mundo conocido se extinguiese delante suyo, y desaparecieran el tren, la estación, los niños con sus madres -para nada atractivas, desde hacía un par de minutos-, la función, la murga, para que allí sólo quedasen ellos dos, en plena soledad campestre, dispuestos a conocerse mucho más intensamente que cualquier otro vínculo que hubieran podido establecer en el pasado.<br />            A pesar de ello, se lanzó fuera del escenario, mezclándose con los bullangueros integrantes de la murga, evitando cruzarse nuevamente con la filosa mirada de ojos negros de la morocha y su enigmática sonrisa, a fin de no volver a quedar paralizado...<br /> </p> <p>*   *   *<br /> <br />            <br />El eco de los últimos aplausos y ovaciones aún perduraba en sus oídos cuando el tren volvió a ponerse en marcha. El armado y desarmado del escenario para la función de títeres, magia y humor era un ejercicio tan aceitado que apenas les demandó unos minutos. Mientras tanto el Pierrot, voz cantante de la murga, negociaba con el maquinista un viaje gratis hasta Dudignac para toda la compañía, ya que la bañadera oriental que los transportaba desde hacía meses había padecido sus últimos estertores de muerte unas pocas cuadras antes de arribar a Ingeniero De Madrid. <br />Al oír esto, Ezequiel se entusiasmó. Sus ilusiones se proyectaron de inmediato hacia un futuro encuentro ferroviario con la Colombina. Marco, por su lado, satisfecho por su -¿mágica?- intuición, se aprestó a tolerar esos egoístas sentimientos que afloraban más allá de su voluntad, ...¿o no?<br />Un único vagón de pasajeros quedó unido a la formación, mientras la locomotora realizaba las maniobras correspondientes para acoplar un par de vagones más, uno que transportaba cargas varias -entre ellas, una partida de alimentos que donaba el gobierno provincial para unos recién estrenados comedores infantiles-, y otro perteneciente al correo y las encomiendas. Ambos fueron acoplados junto al de pasajeros y el Infantil, cuyo par de ansiosos pasajeros, en absoluto cansados por la reciente función, deseaban reanudar viaje cuanto antes.<br />El silbato del tren retumbó en la noche, mientras el potente faro de su morro desgarraba las tinieblas rumbo a Dudignac, y se oía el clásico golpe metálico de los vagones al iniciar la tracción. La noche prometía ser muy cálida para desaprovecharla yéndose a dormir...<br />Lalo tomó a uno de sus más preciados y entrañables personajes, el títere que en cada show presentaba como "el Caballero Mano de Fuego" -su mejor carta de presentación, sobre todo cuando lo embargaba un súbito acceso de timidez-, y avanzó hacia el vagón de pasajeros, con cierta incertidumbre pero miles de mariposas aleteando a lo largo de sus arterias, concentradas en su abdomen. Marco no quiso quedarse atrás, y sin que Ezequiel lo notase, provisto de la galera, la amplia capa negra y su gloriosa varita mágica, le siguió los pasos. <br />Al hacer su entrada, Ezequiel saludó en derredor, bromeando al pasar, contagiándose de la perenne bulla que emanaba de aquel simpático y heterogéneo grupo de gente. Así, fue acercándose hasta donde se hallaba sentada la Colombina, quien al ver al "Caballero Mano de Fuego" a la altura del hombro del titiritero, sonrió complacida, sin perder el aura misteriosa que la rodeaba, y le acarició el cabello rubio de lana con el dorso de su dedo índice. Ezequiel emitió un sonoro y trémulo falsete, dando a entender un imprevisto acceso de pudor, mientras el "Caballero Mano de Fuego" se volvía sobre su eje para ocultar el rostro contra la camisa de Lalo. Todos rieron complacidos.<br />Hasta que Marco interrumpió la escena, adelantándose al exclamar:<br />-¡Rescataré a este valeroso príncipe de las malditas garras de la vergüenza! -, convirtiendo su varita mágica en un precioso ramo de flores, que solícito le entregó a la morocha como regalo, ruborizándose hasta las orejas, pero contemplándola con mirada dura y distante.<br />Ella le agradeció el gesto con aire ausente, casi indiferente, como si el mero hecho de haber nacido hermosa, con los años hubiera llegado casi a fastidiarla.<br />La competencia establecida con ese imprevisto ramo de flores no se le escapó a Ezequiel, quien sintió una profunda y súbita decepción ante la fría acogida de la Colombina respecto del "Caballero Mano de Fuego". Al mismo tiempo, deseó eliminar de inmediato a su compañero de tareas. "Pero, ¿qué te pasa?", pensó para sus adentros. Y como cada vez que se encontraba en un mal trance, apeló a uno de sus mejores amigos para que lo defienda:<br />-¡Pero que inoportuno es este mago! -, exclamó la contagiosa voz de falsete del "Caballero Mano de Fuego". -¡Siempre aparece con un antiguo truco de cuarta para estropearme la función!<br />Más risas murgueras, incluida la de la morocha. Sólo que entre las miradas de Ezequiel y Marco volaban letales dardos imaginarios.<br />            -Quizá nuestro príncipe necesite compañía esta noche -, sugirió el mago, y con un certero y veloz pase de magia hizo aletear una paloma blanca entre sus manos.<br />            Una exclamación de sorpresa se extendió a su alrededor, mientras estallaban los redoblantes, y la paloma revoloteaba inquieta para posarse sobre uno de los hombros de Marco. Aquello era competencia desleal. <br />Ezequiel frunció el ceño y subió la apuesta, olvidándose de su compañerismo, sin pensar en nada.<br />            -¡Prefiero la compañía de unos hermosos ojos negros, Cruel Hechicero de la Noche! -, lo desafió el mismo falsete anterior, extendiendo el brazo con elegancia hasta que los rubios cabellos de lana del "Caballero Mano de Fuego" rozaron la tersa mejilla de la Colombina, quien de súbito -sin dejar las flores ofrecidas por el mago- entrecerró los ojos con dulzura, volviendo a elevar su mano para acariciar aquella tierna cabecita de papel maché, esta vez con varios de sus dedos, gráciles y sutiles. <br />Sólo que Ezequiel, por una cuestión de profundo orgullo, no podía apartar la vista de Marco. Como si allí mismo, de manera impensada minutos antes, se definiese su mutuo y futuro acontecer laboral.<br />            -Si lo que deseas es conquistarla, te hará falta mucho amor -, y acto seguido, Marco hizo aparecer de debajo de su capa negra la inconfundible silueta de un corazón de chocolate, envuelto en un brillante papel colorado, que inmediatamente le entregó a la Colombina. <br />Ovaciones y aplausos, más el estallido de un platillo. La situación estaba complicada. Conocía la mayoría de los trucos que Marco desplegaba en su show -muchos otros que mantenía en secreto también-, y sabía que no podría competir contra él......a menos que cambiara las reglas de juego.<br />-Sólo un acto de valentía puede conquistar a una dama -, exclamó, estridente, el "Caballero Mano de Fuego", apostando todo en una sola mano. -Y ese acto es el de mostrar las habilidades varoniles más intensas que cada uno posea.<br />Silbidos de entusiasmo, procaces ovaciones y sonidos de trompetas atronaron el vagón, para beneplácito de la sonriente Colombina -gozosa con el simpático duelo-, a quien algunos de sus compañeros murguistas rodearon en un teatral abrazo, a modo de bandeja que la sirviera para el ganador. <br />Marco tembló, ignorando hacia dónde correría el "Tero". En estas lides, delante de una mujer, Ezequiel sabía actuar mejor que él. El corrosivo ácido de la envidia le roía las entrañas. Sintió por un instante que el combate, la noche, el mágico e ilusorio proyecto del show de Vagón Infantil se esfumaban en apenas unos segundos de irrupción erótica. El dolor y la furia fraguaban en su interior. La ambivalencia no lo dejaba pensar.<br />Ezequiel se impacientaba al experimentar sensaciones similares. Le resultaba incomprensible que su mejor compañero de shows hasta la fecha pudiera hacerle una escena de celos como ésta. Pero también recordó que Marco era un hombre, además de mago. Y que jamás le había conocido una pareja, estable u ocasional. "Cosas del destino", se consoló a sí mismo, minimizando el posible dolor del otro. Pero sabía que era un engaño.<br />La murga bullía, expectante. La morocha los miraba alternativamente, pendiente del resultado, atraída -sin querer admitirlo- hacia tal original rivalidad en su honor. De nada valía conocer cuál era el as en la manga que podía ocultar cualquiera de los dos; y sin embargo, el suspenso aumentaba.<br />Hasta que el redoblante se dejó oír en demasía, y Marco estalló:<br />-¡Está bien! -. Y el tamborileo del redoblante cesó con un estruendo de platillos. -Si hay que demostrar habilidades, ¡pues que así sea!<br />Con un grandilocuente gesto teatral, ajeno a su persona, se cubrió la mitad inferior del rostro con su brazo izquierdo enrollado en la capa, mientras con su mano derecha se golpeaba apenas la cabeza con un extremo de la varita. Acto seguido, desapareció.<br />Un ahogo de asombro enmudeció al vagón, que contuvo el aliento, disipando cualquier sonrisa. Ezequiel quedó perplejo por un instante. "¡¿Cómo lo hizo?!", chillaba una voz dentro de su mente. Hasta que con su último resto de cordura, conteniendo a duras penas una lengua vacilante, proclamó:<br />-¡Un aplauso, señoras y señores! -. El sonido de su propia voz lo sorprendió tanto como a los demás. -¡He ahí a un artista que sabe salir limpiamente de escena! -. Y con un murmullo apenas audible, sin poder reprimirse, agregó: -Y a un hombre que conoce sus propias limitaciones.<br />Los aplausos fueron muy trémulos, esporádicos, hasta que luego de unos instantes estallaron privilegiados, comprendiendo que se hallaban en presencia de un show nunca antes visto. Sólo que sus propios artistas lo desconocían hasta entonces.<br />            La Colombina se puso de pie, reponiéndose de la sorpresa, tomó la mano libre de Ezequiel entre las suyas, obligando al titiritero a regresar a la realidad, y le rozó los labios con los suyos. La murga explotó en un solo grito, liberando la tensión. Ezequiel parpadeó, incrédulo, como si aquello no fuese lo deseado. La morocha se hizo a un costado y besó en la nariz al "Caballero Mano de Fuego", que tembló con vida propia en manos de Ezequiel, sin que éste pudiese articular palabra. Entonces ella, reteniéndolo con ambas manos, lo condujo fuera del vagón. Un malévolo coro de murguistas le deseó buena suerte, riendo y aplaudiendo a la vez.<br />            El silbato del tren se dejó oír, como proviniendo de otras épocas. La velocidad de la locomotora pareció disminuir. Algunos solitarios focos de la luz iluminaron brevemente la semipenumbra del pasillo, junto a los escalones del vagón. Ella le rodeó el cuello con los brazos, lo besó con la boca abierta, beso que Ezequiel apenas tuvo el impulso de responder, y le dijo con un tono áspero y sensual:<br />            -Es la primera vez que me seducen con magia. Pero como ya lo dijo el poeta, el único paraíso posible es el paraíso perdido.<br />            Dicho lo cual, el tren aplicó los frenos, deteniéndose en la Estación Dudignac. Ezequiel, desconcertado, sin ser él mismo desde la desaparición de Marco, giró la cabeza hacia el exterior. Más allá del andén divisó un almacén de ramos generales, digno de ser confundido con una pulpería; el pueblo parecía haberse detenido en el tiempo. La sensación de irrealidad se tornó aún más punzante al descubrir la insólita presencia de un ciclista pedaleando al cruzar bajo la solitaria luz de otro foco. El "Caballero Mano de Fuego" volvió a temblar con vida propia. Un súbito escalofrío lo adosó contra la pared del vagón. "¿Qué me pasa?", alcanzó a preguntarse Ezequiel, sin darse una respuesta, aunque sintiéndose víctima de un ignominioso hechizo. Las manos de la Colombina yacían ardientes sobre su nuca, los ojos negros clavados en los suyos, a la espera de algo más, aunque sin animarse por el momento.<br />            Entonces, quebrando aquel maléfico hechizo como un cristal, el movedizo cuerpo de la murga arremetió contra ellos, obligándolos a descender a tropezones en una contracturada danza, mientras entonaban otra pegadiza rima de Don Jaime Roos: </p> <p>"Era una retirada<br />Que al despedirse quiere regresar<br />Se va, se va la murga<br />Aunque ella nunca pueda decir adiós"<br /> <br />           <br /> Ezequiel trastabilló, a punto de perder el equilibrio al llegar al andén, sostenido apenas por el anónimo abrazo de la murga. La Colombina reía, secundada por Pierrot, quien la cortejaba burlescamente mientras bailaba a los saltos a su alrededor; "Nuevamente la Princesa se perdía entre la gente", canturreó Ezequiel, recordando la rima murguera. Por un instante, aquel sentimiento de extrañeza lo abandonó, aunque no lograba sacarse de la cabeza la cruel imagen de Marco desvaneciéndose en el aire. <br />            Y aunque le era imposible recuperar la sonrisa, o aquel tórrido sentimiento de seducción que lo embargara al calzarse a su preciado "Caballero Mano de Fuego" a bordo de su entrañable Vagón Infantil, su corazón se agitó trémulo -con un sentimiento de pérdida mucho más incisivo que el experimentado por el alejamiento de la morocha-, mientras la murga se alejaba en la noche rumbo al pueblo, al escuchar aquella esperanzada rima de Don Jaime Roos, una vez más:<br /> </p> <p>"Que no se apaguen las bombitas amarillas<br />Que no se vaya nunca más la retirada<br />Quiero cantarle una canción a Colombina<br />Quiero llevarme su sonrisa dibujada"</p> <p> </p> <p>*</p> <p>Inventren Próxima estación: MOREA.</p> <p>-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar<br />http://inventren.blogspot.com/</p> <p>-Editor Responsable del Inventren: Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar<br /> http://urbamanias.blogspot.com/</p> <p>El Inventren sigue su recorrido por las siguientes estaciones:</p> <p> INGENIERO DE MADRID<br />(CON COMBINACIÓN EN EL FERROCARRIL PROVINCIAL<br />CON DESTINO LA PLATA O MIRAPAMPA)</p> <p> ORTIZ DE ROSAS.</p> <p>ARAUJO.</p> <p>BAUDRIX.</p> <p>EMITA.</p> <p>INDACOCHEA.</p> <p>LA RICA.</p> <p>SAN SEBASTIÁN.</p> <p>J.J. ALMEYRA.</p> <p>INGENIERO WILLIAMS.</p> <p>GONZÁLEZ RISOS.</p> <p>PARADA KM 79.</p> <p>ENRIQUE FYNN.</p> <p>PLOMER.</p> <p>KM. 55.</p> <p>ELÍAS ROMERO.</p> <p>KM. 38.</p> <p>MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.</p> <p>LIBERTAD. </p> <p> MERLO GÓMEZ.   </p> <p>RAFAEL CASTILLO.</p> <p>ISIDRO CASANOVA.   </p> <p>JUSTO VILLEGAS.  </p> <p>JOSÉ INGENIEROS.</p> <p>MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  </p> <p>ALDO BONZI.  </p> <p>KM 12.</p> <p>LA SALADA.  </p> <p> INGENIERO BUDGE. </p> <p> VILLA FIORITO.</p> <p>VILLA CARAZA.   </p> <p>VILLA DIAMANTE.   </p> <p>PUENTE ALSINA.</p> <p>INTERCAMBIO MIDLAND.</p> <p>InventivaSocial<br />Plaza virtual de escritura</p> <p>Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar<br />-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-<br />Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.</p> <p>Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/</p> <p>Edición Mensual de Inventiva.<br />Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por <br />Yahoo, enviar un correo en blanco a: <br />inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar</p> <p>INVENTREN<br />Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.<br />Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a: <br />inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar</p> <p>Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.</p> <p>Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.</p> <p>La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. </p> <p>Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.<br />Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.</p> <p>Respuesta a preguntas frecuentes</p> <p>Que es Inventiva Social ?<br />Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.</p> <p>Cuales son sus contenidos ?<br />Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.</p> <p>Cuales son los ejes de la propuesta?<br />Proponer el intercambio sensible desde la literatura.<br />Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.</p> <p>Es gratuito publicar ?<br />En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. 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Por fin. Llegaste. <br />Pero aun ignoro la lentitud de tu sombra nocturna <br />Y tu llegada cava en mí una pena silenciosa. <br />Una pena que ignora, si ha de envejecer junto a tu cuerpo. <br />Pero me envuelve .Como el mar. El dolor. El goce. <br />Con un abrazo de oleaje furibundo. <br />Y me cubres de espuma hasta el borde del miedo. <br />Y eres mi tierra nativa. Mi amada soledad. <br />Y aunque la  higuera ya ha dado dos cosechas al año. <br />Y el follaje ya anuncia el amarillo. <br />La higuera ha florecido. <br />Y no es dogma, ni virtud, ni pecado. <br />Y se que no te irás aunque te vayas. <br />Y puedo elevar y derrumbar mi cuerpo. <br />Porque has llegado, amor, y te bendigo. <br />Y consagro tu nombre...y tus sombras azules. <br />Y tus luces. <br />Tus luces tan azules  y tus sombras. <br />Tus luces y tus sombras y  mi beso. </p> <p>*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar</p> <p>LA VIDA SIN MENTIRAS*</p> <p>Crónicas del Hombre Alto (n° 73)</p> <p> <br />Si no fuera por esos 20 minutos finales en que la historia pierde vuelo y termina enredándose en los clichés propios de las comedias románticas hollywoodenses, "La mentira original" sería una película impecable. No obstante, a esta comedia -codirigida por Ricky Gervais y Matthew Robinson y protagonizada por el primero- le alcanza con los méritos que exhibe antes de ese final anodino para erigirse como una película conmocionante y movilizadora. <br />Con un humor inteligente, notable agudeza y acertadas dosis de un sarcasmo que a veces recuerda al de "Los Simpson", el guión plantea la existencia de un mundo utópico donde no existe el engaño por la simple razón de que todas las personas dicen siempre lo que sienten y piensan. Todo allí es transparente y explícito; nada se calla. No hay diplomacia, es cierto, pero tampoco hipocresía. En su primera cita, hombres y mujeres verbalizan sin pudores sus miedos y frustraciones al respecto en tiempo real. Los compañeros de trabajo se demuestran con naturalidad sus celos y antipatías. Los camareros critican con libertad los platos que eligen los clientes. Los jefes confiesan a sus empleados la incomodidad que les provoca despedirlos. Los médicos informan a sus pacientes que probablemente morirán en cuestión de horas, con la misma liviandad con la que se anuncia que va a llover. <br />En un mundo así, anclado a la inevitabilidad de lo verídico, no hay lugar para la desconfianza, claro, pero tampoco para la ficción. Las películas consisten en un actor que se limita a leer guiones que cuentan episodios históricos estrictamente reales. Y también las propagandas resultan muy singulares, al menos para nuestros ojos contaminados de marketing (en tal sentido, la ironía que destila la escena de la publicidad televisiva de Coca-Cola es demoledora). <br />El conflicto surge cuando, un buen día, el protagonista Mark Bellison, flamante desempleado y a punto ce quedar literalmente en la calle, siente un impulso irrefrenable que lo lleva a afirmar. por primera vez en la historia de la humanidad, algo que no se corresponde con la realidad de los hechos. Es un impulso al que no sabe cómo calificar ni describir pues, lógicamente, el concepto de mentira no existe; es él quien, sin saberlo, lo acaba de inventar. A partir de ese pecado original, Mark descubrirá que no decir la verdad trae muchos beneficios, sobre todo cuando uno cuenta a su favor con la credulidad absoluta de los demás. Pero muy pronto descubrirá también que, simultáneamente, la mentira puede ayudar a la gente a ser más feliz. Ha nacido el engaño en el mundo, sí, pero con él han nacido también la esperanza y -he aquí el sarcasmo mayúsculo- la fe religiosa. Y es quizás en la formulación y desarrollo de esta ambivalencia moral donde se asientan los mayores aciertos de la película. <br />"La mentira original" es divertida, y si bien se conforma con cumplir eficazmente su noble objetivo de entretener, se las ingenia, entre carcajadas y sonrisas, para embarcarnos en profundas reflexiones. En primer lugar, nos muestra un mundo en el que la comunicación humana carece de filtros morales y afectivos y, al hacerlo, por oposición, pone en evidencia la gigantesca red de ocultamientos y falsedades cotidianas en la que estamos atrapados y de la cual somos cómplices. Como en uno de esos teoremas cuya hipótesis queda demostrada por el absurdo, la exageración sirve aquí para desnudar cuánto de nosotros permanece sumergido en nuestra vida diaria, cuántas cosas callamos por conveniencia, compasión o buenos modales. <br />En segundo lugar, esa ácida confrontación entre el mundo utópico y el real nos obliga a imaginar cómo sería vivir en aquél y nos coloca ante la incomodidad de no darnos una respuesta unívoca. Es que, pasadas las risas iniciales, esa honestidad sin concesiones que se nos va mostrando empieza de a poco a volverse difícil de digerir. Es un mundo brutal el de la película, sí, pero la paradoja es que en él nadie se siente ofendido pues nadie conoce otra forma de relacionarse. Somos nosotros, los espectadores, acostumbrados como estamos a vivir en una sociedad regida por el doble discurso, los que sentimos que no podríamos sobrevivir demasiado tiempo en semejantes condiciones de sinceridad.<br />En tercer lugar, la película nos interroga acerca de nuestra propia credulidad y la inquietante posibilidad de que algunas -o muchas- de las cosas que damos por sentadas como verdades inobjetables sean, en realidad, la obra de algún gran fabulador. Si se piensa, por ejemplo, en las estrategias publicitarias que buscan convencernos de las virtudes de tal o cual producto, o en la manipulación constante a que somos sometidos por los medios masivos de comunicación, es imposible no preguntarse hasta dónde esa sociedad candorosa de la cual se aprovecha Mark Bellison no es un reflejo caricaturesco de la nuestra.<br />              "La mentira original" propone con ironía un dilema sobre límites éticos. ¿Hasta qué punto es valiosa la honestidad? ¿Hasta qué punto resulta dañosa la mentira? Al exponer en paralelo el costado filoso de la sinceridad y la dimensión piadosa de la mentira no cuestiona, por lo tanto, nuestras elecciones, sino las posturas absolutas al respecto. A todos nos gustaría poder decir siempre lo que pensamos sin temer a las consecuencias. Y sin embargo, sospechamos que afrontar el reverso de esa libertad sería una experiencia acaso intolerable. El infierno sería -sartreana resonancia- la imposibilidad de sustraernos a la constante certeza del veredicto de los otros. Del mismo modo, a todos nos gustaría sabernos a salvo de las decepciones, pero ¿cómo soportar una vida en la que no hay lugar para la desilusión simplemente porque es imposible haberse ilusionado antes? <br />          "No existe el mundo perfecto; toda opción tiene su precio", parece advertirnos burlonamente la película. Y tiene razón.<br /> </p> <p>*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar</p> <p>DESMURAMOS*</p> <p>"La poesía empieza allí, donde la última palabra<br />no la tiene la muerte" <br />ODYSSEAS ELITIS</p> <p>Ya no quiero más muros, corazón<br />Pircas, de ideas, de silencios ¡Tantos muros, tantos!<br />Condenada al muro de lamentos:<br />A un campo santo de ausencias y distancias.<br />A una horda de olvidos. A manos separadas, a un pañuelo negro.<br />A la esquizofrenia. A un basilisco multicéfalo.<br />A la placidez embriagada de la adormidera verde.<br />A un yacuzi sin agua, con algas babosas y ojos de pescado.<br />A un galeote. Sin remos. Sin rumbo.<br />Sin bandera.<br />A un buitre con cara de rectángulo.<br />Convidada a comer entre los muertos.<br />A un viejo verso aprendido en mi infancia<br />"Piden pan, no le dan; piden queso, les dan hueso<br />y les cortan el pescuezo"<br />A una torre de Babel. Ignorado. Ignorante. Ignoto.<br />A un león domesticado, con su lacia melena peinada por Giordano.<br />A una vaca cansina con sus ubres repletas y el ternero muerto.<br />A una actual Sodoma en el mar muerto.<br />Sin Viagra. Sin Champagne. Sin siliconas.<br />A un pastor sin rebaño. A una noche sin luna.<br />A un poeta sin versos.