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La Coctelera

inventiva

15 Febrero 2007

QUÉDATE EN EL SURCO DE LA TERNURA

En el surco de la ternura*

*Liuba María Hevia

Quédate en mi voz, vibra, suena,
únete a la esperanza
del verso que me habita junto a esta tierra.
Ay amor, amor,
lluvia nueva,
espejo de mis ansias,
revelador camino hasta la inocencia.
Quédate en el surco de la ternura,
de la ternura,
abonando el mundo desde mi verso,
desde mi verso,
quédate en el surco de la ternura,
de la ternura,
sembrando tu luz al sueño que crece,
que aquí florece cuando me amas tú.
Cantará mi amor con la brisa,
y frutas de esperanza
anunciarán el alba con su sonrisa.
Ay amor, amor,
lluvia nueva,
espejo de mis ansias,
revelador camino hasta la inocencia.
Quédate en el surco de la ternura,
de la ternura,
abonando el mundo desde mi verso,
desde mi verso,
quédate en el surco de la ternura,
de la ternura,
sembrando tu luz al sueño que crece,
que aquí florece cuando me amas tú;
que aquí florece cuando me amas tú.

*FUENTE: http://www.arrakis.es/~miguelhc/letras.htm

Quédate en el surco de la ternura

Consonancias*

*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com

El primer sentido. ¿Cómo entra un hombre en tu vida? A través del oído. Lo
escuchás por teléfono y esa voz que hasta hace un momento era desconocida,
se precipita por el torrente sanguíneo y se te instala entre las piernas. De
nada vale maldecir ni caminar encorvada con las manos apretando el punto
neurálgico de la palpitación. No podrás dejar de sentirla. Una vez que la
voz entró por el oído y se te instala entre las piernas, poco puede hacer la
razón. No tiene caso decirte "es una estupidez, si lo vi una sola vez en mi
vida" porque la vista en este caso, no ha de ser el primer sentido.

Lugares. Los oídos están abiertos a todo el mundo. La voz del otro entra y
sale sin mayores riesgos. En general, el tránsito de sonidos es ligero y se
pierde en el aire con las otras monotonías. Algunos provocan un tintineo tan
insatisfactorio que rápidamente son escupidos por la boca. Otros son
sustanciales, se te suben a la cabeza y los acunás en el corazón, pero no
llegan al hondo escondite que te hace temblar las piernas.

Fermento. Treinta y seis o treinta y siete sentidos tienden sus membranas
absorbentes a lo largo del conducto auditivo. Así como los ojos son
cazadores de mariposas, los oídos son cazadores de significados. En ellos la
pasión del cuerpo masera su fermento. Es allí donde nace la nota inicial del
error supremo de amar sin conocer, que de tanto en tanto se produce.

El latido exuberante. Los oídos, entrenados en el ajetreo de escuchar cuando
hace falta y de volverse sordos ante la necesidad, están a cada lado del
rostro, imperceptibles de tan obvios, y a nadie se le ocurriría halagarlos
por su belleza ni por su habilidad. Pero quien no te entra por los oídos, no
llega al lúdico laberinto de la cabeza, no produce el latido exuberante del
corazón, no espolvorea sobre la boca un polvillo de azúcar, no hace llegar
el instante de la desnudez cabeza abajo. Los oídos son umbrales a uno y otro
lado del cerebro. El sonido de la palabra los atraviesa cargando en sus
enormes alas el fuego y el alimento.

Impúdico suceso. Los oídos te impulsan hacia los más insospechados sucesos.
Así, un buen día te encontrás marcando el número de teléfono de aquel que va
y viene desde la cabeza hacia el corazón, del corazón al incendio de las
piernas, y te llevás su conversación hasta el cuarto de baño. Con una mano
te quitás la ropa y con la otra sostenés el hilo de la comunicación para
llevarla hacia donde el otro no sospecha. El que entra por el oído poco a
poco deja de estar fuera del impúdico suceso y lo hacés hablar mientras
empieza a correr el agua bajo tus pies y la demencia entre tus dedos. Él
habla, habla y martillea. Esto ha sido dicho alguna vez, como ha sido dicho
que el follaje verdemente apagado se diluye tras la niebla llorosa de los
ojos. Y aunque sólo vos hayas leído ese poema, lo que va desde tu cuerpo
hasta la boca es un sonido tembloroso que el otro escucha y se contenta.

