ESTACIÓN J.R.R. TOLKIEN
INVENTREN
Viaje literario por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar
Próxima estación: Marcelo Tinelli (ex FRANCISCO AYERZA)
Enviar colaboraciones a: inventivasocial@yahoo.com.ar
LÁGRIMAS DE NANA*
Se aniquiló la fértil rebeldía
para saquear por fuerza las raíces;
aún inmaduro al tiempo de cosecha,
de sangre y savia el alba sucedía.
Se permutó de casa y de almohada,
se disfrazó vilmente la fachada,
mas las simientes nunca despegaron
de la primera entraña del amor.
Allí habitaban sueños y principios,
había un camino, ideas, ilusiones,
cerebro, brazos, juventud, abrazos,
una poesía, un pájaro, una flor.
Mientras reinaba tu estrella de utopías,
dulce semilla, la vida te gestó;
tras la primicia, hubo lágrimas y risas,
hubo proyectos y el vientre se anidó.
No sé si fue de noche,
no sé si fue de día,
si debajo del lienzo
lo mismo me advertías.
Yo estaba progresando
y la panza crecía
protectora, caliente,
preñada de alegría.
Hubo violencia, gritos,
hubo fuego, locura,
miedos, complicidades,
vértigo, desmesura...
Tus manos me abrazaban
como alas de ternura,
tu arrullo me impedía
sufrir con la tortura.
Busco detrás de aquel gastado espejo
negados trozos de una verdad dormida,
grito impotente mi identidad perdida,
duende furtivo golpeándome el aliento.
Sueño encastrar las piezas escondidas
entre vaivenes que aturden mis sentidos,
armar el mapa de mi fisonomía,
rompecabezas que pasa inadvertido.
Es tan urgente contar con una historia
para elegir la ruta y un destino,
saber quién soy, rescatar la memoria,
voltear el rumbo, al fin sentirme vivo.
Hay que enfrentar la muerte enmascarada,
alguien me busca aguzando la mirada,
brinda sus manos, perfuma la esperanza,
pañuelo blanco con lágrimas de nana...
No sé si fue de noche,
no sé si fue de día,
si debajo del lienzo
lo mismo me advertías.
Yo estaba progresando
y la panza crecía
protectora, caliente,
preñada de alegría.
Hubo violencia, gritos,
hubo fuego y locura,
miedos, complicidades,
vértigo, desmesura.
Mas perdió la mentira
pues intuyo que adentro
sigue intacta la sangre
a pesar del encierro.
Porque el amor persiste,
a pesar del entierro
y la verdad florece
bajo el peso del tiempo.
Letra: Marta S. Pizzo
Música: E. Mabel Escribal
Poema musicalizado, dedicado a las Abuelas y Madres de Plaza de Mayo,
a los chicos recuperados y a los que aún falta encontrar.
*de Marta S. Pizzo mipalabrahoy@yahoo.com.ar
Todo lo que podemos decidir es qué haremos con el tiempo que nos dieron.
Gandalf a Frodo
BOLETOS*
No nombraré la ciudad porque la ciudad es múltiple, y porque lo que allí sucede, bien puede suceder a diario en otra ciudad, en otro país. Acaso cambien los nombres, los rostros, los objetos.
Yo, turista en todas partes, eterno extranjero, pertinaz inhabitante, venía caminando hacia la estación, con mi maleta medio vacía (maleta de nómada incurable, brevísimo catálogo de recuerdos y ausencias, inútil equipaje), y un creciente cansancio que se iba acentuando a medida que mis pies cruzaban más fronteras, a medida que mi pasaporte acumulaba sellos. Puesto que aún faltaba más de una hora para la salida de mi tren, tomé asiento en una terraza sombreada.
Enfrente, al sol, había varios niños jugando. Niños pobres, harapientos, de los que abundan en los alrededores de casi todas las estaciones del Sur. Cuando pasaba alguien con traje, o con aspecto de turista, uno de ellos se separaba del grupo y se acercaba al desconocido, ofreciéndole un billete de lotería. El timo es antiguo. Se trata de billetes viejos, sin premio, que los chicos recogen del suelo o de las papeleras y planchan lo mejor que pueden para darles apariencia de nuevos. A veces, algún despistado compra un billete, pero generalmente hay gritos y amenazas, y a menudo, los chicos tienen que salir corriendo para no caer en manos de la policía.
No muy lejos de allí, las máquinas excavaban lo que muy probablemente se convertiría con el tiempo en un centro comercial o un edificio de oficinas. Quizá a causa del monótono ruido de las excavadoras, me amodorré un poco.
Una voz suave me despertó.
- Señor...