</p> <p>Desmuremos, mi sol.<br />Desmuramos.</p> <p>*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar</p> <p> </p> <p>Etimología*</p> <p>Mucha gente opina que no es importante conocer la etimología de las palabras. Saber porque al huevo se le llama "huevo", a la tortilla, "tortilla" y a Don José "Don Pepe", es imprescindible en estos tiempos.</p> <p>Stefen Plumkier que dedicó toda su vida al estudio del origen de las palabras, la razón de su existencia, su significado y su gramática, ejemplarizaba con su léxico, depurado y generoso, al público que asistía a <br />una de sus innumerables conferencias.</p> <p>En la lección magistral que impartió en el Colegio de Astrónomos, cautivó al público con las aclaraciones que aportaba a un sin fin de preguntas relacionadas con la jerga científica del espacio. La mayoría tenían origen en las leyendas basadas en deidades, por eso sorprendió tanto que les hablara del Ogro.</p> <p>Su voz resonaba en el claustro: "En Çatalhöyük, una ciudad que data del período neolítico, fue encontrado lo que se considera el comienzo de la historia de Anatolia. Se trataba de un fresco mural del año 6200 ADC, que presentaba en primer plano, las casas de la localidad, y al fondo, un volcán <br />humeante en erupción; se cree que el volcán era el Hasanda. Otro fresco, actualmente expuesto en Ankara, representa pictográficamente el mismo pueblo con sus ciudadanos atemorizados por la visita de un ser tan grande, que les tapaba la luz del sol."</p> <p>"El estudio conjunto de ambos frescos nos identifica el pueblo, nos da el censo de sus habitantes y nos descubre el nombre del Ogro" - Siguió Plumkier - "Este Ogro, que sumía al pueblo en la oscuridad, se llamaba Eclipse y es quien ha dado nombre al fenómeno que se produce al interponerse un objeto sólido entre un punto y un foco de luz"</p> <p>La Comunidad de Astronomía, desde aquel momento, incluyó un Ogro en su el escudo como principal símbolo heráldico. El escudo se oscureció automáticamente.</p> <p>*de Joan Mateu. joan@cimat.es </p> <p>*</p> <p>"El amor es un tren que parte, un pañuelo saludando desde el andén, una lágrima que rueda buscando asirse al recuerdo, imborrable y eterno".</p> <p>¿Dónde había leído aquella frase? ¿A quién se la había escuchado decir? ¿La habría imaginado? ¿Estaría escribiendo en el aire? ¿Cuántas cosas puede uno llegar a inventar cuando lo domina el dolor, cuando la única vía de escape hacia alguna de las formas del placer es la propia imaginación?<br />Quizá, lo sea también un vagón de tren, una locomotora desbocada, un par de rieles que se pierden en el horizonte.<br />Subió los peldaños del vagón con el peso de su propio desamor sobre los hombros. Se sentía vacío, como si le faltara algo dentro del pecho, eso que hasta no hace mucho le otorgaba consistencia a su propia persona. Y al mismo tiempo, estaba desbordante de recuerdos. Extraña sensación la de la pérdida, <br />pensó: te llena la cabeza de virtualidades, al tiempo que te vacía de materialidades.<br />Eludió a los pasajeros que se demoraban en el descanso, fumándose un pucho en un lugar prohibido, para encarar el pasillo y deambular apenas hasta encontrar un asiento vacío donde apoltronarse. Se recostó contra la ventanilla cerrada, cerrándose aún más el abrigo sobre el pecho, como si el frío interior le brotara por los poros, estremeciéndole con un escalofrío.<br />Un silbato se oyó en la tarde, el suelo del vagón crujió bajo sus pies, y la formación comenzó a moverse, como se movían las hojas de los árboles que circundaban el andén, retrocediendo dentro de su campo visual. Oyó el retumbar de la locomotora dándose ánimos para continuar viaje, y se abandonó a sus <br />-cíclicos- erráticos pensamientos.<br />¿Cómo seguir viaje desde ahora? El asiento que quedara vacío a su lado era algo mucho más concreto que cualquier símbolo que pudiese representar su actual estado de ánimo. Vacío de materialidades, vacío de cuerpos, vacío de afectos, vacío. Eterno y creciente dolor.<br />De pronto, descubrió que ya no recordaba ni su rostro. Sentía la ausencia de su figura, su perfume, su calor. Pero no podía recordar sus facciones. Su cabello, quizás, oscuro y lacio; más no sus rasgos. ¿Cómo era posible? <br />¿Estaría acaso comenzando a olvidarla? Lo dudaba; si así lo fuera, no sentiría este frío que le ascendía por el cuerpo como gélidas rachas de viento invernal. No: aún la recordaba, intensamente; este olvido sólo era otro ejemplo más de la constante presencia de su ausencia.<br />Clara. Su nombre apareció en su memoria como un oasis en el desierto. <br />Nombrarla, musitar ese familiar par de sílabas con un silencioso murmullo, no le hizo recordar aquel rostro que tantas veces contemplara extasiado, pero le abrió una puerta. Allí, hecho un ovillo contra la ventanilla del vagón, se abrió delante suyo un acceso hasta entonces velado por el dolor. <br />Ingresó de pronto en un pasadizo mental que velozmente lo condujo hacia terrenos inaccesibles para él durante mucho tiempo; terrenos anímicos que le parecían demasiado extraños, como si le perteneciesen a otra persona.<br />El paisaje se desplazaba hacia atrás, oscilando con el rítmico vaivén del tren; y por encima de él, emergiendo con una misteriosa luminosidad, apareció ella. Clara, recortada contra el marco de la ventanilla, como un tierno fantasma que quisiese penetrar en el vagón y sentarse a su lado, haciéndole compañía en este sombrío momento. Clara, extendiendo sus manos con ramalazos de un calor pleno de ternura, deseosa de ahuyentar para siempre esta devastadora languidez que le enturbiaba los afectos.<br />Su rostro se acercó al suyo, y aunque percibía el aroma de su piel, aún no conseguía discernir sus rasgos. Podría ser ella, u otra cualquiera. Pero era Clara, no había ninguna duda. Su corazón se lo afirmaba, más que su razón. <br />¿Razón? ¿Existía alguna clase de racionalidad en este momento dentro suyo? <br />Su mano derecha se aferró aún más a las solapas del abrigo, queriendo asirla, retenerla, abrazarla.<br />El calor se extendió por debajo de sus axilas, rodeando su cuerpo, mientras una boca respiraba ansiosa sobre su cuello. La calidez se desplazó hasta rodear sus muslos, mientras una leve pero creciente excitación comenzaba a dominarlo. El frío que sintiera hasta entonces parecía haberse extinguido. <br />Clara volvía a abrazarlo, a quererlo, a darle más de su calor.<br />Entreabrió la boca, buscando robarle un beso. Sus labios se encontraron con cierta torpeza, intercambiando sabrosas humedades que ya parecían no recordarse. Su mano quiso desplazarse, pero sólo consiguió aferrar apenas el hombro izquierdo, entrecerrando los párpados, mientras un brazo virtual, luminoso y protector, se desplazaba sobre la brillante piel de la espalda de Clara, y su boca se deshacía del encuentro labial para recorrerle un hombro, inhalando ese perfume que tanto deseara y lo embriagara durante días, semanas, meses.<br />Entonces descubrió, apenas registrando el escaso contacto que tenía con la realidad que lo circundaba, que el duro asiento del vagón había dado lugar a un mullido sillón de pana, iluminado por una tibia lámpara de pie, que le recordaba una agradable y soleada tarde de otoño. Clara se movía sobre sus <br />muslos, sin dejar de adherirse contra su cuerpo, con una indescriptible desnudez. Los besos recorrían infinitas distancias, procedentes de un ayer tan maleable que muy pronto se convertía en este presente, reactualizado, vívido, inmortal.<br />Los brazos de él la aferraron vigorosos, rodeándole la espalda y la cintura, impidiendo que se aleje, provocando que ambas caderas se refregaran entre sí, aumentando el imaginable caudal de excitación. Clara gemía sobre su oído, suspiraba entrecortada, le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, al desplazar sus tibias manos por encima de sus tetillas, rozándolas apenas con sus pezones al izarse y dejarse caer, volviendo a besarlo, hundiéndole la lengua, cerrando ambas piernas para apretarlo cada vez más.<br />La excitación de él cobraba vigor muy rápidamente, como hacía mucho tiempo no experimentaba. El frío lo había abandonado. Volvía a sentirse amado, deseado, efecto que retribuía con ardor, mientras el traqueteo del tren lo mecía a un lado y al otro, potenciando el vaivén amoroso que le imprimía Clara con sus ondulantes arqueos, sinuosos movimientos que alejaban de sí toda realidad.<br />Hasta que ya no pudo resistirse más y se dejó ir, liberando sus recuerdos, abriendo los brazos para recibirla y entregarle su savia, permitiendo un encuentro tantas veces negado, compartiendo ese calor inenarrable que siempre deseara retener junto a su corazón. Y así la recordó, sus rasgos afilados, los ojos claros, una nariz recta que prevalecía sobre unos labios pequeños pero carnosos, las cejas oscuras y tupidas, la tensa expresión orgásmica de un intenso amor que por siempre existiría dentro suyo.<br />Recordó la liviandad con que encaraba la vida al estar junto a ella, la etérea sensación de volar sobre las calles y las playas durante los extensos paseos que disfrutaran juntos, la trascendencia de cada detalle hecho signo, el calor que le transmitiera su mirada durante tanto tiempo, la consistencia de un vínculo que le otorgaba solidez e impedía que se desmembrara en su propia confusión. Comprendió el estatuto que había adquirido el peso de la propia angustia al estar alejado de ella, el horror que experimentara cada noche que se acostara a solas en una cama absurdamente vacía, con la noche <br />por delante y el sueño resistente a abrazarlo, para conducirlo dentro de ese mágico espacio que creaba cada noche para reencontrarlo con su deseo. Supo que, al convertirse el amor en algo tan leve y el desamor en algo tan pesado, aquello podía conducirlo a una locura tan adherente que jamás conseguiría apartarse de ella, al menos mientras viviera, cargando con aquel dolor hasta el final de sus días. Y el calor que recordara sobre este preciso vagón de tren sólo sería un vano espejismo de los momentos idos, <br />insustancial y evanescente.<br />Se resistió a recordar más, a enfrentarse con el dolor, a tolerar la realidad. La creciente sensación cobró una entidad casi física a lo largo de todo su cuerpo. Entonces se dejó ir, llevado en brazos por un orgasmo de raíces tanto físicas como mentales, arropado por una tibieza solar que provenía de sus profundidades anímicas más entrañables, abrazando a su propia Clara en un instante amoroso que él hubiera deseado no se acabase nunca.<br />Así, mientras continuaba alejándose del dolor de la ausencia, se dejó llevar por el traqueteo hasta la próxima estación, rogando porque siempre existiese una estación más en su camino, y esa extensa vía que lo conducía al recuerdo jamás tuviese un final.</p> <p>*De ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar </p> <p>"Feliz daño nuevo!" * <br />                                               </p> <p>Martín Micharvegas (de "Parajodas (II)", 1998 (II)</p> <p>En el daño que viene<br />seremos probable y comparativamente<br />más dichosos que en el daño actual</p> <p>Este daño nos dejará resabios penosos<br />Como todo daño se irá pero no muy lejos<br />Nos merecemos otro daño<br />después de la seguidilla de desbarranques<br />de daños anteriores</p> <p>Brindemos por un daño mejor<br />y despidámonos de éste:</p> <p>¡Feliz<br />          Daño<br />                   Nuevo!</p> <p>*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar</p> <p>*<br />Inventren Próxima estación: Morea.</p> <p> -Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar</p> <p>http://inventren.blogspot.com/</p> <p>InventivaSocial<br />Plaza virtual de escritura</p> <p>Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar<br />-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-<br />Editor responsable: Lic. 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El cielo está nublado. Papá ha desaparecido en el aeropuerto. "Seguro que se ha perdido", dijo mamá sin convicción. El único recuerdo que me queda de ella es su adiós ondeando el antiguo pañuelo de encaje heredado de la tía Carmelina.<br />Anuncian el descenso.<br />Soy Humberto. Dieciocho años. Destino: Canadá. Sólo hablo español y desconozco la historia del país. Algo había leído sobre un tal Padre Llorente, quien había tratado de evangelizar a los esquimales en otro siglo. Desde entonces quise ser como él, emularlo y propagar la palabra de Cristo.<br />Me veo pasando por aduana e inmigración; camino por pasillos interminables. Llevo unos carteles de cine bajo la axila y con el otro brazo arrastro la incómoda maleta que tiene una rueda de plástico rota. Desde la pasarela rodante observo en dirección contraria a esa gente tan diferente a la que estoy acostumbrado a ver: dos esquimales sin rostro, enfundados en sus parcas. Los jugadores exageradamente altos de un equipo de básquet se me adelantan apresurados. Un tipo vestido al estilo hip-hop se vuelve y me mira sin demostrar ninguna emoción.</p> <p>Busco la puerta de salida tratando de descifrar las letras rojas y verdes. Me detengo, intento comunicarme, mediante mi inglés elemental, con un individuo de seguridad:</p> <p>- Juear go?</p> <p>El agente, con un rostro que denota estrés, trata de comprender los sonidos que han salido de mi boca, pero, frustrado, se encoge de hombros y finalmente me pregunta:</p> <p>-Where do you want to go?</p> <p>Yo tampoco lo entiendo a él. El agente de seguridad sonríe y con un gesto de superioridad me toma por los hombros y me gira el cuerpo para colocarme en la dirección que debo seguir y me impulsa empujándome levemente con sus manos.<br />La maleta, los carteles y yo nos movemos con dificultad hasta llegar al área de recepción de viajeros. Paso por las grandes puertas automáticas (susurro "ábrete Sésamo", y sonrío); me encuentro con un gentío que saluda a los recién llegados agitando los brazos. Me ilusiono pensando que están allí para recibirme; disfruto el momento y tímidamente les devuelvo el saludo, aunque sé que esperan a los que ahora se me adelantan. Momentáneamente me siento abandonado hasta que tropiezo con un hombre disfrazado de sacerdote: es él; en las manos sujeta una cartulina con mi nombre: Humberto Mozo.</p> <p>Al subir al coche intento sentarme a su lado. Me indica con un gesto brusco que me cambie al asiento trasero. Silencio. Me distraigo mirando por la ventanilla la gris autopista, los túneles que aparecen y desaparecen, muchos semáforos que se encienden y apagan -rojos, verdes, amarillos--. Repetición incesante. Silencio</p> <p>Llegamos a la rue Cul de Sac. Entramos en una casa antigua, que parece vacía, donde falta algo; la siento fría, estéril. El cura carraspea como si fuera a pronunciar un sermón:</p> <p>-Su habitación está tras la segunda puerta a la izquierda. Las comidas corren por su cuenta. Las luces se apagan a las diez, salvo que tenga que estudiar. No se permiten visitas, ni de hombres ni de mujeres. Espero que asista a misa todas las mañanas. Este sillón que ve aquí es mío y el único que se sienta en él soy yo. El tocadiscos es también mío y nadie debe tocarlo. ¿Me explico? Mañana se presentará ante el cónsul y también se matriculará en el Alexander Technical School. Le he conseguido un trabajo en la lavandería para que ayude con el costo de la manutención. Para conseguir que se asimile a la cultura del país sería preferible que no hablara en español. ¿Alguna pregunta?</p> <p>-Sí, ¿quién más vive en esta casa?</p> <p>Incómodo, responde:<br />-En este momento sólo usted. Si esa es la única pregunta que se le ocurre, le recomiendo que se acueste inmediatamente porque le espera un día bastante atareado mañana. Good night.</p> <p>Cierro la puerta y me tiro en la cama que está todavía sin hacer. Noto el pequeño crucifijo que me espía desde la pared. Es evidente mi soledad. Me pongo de pie de un salto. Comienzo a pasearme por la que ahora me parece una celda. Comienzo a medir con mis pasos el tamaño del calabozo: uno... dos... tres...</p> <p>Aburrido, saco del tubo, uno a uno y cuidadosamente, los carteles de cine que he traído conmigo y los aliso con la mano para quitarles las arrugas del viaje. Me interrumpe el fuerte sonido de unos pasos que suben y que finalmente se detienen delante de mi puerta. Me apresuro a recoger los carteles y los escondo debajo de la cama. Los pasos vuelven escaleras abajo. Sigilosamente abro la puerta y logro reconocer a papá, ahora disfrazado de policía, sentado en su sillón escuchando un antiguo y nostálgico bolero. Sobre la mesita hay una copa de licor; en la pared están colocadas unas pantallas de televisión que reproducen mi imagen tal y como estoy observándolo todo desde el pasillo.</p> <p>-Emilio Mozo (Camagüey, Cuba), narrador y poeta. Recibió una maestría en lengua y literatura española de McGill University (Montreal) y completó los requisitos académicos para el doctorado en Middlebury College (Vermont). Fue honrado con el doctorado Honoris Causa en Literatura por la World Academy of Arts and Culture (1987). Como narrador ha publicado: Cuentos para niños traviesos (1994) Discretos aportes (1997) Shakespeare tropical (1998) Los cuentos de Emilio (2009) 13 cuentos de Emilio (2009) y El gato encantado (2010) ; y como poeta: Desde el ojo de la hormiga (1987), En el ala del mosquito (1988), Marginalmente literario (1991), Una como autobiografía espiritual (1993) y Entre el agua y el pan (1996).</p> <p>*Fuente: Aurora Boreal® <br />http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&amp;view=article&amp;id=1034%3Asueno-324-cub&amp;catid=81%3Apuro-cuento&amp;Itemid=198</p> <p> </p> <p> EL BAUL DE "CHIQUIN" CANTONI*<br /> <br />      </p> <p>*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar</p> <p>      La relación de mi padre con Domingo Clérici viene de los años cuarenta, que él solía relacionar con aquella gran inundación, porque la casa estaba cerca de los Dallosta y entró agua por lo menos hasta llegar al metro. En ese tiempo mi padre era mensual, tenía apenas unos meses más de veinte años y se acordaba que entre ellos estaba Francisco Cantoni, a quien todos llamaban "Chiquín", y a quien conocí en la otra casa que tuvo la chacra, mucha más cerca de la estancia de los Vollenweider, inmenso y lejano cuasi palacio de dos plantas que yo veía de lejos, cuando de vez en cuando mi padre me ponía sobre sus hombros para que mirara. Con el tiempo me iba hasta la tranquera del camino a Beravebú y subido a ella atisbaba o pretendía espiar los movimientos de esa casa que para mi constituía un misterio porque me parecía imposible que allí hubiese vivido el hombre que fundó y colonizó el pueblo trayendo el ferrocarril.<br />            En tiempos de mi relato a veces acompañaba a mi padre en sus visitas, a la chacra de Domingo -como el gustaba decir- llevaba la escopeta y me pedía que lo acompañara. El destino había querido que esa nueva construcción estuviera  a tres o cuatro kilómetros del pueblo y se podía ir por el camino mencionado más arriba o cruzando campo como decía la gente del lugar. Allí sí yo me sentía a mis anchas porque cruzando el campo Dallosta podía aparecer una liebre y era casi una fija que mi viejo la matara, pero había algo, un interés superior para que yo me sumara a este remedo de cacería, porque el motivo del viaje era otro. Apenas entrados doscientos metros por ese  campo aparecía la tapera que todavía estaba rodeada por algunos escasos árboles -sauces, creo recordar- y un metro y medio de pared aún en pie. Todo lo demás estaba sembrado. Seguíamos por un campo de alfalfa, y a veces bordeábamos un alambrado cuando había algunos trigales o un maizal orondo, y seguíamos hacia el oeste donde estaba la que llamaba mi padre "casa nueva", cuya primera aproximación visual eran esos grandes árboles, el monte de paraísos, antes las parvas y los chiqueros, el molino tan alto que golpearía con su largo vástago extrayendo el agua que bebería en momentos la caballada antes de ser enviada a pastar a unos de los potreros más lejanos, que todavía guardaban algo de esa alfalfa primorosa y verde con sus jugos refrescantes.<br />            Cuando teníamos la casa encima ya saltarían esas dos hileras de altos sauces que conectaba el patio de la casa con el camino interno que llegaba hasta el camino del cementerio no sin antes tocar el mismísimo galpón de los Milani, que estaban en la otra punta, enfrente de la chacra de los Bivi.<br />            En la casa de Los Clérici vivían don Domingo, su mujer doña María, el sobrino de ésta, el inefable "Pichón" Bucelli y también "Chiquín", que era tratado como si fuera de la familia. <br />            A la altura de lo que llegan mis recuerdos era un hombre muy mayor. Lombardo, como don Juan Dallosta, el vecino. Según  relato de mi padre se vino por el año diez del siglo anterior y se volvió a pelear de voluntario en la primera guerra, y me consta porque "Pichón" me acercó hace poco documentación que así lo certifica.<br />            Como era socialista probó el aceite de ricino del Duce y tuvo que volverse con la idea de traer a su esposa y a sus hijas. Nunca pudo hacerlo. Por razón de su edad se dedicaba a las tareas menores de las chacras, huerta, gallinero, comida y bebida para todos los animales y en época de juntada todavía se cinchaba en la cintura una maleta y arremetía en el maizal por unos pesos más. Le daban casa y comida y un sueldo, y dormía en un pequeño cuarto de la casa donde también guardaban los arneses.<br />            Una pequeña cama de hierro, un colchón de chalas, al sur una ventana con rejas que daba al gallinero y su baúl de inmigrante que dada su altura usaba de mesa de luz, encima de él su pipa, su tabaco marca "suiza" que guardaba en una vieja y despintada lata de té "Tigre" era toda su pertenencia.<br />            En ese baúl que había cruzado dos veces el mar estaba todo lo que tenía en el mundo. Yo nunca vi su contenido, supongo que guardaría ropa, recuerdos personales y algún documento que acreditaba su identidad y el pasaporte en italiano que tuve entre mis manos sesenta años después.<br />            Trabajaba de lunes a sábado y el domingo se lavaba él mismo su ropa de trabajo, y luego del almuerzo enfilaba a pie hasta el bar de don Marcos Markicich que estaba a la  entrada del pueblo y volvía al anochecer, absolutamente borracho. <br />            Muchas veces he pensado en la historia de este país nuestro. Emilio Vollenweider vino de la Suiza milenaria como decía Pedroni y don "Chiquín" Cantoni de la campiña lombarda y fueron vecinos, tal vez nunca se hablaron, tal vez ni siquiera se conocieron. Uno era muy rico y el otro era muy pobre. Pero transformaron este paisaje que era de cardos, de avestruces y venados corriendo, por otro de mares amarillos o verdes debajo de  aquel cielo que cruzaron los últimos pájaros libres y perfectos que nunca regresaron.<br /> <br /> </p> <p>variedades verdades*</p> <p>*</p> <p>Escucho tus quejas por el vil metal<br />Como una niña con ojos sin parpadeo<br />Muñeca inflable destartalada<br />Por la creencia de ser amada.-</p> <p>*</p> <p>De ahora en más<br />No voy ha pensar en vos<br />Ni me voy a preocupar por tus sentencias<br />Esas que me hacen cobarde<br />Intentaré no ser sumisa en tu presencia<br />Ni ser la sombra de tus deseos.-</p> <p>*</p> <p>No me contamino<br />De tu impaciencia<br />Y no me halagan tus bostezos<br />No me achico ante tu necedad<br />Ni me muero si te vas.-</p> <p>*</p> <p>Las criticas del criticón<br />Se pegan en la piel de la mujer<br />Como lanzas del medioevo<br />Quieren violar la singularidad.-</p> <p>*</p> <p>El proyecto de él<br />No es la aspiración de ella<br />La seguridad de aquel<br />Es peligrosa para ella.