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Terra
La Coctelera

inventiva

20 Marzo 2007

UN ESPEJO EN EL TECHO.

FUÉ AL PASAR*

Yo creí que tus ojos anegaban el mundo...
Abiertos como bocas en clamor... Tan dolientes
Que un corazón partido en dos trozos ardientes
Parecieron... Fluían de tu rostro profundo
.
Como dos manantiales graves y venenosos...
Hornos á fuego y sombra tus pupilas !... tan hondas
Que no se desde donde me miraban, redondas
Y oscuras como mundos lontanos y medrosos.
.
¡ Ah tus ojos tristísimos como dos galerías
Abiertas al Poniente !... Y las sendas sombrías
De tus ojeras donde reconocí mis rastros !...
.
Yo envolví en un gran gesto mi horror como en un velo,
Y me alejé creyendo que cuajaba en el cielo
La medianoche húmeda de tu mirar sin astros!

*de Delmira Agustini.
(de Cantos de la Mañana)
-Fuente: http://www.damisela.com/literatura/pais/uruguay/autores/agustini/cantos/pasar_p2.htm

Un espejo en el techo...

MUJER FELIZ*

Había yo concurrido a una charla dada por un psiquiatra. La charla trataba sobre la felicidad. El psiquiatra definió el grado de felicidad como el nivel de aceptación en la relación de la persona con sus aconteceres; la familia, los amigos, el trabajo, las diarias ocupaciones.
Ocurrió que la mujer sentada a mi lado era una persona feliz, y, para mi dicha, esa mujer feliz me había otorgado el alto y honorable título de amiga.
Ahora bien, cómo es que esa mujer es una de esas raras personas que han incurrido en la extraña fortuna de ser felices. Habría que hacer un estudio, pero no está en mi mano más que el esbozo de una descripción, incompleta y externa como todos los intentos de aproximación al misterio.
Esa mujer que gozosamente confirmaba cada rasgo presente en las personas felices camina con los pies hacia afuera como una bailarina. No es un dato anecdótico. Como no puede ir por la vida con los brazos abiertos, va por ella con los pies abiertos, abarcando con un abrazo desde la tierra al universo y sus criaturas.
Es de esa clase de gente que una quiere tener cerca cuando el cielo resplandece, y que una necesita cuando llega el otoño y el deshojarse de las ilusiones. Tiene la incomparable capacidad de estar, de estar para quien la necesite a la hora del mediodía o de la medianoche, de callar, reír o hablar, de consolar sin mentir, de sonreír en silencio, de llorar lágrimas de sal y música melancólica por una amiga en desgracia.
Es hija, madre y hermana, es esposa y amiga. Es decir, que ejerce con solvencia todos los posibles modos de caricia y de estar en el mundo con y para otros. De su marido ha dicho “lo quiero tanto”, y no se me ocurre frase más modesta y más hermosa.
Que haya amamantado a sus tres hijos y a sus siete sobrinos la colocan en el terreno de la Pachamama, de las Venus Esteatopigias, de todas esas deidades que desde el inicio de los tiempos dieron leche y vida a los humanos. Que pueda narrarlo con bellas palabras es un encanto añadido.
Es, entonces, una especie de maga.
Si el timbre de su voz lo evoco en la frase ¡Qué-buéno!, así pronunciada, ¡Qué-buéno!, en las situaciones en que una se daría a todas las maldiciones que recuerde o pueda inventar. Si esa mujer dice qué-buéno cuando se pone a cocinar a las once de la noche, y al otro día tiene que madrugar para ir al trabajo. Si dice que hace falta or-ga-ni-za-ción, sabiendo que nadie le hará caso, y no se enoja. Si extiende su afecto como una manta infinita que abriga a todos y a todo. Si hace todo eso, debe de ser, y es, una mujer feliz.
Descubro entonces que la felicidad no es una cuestión de sucedidos, fortunas o resguardos. La mujer feliz deja que la felicidad le retoñe en los pechos y la regala. No protege con muros su jardín, lo abre a los visitantes. No guarda su felicidad en una cajita de sándalo e incienso, la derrama, y al derramarla crece.
Es feliz porque nos hace felices. Y hacemos cola para sentarnos un ratito a su lado en la hamaca.
No puedo decir que Edurne sea un hada. Es una mujer de verdad, y una mujer feliz. No hay mayor magia que esa.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

