EDICIÓN ENERO
INVENTIVASocial
Edición ENERO 2007
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Crónica de una Herencia*
-A mi padre
Allí se acunan las historias
con ojos azules de mar y lino
de ternura
y miedo.
Porque lo brutal era comensal del campo
desde el sol a la siembra
de la siembra a la cosecha
y vuelta al arado
con un breve visteo a la escuela.
Porque lo brutal era el miedo de los hijos
y la ternura ese aleteo de pájaro nocturno
que se posaba en un beso de madre,
de mujer
arruinada por trabajos hombrunos
que tenía su tiempo
para espantar los miedos.
Era brutal el campo, me dice mi viejo
y apenas era un niño.
*de Oscar A. Agú. cachoagu58(arroba)yahoo.com.ar
RETRATO DEL ABUELO*
Recordamos a la gente en una actitud, un gesto, una fotografía inmóvil que los retrata para siempre.
Tres años con la señorita Olga, tres años de tardes repetidas, problemas y lecciones, pruebas temerosas y actos con disfraz. Pero una imagen, una sola imagen fijada para el resto de los días por venir. Día de paga, la maestra que escucha que está el cheque, y sale corriendo exageradamente para la risa de las demás hacia la administración. Y la imagen cuadro por cuadro de la señorita Olga girando sobre los mocasines, los cabellos blancos, la postura ridícula y la sensación de que al fin y al cabo es una mujer como cualquier otra, como cualquiera, como todos los que esperan la paga para llevar dinero a casa. Esa imagen y no otra, por qué, por qué la maestra girando eternamente sobre los mocasines negros.
Pensamos en un amigo y la foto cada vez es la misma, quizás acompañada por la sensación de una voz, un color, un perfume. Siempre la misma fotografía que acude a la pantalla de la memoria. Alguno reirá para siempre, alguno nos observará con el semblante triste y la huella de una música borrosa.
Pasa una madre con su hijo, y quizás en esa azarosa fracción de la jornada, para siempre, se abra y cierre el obturador. Justo en ese instante que quedará fijado para futuros recuerdos y futuros olvidos.
Algunos dejan, además, una frase como una roca inmóvil. Como un disparo, como un sólido espanto de papel arroz.
El niño aguardaba su cumpleaños. Semanas de expectación, de preparar las invitaciones con dibujitos, de pensar en la torta de nueve velas y en la bicicleta roja. El año anterior habrá sido el mismo afán por apurar los días, pero si tuviese que describir ahora la fiesta de los ocho años, nada queda prendido a la fragilidad de lo que transcurre y pasa.
Ese año habría de dejar, el año de los nueve, una marca de hielo afilado y el retrato inmóvil del abuelo.
Porque el abuelo se moría. Así de golpe como pasa con los viejos, que van al sanatorio y ya no salen. Y se fue a poner el camisón de la agonía unos días antes del cumpleaños. Justo entonces.
No era ocasión de festejos. Se suspendieron las invitaciones, se habló con el payaso, la madrina haría una torta pequeñita y no la cancha de fútbol con los arcos y los jugadores; una torta pequeñita para soplar las velas sin alharaca. Nada de chicos corriendo por el patio, volcando la gaseosa, agitando el aire con agudas carcajadas.
El abuelo se moría.
Lo llevaron al niño al sanatorio. De camisa y pantalón, peinadito, serio y compuesto lo llevaron.
El viejo estaba amarillo, más delgado, una colección de huesos y fragilidad en sábana blanca. Tenía ya la respiración cansada, los ojos cerrados, apenas una vena gruesa en la frente que palpitaba la vida escasa.
El nene se sentó en la silla junto a la cabecera, y miraba a este hombre que parecía dormido, que parecía muerto, que parecía un muñeco de porcelana cuarteada por los años, amarillo sobre marfil.
Vino el médico, la madre salió a hablar un momento. El niño quedó solo, sentado junto a la cama.
Pensó en el cumpleaños, en la fiesta trunca, en la torta de cancha de fútbol, verde de grana verde, en los chicos que no jugarían en el patio, en este viejo que venía a morir así, tan a destiempo, tan en mala hora.
Afuera las voces del médico y de su madre sonaban quedas, las palabras detrás de la puerta se mezclaban en un murmullo indescifrable. El niño se inclinó hacia la cabeza del abuelo y despacito, muy suavemente, le dijo “morite de una vez”. Le dolía el pecho cuando habló, sentía la condena y la estrechez del cuarto. Supo que las palabras eran de hielo y fuego, que no podían borrarse, que ahora le pertenecían.
