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La Coctelera

inventiva

14 Abril 2007

LO LLAMAREMOS POR EL NUMERITO ( 2 )

*dibujo de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

"LO LLA­MA­RE­MOS POR EL NU­ME­RI­TO"*

-Segunda parte-

*pieza teatral de ROLANDO REVAGLIATTI. revadans@yahoo.com.ar

XIV

SE­CRE­TA­RIO - ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA.

Se oye un cam­pa­na­zo al tiem­po que en­tra el SE­CRE­TA­RIO acom­pa­ñan­do a la ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA.
ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA: ¡Bue­no, gra­cias!...
SE­CRE­TA­RIO: Di­cen que di­ga: "La lla­ma­re­mos por el nu­me­ri­to", di­cen que di­ga.
ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA: ¡Bue­no, gra­cias!...
La ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA que­da mi­ran­do al SE­CRE­TA­RIO, quien -no ins­tan­tá­nea­men­te- ha­ce ade­mán in­di­can­do que pue­de sen­tar­se. La ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA se so­bre­sal­ta, son­ríe y
obe­de­ce. El SE­CRE­TA­RIO la mi­ra has­ta que se sien­ta. El SE­CRE­TA­RIO sa­le.

XV

RU­BIA - DI­PLO­MA­TI­CO.

RU­BIA: Hoy me cues­ta vi­vir. Es que na­da es cla­ro ni su­fi­cien­te. Yo la oi­go a mi her­ma­ni­ta, que to­do lo cues­tio­na; pe­ro ella cues­tio­na y com­ba­te, es dis­tin­to. Yo cues­tio­no pa­ra aden­tro, so­plo pa­ra
aden­tro; no chu­po ni mas­ti­co.
El DI­PLO­MA­TI­CO la es­cu­cha con aten­ción.
Qui­sie­ra que me abo­lie­ran. Pe­ro no crea que siem­pre. (Pausa.) No crea que no lo to­mo en cuen­ta. Es que cuan­do una es­tá así... El sin­sen­ti­do no da re­sue­llo. Una cree que, en rea­li­dad, na­da tie­ne
sen­ti­do nun­ca. ¡So­mos tan pro­vi­so­rios!... ¿No le pa­re­ce?
El DI­PLO­MA­TI­CO ha­ce un ges­to am­bi­guo.
Mi­re: yo me de­ses­pe­ro es­pe­ran­do; me aba­rro­to. No siem­pre to­can la te­cla que me sue­na. Sien­to
te­mor. Y en­vi­dia. Una pro­fun­da en­vi­dia. (Pau­sa.)
DI­PLO­MA­TI­CO: ¿Y tie­ne más her­ma­nas?
RU­BIA: Ata­ca los cla­ros. Di­ce lo que pien­sa. ¡Ahhh, mis otras her­ma­nas po­si­bles! Sí, ten­go más
her­ma­nas. Hay que pre­ca­ver­se.
Re­cién lo co­noz­co.
DI­PLO­MA­TI­CO: Se­ño­ra, soy un di­plo­má­ti­co.

XVI

SE­CRE­TA­RIA 2 - GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO - JO­VEN "PA­TO-VI­CA".

En­tra la SE­CRE­TA­RIA 2 acom­pa­ñan­do al GANG-STER VO­LU­MI­NO­SO y al JO­VEN "PA­TO-VI­CA", quie­nes en­tran con­ver­san­do.
SE­CRE­TA­RIA 2: Di­cen que di­ga: "To­men asien­to", di­cen que di­ga.
GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO (al JO­VEN "PA­TO-VI­CA"): Eso de an­dar ce­lo­so de los ma­ri­dos es un mal asun­to. No me em­bar­co. Las mu­je­res al fi­nal...
JO­VEN "PA­TO-VI­CA" (a la SE­CRE­TA­RIA 2): Es­tá bien, no se mo­les­te.
El GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO y el JO­VEN "PA­TO-VI­CA" sin de­jar de ha­blar van a sen­tar­se. La SE­CRE­TA­RIA 2 sa­le.
GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO: Las mu­je­res al fi­nal se que­dan con sus re­cuer­dos. In­clu­si­ve con el de uno.
JO­VEN "PA­TO-VI­CA": Creo que soy muy sus­cep­ti­ble.
GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO: In­clu­si­ve. Y mi­rá que de es­to sé un ra­to lar­go. Se pro­cu­ran me­tas
im­po­si­bles. El or­den no ha­ce la fe­li­ci­dad. Ni el or­den ni el pro­gre­so ha­cen la fe­li­ci­dad. ¡Las
mu­je­res!... Hay que con­ven­cer­se.
JO­VEN "PA­TO-VI­CA": Me opon­go a ese sen­ti­mien­to. Pe­ro no ten­go al­can­ce con­mi­go. Me ha­ce
des­di­cha­do. Yo no se­ría mi ami­go.
GANGSTER VO­LU­MI­NO­SO: No sa­bés cuán­to da­ría. Pe­ro es ne­ce­sa­rio re­co­no­cer­lo. Co­mo di­ce el
re­frán: "Lo que no sé por dón­de en­tró, no sé por dón­de sa­lió".
JO­VEN "PA­TO-VI­CA": No me pre­gun­te có­mo lo ha­go. Uno nun­ca sa­be es­tas co­sas. O a mí me pa­sa: cuan­do tra­to de con­tar­las se des­vir­túan, se des­ha­cen. De­sa­pa­rez­co de­trás de lo que cuen­to, y lo
que cuen­to, ima­gí­ne­se, no se sos­tie­ne.
GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO: Es una co­me­dia ob­via. ¡Ellas!... Cuan­do quie­ren de vos más el jo­di­do. ¿Quién quie­re ac­tuar? ¿Vos que­rés ac­tuar?... Y sin em­bar­go, cual­quier ac­to te re­pre­sen­ta. ¡Vi­vir,
vi­vir!... ¡Des­pués me vie­nen con vi­vir!... Con que vi­vir es atre­ver­se, con que vi­vir es arries­gar... To­do el mun­do. Con que vi­vir es ave­ri­guar de qué se tra­ta.
JO­VEN "PA­TO-VI­CA": Y a mí me ma­ta­ría ser re­co­no­ci­do. No sal­go... no sal­go... Pe­ro no pue­do evi­tar la lu­cha. Tam­po­co.
GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO: To­do el mun­do. "Ten­go mie­do del de­seo que ten­go de mo­rir." ¡Ru­ma­no
lo­co, Io­nes­co! Por eso te pre­ven­go: to­mo una po­si­ción y la for­ta­lez­co.
JO­VEN "PA­TO-VI­CA": Es un ca­mi­no muy lar­go, muy lar­go... Ex­te­núa.
GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO: ¡En­tien­den de as­fi­xia, na­da más! ¡Ar­bi­tra­rias!
To­dos mi­ran al GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO.
JO­VEN "PA­TO-VI­CA" (con ade­mán): Ba­je la voz...