Cuando levanté la vista, una chiquilla morena, con dos trenzas medio deshechas y una mancha oscura en la mejilla, me ofrecía uno de aquellos billetes.
Mi primer impulso fue echarme a reír y despedir a la mocosa con unos céntimos o con la amenaza de la policía, que es el remedio habitual en estos casos, pero algo en su mirada me impedía hacer una cosa así.
- El número es lindo -dijo, tratando de vencer mi indecisión con esas simples palabras.
Entonces la miré con más detenimiento. Sus ojos no eran los de una niñita suplicante, no eran ojos mendicantes, ni ojos víctimas; tampoco eran los ojos pícaros de quien está estafando a un turista crédulo; aquéllos eran los ojos firmes y tranquilos de alguien que sólo pide lo que por derecho le corresponde.
No lo dudé un instante. Conté algunas monedas y puse en su mano el dinero que costaba el billete. Ella me dio las gracias, sonrió dulcemente y regresó junto a sus amigos. Mientras la miraba alejarse correteando alegremente, guarde el papelito en mi cartera, junto a la fotografía de Mariela.
Miré el reloj. Había que irse. Mi tren estaba a punto de llegar.
Sé que es innecesario contar lo que sigue, decir que aquel fue el primero de una larga colección de boletos caducados, que hubo en mi camino otras muchas estaciones, otros niños y otras excusas, que en cada lugar que visité fui atesorando con avidez los boletos que aquellos niños famélicos me ofrecían, siempre ante la atenta y burlona mirada de los testigos, ciegos, incapaces de percibir que todos y cada uno de aquellos papelitos medio arrugados tenían un premio mucho más valioso que el que indicaban los números impresos.
Durante años he llevado conmigo ese primer boleto, prueba irrefutable de que la escena anteriormente narrada no fue un sueño. A veces, contemplo la cifra, ("-El número es lindo") como si en ella pudiera leerse algo que no fuese una sucesión más o menos armoniosa de dígitos. A veces, contemplo la cifra como esperando que esos signos revelen algo que en realidad no necesita ser revelado.
*Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://al-andar.blogspot.com
*
—Puedo ordenarle al espejo que revele muchas cosas —respondió ella— y a algunos puedo mostrarles lo que desean ver. Pero el espejo muestra también cosas que no se le piden y éstas son a menudo más extrañas y más provechosas que aquellas que deseamos ver. Lo que verás, si dejas en libertad al espejo, no puedo decirlo. Pues muestra cosas que fueron y cosas que son y cosas que quizá serán. Pero lo que ve, ni siquiera el más sabio puede decirlo. ¿Deseas mirar?
*Galadriel a Frodo
La rueda del ferrocarril*
Un día, medio en el otoño de mil novecientos noventa y cuatro, apenas apoyó la copita, don Vicente Petraglia preguntó si alguno se acordaba de cuándo había funcionado por última vez el telégrafo de la estación. Lo habían estado esperando por otra cosa; así que informó: "Ahí quedaron los de la cuadrilla, levantando las últimas vías". El vasco calculó que por lo menos treinta años, lo del telégrafo. Era difícil escuchar, por el ruido de la terminal de ómnibus, aunque el barcito estuviera casi al fondo de una de las galerías, entre los negocios. Pero don Vicente habló clarito: "Bueno, recién volvió a funcionar".
"Lo sentí desde mi oficina -siguió, mientras juntaba los papeles-. Vos sabés cómo es eso, Berardo. Punto, tac, raya, toc. El ruido y uno empieza a leer." Le hablaba a Berardo, que había sido telegrafista, pero todos sabían. "Estaban pidiendo entrada. Punto, raya. Pero como si pidieran ayuda. Entrada a cualquier lugar."
Mil novecientos noventa y cuatro. En el televisor del barcito repetían otra vez la inauguración del último tramo del ramal ferroviario Rosario-Puerto Belgrano. Los de la mesa se lo habían pasado todo el día mirando. Menos don Vicente, que venía de la estación. Como todas las noches. "Eso más que un ramal, es un ramalazo", dijo por quinta vez el rengo Testa. "Del alma", o "en el alma", murmuró Petraglia. Siguió: "Le di entrada. Punto/raya. Me temblaba la mano. Me pareció que sonaba todo de vuelta: que se abría la ventanilla de los boletos, que aparecía el viajante de la Bols, como siempre, primero, y atrás la cola. Los cadetes que se iban los domingos a la noche, el lunes en que los sobrinos de éste se fueron a Buenos Aires, por ejemplo. Y vos, Berardo, en la maquinita, meta contestar". De todos, el más duro fue siempre Ferrucci: "Primero que todavía tenés puesta la gorra. Segundo, que si empezás para atrás no llegamos nunca". Pero Petraglia nunca cuenta una sola cosa a la vez. Se distrae.