El viejo entreabrió los ojos rojizos, despegó los labios y girando apenas la cabeza le dijo “los niños tienen toda la vida para pagar una palabra”.
Nada más. El resto se disolvió en lo intrascendente, y hasta al funeral pudo olvidarlo. Sabe que anduvo años en la bicicleta, que los cumpleaños se sucedieron borrosamente, que la vida se acumuló sobre el sanatorio y la cama del enfermo.
Pero la imagen del abuelo fue esa imagen. Ese día, ese momento de desgracia y anatema.
El abuelo, cada vez, gira lentamente la cabeza para que el rubor lo sorprenda en medio de una frase, en el centro de un día cualquiera, en lo ordinario. Toda la vida, abuelo, para pagar esas palabras. Toda la vida. Y ese es el autorretrato que colgaste en mi sala.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica(arroba)hotmail.com
Nostalgia de las cascadas*
Nostalgia de las cascadas.
Incestuosamente rebotar
contra la roca altiva, acariciarla
en un abrazo de ardiente despedida.
De súbito estallar
en el éxtasis final de la caída,
en la revuelta apoteosis.
Desguazarme.
Salpicar el entorno y atronando,
partir veloz con rumbo insospechable
hacia nuevos descensos velocísimos,
hacia raudas corrientes y anchos cauces.
Siempre al final, el mar interminable.
Y no ser epitafio detenido
en la quietud sin tiempo del estanque
sucio
de las grandes ciudades.
* Poema leido en Chile con motivo del Festival del Agua.
*de Sergio Borao Llop. sergiobllop(arroba)yahoo.es
COMIDA*
*Pieza teatral de ROLANDO REVAGLIATTI. revadans(arroba)yahoo.com.ar
Personaje Único: HOMBRE
INDUMENTARIA: Camisa, pantalón, chinelas, delantal de cocina.
ESCENARIO:
a) Una silla contra la pared del escenario que queda a izquierda del espectador.
b) Una mesa en proscenio.
c) Un combinado a izquierda del espectador.
INDICACIONES: Durante toda la representación, discos de 78 R.P.M. giran y caen al plato del tocadiscos. Lo más que el espectador oye de ellos es el ruido que produce cada disco al caer. Por el parlante del combinado se oye desde bastante antes de que se ilumine el escenario, y comience la acción, la voz del HOMBRE. El HOMBRE no presta atención al combinado.
ACCION DETALLADA:
El escenario iluminándose muy lentamente.
Transcurridos algunos instantes, aparece el HOMBRE por derecha del espectador. Trae un mantel que pone en la mesa, así como una servilleta. Ubica la servilleta como para sentarse “de frente” al espectador. Se lo ve contento y en paz. Todas sus entradas y salidas las efectúa por derecha. Trae de la “cocina” elementos que coloca sobre la mesa. Dicha “cocina” no está en absoluto sugerida escenográficamente. Sale.
Entra trayendo grisines, pan, manteca y sal. Sale.
Entra trayendo la frutera y un huevo duro sin descascarar en un platito. Sale.
Entra trayendo los cubiertos y el aparato que sujeta los frascos de aceite y de vinagre. Ubica los elementos sobria y aplicadamente. Elige el mejor sitio para cada cosa. Sale.
Entra trayendo una mesita rodante, sobre la que hay una sopera con su cucharón, platos, una botella de un cuarto litro de vino blanco, un sifón, una copa y un sacacorchos. Pone sobre la mesa el vino, la soda, la copa, el sacacorchos y un plato hondo. Sale.
Entra trayendo un plato con buñuelos. Y una ensalada. Y un sobre con queso rayado. Sale.
Entra trayendo otros elementos, en fin, algún condimento, pickles, escarbadientes. En su última entrada desde la cocina, aparece ya sin el delantal.
Va hasta donde está la silla. La toma. La lleva hasta la mesa y se sienta.
Descascara el huevo, lo sala. Pone manteca sobre una rodaja de pan. Echa sal sobre la rodaja. Prepara la ensalada. Lustra alguna manzana. Descorcha la botella de vino. Se sirve vino. Sin soda. Se sirve la sopa, que está sumamente caliente. Revuelve la sopa. Sopla el humito. Le echa queso. Vuelve a soplar. Le echa pedacitos de pan. Revuelve. Pincha la lechuga.
