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Terra
La Coctelera

inventiva

12 Enero 2007

EDICIÓN ENERO

INVENTIVASocial
Edición ENERO 2007
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Crónica de una Herencia*
-A mi padre

Allí se acunan las historias
con ojos azules de mar y lino
de ternura
y miedo.
Porque lo brutal era comensal del campo
desde el sol a la siembra
de la siembra a la cosecha
y vuelta al arado
con un breve visteo a la escuela.
Porque lo brutal era el miedo de los hijos
y la ternura ese aleteo de pájaro nocturno
que se posaba en un beso de madre,
de mujer
arruinada por trabajos hombrunos
que tenía su tiempo
para espantar los miedos.

Era brutal el campo, me dice mi viejo
y apenas era un niño.

*de Oscar A. Agú. cachoagu58(arroba)yahoo.com.ar

RETRATO DEL ABUELO*

Recordamos a la gente en una actitud, un gesto, una fotografía inmóvil que los retrata para siempre.
Tres años con la señorita Olga, tres años de tardes repetidas, problemas y lecciones, pruebas temerosas y actos con disfraz. Pero una imagen, una sola imagen fijada para el resto de los días por venir. Día de paga, la maestra que escucha que está el cheque, y sale corriendo exageradamente para la risa de las demás hacia la administración. Y la imagen cuadro por cuadro de la señorita Olga girando sobre los mocasines, los cabellos blancos, la postura ridícula y la sensación de que al fin y al cabo es una mujer como cualquier otra, como cualquiera, como todos los que esperan la paga para llevar dinero a casa. Esa imagen y no otra, por qué, por qué la maestra girando eternamente sobre los mocasines negros.
Pensamos en un amigo y la foto cada vez es la misma, quizás acompañada por la sensación de una voz, un color, un perfume. Siempre la misma fotografía que acude a la pantalla de la memoria. Alguno reirá para siempre, alguno nos observará con el semblante triste y la huella de una música borrosa.
Pasa una madre con su hijo, y quizás en esa azarosa fracción de la jornada, para siempre, se abra y cierre el obturador. Justo en ese instante que quedará fijado para futuros recuerdos y futuros olvidos.
Algunos dejan, además, una frase como una roca inmóvil. Como un disparo, como un sólido espanto de papel arroz.
El niño aguardaba su cumpleaños. Semanas de expectación, de preparar las invitaciones con dibujitos, de pensar en la torta de nueve velas y en la bicicleta roja. El año anterior habrá sido el mismo afán por apurar los días, pero si tuviese que describir ahora la fiesta de los ocho años, nada queda prendido a la fragilidad de lo que transcurre y pasa.
Ese año habría de dejar, el año de los nueve, una marca de hielo afilado y el retrato inmóvil del abuelo.
Porque el abuelo se moría. Así de golpe como pasa con los viejos, que van al sanatorio y ya no salen. Y se fue a poner el camisón de la agonía unos días antes del cumpleaños. Justo entonces.
No era ocasión de festejos. Se suspendieron las invitaciones, se habló con el payaso, la madrina haría una torta pequeñita y no la cancha de fútbol con los arcos y los jugadores; una torta pequeñita para soplar las velas sin alharaca. Nada de chicos corriendo por el patio, volcando la gaseosa, agitando el aire con agudas carcajadas.
El abuelo se moría.
Lo llevaron al niño al sanatorio. De camisa y pantalón, peinadito, serio y compuesto lo llevaron.
El viejo estaba amarillo, más delgado, una colección de huesos y fragilidad en sábana blanca. Tenía ya la respiración cansada, los ojos cerrados, apenas una vena gruesa en la frente que palpitaba la vida escasa.
El nene se sentó en la silla junto a la cabecera, y miraba a este hombre que parecía dormido, que parecía muerto, que parecía un muñeco de porcelana cuarteada por los años, amarillo sobre marfil.
Vino el médico, la madre salió a hablar un momento. El niño quedó solo, sentado junto a la cama.
Pensó en el cumpleaños, en la fiesta trunca, en la torta de cancha de fútbol, verde de grana verde, en los chicos que no jugarían en el patio, en este viejo que venía a morir así, tan a destiempo, tan en mala hora.
Afuera las voces del médico y de su madre sonaban quedas, las palabras detrás de la puerta se mezclaban en un murmullo indescifrable. El niño se inclinó hacia la cabeza del abuelo y despacito, muy suavemente, le dijo “morite de una vez”. Le dolía el pecho cuando habló, sentía la condena y la estrechez del cuarto. Supo que las palabras eran de hielo y fuego, que no podían borrarse, que ahora le pertenecían.
El viejo entreabrió los ojos rojizos, despegó los labios y girando apenas la cabeza le dijo “los niños tienen toda la vida para pagar una palabra”.
Nada más. El resto se disolvió en lo intrascendente, y hasta al funeral pudo olvidarlo. Sabe que anduvo años en la bicicleta, que los cumpleaños se sucedieron borrosamente, que la vida se acumuló sobre el sanatorio y la cama del enfermo.
Pero la imagen del abuelo fue esa imagen. Ese día, ese momento de desgracia y anatema.
El abuelo, cada vez, gira lentamente la cabeza para que el rubor lo sorprenda en medio de una frase, en el centro de un día cualquiera, en lo ordinario. Toda la vida, abuelo, para pagar esas palabras. Toda la vida. Y ese es el autorretrato que colgaste en mi sala.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica(arroba)hotmail.com

Nostalgia de las cascadas*

Nostalgia de las cascadas.

