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La Coctelera

inventiva

25 Mayo 2007

SAPOS DE OTRO POZO...

Sapos de otro pozo...

Al sapo*
al sapo

Llovía a cántaros sobre un mediodía fracasado. Desde el jardín un sapo atravesó a saltos el patio frente a la cocina. Se detuvo, dandomé la espalda. Ante su hocico, la pequeña pared del arriate adosado a la medianera, contiene la porción verde del embaldosado.
Un sapo joven, redondeado y oscuro como la mejilla de un norteño. La lluvia picoteaba su piel lampiña. Pensé en los parentescos de su especie que habían despreciado cada una de las características que él retenía. Un sapo es una incongruencia que, como todas, sobrevive.
De pronto saltó; se aferró con sus insospechadas garras al ladrillo del sardinel superior y en un tris estuvo arriba, bañista nervioso que se aburre de la pileta. La hojarasca del paraíso, el jazmín chino y la madreselva, en estado de putrefacción, le ofrecían una adecuada alfombra a su medida; claro, pensé. Casi cinco centímetros de agua cubrían el patio; la tormenta espesa como para borrar por completo el cielo resplandeciente de allá arriba, con su sol insoportable de fines de Diciembre y su azul de cobalto. A cambio, los grises reinantes eran como de Julio.
El sapo caminó hacia el reinventado rincón, dubitativo. Podría decirse que había venido avanzado en dirección noreste, una dirección tan insignificante como otra cualquiera, en especial para un sapo bajo la lluvia, pero que a éste parecía atraerlo. Sospeché lo que sucedería, aun cuando fuese bien absurdo. El sapo saltó, atacando la pared medianera, en ese rincón, a un metro setenta de altura.
Yo ingería mi sopa en ese momento y me sonreí mentalmente, para no demorar los bocados. El sapo volvió a saltar. Utilizaba el mismo método que para superar el cantero. Volvió a saltar. Enseguida estuve preguntandomé cosas: ¿Adónde querría ir? ¿De dónde, de qué cosa buscaba alejarse, escapar? ¿Por qué esa dirección inviable? Era la misma que seguía la tormenta y tal vez el vientecillo. Tal vez el sapo buscaba andar viento abajo y no estaba tan desorientado. No muy apropiado a un sapo de jardín, seguramente nacido bajo los cascarones de la pila de leña o en cavidades bajo la vereda de lajas.
Enseguida pensé en su instinto, el famoso instinto animal.
Lo instintivo en cualquier ignorante es recurrir al argumento del instinto. El sapo es un animal tan absurdo que la absurdidad de sus actos parece natural. Hasta cuando procrea. Uno encuentra insensatez en que un error busque reiterarse, no a que pueda hacerlo. Mientras pasaba los platos por el fregadero, pensé que mis explicaciones se parecían a los intentos del animalito por alcanzar el borde superior de la medianera. Si lo lograba ¿qué? ¿Qué si yo mismo fuera, la mano enguantada en uno de esos adminículos de látex pegoteado que mi ‘ex’ ha dejado pudriendosé bajo la mesada, lo tomara de los sobacos y lo depositara sobre la inaccesible cima, o mejor, que lo tirase sin más al terreno lujurioso de la vecina? ¿Cuánto tardaría el sapo en ser detenido por la pared subsiguiente?
Me pareció que mis pensamientos se parecían a los saltos del sapo y que tanto las direcciones como las reflexiones daban lo mismo, reales presas de arrinconamiento.
Uno suele encontrar sapos solitarios medio ocultos por el pasto en algunos rincones al cortar el césped, al abrir las puertas de garaje, al enrollar una manguera abandonada por otros, al arrancar yuyos con las manos por no meter ahí la pobre bordeadora eléctrica que no tiene la culpa de nuestra desidia. Esos sapos, me pregunto ahora, ¿están ahí, ocupados, empeñados, en sus interminables viajes misteriosos? ¿Esperan, quizá, que las paredes se derrumben o desinflen, para continuar adelante? ¿Esperan a que un comedido o un comediante los ayude? ¿Sospechan que el mundo es redondo y esperan probarlo para que su civilización florezca? ¿Tanto se parecen a nuestra civilización? ¿O esperan a que, por alguna extravagancia en otro instinto, su instinto alguna vez los deje en paz?
Tal vez los sapos sí crean seriamente en el fin del mundo, como tanta gente dice creer, o en tantos otros mitos parecidos que justificarían el sinsentido del mundo.
Mientras escribo este ayuda-memoria la lluvia ha cesado y se percibe la desagradable brisa fresca consecuente. Del grabador brota una pastoral de Haendel que me gusta mucho y hasta es posible que la soprano sea Elly Ameling. Falta un cuarto para la 01:00 de la siesta que me debo.
Esta casa es como mi manojo de pastos en un rincón. Vine saltando y saltando hasta aquí. Levanté las paredes necesarias que forjan todos los rincones a la vista, creyendo que así estaría terminado mi viaje.
Los sapos padres entran por el desagüe pluvial que da al cordón del pavimento y logran deslizarse a través de la rejilla donde desembocan las canaletas. Mientras no encuentran agujeros los sapos tienden a pasar por encima de lo que sea, que es lo que a mí me disgusta. Vienen bien adaptados, a un mundo lleno de cloacas y sumideros.
El suyo es un instinto generalizado.
Cuando veo que sus presencias abundan por el jardín, tomo la azada y mato unos cuantos. Me desagrada que anden arrastrandosé por todas partes o encima de mis cosas, que dejo tiradas sobre las superficies de mi propiedad hasta que me dé por usarlas. Lo mismo me pasa con los caracoles. Casi no sobreviven caracoles pero algunos aparecen de tanto en tanto, en especial después que llueve. Aplastarlos me da menos lástima que reventar sapos mientras saltan a meterse bajo mis arbustos y se enredan en la hojarasca o se les pega a los intestinos reventados.
A este tipo de cuestiones tenemos que dedicarnos, sobre todo cuando llueve, los que elegimos vivir arrinconados, si es que lo elegimos.
Recuerdo un atardecer de un día templado y azul cuando, buscando la última ciruela para regalarselá a mi coneja negra, me metí entre las ramas doradas por el sol crepuscular y sentí que algo descubría, no importa qué o si así sucedía en efecto. Pero estaba allí con la medianera opuesta a la del sapo, que es mi preferida por dar al poniente y unos laureles cejijuntos que han podado con mucha intención, y percibí una fila de hormigas madereras marchando por el lomo de la pared, sus siluetas movedizas a contraluz, yendo o viniendo, pero sobre todo yendo, a una hora tan tardía.
Creo que esa actividad tan generosa fue lo que me impactó. El sol también daba en las ramas, había culminado su jornada como yo, marcaba zonas de hojas apretadas en sombras y también daba en mi cara ubicua, como si me mirara. El resplandor se concentraba entre dos troncos no muy gruesos.
Era como si se pudiera respirar la luz.
Ahora que todo está empapado recuerdo ese instante; no me interesa todo el momento sino el instante en que sentí que algo había descubierto, creo que sucediendo entonces, a través del tiempo, un suceso no muy sencillo de ubicar, como si para que sucediera hubiese que esperar a que las cosas estáticas se movieran o mostraran que pueden reubicarse de otro modo.
¿Será todo así? ¿Y qué significará?
Por favor, ¿qué significa todo esto? ¿Qué es tarde para mí? Es decir, ¿que siempre ha sido tarde para mí, el descubridor, como cuando se nace miope o sordo?
Creemos que los juegos lo son, pero tampoco es cierto. Sólo la vida y la muerte son ciertas y son juegos, pero sólo cuando nada tienen que ver con este mundo.
A veces tengo que anotar estas cosas para seguir respirando. Respirar es un viaje sin interrupciones, un intento que no podemos abandonar; llueva o no llueva, lleguen y pasen o no los sapos, y los trenes que nos llevan.