"Entonces, te la clavo en un día justo", cortó. Se metió la mano en el bolsillo y la dejo ahí, olvidada. La derecha. Con la izquierda, sacó del bolsillo una libreta. "Noche del 18 al 19 de diciembre de 1988. Ahí se los dije. Fue a esta hora porque ya había pasado el rápido y estábamos todos acá. Bueno, en Las Violetas, que era acá. Estaba el de La Costera, la única línea de ómnibus que venía." Algo no se escuchó porque en eso pararon tres micros y arrancaron tres, se oía, y el bolichito empezó a llenarse de gente con sombrero y máquinas de fotos y encima llegaba el ruidaje del quiosquito donde venden recuerdos del Salado: postales, pejerrey en polvo de la zona; latitas con las tocas del río. Don Vicente estaba insistiendo: "Fue esa noche". Señalaba la pantalla: unos hombres de casco parecían desfilar por las vías; atrás, por allá, en un palco, al lado del Presidente de la República, el Obispo bendecía. Había estado en el pueblo, el Obispo, una vez. "Esa noche el presidente de los Ferrocarriles Argentinos estaba con la rubia del programa de economía. Ahí anunció que se largaba la licitación, entre empresas privadas, para el ramal Rosario-Puerto Belgrano. Ahora inauguran. Van cumpliendo." Antes de irse al baño el telegrafista dijo: "Es cierto. Era por Navidad". En eso entró Casares, que era capataz de cuadrilla. Por un rato, no miraron la tevé. Casares: "Ya está, jefe. Todos los fierros acomodados en el galpón de las máquinas. Apretados." "Cerraste." El jefe Petraglia nunca preguntaba. "Los muchachos", dijo Casares y lo agarró de un hombro a Petraglia, fuerte, suave. "Y vos -lo miró el jefe-, que naciste en ese galpón." Casares dijo que no. "Pero lo mismo. Ahí me bauticé."
"De fuego", agregó al rato. Se quedaron mirando al telegrafista, que volvía derecho a don Vicente: "¿Y? -jadeaba- ¿Lo del telégrafo?". Petraglia seguía mirando a Casares: "¿Te acordás? Eras así. Te trajo tu padre. Enseguida te subiste a la 1425, la Loca. Estaban calentándola. ¿Te acordás, Casares?".
"Como animales a leña -dijo Casares-. Bramaban."
Fue como si todos se fueran un rato. Después, Petraglia se pasó la mano por los ojos; se secaba con un dedo el ojo izquierdo. Lo mirábamos. "Nada", dijo. Fue como si dijera que ahí adentro nadaba algo.
Cuando volvió le habló al telegrafista.
"Mirá, Berardo, vos me enseñaste. Entré en la línea. Transmití; aquí -Pila-punto-raya." Tocaba la mesa con la izquierda y seguía con la otra mano en el bolsillo. "Ahí contestaron". Hubo, en la mesa, el silencio que él había tenido allá en la estación. "Aquí Quemú-Quemú", contestaron. "Punto, raya. Todavía le hice un chiste: Aquí-Pila-Provincia-de-Buenos-Aires. Trasmita-Quemú-Quemú-La Pampa. ¿Se acuerdan de esas cargadas, rivalidades de provincia? No tuvo tiempo de prenderse. Miren, se sentía la distancia, por los alambres."
Iba por la tercera ginebra. Don Vicente, que no tomaba. "Aquel día, hace seis años, el presidente de los Ferrocarriles Argentinos anunció lo de la licitación y la rubia del programa le preguntó por los otros ramales". Berardo se acordó en su lenguaje: "Ramales antieconómicos se levantan. Cierran pueblos. Van telegramas". También El Vasco se acordaba: "Es cierto, lo dijo. Y yo todavía dije si no sería más barato dragar para dar salida al puerto de Rosario. Pensaba en los de allá. Vos no quisiste hablar de política". Don Vicente Petraglia corrió la gorra de jefe a un lado: "No -dijo-, pensaba en esto, en nosotros, en este día. En mis hijos, que iban a tener que ir para aquel lado. Como si pusieran otra General Paz pero más acá". Lo pararon, por lo del telégrafo, que había sonado después de treinta años.
"Nada -contó-. El de Quemú-Quemú decía que cerraba la estación. Que era el último, allá lejos, del otro lado de los hilos, y que ya se le había ido la mujer y que ya veía que se le estaba escapando el caballo".
"Llovería, allá", dijo el Vasco. "No sé -dijo el jefe de la estación-. Pero antes de que la línea quedara muerta le alcancé a decir que se llevara el encerado."