Incestuosamente rebotar
contra la roca altiva, acariciarla
en un abrazo de ardiente despedida.

De súbito estallar
en el éxtasis final de la caída,
en la revuelta apoteosis.
Desguazarme.
Salpicar el entorno y atronando,
partir veloz con rumbo insospechable
hacia nuevos descensos velocísimos,
hacia raudas corrientes y anchos cauces.

Siempre al final, el mar interminable.

Y no ser epitafio detenido
en la quietud sin tiempo del estanque
sucio
de las grandes ciudades.

* Poema leido en Chile con motivo del Festival del Agua.

*de Sergio Borao Llop. sergiobllop(arroba)yahoo.es

CO­MI­DA*

*Pieza teatral de ROLANDO REVAGLIATTI. revadans(arroba)yahoo.com.ar

Personaje Único: HOMBRE

INDUMENTARIA: Camisa, pantalón, chinelas, delantal de cocina.

ESCENARIO:
a) Una silla contra la pared del escenario que queda a izquierda del espectador.
b) Una mesa en proscenio.
c) Un combinado a izquierda del espectador.

INDICACIONES: Durante toda la representación, discos de 78 R.P.M. giran y caen al plato del tocadiscos. Lo más que el espectador oye de ellos es el ruido que produce cada disco al caer. Por el parlante del combinado se oye desde bastante antes de que se ilumine el escenario, y comience la acción, la voz del HOMBRE. El HOMBRE no presta atención al combinado.

ACCION DETALLADA:

El escenario iluminándose muy lentamente.

Transcurridos algunos instantes, aparece el HOMBRE por derecha del espectador. Trae un mantel que pone en la mesa, así como una servilleta. Ubica la servilleta como para sentarse “de frente” al espectador. Se lo ve contento y en paz. Todas sus entradas y salidas las efectúa por derecha. Trae de la “cocina” elementos que coloca sobre la mesa. Dicha “cocina” no está en absoluto sugerida escenográficamente. Sale.

Entra trayendo grisines, pan, manteca y sal. Sale.

Entra trayendo la frutera y un huevo duro sin descascarar en un platito. Sale.

Entra trayendo los cubiertos y el aparato que sujeta los frascos de aceite y de vinagre. Ubica los elementos sobria y aplicadamente. Elige el mejor sitio para cada cosa. Sale.

Entra trayendo una mesita rodante, sobre la que hay una sopera con su cucharón, platos, una botella de un cuarto litro de vino blanco, un sifón, una copa y un sacacorchos. Pone sobre la mesa el vino, la soda, la copa, el sacacorchos y un plato hondo. Sale.

Entra trayendo un plato con buñuelos. Y una ensalada. Y un sobre con queso rayado. Sale.

Entra trayendo otros elementos, en fin, algún condimento, pickles, escarbadientes. En su última entrada desde la cocina, aparece ya sin el delantal.

Va hasta donde está la silla. La toma. La lleva hasta la mesa y se sienta.

Descascara el huevo, lo sala. Pone manteca sobre una rodaja de pan. Echa sal sobre la rodaja. Prepara la ensalada. Lustra alguna manzana. Descorcha la botella de vino. Se sirve vino. Sin soda. Se sirve la sopa, que está sumamente caliente. Revuelve la sopa. Sopla el humito. Le echa queso. Vuelve a soplar. Le echa pedacitos de pan. Revuelve. Pincha la lechuga.

El tenedor llega muy cerca de la boca, pero no puede abrirla. Deja la lechuga en la ensaladera.
Agrega aceite. Revuelve la ensalada.
Lleva el vaso de vino a sus labios. Estos no se abren. Se le vuelca un poco encima. Deja el vaso en la mesa.
Toma la rodaja de pan con manteca. Intenta morderla. No puede. Va violentándose. Deja la rodaja en la mesa.
Toma el huevo duro. Intenta morderlo. No puede. Va crispándose. Se le tensan los brazos y las manos y los dedos. Deja el huevo en el platito.
Toma el cuchillo. Corta el huevo en rodajitas sobre la ensalada.
Toma nuevamente el vaso de vino. No puede beberlo. Lo deja.
Pone un dedo sobre la tapa agujereada del salero, y lleva ese dedo con algún granito de sal hasta su lengua.
Intenta que la cuchara con sopa pase por sus labios. Estos se abren, pero no sus dientes. Tira la cuchara en el plato.
La crispación del HOMBRE va en aumento: vuelca cosas al suelo, se sube a la mesa, toma el sifón, apunta el pico del sifón a la sien y vigorosamente se dispara un chorro de soda, en simultánea con apagón.