Martes, 20 de Marzo de 2007
Citas rápidas*

*Por Sandra Russo

En un hotel de diseño del centro de Buenos Aires, hay cierto nerviosismo a eso de las seis y media. Falta un rato para “las 19”, cuando según consta en las tarjetas de falsa invitación, dará comienzo el juego. Ya se ven por aquí y por allá mujeres de más o menos cincuenta años tomando cortados, solas o de a dos. Aparentan esa tranquilidad que cuesta mucho aparentar. Esperan.
Mientras tanto, una especie de Alessandra Rampolla en versión boliviana, muy sexy y muy correcta, encapsulada en su rol de anfitriona, circula por el lobby, cuyo centro es una enorme pileta de no natación: en el agua flotan diversos objetos que la convierten en una instalación. A ambos lados, filas de mesas y sillas hipermodernas están ya dispuestas; dentro de media hora, en esas mesas y sillas se sentarán hombres y mujeres durante ocho minutos exactos: el juego consiste en eso. En conocer a diez personas del sexo opuesto y conversar con cada una de ellas ocho minutos exactos, que serán cronometrados por la Venus coordinadora. El juego pertenece a una nueva modalidad de citas, las citas rápidas. La coordinadora prefiere llamarlas fast dates. Ella habla un lenguaje curiosamente neutro, y sospecho que no es porque sea boliviana. Bolivia ha quedado muy atrás en su biografía. Ella es la cara de una empresa especializada en fast dates, y maneja a la perfección el monólogo del vendedor del juego.
Dirá, por ejemplo: “Las damas y los caballeros que participan de nuestros eventos no tienen tiempo para hacer vida social. Imagínate: ir a una discoteca, bailar, conversar, quedarse tomando un trago, quedar en verse al día siguiente... Eso lleva mucho tiempo. Aquí tienen la posibilidad de conocer a diez personas del sexo opuesto en dos horas y de iniciar una bella relación”.
Como se trata de “una empresa seria” que “ante todo garantiza confidencialidad”, mientras esas damas y esos caballeros estén sentados en el hotel, mesa por medio, conociéndose durante ocho minutos, ignorarán sus respectivos nombres. Les han dado nicknames que los protegen. Es que el juego tiene sus vaivenes. Deben ser protegidos de gente que a su vez quiere ser protegida. La seguridad entra por esa grieta al mundo de las relaciones personales, haciéndolas impersonales. ¿No será un costo demasiado alto? Para las damas y los caballeros, no.
El juego se divide por “rangos”, y hay eventos especiales para cada “rango”. El “rango” no es más que la franja de edades: si no fuera por el “rango”, las damas de cincuenta como las que hoy están aquí se quedarían sin candidatos hasta en este juego y pese a haber pagado la inscripción. Los caballeros de cincuenta y tantos prefieren a las treintañeras.
Les dan tarjetas ya tabuladas y marcadas con la primera impresión que les provoque cada candidato/a. Son como antiguos carnets de baile. En las tarjetas hay tres caritas que expresan: 1) satisfacción; 2) duda: merece una segunda oportunidad; 3) desagrado. Tomándose ese examen mutuo, un rato después de “las 19”, el lobby está lleno de damas y caballeros sonriendo y conversando, cada pareja en su mesa. A los ocho minutos, suena una campana que toca la Venus de ojos celestes con un mohín que indica que todos deben cambiar de mesa y compañero/a. Todos obedecen. Están ansiosos por ver quién sigue. Quizá mientras conversen con el siguiente seguirán pendientes del anterior, si es que les ha gustado, y relojeando a la dama con la que él se ha sentado. Las variables posibles de atracción o rechazo escapan a la manipulación del juego, así como las pasiones y los arrebatos, los pensamientos recurrentes, la naturalidad y el azar, en fin, esos pormenores tan importantes en cualquier historia de amor o deseo. El juego ofrece seguridad y garantiza “gente para conocer”, pero a cambio se reserva el derecho de enamoramiento súbito, desprolijo y antojadizo. Aquí no se viene a dejarse llevar, sino a evaluar y a ser evaluado.
Las citas rápidas florecen en un contexto en el que la soledad ya ha empantanado demasiado a hombres y mujeres que deben convertirse en damas y caballeros, como si fueran personajes surgidos de alguna trama de amor cortés, o bien como los carteles de los baños públicos. Visto desde la puerta del hotel, el juego sigue su curso, aunque ha habido inconvenientes, que son los de la vida real: hay más damas que caballeros. Ellas deben relucir más, ser más agudas y divertidas para que ellos marquen 1) o 2).
Afuera paró de llover y sin embargo todavía hace calor. La noche que llega impregna el algodón de las remeras y las camisas de un sudor mezclado de humedad y cansancio. Afuera hay embotellamiento, y hay patrulleros pidiendo documentos a unos pibes. Las bocinas están enfurecidas y los hombres y las mujeres que salen de sus trabajos caminan rápido para alcanzar el colectivo. Y aún con la pesadez del clima y el tránsito, afuera de ese hotel todo está vivo.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-81990-2007-03-20.html

CHIS­TE TRIS­TE*

*pieza teatral de ROLANDO REVAGLIATTI. revadans@yahoo.com.ar

Per­so­na­jes:
MU­JER
AN­CIA­NO
MU­JER DE 50 AÑOS QUE SE SOS­TIE­NE LA CA­BE­ZA
MU­CHA­CHA
MON­JA
HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO
HOM­BRE 1
HOM­BRE 2
AN­CIA­NA
MU­JER 2
MU­JE­RIE­GO
MU­JER QUE NO HA­BLA
MU­JER 1
HI­JO
CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL
MO­ZO

ES­CE­NA­RIO: A fo­ro, el fren­te de una con­fi­te­ría. Una am­plia puer­ta, al me­dio. En un car­tel enor­me
so­bre la puer­ta se lee: “Con­fi­te­ría Grand”. De­lan­te del de­co­ra­do, una con­fi­te­ría de bal­ne­a­rio.
Es­ca­li­na­tas. Y en ellas, si­mé­tri­ca­men­te dis­pues­tas, ca­tor­ce me­si­tas re­don­das con una si­lla ca­da una,
to­das de fren­te al es­pec­ta­dor. En ca­da si­lla un per­so­na­je. Otra me­si­ta, la úni­ca de­so­cu­pa­da, tie­ne dos si­llas, am­bas de fren­te, en pros­ce­nio y en el me­dio.