XVII

LA SIN PIER­NAS - HIP­PIE - HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA.

Por puer­ta de la­te­ral iz­quier­do en­tra LA SIN PIER­NAS. Va ha­cia el HIP­PIE y la HIP­PIE
EM­BA­RA­ZA­DA. Les mues­tra al­go de la re­vis­ta.
Diá­lo­go áfo­no.
HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA: ... tác­til ...
Diá­lo­go áfo­no.
LA SIN PIER­NAS: ... Dios pro­ve­e­rá ...
Diá­lo­go áfo­no.
HIP­PIE: ... jac­tan­cia ...
Diá­lo­go áfo­no.
LA SIN PIER­NAS: ... ru­di­men­tos ... ca­ma ca­me­ra ...
Diá­lo­go áfo­no.
LA SIN PIER­NAS: ... no obs­tan­te ...
Diá­lo­go áfo­no.
HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA: ... "El in­cons­cien­te es el cuer­po": La­can ...
Diá­lo­go áfo­no.
LA SIN PIER­NAS: ... el ho­ra­rio ...
Diá­lo­go áfo­no.
HIP­PIE: ... To­do de­pen­de de lo que uno ha­ga con lo que se le ha­ga a uno" ...
Diá­lo­go áfo­no.
HIP­PIE: ... la ilu­sión ... anó­ni­ma ...
Diá­lo­go áfo­no.

XVIII

VEN­DE­DOR DE ES­PI­RA­LES - LOS DE­MAS.