VOZ DEL HOM­BRE: Las mon­jas me asus­tan. No las quie­ro. No las en­tien­do. Só­lo las de­seo. Di­go yo.
Di­go que di­go yo. Aho­ra. (Pau­sa.) Pue­do ape­nas fle­xio­nar las ro­di­llas. Pe­ro soy el pri­me­ro cuan­do se
tra­ta de co­rrer. Tran­cos lar­gos, grá­ci­les, y lo me­jor es cuan­do no to­co el sue­lo. ¿Al re­for­ma­to­rio yo?... ¡¿Tan chi­qui­to?! ¡¿Es pa­ra tan­to...?! ¡¿Al juez de me­no­res...?! (Pausa.) ¡¿Tan chiquito?! (Pausa.) Al fút­bol soy un ague­rri­do co­bar­dón. Un “ma­le­ta” a pu­ro ta­po­na­zo, que se arre­ba­ta fren­te a la pe­lo­ta, que pe­ga de “pun­tín” y si va en bue­na di­rec­ción: es gol. La tie­nen que ir a bus­car a la lu­na. “¡Eh, ma­le­ta, mi­rá dón­de la man­das­te!”: cuan­do no iba a pa­rar a la lu­na. “¿¡Pe­ro es­tás lo­co vos!?... ¡Aho­ra an­dá a bus­car­la!” Y co­rría, asu­mía mi bru­ta­li­dad, mis ac­ce­sos de cre­ti­nis­mo. (Pau­sa.) Soy un buen “fulbac”. (Pau­sa.) Lo que me ma­ta son las ba­las que no dis­pa­ré. Te hi­ce po­ner mal, pa­pá, cuan­do te di­je que yo sé lo que ha­go, que no quie­ro con­se­jos, que pre­fie­ro equi­vo­car­me so­lo. Esa no era una bue­na res­pues­ta pa­ra vos. Un hi­jo de­be acep­tar la guía, la con­duc­ción: el je­fe de la fa­mi­lia. (Pau­sa.) Al eclip­se lo quie­ro es­pe­rar des­pier­to. En la me­sa no se lee. Po­ne­te de­re­cho, mi­rá esa es­pal­da, te va­mos a com­prar el apa­ra­to. No se­rá con im­po­si­cio­nes que cre­ce­ré, no se­rá con mon­jas ni con ame­na­zas. Mi ma­má me mi­ma, me ba­ña o me re­ga­ña. Mi ma­má me
quie­re que más no se pue­de, pe­ro yo no lo sé bien.

Se oye al­gún tro­zo de can­ción sil­ba­da. Y al­gu­nos tri­nos y “bi­chos feos” eje­cu­ta­dos tam­bién con la téc­ni­ca del sil­bi­do.

Leo y es­cri­bo a los cua­tro años. Y tres por una tres. Pe­ro can­to tan mal, tan mal... ¿Cuán­do no can­to? ¿Cuán­do no es­toy ti­ra­do con­tra la pa­red ha­cien­do la or­ques­ta? Ha­cien­do vo­ces, pe­ro no la mía. ¡Mi voz ver­da­de­ra es és­ta, se­ño­res! (Pau­sa.) Si ha­go al­gu­na ac­ción ma­la al­go ma­lo me va a pa­sar. Mi pie de­re­cho es fuer­te, va­le­ro­so. Pe­ro el dé­bil ga­na, el ame­dren­ta­do. Eso es la jus­ti­cia. La ma­no iz­quier­da se
so­bre­po­ne y en el úl­ti­mo mo­men­to, pró­xi­ma a que­dar am­plia­men­te de­rro­ta­da, un ins­tan­te an­tes de
so­bre­ve­nir la ex­te­nua­ción, des­com­pues­ta por el su­fri­mien­to, da vuel­ta la co­sa: ven­ce, ven­ce pa­ra siem­pre y siem­pre se­rá así. He re­gla­men­ta­do, he es­ti­pu­la­do, he con­cor­da­do. Má’ qué tan­ta vi­ta­mi­na, qué tan­ta “be do­ce”, qué tan­to pan­ci­to aden­tro de la so­pa. Pa­pá, que nun­ca fue pa­pá, tal vez “pa” al­gu­nas ve­ces, me
pe­ga con la ma­no abier­ta por­que no de­seo in­ge­rir. Y en pú­bli­co. Ma­má, ma­mi, “ma” y des­pués na­da, me cas­ca por ha­cer uso in­de­bi­do del bi­dé. Yo so­me­to a las hor­mi­gas y me fas­ci­no con los ca­ra­co­les. Por
be­llos y por pe­cu­lia­res.

Pau­sa.