A caballo de un sueño. Entonces te das cuenta de que ese hombre que llega a
través de su voz, que se abre paso entre el inmenso murmullo de los hombres,
de los hombres que han dicho sus palabras, que han ejercido el derecho de
nombrarte, incluye el propio corazón a los estímulos verbales que te hacen
sacudir el cuerpo y dice: "vos decidís, podemos vernos cada veinte meses,
cada veinte días, cada veinte minutos..." Y el flexible margen de la
frecuencia, anunciado por la voz embriagadora, produce en tus hormonas un
impulso anímico que te acelera el ritmo de la sangre. Un frenético círculo
de ardor dibujan los sentimientos alrededor del clítoris de la conciencia. A
los pocos minutos de ponerte a caballo de ese sueño, un frescor como de
nieve muy arriba en el cielo y un movimiento de seda muy abajo del cuerpo,
soplan por fin sobre el último estertor de tus caderas.

El sonido. Vos misma, y no otra, dejás de oírte como oís a los demás. Tus
propios labios ya no hacen el mismo movimiento al hablar porque tus palabras
dejan de ser viejas. Escuchar el corazón del otro es una experiencia
silenciosa frente al ruido del mundo. Las noches se vuelven rosarinas,
madrileñas, bonaerenses, africanas. Los tambores suenan con frenesí. El
tórrido calor parte en dos cada una de las estrellas. Sobre las piedras
blancas corre el agua negra. La pulpa verde del mundo se sacude y se desmaya
al unísono con el alma que una vez más se inflama debajo de tu cintura. Y ya
no hay nada qué temer. La noche no tiene dientes ni mandíbulas. Cuando él
habla, la noche y la soledad son dos bestias inofensivas.

*FUENTE ROSARIO-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-7323-2007-02-14.html

LUCIA*

*J. M. Serrat

Vuela esta canción
para ti Lucia
la mas bella historia de amor
que tuve y tendré.
Es una carta de amor
que se lleva el viento
pintado en mi voz
a ninguna parte
a ningún buzón.
No hay nada mas bello
que lo que nunca he tenido
nada mas amado
que lo que perdí.
perdoname si
hoy busco en la arena
una luna llena
que arañaba el mar...
Si alguna vez fui un ave de paso,
lo olvide para anidar en tus brazos.
si alguna vez fui tierno y fui bueno,
fue enredado en tu cuello y tus senos.
Si alguna ve fui sabio en amores,
lo aprendí de tus labios cantores.
si alguna vez amé,
si alguna día
después de Amar, Amé,
fue por tu amor, Lucia.
Tus recuerdos son
cada día mas dulces,
el olvido solo
se llevó la mitad,
y tu sombra aun
se mete en mi cama
con la oscuridad,
entre mi almohada
y mi soledad.

*Fuente:
http://members.fortunecity.es/sololetras/canciones/letra_can/canc_64.htm

Yo vengo a ofrecer mi corazón*

*Fito Páez.

¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.
Tanta sangre que se llevó el río,
yo vengo a ofrecer mi corazón.

No será tan facil, ya sé que pasa.
No será tan simple como pensaba.
Como abrir el pecho y sacar el alma, una cuchillada de amor.

Luna de los pobres, siempre abierta,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Como un documento inalterable,
yo vengo a ofrecer mi corazón.

Y uniré las puntas de un mismo lazo,
y me iré tranquilo, me iré despacio,
y te daré todo y me darás algo,
algo que me alivie un poco nomás.

Cuando no haya nadie cerca o lejos,
yo vengo a ofrecer mi corazón.
Cuando los satélites no alcancen,
yo vengo a ofrecer mi corazón.