En­tra el VEN­DE­DOR DE ES­PI­RA­LES con un bol­so. Rá­pi­da­men­te en­tre­ga un es­pi­ral con­tra mos­qui­tos a ca­da uno de los pre­sen­tes, me­nos a MAN­DRA­KE, EL MA­GO y a LA SIN PIER­NAS, quienes se
nie­gan a re­ci­bir­lo. El VEN­DE­DOR DE ES­PI­RA­LES se ubi­ca de es­pal­das a la puer­ta de la­te­ral
iz­quier­do, y con un es­pi­ral en una ma­no se di­ri­ge a to­dos.
VEN­DE­DOR DE ES­PI­RA­LES: Da­mas y ca­ba­lle­ros: Sien­to in­ter­fe­rir por un lap­so, fi­nal­men­te, cor­to, a los efec­tos de pre­sen­tar a vues­tra dis­tin­gui­da con­si­de­ra­ción, di­rec­ta­men­te del im­por­ta­dor al usua­rio, aque­llo que te­néis a bien eva­luar en es­te ins­tan­te, y del que só­lo por dis­cre­ción me per­mi­to no re­sal­tar sus fi­nes úl­ti­mos, la ín­do­le de su con­ve­nien­cia, pues­to que es ya ex­ten­di­da­men­te sa­bi­do cuán­to no irri­ta ni per­tur­ba, y que en tér­mi­nos de efi­ca­cia es ga­ran­ti­do, así co­mo re­co­no­ci­do su pres­ti­gio en paí­ses del mun­do que lo adop­ta­ron sin re­ser­vas, y de lo cual he­mos ad­qui­ri­do in­for­ma­ción mer­ced a pu­bli­ca­cio­nes
na­cio­na­les e in­ter­na­cio­na­les es­pe­cia­li­za­das y a ór­ga­nos en inin­te­rrum­pi­do con­tac­to con un pú­bli­co
in­te­li­gen­te que no des­de­ña, si­no que por el con­tra­rio, pro­cu­ra esa in­for­ma­ción per­ti­nen­te y res­pe­tuo­sa en lo que ha­ce a una ca­da vez ma­yor am­pli­tud de mi­ras en ór­de­nes que nos ata­ñen prin­ci­pal­men­te, y que
hoy y aho­ra ten­go la sa­tis­fac­ción de ofre­cer a us­te­des a la irri­so­ria su­ma de un dó­lar, o pe­se­ta, o fran­co sui­zo, o ru­pia, o flo­rín, y que co­mo si fue­se po­co, vie­ne acom­pa­ña­do por otros nue­ve, y que a quien me lo so­li­ci­te, cor­dial­men­te pa­so a en­tre­gar.
El VEN­DE­DOR DE ES­PI­RA­LES -pues­to que nin­gu­no le com­pra- re­co­ge los es­pi­ra­les di­cien­do al
to­mar ca­da es­pi­ral: "Gra­cias", una vez, y "Mu­chas gra­cias", otra. Ya guar­da­dos en el bol­so to­dos los
es­pi­ra­les, y de es­pal­das a la puer­ta de la­te­ral de­re­cho, vuel­ve a di­ri­gir­se a to­dos:
Agra­dez­co a us­te­des la aten­ción dis­pen­sa­da y me re­ti­ro, no sin an­tes for­mu­lar sen­sa­ta­men­te la
si­guien­te pre­gun­ta: "¿Es don­de es­tán y co­mo es­tán, don­de real­men­te quie­ren es­tar co­mo es­tán?"
El VEN­DE­DOR DE ES­PI­RA­LES que­da ob­ser­van­do la re­per­cu­sión de su pre­gun­ta. Los de­más se
atis­ban, se mi­ran.
El SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL se in­cor­po­ra a me­dias, y re­cu­pe­ra su po­si­ción an­te­rior.
LA SIN PIER­NAS se tras­la­da ha­cia una nue­va ubi­ca­ción.
En­se­gui­da ha­ce otro tan­to la ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA.
Cam­bia de si­tio el JE­SUI­TA. Lue­go el RA­BI­NO.
Si­mul­tá­nea­men­te lo ha­cen el GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO y el DI­PLO­MA­TI­CO.
(El VEN­DE­DOR DE ES­PI­RA­LES ini­cia una son­ri­sa que am­plia­rá con pau­la­ti­ni­dad, y que no
aban­do­na­rá mien­tras per­ma­nez­ca.)
La RU­BIA se in­cor­po­ra; corrige al­gún de­ta­lle de su in­du­men­ta­ria; ca­mi­na sin de­sa­ten­der la ac­ción an­te­rior; sa­le por puer­ta de la­te­ral iz­quier­do.
El JO­VEN "PA­TO-VI­CA" ini­cia una ac­ción de tras­la­do, y sin que la ha­ya con­clui­do, MAN­DRA­KE, EL MA­GO ini­cia otra.
El HIP­PIE y la HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA cam­bian en­tre sí sus lu­ga­res.
(Al­gu­nos per­so­na­jes cam­bian no só­lo de lu­gar fí­si­co, si­no que, tam­bién, de ac­ti­tud.)
El SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL se di­ri­ge ha­cia la LI­TE­RA­TA y la
SEN­CI­LLA, y se de­tie­ne fren­te a ellas. La SEN­CI­LLA se in­cor­po­ra. El SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL se sien­ta en el lu­gar aban­do­na­do por la SEN­CI­LLA. La SEN­CI­LLA se di­ri­ge
pri­me­ro ha­cia un sec­tor, va­ci­la, va­ci­lan­do se di­ri­ge ha­cia otro, y se sien­ta.
La PE­LI­RRO­JA ini­cia una ac­ción de tras­la­do, y sin que la ha­ya con­clui­do, ini­cian un nue­vo tras­la­do, el JO­VEN "PA­TO-VI­CA", quien vuel­ve a sen­tar­se en su pri­me­ra ubi­ca­ción, y la ADO­LES­CEN­TE
VO­LUP­TUO­SA.
La LI­TE­RA­TA ini­cia una ac­ción de tras­la­do al tiem­po que en­tra la RU­BIA por puer­ta de la­te­ral
iz­quier­do. El SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL se sien­ta en el si­tio de­ja­do por la
LI­TE­RA­TA. La RU­BIA se sien­ta en el si­tio de­ja­do por el SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA
GUE­RRA MUN­DIAL.
(De­be en­ten­der­se que no son és­tos los úni­cos tras­la­dos po­si­bles, ni que la su­ce­sión des­crip­ta sea
inal­te­ra­ble. In­clu­si­ve po­dría op­tar­se por al­gún otro des­pla­za­mien­to, aun des­pués de la de­sa­pa­ri­ción del VEN­DE­DOR DE ES­PI­RA­LES.)
El VEN­DE­DOR DE ES­PI­RA­LES sa­le.

XIX

¿TO­DOS?

Si­mul­tá­nea­men­te se ini­cian con­ver­sa­cio­nes áfo­nas. Al ca­bo de un lap­so al­gu­nas con­ver­sa­cio­nes se
in­te­rrum­pen.

XX

RA­BI­NO - ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA.

RA­BI­NO: Lle­va­ba una ca­pa raí­da y su­cia, de co­lor que al­gu­na vez fue blan­co. Y un som­bre­ro de ala
an­cha que, des­de lue­go, al­gu­na vez fue mo­da. Y era cor­tés en el tra­to, y cau­to, y has­ta de­li­ca­do,
tan­to, co­mo aque­llos a los que al­gu­nas ve­ces se los re­co­no­cía
ca­ba­lle­ros.
ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA: ¡Bue­no!...
RA­BI­NO: Sí, pe­ro se ve que ya no era de es­te mun­do; de es­te, que al­gu­na vez fue mun­do. Per­dí con él más que un her­ma­no. El me lo re­cor­dó. Só­lo su ros­tro. ¡Su ros­tro!... Que al­gu­na vez fue her­mo­so.
ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA: ¡Bue­no!...