(Imi­ta a Pe­pe Arias): ¡¿Qué ha­cés, “amo­ma­ba­do”?! ¡Pe­ro pres­tá aten­ción con esa pa­lan­ga­na! ¡A ver si me ti­rás en­ci­ma el agua ja­bo­no­sa! ¡Mu­cho cui­da­di­to con la per­cha! ¡Yo soy de ver­dad, chi­tru­lo! ¡Y cuan­do quie­ras par­lo­tear con­mi­go me pe­dís au­dien­cia! “¡Amo­ma­ba­do!”

Pau­sa.

(Pro­si­gue con su pro­pia voz.) To­dos los agos­tos vie­ne la par­ca por ca­sa. Vie­ne, ron­da, gua­da­ñea, ha­ce lo po­si­ble, oxí­ge­no pa­ra la abue­la, mé­di­cos, pro­fe­so­res, re­me­dios y pe­ni­ci­li­na. Y yo me voy a dor­mir con mi ma­má. Pe­ro se va. Des­pués de re­vol­ver­lo to­do, se va. No ga­na, de­sis­te; di­ce has­ta lue­gui­to. De to­dos mo­dos al­guien mue­re siem­pre en agos­to. Mien­tras es­cri­bo con pe­da­zos de ti­za, me ase­gu­ro los
pan­ta­lo­nes, voy a bus­car el pan en­sar­ta­do en las san­da­lias pa­ra­gua­yas. La hi­ci­mos ha­blar bas­tan­te en ca­sa a la par­ca, sin em­bar­go. Nos dis­cur­sea­ba con ese olor a fra­za­da prin­go­sa, nos su­su­rra­ba...: vol­vé. ¿Por qué vol­vé? ¿A dón­de? (Pau­sa.) No se­rá ins­tán­do­me a ver quién va­cía pri­me­ro ca­da pla­to que
co­me­ré. Ni me sub­yu­ga­rán con mo­ne­das. Ni con na­da. ¿O se cre­en que un chi­co no en­tien­de? ¿Que no hue­le, no oye, no sien­te, no pien­sa, no ve, no ne­ce­si­ta? ¿Que uno es un es­cudito fa­mi­liar, un ac­ce­so­rio? Un sím­bo­lo. La ro­pa se me cal­ma. Soy car­ne de pi­le­tón. Te­ra­pia de fas­ci­ne­ro­so pa­ra un ner­vio­so.
¡Upa-la-la­aa! Agüi­ta fres­ca y el al­ma se me cho­rrea. ¿¡Pe­ro no me ven, na­die se da cuen­ta de que eso es una per­ver­sión, una por­que­ría!? ¡Me mo­jan las aga­llas! ¡Qué mier­da, no soy un pes­ca­do! ¡Dé­jen­me ser
al­gu­na co­sa! ¡Ah, no se atre­ven, ee­e­e­ehhh! Se van a vi­si­tar en­fer­mos, por eso me que­do ju­gan­do al “ru­mi”. Tan bien ves­ti­dos, con ca­ra de “vol­ve­mos tem­pra­no, po­ne­te el pi­ya­ma”. ¡Qué ma­ne­ra de te­ner­me mie­do, de ti­rar­me todo ese mie­do en­ci­ma! Pe­ro có­mo: ¡¿el hi­jo de la due­ña de la pen­sión le pi­de a los re­yes
me­dian­te con­sa­bi­da y res­pe­tuo­sa car­ta la re­cep­ción de un au­ti­to, de esos pa­ra me­ter­se aden­tro, y
apa­re­ce un tri­ci­clo?! Un tris­te tri­ci­clo. ¿Un sim­ple tri­ci­clo?... ¡¿To­do es­te tri­ci­clo pa­ra mí?! Mien­tras tan­to al hi­jo de una pen­sio­nis­ta le apa­re­ce un au­ti­to. ¡Y jue­ga con él! ¡Y an­da!... ¿Quién mi­ra por la
ven­ta­na del au­la del co­le­gio? Yo. Aun­que no ha­ya pa­ja­ri­tos. ¿Quién lle­ga co­mo una trom­ba ha­cién­do­se en­ci­ma? Yo. ¿Quién se ubi­ca en las fies­tas de­ba­jo de la me­sa a la ho­ra de los cuen­tos ver­des? Yo. ¿Quién se em­bu­cha a los seis me­ses de su pro­pio na­ci­mien­to, me­dia pas­ti­lli­ta de se­dan­te? Yo. ¿Quién
mi­ra re­vo­lo­tear a los pa­ja­ri­tos, que no hay, a tra­vés de la ven­ta­na del au­la del co­le­gio? ¡Yo, se­ño­res, yo! ¿Quién si no yo?: el más dó­cil ¡y el más bue­no!!

Pau­sa.

Imi­ta a una or­ques­ta tí­pi­ca. Can­ta la pri­me­ra es­tro­fa del vals de Ge­ró­ni­mo y An­to­nio Su­re­da:
“Ilu­sión Ma­ri­na”.