-</p> <p>*De Azul. azulaki@hotmail.com</p> <p>LOS OJOS DE TU MIEDO*<br /> </p> <p>Asi es- dijo Sancho­ pero tiene el miedo muchos ojos, y ve las cosas debajo de la tierra, cuanto mas encima del cielo" <br />MIGUEL DE CERVANTES <br /> </p> <p>Es necesario, dices. Y has tirado la llave. <br />Es necesario que la puerta permanezca cerrada. <br />Y las ventanas y el corazón y la memoria. <br />La llave es un bumerang. <br />Y gime el alba entre los almendros. <br />Hasta el reflejo en los charcos de atormenta. <br />Tiemblas detrás de los armarios. <br />Te escondes en las catacumbas del lecho <br />Alucinadamente tapas los vidrios con saliva y diarios. <br />Sientes que se estruja el vientre en tus mazmorras. <br /> <br />Tu corazón de lagartija muere entre las cuevas. <br />T e queda la lengua vacía y las manos secas. <br /> <br />Una cobardía  de vida se escinde bajo tierra. <br />Es necesario abrir los ojos. <br /> <br />Y cuando apenas se entreabren las cancelas. <br />Entiendes... <br />Los oscuros monstruos. Esos que tanto temes <br /> <br />Son menos peligrosos que tus miedos </p> <p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p> <p>LA VOZ*</p> <p> </p> <p>*Por Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar </p> <p>Nadie comprendía el por qué y comenzaron a incorporarlo como el juego de un niño muy imaginativo.  Por eso cuando Ezequiel,  a los cinco años rompió el jarrón de porcelana, reliquia  de  la abuela, y dijo que la voz se lo había ordenado, la reprimenda fue leve.<br />El tiempo comenzó a gotear tal vez demasiado rápido o convertido en un elemento que mezclaba el accionar familiar con lo problemático del afuera  y no permitía reflexionar demasiado  sobre las conductas del  grupo.<br />Ezequiel  construyó  su refugio  protegido por una muralla  que nadie podía atravesar  y menos aún escuchar sus diálogos secretos, situación  que fue favorecida por la complicidad inconsciente de sus padres  cada uno inmerso en su conflictiva personal. <br />Su gran inteligencia le permitió sortear los desafíos estudiantiles aunque  su ensimismamiento llamó muchas veces la atención  de sus profesores. En cuanto a su grupo de pertenencia nunca lo tuvo y nadie se preocupó por saber las causas, simplemente lo catalogaron como el "raro".<br />El crecimiento de su cuerpo y su mente también incrementó el volumen de la voz hasta llegar a despertarlo  en plena noche, obligarlo a levantarse y salir a la calle.<br /> La primera vez fue solo ese  mandato: abandonar la cama, atravesar la puerta de salida  y caminar en la oscuridad hasta recibir la  orden de volver.  Tuvo miedo y el silencio del afuera lo envolvió como un manto de peligro pero supo que no podía negarse. Cada sombra se le ocurría un monstruo que podía devorarlo, pero  de todos modos cumplió con el mandato. Ya en su cuarto la voz aprobó su obediencia y autorizó un sueño tranquilo.<br />Así transcurrió su adolescencia, no eran situaciones continuas pero de todos modos siempre estaba en alerta y eso lo sumió en un estado de introversión  que lo alejó de sus pares y de los divertimientos propios de esa etapa de la vida.<br />Por supuesto interfirió en el trato con las muchachas de su edad, les huía como a los fantasmas de la noche, una tarea muy ardua debido a que su aspecto físico las atraía y su aura de misterio las llevaba a competir en su conquista, lo que determinaba un acoso permanente.<br />La situación adquirió niveles dramáticos cuando Alcira, la rubia de ojos azules, decidió conquistarlo. Su  interferencia ante cada intento de evasión de él, chocaba con su astucia para evadir el cerco y el goce que ella mostraba ante su éxito  lo aniquilaba.<br />El accionar de la voz se llamó a silencio como una prueba para saber  hasta donde la inventiva de Ezequiel lo llevaba a eludir el acoso y esa situación lo desconcertaba  haciéndolo sentir desamparado.<br />El tiempo del silencio le pareció demasiado largo aunque sólo duró unos días y lo llevó a llegar hasta el  borde del río y preguntar a viva voz:  <br />-  ¿Dónde estás ahora que te necesito? <br />Hubo un silencio que le pareció eterno y al final llegó la respuesta.<br />--    No necesitas gritar, estoy en ti. <br />-  ¿Qué hago ahora? Siempre me dices lo que debo hacer. <br />-  Tal vez cometí un gran error al no alentar tu iniciativa, pero creo que no es demasiado tarde. Piensa. ¿Qué crees poder hacer al respecto?<br />          El pánico contrajo el rostro de Ezequiel, un frío insoportable recorrió su espalda mientras su musculatura se tensaba impidiendo todo movimiento.<br />- - No me abandones ahora, por favor, - imploró moviendo sus manos como  queriendo asir la otra presencia.<br />- ¿Por qué no aceptas que soy parte de ti? Siempre te resultó más fácil colocarme fuera  que aceptar la responsabilidad  de unirme a tu propio yo. Mi error fue no haberte enfrentado a esa realidad antes y evitar seguir tu juego.<br />  Como si un rayo le hubiera perforado su cerebro su interior se iluminó, también su entorno modificó su aspecto y una fuerza desconocida lo empujó a internarse en el río.<br />- Recuerda, no sabes nadar. - le susurró la voz al oído pero no la escuchó, esta vez siguió adelante  hasta que el abrazo del río unió esas dos partes que siempre habían permanecido separadas.</p> <p>DON PERICO* </p> <p>A Pedro J. Jaunarena Oharriz, <br />nacido en 1885, en Iturren, Navarra</p> <p>a Pedro Tomás Labayan Jaunarena,<br />amigo y notable pepiniano, fallecido</p> <p>Contaba Piri Márquez, en programas de radio y en tiempos en que fue llamado el 'Pajarito Investigador', que su afición a la locución fue por causa de Don Perico, inmigrante español a Pepino, tío y padrino de Pedro Tomás, último dueño y administrador de Laurnaga y Co. En su tiempo, antes de su muerte, el tío navarrés y esposo de Quintina Ramírez, pepiniana, fue el contable. Curiosamente, no separan al uno-ave del Don Perico humano.</p> <p>El mote de pajarito investigador fue homenaje a la cotorra de Don Pedro. Homenaje de Piri, reportero madrugador en la radio. El pueblo dio otro homenaje a Jaunarena Oharriz. Le dio el Don de Perico, como si una cotorra fuese siempre para ser copia del dueño, o un perico siempre una cotorra que acompaña e identifica a quien le enseña groserías. Para investigar las diferencias entre dos entes, Piri les pesquisa a ambos por separado. Descubrió que la cotorra o perico, «lo que haya sido», sólo repite sonidos cuando escucha la radio. Sin embargo, Don Pedro / el Perico / cuando lo azuza la nostalgia de España, el dolor de Pedro Jaunarena, el Manco, esposo de Doña Cleofe, durante aquellos tiempos amargos de 1898 y la violencia campesina en el Pueblo, es cuando más habla, en voz alta y a solas. Don Perico, periquín a escucharle...</p> <p>En realidad, Jaunarena Oharriz fue como todos los vascos y navarrenses en el pueblo entonces: una comunidad cerrada, recelosa, unida entre ellos por los vículos de familias, sus propias cofradías, sus silenciosos y ocultos hábitos, siempre elitilistas y amigos de incongruencias para que resultara difícil el juicio que los objeta, porque, obviamente, no son como otros criollos los desean. Evitaban los nexos con criollos y con el populacho.</p> <p>Don Piri no duda que Jaunarena adora su cotorra. Es más, pasea con ella. Mas cuando tiene la nostalgia de la idiosincracia apaga la radio. Demanda silencio de la cotorra. Y Don Perico se calla porque se calla. En esas horas, dedica algunos pensamientos a los viejos Laurnagas que se regresaron a España; recuerda a los Echeandía Vélez (y los Medina) de Cidral, a los Micheo Irigoyen, Zarratea y Martiarena, la parentela del ex-Alcalde Manuel María Liciaga, que fue gente muy diferente a los emparentados con los Méndez y González.</p> <p>Don Perico, con la simpatía públoca que pueda darle su cotorra, utiliza el recurso como el apoyo que se dio de viejo en el bastón de araguaney, color aceituna, pero siemre va metido en su propio fondo emocional en la historia y tiene un aire cogmatista de Zenón, el Estoico. El no fue conversador. Tenía uan timidez cautelosa y no quería el pleno acercamiento; pero, ahí está Don Perico. O más bien, una avecilla verdigrís Myiopsitta monachus, con su pico amarillo. Será de origen suramericano, del Uruguay tal vez, de donde le vino el bastón de color aceituna.</p> <p>A veces al navarrés, el Pueblo de Pepino se le antoja lleno de distónicos. El afán de poder y justificación religiosa de los controles nos hace camaleónicos, carnavaleros, mentirosos. Seres con una afectación neurológica difusa que asemeja la demencia cuando le hablan a su pájaro. Nadie le pregunta algo profundo, emocional o histórico. Es una cotorra muda del pasado. </p> <p>El no puede ser así. No quiere estos juegos; prefiero ser Zenón el estoico y no hablar poco con el populacho que ha de aportarle poco. No se esforzará en quererse democrático si no lo es. «El que quiera hable con Don Perico. Sí, con el Loro, pero no conmigo», parece que dice.</p> <p>*De Carlos Lopez Dzur.  baudelaire1998@yahoo.com<br />http://carloslpezdzurpuertorico.blogspot.com/2011/11/don-perico-cuento-rayos-por-el-celo-de.html</p> <p>Del Por qué Decimos Adiós, <br />Mientras Comemos Bollos de Pan con Miel*</p> <p>Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,<br />Y muestra unos tiernos brotes blanquizcos<br />Como gusanillos cubiertos de tierra...<br />Con sus primeras hojas verdosas,<br />Endulza el día<br />Entre cristales con tu recuerdo.</p> <p>Tu corazón echa raíces de perejil,<br />E inunda las noches<br />Con el aroma de tu mirada,<br />Para que los antiguos dioses<br />De la Gran Aztlán<br />Cobijen con fuego<br />La ternura de la piel de la Luna.</p> <p>Tu corazón echa raíces de perejil<br />En una maceta que es su mundo:<br />Yo intento explicarle<br />Que hay más tierra<br />Que la de aquella maceta,<br />Que el Sol no se pierde<br />Cuando se aleja de la ventana,<br />Que si en un libro sobre la mesa<br />Mira la palabra "comunismo",<br />No se espante<br />Si la tierra bajo sus raicitas<br />Se levanta de puro gusto...</p> <p>Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,<br />Y es difícil quitarlo<br />Porque cuando me acerco y lo intento,<br />El mío pretende imitarlo.</p> <p>*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com</p> <p>EN EL CENTRO DEL MIEDO*  </p> <p> <br />Sabes amor, creo que ha llegado el olvido <br />Trae  su carro cargado de estiletes. <br />No me muevo ni muestro el centro  de mi miedo <br />Arden los leños,  el ojo piensa y la espalda descansa. <br /> </p> <p>Ninguna golondrina  ha de regresar a su nido. <br />Se aleja la rivera y el camaleón se acerca <br />Y alguien me musita que es el alba y aun aúllan mastines <br />Las hojas lloran, renacidas ante el desvelo de palomas. <br />Tengo sed. Solo eso y de ello vivo. <br /> <br />Hay un llanto gastado y tiene sus luces apagadas. <br />Y la lluvia  agoniza en las líneas de tus ausentes manos. <br />La abeja aun no dice en que orilla  está el néctar y donde la cicuta. <br />Nadie me ha enseñado cual  es el horizonte  de tu olvido <br />Tengo la forma que me han dado sus manos. <br />Y el cántaro esquiva la fuente y el dintel. <br />Y crece la pena y renueva el latido. <br />Temblorosa, se enciende la latitud del viento. <br />Y soy lapida y floresta. Y fabula de arena. <br /> <br />Y otra vez la insistencia de sal en la garganta. <br />Países tan azules y pliegues en la almohada. <br />Y tus olores  y tus silencios y tus vahos. <br /> <br />Sabes amor, creo que ha partido el olvido. <br />Abro los brazos y en el centro del miedo, te cobijo. <br /> <br /> <br />*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p> <p>Sín título*<br /> </p> <p>Una vez por año, y en bandadas de a dieciocho, las golondrinas migran, cambian de lugar.<br /> <br />Se mudan, sin más que sus compañeras y sus alas, en busca de cielos más cálidos.<br /> <br />Los colibríes nunca dejan de batir las alas, éstas son tan pequeñas que necesitan estar en constante movimiento para poder sostener a su portador.<br />Al quemar tanta energía, los colibríes no pueden pasar más de diez segundos sin ingerir néctar. Necesitan alimentarse constantemente para poder sostenerse.<br /> <br />Un día, se derritió un glaciar. El agua que lo constituía se evaporó para después precipitar, obstinada en su helada naturaleza, en forma de nieve.<br />Ese día, las golondrinas habían decidido desviar para probar ese nuevo cielo que habían descubierto.<br /> <br />Una noche, se taló una flor, que no pudo llorar su néctar.<br />Esa noche, un colibrí había decidido desviar para probar esa nueva flor que había descubierto.<br /> <br />Cuando las golondrinas descubrieron que ese cielo no tenía calor, volaron lo más rápido que pudieron hacia otro que sí lo tuviera. Tardaron un año.<br /> <br />Cuando el colibrí descubrió que esa flor no tenía néctar, voló lo más rápido que pudo hacia otra que sí lo tuviera. Tardó doce segundos.<br /> <br />Para cuando llegaron, las alas ya no se movían.<br /> <br />Contando las de la flor y la del glaciar, veintiún vidas y un millón.<br /> </p> <p>*Virginia Agretti. virginia.agretti@gmail.com<br />Santa Fe</p> <p>¿Qué es el libro electrónico?</p> <p>*Por Carlos Enrique Cartolano. cecartolano@hotmail.com</p> <p>Se habla mucho de esta modalidad editorial, aunque poco es lo que se sabe. A continuación, tratamos de explicar el fenómeno filosófico-literario, así como intentamos revelar la identidad de nuevos editores o comerciantes.</p> <p>¿La revolución está aquí..?</p> <p>En 2010 la venta mundial de aparatos de lectura digital llegó a los once millones de unidades. Pero como los programas para lectura digital son de libre disposición y funcionan en soportes universales, a aquellos once millones ha de agregarse el parque de computadoras personales de escritorio o portátiles cada vez más pequeñas (sólo en nuestro país unos 8,5 millones de las primeras y unos 3,3 de las segundas). Me dicen, además, que este informe no considera las más recientes y pequeñísimas netbooks. <br />Y -agregamos- debe pensarse en las ventas del año en curso que -suponen los especialistas- triplicarían las del año anterior. ¿Cómo leeremos en el futuro? ¿Cómo estamos leyendo ya?   Las oportunidades hacen al cambio.</p> <p>Primer síntoma de cambio:</p> <p>Decididamente hemos ingresado en la edad de la textualidad electrónica. <br />Serán más cada vez los libros electrónicos que lleguen a las ferias editoriales reclamando consumidores. Digitalidad cultural creciente hasta lo difícilmente imaginable. Esto es lo que pronostica Roger Chartier en su estudio sobre Lenguas y lecturas en el mundo digital, recordando un cuento de Borges (El Congreso) que califica como anticipatorio, y en el cual el personaje ha de optar por un idioma que sea digno del congreso del mundo. <br />Para Alejandro Ferri, punto de vista en primera persona, personaje que conlleva la frustración en soledad y la sabiduría de Borges, pero al mismo tiempo la tan característica musculación intelectual del autor de El Libro de Arena, existen varias opciones. Una alternativa es una lengua universal como el esperanto; otra, el latín, idioma que llegó a ser común en la antigüedad, y cuyo imperio podría reponerse. Otra opción es un lenguaje formal -como el de John Wilkins- que promete perfecta correspondencia entre las palabras y las categorías, especies y elementos. Porque la definición de cada palabra está en las letras que la forman, y por eso ese idioma analítico portaría el diccionario en su hablar corriente. Y sostiene Chartier que esa lengua común, que hoy remeda al latín, es el inglés, que remite al mercado de bases de datos numéricos, a los sitios web o de producción y difusión de la información. Pero, a su vez, en lo que se refiere a la jerga de los sistemas de computación, verdadero afluente del inglés, estaríamos ya en presencia de un lenguaje universal como el esperanto. Podría pensarse -dice Chartier- que ese predominio del inglés es antesala de la destrucción lingüística mutiladora de las diversidades. Y puede ser, si nos atenemos a una visión pesimista. Aunque será preferible la prudencia; aguardar a que el futuro continúe sorprendiéndonos. Porque además, el texto electrónico reintroduce en la escritura algo de las lenguas formales que buscaban ese lenguaje simbólico capaz de representar <br />adecuadamente los procedimientos del pensamiento. Aquí está la invención de símbolos, tales como los emoticones o emoticons, que utilizan pictográficamente caracteres linguísticos del teclado.</p> <p>Segundo síntoma:</p> <p>En un artículo publicado por Michel Levin en el New York Times, en enero de 2009, se anunciaba sin previa anestesia la muerte de las editoras tradicionales. Levin, autor de más de 60 libros, algunos de ellos best sellers, anticipaba casi tres años atrás lo que pareciera que aún hoy no se admite. Decía textualmente: Hace algunas semanas murió la industria editorial. La debacle económica fue el meteorito que golpeó al dinosaurio en la mismísima frente. La única sorpresa fue que las editoriales tradicionales <br />duraran tanto (.)  El ramo que comenzó con editores que amaban los libros y publicaban lo que ellos querían está desapareciendo, víctima de su incapacidad para encontrar una razón de ser en el mundo de Internet y de la impresión según demanda. Y agrega: víctima de su propia arrogancia y de prácticas comerciales insensatas. Se han dicho aquí dos cosas: Internet, concepto por el cual inmediatamente pensamos en los blogs de escritores, en las nuevas revistas literarias virtuales, en escritores que participan de grupos de afinidad en Facebook y en la febril actividad de foros específicos, entre otras cuestiones bien concretas. Y se ha dicho también Impresión según demanda, que alude a ediciones que cuentan con tantos ejemplares en papel como  pedidos remotos se hayan formulado a través de la red, y donde las editoras operan como distribuidoras virtuales que disponen de un botón electrónico que permite producir libros uno por uno. Y agrega Levin que las grandes empresas de la edición subsistirán como entes modestos y menoscabados, pero nunca gozarán de la importancia que tuvieron. Téngase <br />presente que cuando Levin publicó este artículo aún no comenzaba el auge del e-book o libro electrónico, y la única alternativa parecía ser para el autor la autoedición, de la que bastante sabemos los argentinos. Y no siempre sabemos con buen humor. Aquí arribamos al tercer síntoma:</p> <p>Tercero: ¡en Estados Unidos se venden YA más libros electrónicos que impresos!</p> <p>Este es un artículo de Alexandria Library de Miami, distribuido en enero de 2011, casi, casi, un año atrás. En él se sostiene que mientras empresas como Amazon, Apple y Barnes &amp; Noble prosperan debido a su mercado de e-Books, editoras y librerías tradicionales de libros impresos se declaran en <br />bancarrota o buscan desesperadamente compradores que les ayuden a mantenerse por encima del nivel del agua, mientras cada vez más lectores cambian su favor hacia los libros electrónicos. E imaginaba que en los años venideros los aparatos para leer e-Books (e-readers), tales como Kindle, Nook e iPad <br />resultarán omnipresentes, tal como sucedió antes con los teléfonos celulares. Librerías como Alexandria, no ya editoriales -quede claro- ofrecen a los autores convertir sus libros a los principales formatos <br />digitales: PDF, ePub y MOBI, colocándolos después en Amazon, Apple Bookstore, Barnes &amp; Noble, Google, Kobo y Diesel, entre muchísimas más. Este sistema de publicación tiene tres aspectos notables. En primer lugar, la edición es prácticamente automática porque depende de una serie de operaciones lógicas que parten del original en medio magnético provisto por el autor. El segundo, más notable aún, es la distribución, que resulta aséptica, y que en pocas horas pone el libro en la vidriera de cientos de <br />librerías virtuales de todo el mundo a las que se accede a través de la red. Y finalmente, el aspecto de los recursos económicos: el autor no paga absolutamente nada, y recibe una participación del 50% sobre el precio de tapa deducidos los costos de edición (mínimos según queda dicho). Como si todo esto fuera poco, el lector cuenta con una ventaja adicional: el libro electrónico le cuesta la mitad del precio de volúmenes convencionales.</p> <p>Tal el camino por el cual se editaron los libros que presento este año en la Feria del Libro de Mar del Plata, que pueden adquirirse a través de Internet. En algunos casos con varios clicks; en otros con sólo un click.</p> <p>¿Y cómo han reaccionado las ferias editoriales europeas ante la imposición del libro electrónico? Hablamos de las que mayor influencia tienen sobre nuestro país. Liber 2011, la feria del libro de Madrid, incorporó en 2011 la nueva sección Liber Digital, un espacio expositivo destinado a las empresas especializadas en el entorno digital. En él se incluyó el Corner Digital, donde diferentes empresas ofrecieron presentaciones de productos y servicios. Pero es la Feria del libro de Francfort, considerada primera en el mundo, la que amenaza con el liderazgo digital. Ha presentado este año la <br />novedad de Google, el sistema online de eBooks, que permite al usuario comprar contenidos y visualizarlos en cualquier terminal incluyendo iPhones o iPads de su competidor Apple. A través de esta novedad, la biblioteca personal no está atada a un aparato y por lo tanto no puede perderse u olvidarse. Por ésta y otras novedades, la Feria de Francfort aumentó casi un 50% la superficie destinada a presentaciones digitales, hasta los 1449 metros cuadrados. El núcleo de esta tendencia digital es la serie de conferencias de expertos en el sector conocidas como Sparks (chispas) y que este año lleva por título nada menos que: ¿Cómo se contarán historias en el futuro?</p> <p>Última grajea del día: Mondadori, Planeta y Alfaguara han sellado una alianza estratégica, e instalan una plataforma digital conjunta para contrarrestar los avances de Google en la edición electrónica... ¿Increíble, no?</p> <p>Oferta de mis libros electrónicos:<br />Tierra Regada<br />Cuerdas - El piquete y otros poemas<br />Avisos y señales - Poemas del amor que vence a la muerte</p> <p>Para obtener cualquiera de los libros en Amazon, ingresando al blog del autor: http://latrampadearena.blogspot.com y seleccionando la tapa del libro sobre margen derecho.<br />O a través de la editorial eMOOBY:<br />http://www.emooby.com<br />O también, consultando en Google.com por el nombre completo del autor, y accediendo a más de cien librerías virtuales.</p> <p>ESTACIÓN DE LAS MADRESELVAS ESCONDIDAS*</p> <p>Un banco de la Estación , sostiene la pausa y la mujer.<br />La sustenta como el amor sostiene al tiempo.<br />Una maleta llena de incertidumbres.<br />Y un hueco de ausencia redondo como el mundo</p> <p>El tren se acerca ¿o se aleja? Es una boa de plata.<br />La mujer se pregunta si la cola de la boa está roja por el llanto.<br />Arranca sus raíces y le duelen hasta las huellas de sus pasos.<br />Levita en una butaca con olor a distancia.</p> <p>El tren   desarraiga su sollozo  en aceros solitarios.<br />La mujer se deja mecer suavemente.<br />En sus sueños, aparece su madre.<br />Cuando despierta siente en su boca un sabor lejano.<br />Leche dulce de madreselvas blancas.</p> <p>El tren llega a destino. No sabe si va o viene.<br />La mujer comprende que partir es llegar.<br />Y el tren arraiga entre maternos pechos.<br />Madreselvas de escondidos aceros.<br />La sustentan como el amor sostiene el tiempo.</p> <p>*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar</p> <p> </p> <p>*</p> <p>Inventren Próxima estación: DUDIGNAC.</p> <p> -Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar</p> <p>http://inventren.blogspot.com/</p> <p>InventivaSocial<br />Plaza virtual de escritura</p> <p>Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar<br />-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-<br />Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.</p> <p>http://twitter.com/INVENTIVASOCIAL<br />http://www.facebook.com/pages/INVENTIVA-SOCIAL/237903459602075 </p> <p>Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/</p> <p>Edición Mensual de Inventiva.<br />Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por <br />Yahoo, enviar un correo en blanco a: <br />inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar</p> <p>INVENTREN<br />Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.<br />Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a: <br />inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar</p> <p>Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.</p> <p>Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.</p> <p>La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. </p> <p>Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.<br />Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.