XXI

SEN­CI­LLA - RU­BIA - PE­LI­RRO­JA - SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA
MUN­DIAL - JO­VEN "PA­TO-VI­CA" - DI­PLO­MA­TI­CO.

SEN­CI­LLA: La se­ma­na pa­sa­da pa­sé un mo­men­to de­sa­gra­da­ble.
Es­ta­ba ha­cien­do co­la pa­ra en­trar al ci­ne cuan­do sen­tí una sen­sa­ción tan ra­ra co­mo nun­ca. Real­men­te, pen­sé que me des­ma­ya­ría o al­go por el es­ti­lo.
RU­BIA: Qué suer­te tie­ne de ha­ber ido al ci­ne. Si yo pu­die­se ir al ci­ne sen­ti­ría que no ten­go de qué
que­jar­me.
PE­LI­RRO­JA: Sé lo que la se­ño­ra quie­re de­cir. Yo tam­bién me sien­to así, só­lo que yo hu­bie­se te­ni­do que aban­do­nar la co­la.
SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL: ¿No pro­bó in­cli­nar­se? Es­to ha­ce que la san­gre vuel­va a la ca­be­za. Creí en­ten­der que us­ted se sin­tió des­ma­yar.
SEN­CI­LLA: No era des­ma­yo, pre­ci­sa­men­te.
RU­BIA: Siem­pre he pen­sa­do que el ha­cer ejer­ci­cio es muy bue­no. No sé si es­to se­rá lo que quie­re de­cir el se­ñor.
PE­LI­RRO­JA: Yo creo que hay que usar la fuer­za de vo­lun­tad. Eso es lo que me preo­cu­pa; yo no ten­go na­da de vo­lun­tad.
JO­VEN "PA­TO-VI­CA": Me ocu­rrió al­go si­mi­lar la se­ma­na pa­sa­da, só­lo que no es­ta­ba ha­cien­do co­la.
Es­ta­ba sen­ta­do
tran­qui­la­men­te en mi ca­sa cuan­do...
DI­PLO­MA­TI­CO: Tie­ne suer­te de po­der es­tar sen­ta­do en su ca­sa, tran­qui­la­men­te. Si yo pu­die­ra ha­cer­lo, con­si­de­ra­ría que no ten­go na­da que me preo­cu­pe.
PE­LI­RRO­JA: Yo pue­do sen­tar­me tran­qui­la­men­te en ca­sa, muy bien, pe­ro lo que me preo­cu­pa es que nun­ca soy ca­paz de sa­lir a nin­gu­na par­te. Si us­ted no se pue­de que­dar en ca­sa, ¿por qué no va al ci­ne o
al­go así?...

XXII

HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA - HIP­PIE.

HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA: Me mo­les­ta que es­tés mo­les­to.
HIP­PIE: No es­toy mo­les­to.
HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA: Me mo­les­ta que no te mo­les­te que yo es­té mo­les­ta por­que vos es­tás mo­les­to.
HIP­PIE: Y a mí me mo­les­ta que te mo­les­te que no me mo­les­te que te mo­les­te que yo es­té mo­les­to, cuan­do no lo es­toy.

Pau­sa.

HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA: Me juz­gás mal.
HIP­PIE: No te juz­go mal.
HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA: Me juz­gás mal al pen­sar que me juz­gás mal.

Pau­sa.

HIP­PIE: Per­do­na­me.
HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA: No.
HIP­PIE: Nun­ca te voy a per­do­nar que no me per­do­nes.

XXIII

LA SIN PIER­NAS - GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO - JE­SUI­TA - MAN­DRA­KE, EL
MA­GO - LOS DE­MAS - VIE­JI­TO.