El tenedor llega muy cerca de la boca, pero no puede abrirla. Deja la lechuga en la ensaladera.
Agrega aceite. Revuelve la ensalada.
Lleva el vaso de vino a sus labios. Estos no se abren. Se le vuelca un poco encima. Deja el vaso en la mesa.
Toma la rodaja de pan con manteca. Intenta morderla. No puede. Va violentándose. Deja la rodaja en la mesa.
Toma el huevo duro. Intenta morderlo. No puede. Va crispándose. Se le tensan los brazos y las manos y los dedos. Deja el huevo en el platito.
Toma el cuchillo. Corta el huevo en rodajitas sobre la ensalada.
Toma nuevamente el vaso de vino. No puede beberlo. Lo deja.
Pone un dedo sobre la tapa agujereada del salero, y lleva ese dedo con algún granito de sal hasta su lengua.
Intenta que la cuchara con sopa pase por sus labios. Estos se abren, pero no sus dientes. Tira la cuchara en el plato.
La crispación del HOMBRE va en aumento: vuelca cosas al suelo, se sube a la mesa, toma el sifón, apunta el pico del sifón a la sien y vigorosamente se dispara un chorro de soda, en simultánea con apagón.
VOZ DEL HOMBRE: Las monjas me asustan. No las quiero. No las entiendo. Sólo las deseo. Digo yo.
Digo que digo yo. Ahora. (Pausa.) Puedo apenas flexionar las rodillas. Pero soy el primero cuando se
trata de correr. Trancos largos, gráciles, y lo mejor es cuando no toco el suelo. ¿Al reformatorio yo?... ¡¿Tan chiquito?! ¡¿Es para tanto...?! ¡¿Al juez de menores...?! (Pausa.) ¡¿Tan chiquito?! (Pausa.) Al fútbol soy un aguerrido cobardón. Un “maleta” a puro taponazo, que se arrebata frente a la pelota, que pega de “puntín” y si va en buena dirección: es gol. La tienen que ir a buscar a la luna. “¡Eh, maleta, mirá dónde la mandaste!”: cuando no iba a parar a la luna. “¿¡Pero estás loco vos!?... ¡Ahora andá a buscarla!” Y corría, asumía mi brutalidad, mis accesos de cretinismo. (Pausa.) Soy un buen “fulbac”. (Pausa.) Lo que me mata son las balas que no disparé. Te hice poner mal, papá, cuando te dije que yo sé lo que hago, que no quiero consejos, que prefiero equivocarme solo. Esa no era una buena respuesta para vos. Un hijo debe aceptar la guía, la conducción: el jefe de la familia. (Pausa.) Al eclipse lo quiero esperar despierto. En la mesa no se lee. Ponete derecho, mirá esa espalda, te vamos a comprar el aparato. No será con imposiciones que creceré, no será con monjas ni con amenazas. Mi mamá me mima, me baña o me regaña. Mi mamá me
quiere que más no se puede, pero yo no lo sé bien.
Se oye algún trozo de canción silbada. Y algunos trinos y “bichos feos” ejecutados también con la técnica del silbido.
Leo y escribo a los cuatro años. Y tres por una tres. Pero canto tan mal, tan mal... ¿Cuándo no canto? ¿Cuándo no estoy tirado contra la pared haciendo la orquesta? Haciendo voces, pero no la mía. ¡Mi voz verdadera es ésta, señores! (Pausa.) Si hago alguna acción mala algo malo me va a pasar. Mi pie derecho es fuerte, valeroso. Pero el débil gana, el amedrentado. Eso es la justicia. La mano izquierda se
sobrepone y en el último momento, próxima a quedar ampliamente derrotada, un instante antes de
sobrevenir la extenuación, descompuesta por el sufrimiento, da vuelta la cosa: vence, vence para siempre y siempre será así. He reglamentado, he estipulado, he concordado. Má’ qué tanta vitamina, qué tanta “be doce”, qué tanto pancito adentro de la sopa. Papá, que nunca fue papá, tal vez “pa” algunas veces, me
pega con la mano abierta porque no deseo ingerir. Y en público. Mamá, mami, “ma” y después nada, me casca por hacer uso indebido del bidé. Yo someto a las hormigas y me fascino con los caracoles. Por
bellos y por peculiares.
Pausa.