Esto, señor, pasó en el otoño de mil novecientos noventa y cuatro. Ese día, antes que todos se fueran para el Hotel ferroviario, Petraglia puso esa foto en la mesa; la sacó del bolsillo, por fin, "la tenía en el cajón", dijo. Era la foto de un hombre de antes, con una firma, dedicada a don Miguel, al padre de don Vicente, que también fue ferroviario. El nombre del de la foto me quedó, pero no pude preguntar. Porque ese año me vine, entré de mozo en la compañía. ¿Otro whisky? Lo vi con libros y le pregunto: "¿Quién era ese Escalabrini Ortiz, o algo así?"
¿Vio qué serenito? A doscientos cincuenta por hora a Bahía Blanca y los vasos no tiemblan ni en la barra.
*de Miguel Briante.
AL MAR Y OTROS CUENTOS. Editorial Sudamericana. Buenos Aires. 2003
*
Así suele ocurrir, Sam, cuando las cosas están en peligro: alguien tiene que renunciar a ellas, perderlas, para que otros las conserven.
*Frodo a Sam
Tren*
No es que me pase lo mismo cada vez que veo un tren. Pero a veces ocurre. Y sobre todo si es de noche y el tren viene de frente. Entonces, mientras la distancia se acorta y la luz se agranda, un resorte se me dispara en la memoria e, inmovilizado, espero que esa cosa poderosa me devore.
Realmente tengo que esforzarme para tomar conciencia de que estoy parado a un costado de las vías -sobre un terraplén, en un paso a nivel, frente a la boca de un túnel- y que el tren seguirá fiel al mandato de los rieles y pasará de largo sin tocarme.
El recuerdo del primer tren arrojándose sobre mí llega desde muy lejos, tanto que a veces me cuesta aceptar que es mío y que no me ha sido relatado por otra persona. Yo tendría siete, tal vez ocho años, y estábamos con mi padre en el andén de la estación de Fondotoce, a unos pocos kilómetros de Intra, nuestro pueblo. Nos dirigíamos a la región del Veneto, donde vivían mis abuelos. Probablemente era nuestro primer viaje después de terminada la guerra. Sé que estaba anocheciendo, que el tren surgió de golpe, sin que nada lo anunciara, y entró en la estación con tal estruendo que me paralizó. Sé que cuando me recobré hice un comentario asombrado y mi padre sonrió y dijo algo que no podré recuperar.
Ésa es la imagen. El ojo de un cíclope -fuerza y furia- abalanzándose desde las sombras y un chico paralizado.
Volví a esa estación de fondotoce cuarenta años después de nuestra partida a América y habiendo cumplido ya los cincuenta y dos. Había llegado a Intra un par de semanas antes, cruzando el lago en un trasbordador y ahora me iba allí en tren. Durante esos días no hice otra cosa que caminar arriba y abajo por las calles del pueblo, por las orillas del lago y los dos ríos, buscando algo que ya no podía estar. Me iba sin llevarme más que desencanto y quizás algunas advertencias para ser analizadas después, cuando decantaran en mí, cuando de nuevo los trenes y los aviones me hubieran llevado lejos.
Lloviznaba de a ratos sobre la estación entre montañas, había mucho color de óxido alrededor y pájaros moviéndose entre las ramas de los arbustos. Oscurecía. Éramos apenas cinco o seis viajeros esperando. Yo caminaba de un extremo al otro del andén, buscaba a través de la niebla que se espesaba la cima del Monte Rosso, el cerro que dominaba mi pueblo. Descubrí que llegando a la estación, del lado de donde vendría mi tren, las vías hacían una curva y había además una ladera rocosa que se interponía e impedía ver más allá. Entonces volvió aquel anochecer de mi niñez y me vi parado ahí con mi padre, junto a una valija. Mi padre que tenía, en el recuerdo, veinte años menos que yo en ese momento. Y de pronto sucedió de nuevo. El tren apareció con su ojo luminoso y su potencia y saltó hacia mí como había ocurrido aquella primera vez. Sentí que el tiempo no había transcurrido y que yo seguía siendo el mismo, con los mismos miedos y seguramente con un desamparo mayor.
Sentí la falta de la compañía de aquel hombre veinte años menor que yo y sus palabras imposibles de recuperar. Desfilaron los vagones, se detuvieron, levanté el bolso y me apresté a subir, deseando encontrar un compartimento vacío para poder estar solo.