Era la hi­ja del vie­ji­to guar­da fa­ro
la prin­ce­si­ta de aque­lla so­le­dad,
y le de­cían con amor los pes­ca­do­res
que era la per­la más bo­ni­ta y blan­ca que guar­da­ba el mar.
Fue pa­ra ella que can­ta­ron los ma­ri­nos
que cru­za­ban las se­re­nas aguas huér­fa­nas de amor,
y en sus can­tos lle­nos de ca­ri­ños siem­pre le de­cían
que bri­lla­ban sus ojos más que el fa­ro y el sol.

Pau­sa.

Las me­lli­zas eran ca­ri­ño­sas con­mi­go. Ba­tían la cla­ra de los hue­vos con un te­ne­dor, le echa­rían azú­car, va­ya a sa­ber, era ri­co, yo me lo co­mía. Me aca­ri­cia­ban, ha­bla­ban de sí, se sa­ca­ban la ro­pa. El de las
fo­tos con las mu­je­res des­nu­das en las pa­re­des y en los por­ta­rre­tra­tos es­cu­cha­ba mú­si­ca clá­si­ca a to­do lo que da. Cuan­do la her­ma­na y la ma­dre ve­nían a vi­si­tar­lo, las pa­re­des que­da­ban ba­rri­das, lo más un
al­ma­na­que. Ese tam­bién se sa­ca­ba la ro­pa de­lan­te mío. La pe­lo­ta se­bo­rrei­ca era ser­vi­cial. He­día, dor­mía do­ce ho­ras, y ex­cep­to los dis­cos, ni un rui­di­to. Yo le lle­va­ba el ca­fé con le­che a la ca­ma a Blan­ca, la
chi­ca de la pie­za del fon­do, la que tra­ba­ja­ba de no­che, des­pués su­pe de qué, que a mí me gus­ta­ba tan­to, tan su­ge­ren­te. Arre­gla­ba en­chu­fes la pe­lo­ta, sol­da­ba ca­ños, ajus­ta­ba bal­do­sas y cam­bia­ba cue­ri­tos. Se
son­reía con sig­ni­fi­ca­do. Blan­ca es­ta­ba muy bien, me per­tur­ba­ba su exis­ten­cia: mi sa­ber que de­ba­jo de su ro­pa, ella es­ta­ba to­da.

Se oye unas cua­tro ve­ces la re­pe­ti­ción de las tres úl­ti­mas pa­la­bras. In­me­dia­ta­men­te des­pués se oye: “Mi sa­ber que de­ba­jo de su ro­pa ella es­ta­ba to­da”. Lue­go se oye la pa­la­bra “to­da”, va­rias ve­ces, co­mo si se vi­to­rea­se a un equi­po de fút­bol.

Pau­sa.

Ca­len­tu­rien­to, ca­len­tu­rien­to, ¿por qué re­lle­na­ron los agu­je­ri­tos de aque­lla se­gun­da puer­ta del ba­ño gran­de, la que es­ta­ba tra­ba­da, la que da­ba di­rec­to a la pie­za en la cual al­guien siem­pre dor­mía? ¿Por qué le pe­ga­ban con el cin­tu­rón y a ve­ces con la he­bi­lla del cin­tu­rón, a Nor­ma? ¿Por qué yo oía los gri­tos del amor y del do­lor? ¿Por qué aque­lla plan­cha se des­li­zó has­ta tu ma­no? ¿Por qué me acuer­do de tu
co­mu­nión con la man­te­ca?... ¿Qué es es­to? ¿Qué es­toy di­cien­do? Yo hu­bie­ra que­ri­do es­piar por los
agu­je­ri­tos. ¡Oh, la ba­ña­de­ra! To­dos ha­bía­mos des­fi­la­do por allí.

Pau­sa.

Re­co­mien­za el tex­to es­cu­cha­do has­ta que ce­sa con el apa­gón.

El jardín de mi infancia*

Recorro el jardín de mi infancia
y como en un cuento de hadas
me convierto en una dulce niña
que baila entre los árboles.
Los coloridos rosales brillan
y los senderos se inundan
con los sueños e ilusiones
que son acunados por la brisa.
Me acerco a los blancos jazmines
y el perfume me acaricia
mientras la ternura se hamaca
en mi mundo infantil.
Las campanillas y los lirios
se arrojan en mis brazos
y el sol de oro sonríe
en el gran paraíso azul.
Siento mi encantadora muñeca
en el borde de un cantero
y su vestido de seda
se cubre de bellas violetas.
La inocencia salpica mi alma
y me encuentro con una princesa
que me lleva hasta un palacio
en un carruaje plateado.
Las grandes puertas se abren
con el roce de la magia
y muestran las paredes
donde brillan los recuerdos.