En ca­da me­si­ta hay lo si­guien­te:
MU­JER: Gran he­la­do.
AN­CIA­NO: Ga­se­o­sa.
Me­si­ta De­so­cu­pa­da: Ce­ni­ce­ro.
MU­JER DE 50 AÑOS QUE SE SOS­TIE­NE LA CA­BE­ZA: Té con le­che; apar­ta­do, co­mo si ya lo
hu­bie­se be­bi­do. Un sán­gu­che de pan pe­be­te co­mi­do has­ta la mi­tad.
MU­CHA­CHA: Gran co­pón de cer­ve­za.
MON­JA: Me­ren­gue con cre­ma. Le­che cho­co­la­ta­da.
HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO: Pla­ti­to con acei­tu­nas. Pa­li­lle­ro con es­car­ba­dien­tes. (Y un mi­cró­fo­no.)
HOM­BRE 1: Ver­mut con in­gre­dien­tes.
HOM­BRE 2: Ver­mut con in­gre­dien­tes.
AN­CIA­NA: Gi­ne­bra.
MU­JER 2: Si­dra. Pan dul­ce.
MU­JE­RIE­GO: Whisky con hie­lo.
MU­JER QUE NO HA­BLA: Agua mi­ne­ral.
MU­JER 1: Si­dra.
HI­JO: Cog­nac.

Dis­tri­bu­ción de iz­quier­da a de­re­cha:
Pri­me­ra hi­le­ra: MU­JER — AN­CIA­NO — MU­JER DE 50 AÑOS QUE SE SOS­TIE­NE LA CA­BE­ZA — MU­CHA­CHA.
Se­gun­da hi­le­ra: MON­JA — HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO — HOM­BRE 1 — HOM­BRE 2 —
AN­CIA­NA.
Ter­ce­ra hi­le­ra: MU­JER 2 — MU­JE­RIE­GO — MU­JER QUE NO HA­BLA — MU­JER 1 — HI­JO.

Ca­rac­te­rís­ti­cas de al­gu­nos per­so­na­jes, de­ta­lles de in­du­men­ta­ria y de com­por­ta­mien­to:
HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO: Se­sen­ta y cin­co años. Pu­cho en la bo­ca. Ha­bla so­lo, de mo­do
inin­te­li­gi­ble, du­ran­te to­do el trans­cur­so de la re­pre­sen­ta­ción; ex­cep­to, por ejem­plo, cuan­do cree oír a su ima­gi­na­rio in­ter­lo­cu­tor —tal vez, más de uno—, con el cual re­fle­xio­na y tam­bién dis­cu­te. Una que otra pa­la­bra po­dría ser cap­ta­da. Hos­ti­li­dad y re­ce­lo son los ma­ti­ces pre­do­mi­nan­tes en su ac­ti­tud. Sin em­bar­go, aquí y allá, apa­re­cen tam­bién fu­ga­ces ras­gos sim­pá­ti­cos y cor­dia­les. Es­tá sen­ta­do a la úni­ca me­sa en la que en su cen­tro hay in­ser­to (co­mo un ele­men­to na­tu­ral, pro­pio de ella) un mi­cró­fo­no;
(no co­nec­ta­do —a sa­la— si­no re­cién en ins­tan­cia de­ter­mi­na­da). Des­de lue­go, es­te per­so­na­je “ig­no­ra” ese mi­cró­fo­no, “no lo ve”, pa­ra él no exis­te, “no ha­bla por él” ni an­tes ni des­pués de co­nec­ta­do.

MU­JER 2: Cua­ren­ta y cin­co años. Gor­di­ta.

MU­JE­RIE­GO: Lee un lar­go per­ga­mi­no.

MU­JER QUE NO HA­BLA: Ac­cio­nes que re­a­li­za:
a) Se sa­ca los len­tes de con­tac­to. Los guar­da en el es­tu­che. Se co­lo­ca una go­ta de co­li­rio en ca­da ojo. Se po­ne an­te­o­jos de mu­cho au­men­to y con co­lor.
b) Se co­lo­ca go­tas en la na­riz.
c) Con­sul­ta el re­loj (de hom­bre). In­gie­re una cáp­su­la.
d) Se echa ai­re con el va­po­ri­za­dor pa­ra el as­ma.
e) Se po­ne una pas­ti­lla en la bo­ca.
f) Se­ca su trans­pi­ra­ción con un pa­ñue­li­to.
g) Ob­ser­va de­te­ni­da­men­te su ros­tro en un es­pe­ji­to.
h) Se sa­ca al­gún ani­llo con di­fi­cul­tad. Ma­sa­jea el de­do do­lo­ri­do. Guar­da el ani­llo en un mo­ne­de­ro. Bus­ca en la car­te­ra. Sa­ca otro ani­llo. Se lo po­ne en el mis­mo de­do.
i) Sa­ca de la car­te­ra un ca­rre­tel de hi­lo de co­ser. Cor­ta una por­ción de hi­lo. Guar­da el ca­rre­tel en la car­te­ra. Pa­sa el hi­lo en­tre un par de dien­tes. Lo ob­ser­va. Re­pi­te la ope­ra­ción. Ti­ra el hi­lo. Re­co­rre con la len­gua el si­tio en cues­tión.
MU­JER 1: Cua­ren­ta años. Muy gor­da.
HI­JO: Sie­te años. Bien ves­ti­di­to, pul­cro, pei­na­do. Se­rio.
CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Se­sen­ta años. Atil­da­do. Apues­to. Ele­gan­te. Pe­ro de­ca­den­te. Cor­ba­ta lu­jo­sa,
al­go abu­cho­na­da, con al­fi­ler de cor­ba­ta. Cha­le­co. Za­pa­tos re­lu­cien­tes.