Ésa es mi pequeña aventura con los trenes. Un sobresalto infantil que de tanto en tanto asoma la cabeza y se reitera a lo largo de los años. Casi nada, en realidad. Y sin embargo, siempre me sorprendo tratando de escarbar todavía un poco en esa historia. Si insisto en analizarla, si me esfuerzo por fijarla en unas líneas, es porque a veces tengo la impresión de que ahí hay algo que valdría la pena rescatar, una huella, una señal, algo. Pero no sé qué es. No sé en qué dirección va, hacia dónde me lleva, si me lleva a alguna parte.
*de Antonio Dal Masetto.
"El padre y otras historias". Editorial Sudamericana. Bs. As. Edición 2002.
*
No todo el oro reluce,
ni toda la gente errante anda perdida;
a las raíces profundas no llega la escarcha;
el viejo vigoroso no se marchita.
*Carta de Gandalf a Frodo
Estación J.R.R. Tolkien*
*
—A mucha gente le gusta saber de antemano qué se va a servir en la mesa; pero los que han trabajado en la preparación del festín prefieren mantener el secreto; pues la sorpresa hace más sonoras las palabras de elogio.
*Gandalf a Frodo
Ahí en ese recorte del diario que guarde esta el presidente Kirchner mirando con ojos de niño no un regalo de navidad sino la maqueta del tren bala, que tiene por cierto el tamaño de un juguete lujoso, de esos que los sectores medios altos pueden darse el gusto de comprarle a sus hijos alrededor de estas fechas donde la necesidad de ilusión se convierte en una fiesta de mercado y consumos.
El juguete del presidente saldrá más de 1.000 millones de dolares dicen los diarios. Un pequeño lujo en un país que perdió su sistema integrado de transporte ferroviario y ni sueña con recuperarlo, sólo con pequeños lujos aislados. Otro símbolo si hace falta alguno más de como funcionan las cosas:
con nichos de consumo y bienestar artificial para los que pueden pagar. Construir un elefante blanco que viaje muy rápido de punto a punto, que los demás viajen como puedan o hacinados en trenes urbanos subsidiados por el señor oscuro de la Secretaria de Transporte.
Pero la noticia dice también que habrá demora por la falta de financiamiento externo, resulta que se deben 6.000 millones al club de París y que las empresas asociadas que compiten por el proyecto no tienen financiamiento externo. Pero esto es algo menor, para eso existen la política y los magos de la política.
*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
*
Un mago nunca llega tarde, Frodo Bolsón. Ni pronto, llega exactamente cuando se lo propone.
* Gandalf.
Ferrocarriles Argentinos*
Estévez es bajo, robusto, compacto. Quien lo ve caminar por las calles del centro sentado en el asiento de un ómnibus le da alrededor de 35 años. Es la edad que tiene. Hace 15, 20 años, quiso ser escritor. Soñaba con poner en marcha historias breves o largas que tomaran impulso lentamente y luego se desarrollaran sin parar, de un modo natural, hasta llegar a un punto final inevitable como el destino.
Estévez nunca escribió nada. Pero nunca se sintió frustrado. Porque a partir de los 18 años empezó a viajar con frecuencia a Buenos Aires, y después de los primeros cinco o seis viajes, eligió siempre el tren. Los viajes de cuatro horas y media, incluidos los diez o quince minutos de espera en la estación de Rosario, que solía pasar esperando hasta el último minuto para subir, salvo que un viento frío barriera los andenes de la estación Norte, reemplazaron sin que él lo supiera la necesidad interior que tuvo durante la adolescencia de narrar, de escribir historias.
porque en cuanto la locomotora comenzaba a arrastrar lentamente los vagones y el techo de la estación Norte terminaba y Estévez veía los autos circular bajo el puente de las vías, y después los baldíos con una lámpara solitaria y apagada durante el día, las casas progresivamente más bajas, los barrios pobres, el campo, el propio viaje en tren reemplazaba con ventaja todo relato posible. O, para expresarlo mejor, era todo relato posible. La marcha lenta al principio y progresivamente más veloz de la locomotora hacía que el mundo formado por los vagones de primera, de segunda y pullman tomara impulso y estuviera lanzado después en una historia que se desarrollaba repetida, naturalmente, hasta detenerse en un punto de llegada, la gran estación de Retiro en Buenos Aires, tan inevitable como un destino.
A Estévez le gustaba leer policiales. Como en las policiales, parte del viaje -o el relato- era pura fórmula: inevitablemente pasaba el vendedor de gaseosas y sandwiches, impidiendo dormir a todo el mundo con su pregón: inevitablemente, pero sólo en algunas épocas, pasaba también el mozo del coche-comedor que anotaba reservas para la cena o el almuerzo; inevitablemente el tren se detenía en San Nicolás primero y en Miguelete después (así como en la vida o en las historias hay momentos de calma, de reflexión pero que nada tienen que ver con el punto final de arribo); inevitablemente el baño de caballeros del vagón estaba ocupado o roto, o bastante sucio. Pero también como en toda policial, lo que importaba eran los detalles que variaban: el compañero o la compañera de asiento primero, y del coche-comedor después, los ocupantes de los demás vagones, o el clima que se desplegaba como un telón más allá de las ventanillas: nubes, cielo azul, lluvia torrencial o mansa.