*de María Griselda García Cuerva. mg_cuerva(arroba)yahoo.com.ar

DESPUÉS DEL DILUVIO*

Tan pronto como la idea del Diluvio se hubo serenado, Una liebre se detuvo entre las esparcetas y las campanillas móviles y dijo su plegaria al arco iris a través de la tela de araña.
¡Oh!, las piedras preciosas que se ocultaban, - las flores que miraban ya.
En la ancha calle sucia se alzaron los tenderetes, y arrastraron las barcas hacia el mar escalonado arriba como en los grabados.
La sangre corrió, en casa de Barba Azul, - en los mataderos, - en los circos, donde el sello de Dios palideció las ventanas. La sangre y la leche corrieron.
Los castores construyeron. Los "mazagranes" humearon en los cafetines.
En la casona de cristales, todavía chorreante, los niños de luto contemplaron las maravillosas imágenes.
Una puerta crujió, - y en la plaza de la aldea, el niño hizo girar sus brazos, comprendido por las veletas y los gallos de los campanarios de todas partes, bajo el resplandeciente aguacero.
Madame *** instaló un piano en los Alpes. La misa y las primeras comuniones se celebraron en los cien mil altares de la catedral.
Partieron las caravanas. Y el Splendide-Hôtel fue edificado en el caos de hielos y noche polar.
Desde entonces, la Luna oyó gimotear a los chacales por los desiertos de tomillo, - y a las églogas en zuecos gruñir en el huerto. Luego, en el oquedal violeta, lleno de brotes, Eucaris me dijo que era la primavera.
- Mana, estanque, - rueda, Espuma, sobre el puente, y por encima de los bosques; - paños negros y órganos, - relámpagos y trueno, - subid y rodad; - Aguas y tristeza, subid y reanimad los Diluvios.
Porque desde que se disiparon, - ¡oh las piedras preciosas enterrándose, y las flores abiertas! - ¡qué aburrimiento!, y la Reina, la Bruja que enciende su brasa en la olla de barro, nunca querrá contarnos lo que ella sabe, y que nosotros ignoramos.

INFANCIA*

I

Este ídolo, ojos negros y crin amarilla, sin padres ni corte, más noble que la fábula, mexicana y flamenca; su dominio, azur y verdor insolentes, corre sobre playas nombradas, por olas sin bajeles, de nombres ferozmente griegos, eslavos, célticos.
En la linde del bosque, - las flores de ensueño tintinean, estallan, relumbran, - la muchacha de labio de naranja, con las rodillas cruzadas en el claro diluvio que surge de los prados, desnudez que ensombran, atraviesan y visten los arco iris, la flora, el mar.
Damas que dan vueltas en las terrazas vecinas al mar; infantas y gigantas, soberbias, negras en el musgo cardenillo, joyas alzadas sobre el suelo feraz de los bosquetes y de los jardincillos deshelados, - jóvenes madres y hermanas mayores de miradas llenas de peregrinaciones, sultanas, princesas de andares y atuendo tiránicos, pequeñas forasteras y personas dulcemente desdichadas.
Menudo aburrimiento la hora del "querido cuerpo" y "querido corazón".

II
Es ella, la pequeña muerta, detrás de los rosales. - La joven mamá difunta baja la escalinata. - La calesa del primo rechina en la arena. - El hermano pequeño - (¡está en las Indias!) ahí, ante el crepúsculo, sobre el prado de claveles. - Los viejos que han enterrado totalmente tiesos en la muralla de los alhelíes.
El enjambre de hojas de oro rodea la casa del general. Están en el sur. - Se sigue el sendero rojo para llegar al albergue vacío. El castillo está en venta; las persianas están desprendidas. - El cura se habrá llevado la llave de la iglesia. - Alrededor del parque, las casetas de los guardas están deshabitadas. Las empalizadas son tan altas que sólo se ven las cimas rumorosas. Además dentro no hay nada que ver.
Los prados suben hacia las aldehuelas sin gallos, sin yunques. La esclusa está levantada. ¡Oh los Calvarios y los molinos del desierto, las islas y las muelas!
Zumban flores mágicas. Los taludes le mecían. Circulaban animales de una elegancia fabulosa. Las nubes se agolpaban sobre la alta mar hecha de una eternidad de cálidas lágrimas.

III

En el bosque hay un pájaro; su canto os detiene y os hace sonrojar.
Hay un reloj que no suena.
Hay un hoyo con un nido de animales blancos.
Hay una catedral que baja y un lago que sube.
Hay un cochecito abandonado en el bosquecillo, o que desciende por el sendero corriendo, adornado con cintas.
Hay una compañía de pequeños comediantes con trajes de escena, divisados en el camino por entre la linde del bosque.
Hay en fin, cuando se tiene hambre y sed, alguien que os echa.

IV

Yo soy el santo, orando en la terraza, - como los animales pacíficos pacen hasta el mar de Palestina.
Yo soy el sabio en el sillón umbrío. Las ramas y la lluvia se arrojan contra el ventanal de la biblioteca.
Yo soy el peatón del camino real entre los bosques enanos; el murmullo de las esclusas cubre mis pasos. Veo largo rato la melancólica lejía dorada del poniente.
Con gusto sería el niño abandonado en la escollera que partió hacia alta mar, el pajecillo que sigue la alameda cuya frente toca el cielo.
Los senderos son ásperos. Los montículos se cubren de retamas. El aire está inmóvil. ¡Qué lejos están los pájaros y las fuentes! Esto sólo puede ser el fin del mundo, que avanza.