(Imita a Pepe Arias): ¡¿Qué hacés, “amomabado”?! ¡Pero prestá atención con esa palangana! ¡A ver si me tirás encima el agua jabonosa! ¡Mucho cuidadito con la percha! ¡Yo soy de verdad, chitrulo! ¡Y cuando quieras parlotear conmigo me pedís audiencia! “¡Amomabado!”
Pausa.
(Prosigue con su propia voz.) Todos los agostos viene la parca por casa. Viene, ronda, guadañea, hace lo posible, oxígeno para la abuela, médicos, profesores, remedios y penicilina. Y yo me voy a dormir con mi mamá. Pero se va. Después de revolverlo todo, se va. No gana, desiste; dice hasta lueguito. De todos modos alguien muere siempre en agosto. Mientras escribo con pedazos de tiza, me aseguro los
pantalones, voy a buscar el pan ensartado en las sandalias paraguayas. La hicimos hablar bastante en casa a la parca, sin embargo. Nos discurseaba con ese olor a frazada pringosa, nos susurraba...: volvé. ¿Por qué volvé? ¿A dónde? (Pausa.) No será instándome a ver quién vacía primero cada plato que
comeré. Ni me subyugarán con monedas. Ni con nada. ¿O se creen que un chico no entiende? ¿Que no huele, no oye, no siente, no piensa, no ve, no necesita? ¿Que uno es un escudito familiar, un accesorio? Un símbolo. La ropa se me calma. Soy carne de piletón. Terapia de fascineroso para un nervioso.
¡Upa-la-laaa! Agüita fresca y el alma se me chorrea. ¿¡Pero no me ven, nadie se da cuenta de que eso es una perversión, una porquería!? ¡Me mojan las agallas! ¡Qué mierda, no soy un pescado! ¡Déjenme ser
alguna cosa! ¡Ah, no se atreven, eeeeehhh! Se van a visitar enfermos, por eso me quedo jugando al “rumi”. Tan bien vestidos, con cara de “volvemos temprano, ponete el piyama”. ¡Qué manera de tenerme miedo, de tirarme todo ese miedo encima! Pero cómo: ¡¿el hijo de la dueña de la pensión le pide a los reyes
mediante consabida y respetuosa carta la recepción de un autito, de esos para meterse adentro, y
aparece un triciclo?! Un triste triciclo. ¿Un simple triciclo?... ¡¿Todo este triciclo para mí?! Mientras tanto al hijo de una pensionista le aparece un autito. ¡Y juega con él! ¡Y anda!... ¿Quién mira por la
ventana del aula del colegio? Yo. Aunque no haya pajaritos. ¿Quién llega como una tromba haciéndose encima? Yo. ¿Quién se ubica en las fiestas debajo de la mesa a la hora de los cuentos verdes? Yo. ¿Quién se embucha a los seis meses de su propio nacimiento, media pastillita de sedante? Yo. ¿Quién
mira revolotear a los pajaritos, que no hay, a través de la ventana del aula del colegio? ¡Yo, señores, yo! ¿Quién si no yo?: el más dócil ¡y el más bueno!!
Pausa.
Imita a una orquesta típica. Canta la primera estrofa del vals de Gerónimo y Antonio Sureda:
“Ilusión Marina”.
Era la hija del viejito guarda faro
la princesita de aquella soledad,
y le decían con amor los pescadores
que era la perla más bonita y blanca que guardaba el mar.
Fue para ella que cantaron los marinos
que cruzaban las serenas aguas huérfanas de amor,
y en sus cantos llenos de cariños siempre le decían
que brillaban sus ojos más que el faro y el sol.
Pausa.
Las mellizas eran cariñosas conmigo. Batían la clara de los huevos con un tenedor, le echarían azúcar, vaya a saber, era rico, yo me lo comía. Me acariciaban, hablaban de sí, se sacaban la ropa. El de las
fotos con las mujeres desnudas en las paredes y en los portarretratos escuchaba música clásica a todo lo que da. Cuando la hermana y la madre venían a visitarlo, las paredes quedaban barridas, lo más un
almanaque. Ese también se sacaba la ropa delante mío. La pelota seborreica era servicial. Hedía, dormía doce horas, y excepto los discos, ni un ruidito. Yo le llevaba el café con leche a la cama a Blanca, la
chica de la pieza del fondo, la que trabajaba de noche, después supe de qué, que a mí me gustaba tanto, tan sugerente. Arreglaba enchufes la pelota, soldaba caños, ajustaba baldosas y cambiaba cueritos. Se
sonreía con significado. Blanca estaba muy bien, me perturbaba su existencia: mi saber que debajo de su ropa, ella estaba toda.