Desde que a los 18 años comenzó a viajar bastante en tren cuando debía ir a rendir cuenta de las ventas de prendas de lana a Buenos Aires, después de conseguir la concesión de la zona centro de Rosario, hasta hoy, en que cualquiera que lo vea en un ómnibus o en el andén de la estación Norte o incluso negociando una partida de pulóveres en una boutique del centro le da 35 años, Estévez ha viajado en tren como quien viaja en una historia. Más aun: a partir de los 25, en que los viajes se hicieron definitivamente regulares (dos veces por mes), Estévez abandonó progresivamente el gusto o el vicio de leer policiales, a tal punto una cosa reemplazaba la otra.
Siempre había admirado, por ejemplo, y sobre todo cuando la policial no era un libro sino una película, el sentido del ritmo: exigía que hubiera detrás de los hechos y los personajes un compás firme, regular, casi inadvertido que pudiera, sin romper su estructura básica, acelerarse o disminuir según las situaciones, como aumenta o disminuye -esta vez en la vida- el latido de un corazón según los momentos- Y el tren, a diferencia del ritmo totalmente caótico por momentos y aburrido en otros de un motor de ómnibus, tenía ese ritmo, cuando las pesadas ruedas metálicas pasaban sobre las junturas de los rieles y establecían una percusión que se enlentecía en las curvas o en las paradas, y se aceleraba en los tramos rectos, o llegaba casi a la angustia cuando en épocas de descuido de los muy viejos ferrocarriles Argentinos el maquinista debía tomar con suma lentitud un tramo donde las vías habían quedado debilitadas por una inundación que les había quitado la grava entre los durmientes, o hacía tiempo que cuadrillas de control no pasaban a ajustar los gruesos bulones y ver que todo estuviera en orden.
Para Estévez, en realidad, viajar en tren, más que subirse siempre a un mismo cuento, una misma historia, es subirse cada vez a un capítulo levemente distinto de una novela. Por eso recuerda pocas veces un viaje particular. Más bien han quedado fijos en su memoria momentos que no sabría ubicar con precisión en una época o en un viaje determinado, así como de todas las novelas policiales que ha leído le han quedado apenas fugaces detalles de un personaje o un entorno: la casa del lago donde se cometió un asesinato, un rufián melancólico que tironea nervioso de una cadenita, una mujer bella que de pronto es quebrada por la fatalidad y deja caer un boleto de tren sin que el lector sepa con exactitud qué le ha provocado tanta angustia, al llegar en un sobre anónimo, sin ningún mensaje que lo acompañe.
Hay sin embargo un viaje que estévez recuerda con precisión, tal vez porque entonces los detalles fueron más fuertes que la estructura, que el ritmo de las ruedas contra las junturas, que los rasgos de pura fórmula. Era una época poco común en cierto sentido: había una dictadura. Y decimos "en cierto sentido", porque las dictaduras no son tan infrecuentes como pudiera crerse en el país de Estévez, donde circulan como historias de más o menos vagones sobre su inmenso territorio los trenes de los Ferrocarriles Argentinos.
Aunque esa vez Estévez y sus compañeros de vida en aquel país advertían oscuramente que era una dictadura distinta a las demás: basta con precisar que el tren en el que Estévez regresaba de Buenos Aires llevaba apenas tres vagones, cuando la cantidad promedio había sido hasta poco antes de entre diez y quince. Aquí debemos aclarar algo: Estévez nunca viajó en los vagones pullman. No porque no pudiera costearlo, dado que la empresa le pagaba el viaje, sino porque consideraba que aquellos asientos acolchados, aquel aire acondicionado, aquella pequeña banda de ayudantes que le llevaban a uno el maletín, le limpiaban el asiento o le preguntaban si estaba cómodo, no tenían -para Estévez- absolutamente nada que ver con lo que significaba viajar en tren. "Es algo" pensaba Estévez, esta vez muy consciente, "Tan desabrido y tonto como viajar en un podrido avión."
De modo que Estévez estaba viajando en un tren muy corto -y por lo tanto extravagante, poco común- en medio de una dictadura argentina que la gente palpaba distinta a las demás, en un vagón de primera, que suele tener asientos un poco más cómodos que los de segunda (aunque menos clima comunitario) y menos que los de pullman (aunque son más personalizados).