</p> <p>Respuesta a preguntas frecuentes</p> <p>Que es Inventiva Social ?<br />Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.</p> <p>Cuales son sus contenidos ?<br />Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.</p> <p>Cuales son los ejes de la propuesta?<br />Proponer el intercambio sensible desde la literatura.<br />Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.</p> <p>Es gratuito publicar ?<br />En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.</p> <p>Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?<br />Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.</p> <p>Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?<br />Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.</p> ESTACIÓN DUDIGNAC. http://inventiva.lacoctelera.net/post/2011/11/21/estaci-n-dudignac 2011-11-21T02:25:37Z inventiva InvenTren.EL VIEJO TREN*             Saludo a Count Basie               y Carl SandburgPor estas mi... <p>InvenTren.</p> <p>EL VIEJO TREN*</p> <p>             Saludo a Count Basie<br />               y Carl Sandburg</p> <p>Por estas mismas vías<br />pasaba el viejo tren.<br />  Desde las brumosas factorías<br />los obreros lo saludaban<br />como a una aparición <br />                               de lo lejano<br />con los sueños y los ojos.<br />  Por estas mismas vías,<br />atravesando barriadas<br />somnolientas y alambradas,<br />pasaba el viejo tren<br />echando densas bocanadas<br />contra el cielo<br />como un duende<br />que va rasgando el silencio<br />con un eco dolido<br />de trombón y clarinete.<br />  Por estas mismas vías,<br />poco antes del amanecer,<br />pasó como una estrella<br />repentina,<br />pañuelo de gasa al cuello,<br />ancho sombrero<br />y barbilla siempre levantada, <br />la bella Chick Lorimer,<br />con una pequeña maleta,<br />un perfume, un libro,<br />y como una exhalación<br />de lo innombrable.<br />  Por estas mismas vías<br />pasaba el viejo tren.<br />                    </p> <p>*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar<br />Brooklyn, N.Y.; junio de 1998.</p> <p>  El Sur (Dudignac)*</p> <p> <br />Podría abrir los ojos, encogerme de hombros, decir: "no sé qué estoy haciendo aquí". Y sería verdad, al menos parcialmente. Toda verdad es incompleta, eso lo sabemos. Porque el conocimiento de nuestra propia realidad también es parcial. Verdad es que nunca antes había oído esa palabra, pero no es menos cierto que escucharla me trajo, de repente, imágenes de un tiempo ya pasado, de un lugar nunca visto, de una música extraña...<br />Creo que lo dijo Urbano Powell, una tarde imposible, mateando. Aunque ya no sé si es recuerdo o presunción. Evoco la palabra: "Dudignac", una voz pronunciándola, el tenue escalofrío que mi cuerpo sintió... Otra voz, no la primera, apuntó: "eso está en Europa, en Francia, en el sur", y la primera voz, tranquila, replicó, "no, ché, eso está aquí mismo, a poco más de 300 kilómetros de Buenos Aires, cerca de Nueve de Julio. Es un pueblito... y bueno, también es una estación abandonada..." un silencio expectante, un leve carraspeo "de aquellas del Midland, ya sabés". <br />Y yo, que escuchaba en silencio, con el corazón encogido, no sabía, pero... supe. <br />Supe que tenía que ir a esa estación, y no, no me pregunten, porque aun hoy, aquí sentado, todavía no tengo una respuesta... No podría precisar tampoco los acontecimientos que siguieron. Todo fue un vértigo de acciones sumidas en la niebla. Sé que hablé con personas a quienes no conocía, que acumulé datos innecesarios, que hice preguntas cuya respuesta en realidad no me importaba, porque desde el primer momento, desde que aquella voz pronunció esa palabra, yo sabía que un día mis pies se posarían en la antigua estación abandonada, en ésta en la que ahora me encuentro, viviendo en primera persona esta historia que ni siquiera yo comprendo... </p> <p>El verde tiene muchos tonos, hay muchos verdes, pero el sur francés es otra cosa. No lo sé yo, yo nunca estuve allí, nunca salí de esta tierra que a veces me resulta inhóspita, pero a la que, sin saber muy bien el motivo, no puedo dejar de amar... Yo no lo sé, repito; pero lo sabe él: ese hombre que escribe, ese hombre que está escribiendo estás líneas, alguna vez estuvo allí, en ese sur plagado de colinas verdes y valles inmensos que su palabra inhábil no alcanza a describir de forma precisa... </p> <p>Pero yo no lo sé, yo nunca estuve allí. Sin embargo, si cierro estos ojos, testigos de la infamia de más de medio siglo, que sin querer mirar lo han visto casi todo... Si aquí sentado cierro los ya cansados ojos y dejo que mi mente vague libre, puedo sentir el olor de esos viñedos que no son de estas tierras; puedo percibir, sin ver, esos árboles verdes, ese césped que es casi un resplandor a ras de suelo, los diminutos pueblos que adornan las laderas. Pero si abro los ojos, si cedo a la tentación de lo real (pero ¡qué sabemos en el fondo si es, en verdad, real!), vuelvo a estar aquí en Dudignac, una vieja estación abandonada por la que ya no pasa el tren; o tal vez sí: un tren fantasma que no conduce a ningún sitio, sólo al recuerdo de otras gentes que están lejos de aquí, allende el mar y el tiempo, escribiendo palabras que yo no entendería.</p> <p>Allí, en ese otro lado, en ese otro sur que nunca vi, la estación tiene vida. Hay viajeros que esperan, viajeros que conversan, viajeros solitarios que no saben muy bien cuál será su destino (si lo miramos bien ¿quién sabe, en realidad?). Hay funcionarios con sus uniformes un tanto gastados por el uso, hay maletas, cigarrillos, un viejo reloj, expectativas... Acaso alguna vez, ese hombre que escribe, estuvo en tal lugar, acaso él escuchó la música que ahora, sentado en este banco con los ojos cerrados, me parece evocar.</p> <p>Con los ojos cerrados se siente un viento fresco, la caricia del sol en pleno rostro, ese sopor me lleva hacia lejanas fechas, me invaden los recuerdos de aquella primavera (¿qué primavera? pienso) Aquella primavera que es mi otoño, tal como siempre fue. Con los ojos cerrados casi puedo sentir el temblor de la tierra, el sonido lejano de un tren que va acercándose, las voces que resuenan alrededor de mí...<br />Y aunque sepa que por aquí no pasa el tren desde hace más de treinta años, es tan grato dejarse seducir por esa magia... Tal vez sólo por eso, permanezco sentado en este banco, con los ojos cerrados, aguardando en secreto la llegada del tren, ese tren que es tan sólo una esperanza, la inverosímil fantasía de un alma que dormita. <br />Y entonces, él también, ese hombre que escribe, puede cerrar los ojos; allí parapetado tras su mesa, puede cerrar los ojos, recobrar ese olor casi olvidado, sentir la emanación de los viñedos, las voces, las campanas, y retornar al día en que llegaba el tren que no pudo tomar en su lejana Europa (ese tren que había de conducirle a su destino). Nada importará entonces si el nombre no es el mismo, si es apenas el eco de una voz junto al fuego, una simple palabra que se quedó prendida en el alféizar gris de esa ventana que algunos llaman alma. Tal vez así los dos: ese hombre que sueña (si es que es él, el que sueña), y este hombre que espera (si es que soy el soñado) podamos al final entremezclar nuestras ficciones: su Sur con este Sur, el mío con aquel que nunca he conocido.</p> <p>*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com<br />http://sergioborao2011.blogspot.com/<br />https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop<br />http://twitter.com/S_Borao_Llop</p> <p> </p> <p>EL TREN PASA CON LA NOSTALGIA DE SUS PAISAJES*</p> <p>El tren pasa con la nostalgia de sus paisajes.<br />La muerte siempre nos espía.<br />Aunque gire la moneda<br />una manzana nos deforma.<br />El silencio es duro y no entendemos su idioma.<br />... Nadie espera.<br />Penélope ya no siembra sus girasoles<br />en la punta de la colina.<br />Los tiene ocultos en el cielo de la boca.<br />Los pájaros aletean.<br />Son inmensas sus alas,<br />y comienzan a sangrar.<br />No dejes que se anulen las aguas.<br />Los viejos son puentes que se levantan sobre el río.<br />No preguntes.<br />Dios está cerca.<br />Nada es nada y aun no lo sé.<br />El tren pasa<br />desde su dolor,<br />nos dice adiós.</p> <p>*De KIMANY RAMOS. kimanyramos@yahoo.es</p> <p>PASAJERA*<br />           </p> <p>- No me gustan las despedidas - había dicho mi amigo Luis. <br />Después me abrazó con impaciente levedad y se alejó hacia la calle, sin volver el rostro, sin mostrar la menor emoción. Dejando atrás los reflejos de los innumerables cristales, salió de la estación y se dirigió con prisa hacia el aparcamiento. Sonreí. Le conocía bien. Las separaciones le resultaban tan dolorosas como a cualquier otro, pero le molestaba emocionarse. Por ese motivo, siempre que era capaz de prever algún conato de abrazos prolongados y frases empalagosas, escapaba a la situación alegando una prisa que no siempre era fingida. Por otra parte, apenas faltaba un mes para que comenzase la nueva temporada: la rutina de los entrenamientos, el descubrimiento de las virtudes y de los defectos en los jugadores nuevos, la épica de los partidos, los problemas con la directiva... Y ahí íbamos a estar un año más, codo con codo, lidiando con jugadores, directivos y árbitros, empeñándonos en sacar adelante al equipo, sufriendo acaso alguna decepción en forma de final perdida, llenándonos de orgullo cada vez que <br />alguno de nuestros jugadores llegaba a las ligas superiores. De ahí, del esfuerzo común, provenía nuestra amistad. A través de la enorme cristalera, vi pasar su auto, lanzado ya hacia la costa.<br />         Consulté el reloj. Aún faltaban quince minutos para la salida del tren que debía tomar. (Tomar un tren - pensé - lo mismo que quien toma café o un aperitivo) Volví a comprobar mi billete; apuré el cortado que se enfriaba sobre la barra de la cafetería; compré algunos diarios; me dejé mecer por una apacible nostalgia.<br />         Había terminado mi semana. L´ Estartit quedaba ahora allá atrás, arrinconado en los estantes de la memoria. Quedaban pequeños detalles, instantáneas fugaces que fui atrapando y colocando cuidadosa, ordenadamente, en el archivador de recuerdos gratos: Los paseos en barca, la inefable calma de las mañanas de pesca, los atardeceres frente al mar, en la terraza del club náutico o al otro lado del puerto, junto a la playa... Ahora todo era una bonita película en colores cuyas escenas desfilaban a cámara lenta, fotograma a fotograma, ante mis ojos agradecidos. La arena, el inequívoco olor del mar, las islas...<br />         Pero en este lado, los minutos pasaban implacables. Aferré la bolsa de viaje y bajé las escaleras, al asalto del tren.<br />         Un andén no difiere en exceso de cualquier otro. Los de esta estación, sin embargo, me resultaron particularmente hostiles (porque me alejaban del mar, de las tranquilas calas, de los inquietantes acantilados, del oleaje y las Medas. Porque me arrojaban de vuelta a la rutina, al trabajo agotador, al rostro siempre huraño y desconfiado del patrón, a la inacabable monotonía sonora de la máquina, a la nave oscura, a los hierros y a tantas cosas que aborrezco y de las que aún no he aprendido a prescindir)<br />         Mi tren estaba llegando. Puntual como una calamidad. Silencioso como el sueño. Lento y poderoso, hizo su entrada en la estación, se detuvo, escupió algunos viajeros, permitió el abordaje de otros, cerró <br />impasiblemente sus puertas y partió con el mismo sigilo con que llegara, igual que si estuviese huyendo del bullicio de las estaciones, buscando acaso el anonimato de los raíles.<br />         Desde mi asiento, pude contemplar cómo la ciudad se iba diluyendo entre árboles, cómo los edificios se transformaban en bosque y las calles dejaban paso a los senderos. "Esta es - pensé - una ciudad de hermosos contrastes. Hay agua, hay vegetación, aire. Es cuanto se necesita para vivir. Hay asfalto, hay civilización. Es cuanto se precisa para ser desdichado".<br />         Tratando de huir de la tristeza que imperceptiblemente comenzaba a embargarme, indagué con disimulo los rostros de mis escasos compañeros de viaje. Ninguno de ellos consiguió llamar mi atención. Me resigné a los diarios.<br />         Bombardeos en Mostar, corrupción gubernamental, hambre en alguna parte (o en muchas partes) de África y en otros lugares de difícil pronunciación, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, no menos atroces violaciones de muchachas solitarias en parques nocturnos o garajes o zaguanes oscuros, nuevos atentados... Compruebo sin entusiasmo la fecha, sabiendo de antemano que es inútil. Que la fecha puede ser la de hoy, pero el horror no es nuevo, es el mismo que se repite sin descanso, día tras día, sin que nadie mueva un dedo por cambiar el signo de las cosas, sin que podamos aferrarnos ni siquiera al mínimo consuelo de una remota esperanza. <br />Agobiado, guardé el diario y busqué una revista de humor, tratando de huir de la espantosa realidad. Con disgusto, con desaliento, comprobé que no tenía ninguna. Se habían quedado atrás, en el hotel o en casa de mis amigos, encerradas en el tiempo de las vacaciones, ajenas al devenir del ajetreo, aparentemente inocentes de las malas noticias que me traían de vuelta a lo cotidiano.<br />         Estábamos llegando a Barcelona. De nuevo los enormes bloques de viviendas levantándose a izquierda y derecha, como otros tantos nichos alineados frente al pálpito cansado de mis ojos, delatando la presencia de la concentración humana, certificando de alguna manera el fin del verano. <br />Luego, los túneles sumiendo al tren en las entrañas de la ciudad, entre vistosas pintadas distribuidas por los muros. Alegría o decepción coloreando los rostros de los viajeros que llegaban al final de su viaje y se apiñaban con sus maletas en los pasillos, prestos al abandono de los vagones, resignados al inaplazable retorno a la rutina, de algún modo impacientes por terminar con ese incómodo interludio que separa el verano del resto de los días.<br />         Lo que siguió fue un barullo de gentes bajando a los andenes, abrazándose, despidiéndose, estorbándose, subiendo con prisa, casi con precipitación, a los vagones detenidos, buscando acomodo para sus maletas y para sí mismos, todo como una película antigua, de ésas en que los personajes se movían a una velocidad insólita y casi ridícula, pero nada de ello me pareció gracioso. Por el contrario, las prisas, el cruce de miradas fugaces, la disimulada lucha por un determinado asiento, los movimientos de cabeza en busca de una ubicación idónea, los gritos, las carreras por los pasillos, no hicieron sino contribuir al desánimo que había ido asentándose en mi alma en los últimos minutos.<br />         Entre el gentío, me llamaron la atención dos mujeres. Ambas viajaban sin compañía. Una de ellas era rubia, bonita, de ojos inexpresivos. <br />No supe si lamentar o celebrar que pasase a mi lado sin mirarme. La otra no era hermosa, pero su larga melena negra, sus formas poderosas y un algo exótico en su rostro, en su atuendo, obligaban a mirarla con detenimiento. <br />En mal español, preguntó si el asiento contiguo al mío estaba libre. Me apresuré a ofrecérselo.<br />         Cuando el tren se puso en movimiento, noté con asombro que el bolso de mano que descansaba en su regazo se movía. Una diminuta cabeza canina asomó por la abertura. Sonreí con disimulo ante aquella transgresión de las normas. En ese momento, entró el revisor en nuestro vagón. Ella me miró con sus enormes ojos negros. Puso su dedo índice sobre los labios carnosos, pidiéndome silencio, convirtiéndome en su cómplice, llenándome de una extraña ternura.<br />         Alentado por ese gesto de confianza, me atreví a contemplarla casi con descaro. Su pelo basto, muy oscuro, la voluptuosidad de las nalgas, los labios llenos, gruesos, delataban la raza negra en algún recodo de su árbol genealógico. Todo lo demás parecía claramente occidental. Cuando por fin el revisor hubo contrastado los billetes y abandonado el vagón, le ofrecí un cigarrillo, que ella rehusó, y charlamos. Por sus palabras, supe que venía de Lisboa, que su nombre era Andrea, que regresaba, como todos, de unas cortas vacaciones junto al mar, que siempre viajaba con su perrito y que vivía en una pensión desde que se separó de su novio. Su voz destilaba bondad. Nada dijo acerca de su profesión. Sospeché oscuramente que era prostituta. Tuve ganas de abrazarla. Yo le conté a grandes rasgos las trivialidades que se suelen confiar a alguien que acabamos de conocer. (Pero ya intuía que no se trataba de una extraña, que ese gesto suplicante había tendido un puente entre nosotros, un puente que nos unía  y que nos elevaba sobre el murmullo de las conversaciones a nuestro alrededor, separándonos de esas otras voces, de esos otros rostros que no formaban parte de nuestra pequeña isla en medio de las vías) Ella me hablaba de su Lisboa, de su pasado. Después, la conversación derivó hacia las tópicas generalidades. <br />Hubo momentos de cálido silencio, de miradas.<br />El tren se deslizaba veloz sobre los raíles acercándonos a la inevitable separación. En cada pueblecito atravesado, en cada estación, yo le contaba cosas de aquellos lugares, historias que a menudo inventaba para ver el gesto de maravillada sorpresa en el rostro de mi amiga, todo en pos de unos minutos más de conversación, de escuchar una vez más aquella voz con acento portugués que tanto me relajaba, que conseguía arrullarme llevándome a esa dimensión en la que todo es aún posible, donde cabe la ilusión de un mañana, de una flor renaciendo entre los escombros. Otras veces, fue ella quien hizo preguntas, tal vez por idénticas razones. En un par de ocasiones, pronunció mi nombre, atándome a su voz, llenándome de felicidad  y desazón porque ya Lérida había quedado atrás y mi ciudad iba acercándose sin compasión. Yo deseaba prolongar aquel viaje, permanecer allí sentado junto a Andrea que me miraba lánguidamente y cuyas manos oscuras de larguísimas uñas rojas despertaban mis viejos instintos primordiales.<br />Un silencio de campos vertiginosos corría paralelo allende las ventanillas. <br />El sol bañaba los rastrojos y los montes lejanos, pero en el interior del vagón no había más luz que la que irradiaban los ojos de Andrea, que a ratos parecían estar buscando algo en el fondo verdoso de los míos. El tren lanzado era una sádica resta de minutos y yo no encontraba las palabras precisas. Me iba perdiendo entre explicaciones casi absurdas sobre los cultivos y el clima, disertaciones inexplicables acerca de la vida en las aldeas de mi tierra y en sus asfixiantes ciudades y exposiciones sinceras de <br />las maravillas existentes en los tan amados Pirineos, pero todo ello como un alejamiento a pesar de los cuerpos tan cerca, de los rostros casi juntos y las manos rozándose en la división de los asientos. Cada estación era como una siniestra zarpa cayendo sobre mi rostro y desgarrándome. Uno tras otro, iban pasando los kilómetros, el paisaje se iba transformando, la angustia crecía hasta límites intolerables. Ya se divisaban, al fondo, los edificios que marcaban el final de mi viaje, los pétreos sepulcros verticales que iban a sumirme, de nuevo, en la más insoportable tristeza. Pensé, deseé, estuve a punto de pedirle que se bajase conmigo, que renunciase a su Lisboa, que se quedase a mi lado en esta ciudad, que compartiese mi vida.<br />En cambio, sólo atiné a decir: "Estamos llegando a Zaragoza. En medio de aquellos edificios altos está mi casa" El tren se hundió en las profundidades de la tierra, bajo el ajetreo de la ciudad; fue reduciendo la velocidad, prolongando cruelmente los minutos finales, aquellos en los que ya nada es posible. Por fin, quedó parado entre las luces falsas de la estación. Aun fui capaz de una última inspiración: No me apearía, seguiría con ella hasta Madrid, o hasta Lisboa o al fin del mundo. Un beso en la mejilla me separó de Andrea para siempre. Cuando el tren se puso de nuevo en movimiento, aún pude ver sus ojos clavados en mi rostro, como formulando una pregunta de imposible respuesta.<br />         Después, recomenzó el decurso de los días de absoluta normalidad. <br />Regresé a mis obligaciones, a la inmovilidad de una vida sedentaria, enmarcada entre las crudas aristas del trabajo y la soledad.<br />         Sé que nada es perdurable. Que todo es un tren que viaja incansable entre las innumerables estaciones, deteniéndose efímeramente en alguna de ellas, atravesando otras sin ruido y arrebatando miradas de nostalgia, suspiros. Sé que la vida no es sino un compendio de recuerdos, un asombrado <br />catálogo de estaciones que fuimos dejando atrás. Pero ahora que el tiempo ha pasado, el recuerdo de aquel viaje, de Andrea, vuelve a mí con insistencia, tiñendo de melancolía los atardeceres, y llevándome incomprensiblemente a ese banco del andén, desde el que, cada tarde, contemplo con atención el <br />tránsito engañoso de los trenes.</p> <p>*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com</p> <p>Lo que Sucedió con el Comunismo que nos Llegó del Cielo,<br />Pegado en un Asteroide Comunista* </p> <p>¡Caminemos bajo la lluvia! <br />Que tus ojos y tu sonrisa mojen mis botas <br />Hasta dejarlas inservibles. </p> <p>Caminemos bajo las lluvias, <br />Y en mente escribamos <br />Sobre una estación ferroviaria. </p> <p>¡A caminar bajo el Sol! <br />Que tu cielo y tus estrellas <br />Brillen para mis ojos <br />Hasta reventarlos en astillas gelatinosas. </p> <p>Y a oscuras escribiremos <br />Sobre estaciones de tren, <br />Que nunca hemos visto <br />Ni imaginado. </p> <p>¡A salir y andar corriendo, <br />Cobijados con el viento! <br />Que tu cuerpo, <br />Entre delirios de ausencia, <br />Me posea y me levante por las noches <br />Hasta desgarrarme. </p> <p>A salir corriendo <br />Para que mi cuerpo <br />Sirva de alimento <br />A la hierba que se aferra a recordarte, <br />Y tus manos terminen de escribir <br />Sobre estaciones de un tren lejano, <br />al que nunca hemos viajado. </p> <p>¡Caminemos batidos de tierra mojada! <br />Que la sangre que adorna tu rostro <br />Termine por ahogarme, <br />Y seas tú <br />Quien termine escribiendo <br />Alguna historia <br />Sobre la Estación Dudignac, <br />Aquella en la que nunca hemos estado, <br />Y que sólo conozco <br />Porque alguien quiere escribir sobre ella, <br />Como si se empeñara <br />En no entregarla al olvido, <br />Como yo me empeño <br />A no entregar aún tus caricias... </p> <p>*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com </p> <p>Aunque ella nunca pueda decir adiós*<br /> <br />      <br />   </p> <p>*Por Aldima. licaldima@yahoo.com.ar    </p> <p>Hacer feliz a un niño, al menos por un rato, y complacerse con la fugaz medialuna de su sonrisa, era una de las mayores satisfacciones que la vida podía brindarle a Ezequiel Dudignac. La otra era enamorar a una mujer.<br />            Desde su más tierna infancia le había fascinado la actuación. Le gustaba disfrazarse durante esas tórridas siestas, cuando nadie lo veía, e interpretar delante del extenso espejo vertical del baño una nutrida galería de personajes, algunos copiados de los que veía en el cine, y otros productos de su primitiva invención. Durante mucho tiempo sostuvo el deseo de ser actor, hasta que para unas Navidades, una tía solterona le regaló un títere, cuya cabeza de plástico ostentara la adusta mirada de un Príncipe Valiente y su vestimenta a cuadros le otorgase la mayor de las elegancias. <br />A partir de ese día, su vida llegaría a ser muy distinta.<br />            Participó de diversos cursos de actuación, pero lo que capturó su atención durante su errático devenir artístico fue el teatro infantil. Desde que ingresó por vez primera en semejante universo, la magia lo capturó, especializándose en el manejo de los títeres, ese sutil e intransferible arte de proyectar el alma sobre una mano, recubierta por un personaje muy particular, cruza mística de muñeco y de duende, dueño de una personalidad intransferible, y como dijeran sus queridos maestros de entonces, "hasta podría decirse que están dotados de vida propia".