Se oye unas cuatro veces la repetición de las tres últimas palabras. Inmediatamente después se oye: “Mi saber que debajo de su ropa ella estaba toda”. Luego se oye la palabra “toda”, varias veces, como si se vitorease a un equipo de fútbol.
Pausa.
Calenturiento, calenturiento, ¿por qué rellenaron los agujeritos de aquella segunda puerta del baño grande, la que estaba trabada, la que daba directo a la pieza en la cual alguien siempre dormía? ¿Por qué le pegaban con el cinturón y a veces con la hebilla del cinturón, a Norma? ¿Por qué yo oía los gritos del amor y del dolor? ¿Por qué aquella plancha se deslizó hasta tu mano? ¿Por qué me acuerdo de tu
comunión con la manteca?... ¿Qué es esto? ¿Qué estoy diciendo? Yo hubiera querido espiar por los
agujeritos. ¡Oh, la bañadera! Todos habíamos desfilado por allí.
Pausa.
Recomienza el texto escuchado hasta que cesa con el apagón.
El jardín de mi infancia*
Recorro el jardín de mi infancia
y como en un cuento de hadas
me convierto en una dulce niña
que baila entre los árboles.
Los coloridos rosales brillan
y los senderos se inundan
con los sueños e ilusiones
que son acunados por la brisa.
Me acerco a los blancos jazmines
y el perfume me acaricia
mientras la ternura se hamaca
en mi mundo infantil.
Las campanillas y los lirios
se arrojan en mis brazos
y el sol de oro sonríe
en el gran paraíso azul.
Siento mi encantadora muñeca
en el borde de un cantero
y su vestido de seda
se cubre de bellas violetas.
La inocencia salpica mi alma
y me encuentro con una princesa
que me lleva hasta un palacio
en un carruaje plateado.
Las grandes puertas se abren
con el roce de la magia
y muestran las paredes
donde brillan los recuerdos.
*de María Griselda García Cuerva. mg_cuerva(arroba)yahoo.com.ar
DESPUÉS DEL DILUVIO*
Tan pronto como la idea del Diluvio se hubo serenado, Una liebre se detuvo entre las esparcetas y las campanillas móviles y dijo su plegaria al arco iris a través de la tela de araña.
¡Oh!, las piedras preciosas que se ocultaban, - las flores que miraban ya.
En la ancha calle sucia se alzaron los tenderetes, y arrastraron las barcas hacia el mar escalonado arriba como en los grabados.
La sangre corrió, en casa de Barba Azul, - en los mataderos, - en los circos, donde el sello de Dios palideció las ventanas. La sangre y la leche corrieron.
Los castores construyeron. Los "mazagranes" humearon en los cafetines.
En la casona de cristales, todavía chorreante, los niños de luto contemplaron las maravillosas imágenes.
Una puerta crujió, - y en la plaza de la aldea, el niño hizo girar sus brazos, comprendido por las veletas y los gallos de los campanarios de todas partes, bajo el resplandeciente aguacero.
Madame *** instaló un piano en los Alpes. La misa y las primeras comuniones se celebraron en los cien mil altares de la catedral.
Partieron las caravanas. Y el Splendide-Hôtel fue edificado en el caos de hielos y noche polar.
Desde entonces, la Luna oyó gimotear a los chacales por los desiertos de tomillo, - y a las églogas en zuecos gruñir en el huerto. Luego, en el oquedal violeta, lleno de brotes, Eucaris me dijo que era la primavera.
- Mana, estanque, - rueda, Espuma, sobre el puente, y por encima de los bosques; - paños negros y órganos, - relámpagos y trueno, - subid y rodad; - Aguas y tristeza, subid y reanimad los Diluvios.
Porque desde que se disiparon, - ¡oh las piedras preciosas enterrándose, y las flores abiertas! - ¡qué aburrimiento!, y la Reina, la Bruja que enciende su brasa en la olla de barro, nunca querrá contarnos lo que ella sabe, y que nosotros ignoramos.
INFANCIA*
I
Este ídolo, ojos negros y crin amarilla, sin padres ni corte, más noble que la fábula, mexicana y flamenca; su dominio, azur y verdor insolentes, corre sobre playas nombradas, por olas sin bajeles, de nombres ferozmente griegos, eslavos, célticos.