Los dos hechos que hicieron que Estévez terminara por separar ese viaje de los demás en su memoria son de tipo exactamente opuesto: el primero inexplicable, el segundo, en cambio, mucho más asimilable a una historia. Es más: a Estévez nunca le ha costado contar en rueda de amigos o conocidos el segundo. En cambio nunca narró a nadie el primero, por que fue para él tan impenetrable que advierte oscuramente que es una historia sin principio ni destino, una especie de nudo gordiano secreto, relacionado con lo que hizo memorable a aquella dictadura dentro de la cual -rodeado por la cual- el tren de Ferrocarriles Argentinos en que iba Estévez desarrollaba su marcha sobre los rieles.
De todos modos, fue así: ocurrió que una mujer joven, con un niño en brazos, subió en Retiro equivocada al tren en el que iba Estévez. Ella tenía pasaje para Córdoba, para un tren que estaba estacionado en otra plataforma. La mujer se angustió mucho al principio, y su angustia hizo que casi todo el pasaje del vagón de primera, incluido Estévez, sintiera compasión por ella e insistiera una y otra vez en que todo se resolvería. Después de todo, el pasaje a Córdoba salía más caro -el doble- que el de Rosario, y por lo tanto la mujer tenía pleno derecho económico a viajar en el tren equivocado.
La tensión creció un momento cuando la puerta del vagón se abrió y aparecieron un par de inspectores que -como suele ocurrir con frecuencia notable en los Ferrocarriles Argentinos- eran un inspector flaco y un inspector gordo, y, también como suele ocurrir, el gordo era el que exhibía más poder; en otras palabras, el que pedía y cortaba los boletos. El pasaje entero del vagón se irguió un poco, algunos con los ojos clavados en la mujer con el niño, o en los dos inspectores otros, o pasando de una a los otros la mayoría. Es más: no bien los inspectores entraron, hubo comedidos que comenzaron a explicarles el problema, mientras la mujer se limpiaba con el dorso de la mano las lágrimas que amenazaban con empezar a caer, y el niño -de dos o tres años- permanecía absorto en un trance infantil de serenidad absoluta.
Contrariamente a lo que podía esperarse, el inspector gordo resultó bonachón, comprensivo. Se acercó a la mujer y se informó en detalle de su problema. Allí empieza lo que Estévez no puede explicarse, tal vez porque él mismo formó parte de lo que ocurrió más de lo que hubiera deseado y eso le impide tener la imparcialidad de un observador. A pesar de que el pasaje entero comprendía y compadecía a la mujer, y de que el inspector también la comprendía y compadecía, la decisión final, legal, que el pasaje del vagón no llegó a discutir con la suficiente energía como para impedirla (aunque hubo veladas críticas en los rincones al inspector, y hasta a la pareja de inspectores), la decisión final fue que la mujer debía descender en un punto intermedio del recorrido y de la noche, en un andén vacío y desprovisto de una población que lo rodeara, instalado allí simplemente, en medio de la pampa, para que después la mujer hiciera lo que pudiera: conseguir un auto que la acercara a un punto civilizado, empezar a caminar en medio de la noche sin destino fijo, o sentarse a llorar. En otras palabras, protagonizar una de esas historias que Estévez odiaba, sin principio, sin desarrollo claro, sin final, sin rieles, sin ritmo.
El inspector, después de aclararle a la mujer con su voz comprensiva, bonachona, que no perdería dinero, porque el pasaje podía ser utilizado en otro viaje semejante, se dirigió hacia la locomotora para avisar al maquinista la breve detención. Y unos veinte minutos después, en medio de comentarios ahora sí soliviantados, hasta violentos, contra las reglas tan estúpidas como las que obligaban a una mujer con un niño a quedar sola, a la buena de Dios en medio de la nada, el tren se detuvo brevemente, apenas el tiempo de dejar que la mujer llegara a la escalerilla metálica y descendiera, para después seguir su camino.
Estévez, apoyado en el borde un poco sucio de la ventanilla, vio cas¡ en primer plano a la mujer -que no parecía demasiado asustada- iluminada por los focos del pequeño andén solitario; sin una sola casa alrededor, probalbe apostadero para cargar agua o combustible, sin que hubiera al menos una luz tranquilizadora tras las ventanillas, que indixara la presencia de un encargado, un guardabarreras, alguien en suma. Después la vio alejarse lentamente -siguió su imagen con un moroso movimiento de cabeza, acompañando el del tren- hasta que andén y mujer fueron tragados por la noche como un pequeño escenario con una sola actriz.