V

Que me alquilen por fin esa tumba, blanqueada a la cal con las líneas del cemento en relieve - muy lejos bajo tierra.
Me acodo en la mesa, la lámpara ilumina vivamente estos periódicos que, idiota de mí, releo, estos libros sin interés.
A una distancia enorme por encima de mi salón subterráneo, las casas se implantan, las brumas se reúnen. El barro es rojo o negro. ¡Ciudad monstruosa, noche sin fin!
No tan alto, están las cloacas. A los lados, nada más que el espesor del globo. Acaso los abismos de azur, pozos de fuego. Acaso sea en esos planos donde se encuentran lunas y cometas, mares y fábulas.
En las horas de amargura imagino bolas de zafiro, de metal. Soy dueño del silencio. ¿Por qué una apariencia de tragaluz palidecería en el rincón de la bóveda?

*de Arthur Rimbaud. "Iluminaciones"

*Fuente: LA MAQUINA DEL TIEMPO

http://www.lamaquinadeltiempo.com/Rimbaud/iluminac1.htm

Dime*

Dime

solo dime si queda algo de mí

que no detestes

que no te aburra hasta el asqueo,

explícame que foto del pasado

queda visible,

el puro blanco es la pálida nada

primero has perdido la cabeza

después el amor a las virtudes,

que ahora detectas como inútiles defectos,

así que recuerda y dime

si queda algo de mí que no detestes.

*de Lisandro Ignacio Romero gudarizutik(arroba)yahoo.com.ar
Rosario, Argentina

Soledades*

Una tarde, mientras íbamos río abajo en un bote de pescadores, mi padre cerró con furia los puños alrededor de la caña y de golpe se echó a llorar. Llevábamos un largo rato en silencio. Yo tenía los remos y trataba de que la corriente no nos alejara demasiado de la orilla. Hasta entonces su pena me había pasado desapercibida porque para mí él era fuerte y sin fallas. Me demoré un largo rato antes de preguntarle qué le pasaba. Confusamente me dijo que había perdido a alguien a quien quería mucho y aunque era muy católico empezó a cagarse soberanamente en Dios. En ese momento no me importaron nada Dios ni los seres queridos. Me irritaba verlo así, aferrado a la caña, con la cabeza hundida en el pecho y el pelo blanco sacudido por el viento.

Hasta entonces su vida había sido ordenada, mediocre, patriotera. Fluía mansa y previsible como el agua que nos llevaba entre islotes y troncos flotadores. Dios era una inteligencia inasible e inapelable que aparecía cada vez que nos faltaba una explicación.

Yo creía en El: todavía me veo rezando a oscuras, pequeño y pecador, pidiendo que fueran eternas las cosas que me hacían dichoso. Era tan joven que sólo pensaba en la muerte como algo lejano que quizás tuviera solución. Lo que pesaba era la soledad. No la soledad de estar solo sino esa otra por la que han escrito los mejores libros y cantares del universo. Ese paréntesis que atrapa una palabra para darle entonación subterránea. El agujero negro, infinitamente vacío, en el que aquella tarde había caído mi padre.

En Tierra de sombras un estudiante de letras dice que leemos para saber que no estamos solos. En Bleu, la protagonista intenta ocultar lo evidente bajo una máscara de fortaleza e indiferencia, hasta que algo se rompe. Por fin, en la edad de la inocencia, el hombre que acepta una vida prejuiciosa y previsible se hunde en las contradicciones de una clase incapaz de dar a la soledad otra respuesta que el orden cerrado y la complacencia hedonista. Miré esas películas el fin de semana y al ver llorar a Anthony Hopkins abrazado al hijo de su esposa muerta, me puse a llorar yo también y me vino a la cabeza esa imagen de hace tantos años en el río Limay. Sin duda, también contaba la culpa, pero eso lo comprendí más tarde. Culpa de estar ahí y ser más joven que él. De no tener todavía nada que amortizar o de estar pagando por anticipado.

Durante un paseo por el campo, el profesor enamorado de una mujer agonizante confiesa su dicha efímera y ella le responde: "La felicidad de hoy anticipa el dolor de mañana." Tierra de sombras habla de Dios y del alivio que ofrece la fe para insinuar que no hay tal .Que Dios es el sufrimiento mismo y no su consuelo. Durante siglos el Creador jugó a ser imprevisible, fuente de amor y verdad, juez supremo incomprobable. Desde que lo inventaron, los hombres han tratado de explicarse para qué les sirve. Y como lo suyo es, a los ojos de la mayoría temerosa, sólo castigo, tampoco él sobrevivió a la oferta y la demanda. Mi padre no podía saber que dios iba a morir tan pronto y yo mismo nunca lo imaginé. En esos días lo habían intimado a dejar el cigarrillo. Rechazó las pamplinas de los médicos y apostó a algo superior. Al Ser Supremo que estaba por encima del bien y del mal.