En la linde del bosque, - las flores de ensueño tintinean, estallan, relumbran, - la muchacha de labio de naranja, con las rodillas cruzadas en el claro diluvio que surge de los prados, desnudez que ensombran, atraviesan y visten los arco iris, la flora, el mar.
Damas que dan vueltas en las terrazas vecinas al mar; infantas y gigantas, soberbias, negras en el musgo cardenillo, joyas alzadas sobre el suelo feraz de los bosquetes y de los jardincillos deshelados, - jóvenes madres y hermanas mayores de miradas llenas de peregrinaciones, sultanas, princesas de andares y atuendo tiránicos, pequeñas forasteras y personas dulcemente desdichadas.
Menudo aburrimiento la hora del "querido cuerpo" y "querido corazón".
II
Es ella, la pequeña muerta, detrás de los rosales. - La joven mamá difunta baja la escalinata. - La calesa del primo rechina en la arena. - El hermano pequeño - (¡está en las Indias!) ahí, ante el crepúsculo, sobre el prado de claveles. - Los viejos que han enterrado totalmente tiesos en la muralla de los alhelíes.
El enjambre de hojas de oro rodea la casa del general. Están en el sur. - Se sigue el sendero rojo para llegar al albergue vacío. El castillo está en venta; las persianas están desprendidas. - El cura se habrá llevado la llave de la iglesia. - Alrededor del parque, las casetas de los guardas están deshabitadas. Las empalizadas son tan altas que sólo se ven las cimas rumorosas. Además dentro no hay nada que ver.
Los prados suben hacia las aldehuelas sin gallos, sin yunques. La esclusa está levantada. ¡Oh los Calvarios y los molinos del desierto, las islas y las muelas!
Zumban flores mágicas. Los taludes le mecían. Circulaban animales de una elegancia fabulosa. Las nubes se agolpaban sobre la alta mar hecha de una eternidad de cálidas lágrimas.
III
En el bosque hay un pájaro; su canto os detiene y os hace sonrojar.
Hay un reloj que no suena.
Hay un hoyo con un nido de animales blancos.
Hay una catedral que baja y un lago que sube.
Hay un cochecito abandonado en el bosquecillo, o que desciende por el sendero corriendo, adornado con cintas.
Hay una compañía de pequeños comediantes con trajes de escena, divisados en el camino por entre la linde del bosque.
Hay en fin, cuando se tiene hambre y sed, alguien que os echa.
IV
Yo soy el santo, orando en la terraza, - como los animales pacíficos pacen hasta el mar de Palestina.
Yo soy el sabio en el sillón umbrío. Las ramas y la lluvia se arrojan contra el ventanal de la biblioteca.
Yo soy el peatón del camino real entre los bosques enanos; el murmullo de las esclusas cubre mis pasos. Veo largo rato la melancólica lejía dorada del poniente.
Con gusto sería el niño abandonado en la escollera que partió hacia alta mar, el pajecillo que sigue la alameda cuya frente toca el cielo.
Los senderos son ásperos. Los montículos se cubren de retamas. El aire está inmóvil. ¡Qué lejos están los pájaros y las fuentes! Esto sólo puede ser el fin del mundo, que avanza.
V
Que me alquilen por fin esa tumba, blanqueada a la cal con las líneas del cemento en relieve - muy lejos bajo tierra.
Me acodo en la mesa, la lámpara ilumina vivamente estos periódicos que, idiota de mí, releo, estos libros sin interés.
A una distancia enorme por encima de mi salón subterráneo, las casas se implantan, las brumas se reúnen. El barro es rojo o negro. ¡Ciudad monstruosa, noche sin fin!
No tan alto, están las cloacas. A los lados, nada más que el espesor del globo. Acaso los abismos de azur, pozos de fuego. Acaso sea en esos planos donde se encuentran lunas y cometas, mares y fábulas.
En las horas de amargura imagino bolas de zafiro, de metal. Soy dueño del silencio. ¿Por qué una apariencia de tragaluz palidecería en el rincón de la bóveda?
*de Arthur Rimbaud. "Iluminaciones"
*Fuente: LA MAQUINA DEL TIEMPO
http://www.lamaquinadeltiempo.com/Rimbaud/iluminac1.htm
Dime*
Dime
solo dime si queda algo de mí
que no detestes
que no te aburra hasta el asqueo,
explícame que foto del pasado
queda visible,
el puro blanco es la pálida nada
primero has perdido la cabeza
después el amor a las virtudes,
que ahora detectas como inútiles defectos,
así que recuerda y dime
si queda algo de mí que no detestes.