Se oye al HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO.

MU­JER 2: ¡Mo­zo!
HOM­BRE 2: ¡Mo­zo!
MU­JE­RIE­GO: “Te­re­sa Cla­ra A., 31, se­pa­ra­da, bien. Ol­ga Zu­le­ma H., 23, sol­te­ra, bien.
Ma­yo 75: Ali­cia J., unos cua­ren­ta, dos hi­jas, muy bien.
Este­la P., 34, viuda, do­ble equis.
Ju­nio 75: Est­her Ol­ga, unos trein­ta, sol­te­ra, mal. Adria­na M., 49, re­gu­lar, de pie.”
AN­CIA­NO: Es tan ino­cen­te. ¿Có­mo se los pue­do mos­trar? Se pei­na so­lo, se ali­sa. En­tro al ba­ño, lo
des­cu­bro, y él si­gue, es­tá en lo su­yo. ¿Les con­té lo de los ani­ma­les?... ¡Ay, le gus­ta cal­car! Cal­ca. Es lo que más le gus­ta. Le pi­den dos y ha­ce ocho. ¡Qué ri­co!... La ma­es­tra, se ve, él me di­ce, le pi­de un ave y un ma­mí­fe­ro, una va­ca. O le pi­de un pes­ca­do. Y él pre­pa­ra las co­sas, los úti­les, tie­ne va­rias plu­mas ya, la tin­ta, la... la tin­ta chi­na; se es­me­ra ¿no?, quie­re ser pro­li­jo, y el pa­pel..., con el pa­pel... Es lo úni­co que le gus­ta. Es una ce­re­mo­nia, se ilu­mi­na, lle­na los cua­der­nos, se apli­ca, lo ha­ce con un en­tu­sias­mo, que mi­rá que él no, pe­ro con una apli­ca­ción... Es vo­lun­tad, tie­ne vo­lun­tad. Pa­ra eso. Los pa­í­ses... Cal­ca pa­í­ses. Rí­os, la­gu­nas... Me sa­lió... Pe­ro mi­rá, ho­jas y ho­jas. Pu­ros fe­li­ci­ta­dos. Ay... có­mo... La ma­es­tra de­be es­tar
sor­pren­di­da. La ma­es­tra de­be es­tar sor­pren­di­da.

Apa­re­ce el CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL por la puer­ta de la Con­fi­te­ría. Ob­ser­va.

MON­JA: La Na­vi­dad la pa­so con él. El, or­ga­ni­za el ban­que­te; yo: co­mo. Yo cla­vo los dien­tes, yo muer­do; él ben­di­ce el pan y el pu­che­ro; las man­za­nas y los ome­le­tes, el ja­món y la so­pa; la tar­ta de ca­da día y el tu­rrón, la so­da, las pas­tas, el bor­go­ña; la re­mo­la­cha, la os­tia, el dul­ce de le­che del flan. Co­mo si fue­ra mú­si­ca yo oi­go la co­mi­da, el con­du­mio. La pa­so con él. En paz. ¡Mo­zo!...

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia la MU­JER 2.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Se­ño­ri­ta: us­ted es­tá so­la y yo es­toy so­lo. Me agra­da­ría in­vi­tar­la a be­ber... otra co­pa.

MU­JER 2: No, no, mu­chas gra­cias, no.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pe­ro, se­ño­ri­ta... Us­ted es­tá so­la y yo es­toy so­lo. ¿Por qué no po­drí­a­mos be­ber una co­pa?

MU­JER 2: No, lo sien­to, gra­cias.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted. (Pau­sa. Al MU­JE­RIE­GO.) Se­ñor: us­ted es­tá so­lo y yo es­toy so­lo. Me agra­da­ría in­vi­tar­lo a be­ber una co­pa.

MU­JE­RIE­GO: ¿Eh?... No, mi­re... Otro día.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pe­ro, se­ñor... Us­ted es­tá so­lo y yo es­toy so­lo. ¿Por qué no po­drí­a­mos be­ber una co­pa?

MU­JE­RIE­GO: Por­que... No. De­ci­di­da­men­te.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted. (Que­da ob­ser­van­do a la MU­JER QUE NO HA­BLA.)