<br />            Sin embargo, aunque los títeres -y por extensión las marionetas- lo hubiesen hechizado, Ezequiel no se resignaba a permanecer detrás de la cortina negra de la titería, leyendo los textos impresos con distintas clases de voces mientras alzaba los brazos o los desplazaba a un lado y al otro -cuando de marionetas se trataba-. También gozaba paseándose por un escenario, a la manera de un singular clown, aunque sin el absurdo y clásico maquillaje, que nunca toleró. Y si bien gustaba de desarrollar personajes propios, no terminaba de definirse por alguno en particular a la hora de mantener una identidad histriónica. Por lo tanto, la actuación en su vida era un desliz. Lo novedoso, lo imprevisto, lo central eran los títeres. <br />            Por eso, cuando alguien le comentó acerca del Vagón Infantil que transportaba el tren a Carhue, Ezequiel ni lo dudó. Encontró la manera de entrevistarse con el encargado ferroviario del proyecto, le presentó una carpeta con diseños de futuros trabajos a desarrollar a bordo del Vagón, y en menos de tres meses recorría no sólo el conurbano, sino también otros pueblitos por donde pudiese circular la entrañable trocha angosta, departiendo sonrisas infantiles por dondequiera que arribaban.<br />            Sin embargo, Ezequiel no estuvo solo en el proyecto. Un tal Marco Cazzolonghi, arrogante mago con aires de seductor de telenovela, también se hallaba aguardando a que lo atendieran en la desolada sala de espera de una burocrática oficina del Ferrocarril Midland. Ambos trabaron un contacto instantáneo, fascinados ante la idea de llegar a ser compañeros en  un movilizante espectáculo infantil. Y antes de conocer una toma de decisiones por parte de los encargados del Ferrocarril, ya se habían puesto a idear un show en conjunto, repartiéndose los tiempos de entrada y duración de cada escena. Tenían estilos un tanto diferentes -Ezequiel era más tierno y cálido con el público, Marco sostenía una rectitud distante no exenta de simpatía-, pero ambos compartían las mismas ganas de inventar, producir, cautivar...<br />            Una vez instalados en el Vagón Infantil, se proveyeron de todo lo necesario para desplegar una gira creativa. Tan equipados estaban, que aquello hasta les parecía su segunda casa; sobre todo para Ezequiel, a quien su espíritu de aventura podía llevarlo hacia límites insospechados. Para Marco en cambio, aquello sólo era una gira; sabía que volvería a su casa en algunas semanas -si todo funcionaba como lo habían planeado-, por lo que no quería hacerse ninguna idea de pertenencia respecto del Vagón. <br />A diferencia de su compañero, Lalo se sentía feliz, animosidad que se transmitía a pleno en sus funciones, llevándolo a improvisar más allá de los textos -circunstancia que a Marco siempre le molestó un poco, tan ceñido él al formato de su presentación-. Allí comenzaron a reconocer sus diferencias: Ezequiel era una usina creativa que se potenciaba con cada nueva ocurrencia, dejándose llevar por su propia alegría, imaginando por su cuenta al inventar un parlamento inexistente para uno de sus títeres o crear una exótica danza aborigen para que imite y comparta junto a él en el escenario ese risueño coro de chicos que solía venirlos a ver cada vez que arribaban a la estación de turno. Imprevisibilidad que causaba las risas iniciales de Marco, aunque también generaba en él cierto efecto residual, muy parecido a la envidia; de la peor clase. <br />Aquí es tiempo de citar el otro ítem que siempre dejaba satisfecho a Ezequiel, y que generó un motivo de disputa impensado -y silencioso- con su compañero de show. Las mujeres lo perdían... Y eso era algo inmanejable, que le quitaba concentración, que lo alejaba de lo infantil de manera inexorable. Como Jeckyll &amp; Hyde, cara y cruz de una misma esencia, el tierno clown que se ganaba el corazón de todos y el irresistible amante que se excitaba con toda mujer bonita que se cruzase en su camino. Pero lo más grave del asunto era lo que ocurría en el mismo trayecto del Vagón Infantil.<br />Al hacer las reverencias de rigor, sobre el final de cada espectáculo, su atención comenzaba a bascular de manera irremediable entre las iluminadas sonrisas infantiles y las palmas femeninas que lo ovacionaban; palmas que poseían un rostro que gesticulaba pidiendo "¡¡¡O-tra-más!!! ¡¡¡Y no jodemos más!!!"; rostros que él inspeccionaba de soslayo, con una precisión casi quirúrgica, sondeando quién era la madre más hermosa que había llegado hasta allí, acompañando a sus hijos para disfrutar de una tarde mágica......en todo sentido. Mujeres que hasta se acercaban a saludarlo cuando se bajaba del escenario, y cuyas siluetas él admiraba de cerca, desbordante de piropos para con esas cálidas mamás que reían con picardía al saludarlo con un beso, dejándole impregnado su perfume y un breve pero suave contacto con su piel, aroma cuyo recuerdo lo excitaba por las noches. Y cuando no se trataba de las madres, no faltaban tampoco las maestras jardineras.... Dicha particularidad le había hecho ganar el mote de "Tero", ya que al igual que el ave autóctona, solía chillar en un determinado paraje -con una madre que se mantenía sobre el límite de la aceptación de sus propuestas, por ejemplo, recibiendo con ostentosa gala las seductoras virtudes del titiritero-, pero depositando los huevos en otro lugar -manoseando a gusto a una risueña pero provocativa maestra jardinera que se entusiasmara con la idea de conocer el Vagón Infantil con las primeras horas de la noche, cuando los chicos ya se encontraban desde hacía rato en sus respectivos hogares-.<br />Sin embargo, aquel oculto arte amatorio le era sutilmente boicoteado por Marco -con excusas más que infantiles en un principio-, para quien la envidia se había ido transformando en sólido ataque de celos imposible de dominar. Sólo que Marco era incapaz de pronunciar palabra alguna al respecto. Ni siquiera podía confesarse semejantes sentimientos a sí mismo. ¿Cómo era posible que Ezequiel tuviese tales habilidades, y a él ni siquiera lo registrasen? ¿Sería a raíz de esa distancia que se imponía a si mismo respecto del público?  <br />            Por su parte, Ezequiel sentía que su suerte respecto de las mujeres venía siendo esquiva desde hacía tiempo. Y aunque desconociese -o ni siquiera reparase en- los reprimidos sentimientos de Marco, sostenía que no era fácil encontrar la manera de seducir a una mamá o maestra jardinera delante de todos, menos aún proponerle delante de sus compañeras de turno, sus alumnos o sus hijos, que la esperaba más tarde, para "enseñarle a sus muñecos"... Si bien había tenido algunos éxitos, no eran los que él hubiera deseado. Aún recordaba a aquella espectacular tetona que lo sedujera hasta límites imposibles cerca de San Sebastián, que lo excitase hasta la locura al abrazarlo, demorando el contacto de su voluminoso pecho contra el suyo al despedirse, y que luego no volviese a verla más, aunque le rogase que acudiera sin falta al Vagón en las próximas horas. De más está decir que aquella noche no pegó un ojo; que deambuló por el Vagón a oscuras, movilizado por una intensa calentura; que Marco lo oyó insultar en susurros ante el moroso discurrir de la madrugada, pero que nada refirió al respecto al levantarse a desayunar...<br />            Y así anduvieron por las vías, con andar errante, hasta que al culminar la función en la parada Ingeniero De Madrid, pretenciosamente llamada Estación, su suerte quedó echada bajo la forma de una murga uruguaya, con un ciclista como testigo.<br />            Lo divisaron algunas horas antes, vestido de colores chillones, con unas diminutas antiparras y un oblongo casco azul muy particular, pedaleando por sobre una vereda de tierra, paralela a la vía, y arribaron juntos a la estación. Alcanzaron a oír que le pedía indicaciones al encargado -en ausencia sin aviso del habitual Jefe- sobre cómo llegar hasta la Estación Dudignac. El empleado le señaló que cruzara el paso a nivel que se divisaba a pocas cuadras de allí, y siguiera por ese sendero, que mejoraba notablemente respecto de los Km. que ya había hecho desde 9 de Julio. Por el camino, podía divisar a lo lejos el puente de la Ruta Provincial 65, y más adelante, una cantera inundada donde solían avistarse biguas, garzas y patos. El ciclista le agradeció entusiasta y se tomó un respiro, bebiendo un buen sorbo de Gatorade, sabor limón, proveniente de su cantimplora. <br />            Estaba a punto de reiniciar la marcha, luego de quedarse a presenciar la entrañable función de Dudignac &amp; Cazzolonghi, mientras éstos se disponían a realizar un último bis delante de los niños congregados durante la tardecita alrededor del Vagón Infantil, cuando un súbito estruendo musical los dejó paralizados. Con las últimas luces diurnas vieron surgir, atónitos, sobre un recodo de la vía, a una movediza y colorida murga uruguaya, que danzaba bulliciosa hacia ellos. Silbatos, matracas, trompetas y redoblantes atronaban el espacio cercano a la Estación, mientras un estridente coro entonaba una bonita prosa de Don Jaime Roos:     <br /> <br />"En el tumulto de los húsares de Momo<br />Encandilado por las luces de otro barrio<br />Aquel murguista saludando con su gorro<br />Se despedía como siempre del tablado"<br /> <br />            Grandes y chicos, negros y blancos, danzaban vertiginosos, contagiando su alegría, impulsando a los espectadores a seguirlos en su trajín musical sin pensarlo siquiera. El ciclista batió palmas con los brazos en alto, sin bajarse del vehículo, y rió con ganas cuando unos niños disfrazados de arlequines se acercaron para hacerle cosquillas con unos coloridos plumeros de papel. Saludó con las manos en alto a su alrededor, y mientras seguía riendo, se marchó pedaleando hacia el recodo de la vía por donde había arribado la murga.<br /> <br />"Que no se apague nunca el eco de los bombos<br />Que no se lleve los muñecos del tablado<br />Quiero vivir en el reinado del Rey Momo<br />Quiero ser húsar de ese ejército endiablado"<br /> <br />            <br />Al ver aquello, Ezequiel quedó fascinado. Su costado más histriónico lo impulsó a sumarse al baile, al salto discordante, al arranque danzarín. Sin embargo, antes de que pudiese dar el primer paso hacia el centro de la murga, emergiendo por entre los coloridos murguistas, una visión lo paralizó.<br />            Era una morocha de rulos que cortaba el aliento. Aunque carecía de atributos físicos exuberantes, su sensualidad privaba de palabra alguna que pudiese opacarla con una triste descripción. Vestía como una Colombina, en la mejor tradición picaresca italiana, intentando eludir los constantes embates amatorios de un Pierrot que danzaba a su lado, pero que a su vez flirteaba con cualquier otra muchacha que perteneciera a la murga......y que le fuera ajena también. Ezequiel, embutido en su clásico traje de clown farsesco -un tanto distinto al que lucían los recién llegados-, quedó atónito al registrar una sonrisa en los carnosos labios de la morocha, y dudó si tal gentileza le era destinada especialmente a él. Por si acaso, y para despejar toda duda, metió mano dentro de su improvisada galería de recursos y le dedicó una teatralizada reverencia, que ella pareció no contemplar, o sencillamente ignoró.<br />            Marco también notó la deslumbrante presencia de la Colombina, sólo que la importancia de la misma creció en la medida en que pudo contemplar el hechizo que aquella hermosa muchacha había ejercido sobre Ezequiel. Sus celos lo arrasaron sin piedad, ruborizado por la impotencia, a pesar de lucir sus elegantes galas mágicas. Deseó tener algún magnífico truco a mano como para romper aquel maléfico hechizo deseante, pero sólo pudo contentarse con la inmovilidad de su compañero, incapaz de acercarse hasta ella, más allá de que ejecutase sus habituales monerías teatrales.<br />            Marco decidió esperar. Por lo visto, la murga había llegado para quedarse, y su inquietante bullicio cirquero constituía un complemento ideal para rematar el espectáculo de magia del flamante Vagón Infantil. Y sólo después, cuando se alejara el público, habría que ver quién de los dos, el mago o el titiritero, brillaba más lejos del escenario. <br />            Ezequiel, siendo más "Tero" que titiritero o clown, ajeno por completo a su show habitual, sólo pensaba en la morocha. Azorado contemplaba cada uno de sus movimientos, sus contoneos, sus sonrisas... De pronto deseó que todo el mundo conocido se extinguiese delante suyo, y desaparecieran el tren, la estación, los niños con sus madres -para nada atractivas, desde hacía un par de minutos-, la función, la murga, para que allí sólo quedasen ellos dos, en plena soledad campestre, dispuestos a conocerse mucho más intensamente que cualquier otro vínculo que hubieran podido establecer en el pasado.<br />            A pesar de ello, se lanzó fuera del escenario, mezclándose con los bullangueros integrantes de la murga, evitando cruzarse nuevamente con la filosa mirada de ojos negros de la morocha y su enigmática sonrisa, a fin de no volver a quedar paralizado...<br /> </p> <p>*   *   *<br /> <br />            <br />El eco de los últimos aplausos y ovaciones aún perduraba en sus oídos cuando el tren volvió a ponerse en marcha. El armado y desarmado del escenario para la función de títeres, magia y humor era un ejercicio tan aceitado que apenas les demandó unos minutos. Mientras tanto el Pierrot, voz cantante de la murga, negociaba con el maquinista un viaje gratis hasta Dudignac para toda la compañía, ya que la bañadera oriental que los transportaba desde hacía meses había padecido sus últimos estertores de muerte unas pocas cuadras antes de arribar a Ingeniero De Madrid. <br />Al oír esto, Ezequiel se entusiasmó. Sus ilusiones se proyectaron de inmediato hacia un futuro encuentro ferroviario con la Colombina. Marco, por su lado, satisfecho por su -¿mágica?- intuición, se aprestó a tolerar esos egoístas sentimientos que afloraban más allá de su voluntad, ...¿o no?<br />Un único vagón de pasajeros quedó unido a la formación, mientras la locomotora realizaba las maniobras correspondientes para acoplar un par de vagones más, uno que transportaba cargas varias -entre ellas, una partida de alimentos que donaba el gobierno provincial para unos recién estrenados comedores infantiles-, y otro perteneciente al correo y las encomiendas. Ambos fueron acoplados junto al de pasajeros y el Infantil, cuyo par de ansiosos pasajeros, en absoluto cansados por la reciente función, deseaban reanudar viaje cuanto antes.<br />El silbato del tren retumbó en la noche, mientras el potente faro de su morro desgarraba las tinieblas rumbo a Dudignac, y se oía el clásico golpe metálico de los vagones al iniciar la tracción. La noche prometía ser muy cálida para desaprovecharla yéndose a dormir...<br />Lalo tomó a uno de sus más preciados y entrañables personajes, el títere que en cada show presentaba como "el Caballero Mano de Fuego" -su mejor carta de presentación, sobre todo cuando lo embargaba un súbito acceso de timidez-, y avanzó hacia el vagón de pasajeros, con cierta incertidumbre pero miles de mariposas aleteando a lo largo de sus arterias, concentradas en su abdomen. Marco no quiso quedarse atrás, y sin que Ezequiel lo notase, provisto de la galera, la amplia capa negra y su gloriosa varita mágica, le siguió los pasos. <br />Al hacer su entrada, Ezequiel saludó en derredor, bromeando al pasar, contagiándose de la perenne bulla que emanaba de aquel simpático y heterogéneo grupo de gente. Así, fue acercándose hasta donde se hallaba sentada la Colombina, quien al ver al "Caballero Mano de Fuego" a la altura del hombro del titiritero, sonrió complacida, sin perder el aura misteriosa que la rodeaba, y le acarició el cabello rubio de lana con el dorso de su dedo índice. Ezequiel emitió un sonoro y trémulo falsete, dando a entender un imprevisto acceso de pudor, mientras el "Caballero Mano de Fuego" se volvía sobre su eje para ocultar el rostro contra la camisa de Lalo. Todos rieron complacidos.<br />Hasta que Marco interrumpió la escena, adelantándose al exclamar:<br />-¡Rescataré a este valeroso príncipe de las malditas garras de la vergüenza! -, convirtiendo su varita mágica en un precioso ramo de flores, que solícito le entregó a la morocha como regalo, ruborizándose hasta las orejas, pero contemplándola con mirada dura y distante.<br />Ella le agradeció el gesto con aire ausente, casi indiferente, como si el mero hecho de haber nacido hermosa, con los años hubiera llegado casi a fastidiarla.<br />La competencia establecida con ese imprevisto ramo de flores no se le escapó a Ezequiel, quien sintió una profunda y súbita decepción ante la fría acogida de la Colombina respecto del "Caballero Mano de Fuego". Al mismo tiempo, deseó eliminar de inmediato a su compañero de tareas. "Pero, ¿qué te pasa?", pensó para sus adentros. Y como cada vez que se encontraba en un mal trance, apeló a uno de sus mejores amigos para que lo defienda:<br />-¡Pero que inoportuno es este mago! -, exclamó la contagiosa voz de falsete del "Caballero Mano de Fuego". -¡Siempre aparece con un antiguo truco de cuarta para estropearme la función!<br />Más risas murgueras, incluida la de la morocha. Sólo que entre las miradas de Ezequiel y Marco volaban letales dardos imaginarios.<br />            -Quizá nuestro príncipe necesite compañía esta noche -, sugirió el mago, y con un certero y veloz pase de magia hizo aletear una paloma blanca entre sus manos.<br />            Una exclamación de sorpresa se extendió a su alrededor, mientras estallaban los redoblantes, y la paloma revoloteaba inquieta para posarse sobre uno de los hombros de Marco. Aquello era competencia desleal. <br />Ezequiel frunció el ceño y subió la apuesta, olvidándose de su compañerismo, sin pensar en nada.<br />            -¡Prefiero la compañía de unos hermosos ojos negros, Cruel Hechicero de la Noche! -, lo desafió el mismo falsete anterior, extendiendo el brazo con elegancia hasta que los rubios cabellos de lana del "Caballero Mano de Fuego" rozaron la tersa mejilla de la Colombina, quien de súbito -sin dejar las flores ofrecidas por el mago- entrecerró los ojos con dulzura, volviendo a elevar su mano para acariciar aquella tierna cabecita de papel maché, esta vez con varios de sus dedos, gráciles y sutiles. <br />Sólo que Ezequiel, por una cuestión de profundo orgullo, no podía apartar la vista de Marco. Como si allí mismo, de manera impensada minutos antes, se definiese su mutuo y futuro acontecer laboral.<br />            -Si lo que deseas es conquistarla, te hará falta mucho amor -, y acto seguido, Marco hizo aparecer de debajo de su capa negra la inconfundible silueta de un corazón de chocolate, envuelto en un brillante papel colorado, que inmediatamente le entregó a la Colombina. <br />Ovaciones y aplausos, más el estallido de un platillo. La situación estaba complicada. Conocía la mayoría de los trucos que Marco desplegaba en su show -muchos otros que mantenía en secreto también-, y sabía que no podría competir contra él......a menos que cambiara las reglas de juego.<br />-Sólo un acto de valentía puede conquistar a una dama -, exclamó, estridente, el "Caballero Mano de Fuego", apostando todo en una sola mano. -Y ese acto es el de mostrar las habilidades varoniles más intensas que cada uno posea.<br />Silbidos de entusiasmo, procaces ovaciones y sonidos de trompetas atronaron el vagón, para beneplácito de la sonriente Colombina -gozosa con el simpático duelo-, a quien algunos de sus compañeros murguistas rodearon en un teatral abrazo, a modo de bandeja que la sirviera para el ganador. <br />Marco tembló, ignorando hacia dónde correría el "Tero". En estas lides, delante de una mujer, Ezequiel sabía actuar mejor que él. El corrosivo ácido de la envidia le roía las entrañas. Sintió por un instante que el combate, la noche, el mágico e ilusorio proyecto del show de Vagón Infantil se esfumaban en apenas unos segundos de irrupción erótica. El dolor y la furia fraguaban en su interior. La ambivalencia no lo dejaba pensar.<br />Ezequiel se impacientaba al experimentar sensaciones similares. Le resultaba incomprensible que su mejor compañero de shows hasta la fecha pudiera hacerle una escena de celos como ésta. Pero también recordó que Marco era un hombre, además de mago. Y que jamás le había conocido una pareja, estable u ocasional. "Cosas del destino", se consoló a sí mismo, minimizando el posible dolor del otro. Pero sabía que era un engaño.<br />La murga bullía, expectante. La morocha los miraba alternativamente, pendiente del resultado, atraída -sin querer admitirlo- hacia tal original rivalidad en su honor. De nada valía conocer cuál era el as en la manga que podía ocultar cualquiera de los dos; y sin embargo, el suspenso aumentaba.<br />Hasta que el redoblante se dejó oír en demasía, y Marco estalló:<br />-¡Está bien! -. Y el tamborileo del redoblante cesó con un estruendo de platillos. -Si hay que demostrar habilidades, ¡pues que así sea!<br />Con un grandilocuente gesto teatral, ajeno a su persona, se cubrió la mitad inferior del rostro con su brazo izquierdo enrollado en la capa, mientras con su mano derecha se golpeaba apenas la cabeza con un extremo de la varita. Acto seguido, desapareció.<br />Un ahogo de asombro enmudeció al vagón, que contuvo el aliento, disipando cualquier sonrisa. Ezequiel quedó perplejo por un instante. "¡¿Cómo lo hizo?!", chillaba una voz dentro de su mente. Hasta que con su último resto de cordura, conteniendo a duras penas una lengua vacilante, proclamó:<br />-¡Un aplauso, señoras y señores! -. El sonido de su propia voz lo sorprendió tanto como a los demás. -¡He ahí a un artista que sabe salir limpiamente de escena! -. Y con un murmullo apenas audible, sin poder reprimirse, agregó: -Y a un hombre que conoce sus propias limitaciones.<br />Los aplausos fueron muy trémulos, esporádicos, hasta que luego de unos instantes estallaron privilegiados, comprendiendo que se hallaban en presencia de un show nunca antes visto. Sólo que sus propios artistas lo desconocían hasta entonces.<br />            La Colombina se puso de pie, reponiéndose de la sorpresa, tomó la mano libre de Ezequiel entre las suyas, obligando al titiritero a regresar a la realidad, y le rozó los labios con los suyos. La murga explotó en un solo grito, liberando la tensión. Ezequiel parpadeó, incrédulo, como si aquello no fuese lo deseado. La morocha se hizo a un costado y besó en la nariz al "Caballero Mano de Fuego", que tembló con vida propia en manos de Ezequiel, sin que éste pudiese articular palabra. Entonces ella, reteniéndolo con ambas manos, lo condujo fuera del vagón. Un malévolo coro de murguistas le deseó buena suerte, riendo y aplaudiendo a la vez.<br />            El silbato del tren se dejó oír, como proviniendo de otras épocas. La velocidad de la locomotora pareció disminuir. Algunos solitarios focos de la luz iluminaron brevemente la semipenumbra del pasillo, junto a los escalones del vagón. Ella le rodeó el cuello con los brazos, lo besó con la boca abierta, beso que Ezequiel apenas tuvo el impulso de responder, y le dijo con un tono áspero y sensual:<br />            -Es la primera vez que me seducen con magia. Pero como ya lo dijo el poeta, el único paraíso posible es el paraíso perdido.<br />            Dicho lo cual, el tren aplicó los frenos, deteniéndose en la Estación Dudignac. Ezequiel, desconcertado, sin ser él mismo desde la desaparición de Marco, giró la cabeza hacia el exterior. Más allá del andén divisó un almacén de ramos generales, digno de ser confundido con una pulpería; el pueblo parecía haberse detenido en el tiempo. La sensación de irrealidad se tornó aún más punzante al descubrir la insólita presencia de un ciclista pedaleando al cruzar bajo la solitaria luz de otro foco. El "Caballero Mano de Fuego" volvió a temblar con vida propia. Un súbito escalofrío lo adosó contra la pared del vagón. "¿Qué me pasa?", alcanzó a preguntarse Ezequiel, sin darse una respuesta, aunque sintiéndose víctima de un ignominioso hechizo. Las manos de la Colombina yacían ardientes sobre su nuca, los ojos negros clavados en los suyos, a la espera de algo más, aunque sin animarse por el momento.