*de Lisandro Ignacio Romero gudarizutik(arroba)yahoo.com.ar
Rosario, Argentina
Soledades*
Una tarde, mientras íbamos río abajo en un bote de pescadores, mi padre cerró con furia los puños alrededor de la caña y de golpe se echó a llorar. Llevábamos un largo rato en silencio. Yo tenía los remos y trataba de que la corriente no nos alejara demasiado de la orilla. Hasta entonces su pena me había pasado desapercibida porque para mí él era fuerte y sin fallas. Me demoré un largo rato antes de preguntarle qué le pasaba. Confusamente me dijo que había perdido a alguien a quien quería mucho y aunque era muy católico empezó a cagarse soberanamente en Dios. En ese momento no me importaron nada Dios ni los seres queridos. Me irritaba verlo así, aferrado a la caña, con la cabeza hundida en el pecho y el pelo blanco sacudido por el viento.
Hasta entonces su vida había sido ordenada, mediocre, patriotera. Fluía mansa y previsible como el agua que nos llevaba entre islotes y troncos flotadores. Dios era una inteligencia inasible e inapelable que aparecía cada vez que nos faltaba una explicación.
Yo creía en El: todavía me veo rezando a oscuras, pequeño y pecador, pidiendo que fueran eternas las cosas que me hacían dichoso. Era tan joven que sólo pensaba en la muerte como algo lejano que quizás tuviera solución. Lo que pesaba era la soledad. No la soledad de estar solo sino esa otra por la que han escrito los mejores libros y cantares del universo. Ese paréntesis que atrapa una palabra para darle entonación subterránea. El agujero negro, infinitamente vacío, en el que aquella tarde había caído mi padre.
En Tierra de sombras un estudiante de letras dice que leemos para saber que no estamos solos. En Bleu, la protagonista intenta ocultar lo evidente bajo una máscara de fortaleza e indiferencia, hasta que algo se rompe. Por fin, en la edad de la inocencia, el hombre que acepta una vida prejuiciosa y previsible se hunde en las contradicciones de una clase incapaz de dar a la soledad otra respuesta que el orden cerrado y la complacencia hedonista. Miré esas películas el fin de semana y al ver llorar a Anthony Hopkins abrazado al hijo de su esposa muerta, me puse a llorar yo también y me vino a la cabeza esa imagen de hace tantos años en el río Limay. Sin duda, también contaba la culpa, pero eso lo comprendí más tarde. Culpa de estar ahí y ser más joven que él. De no tener todavía nada que amortizar o de estar pagando por anticipado.
Durante un paseo por el campo, el profesor enamorado de una mujer agonizante confiesa su dicha efímera y ella le responde: "La felicidad de hoy anticipa el dolor de mañana." Tierra de sombras habla de Dios y del alivio que ofrece la fe para insinuar que no hay tal .Que Dios es el sufrimiento mismo y no su consuelo. Durante siglos el Creador jugó a ser imprevisible, fuente de amor y verdad, juez supremo incomprobable. Desde que lo inventaron, los hombres han tratado de explicarse para qué les sirve. Y como lo suyo es, a los ojos de la mayoría temerosa, sólo castigo, tampoco él sobrevivió a la oferta y la demanda. Mi padre no podía saber que dios iba a morir tan pronto y yo mismo nunca lo imaginé. En esos días lo habían intimado a dejar el cigarrillo. Rechazó las pamplinas de los médicos y apostó a algo superior. Al Ser Supremo que estaba por encima del bien y del mal.
Naturalmente, perdió. Pero eso iba a ocurrir años después. Entre tanto está llorando mientras un bagre tira de su línea y yo no me animo a acercarme para consolarlo. Me digo que en una de ésas el bote se da vuelta y tenemos que volver nadando.
¿Qué tiene que ver el cigarrillo con el Reino de los Cielos? Mucho, me parece: al placer corresponde un castigo de espantosa agonía. Así pasa con todo lo bueno en la tradición de judíos y cristianos. Más allá, el goce y la dicha no prefiguran el paraíso sino el infierno. Eso parece decir Richard Attenborough. El amor, si podemos darlo, nos devolverá lágrimas y castigo.