Diá­lo­go áfo­no en­tre LA SIN PIER­NAS, el GANG-STER VO­LU­MI­NO­SO y el JE­SUI­TA. De
pron­to, muy son­rien­tes, ha­cen ade­ma­nes y ges­tos am­plios ha­cia MAN­DRA­KE, EL MA­GO, quien son­rien­do tam­bién, ha­ce ges­tos de ne­ga­ción, has­ta que se oye:
LA SIN PIER­NAS: ¡Aun­que sea uno, pe­ro bue­no!
GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO: To­dos son bue­nos. ¡Uno, don Man­dra­ke!
LA SIN PIER­NAS: ¡Sí, uno!
JE­SUI­TA: Apro­ve­che la au­dien­cia.
LA SIN PIER­NAS: ¡Es vol­ver a vi­vir!
GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO: ¿Qué, es un pro­ble­ma de ca­chet?
MAN­DRA­KE, EL MA­GO: No, por fa­vor.
JE­SUI­TA: ¡El que us­ted quie­ra!
LA SIN PIER­NAS: Se­gu­ro que a to­da es­ta gen­te le gus­ta­ría.
GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO: ¡Dé­le, aní­me­se!
LA SIN PIER­NAS: ¡Sí!
MAN­DRA­KE, EL MA­GO: No sé si hay cuo­rum...
GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO: ¡Ee­e­ehh!, si no va a ha­ber cuo­rum pa­ra us­ted...
JE­SUI­TA: ¿Qué di­ce, se­ñor Man­dra­ke?
LA SIN PIER­NAS: Sí, có­mo no va a ha­ber. Ya va a ver...
MAN­DRA­KE, EL MA­GO: Voy a pro­bar uno, en to­do ca­so.
LA SIN PIER­NAS: Sí, Man­dra­ke, lo que pre­fie­ra.
JE­SUI­TA: Ima­gí­ne­se, pa­ra no­so­tros...
LA SIN PIER­NAS: Es pa­ra ver­lo en ac­ción.
GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO: Es­pe­re, no se preo­cu­pe... (Se acer­ca a los de­más.) El se­ñor Man­dra­ke, el ma­go, nos va a ha­cer...
(Di­ri­gién­do­se al JE­SUI­TA.) Me­jor us­ted, pa­dre.
JE­SUI­TA: El se­ñor Man­dra­ke, el ma­go, a nues­tra so­li­ci­tud, ac­ce­de a ha­cer­nos uno de sus ma­ra­vi­llo­sos tru­cos; y... bue­no, des­con­ta­mos la una­ni­mi­dad...
SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL: ¡Sí, por su­pues­to, muy agra­de­ci­dos!
ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA: ¡Bue­no!...
SEN­CI­LLA: ¡Ay, sí, muy bien!
LI­TE­RA­TA: ¡Fan­tás­ti­co!...
DI­PLO­MA­TI­CO: El es tam­bién un di­plo­má­ti­co. A su ma­ne­ra.
RU­BIA: No sa­bía que él era...
SEN­CI­LLA: ¡Y mi ma­ri­do se lo pier­de!...
MAN­DRA­KE, EL MA­GO se in­cor­po­ra y apres­ta. Gran ex­pec­ta­ti­va.
MAN­DRA­KE, EL MA­GO: Bien, pa­ra es­ta prue­ba ne­ce­si­to de us­te­des que no ha­blen ni res­pi­ren. Va­mos a pa­rir. Que no pes­ta­ñe­en ni se mi­ren.
(Se sa­ca la ga­le­ra, se con­cen­tra, ha­ce pa­ses má­gi­cos.) "¡El co­ra­zón del cuer­po de afue­ra y el co­ra­zón del cuer­po de aden­tro!"
(De gol­pe dis­mi­nu­ye la luz, has­ta pe­num­bra.)
LOS DE­MAS: ¡Oo­o­o­ohhhhh!... (Vuel­ve la luz.)
MAN­DRA­KE, EL MA­GO (con ade­ma­nes): "¡No una flor con pé­ta­los de flor: una flor con pé­ta­los de
flo­res!" (De gol­pe dis­mi­nu­ye la luz, has­ta pe­num­bra.)
LOS DE­MAS: ¡Oo­o­o­ohhhhh!...
MAN­DRA­KE, EL MA­GO (con am­pu­lo­si­dad): "¡Res­tos diur­nos!"
Os­cu­ri­dad to­tal. Pau­sa. Se ilu­mi­na co­mo has­ta an­tes de de­cre­cer. En la­te­ral de­re­cho hay un nue­vo per­so­na­je: el VIE­JI­TO.
Pau­sa. To­dos mi­ran al VIE­JI­TO y se mi­ran en­tre sí.
MAN­DRA­KE, EL MA­GO: ¿Pa­ra qué pe­dí si­len­cio?
SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL: ¡Muy bien!...
JO­VEN "PA­TO-VI­CA": Ten­go una cu­rio­si­dad...
GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO: Sin abu­sar.
LI­TE­RA­TA (a MAN­DRA­KE, EL MA­GO): Des­pués qui­sie­ra ha­blar con us­ted.
ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA: ¡Bue­no!...
HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA (al HIP­PIE): ¿Vis­te?
SEN­CI­LLA: ¡Qué mo­der­no!
RU­BIA: ¿Uno so­lo?
HIP­PIE (a la HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA): Vi.
LA SIN PIER­NAS (a la RU­BIA): Sí.
MAN­DRA­KE, EL MA­GO: Me voy a sen­tar.
JO­VEN "PA­TO-VI­CA": Se­ñor...
MAN­DRA­KE, EL MA­GO: To­tal...
JO­VEN "PA­TO-VI­CA": Man­dra­ke...
PE­LI­RRO­JA: Lo fe­li­ci­to.
RU­BIA: Lo fe­li­ci­to. Yo tam­bién.
DI­PLO­MA­TI­CO (a la RU­BIA): ¿Y ese vie­ji­to?...
SEN­CI­LLA: ¡Qué amor!
RU­BIA: ¿Se­rá?...
GANGS­TER VO­LU­MI­NO­SO: ¡Y es el más fa­mo­so!
RA­BI­NO (al JE­SUI­TA): Es­tas co­sas...
JE­SUI­TA (a MAN­DRA­KE, EL MA­GO): Sin­ce­ra­men­te...
SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL (a MAN­DRA­KE, EL MA­GO): Sí, yo com­par­to.
El VIE­JI­TO co­mien­za a ca­mi­nar. Tro­pie­za con los pies de la PE­LI­RRO­JA. Mi­ra des­de cer­quí­si­mo el ros­tro de la PE­LI­RRO­JA.
Mi­ra a otros, aun­que no en to­dos los ca­sos el ros­tro, siem­pre apro­xi­mán­do­se mu­cho. Los de­más, en
si­len­cio, se ha­cen dis­cre­tos ges­tos, al­gu­nos son­ríen. El VIE­JI­TO ce­sa su ras­treo al en­con­trar
un asien­to de­so­cu­pa­do. Se sien­ta. Pau­sa. To­dos mi­ran al VIE­JI­TO, quien con par­si­mo­nia bus­ca y re­bus­ca en sus bol­si­llos, has­ta ex­traer, por fin, un "nu­me­ri­to" co­mo el de los de­más. Se irá ador­me­cien­do.

XXIV

¿TO­DOS?, EX­CEP­TO EL VIE­JI­TO.