<br />            Entonces, quebrando aquel maléfico hechizo como un cristal, el movedizo cuerpo de la murga arremetió contra ellos, obligándolos a descender a tropezones en una contracturada danza, mientras entonaban otra pegadiza rima de Don Jaime Roos: </p> <p>"Era una retirada<br />Que al despedirse quiere regresar<br />Se va, se va la murga<br />Aunque ella nunca pueda decir adiós"<br /> <br />           <br /> Ezequiel trastabilló, a punto de perder el equilibrio al llegar al andén, sostenido apenas por el anónimo abrazo de la murga. La Colombina reía, secundada por Pierrot, quien la cortejaba burlescamente mientras bailaba a los saltos a su alrededor; "Nuevamente la Princesa se perdía entre la gente", canturreó Ezequiel, recordando la rima murguera. Por un instante, aquel sentimiento de extrañeza lo abandonó, aunque no lograba sacarse de la cabeza la cruel imagen de Marco desvaneciéndose en el aire. <br />            Y aunque le era imposible recuperar la sonrisa, o aquel tórrido sentimiento de seducción que lo embargara al calzarse a su preciado "Caballero Mano de Fuego" a bordo de su entrañable Vagón Infantil, su corazón se agitó trémulo -con un sentimiento de pérdida mucho más incisivo que el experimentado por el alejamiento de la morocha-, mientras la murga se alejaba en la noche rumbo al pueblo, al escuchar aquella esperanzada rima de Don Jaime Roos, una vez más:<br /> </p> <p>"Que no se apaguen las bombitas amarillas<br />Que no se vaya nunca más la retirada<br />Quiero cantarle una canción a Colombina<br />Quiero llevarme su sonrisa dibujada"</p> <p> </p> <p>*</p> <p>Inventren Próxima estación: MOREA.</p> <p>-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar<br />http://inventren.blogspot.com/</p> <p>-Editor Responsable del Inventren: Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar<br /> http://urbamanias.blogspot.com/</p> <p>El Inventren sigue su recorrido por las siguientes estaciones:</p> <p> INGENIERO DE MADRID<br />(CON COMBINACIÓN EN EL FERROCARRIL PROVINCIAL<br />CON DESTINO LA PLATA O MIRAPAMPA)</p> <p> ORTIZ DE ROSAS.</p> <p>ARAUJO.</p> <p>BAUDRIX.</p> <p>EMITA.</p> <p>INDACOCHEA.</p> <p>LA RICA.</p> <p>SAN SEBASTIÁN.</p> <p>J.J. ALMEYRA.</p> <p>INGENIERO WILLIAMS.</p> <p>GONZÁLEZ RISOS.</p> <p>PARADA KM 79.</p> <p>ENRIQUE FYNN.</p> <p>PLOMER.</p> <p>KM. 55.</p> <p>ELÍAS ROMERO.</p> <p>KM. 38.</p> <p>MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.</p> <p>LIBERTAD. </p> <p> MERLO GÓMEZ.   </p> <p>RAFAEL CASTILLO.</p> <p>ISIDRO CASANOVA.   </p> <p>JUSTO VILLEGAS.  </p> <p>JOSÉ INGENIEROS.</p> <p>MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  </p> <p>ALDO BONZI.  </p> <p>KM 12.</p> <p>LA SALADA.  </p> <p> INGENIERO BUDGE. </p> <p> VILLA FIORITO.</p> <p>VILLA CARAZA.   </p> <p>VILLA DIAMANTE.   </p> <p>PUENTE ALSINA.</p> <p>INTERCAMBIO MIDLAND.</p> <p>InventivaSocial<br />Plaza virtual de escritura</p> <p>Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar<br />-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-<br />Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.</p> <p>Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/</p> <p>Edición Mensual de Inventiva.<br />Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por <br />Yahoo, enviar un correo en blanco a: <br />inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar</p> <p>INVENTREN<br />Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.<br />Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a: <br />inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar</p> <p>Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.</p> <p>Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.</p> <p>La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. </p> <p>Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.<br />Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.</p> <p>Respuesta a preguntas frecuentes</p> <p>Que es Inventiva Social ?<br />Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.</p> <p>Cuales son sus contenidos ?<br />Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.</p> <p>Cuales son los ejes de la propuesta?<br />Proponer el intercambio sensible desde la literatura.<br />Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.</p> <p>Es gratuito publicar ?<br />En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. 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Me nada.</p> <p> Pone en la mesa sal<br /> adorna con estrellas la cama.<br /> Envuelve con algas el regalo de su olor.<br /> Urde la paz agitada del deseo<br />mientras me llama.</p> <p>*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com</p> <p> </p> <p>EN LA DERIVA DE UNA ISLA...</p> <p>Alimento de sonrisas*<br /> <br /> <br />El hombre tropieza con el billete guardado de vez en cuando.<br />El perenne gusto de la tristeza en su boca retrocede por un rato con ese recuerdo que le brinda una curiosa alegría privada que no necesita espejo ni testigos.<br />Ya llego a una edad donde se escurren precisiones y fechas.<br />Pero puede verse en la cola del supermercado para pagar e irse a su casa con alimentos para que la heladera no se vea generosa en vacío. Reconstruye su asombro al descubrir el sistema de tubo aspiradora por el cual las cajeras envían dinero dentro de un recipiente similar a una lata a un lugar invisible desde la línea de cajas.<br />Una imagen rara que da para pensar en la velocidad de circulación del dinero que inquieta a los economistas.<br />Que el hombre haya decidido quitar de circulación tiempo atrás un billete de 2 pesos y lo haya incorporado como un objeto portador de significado, justifica contar la historia.</p> <p>El hombre toma ese objeto inerte: observa cara de un Bartolomé Mitre casi anciano, y le parece percibir una mirada preocupada hacia el futuro.<br />Lee la numeración: 12836859 J.<br />Lo gira y lee el mensaje escrito en birome azul.</p> <p>Puede ver como si fuera ahora mismo a la morena de la caja que demuestra una amabilidad poco usual con los clientes.<br />Recuerda la sonrisa enorme mientras el hombre colocaba las cosas en la cinta que acerca los productos a la lectora de códigos que serán precios a pagar.<br />El hombre recibió la sonrisa de la chica y dijo "gracias".<br />Vio una tenue expresión de desconcierto y se sintió obligado a explicarse:<br />"Gracias, porque a esta altura de mi vida me alimento de sonrisas"<br />La cajera le volvió a regalar una sonrisa grande como luna llena.<br />El hombre pagó. Colocó los productos en bolsas.<br />Mientras le daba el cambio, ella tomó un billete de dos pesos y escribió en él un mensaje veloz.<br />El hombre guardo el vuelto y la cuenta como un manojo en el bolsillo.<br />Le dio un inesperado beso en la mejilla a la chica y se fue con sus cosas.<br />Cuando caminaba hacia la calle -que él percibe como un desierto urbano o una isla perdida en el océano- se ilusionaba con que hubiera en ese billete un número de teléfono para hablarle. Que ese billete no fuese una anónima promesa de pago que pasa de mano en mano con indiferencia sino un puente hacia una gota de ternura compartida.<br />Cuando llego a su casa lo leyó. Sin expresar un previsible desencanto decidió quedarse con el billete para no olvidarla y leer de vez en cuando el mensaje que dejó escrito:</p> <p>"Nunca te des por vencido  <br />Lucha...<br /> Romi.</p> <p>*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com</p> <p>BOLSILLOS*</p> <p>Los bolsillos llenos<br />Las aves cantan, la familia inmensa,<br />amigos revolotean en bandadas<br />y la primavera muestra dientes de perla</p> <p>¡Ah!, qué dulce</p> <p>Los pies caminan senderos sin piedras<br />y todos hacen venia,<br />las palabras son música dulce a los oídos,<br />son caricias a la conciencia enferma</p> <p>¡Ah!, qué dulce</p> <p>El amor en cada esquina ofreciendo sus brazos,<br />abiertos y cálidos brazos<br />y la soledad se embriaga,<br />el dolor compra pasaje de ida en primera clase<br />y los sentidos se embelesan,<br />en especie de amargo néctar,<br />adictivas sensaciones plasman la piel<br />y las manías vuelan,<br />sí, sí, vuelan superiores a los pájaros,<br />superiores a las tormentas</p> <p>Los ojos flotan en dulce sacra hiel soñada<br />y pierden el juicio,<br />no perciben el hambre más allá de la puerta,<br />el despojo de cuerpos ajenos</p> <p>el alma mutada en piedra, áspera y fría piedra,</p> <p>¡Ah!, cómo pesan los bolsillos.</p> <p>*De Ruth Ana López Calderón©.  anilopez20032000@yahoo.es<br />01-05-2011</p> <p>Pequeña hemorragia*</p> <p> <br /> En la tintorería no sabían como sacar las pequeñas marcas que dejaron las gotas de sangre en el sombrero blanco. Fue por una repentina hemorragia de imágenes. Ella quería tapar las huellas de esa desavenencia entre el cuerpo y las ideas.</p> <p>Una ausencia escapando para siempre, estallando primero, derramándose después, casi dulce, suave, por los imperceptibles intersticios, como una tristeza coloreada. Recordó el momento en que sintió uñas escarbando en su cabeza. Pensó en todas las sangres que llevaron a esa pequeña rosita licuada. La sangre enjaulada como trofeo, en las sábanas de los recién casados, del otro lado del tiempo y del mar. La que se mezcla con el placer y la curiosidad de la primera vez. Las sangres menstruales que siempre traen un mensaje. La que vio en la mañana del golpe, que no salió en los diarios, muda, sin cuerpo, sombra sólida, amenaza, vendavales del miedo. Las que la antecedieron. La que vino después, deslucida sangre morena de los márgenes, caída en tiroteos, enfermedades curables, inundaciones. La sangre de los partos, contundente y laboriosa, la de los abortos de las mujeres pobres crucificadas en la hipocresía.<br />La de los actos temerarios. La que guarda en tubitos las incógnitas del cuerpo.Pensó ella que después de todo, las gotitas que mancharon su sombrero, fueron algo distinto, como el romperse de una idea sin adornos, así vestidas de palabras las ideas no sangran, sonrió retocándose el rouge en el espejo.</p> <p>*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com</p> <p> </p> <p>LAS ENTREVISTAS DE CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ<br />LA VISIÓN DE UN ARTISTA "SIMPLE"</p> <p>Eduardo Coiro: "Me asombra el heroísmo de la gente común"</p> <p>*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com</p> <p>El escritor motorizó "Inventiva social", un soporte a los proyectos solidarios.</p> <p>Vago es una calle en Temperley, que alberga un pasajero poco común. Editor de Inventiva Social, un medio literario de prestigio y alcance global, el escritor y sociólogo Eduardo Coiro habla de sus intentos solidarios, de una obra difundida y de los puentes tendidos hacia la sociedad, con la que ha construido una comunidad virtual donde los desafíos y la palabra cobran sentido. Una libertad de 10 años creativos.</p> <p>-¿Quién sos, de dónde venís, de qué barrio sos?</p> <p>-Soy de acá, de Temperley, hijo de padres que dieron hasta la camiseta por sus hijos. He estudiado sociología quizás por un azar, pero puse en una perinola, una equivalencia en carreras, tiré la perinola y salió sociología, como podría haber salido psicología, antropología, periodismo y fui consecuente, me anoté, cursé y me recibí.</p> <p>-¿Cuestión de respetos?</p> <p>-Respeté a esa decisión azarosa; la idea de "Inventiva social", que es un poco lo que quería contarte, surgió de querer crear un banco de ideas, que pudiera acercar soporte virtual a proyectos solidarios, con el aporte de voluntarios competentes en cada tema, pero siempre sobre la base de proyectos sociales y respaldar de alguna manera, la actividad de la gente.</p> <p>-¿Y cómo te fue?</p> <p>-Estuve un tiempo intentándolo hasta que llegué a la conclusión de que eso es algo que era inalcanzable con mis posibilidades de ese momento, y si empecé a ver que había un montón de personas que estaban en la misma situación que yo.<br />Personas que necesitaban escribir, necesitaban expresarse, que escriben muy bien, hay muchísima gente que escribe muy bien y no tiene difusión, y empezó a ser lo que es "Inventiva Social". Es el momento fundante de "Inventiva Social". Estamos hablando del 1999 - 2000.</p> <p>-¿Los contactos con los escritores son virtuales?</p> <p>-Conozco escritores de Santa Fé, he tenido el honor y el gusto de conocer a muchísima gente que escribe muy bien en Santa Fe y hay gente a la que he conocido sólo por correo, hay amigos cubanos que escriben, un querido amigo que falleció el año pasado, en Austria, que tenía también su propia revista literaria y que aportó muchísimo con sus escritos y su obra plástica, que sigo difundiendo, Luis Alfredo Duarte Herrera, un destacado artista residente en Salzburgo.</p> <p>-¿Qué desafíos tiene "Inventiva social"?</p> <p>-Uno de los grandes desafíos es primero seguir con el Inventren, un proyecto realmente ambicioso. Si uno piensa en lo que es tomar un recorrido de trenes que ya no van a volver, como ahora que estamos haciendo un recorrido:<br />Carhué y Puente Alsina, son muchas estaciones, imaginación que hay que poner en cada estación, mucho esfuerzo para poder escribir líneas surgidas del viaje de los recuerdos de cada cual o de lo que sugiere el nombre de la estación. En algunos casos no queda absolutamente nada.<br />Ni siquiera testimonios de lo que fue. Una especie de rescate simbólico de lo que fue el tren, y mantenerlo vivo desde el relato y la literatura, es un desafío impresionante, para mi es el desafío más grande. Que estén escribiendo en un recorrido argentino amigos de Méjico o de España, para mi es un orgullo y un desafío.</p> <p>-¿Tenés algo publicado?</p> <p>-Lo que hay publicado: "Viendo al oeste del andén tres", un ensayo dedicado a Kosteki (Maximiliano), publicado en Salzburgo, en Austria; una crónica sobre el Foro Social Mundial, publicada en campo grupal, otra pequeña ponencia, el problema de la verdad en la constitución del sujeto, publicado en un libro de compilación llamado el pensamiento de los umbrales del siglo XXI, hay otra ponencia, "Proceso de globalización", "Nuevas tecnologías de la comunicación e identidad cultural", en otra compilación de Susana Vellegia, la Gestión Cultural en la ciudad ante el próximo milenio.<br />Y un pequeño escrito llamado la reinvención del ferrocarril, un proyecto de articulación social, que fue publicado en un libro de síntesis.<br />Después hay escritos editados en Internet, Resonancia.org en Francia, Estrella errante en Salzburgo, y otros lugares. Un armado de página para el Inventren se hizo en La Unión, uno de los primeros recorridos que hicimos, que salió de La Plata y llegó a Mercedes, siguiendo el recorrido del Provincial o del Belgrano.</p> <p>-¿El común de la gente también puede publicar?</p> <p>-Cuando uno va al supermercado porque trata de comer y ve el heroísmo de la gente, una de las cosas que más me asombra es ese heroísmo de la gente común y corriente como yo, el heroísmo de vivir en la adversidad.<br />Hay un montón de cuestiones por las cuales la gente pelea con la adversidad, donde es heroico que una persona sale a la calle va llega a su trabajo y cumple con su trabajo y vuelve, ese tipo de cuestiones, ojalá la gente pudiera escribir sobre lo que le pasa todos los días. Yo sería feliz.</p> <p>Él escribe...</p> <p>Creo en el saludo del Zapatero sin clientes.<br />En la bendición del mendigo ciego.<br />En la mirada sin padre del cura bueno <br />al que llamamos -de pura costumbre- "Padre".<br />No creo en ninguna institución que administre la palabra "Dios".</p> <p>*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 31/10/11 <br />http://www.launion.com.ar/?p=67204</p> <p>  </p> <p> <br />PESCA AL POR MAYOR*</p> <p>Arroyos del Norte Santafesino;<br />Una época en la que todo abundaba.<br /> </p> <p> <br />El tractor naranja, ya bastante baqueteado, hacía sonar su estridente marcha, rompiendo la quietud de la siesta en la vastedad de la colonia; tartamudeando en los cambios, tosiendo cada tanto con arcadas de humo, arrastrando un acoplado lleno de muchachos que iban a pescar, aquel sábado a la tarde, de  pleno sol otoñal. <br />El gavilán que sobrevolaba sus dominios chilló advirtiendo al extraño espécimen reptante, de anaranjada cabeza, que osaba desconocer su territorio, y viendo que aquel avanzaba indiferente, optó por volar encima y asegurarse que no fuera una amenaza para los suyos, y describía extensos giros planeando por encima, una y otra vez, vigilante, señudo,  y alerta...<br />No faltó alguien del acoplado que levantó una carabina y disparó contra el gavilán, pero con el temblequeo de la marcha era difícil apuntar medianamente bien; detrás lo imitaron otros dos o tres, con sendas armas calibre 22, pero el gavilán siguió planeado, haciendo apenas un leve alabeo, sin variar casi su trayectoria. Si hubiera sido con una escopeta, que abre un haz de municiones, otra habría sido la suerte del ave.<br />Pensé que como no se podía apuntar con precisión, lo que correspondía era tirar a pálpito, a ojo de buen cubero... Y así probé, tirando algo adelante y al bulto, con tanta acierto que el gavilán,  sorprendido en su planeo, comenzó a caer revoleando sus alas, en un desordenado tirabuzón, finalmente hasta el suelo...<br />En el silencio de observar la caída, nos pareció escuchar el rebote sordo del cuerpo inerte, en el final de su último y truncado  vuelo...<br />No sentí alegría para nada, pero era chico y tenía la vanidad de querer lucirme, ante una media docena de preadolescentes como yo mismo, que íbamos atrás, más dos muchachos adultos en el tractor; uno conduciéndolo, y el otro sentado malamente en el guardabarros, saltando en los barquinazos, mas aún que los que íbamos en el remolque.<br />-¡Vamos a ver si para pescar sos tan bueno!...- bromearon a mi costa.<br />Rato antes habíamos cargado todos los elementos, así como comestibles y bebidas en cantidad abundante, y salido de la casa de mi tío; que era siempre  el punto de inicio o partida, para cualquier evento que fuera importante en la colonia.<br />A principios de la década del cincuenta estaba en todo su esplendor. Las tierras eran casi vírgenes y rebosaban de sembrados lozanos y las cosechas eran abundantes, de buenos rindes; por lo que los colonos progresaban felizmente, y trabajaban fieramente alentados por esa generosa recompensa.- <br />El trabajo era la ley, pero llegado el sábado, y más el domingo; sagrado descanso, fiesta. Fiesta era Truco, boliche, baile, fútbol, pesca, caza, y en gran parte diversión en familia. A menos que estuvieran en momentos cruciales, como sembrar o cosechar, y había que aprovechar el buen tiempo. Ahí sí, trabajaban incluso de noche.<br />Marchamos una media hora y cruzamos un puente pequeño hecho con troncos, pero que aguantaba firmemente el paso de vehículos, tractores y máquinas, desde décadas atrás, cuando por necesidad, se juntaron los colonos para construirlo; y soportó además los embates de muchas crecidas de la cañada, que por épocas se pone muy correntosa... <br />Mis primos me contaban que en ocasiones habían cazado yacarés, de cierto tamaño; ya que era casi un estero, rodeado de monte...<br />Pasando el puente, entramos en un camino vecinal, cruzamos tres o cuatro casas de colonos, casi precarias, con pequeñas quintas de frutales y alguna planta para sombra, sobre un patio pelado; con gallinas picoteando en el suelo, y algún chancho hurgando de aquí para allá.  Franqueando sus tranqueras, cruzamos varias chacras y finalmente nos encontramos en un bajo pronunciado, tupido de ceibos, entre altos y amarillentos pajonales.<br />Luego una limpiada, rodeada de plantas de Tala, y allí nos detuvimos. Calló el tractor, y era tan grande el silencio imperante, que todo nuestro bochinche bajando las cosas, parecía que no lograba alterarlo. <br />A metros, un arroyo angosto y poco profundo, corría viboreando entre grandes bancos de arena, y algún trecho  de barrancas bajas.<br />Enseguida estábamos metidos en el agua, que a lo sumo nos llegaba a la cintura, aunque en el centro iban los dos mayores por ser un poco más hondo. Todos en hilera, empujando una red con cinco o seis parantes, que había que sostener para mantenerla vertical, mientras lo hacíamos, avanzábamos en el agua; así un trecho, y cada tanto girábamos sobre una punta, avanzando con la otra hasta llegar a juntar los dos extremos en una orilla, sacando así todos los peces atrapados fuera del agua, al desplayado de arena.<br />En cada tirada sacábamos docenas de sábalos de dos o tres kilos, que  coleteaban y saltaban por safar  y volver al agua, muy pocos lo  conseguían... Salían también algunos Moncholos o Bagres; que juntábamos con los demás.- Sólo devolvíamos de inmediato al agua a los más chicos.- En un momento un Dorado, mediano, al verse acorralado saltó del agua, sobre la red, tan vigorosamente que dio contra la frente de Chiani, un corpulento muchacho, que aturdido, cayó por un momento de espaldas en el arroyo... Así estuvimos pasando y repasando la red, capturando centenares de piezas, buena parte de la tarde.-<br />Para el atardecer todos los pescados estaban abiertos, limpios y salados; listos para freír...<br />Comenzó a llegar gente. A caballo, en volanta. Familias enteras, varones y mujeres,  chicos y grandes; que habrían sido invitados previamente, supongo. Todos eran amigos. Se armó alguna ronda de mate, alguna mesa de truco, aparecieron una guitarra y un bandoneón, y un jovencito con una flauta que maravillaba entreverado en el conjunto; mientras algunos encendían fogatas con leñas, aprestándose a cocinar el pescado, en varias ollas negras "de tres patas"...<br />Entretanto, con la última luz del día, yo me aparté, y tentado me tiré al agua fresca, para cruzar ida y vuelta, un tramo angosto, que resultó ser hondo... Me cansé antes de llegar a la otra orilla... Y agotada, me volví, pensando por momentos que no llegaba. Estaba sólo y me asusté. Sin aliento, alcancé finalmente regresar y salir medio muerto del agua...<br />Mi primo Titín me había visto y percatado de mi trance, se acercó presuroso. Al verme salir bien, aunque bufando, me dijo entre risas de alivio...:<br />-¡Ufa...! ¡Qué susto, compañero!- Los dos nos sentamos juntos, y reímos con ganas..., pensando cada uno en silencio,  el momento que acababa de pasar...<br />Conseguí reponerme tras un buen rato, y pude reintegrarme al grupo, y después colaborar con los cocineros, junto a mis otros primos. <br />Apenas oscurecido, empezó a correr el vino y la cerveza, con las primeras fuentes de sábalo frito, que repartíamos a decenas de comensales; medianamente acomodados en mesas y sillas, que ellos mismos habían traído.- <br />Todo bajo la techumbre de las Talas, la luz de los faroles, y los acordes de la música litoraleña; que brotando en la noche silenciosa, flotaba sobre el inmenso y agreste paraje, de ceibos y pajonales, en los meandros del Toba, el arroyo generoso...<br />Hubo risas, cuentos, alegría; y siguió la fritanga con música, hasta muy tarde. Al final sobró tanto pescado aún sin cocinar, que hubo para que todos llevaran a sus casas la  cantidad que quisieran...<br />Cuando todos se habían marchado, y apagamos el último farol, la noche volvió a quedar en el más puro y virginal silencio... sólo perforado por una miríada de grillos y otros  bichos nocturnos, que ahora reanudaban sus coros, librados al fin de la irrupción de los intrusos, y de su molesto y ruidoso barullo...<br /> </p> <p>II</p> <p>Otro tío mío vivía muy cerca, y ya en el verano, un día me invitó también a pescar, en un lugar cercano y en el mismo arroyo, pero esta vez donde éste desagua su cauce, en un delta de canales ramificados, ya en los bajos del gran estero.<br />El transporte fue una volanta toda negra, un carruaje descubierto, típico entonces, con un tiro de dos caballos; atrás con dos ruedas grandes y rayos de madera,  las de adelante igual, pero bastante más chicas. <br />Pero lo curioso fueron los elementos. Un par de horquillas de las que se usaban para emparvar lino. Un largo mango de madera con tres o cuatro dientes finos y filosos de acero; y un bulto con varias bolsas de arpillera. Nada de redes, ni espineles; sólo eso...<br />Iban además dos primos mayores, y el mismo Chiani, el forzudo.-<br />El monte quedó atrás, en la altura, se lo veía lejano, casi en el horizonte. El lugar era desolado, bajo y llano; y estaba cruzado por varios canales, o riachos, que se iban bifurcando, de unos tres o cuatro metros de ancho, recortados en la tierra, sin arenales en las orillas. Todo limpio, sin siquiera una mata de paja, o gramilla en el suelo.