MU­JER: ¡Fue una no­che es­plén­di­da, es­plén­di­da, ma­má! ¡Nos tra­ta­ron tan bien! Más que co­rrec­ta­men­te. Siem­pre pen­sé que así ten­dría que ser. Nos pa­sa­ron a bus­car. A las tres a la ca­sa. Las ma­dres de ellas los co­no­cie­ron. Y una has­ta lo hi­zo en­trar, ma­má. Lás­ti­ma que vos no co­no­cis­te a mi..., a es­te jo­ven. En bue­na po­si­ción. En muy bue­na po­si­ción. No, no... A mí me gus­ta­ría... No, no, ma­má, no, no es... No, no es... pro­fe­sio­nal. En bue­na, en una só­li­da po­si­ción eco­nó­mi­ca. Me lo dio a en­ten­der; no creas que me lo di­jo, que se ven­dió. Y muy dis­cre­to. Los tres. No, no me de­jé to­car. No me to­có, na­da. Al cru­zar. Eran
ama­gues, ges­tos... “Por aquí, así...”, al ba­jar. “Cui­da­do con el rue­do del ves­ti­do.” Por el ro­ce, ma­má...: los es­ca­lo­nes. Las tres en una gran con­fi­te­ría. Que no pa­re­ce de afue­ra. Con­fi­te­ría. De mu­chí­si­mo lu­jo. Y mo­zos... Eso es... ¿de li­brea?... Atil­da­dos, de ha­blar ba­jo, de ca­mi­nar en si­len­cio. To­dos. Una ver­da­de­ra cla­se so­cial. No­so­tras re­lu­cía­mos, ma­mi­ta. ¡Ay, tan­to es­pe­rar, y no me vis­te! Pe­ro no creas, tra­ta­mos de que no se no­ta­ra que era nues­tra pri­me­ra vez. Tu­vi­mos aplo­mo, te di­ré, aun­que cla­ro, nos sen­tía­mos
ob­ser­va­das... Pe­ro no creas, ¡es­tá­ba­mos muy ele­gan­tes no­so­tras tam­bién! Las se­ño­ras nos mi­ra­ban... al
en­trar. No­so­tras. Vis­te, ma­má, siem­pre mi­ran. Se mi­ra. Es­tá­ba­mos tan di­cho­sas, ¡tan in­men­sa­men­te
cho­chas...! Eh...: gra­ti­fi­ca­das. ¡Cham­pag­ne, nos sir­vie­ron cham­pag­ne he­la­do ma­ra­vi­llo­so! Y uno con­tó el
es­ta­cio­na­mien­to. Del cham­pag­ne. La con­ver­sa­ción... ani­ma­da, ajus­ta­da, so­bria. No­so­tras nos de­lei­ta­mos. Al prin­ci­pio, un po­qui­tín ten­sas. Es ló­gi­co. Ha­bía que afron­tar una con­ver­sa­ción. To­das mo­du­lá­ba­mos, ele­gía­mos las pa­la­bras ade­cua­das... So­brias tam­bién. Los mo­da­les... Nosotras... Ha­brías... Te hu­bie­ras... ¡Ay, te hu­bie­ras sen­ti­do or­gu­llo­sa de tu hi­ja! Y de las ami­gas de tu hi­ja. Y quie­ro que lo es­tés. No te amar­gues..., ya vas a ca­mi­nar... Va­mos a sa­lir de és­ta. Siem­pre he­mos sa­li­do ade­lan­te. Mien­tras yo ten­ga fuer­zas... Y be­lle­za. Una sa­na be­lle­za. Una cla­ra... ac­ti­tud. Pe­ro sí, ma­má, me agra­da. ¡Có­mo no es­tar agra­da­da! Có­mo no es­tar ilu­sio­na­da si vol­ve­rá a lla­mar­me y con­cer­ta­re­mos una nue­va ci­ta, tal vez so­los... Pe­ro... no seas así... de­be­mos con­ver­sar en so­le­dad. Ma­má: no quie­re de­cir apar­ta­dos, ab­so­lu­ta­men­te
so­los. ¡Oh, soy tu hi­ja!... Quie­re de­cir, que po­dre­mos vol­ver a esa con­fi­te­ría o a... al­gún otro si­tio pú­bli­co si­mi­lar, y con­ver­sar..., en fin..., se dan otros te­mas, se es más pro­fun­do, en fin..., se char­la más en
par­ti­cu­lar, en fin..., una es­tá más en to­do lo que se di­ce. ¡Si vos me vie­ras!... Aten­di­da, con­si­de­ra­da.
Res­pe­ta­da, ma­má, lo que vos que­rés.

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia la MU­JER 1.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Se­ño­ri­ta: us­ted es­tá so­la y yo es­toy so­lo. Me agra­da­ría in­vi­tar­la a be­ber... otra co­pa.

MU­JER 1: Muy gen­til. Pe­ro no me se­rá po­si­ble acep­tar­la.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pe­ro, se­ño­ri­ta... Us­ted es­tá so­la y yo es­toy so­lo. ¿Por qué no po­dría­mos be­ber una co­pa?

MU­JER 1: Es que no... Le rue­go. Cré­a­me. Se lo agra­dez­co. Pe­ro no.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted.

MU­JER 1: Por fa­vor.

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia el HI­JO.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Ni­ño: tú es­tás so­lo y yo es­toy so­lo. Me agra­da­ría in­vi­tar­te a be­ber otra co­pa.

HI­JO (sin mi­rar­lo): ¡No quie­ro!

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL que­da tur­ba­do.

HOM­BRE 1: Va a vol­ver.

HOM­BRE 2: Va a ne­ce­si­tar vol­ver al­gún día.