Hablo de países y de esperanza,
hablo por la vida, hablo por la nada,
hablo por cambiar esta, nuestra casa,
de cambiarla por cambiar nomás.

¿Quién dijo que todo está perdido?
Yo vengo a ofrecer mi corazón.

*Fuente: http://www.rock.com.ar/letras/3/3557.shtml

En el bar*

La morena que acaba de entrar en el bar se acerca al bigotudo sentado junto
al ventanal y lo saluda con un beso fugaz. Es alta, desenvuelta, por lo
menos quince años menor que él. A tres mesas de distancia analizo los
detalles del encuentro. Entre la morena y el bigotudo comienza un diálogo
trabajoso, lleno de silencios. No puedo oír lo que dicen, sólo deduzco
información por los gestos. Llego a la siguiente conclusión: "Es una
despedida, se encuentran por última vez, se citaron para despedirse". Una
morena que viene a través de la noche, altiva, de boca cruel, que
seguramente ama el sol y los deportes, un bigotudo tristón que la espera:
una despedida.
Después de los primeros titubeos, Bigote se suelta. Pausado, la sonrisa vaga
y las manos lentas. "Ahora -pienso- empieza el largo discurso, lo ha estado
estudiando durante el día entero, echará mano de todos los argumentos, se
pondrá erudito, profundo, brillante, dramático, finalmente ironizará un poco
sobre esto y lo otro para disimular lo mal y lo débil que se siente esta
noche."
La morena prende un cigarrillo. Bigote sigue hablando. "No servirá de
nada -medito-, a ella no le importa todo ese palabrerío, sólo quiere llegar
al final y sentirse libre de una buena vez."
El mozo trae café para ella y otro whisky para él. La morena coloca el
azúcar y revuelve, se aburre, busca distracciones, está en otra cosa, quiere
irse. Por lo menos eso es lo que interpreto a la distancia. Aunque podría
tratarse de una fantasía mía. De cualquier manera, aparentemente, también
Bigote registró la indiferencia de la mujer. Acaba de permitirse un breve
arranque de enojo. Ella mira la calle.
Me digo: "Durante todo el tiempo él sabe que la única actitud válida sería
la de dar la charla por terminada y marcharse como un caballero, pero no
hará nada de eso, se quedará ahí, estirando y estirando la madeja, pidiendo
más whisky, poniéndose insoportable, hasta que la cosa esté bien podrida y
no quede nada en pie".
El enojo del bigotudo, real o fingido, pasa rápido. Tal vez, más que un
enojo, fue un ruego de atención. Retoma el monólogo. En este
momento -pienso- se siente capacitado para comprenderlo absolutamente todo.
O por lo menos eso es lo que debe estar diciendo, aunque no ignore que es
una mentira más, y que lo cierto, lo que va entendiendo cada vez con mayor
claridad, mientras habla y habla y la morena fuma y fuma mirando la calle,
es que tanto despliegue de inteligencia y generosidad nada podrá contra la
valla que ahora los separa y no deja de crecer.
"Exactamente dentro de dos minutos, él le hará la gran pregunta y se quedará
esperando que ella le conteste", me digo. En efecto, parecería que algo de
eso ocurriera. Pero la morena no está dispuesta a hablar. Se detiene en cada
palabra. Sólo avanza ante las insistencias de Bigote que la mira fijo. "Lo
único que está haciendo, y lo sabe -reflexiono-, es ganar tiempo, retenerla
un poco más, retrasar la muerte."
Bigote levanta el brazo y pide otro whisky. Ella desliza un comentario. Tal
vez: "¿Vas a seguir tomando?" Y es probable que él haya contestado: "¿Por
qué no?" Lo veo apurar la medida en un par de tragos y comprendo que el tipo
perdió definitivamente la partida, que desde este momento buscará
obstinadamente la forma de destruir lo poco que todavía se mantiene en pie,
de que no quede un solo puente transitable a sus espaldas.
"Ahora comenzará a volverse sutilmente hostil e hiriente, la agredirá, y
entonces ella aprovechará la oportunidad para levantarse y él se verá
obligado a pedirle perdón y la situación se volverá muy lamentable."
Bigote insiste, cada vez con menos elegancia. Frente a él, misteriosa y
radiante, la morena que seguramente ama el sol y los deportes permanece tan
inconmovible como un muro. "No quiero ver ese final", me digo. Pago, me
levanto, paso cerca y les echo una última ojeada. Todavía pienso: "Ojalá no
se caiga del todo, ojalá consiga terminar la cosa con cierta dignidad".
Ojalá. Pero lo cierto es que no le tengo mucha fe.