<br />De los  jóvenes, dos se metieron con el agua hasta la cintura, llevando cada uno su horquilla a modo de fija, el otro caminaba cerca de la orilla, para ir juntando los peces fijados. El agua turbia no permitía ver para apuntar, por lo que tiraban horquillazos a diestra y siniestra, para ensartar los peces que tuvieran la mala suerte de acercarse en su camino, y al paso avanzaban despacio, aguas abajo. Cada pez ensartado hacía sacudir la  horquilla al retorcerse entre los dientes de acero.<br />Parece mentira, pero era raro el tiro que no ensartaran al menos uno, tal era la proliferación de peces, sábalos casi en su totalidad, y todos de buen tamaño.<br /> Golpe de horquilla y pez afuera. A veces dos o tres tiros en falso. El otro iba juntando y limpiando, de uno en uno...... poniéndolos en una bolsa, de las que habíamos llevado para eso. <br />Me fui a sentar al lado de mi tío en el suelo, que había llevado una línea con su anzuelo, y estaba pescando como Dios manda.-<br />Desde allí yo miraba la hazaña.-<br />-Tío, no puedo creer lo que veo... ¡sacar peces de esta manera!- <br />Mi tío me miró divertido, con una sonrisa bonachona.<br />      -¡Vas a ver la cantidad que llevaremos, dentro de un rato!-<br />-Pero; ¿Qué van a hacer con tanto pescado?...Pregunté sin conocer cómo harían para aprovechar tanta pesca.<br />-¡Ohh! -suspiró divertido- Primero, convidar a los vecinos, como ellos hacen con nosotros. Apartar algo para comer en casa, y finalmente lo que reste lo conservaremos en sal... Se pone una buena capa de sal gruesa en el fondo de un barril de madera, que usamos para eso; una capa de pescados abiertos y limpios, luego otra capa gruesa de sal, y así hasta que al final, se cierra siempre con abundante sal...<br />Bueno, ahora estaba claro.<br />Seguí observando:<br /> Las orillas donde iban, quedaban regadas de sábalos capturados,  que se retorcían, reflejando como hojas de plata al sol de la tarde. Los dos fijadores tiraban tantos peces afuera del agua, que el juntador no alcanzaba a hacer toda la tarea, y se atrasaba. Los pescados se iban amontonando, y eso, a los otros,  les permitía cada tanto tomarse un respiro,  pero antes de continuar tenían que ayudarlo, y luego volvían a la excepcional captura...<br />Llenaban las bolsas hasta la mitad y las iban cargando al coche, o "carrito" como se lo conocía.  Cargaron al menos  siete u ocho medias bolsas.<br />Al regresar notábamos que el peso era excesivo, si bien no era demasiado lejos el viaje a la casa; pero el piso era de por sí algo blando,  y ahora parecía menos parejo...<br /> Avanzábamos muy lento, y el carruaje parecía quejarse. Apenas habíamos salido, y de golpe hubo un crujido seco, y una rueda trasera se rompió en pedazos. Se desarmaron y se rompieron los rayos, y el carruaje se fue ladeando hasta el suelo de ese lado, mientras nosotros saltábamos, desprevenidos...<br />Quedamos mirándonos unos a otros, y también mirábamos la rueda. Al cabo, se desataron los caballos, y fueron a buscar ayuda a una estancia cercana.<br />Mi tío y yo nos quedamos a esperar el auxilio, que llegó en una hora; un tractor que nos llevó de regreso. <br />La pesca se salvó casi en su totalidad, ya que la trajimos un poco en los caballos, y otro poco en el tractor.<br />.La volanta quedó un par de días en el estero, hasta que le reemplazaron la rueda rota.<br />Rota por el descomunal peso de semejante pesca.<br />Pesca con horquillas, y en tal cantidad, que traíamos bolsas llenas de Sábalos...<br />-¡Cosa de no creer!-  <br /> <br /> <br />*De Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar<br />Avellaneda (Santa Fe), -Texto incluido en "Los días felices"  21 julio 2005 </p> <p>Correo:</p> <p>Cannes: Tierra y rocas en la Valija del Espacio Vital*</p> <p>¿Cuál es el lugar de un pequeño en la ronda de los gigantes económicos?</p> <p>Los 8 más grandes necesitan más espacio vital, pues su población y su velocidad económica supera holgadamente la capacidad de su suelo como para dar nutrientes, minerales, AGUA y nichos contaminables que les permitan seguir creciendo mientras fabrican un celular para ser tirado al año siguiente o un alimento con sustancias nocivas para la salud.</p> <p>En algunos años sabremos qué llevaba la Valija a Cannes. Qué pato para esa boda de 20 entre algunos grandes festejando la entrega de unos chiquitos que quieren ser iguales y otros, como nosotros..., que están dispuestos a seguir el designio de los rendidos sin pelea.</p> <p>Quizá Ghana llevó alguna vez tal Valija y hoy es un depósito de basura electrónica y química de las superpotencias. Un verdadero orgullo (¿???).</p> <p>Hoy la extraña Valija viaja a Cannes y no me pueden pedir que aplauda por lo que le podrán robar a mis nietos. No me pueden pedir que aplauda la entrega de su futuro con, cada vez, más muros que encierran barrios de hiperricos para protegerse de los miserables.</p> <p>Sí, es la Valija de los miserables en oferta para ampliar el espacio vital que pronto considerarán que es de ellos. Cuando alguien se revele y diga ¡Basta! saldrán a decirle al Mundo que los miserables les quieren sacar sus tierras fértiles y sus montañas. Dirán que es una lástima que nuestros hijos y nietos estén sentados sobre sus riquezas.</p> <p>La Valija va sonriente. Las tierras de la Argentina Profunda se abren ante la tentación de ser explotadas, exfoliadas, ensuciadas, aniquiladas en pos de la felicidad de los shoppings de gentes de otras tierras. De otras tierras que enarbolan ser civilizadas luego de haberse matado entre vecinos por 3.000 años y de haber destruído civilizaciones milenarias en ese mismo tiempo, especialmente las nuestras en lo últimos 500 años.</p> <p>La Valija traerá menos que baratijas. El yanaconazgo será poca cosa frente a ese pasado que se reinventa. La Guerra de Zapa será más difícil en ese entonces, pero esperemos que esta vez no sea librada por un Empleado de las Logias de la Civilización de la Barbarie.</p> <p>Se estremece el Alma al enterarme de la felicidad de la Valija que tendrá oportunidad especial de abrir su contenido para entregar la Tierra y el Futuro de nuestros bisnietos.</p> <p>*De Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com<br />- Ingeniero White - Buenos Aires<br />Noviembre 1ero de 2011 - </p> <p>*</p> <p>Inventren Próxima estación: DUDIGNAC.</p> <p> -Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar</p> <p>http://inventren.blogspot.com/</p> <p>InventivaSocial<br />Plaza virtual de escritura</p> <p>Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar<br />-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-<br />Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.</p> <p>http://twitter.com/INVENTIVASOCIAL </p> <p>Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/</p> <p>Edición Mensual de Inventiva.<br />Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por <br />Yahoo, enviar un correo en blanco a: <br />inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar</p> <p>INVENTREN<br />Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.<br />Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a: <br />inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar</p> <p>Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.</p> <p>Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.</p> <p>La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. </p> <p>Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.<br />Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.</p> <p>Respuesta a preguntas frecuentes</p> <p>Que es Inventiva Social ?<br />Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.</p> <p>Cuales son sus contenidos ?<br />Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.</p> <p>Cuales son los ejes de la propuesta?<br />Proponer el intercambio sensible desde la literatura.<br />Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.</p> <p>Es gratuito publicar ?<br />En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. 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El cielo está nublado. Papá ha desaparecido en <br />el aeropuerto. "Seguro que se ha perdido", dijo mamá sin convicción. El <br />único recuerdo que me queda de ella es su adiós ondeando el antiguo pañuelo <br />de encaje heredado de la tía Carmelina.<br />Anuncian el descenso.<br />Soy Humberto. Dieciocho años. Destino: Canadá. Sólo hablo español y <br />desconozco la historia del país. Algo había leído sobre un tal Padre <br />Llorente, quien había tratado de evangelizar a los esquimales en otro siglo. <br />Desde entonces quise ser como él, emularlo y propagar la palabra de Cristo.<br />Me veo pasando por aduana e inmigración; camino por pasillos interminables. <br />Llevo unos carteles de cine bajo la axila y con el otro brazo arrastro la <br />incómoda maleta que tiene una rueda de plástico rota. Desde la pasarela <br />rodante observo en dirección contraria a esa gente tan diferente a la que <br />estoy acostumbrado a ver: dos esquimales sin rostro, enfundados en sus <br />parcas. Los jugadores exageradamente altos de un equipo de básquet se me <br />adelantan apresurados. Un tipo vestido al estilo hip-hop se vuelve y me mira <br />sin demostrar ninguna emoción.</p> <p>Busco la puerta de salida tratando de descifrar las letras rojas y verdes. <br />Me detengo, intento comunicarme, mediante mi inglés elemental, con un <br />individuo de seguridad:</p> <p>- Juear go?</p> <p>El agente, con un rostro que denota estrés, trata de comprender los sonidos <br />que han salido de mi boca, pero, frustrado, se encoge de hombros y <br />finalmente me pregunta:</p> <p>-Where do you want to go?</p> <p>Yo tampoco lo entiendo a él. El agente de seguridad sonríe y con un gesto de <br />superioridad me toma por los hombros y me gira el cuerpo para colocarme en <br />la dirección que debo seguir y me impulsa empujándome levemente con sus <br />manos.<br />La maleta, los carteles y yo nos movemos con dificultad hasta llegar al área <br />de recepción de viajeros. Paso por las grandes puertas automáticas (susurro <br />"ábrete Sésamo", y sonrío); me encuentro con un gentío que saluda a los <br />recién llegados agitando los brazos. Me ilusiono pensando que están allí <br />para recibirme; disfruto el momento y tímidamente les devuelvo el saludo, <br />aunque sé que esperan a los que ahora se me adelantan. Momentáneamente me <br />siento abandonado hasta que tropiezo con un hombre disfrazado de sacerdote: <br />es él; en las manos sujeta una cartulina con mi nombre: Humberto Mozo.</p> <p>Al subir al coche intento sentarme a su lado. Me indica con un gesto brusco <br />que me cambie al asiento trasero. Silencio. Me distraigo mirando por la <br />ventanilla la gris autopista, los túneles que aparecen y desaparecen, muchos <br />semáforos que se encienden y apagan -rojos, verdes, amarillos--. Repetición <br />incesante. Silencio</p> <p>Llegamos a la rue Cul de Sac. Entramos en una casa antigua, que parece <br />vacía, donde falta algo; la siento fría, estéril. El cura carraspea como si <br />fuera a pronunciar un sermón:</p> <p>-Su habitación está tras la segunda puerta a la izquierda. Las comidas <br />corren por su cuenta. Las luces se apagan a las diez, salvo que tenga que <br />estudiar. No se permiten visitas, ni de hombres ni de mujeres. Espero que <br />asista a misa todas las mañanas. Este sillón que ve aquí es mío y el único <br />que se sienta en él soy yo. El tocadiscos es también mío y nadie debe <br />tocarlo. ¿Me explico? Mañana se presentará ante el cónsul y también se <br />matriculará en el Alexander Technical School. Le he conseguido un trabajo en <br />la lavandería para que ayude con el costo de la manutención. Para conseguir <br />que se asimile a la cultura del país sería preferible que no hablara en <br />español. ¿Alguna pregunta?</p> <p>-Sí, ¿quién más vive en esta casa?</p> <p>Incómodo, responde:<br />-En este momento sólo usted. Si esa es la única pregunta que se le ocurre, <br />le recomiendo que se acueste inmediatamente porque le espera un día bastante <br />atareado mañana. Good night.</p> <p>Cierro la puerta y me tiro en la cama que está todavía sin hacer. Noto el <br />pequeño crucifijo que me espía desde la pared. Es evidente mi soledad. Me <br />pongo de pie de un salto. Comienzo a pasearme por la que ahora me parece una <br />celda. Comienzo a medir con mis pasos el tamaño del calabozo: uno... dos... <br />tres...</p> <p>Aburrido, saco del tubo, uno a uno y cuidadosamente, los carteles de cine <br />que he traído conmigo y los aliso con la mano para quitarles las arrugas del <br />viaje. Me interrumpe el fuerte sonido de unos pasos que suben y que <br />finalmente se detienen delante de mi puerta. Me apresuro a recoger los <br />carteles y los escondo debajo de la cama. Los pasos vuelven escaleras abajo. <br />Sigilosamente abro la puerta y logro reconocer a papá, ahora disfrazado de <br />policía, sentado en su sillón escuchando un antiguo y nostálgico bolero. <br />Sobre la mesita hay una copa de licor; en la pared están colocadas unas <br />pantallas de televisión que reproducen mi imagen tal y como estoy <br />observándolo todo desde el pasillo.</p> <p>-Emilio Mozo (Camagüey, Cuba), narrador y poeta. Recibió una maestría en <br />lengua y literatura española de McGill University (Montreal) y completó los <br />requisitos académicos para el doctorado en Middlebury College (Vermont). Fue <br />honrado con el doctorado Honoris Causa en Literatura por la World Academy of <br />Arts and Culture (1987). Como narrador ha publicado: Cuentos para niños <br />traviesos (1994) Discretos aportes (1997) Shakespeare tropical (1998) Los <br />cuentos de Emilio (2009) 13 cuentos de Emilio (2009) y El gato encantado <br />(2010) ; y como poeta: Desde el ojo de la hormiga (1987), En el ala del <br />mosquito (1988), Marginalmente literario (1991), Una como autobiografía <br />espiritual (1993) y Entre el agua y el pan (1996).</p> <p>*Fuente: Aurora Boreal®<br /><a href="http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&amp;view=article&amp;id=1034%3Asueno-324-cub&amp;catid=81%3Apuro-cuento&amp;Itemid=198">http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&amp;view=article&amp;id=1034%3Asueno-324-cub&amp;catid=81%3Apuro-cuento&amp;Itemid=198</a></p> <p> EL BAUL DE "CHIQUIN" CANTONI*</p> <p>*Por Jorge Isaías. <a href="mailto:jisaias46@yahoo.com.ar">jisaias46@yahoo.com.ar</a></p> <p>      La relación de mi padre con Domingo Clérici viene de los años <br />cuarenta, que él solía relacionar con aquella gran inundación, porque la <br />casa estaba cerca de los Dallosta y entró agua por lo menos hasta llegar al <br />metro. En ese tiempo mi padre era mensual, tenía apenas unos meses más de <br />veinte años y se acordaba que entre ellos estaba Francisco Cantoni, a quien <br />todos llamaban "Chiquín", y a quien conocí en la otra casa que tuvo la <br />chacra, mucha más cerca de la estancia de los Vollenweider, inmenso y lejano <br />cuasi palacio de dos plantas que yo veía de lejos, cuando de vez en cuando <br />mi padre me ponía sobre sus hombros para que mirara. Con el tiempo me iba <br />hasta la tranquera del camino a Beravebú y subido a ella atisbaba o <br />pretendía espiar los movimientos de esa casa que para mi constituía un <br />misterio porque me parecía imposible que allí hubiese vivido el hombre que <br />fundó y colonizó el pueblo trayendo el ferrocarril.<br />            En tiempos de mi relato a veces acompañaba a mi padre en sus <br />visitas, a la chacra de Domingo -como el gustaba decir- llevaba la escopeta <br />y me pedía que lo acompañara. El destino había querido que esa nueva <br />construcción estuviera  a tres o cuatro kilómetros del pueblo y se podía ir <br />por el camino mencionado más arriba o cruzando campo como decía la gente del <br />lugar. Allí sí yo me sentía a mis anchas porque cruzando el campo Dallosta <br />podía aparecer una liebre y era casi una fija que mi viejo la matara, pero <br />había algo, un interés superior para que yo me sumara a este remedo de <br />cacería, porque el motivo del viaje era otro. Apenas entrados doscientos <br />metros por ese  campo aparecía la tapera que todavía estaba rodeada por <br />algunos escasos árboles -sauces, creo recordar- y un metro y medio de pared <br />aún en pie. Todo lo demás estaba sembrado. Seguíamos por un campo de <br />alfalfa, y a veces bordeábamos un alambrado cuando había algunos trigales o <br />un maizal orondo, y seguíamos hacia el oeste donde estaba la que llamaba mi <br />padre "casa nueva", cuya primera aproximación visual eran esos grandes <br />árboles, el monte de paraísos, antes las parvas y los chiqueros, el molino <br />tan alto que golpearía con su largo vástago extrayendo el agua que bebería <br />en momentos la caballada antes de ser enviada a pastar a unos de los <br />potreros más lejanos, que todavía guardaban algo de esa alfalfa primorosa y <br />verde con sus jugos refrescantes.<br />            Cuando teníamos la casa encima ya saltarían esas dos hileras de <br />altos sauces que conectaba el patio de la casa con el camino interno que <br />llegaba hasta el camino del cementerio no sin antes tocar el mismísimo <br />galpón de los Milani, que estaban en la otra punta, enfrente de la chacra de <br />los Bivi.<br />            En la casa de Los Clérici vivían don Domingo, su mujer doña <br />María, el sobrino de ésta, el inefable "Pichón" Bucelli y también "Chiquín", <br />que era tratado como si fuera de la familia.<br />            A la altura de lo que llegan mis recuerdos era un hombre muy <br />mayor. Lombardo, como don Juan Dallosta, el vecino. Según  relato de mi <br />padre se vino por el año diez del siglo anterior y se volvió a pelear de <br />voluntario en la primera guerra, y me consta porque "Pichón" me acercó hace <br />poco documentación que así lo certifica.<br />            Como era socialista probó el aceite de ricino del Duce y tuvo <br />que volverse con la idea de traer a su esposa y a sus hijas. Nunca pudo <br />hacerlo. Por razón de su edad se dedicaba a las tareas menores de las <br />chacras, huerta, gallinero, comida y bebida para todos los animales y en <br />época de juntada todavía se cinchaba en la cintura una maleta y arremetía en <br />el maizal por unos pesos más. Le daban casa y comida y un sueldo, y dormía <br />en un pequeño cuarto de la casa donde también guardaban los arneses.<br />            Una pequeña cama de hierro, un colchón de chalas, al sur una <br />ventana con rejas que daba al gallinero y su baúl de inmigrante que dada su <br />altura usaba de mesa de luz, encima de él su pipa, su tabaco marca "suiza" <br />que guardaba en una vieja y despintada lata de té "Tigre" era toda su <br />pertenencia.<br />            En ese baúl que había cruzado dos veces el mar estaba todo lo <br />que tenía en el mundo. Yo nunca vi su contenido, supongo que guardaría ropa, <br />recuerdos personales y algún documento que acreditaba su identidad y el <br />pasaporte en italiano que tuve entre mis manos sesenta años después.<br />            Trabajaba de lunes a sábado y el domingo se lavaba él mismo su <br />ropa de trabajo, y luego del almuerzo enfilaba a pie hasta el bar de don <br />Marcos Markicich que estaba a la  entrada del pueblo y volvía al anochecer, <br />absolutamente borracho.<br />            Muchas veces he pensado en la historia de este país nuestro. <br />Emilio Vollenweider vino de la Suiza milenaria como decía Pedroni y don <br />"Chiquín" Cantoni de la campiña lombarda y fueron vecinos, tal vez nunca se <br />hablaron, tal vez ni siquiera se conocieron. Uno era muy rico y el otro era <br />muy pobre. Pero transformaron este paisaje que era de cardos, de avestruces <br />y venados corriendo, por otro de mares amarillos o verdes debajo de  aquel <br />cielo que cruzaron los últimos pájaros libres y perfectos que nunca <br />regresaron.</p> <p>variedades verdades*</p> <p>*</p> <p>Escucho tus quejas por el vil metal<br />Como una niña con ojos sin parpadeo<br />Muñeca inflable destartalada<br />Por la creencia de ser amada.-</p> <p>*</p> <p>De ahora en más<br />No voy ha pensar en vos<br />Ni me voy a preocupar por tus sentencias<br />Esas que me hacen cobarde<br />Intentaré no ser sumisa en tu presencia<br />Ni ser la sombra de tus deseos.-</p> <p>*</p> <p>No me contamino<br />De tu impaciencia<br />Y no me halagan tus bostezos<br />No me achico ante tu necedad<br />Ni me muero si te vas.-</p> <p>*</p> <p>Las criticas del criticón<br />Se pegan en la piel de la mujer<br />Como lanzas del medioevo<br />Quieren violar la singularidad.-</p> <p>*</p> <p>El proyecto de él<br />No es la aspiración de ella<br />La seguridad de aquel<br />Es peligrosa para ella.-</p> <p>*De Azul. <a href="mailto:azulaki@hotmail.com">azulaki@hotmail.com</a></p> <p>LOS OJOS DE TU MIEDO*</p> <p>Asi es- dijo Sancho­ pero tiene el miedo muchos ojos, y ve las cosas debajo <br />de la tierra, cuanto mas encima del cielo"<br />MIGUEL DE CERVANTES</p> <p>Es necesario, dices. Y has tirado la llave.<br />Es necesario que la puerta permanezca cerrada.<br />Y las ventanas y el corazón y la memoria.<br />La llave es un bumerang.<br />Y gime el alba entre los almendros.<br />Hasta el reflejo en los charcos de atormenta.<br />Tiemblas detrás de los armarios.<br />Te escondes en las catacumbas del lecho<br />Alucinadamente tapas los vidrios con saliva y diarios.<br />Sientes que se estruja el vientre en tus mazmorras.</p> <p>Tu corazón de lagartija muere entre las cuevas.<br />T e queda la lengua vacía y las manos secas.</p> <p>Una cobardía  de vida se escinde bajo tierra.<br />Es necesario abrir los ojos.</p> <p>Y cuando apenas se entreabren las cancelas.<br />Entiendes...<br />Los oscuros monstruos. Esos que tanto temes</p> <p>Son menos peligrosos que tus miedos</p> <p>*De Amelia Arellano.  <a href="mailto:arellano.amelia@yahoo.com.ar">arellano.amelia@yahoo.com.ar</a></p> <p>LA VOZ*</p> <p>*Por Emilse Zorzut. <a href="mailto:zurmy@yahoo.com.ar">zurmy@yahoo.com.ar</a></p> <p>Nadie comprendía el por qué y comenzaron a incorporarlo como el juego de un <br />niño muy imaginativo.  Por eso cuando Ezequiel,  a los cinco años rompió el <br />jarrón de porcelana, reliquia  de  la abuela, y dijo que la voz se lo había <br />ordenado, la reprimenda fue leve.<br />El tiempo comenzó a gotear tal vez demasiado rápido o convertido en un <br />elemento que mezclaba el accionar familiar con lo problemático del afuera  y <br />no permitía reflexionar demasiado  sobre las conductas del  grupo.<br />Ezequiel  construyó  su refugio  protegido por una muralla  que nadie podía <br />atravesar  y menos aún escuchar sus diálogos secretos, situación  que fue <br />favorecida por la complicidad inconsciente de sus padres  cada uno inmerso <br />en su conflictiva personal.<br />Su gran inteligencia le permitió sortear los desafíos estudiantiles aunque <br />su ensimismamiento llamó muchas veces la atención  de sus profesores. En <br />cuanto a su grupo de pertenencia nunca lo tuvo y nadie se preocupó por saber <br />las causas, simplemente lo catalogaron como el "raro".<br />El crecimiento de su cuerpo y su mente también incrementó el volumen de la <br />voz hasta llegar a despertarlo  en plena noche, obligarlo a levantarse y <br />salir a la calle.<br /> La primera vez fue solo ese  mandato: abandonar la cama, atravesar la <br />puerta de salida  y caminar en la oscuridad hasta recibir la  orden de <br />volver.  Tuvo miedo y el silencio del afuera lo envolvió como un manto de <br />peligro pero supo que no podía negarse. Cada sombra se le ocurría un <br />monstruo que podía devorarlo, pero  de todos modos cumplió con el mandato. <br />Ya en su cuarto la voz aprobó su obediencia y autorizó un sueño tranquilo.<br />Así transcurrió su adolescencia, no eran situaciones continuas pero de todos <br />modos siempre estaba en alerta y eso lo sumió en un estado de introversión <br />que lo alejó de sus pares y de los divertimientos propios de esa etapa de la <br />vida.<br />Por supuesto interfirió en el trato con las muchachas de su edad, les huía <br />como a los fantasmas de la noche, una tarea muy ardua debido a que su <br />aspecto físico las atraía y su aura de misterio las llevaba a competir en su <br />conquista, lo que determinaba un acoso permanente.