Si­mul­tá­nea­men­te se ini­cian diá­lo­gos ya ocu­rri­dos a lo lar­go de la re­pre­sen­ta­ción. Al ca­bo de un lap­so al­gu­nas con­ver­sa­cio­nes se in­te­rrum­pen, otras con­ti­núan áfo­nas. (Só­lo pro­si­gue fó­ni­ca­men­te el diá­lo­go que su­pues­ta­men­te ini­cia­do en es­ta ins­tan­cia, con­for­ma el de la si­guien­te ins­tan­cia XXV.)

XXV

HIP­PIE - HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA.

HIP­PIE: Lo ma­lo con vos es que me te­nés en­vi­dia.
HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA: Lo ma­lo con vos es que pien­ses eso.

Pau­sa.

HIP­PIE: Nun­ca re­co­no­cés mis mé­ri­tos. No po­dés so­por­tar la idea de ad­mi­tir­los.
HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA: En eso te equi­vo­cás. No po­dés so­por­tar la idea de que no me im­por­ten.

Pau­sa.

HIP­PIE: Ade­más, no po­dés de­jar de pro­yec­tar. La frí­gi­da sos vos.
HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA: No lo era cuan­do te co­no­cí. (Pau­sa.) Al me­nos po­de­mos ser ami­gos.
HIP­PIE: Des­de lue­go. En nin­gún mo­men­to he de­ja­do de ser ami­go tu­yo.

XXVI

LI­TE­RA­TA - MAN­DRA­KE, EL MA­GO.

LI­TE­RA­TA: ¿Due­le?
MAN­DRA­KE, EL MA­GO: ¿Si due­le?
LI­TE­RA­TA: Sí. De­be do­ler.
MAN­DRA­KE, EL MA­GO: No es tan­to el do­lor, sino que san­gra.
LI­TE­RA­TA: Pe­ro im­pre­sio­na.
MAN­DRA­KE, EL MA­GO: Des­de lue­go. Si uno es im­pre­sio­na­ble...
LI­TE­RA­TA: Yo pen­sé que...
MAN­DRA­KE, EL MA­GO: Y en el mo­men­to due­le un po­co; pe­ro es un do­lor so­no­ro, por­que uno sien­te que le abren la ca­be­za.
LI­TE­RA­TA: ¿Y ellos se sal­pi­can?
MAN­DRA­KE, EL MA­GO: Y, sí. Ima­gí­ne­se. Aho­ra, que, ci­ca­tri­za rá­pi­do.
LI­TE­RA­TA: A us­ted le que­dó muy bien.
MAN­DRA­KE, EL MA­GO: Me que­dó lo me­jor que se pue­de. Y le ase­gu­ro que me era im­pres­cin­di­ble.
LI­TE­RA­TA: ¿Por su tra­ba­jo?
MAN­DRA­KE, EL MA­GO: Y... las pre­sen­ta­cio­nes... Es una téc­ni­ca re­la­ti­va­men­te nue­va.
LI­TE­RA­TA: ¡Per­fec­to le que­dó!
MAN­DRA­KE, EL MA­GO: Me­jor si to­ma­ra sol.
LI­TE­RA­TA: ¿No to­ma?

XXVII

SE­CRE­TA­RIO - AN­GEL - LOS DE­MAS.

Sien­do las 15,30 ho­ras se oye un cam­pa­na­zo al tiem­po que en­tra el SE­CRE­TA­RIO acom­pa­ñan­do al AN­GEL -sin los an­teo­jos pues­tos-.
SE­CRE­TA­RIO: Di­cen que di­ga: "Lo lla­ma­re­mos por el nu­me­ri­to", di­cen que di­ga.
AN­GEL: ¿To­da es­ta gen­te?
SE­CRE­TA­RIO: To­da. Dis­pen­se. (Di­ri­gién­do­se a los de­más.) "¿Es don­de es­tán y co­mo es­tán don­de real­men­te quie­ren es­tar co­mo es­tán?..."
El SE­CRE­TA­RIO sa­le. El AN­GEL se en­ca­mi­na ha­cia los ni­ños abrien­do su ma­le­tín blan­co y sa­can­do de allí una gran sá­ba­na blan­ca con la que los cu­bre, al tiem­po que los de­más -ex­cep­to el VIE­JI­TO-
aban­do­nan rá­pi­da­men­te sus lu­ga­res y ocu­pan otros. El HIP­PIE y la HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA cam­bian
en­tre sí sus lu­ga­res. La SEN­CI­LLA se in­cor­po­ra y va ha­cia un asien­to de­so­cu­pa­do que la RU­BIA ocu­pa
an­tes. Vuel­ve ha­cia el asien­to que aca­ba de de­jar, pe­ro la ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA lo ocu­pa
an­tes. Que­da de pie. El AN­GEL se sien­ta y se co­lo­ca los an­teo­jos. Es ob­ser­va­do di­si­mu­la­da­men­te
por los de­más. La ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA y la RU­BIA se in­cor­po­ran, ca­mi­nan ha­cia la puer­ta de la­te­ral iz­quier­do, sa­len.
La SEN­CI­LLA se sien­ta en el si­tio de­ja­do por la RU­BIA.

XXVIII

SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL - PE­LI­RRO­JA.

SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL (a la PE­LI­RRO­JA, que se ha­ce la in­di­fe­ren­te): ¿Lo que a us­ted le mo­les­ta es el hu­ma­nis­mo de los hu­ma­nis­tas, ver­dad?... "¿El uni­for­me com­pli­ca mis in­ten­cio­nes?", dí­ga­me­lo. No me sor­pren­de­ría, no es la pri­me­ra vez. "De­me una chan­ce, sea bue­na", es­bo­zo. Con qué an­sias me lus­tra­ría es­tas pe­sa­das bo­tas... (Pau­sa.) "Asen­ta­do so­bre mi som­bra su pie des­po­seí­do." Por ahí no va. "El amor es un pro­ble­ma de hor­mo­nas": M. Bun­ge. No y no. To­do in­fruc­tuo­so. Hay al­go en mí que... Creí que an­tes, us­ted... ¿Re­cuer­da?... Por­que de pron­to, fue un se­gun­do...
Mi­re, le ju­ro... Ya sé: no se de­be ju­rar. Pre­fe­ri­ría que no la­men­te el ha­ber­me co­no­ci­do. Ayer es­tu­ve acuar­te­la­do. (Pau­sa.) No y no.
(De­ja de di­ri­gir­se a la PE­LI­RRO­JA.) No ten­go más. "No te des por ven­ci­do..." No ten­go más. No sé qué es lo que no sé, ni sé qué es lo que no en­tien­do. Des­ven­ci­ja­do. Des... cua­je­rin­ga­do. Que­jo­so. No y
no. Y no y sin em­bar­go, sí. (Se di­ri­ge a la PE­LI­RRO­JA.) Yo le ce­de­ría la pa­red. La pro­te­ge­ría. A mi la­do es­ta­ría li­bre y res­guar­da­da. Na­da de pe­go­teo. Yo, no. Us­ted co­mo us­ted. (Pau­sa.)
¿Có­mo es aho­ra?... ¿Có­mo?... Aho­ra... ¡Sien­to por us­ted tan­ta pro­pen­sión! Pue­do... (La PE­LI­RRO­JA
evi­den­cia in­te­rés por el SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL.) Dis­cul­pe. Es que es­tas
ho­ras cer­ca su­yo... Com­par­tien­do. Mi­re, no lo to­me a mal... Su per­fu­me... ¡Qué bien ca­sa­dos su per­fu­me y us­ted!... ¿Tie­ne nom­bre?... Me gus­ta­ría sa­ber su nom­bre. Aun­que no me per­mi­ta nom­brar­la. En voz al­ta. Se­ño­ra o se­ño­ri­ta. Só­lo pa­ra mí.
PE­LI­RRO­JA: Gra­cie­la.
SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL: Gra­cie­la.
PE­LI­RRO­JA: ¿Y us­ted?
SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL: ¿Yo?... ¿¡Us­ted me pre­gun­ta!?
PE­LI­RRO­JA: ¿Có­mo se lla­ma? ¿Tie­ne nom­bre? ¿Có­mo se de­ja­ría lla­mar por mí?
SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL: Gui­do.

XXIX

AN­GEL - DI­PLO­MA­TI­CO - JE­SUI­TA - ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA -
RU­BIA - LA SIN PIER­NAS - SEN­CI­LLA - HIP­PIE - HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA -
JO­VEN "PA­TO-VI­CA".

El AN­GEL se in­cor­po­ra. Vuel­ve a sen­tar­se. Se es­tre­me­ce. El DI­PLO­MA­TI­CO to­se. El JE­SUI­TA se ma­sa­jea una pier­na. Por puer­ta de la­te­ral iz­quier­do en­tran la ADO­LES­CEN­TE VO­LUP­TUO­SA y la
RU­BIA.
Se sien­tan una al la­do de la otra. LA SIN PIER­NAS que­ma la ho­ja de un dia­rio con el ci­ga­rri­llo. La SEN­CI­LLA se co­me las uñas. El HIP­PIE y la HIP­PIE EM­BA­RA­ZA­DA mi­ran él ha­cia un la­do, ella ha­cia el otro. El DI­PLO­MA­TI­CO se sue­na la na­riz. El JO­VEN "PA­TO-VI­CA" se aprie­ta las sie­nes con las ma­nos.

XXX

RA­BI­NO - JO­VEN "PA­TO-VI­CA".

RA­BI­NO: Lle­va­ba una ca­pa raí­da y su­cia, de co­lor que al­gu­na vez fue blan­co. Y un som­bre­ro de ala
an­cha, que, des­de lue­go, al­gu­na vez fue mo­da. Y era cor­tés en el tra­to, y cau­to, y has­ta de­li­ca­do,
tan­to, co­mo aque­llos a los que al­gu­nas ve­ces se los re­co­no­cía ca­ba­lle­ros.
JO­VEN "PA­TO-VI­CA": Creo que soy muy sus­cep­ti­ble.
RA­BI­NO: Sí, pe­ro se ve que ya no era de es­te mun­do; de es­te, que al­gu­na vez fue mun­do. Per­dí con él más que un her­ma­no. El me lo re­cor­dó. Só­lo su ros­tro. ¡Su ros­tro!... Que al­gu­na vez fue her­mo­so.
JO­VEN "PA­TO-VI­CA": Es un ca­mi­no muy lar­go, muy lar­go... Ex­te­núa.

XXXI

SE­CRE­TA­RIO - SE­CRE­TA­RIA 1 - SE­CRE­TA­RIA 2 - LOS DE­MAS.