La asociación del andén desértico con el teatro, Estévez la recuerda cada vez que recuerda el viaje, porque motivó en realidad la segunda parte, la comprensible, la que no tuvo inconvenientes en narrar más tarde. Frente a él, porque era un asiento doble, iba una mujer delgada, alta, veterana pero aún bella, con un tapado de piel poco frecuente en aquellos años. Cuando Estévez dejó de mirar por la ventanilla, en medio del clima curiosamente solidario que la pequeña tragedia había provocado en el pasaje (aunque de una solidaridad que de nada sirvió para impedirla), dijo una frase tonta: "qué barbaridad", "esa mujer sola en medio de la noche", "podrían haber hecho otra cosa", o algo por el estilo. La mujer, a su vez, se puso a hablar con Estévez de modo lento, sereno pero interesado, como si lo conociera desde hacía años.
le contó que -como él- viajaba con frecuencia en tren a Buenos Aires, aunque desde hacía menos tiempo: apenas dos años. mientras Estévez iba descubriendo en la conversación que la mujer era mucho más inteligente y sensible de lo que él había supuesto a partir de su tapado de piel (por un estúpido prejuicio social ), la mujer le contó que hacía dos años la fábrica de muebles del marido se había fundido, como se habían fundido tantos cientos de fábricas de muebles y de todo tipo de objetos en todo el país por aquellos años, y que ella había tenido "que sacar pecho y encargarse del hogar". Había desenterrado un título de abogada, había conseguido un empleo en los tribunales de Buenos Aires, y desde entonces era la que permitía que la familia siguiera económicamente en pie.
A Estévez le extraño que la mujer no lo dijera con orgullo sino con cierta pena y tanteó delicadamente el motivo. Lo que le preocupaba a la mujer era que el marido se sentía resentido con la situación: después de haber sido el laborioso pater familias que traía cotidianamente el sustento, deambulaba ahora solo y sin propósito en la vida por los cuartos de la casa, cada vez más deprimido, tal vez imaginando inexistentes aventuras de su mujer en Buenos Aires.
Estévez se conmovió por lo que la mujer le contaba, aunque se dio cuenta de que en buena medida estaba descargando parte de la emoción contenida cuando ocurrió lo de la otra mujer, la del niño, la del andén en la noche, y comenzó a hablar con un tono tan lento, personal e íntimo como ella. Mientras lo hacía, no dejó de tomar en cuenta que la mujer se desabrochaba poco a poco el tapado, y que un momento después se lo abría, en una mezcla de reacción objetiva ante el cambio de clima del vagón -de pronto hacía más calor, tal vez porque había empezado a funcionar la calefacción, que tan mal suele funcionar en los Ferrocarriles Argentinos-, pero tambien en parte por el calor mismo del dialogo.
Relajado yo por completo, confidencial, Estévez llegó a decirle a la mujer que muchos años atrás, cuando muchacho, había pensado en ser escritor, en narrar historias que atraparan al lector.
La reacción de la mujer fue inesperada, pero en última instancia comprensible: se irguió bruscamente al oír la confesión, y con ojos brillantes, acuosos, que le quitaban muchos años de encima a su rostro, le dijo que ella por su parte siempre ( y recalcó por segunda vez: "siempre") había querido ser actriz. Pero había vivido desde niña en San Nicolás, que era una ciudad pequeña, sin llegar a tener la oportunidad de seguir después de sus primeros escarceos con el teatro liceal, por que decidió dedicarse al estudio de leyes, y allí estaba, manteniendo a la familia y un tanto deprimida porque el marido circulaba por las habitaciones vacías, con las manos en los bolsillos.
A esa altura, Estévez disfrutaba plenamente de la situación. Sobre todo porque en ingún momento se le ocurrió imaginar que la conversación con la mujer del tapado podía terminar en una relación, apresurada o no, de tipo sentimental o erótico. A eso lo ayudaba, por su parte, el hecho de que fueran los dos rodando sobre las ruedas deun tren, rodeados por el ritmo gratuito y persistente que imprimían las junturas de los rieles a las pesadas ruedas de metal. Pero sobre todo porque esa historia de la mujer del tapado, sin que él lo supiera, iba a recordarla siempre en el futuro como la parte explicable del viaje, no para ocultar sino indisolublemente ligada a la otra, la sumergida, la inexplicable, la de la mujer que se equivocó de tren -quería ir a Córdoba y se subió al de Rosario-, que se quedó perdida e intraducible -como tantas otras cosas de aquella época- en un pequeño, solitario, nocturno andén de los Ferrocarriles Argentinos.
* de Elvio E. Gandolfo.
"Ferrocarriles Argentinos", Alfaguara literaturas. Buenos Aires, edición de 1994.
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Cuando todo está perdido, llega a menudo la esperanza.
*Legolas a Gimli
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