Naturalmente, perdió. Pero eso iba a ocurrir años después. Entre tanto está llorando mientras un bagre tira de su línea y yo no me animo a acercarme para consolarlo. Me digo que en una de ésas el bote se da vuelta y tenemos que volver nadando.

¿Qué tiene que ver el cigarrillo con el Reino de los Cielos? Mucho, me parece: al placer corresponde un castigo de espantosa agonía. Así pasa con todo lo bueno en la tradición de judíos y cristianos. Más allá, el goce y la dicha no prefiguran el paraíso sino el infierno. Eso parece decir Richard Attenborough. El amor, si podemos darlo, nos devolverá lágrimas y castigo.

Palabras más, palabras menos, Scorsese sugiere lo mismo. Sólo que no hay amor en La edad de la inocencia. No lo hubo en la vida de Edith Wharton, no podía haberlo en su novela y no es intención de Scorsese mostrar otra cosa. La película, situada en 1857, habla de hoy y de una aristocracia con códigos propios: ocio, manjares, hipocresías, hasta que el amor aparece como una amenaza. Evitarlo preserva el orden social. Eso sugiere, me parece, el impenetrable mayordomo de Lo que queda del día. La autoridad de mister Stevens es proporcional a la negación de sus sentimientos. El dolor, la alegría, la humillación, resbalan en su alma como gotas de rocío. Todo pasa pero queda la soledad. Para Baruch Spinoza, en su Ética, el control de los sentimientos es la mayor virtud del alma: "A la impotencia humana para gobernar y reprimir los afectos la llamo servidumbre; porque el hombre sometido a los afectos no depende de él, sino de la fortuna." Con Spinoza se pone en claro, desde 1677, que el poder, para ser tal, excluye el amor en cualquiera de sus expresiones. Y que la gente vulgar al mostrar sus afectos los expone a la manipulación y la demagogia.

En sus Diarios, el narrador John Cheever apunta en 1979: "Puedo saborear la soledad. La silla que ocupo, el cuarto, la casa, a todo le falta sustancia (...) Creo que la soledad no es un absoluto, pero su sabor es el más fuerte." El libro comienza con una reflexión bella y perturbadora para mí porque sospecho que así sentía la vida mi padre aquella tarde que salimos de pesca: "En la madurez hay misterio, hay confusión. Lo que más hallo en este momento es una suerte de soledad. La belleza misma del mundo visible parece derrumbarse, sí, incluso el amor. Creo que ha habido un paso en falso, un viraje equivocado, pero no sé cuándo sucedió ni tengo esperanza de encontrarlo."

Y bien, mi padre era más que eso, o ni siquiera eso: "Nada más obsceno y vano que intentar contener la vida y la obra de un hombre en un puñado de líneas invocadas en el tiempo y la distancia", escribe Rodrigo Fresán en Trabajos manuales. Y agrega: "Cuando un hombre se transforma en el único paisaje posible de sí mismo es cuando alcanza la forma de la soledad. La soledad como territorio. La soledad como forma alternativa de la geografía y de lo biográfico."

Estoy tratando de decir, con imágenes y palabras de otros, que lo esencial de una vida brota en el momento en que nos enfrentamos a las formas más puras de la verdad. Amor, dolor, soledad. Ahí estamos solos, sin Dios, sin patria ni sustento. Un paso atrás, un movimiento en falso y todo está perdido. En la serenidad del bote que bajaba por el Limay, mi padre percibió de golpe su tierra de sombras. Nada de este mundo le resultaba ajeno, pero él no era más que una brizna de polen arrastrada por el viento. Cuando tuvo fuerzas para admitirlo dejó de llorar, recogió la línea y devolvió el bagre a la correntada.

*de Osvaldo Soriano, incluido en "Piratas, fantasmas y dinosaurios"

Editorial Norma, Bs. As. 1996.

Luz de escena*

“Desde anoche se anuncia en mi osamenta
este golpe de lluvia resonando…”
JOAQUÍN GIANNUZZI

Extraño esa cosa mágica
de la luz de escena
y leer mis poemas
en la semipenumbra
de un café literario
o de una sencilla reunión
de trasnoche de los
amigos poetas trasnochados.

Y extraño, curiosamente,
la lluvia en Buenos Aires
y mis solitarias caminatas nocturnas
y la voz del silencio en mis oídos…

Extraño todo eso
desde mi plácida torre pueblerina.

*de María Rosa León. mrleon003(arroba)yahoo.com.ar
“¡Buenas noches, noche!”
Leo Ediciones Artesanales (2005/2006)

Ejercicio de escritura:

10 años sin Osvaldo*

El 29 de enero serán 10 años sin Osvaldo Soriano.

Inventiva Social invita a escribir pensando en su obra y vida con estilo libre (poesía, ensayo, narrativa)
Los escritos deberan enviarse hasta el 28 de enero a la casilla:
inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar

-Rogamos a los compañeros y colaboradores una amplia difusión de esta invitación-

*Eduardo F. Coiro inventivasocial(arroba)hotmail.com

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
Enviar los escritos al correo: inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar

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