*de Antonio Dal Masetto.
Publicado en la contratapa del diario Página/12, el 24-3-1992.

*

esta noche sin vos
las estrellas me aprietan los ojos
y el silencio es un hueco de granito

parezco solo
con la cabeza baja
los dedos sueltos
sin balbucearte apenas

sin vos
no tengo lágrimas

esta noche sin vos
estoy abandonado en cada esquina
tropiezo en horizontes sin palabras

mañana el sol saldrá
tiritando de frío

*de HECTOR DE LEON deleon.he@gmail.com
-Enviado para compartir por Horaco Rossi. terrazio@ciudad.com.ar

Geneviève*

En medio de la clase de física, cuando llegaba la primavera y el viento se
calmaba y todos dejábamos de rechinar los dientes, el Flaco Martínez, que
era el profesor más querido del colegio, tiraba la tiza sobre el escritorio
descalabrado y decía: "Y ahora, a visitar la materia". Los alumnos sabíamos
lo que quería decir. Los primeros aplausos y vivas venían de los bancos de
atrás, de los mayores que repetían por tercera vez el año y estaban en edad
de conscripción.
Guardábamos carpetas y libros y el Flaco Martínez levantaba las manos
pidiendo silencio para que el director y el celador no nos oyeran. El
director era un tipo bien trajeado que sabía manejar la sonrisa y el rigor;
estaba al tanto, pero toleraba las escapadas porque temía el desgano de los
mejores jugadores de fútbol en la gran final intercolegial de noviembre.
Era sabido que cada año apostaba su aguinaldo completo a favor de "sus
muchachos". Con la llegada de la primavera florecía también su carácter
jovial, tolerante, y la disciplina se relajaba y los exámenes eran menos
imperativos y aquellos que nos sabíamos ya integrantes del equipo nos
sentíamos con derecho a olvidar las matemáticas y la química para entrenar
en la cancha vecina.
Entonces salíamos caminando despacio, casi arrastrando los pies para no
darles envidia a los pibes de primer año que tenían matemáticas en el aula
del zaguán, la puerta entreabierta porque ya no soplaba el viento del oeste
y el silencio calmaba los nervios como un puñado de aspirinas. Por entonces
las calles no estaban pavimentadas y un viejo camión regador pasaba dos
veces por día para aquietar el polvo. Cuando el viento callaba, como aquella
tarde, el pueblo chato y gris parecía cubrirse de ruidos que no conocíamos.
El Flaco Martínez caminaba adelante, el pucho entre los labios, su pálida
cara de tuberculoso afrontando un sol dañino. Era, creo, tan pobre como
nosotros: llevaba siempre el mismo traje azul lustroso que planchaba
extendiéndolo bajo el colchón de la pensión y se ponía cualquier corbata
cortita a la que nunca le deshacía el nudo. Se decía que era timbero y
mujeriego y que por eso lo habían transferido de un respetable colegio de
Bahía Blanca a nuestro remoto establecimiento de varones solos, adonde sólo
se llegaba por castigo o por aventura.
Éramos más de veinte en el curso, pero la asistencia nunca pasaba de doce o
catorce; los mejores alumnos, serios y bien vestidos, y nosotros, los que
teníamos el boletín lleno de amonestaciones pero jugábamos bien al fútbol.
No era fácil seguir al Flaco Martínez que tenía las piernas largas como
mástiles. Subía la cuesta y encaraba por la ruta asfaltada que separaba a
los malos de los buenos ciudadanos del pueblo. Al sol, su pelo largo al
estilo de un bohemio pasado de moda se ponía rojo y todos nos dábamos cuenta
de que la física le importaba tanto como a nosotros. Pero nadie, nunca, se
animó a tutearlo. En los momentos más dramáticos de una partida de billar se