HOM­BRE 1: ¿Es­tá se­gu­ro?

HOM­BRE 2: Va a ne­ce­si­tar vol­ver un día de es­tos.

HOM­BRE 1: ¿Có­mo sa­be?

HOM­BRE 2: ¡Si no voy a sa­ber­lo yo!

HOM­BRE 1: ¿Y por qué?

HOM­BRE 2: ¡Si lo co­no­ce­ré!

HOM­BRE 1: ¿Us­ted es pa­rien­te?

HOM­BRE 2: ¡¡¿Pa­rien­te?!!

HOM­BRE 1: Sí. ¿Us­ted, es...?

HOM­BRE 2: ¡Ha­bra­se vis­to!

HOM­BRE 1: Bue­no, ¿es?

HOM­BRE 2: Tu­pé co­mo el su­yo... Pe­ro, si yo soy...

HOM­BRE 1: ¿A ver?

HOM­BRE 2: ¡Ah, no, in­so­len­te, no me pro­vo­que!

HOM­BRE 1: Si­ga, si­ga.

HOM­BRE 2: ¡Si lo sa­bré yo!

HOM­BRE 1: ¿Qué?

HOM­BRE 2: Que va a vol­ver.

HOM­BRE 1: Eso di­je.

HOM­BRE 2: Sí.

HOM­BRE 1: Sí.

HOM­BRE 2: Lo re­cuer­do.

HOM­BRE 1: Me ale­gro.

HOM­BRE 2: Per­fec­ta­men­te.

HOM­BRE 1: Di­je só­lo que iba a vol­ver.

HOM­BRE 2: Me te­mo...

HOM­BRE 1: Yo tam­bién.

HOM­BRE 2: No... Yo iba a de­cir... No im­por­ta. “Te­me­rás a tu Dios co­mo a tí mis­mo.”

HOM­BRE 1: ¡Mo­zo!

HOM­BRE 2: ¡Mo­zo!

HOM­BRE 1: ¡Mo­zo!

HOM­BRE 2: ¡Mo­zo!

HOM­BRE 1: ¡Es­te mo­zo!...

HOM­BRE 2: U otro.

HOM­BRE 1: Sí.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL (al HI­JO): Pe­ro, ni­ño... Tú es­tás so­lo y yo es­toy so­lo. ¿Por qué no po­dría­mos be­ber una co­pa?

HI­JO (sin mi­rar­lo): ¡No quie­ro!

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pa­me tú. Us­ted. (Pausa. A la AN­CIA­NA.) Se­ño­ra: us­ted es­tá so­la y yo es­toy so­lo. Me agra­da­ría in­vi­tar­la a be­ber una co­pa.

AN­CIA­NA: ¡Otras que­rrán pa­rir de us­te­des!... ¡Ma­chos crue­les más ma­chos dul­ces! ¡Brrrrhh!... ¡Qué frío! Só­lo los vie­ji­tos se agol­pan en mi can­cel; los mu­cha­chi­tos ha­ra­ga­nean, pier­den la me­mo­ria. ¡Soy aris­ca a pa­rir, sé­pan­lo!...

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted.

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia la MU­CHA­CHA.

MU­CHA­CHA: Ano­che, me hu­bie­ra vis­to co­rrer ba­jo la llu­via... Bue­no, no sé en qué se trans­for­mó.
Em­pe­za­mos a co­rrer —yo es­ta­ba con el mo­zo de “Or­fe­bre”—, pa­ra co­rrer, por em­bro­mar. El me quie­re co­mo a una no­via, yo an­da­ba ti­ra­da y él es­ta­ba sim­pá­ti­co, chis­to­so. Sa­lió lo de las cos­qui­llas, que oí
de­cir, se de­cía en otro tiem­po, que quie­nes te­nían más cos­qui­llas eran más apa­sio­na­dos, más... Sa­lió de eso que se me da por ha­cer­le. Lo em­pie­zo a co­rrer por la re­co­va. Llo­vía, no ha­bía na­die... Se me em­pie­za a es­ca­par. Ni lo ha­bía aga­rra­do que, de pron­to, él se ar­ma y se po­ne co­mo yo, me en­fren­ta co­mo pa­ra él co­rrer­me y se me vie­ne en­ci­ma. Me le es­ca­po; y era des­con­cer­tan­te pe­ro me adap­té; no me gus­ta­ba
de­ma­sia­do pe­ro me era con­fia­ble, y to­da­vía con un res­to de di­ver­ti­da, de di­ver­sión, le si­go el jue­go. ¡Qué...! ¡Me avi­vo!... Me estaba persiguiendo. El a mí. Sin jue-go. Me es­ta­ba per­si­guien­do de ver­dad, me per­se­guía no sé pa­ra qué pe­ro con vio­len­cia. Le gri­té bas­ta, le di­je bas­ta, ter­mi­ná, cor­nu­do; no muy al­to por­que ni po­día, y ade­más es­ta­ba can­sa­da, to­do por la re­co­va, pe­ro ya la otra cua­dra; y bue­no, bas­ta, y él se­guía... y él se­guía obs­ti­na­do, ha­bía per­di­do la ra­zón. Co­rrí ha­cia la pie­za..., digo... pla­za; llo­vía
fuer­te, fue un ra­ti­to. Me aga­rró. Me abra­zó por de­trás, me apre­tó. Pri­me­ro con fu­ria, co­mo mal. Y por ahí, ¡plafff!..., no sa­bía qué ha­cer con­mi­go, le dio ver­güen­za, no aflo­jó mu­cho los bra­zos; ya me te­nía de fren­te, aflo­jó, pe­ro los bra­zos eran dos es­ta­cas, de­re­chos, du­ros y sin ma­nos; agran­dó los ojos, no me po­día mi­rar. En rea­li­dad, es­ta­ba fue­ra de sí, co­mo ha­bía es­ta­do fue­ra de sí, pe­ro aho­ra con te­rror.