Se oye un cam­pa­na­zo al tiem­po que en­tran el SE­CRE­TA­RIO, la SE­CRE­TA­RIA 1 y la SE­CRE­TA­RIA 2. La SE­CRE­TA­RIA 1 trae un pin­cho de es­cri­to­rio. La SE­CRE­TA­RIA 2 to­ma por or­den de in­gre­so a la sa­la de es­pe­ra, ca­da uno de los "nu­me­ri­tos" y los cla­va en el pin­cho que sos­tie­ne la SE­CRE­TA­RIA 1. El SE­CRE­TA­RIO ob­ser­va los ce­ni­ce­ros, el re­vis­te­ro, etc. To­ma de las ma­nos de LA SIN PIER­NAS el
dia­rio, y lo co­lo­ca en el re­vis­te­ro. To­ma de las ma­nos del JE­SUI­TA una re­vis­ta, y la co­lo­ca en el
re­vis­te­ro. El AN­GEL se apro­xi­ma al SE­CRE­TA­RIO y le ha­bla al oí­do, ha­cien­do ges­tos de de­sa­gra­do. Los de­más, ex­cep­to el VIE­JI­TO que con­ti­núa dor­mi­do, se in­cor­po­ran y sa­len. En­tre los úl­ti­mos en
ha­cer­lo, es­tán MAN­DRA­KE, EL MA­GO, LA SIN PIER­NAS, la PE­LI­RRO­JA, el SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL, y el AN­GEL, quien ca­mi­na sin de­jar de ha­blar­le al oí­do al
SE­CRE­TA­RIO, im­per­tur­ba­ble, el que sa­le tam­bién.
SOL­DA­DO DE LA PRI­ME­RA GUE­RRA MUN­DIAL (ha­cia los ni­ños de­ba­jo de la gran sá­ba­na):
"¡Las co­mas tam­bién se can­tan!": ¡Go­ye­ne­che!
Las SE­CRE­TA­RIAS 1 y 2 apa­gan lu­ces y sa­len. Un haz de luz ilu­mi­na al VIE­JI­TO dor­mi­do y a los ni­ños mo­vién­do­se de­ba­jo de la gran sá­ba­na. Luz en re­sis­ten­cia que de­cre­ce. Te­lón.

Fin de "LO LLAMAREMOS POR EL NUMERITO".

Correo:

APRECIADO FORO
Les propongo reflexionar sobre "las ventajas de la inflación":

La INFLACIÓN, y la hiperinflación que asoló las economías europeas de entreguerras, fue considerado uno de los peores desastres que tuvieron que sufrir esas naciones. Surgió como consecuencia del agotamiento de sus forzadas economías exhaustas y destruidas por los conflictos de entonces.
Hubo países, como el nuestro; que pretendieron usar sus "ventajas" para "desarrollarse" y mejor repartir las grandes riquezas de la abundancia de aquellos tiempos, con generosas emisiones de papel moneda, que eran recibidas con euforia por la población en aumentos de sueldos y jornales, y
pulverizando deudas y contratos. El primer gran perdedor fué el ahorro. Y luego tuvieron poco sentido el esfuerzo y el sacrificio. Era todo un regalo del cielo.
Se pensó que las consecuencias posteriores vendrían recién décadas después en forma solapada y pocos sectores de la economía en realidad entendían en que consistía el juego de las extrañas ecuaciones
inflacionarias. En nuestro país reinó como amiga y se hizo luego tirana, e ingobernable, por un largo medio siglo. Las consecuencias de aquel experimento fueron: una política que generó a su vez una concepción social e ideológica facilista y de reparto, y la económica de no riesgo y poca o ninguna inversión; que fue perfilándose en la región americana con tales características que hoy podemos hacer un análisis y un recuento histórico de los resultados de aquel penoso experimento.
Hoy vemos que hubo entonces una verdadera bisagra que cambió abruptamente el vector que llevaba nuestra nación hacia el gran liderazgo que ya ocupaba en la primera mitad del siglo veinte. Alemanes y franceses venían como obreros golondrinas a la cosecha del maíz o la vendimia. Los inmigrantes europeos llegaban con sus sueños y esperanzas al gran pais del sur.
A fines de la década de los cuarenta, el PBI argentino era el doble de todas las demás economías sudamericanas, incluyendo la de México y Brasil y las demás vecinas de la región. Hoy sólo la economía mexicana es seis veces mayor que la nuestra, y la brasileña cuatro. Nos alcanza Colombia y nos
persiguen Chile, Perú, Venezuela, allí, casi a la par. Evidentemente algo nos frenó en el tiempo y hemos quedado empantanados en discusiones y corrupciones, sin querer nunca ver las causas de nuestro estancamiento.
Aquella inflación nefasta produjo fantasmas y engaños, que aún nos desconciertan.
Tantos ceros le fuimos quitando al papel moneda, que si el billete de un peso se habría hecho del tamaño relativo a sus múltiplos, habría llegado a tener tal tamaño que alcanzaría a cubrir parte del territorio nacional. (Dado en Km2)
La hicimos bastante fácil, en vez de poner el esfuerzo como los demás países en avanzar con mayor producción e inversión, imprimíamos billetes y pedíamos prestado. Luego otra década dejamos de imprimir papel y vivimos sólo pidiendo más prestado. Tan nefasto uno como lo otro.
Hoy estamos entrando de nuevo en aquel largo laberinto pensando otra vez, en "aprovechar sus ventajas".

*de Celso Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 15 de abril del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de las cantantes argentinas Ana Suñé y Patricia Barrionuevo. Las poesías que leeremos pertenecen a Carilda Oliver Labra (Cuba) y la música de fondo será de Claudia Calderón (Colombia). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

Enviar los escritos al correo: inventivasocial( arroba)yahoo. com.ar

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