le alcanzaba la tiza acompañándola de un "señor" que jamás sonó socarrón.
Aquélla no era su tierra y estaba claro que despreciaba cada grano de arena
que respiraba o se le metía en los zapatos. Pero se había resignado a ella
como los hombres solos se resignan a las noches interminables.
Bajando la cuesta, al otro lado de la ruta, se veían esparcidas las primeras
casas cuadradas y el café con billares y barajas del turco Saúl Asir. A esa
hora, las calles del barrio estaban desiertas y sólo los camiones cargados
de manzanas pasaban dejando una polvareda que se quedaba flotando hasta que
una brisa nos la apartaba del camino y el sol volvía a cocinar las acequias
y los espinillos. En el bar, el Flaco Martínez se tomaba una sola ginebra y
nos hacía vaciar los bolsillos. Como siempre, el Rengo Mores tenía apenas lo
justo para pagarse la vuelta en ómnibus hasta Centenario, que quedaba entre
las bardas, a cuarenta kilómetros. Casi todos vivíamos lejos y atravesábamos
el río en colectivo, o en bicicleta, o colados en algún camión. Los que
faltaban a clase se habían quedado pescando cerca del puente porque todavía
no era tiempo de sacarse la ropa y tirarse a nadar.
Juntábamos el primer viernes de cada mes lo que ganábamos al truco, o en
trabajos de ocasión. El Flaco Martínez reunía los billetes y hasta alguna
moneda, agregaba lo suyo que no era mucho, y se iba a parlamentar con la
gorda Zulema que era nuestra virgen protectora. La Zulema era dulce y sabia,
paciente y comprensiva, y amaba su profesión como jamás he visto que otra
mujer la amara. No conocía el egoísmo ni las pequeñas miserias que otros
toman por virtudes. Su orgullo era la heladera eléctrica, la única de ese
costado maldecido de la ribera, que había hecho traer en un vagón de
encomiendas desde Buenos Aires. No es que alardeara de ella, ni que la
mezquinara, pero nadie tenía derecho a abrirla sin su presencia y
consentimiento.
Una noche de sopor en la que todos estuvimos de acuerdo en que llovería, la
abrió delante de mí y del Negro Orellana. Aparte de una botella de refresco
y una pechuga de pollo, había un largo collar de perlas de imitación y un
paquete de cartas envueltas en una cinta rosa. Eran fantasmas del pasado y
la Gorda Zulema quería que se conservaran frescos e intactos como un postre
de chocolate.
Hubo otra noche en que yo estaba triste, un poco borracho e impotente, y
ella me pasó la mano por la cabeza y me acarició los párpados y no me dijo
las estúpidas palabras que tenían preparadas las otras mujeres del barrio.
Me hizo sentar al borde de la cama, que era grande como una pista de baile,
apoyó su cabeza contra mi espalda para que no nos viéramos las caras y me
contó alguna cosa de su vida que nos hizo llorar a los dos mientras los
otros clientes esperaban en el vestíbulo.
Supe esa noche que se llamaba Geneviève, que era francesa de verdad y no
como otras, que arrastraban la erre para darse corte. Buscó las cartas en la
heladera. Los sobres desteñidos de tinta violeta estaban escritos con una
caligrafía varonil e imperativa. Un detalle añadía a la distancia un
reproche velado: no conforme con escribir Neuquén, Argentine, el hombre
agregaba inútilmente Patagonie, Amérique du Sud. El sobre traía ya una
sospecha de selvas o desiertos. De fin del mundo.
Geneviève se había ocultado detrás de Zulema en Buenos Aires, donde había
pasado algunos años de gloria mientras Europa se desangraba. Su contribución
al esfuerzo de guerra de sus compatriotas había sido firme y decidida: hasta