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia el AN­CIA­NO.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Se­ñor: us­ted es­tá so­lo y yo es­toy so­lo. Me agra­da­ría in­vi­tar­lo a be­ber una
co­pa.

AN­CIA­NO: ¡¿Qué?! ¡Ni pien­so!...

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pe­ro, se­ñor... Us­ted es­tá so­lo y yo es­toy so­lo. ¿Por qué no po­dría­mos be­ber una co­pa?

AN­CIA­NO: ¡Ya le di­je!

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted. (Que­da de­mu­da­do.)

MU­JE­RIE­GO: “Ju­lio 78: Do­lo­res S., 35, ca­sa­da, cua­tro hi­jos, un ba­la­zo, Es­pa­ña, do­ble equis.
Mar­ta G. R., 16, sol­te­ra, muy bien.
Agos­to 78: Sil­vi­na Li­lian D., 41, se­pa­ra­da, tris­te.
Vil­ma So­nia Elec­tra de V., 69, di­vor­cia­da, ma­ra­vi­llo­so.
Pau­li­na D. C., 25, sol­te­ra, ge­nial, Bra­sil, do­ble equis.”

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia el HOM­BRE 1. (Sos­ten­drá con el HOM­BRE 1 pri­me­ro y con el

HOM­BRE 2 des­pués, diá­lo­gos se­me­jan­tes a los que ya ha man­te­ni­do —en es­tos ca­sos: cor­dia­les—;
diá­lo­gos que se lle­van a ca­bo sin so­ni­do. Es­to em­pe­za­rá a ocu­rrir al tiem­po que se ini­cia el si­guien­te
diá­lo­go en­tre la MU­JER 1 y la MU­JER 2:)

MU­JER 1: Es­toy muy apre­ta­da, en­lo­que­ci­da de pru­den­cia.

MU­JER 2: ¿Fuis­te al doc­tor?

MU­JER 1: No me re­vi­só. No me di­jo qué te­nía.

MU­JER 2: ¿Te dio al­go?

MU­JER 1: Na­da.

MU­JER 2: ¿Aná­li­sis?

MU­JER 1: Me mi­ró a los ojos. Tie­ne lin­dos ojos el doc­tor.

MU­JER 2: Ho­me­ó­pa­ta.

MU­JER 1: Sí, an­tes aná­li­sis. En ayu­nas. To­da­vía no sa­be­mos el re­sul­ta­do. Des­pués la me­di­ca­ción.
¿Que­rés ho­ra?

MU­JER 2: Bue­no...; si es bue­no...

MU­JER 1: Me su­be una co­sa... No, no me su­be... Al­go no me ba­ja. El cor­sé...

MU­JER 2: Hay que ali­ge­rar­se. Sí, hay que ali­ge­rar­se.

MU­JER 1: Me mi­ré en un es­pe­jo. Sor­pren­di­da. En el te­cho.

MU­JER 2: ¿Un es­pe­jo en el te­cho?

MU­JER 1: En el te­cho.

MU­JER 2: ¿Un es­pe­jo?

MU­JER 1: La úl­ti­ma vez. Ha­ce mu­cho. Era yo.

MU­JER 2: ¿Y có­mo?

MU­JER 1: ¿Y esa era yo? Sor­pren­di­da.

MU­JER 2: Acla­rá.

MU­JER 1: ¡Y era yo!... No sen­tía. No me lle­ga­ba bien. O yo.

MU­JER 2: Es­ta­bas... Ah, vos es­ta­bas...

MU­JER 1: El: un mim­bre.

MU­JER 2: Voy a ir.

MU­JER 1: Des­pa­ta­rra­dos. Son­reía. Lo mi­ré.

MU­JER 2: Es­cu­cha­me. Voy a ir.

MU­JER 1: Mi cor­pi­ño tie­ne seis bro­ches.

MU­JER 2: Pe­di­me ho­ra.

MU­JER 1: El me le­van­tó los mun­dos con los bra­zos: “¡Qué poe­ma des­me­su­ra­do!”, me di­jo.

MU­JER 2: ¿Te vas a acor­dar?... Los ojos... ¿de qué co­lor?...

MU­JER 1: El in­troi­to an­du­vo bien, lo me­nos es­pe­cí­fi­co. Yo so­bre­sa­lía de mí. Y aho­ra no me que­po.

MU­JER 2: ¡Seis bro­ches!

MU­JER 1: Exac­to.

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL va ha­cia la MU­JER.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Se­ño­ri­ta, us­ted...

MU­JER: Mu­chas gra­cias. Pe­ro no acos­tum­bro.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pe­ro, se­ño­ri­ta... Us­ted...