<br />La situación adquirió niveles dramáticos cuando Alcira, la rubia de ojos <br />azules, decidió conquistarlo. Su  interferencia ante cada intento de evasión <br />de él, chocaba con su astucia para evadir el cerco y el goce que ella <br />mostraba ante su éxito  lo aniquilaba.<br />El accionar de la voz se llamó a silencio como una prueba para saber  hasta <br />donde la inventiva de Ezequiel lo llevaba a eludir el acoso y esa situación <br />lo desconcertaba  haciéndolo sentir desamparado.<br />El tiempo del silencio le pareció demasiado largo aunque sólo duró unos días <br />y lo llevó a llegar hasta el  borde del río y preguntar a viva voz:<br />-  ¿Dónde estás ahora que te necesito?<br />Hubo un silencio que le pareció eterno y al final llegó la respuesta.<br />--    No necesitas gritar, estoy en ti.<br />-  ¿Qué hago ahora? Siempre me dices lo que debo hacer.<br />-  Tal vez cometí un gran error al no alentar tu iniciativa, pero creo que <br />no es demasiado tarde. Piensa. ¿Qué crees poder hacer al respecto?<br />          El pánico contrajo el rostro de Ezequiel, un frío insoportable <br />recorrió su espalda mientras su musculatura se tensaba impidiendo todo <br />movimiento.<br />- - No me abandones ahora, por favor, - imploró moviendo sus manos como <br />queriendo asir la otra presencia.<br />- ¿Por qué no aceptas que soy parte de ti? Siempre te resultó más fácil <br />colocarme fuera  que aceptar la responsabilidad  de unirme a tu propio yo. <br />Mi error fue no haberte enfrentado a esa realidad antes y evitar seguir tu <br />juego.<br />  Como si un rayo le hubiera perforado su cerebro su interior se iluminó, <br />también su entorno modificó su aspecto y una fuerza desconocida lo empujó a <br />internarse en el río.<br />- Recuerda, no sabes nadar. - le susurró la voz al oído pero no la escuchó, <br />esta vez siguió adelante  hasta que el abrazo del río unió esas dos partes <br />que siempre habían permanecido separadas.</p> <p>DON PERICO*</p> <p>A Pedro J. Jaunarena Oharriz,<br />nacido en 1885, en Iturren, Navarra</p> <p>a Pedro Tomás Labayan Jaunarena,<br />amigo y notable pepiniano, fallecido</p> <p>Contaba Piri Márquez, en programas de radio y en tiempos en que fue llamado <br />el 'Pajarito Investigador', que su afición a la locución fue por causa de <br />Don Perico, inmigrante español a Pepino, tío y padrino de Pedro Tomás, <br />último dueño y administrador de Laurnaga y Co. En su tiempo, antes de su <br />muerte, el tío navarrés y esposo de Quintina Ramírez, pepiniana, fue el <br />contable. Curiosamente, no separan al uno-ave del Don Perico humano.</p> <p>El mote de pajarito investigador fue homenaje a la cotorra de Don Pedro. <br />Homenaje de Piri, reportero madrugador en la radio. El pueblo dio otro <br />homenaje a Jaunarena Oharriz. Le dio el Don de Perico, como si una cotorra <br />fuese siempre para ser copia del dueño, o un perico siempre una cotorra que <br />acompaña e identifica a quien le enseña groserías. Para investigar las <br />diferencias entre dos entes, Piri les pesquisa a ambos por separado. <br />Descubrió que la cotorra o perico, «lo que haya sido», sólo repite sonidos <br />cuando escucha la radio. Sin embargo, Don Pedro / el Perico / cuando lo <br />azuza la nostalgia de España, el dolor de Pedro Jaunarena, el Manco, esposo <br />de Doña Cleofe, durante aquellos tiempos amargos de 1898 y la violencia <br />campesina en el Pueblo, es cuando más habla, en voz alta y a solas. Don <br />Perico, periquín a escucharle...</p> <p>En realidad, Jaunarena Oharriz fue como todos los vascos y navarrenses en el <br />pueblo entonces: una comunidad cerrada, recelosa, unida entre ellos por los <br />vículos de familias, sus propias cofradías, sus silenciosos y ocultos <br />hábitos, siempre elitilistas y amigos de incongruencias para que resultara <br />difícil el juicio que los objeta, porque, obviamente, no son como otros <br />criollos los desean. Evitaban los nexos con criollos y con el populacho.</p> <p>Don Piri no duda que Jaunarena adora su cotorra. Es más, pasea con ella. Mas <br />cuando tiene la nostalgia de la idiosincracia apaga la radio. Demanda <br />silencio de la cotorra. Y Don Perico se calla porque se calla. En esas <br />horas, dedica algunos pensamientos a los viejos Laurnagas que se regresaron <br />a España; recuerda a los Echeandía Vélez (y los Medina) de Cidral, a los <br />Micheo Irigoyen, Zarratea y Martiarena, la parentela del ex-Alcalde Manuel <br />María Liciaga, que fue gente muy diferente a los emparentados con los Méndez <br />y González.</p> <p>Don Perico, con la simpatía públoca que pueda darle su cotorra, utiliza el <br />recurso como el apoyo que se dio de viejo en el bastón de araguaney, color <br />aceituna, pero siemre va metido en su propio fondo emocional en la historia <br />y tiene un aire cogmatista de Zenón, el Estoico. El no fue conversador. <br />Tenía uan timidez cautelosa y no quería el pleno acercamiento; pero, ahí <br />está Don Perico. O más bien, una avecilla verdigrís Myiopsitta monachus, con <br />su pico amarillo. Será de origen suramericano, del Uruguay tal vez, de donde <br />le vino el bastón de color aceituna.</p> <p>A veces al navarrés, el Pueblo de Pepino se le antoja lleno de distónicos. <br />El afán de poder y justificación religiosa de los controles nos hace <br />camaleónicos, carnavaleros, mentirosos. Seres con una afectación neurológica <br />difusa que asemeja la demencia cuando le hablan a su pájaro. Nadie le <br />pregunta algo profundo, emocional o histórico. Es una cotorra muda del <br />pasado.</p> <p>El no puede ser así. No quiere estos juegos; prefiero ser Zenón el estoico y <br />no hablar poco con el populacho que ha de aportarle poco. No se esforzará en <br />quererse democrático si no lo es. «El que quiera hable con Don Perico. Sí, <br />con el Loro, pero no conmigo», parece que dice.</p> <p>*De Carlos Lopez Dzur.  <a href="mailto:baudelaire1998@yahoo.com">baudelaire1998@yahoo.com</a><br /><a href="http://carloslpezdzurpuertorico.blogspot.com/2011/11/don-perico-cuento-rayos-por-el-celo-de.html">http://carloslpezdzurpuertorico.blogspot.com/2011/11/don-perico-cuento-rayos-por-el-celo-de.html</a></p> <p>Del Por qué Decimos Adiós,<br />Mientras Comemos Bollos de Pan con Miel*</p> <p>Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,<br />Y muestra unos tiernos brotes blanquizcos<br />Como gusanillos cubiertos de tierra...<br />Con sus primeras hojas verdosas,<br />Endulza el día<br />Entre cristales con tu recuerdo.</p> <p>Tu corazón echa raíces de perejil,<br />E inunda las noches<br />Con el aroma de tu mirada,<br />Para que los antiguos dioses<br />De la Gran Aztlán<br />Cobijen con fuego<br />La ternura de la piel de la Luna.</p> <p>Tu corazón echa raíces de perejil<br />En una maceta que es su mundo:<br />Yo intento explicarle<br />Que hay más tierra<br />Que la de aquella maceta,<br />Que el Sol no se pierde<br />Cuando se aleja de la ventana,<br />Que si en un libro sobre la mesa<br />Mira la palabra "comunismo",<br />No se espante<br />Si la tierra bajo sus raicitas<br />Se levanta de puro gusto...</p> <p>Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,<br />Y es difícil quitarlo<br />Porque cuando me acerco y lo intento,<br />El mío pretende imitarlo.</p> <p>*de hugo ivan cruz-rosas. <a href="mailto:quetzal.hi@gmail.com">quetzal.hi@gmail.com</a></p> <p>EN EL CENTRO DEL MIEDO*</p> <p>Sabes amor, creo que ha llegado el olvido<br />Trae  su carro cargado de estiletes.<br />No me muevo ni muestro el centro  de mi miedo<br />Arden los leños,  el ojo piensa y la espalda descansa.</p> <p>Ninguna golondrina  ha de regresar a su nido.<br />Se aleja la rivera y el camaleón se acerca<br />Y alguien me musita que es el alba y aun aúllan mastines<br />Las hojas lloran, renacidas ante el desvelo de palomas.<br />Tengo sed. Solo eso y de ello vivo.</p> <p>Hay un llanto gastado y tiene sus luces apagadas.<br />Y la lluvia  agoniza en las líneas de tus ausentes manos.<br />La abeja aun no dice en que orilla  está el néctar y donde la cicuta.<br />Nadie me ha enseñado cual  es el horizonte  de tu olvido<br />Tengo la forma que me han dado sus manos.<br />Y el cántaro esquiva la fuente y el dintel.<br />Y crece la pena y renueva el latido.<br />Temblorosa, se enciende la latitud del viento.<br />Y soy lapida y floresta. Y fabula de arena.</p> <p>Y otra vez la insistencia de sal en la garganta.<br />Países tan azules y pliegues en la almohada.<br />Y tus olores  y tus silencios y tus vahos.</p> <p>Sabes amor, creo que ha partido el olvido.<br />Abro los brazos y en el centro del miedo, te cobijo.</p> <p>*De Amelia Arellano.  <a href="mailto:arellano.amelia@yahoo.com.ar">arellano.amelia@yahoo.com.ar</a></p> <p>Sín título*</p> <p>Una vez por año, y en bandadas de a dieciocho, las golondrinas migran, <br />cambian de lugar.</p> <p>Se mudan, sin más que sus compañeras y sus alas, en busca de cielos más <br />cálidos.</p> <p>Los colibríes nunca dejan de batir las alas, éstas son tan pequeñas que <br />necesitan estar en constante movimiento para poder sostener a su portador.<br />Al quemar tanta energía, los colibríes no pueden pasar más de diez segundos <br />sin ingerir néctar. Necesitan alimentarse constantemente para poder <br />sostenerse.</p> <p>Un día, se derritió un glaciar. El agua que lo constituía se evaporó para <br />después precipitar, obstinada en su helada naturaleza, en forma de nieve.<br />Ese día, las golondrinas habían decidido desviar para probar ese nuevo cielo <br />que habían descubierto.</p> <p>Una noche, se taló una flor, que no pudo llorar su néctar.<br />Esa noche, un colibrí había decidido desviar para probar esa nueva flor que <br />había descubierto.</p> <p>Cuando las golondrinas descubrieron que ese cielo no tenía calor, volaron lo <br />más rápido que pudieron hacia otro que sí lo tuviera. Tardaron un año.</p> <p>Cuando el colibrí descubrió que esa flor no tenía néctar, voló lo más rápido <br />que pudo hacia otra que sí lo tuviera. Tardó doce segundos.</p> <p>Para cuando llegaron, las alas ya no se movían.</p> <p>Contando las de la flor y la del glaciar, veintiún vidas y un millón.</p> <p>*Virginia Agretti. <a href="mailto:virginia.agretti@gmail.com">virginia.agretti@gmail.com</a><br />Santa Fe</p> <p>¿Qué es el libro electrónico?</p> <p>*Por Carlos Enrique Cartolano. <a href="mailto:cecartolano@hotmail.com">cecartolano@hotmail.com</a></p> <p>Se habla mucho de esta modalidad editorial, aunque poco es lo que se sabe. A <br />continuación, tratamos de explicar el fenómeno filosófico-literario, así <br />como intentamos revelar la identidad de nuevos editores o comerciantes.</p> <p>¿La revolución está aquí..?</p> <p>En 2010 la venta mundial de aparatos de lectura digital llegó a los once <br />millones de unidades. Pero como los programas para lectura digital son de <br />libre disposición y funcionan en soportes universales, a aquellos once <br />millones ha de agregarse el parque de computadoras personales de escritorio <br />o portátiles cada vez más pequeñas (sólo en nuestro país unos 8,5 millones <br />de las primeras y unos 3,3 de las segundas). Me dicen, además, que este <br />informe no considera las más recientes y pequeñísimas netbooks.<br />Y -agregamos- debe pensarse en las ventas del año en curso que -suponen los <br />especialistas- triplicarían las del año anterior. ¿Cómo leeremos en el <br />futuro? ¿Cómo estamos leyendo ya?   Las oportunidades hacen al cambio.</p> <p>Primer síntoma de cambio:</p> <p>Decididamente hemos ingresado en la edad de la textualidad electrónica.<br />Serán más cada vez los libros electrónicos que lleguen a las ferias <br />editoriales reclamando consumidores. Digitalidad cultural creciente hasta lo <br />difícilmente imaginable. Esto es lo que pronostica Roger Chartier en su <br />estudio sobre Lenguas y lecturas en el mundo digital, recordando un cuento <br />de Borges (El Congreso) que califica como anticipatorio, y en el cual el <br />personaje ha de optar por un idioma que sea digno del congreso del mundo.<br />Para Alejandro Ferri, punto de vista en primera persona, personaje que <br />conlleva la frustración en soledad y la sabiduría de Borges, pero al mismo <br />tiempo la tan característica musculación intelectual del autor de El Libro <br />de Arena, existen varias opciones. Una alternativa es una lengua universal <br />como el esperanto; otra, el latín, idioma que llegó a ser común en la <br />antigüedad, y cuyo imperio podría reponerse. Otra opción es un lenguaje <br />formal -como el de John Wilkins- que promete perfecta correspondencia entre <br />las palabras y las categorías, especies y elementos. Porque la definición de <br />cada palabra está en las letras que la forman, y por eso ese idioma <br />analítico portaría el diccionario en su hablar corriente. Y sostiene <br />Chartier que esa lengua común, que hoy remeda al latín, es el inglés, que <br />remite al mercado de bases de datos numéricos, a los sitios web o de <br />producción y difusión de la información. Pero, a su vez, en lo que se <br />refiere a la jerga de los sistemas de computación, verdadero afluente del <br />inglés, estaríamos ya en presencia de un lenguaje universal como el <br />esperanto. Podría pensarse -dice Chartier- que ese predominio del inglés es <br />antesala de la destrucción lingüística mutiladora de las diversidades. Y <br />puede ser, si nos atenemos a una visión pesimista. Aunque será preferible la <br />prudencia; aguardar a que el futuro continúe sorprendiéndonos. Porque <br />además, el texto electrónico reintroduce en la escritura algo de las lenguas <br />formales que buscaban ese lenguaje simbólico capaz de representar<br />adecuadamente los procedimientos del pensamiento. Aquí está la invención de <br />símbolos, tales como los emoticones o emoticons, que utilizan <br />pictográficamente caracteres linguísticos del teclado.</p> <p>Segundo síntoma:</p> <p>En un artículo publicado por Michel Levin en el New York Times, en enero de <br />2009, se anunciaba sin previa anestesia la muerte de las editoras <br />tradicionales. Levin, autor de más de 60 libros, algunos de ellos best <br />sellers, anticipaba casi tres años atrás lo que pareciera que aún hoy no se <br />admite. Decía textualmente: Hace algunas semanas murió la industria <br />editorial. La debacle económica fue el meteorito que golpeó al dinosaurio en <br />la mismísima frente. La única sorpresa fue que las editoriales tradicionales<br />duraran tanto (.)  El ramo que comenzó con editores que amaban los libros y <br />publicaban lo que ellos querían está desapareciendo, víctima de su <br />incapacidad para encontrar una razón de ser en el mundo de Internet y de la <br />impresión según demanda. Y agrega: víctima de su propia arrogancia y de <br />prácticas comerciales insensatas. Se han dicho aquí dos cosas: Internet, <br />concepto por el cual inmediatamente pensamos en los blogs de escritores, en <br />las nuevas revistas literarias virtuales, en escritores que participan de <br />grupos de afinidad en Facebook y en la febril actividad de foros <br />específicos, entre otras cuestiones bien concretas. Y se ha dicho también <br />Impresión según demanda, que alude a ediciones que cuentan con tantos <br />ejemplares en papel como  pedidos remotos se hayan formulado a través de la <br />red, y donde las editoras operan como distribuidoras virtuales que disponen <br />de un botón electrónico que permite producir libros uno por uno. Y agrega <br />Levin que las grandes empresas de la edición subsistirán como entes modestos <br />y menoscabados, pero nunca gozarán de la importancia que tuvieron. Téngase<br />presente que cuando Levin publicó este artículo aún no comenzaba el auge del <br />e-book o libro electrónico, y la única alternativa parecía ser para el autor <br />la autoedición, de la que bastante sabemos los argentinos. Y no siempre <br />sabemos con buen humor. Aquí arribamos al tercer síntoma:</p> <p>Tercero: ¡en Estados Unidos se venden YA más libros electrónicos que <br />impresos!</p> <p>Este es un artículo de Alexandria Library de Miami, distribuido en enero de <br />2011, casi, casi, un año atrás. En él se sostiene que mientras empresas como <br />Amazon, Apple y Barnes &amp; Noble prosperan debido a su mercado de e-Books, <br />editoras y librerías tradicionales de libros impresos se declaran en<br />bancarrota o buscan desesperadamente compradores que les ayuden a mantenerse <br />por encima del nivel del agua, mientras cada vez más lectores cambian su <br />favor hacia los libros electrónicos. E imaginaba que en los años venideros <br />los aparatos para leer e-Books (e-readers), tales como Kindle, Nook e iPad<br />resultarán omnipresentes, tal como sucedió antes con los teléfonos <br />celulares. Librerías como Alexandria, no ya editoriales -quede claro- <br />ofrecen a los autores convertir sus libros a los principales formatos<br />digitales: PDF, ePub y MOBI, colocándolos después en Amazon, Apple <br />Bookstore, Barnes &amp; Noble, Google, Kobo y Diesel, entre muchísimas más. Este <br />sistema de publicación tiene tres aspectos notables. En primer lugar, la <br />edición es prácticamente automática porque depende de una serie de <br />operaciones lógicas que parten del original en medio magnético provisto por <br />el autor. El segundo, más notable aún, es la distribución, que resulta <br />aséptica, y que en pocas horas pone el libro en la vidriera de cientos de<br />librerías virtuales de todo el mundo a las que se accede a través de la red. <br />Y finalmente, el aspecto de los recursos económicos: el autor no paga <br />absolutamente nada, y recibe una participación del 50% sobre el precio de <br />tapa deducidos los costos de edición (mínimos según queda dicho). Como si <br />todo esto fuera poco, el lector cuenta con una ventaja adicional: el libro <br />electrónico le cuesta la mitad del precio de volúmenes convencionales.</p> <p>Tal el camino por el cual se editaron los libros que presento este año en la <br />Feria del Libro de Mar del Plata, que pueden adquirirse a través de <br />Internet. En algunos casos con varios clicks; en otros con sólo un click.</p> <p>¿Y cómo han reaccionado las ferias editoriales europeas ante la imposición <br />del libro electrónico? Hablamos de las que mayor influencia tienen sobre <br />nuestro país. Liber 2011, la feria del libro de Madrid, incorporó en 2011 la <br />nueva sección Liber Digital, un espacio expositivo destinado a las empresas <br />especializadas en el entorno digital. En él se incluyó el Corner Digital, <br />donde diferentes empresas ofrecieron presentaciones de productos y <br />servicios. Pero es la Feria del libro de Francfort, considerada primera en <br />el mundo, la que amenaza con el liderazgo digital. Ha presentado este año la<br />novedad de Google, el sistema online de eBooks, que permite al usuario <br />comprar contenidos y visualizarlos en cualquier terminal incluyendo iPhones <br />o iPads de su competidor Apple. A través de esta novedad, la biblioteca <br />personal no está atada a un aparato y por lo tanto no puede perderse u <br />olvidarse. Por ésta y otras novedades, la Feria de Francfort aumentó casi un <br />50% la superficie destinada a presentaciones digitales, hasta los 1449 <br />metros cuadrados. El núcleo de esta tendencia digital es la serie de <br />conferencias de expertos en el sector conocidas como Sparks (chispas) y que <br />este año lleva por título nada menos que: ¿Cómo se contarán historias en el <br />futuro?</p> <p>Última grajea del día: Mondadori, Planeta y Alfaguara han sellado una <br />alianza estratégica, e instalan una plataforma digital conjunta para <br />contrarrestar los avances de Google en la edición electrónica... ¿Increíble, <br />no?</p> <p>Oferta de mis libros electrónicos:<br />Tierra Regada<br />Cuerdas - El piquete y otros poemas<br />Avisos y señales - Poemas del amor que vence a la muerte</p> <p>Para obtener cualquiera de los libros en Amazon, ingresando al blog del <br />autor: <a href="http://latrampadearena.blogspot.com">http://latrampadearena.blogspot.com</a> y seleccionando la tapa del libro <br />sobre margen derecho.<br />O a través de la editorial eMOOBY:<br /><a href="http://www.emooby.com">http://www.emooby.com</a><br />O también, consultando en Google.com por el nombre completo del autor, y <br />accediendo a más de cien librerías virtuales.</p> <p>ESTACIÓN DE LAS MADRESELVAS ESCONDIDAS*</p> <p>Un banco de la Estación , sostiene la pausa y la mujer.<br />La sustenta como el amor sostiene al tiempo.<br />Una maleta llena de incertidumbres.<br />Y un hueco de ausencia redondo como el mundo</p> <p>El tren se acerca ¿o se aleja? Es una boa de plata.<br />La mujer se pregunta si la cola de la boa está roja por el llanto.<br />Arranca sus raíces y le duelen hasta las huellas de sus pasos.<br />Levita en una butaca con olor a distancia.</p> <p>El tren   desarraiga su sollozo  en aceros solitarios.<br />La mujer se deja mecer suavemente.<br />En sus sueños, aparece su madre.<br />Cuando despierta siente en su boca un sabor lejano.<br />Leche dulce de madreselvas blancas.</p> <p>El tren llega a destino. No sabe si va o viene.<br />La mujer comprende que partir es llegar.<br />Y el tren arraiga entre maternos pechos.<br />Madreselvas de escondidos aceros.<br />La sustentan como el amor sostiene el tiempo.</p> <p>*De Amelia Arellano.  <a href="mailto:arellano.amelia@yahoo.com.ar">arellano.amelia@yahoo.com.ar</a></p> <p>*</p> <p>Inventren Próxima estación: DUDIGNAC.</p> <p> -Colaboraciones a <a href="mailto:inventivasocial@yahoo.com.ar">inventivasocial@yahoo.com.ar</a></p> <p><a href="http://inventren.blogspot.com/">http://inventren.blogspot.com/</a></p> <p>InventivaSocial<br />Plaza virtual de escritura</p> <p>Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar<br />-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-<br />Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.</p> <p><a href="http://twitter.com/INVENTIVASOCIAL">http://twitter.com/INVENTIVASOCIAL</a><br /><a href="http://www.facebook.com/pages/INVENTIVA-SOCIAL/237903459602075">http://www.facebook.com/pages/INVENTIVA-SOCIAL/237903459602075</a></p> <p>Blog: <a href="http://inventivasocial.blogspot.com/">http://inventivasocial.blogspot.com/</a></p> <p>Edición Mensual de Inventiva.<br />Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por<br />Yahoo, enviar un correo en blanco a:<br /><a href="mailto:inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar">inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar</a></p> <p>INVENTREN<br />Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.<br />Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:<br /><a href="mailto:inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar">inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar</a></p> <p>Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la <br />libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada <br />escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se <br />editan bajo ejes temáticos creados por el editor.</p> <p>Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación <br />en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor <br />emitidos.</p> <p>La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada <br />obra queda a cargo de cada autor.</p> <p>Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias <br />que cada colaborador desea compartir.<br />Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras <br />recibidas.</p> <p>Respuesta a preguntas frecuentes</p> <p>Que es Inventiva Social ?<br />Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.</p> <p>Cuales son sus contenidos ?<br />Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y <br />noticias que se publican en los medios de comunicación.</p> <p>Cuales son los ejes de la propuesta?<br />Proponer el intercambio sensible desde la literatura.<br />Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.</p> <p>Es gratuito publicar ?<br />En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. 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