la liberación de París ningún hombre de nacionalidad alemana se tendió sobre
sus sábanas.
La decadencia y las arrugas la trajeron a nuestro pueblo y secretamente
sabía que su tierra ya estaba tan lejana como su juventud. Barajó los sobres
como si fuera a repartir las cartas y en ellas estuviera escrito el destino,
el de ella -que soñaba en vano con volver a ver el Mediterráneo- y el mío,
que alguna vez me llevaría a su Francia natal.
No habló del hombre que se quedó en el puerto de Marsella: cuando la
correspondencia dejó de llegar empaquetó el pasado y lo guardó en la
heladera, como otras mujeres lo conservan el rictus amargo de los labios.
Pero aquella tarde de primavera en que llegamos con el Flaco Martínez,
todavía no habíamos mirado la heladera por dentro ni habíamos llorado
juntos. Zulema era gorda y opulenta y Federico Fellini hubiera gustado de
ella. A su lado, el Flaco Martínez parecía una escoba abandonada junto a un
camión cisterna. Hablaron un rato sin manosear dinero ni levantar la voz. Al
otro lado de la calle nosotros esperábamos, ansiosos como si el Flaco
estuviera por tirar un penal. Un movimiento de cabeza, una risa comprensiva
de la Gorda Zulema y empezamos a saltar como si el Flaco hubiera hecho el
gol.
Tirábamos los turnos a la suerte, revoleando dos monedas a la vez y el
sistema era complicado porque la empresa era seria. Si alguien reclamaba
prioridad por su dinero, el Flaco prometía hacerle explicar la fusión de ya
no sé qué materia y el egoísta se calmaba. Después, al caer la tarde, con la
lengua desatada por la emoción, íbamos a jugar al billar a lo del Turco y
teníamos un hambre feroz y ni una moneda para un sándwich.
Cuando recuerdo aquellos años, cuando reviven las imágenes del Flaco
Martínez y de la Gorda Zulema, imagino que el corresponsal de Marsella
escribiría sus cartas temiendo que el corazón de su Geneviève se endureciera
en aquel desierto hostil. Pues no. Es hora de que ese hombre obstinado, si
vive todavía, lo sepa. Valía la pena esperarla. Aun esperarla en vano. En
aquel paisaje en el que éramos extranjeros (es decir, inocentes), todo era
irrealidad: no había elefantes que rodearan el valle, ni el avión negro de
Perón llegó nunca. Las manzanas y las vidas florecían pero las ilusiones,
como los relojes baratos que llevábamos en la muñeca, se entorpecían y
luchaban por abrirse paso entre la arenisca que volaba desde el desierto.
Hace unos años, cuando fui por última vez, mis amigos de entonces me habían
enterrado: corrió la noticia que me daba como descabezado en un accidente de
tránsito. Fue curioso ver las caras azoradas frente a una aparición de
ultratumba.
Por fin, cuando hicimos el recuento de vidas y muertes, de hazañas y
cobardías, de sueños realizados y matrimonios hechos y deshechos, pregunté
por el Flaco Martínez. "El Flaco también se murió -dijo alguien-; se fue al
sur, a Santa Cruz, y lo agarró la pulmonía, pobre Flaco."
La Zulema era un recuerdo que se nombraba en voz baja. Muchos se habían
construido un edificio personal que los abrigaba de un pasado de pobreza y
la Gorda Zulema estaba sepultada en los cimientos. ¿Qué importancia podía
tener entonces aquel primer viernes de cada mes, cuando era primavera y el
viento se calmaba y todos dejábamos de rechinar los dientes?

*De Osvaldo Soriano.
"Cuentos de los años felices" Editorial Sudamericana, Bs. As. Edición de
1993.

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear
noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono
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