MU­JER: Por fa­vor, no in­sis­ta.

CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL: Pues dis­cúl­pe­me us­ted.

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL se sien­ta en una de las si­llas de la me­sa de­so­cu­pa­da.

MU­JER DE 50 AÑOS QUE SE SOS­TIE­NE LA CA­BE­ZA: Cla­va­da. Que­da­ré. Cla­va­da. Es­ta ca­ra que se me pu­so. Con es­ta ca­ra que se me pu­so... Ca­ra de ex­tra­ñar­te. Su­ce­dá­neo. Im­po­si­ble reír. Reac­cio­nar. Los fan­tas­mas vie­nen a ca­ba­llo. Di­ver­sos. Nun­ca lle­gan y siem­pre vie­nen. (Lla­ma:) ¡Mo­zo!... Es­tre­lla­da.
Que­da­ré. Es­tre­lla­da. Una es­tre­lla.

El CA­BA­LLE­RO ES­PA­ÑOL en­cien­de un ci­ga­rri­llo. Fu­ma.

MU­JE­RIE­GO: “Di­ciem­bre 82: Do­ra K., 59, viu­da, muy bien.
Ce­li­na Ch., unos cua­ren­ta y cin­co, vir­gen, bien.
Bea­triz Lau­ra R., 34, sol­te­ra, bien, do­ble equis.
To­tal: Vein­ti­nue­ve.
Ene­ro 83: Mir­ta Lui­sa, 27, sol­te­ra, in­tras­cen­den­te.
Ne­né (Ade­la; nom­bre fal­so), 50, re­gu­lar, do­ble equis.”

HOM­BRE 1: Se cla­ma inú­til­men­te.

HOM­BRE 2: Eso di­go.

HOM­BRE 1: Lo so­li­da­rio, ¿eh? ¿Qué de­cir de lo so­li­da­rio? ¿Qué de­cir?

HOM­BRE 2: Po­co. ¿Qué?...

HOM­BRE 1: Se­gu­ra­men­te.

HOM­BRE 2: Y mu­cho me­nos de la pe­des­tre ge­ne­ro­si­dad, de la am­pli­tud del es­pí­ri­tu.

HOM­BRE 1: Me­nos, me­nos.

HOM­BRE 2: La es­tre­chez de mi­ras con­co­mi­tan­te de una ver­da­de­ra rea­li­za­ción hu­ma­na y lo hu­ma­no
de­sa­rrai­ga­do de lo con­co­mi­tan­te.

HOM­BRE 1: Así se­rá.

HOM­BRE 2: Es que... ¿por qué no es de otra ma­ne­ra?

HOM­BRE 1: Y...

HOM­BRE 2: ¿Por qué?

HOM­BRE 1: ¡Ese es el te­ma!

HOM­BRE 2: D. H. Law­ren­ce, Proust, Key­ser­ling, Ce­li­ne, Krish­na­mur­ti, Ra­be­lais...: ¡Ma­gos! ¡Ma­gos!...

HOM­BRE 1: ¡Los leí, los leí!

HOM­BRE 2: Le creo.

HOM­BRE 1: ¡La tem­pes­tuo­si­dad de las pa­sio­nes!: obra de la ci­vi­li­za­ción.

HOM­BRE 2: La...

HOM­BRE 1: Jus­ta­men­te. ¿Y a qué con­du­ce?... El ar­dor, la ex­tin­ción de lo in­mi­se­ri­cor­de.

HOM­BRE 2: ¿A qué con­du­ce?

HOM­BRE 1: No con­du­ce.

HOM­BRE 2: Y en­ton­ces...: de­te­ni­dos.

HOM­BRE 1: Afin­ca­dos.

HOM­BRE 2: Pe­sa­dos. Amor­fos. Dó­ci­les.

HOM­BRE 1: Us­ted y yo...

HOM­BRE 2: Nos que­re­mos.

HOM­BRE 1: Pa­re­ci­do.

HOM­BRE 2: Dé­bil­men­te.

HOM­BRE 1: Crí­ti­cos.

HOM­BRE 2: ¡Mo­zo!...

HOM­BRE 1: Aus­te­ros. Sen­sa­tos, exa­ge­ra­da­men­te.

HOM­BRE 2: ¡Mo­zo! De una so­la pie­za.

HOM­BRE 1: ¿No vie­ne?... In­mar­ce­si­bles, sin em­bar­go.

HOM­BRE 2: No.

Apa­re­ce el MO­ZO por la puer­ta de la Con­fi­te­ría. Va ha­cia la me­sa don­de es­tá el CA­BA­LLE­RO
ES­PA­ÑOL. Se sien­ta en la otra si­lla. Se in­cor­po­ra. Va ha­cia la me­sa don­de es­tá el HOM­BRE QUE
HA­BLA SO­LO. Co­nec­ta el mi­cró­fo­no. Vuel­ve a sen­tar­se. Se oye al HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO
(aho­ra tam­bién por los par­lan­tes que hay co­lo­ca­dos en pla­tea). Dis­mi­nu­ye la luz. Has­ta la os­cu­ri­dad
to­tal.

Con­ti­núa oyén­do­se al HOM­BRE QUE HA­BLA SO­LO. Te­lón.

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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