Palabras más, palabras menos, Scorsese sugiere lo mismo. Sólo que no hay amor en La edad de la inocencia. No lo hubo en la vida de Edith Wharton, no podía haberlo en su novela y no es intención de Scorsese mostrar otra cosa. La película, situada en 1857, habla de hoy y de una aristocracia con códigos propios: ocio, manjares, hipocresías, hasta que el amor aparece como una amenaza. Evitarlo preserva el orden social. Eso sugiere, me parece, el impenetrable mayordomo de Lo que queda del día. La autoridad de mister Stevens es proporcional a la negación de sus sentimientos. El dolor, la alegría, la humillación, resbalan en su alma como gotas de rocío. Todo pasa pero queda la soledad. Para Baruch Spinoza, en su Ética, el control de los sentimientos es la mayor virtud del alma: "A la impotencia humana para gobernar y reprimir los afectos la llamo servidumbre; porque el hombre sometido a los afectos no depende de él, sino de la fortuna." Con Spinoza se pone en claro, desde 1677, que el poder, para ser tal, excluye el amor en cualquiera de sus expresiones. Y que la gente vulgar al mostrar sus afectos los expone a la manipulación y la demagogia.
En sus Diarios, el narrador John Cheever apunta en 1979: "Puedo saborear la soledad. La silla que ocupo, el cuarto, la casa, a todo le falta sustancia (...) Creo que la soledad no es un absoluto, pero su sabor es el más fuerte." El libro comienza con una reflexión bella y perturbadora para mí porque sospecho que así sentía la vida mi padre aquella tarde que salimos de pesca: "En la madurez hay misterio, hay confusión. Lo que más hallo en este momento es una suerte de soledad. La belleza misma del mundo visible parece derrumbarse, sí, incluso el amor. Creo que ha habido un paso en falso, un viraje equivocado, pero no sé cuándo sucedió ni tengo esperanza de encontrarlo."
Y bien, mi padre era más que eso, o ni siquiera eso: "Nada más obsceno y vano que intentar contener la vida y la obra de un hombre en un puñado de líneas invocadas en el tiempo y la distancia", escribe Rodrigo Fresán en Trabajos manuales. Y agrega: "Cuando un hombre se transforma en el único paisaje posible de sí mismo es cuando alcanza la forma de la soledad. La soledad como territorio. La soledad como forma alternativa de la geografía y de lo biográfico."
Estoy tratando de decir, con imágenes y palabras de otros, que lo esencial de una vida brota en el momento en que nos enfrentamos a las formas más puras de la verdad. Amor, dolor, soledad. Ahí estamos solos, sin Dios, sin patria ni sustento. Un paso atrás, un movimiento en falso y todo está perdido. En la serenidad del bote que bajaba por el Limay, mi padre percibió de golpe su tierra de sombras. Nada de este mundo le resultaba ajeno, pero él no era más que una brizna de polen arrastrada por el viento. Cuando tuvo fuerzas para admitirlo dejó de llorar, recogió la línea y devolvió el bagre a la correntada.
*de Osvaldo Soriano, incluido en "Piratas, fantasmas y dinosaurios"
Editorial Norma, Bs. As. 1996.
Luz de escena*
“Desde anoche se anuncia en mi osamenta
este golpe de lluvia resonando…”
JOAQUÍN GIANNUZZI
Extraño esa cosa mágica
de la luz de escena
y leer mis poemas
en la semipenumbra
de un café literario
o de una sencilla reunión
de trasnoche de los
amigos poetas trasnochados.
Y extraño, curiosamente,
la lluvia en Buenos Aires
y mis solitarias caminatas nocturnas
y la voz del silencio en mis oídos…
Extraño todo eso
desde mi plácida torre pueblerina.
*de María Rosa León. mrleon003(arroba)yahoo.com.ar
“¡Buenas noches, noche!”
Leo Ediciones Artesanales (2005/2006)
Ejercicio de escritura:
10 años sin Osvaldo*
El 29 de enero serán 10 años sin Osvaldo Soriano.
Inventiva Social invita a escribir pensando en su obra y vida con estilo libre (poesía, ensayo, narrativa)
Los escritos deberan enviarse hasta el 28 de enero a la casilla:
inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-Rogamos a los compañeros y colaboradores una amplia difusión de esta invitación-
*Eduardo F. Coiro inventivasocial(arroba)hotmail.com
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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