*de SIMON ESAIN. simonesain@hotmail.com

Viernes, 25 de Mayo de 2007
Constitución*

*Por Sandra Russo

Estábamos parados en la plaza, justo enfrente de una de las entradas principales de Constitución. Donde están las paradas de los colectivos.
Donde hay todavía quioscos de diarios y puestos en los que vendían pochoclo, chupetines, maníes y café. Veíamos desde allí cómo flameaba la bandera argentina sobre el cartel que decía Estación Constitución. Esa cacofonía y la bandera que nosotros cuatro odiábamos nos hizo detenernos y mirar hacia arriba. Eramos raros en aquella época. Lectores del Expreso Imaginario y de Ungaretti, rockeros pelilargos, artesanos en ébano y marfil, adolescentes con secundario completo y un futuro inimaginable.
No me acuerdo de si íbamos o veníamos de la provincia a la Capital, pero el hecho es que nos paramos los cuatro a mirar la bandera argentina flameando en lo alto. Cada uno a su turno, y sin que nos dijéramos nada, empezamos a bajar y a subir la mirada. La bandera flameando y la estación que escupía
oleadas de gente cabizbaja. La bandera flameando y la gente vencida, oscurecida. La bandera flameando y abajo la gente mansa, callada, después de viajar en trenes que se paraban por la mitad del camino, que tenían los vidrios de las ventanillas rotos, que obligaban muy seguido a bajarse en cualquier parte y atravesar las vías en manada, y buscar colectivos en alguna avenida. A esos trenes se trepaba en algún trayecto del viaje el Ejército. Había que mostrar documentos y vaciar carteras o mochilas. Había
que sacarles el forro a los libros y dejar que un soldado leyera títulos que no entendía. En esos trenes había que achicarse, humillarse, comprimirse, aguantar, soportar, contestar, eludir.
Seguro que porque estábamos fumados, el espectáculo de la bandera flameando sobre el fracaso, sobre la infelicidad de un pueblo, nos dio un ataque de risa inolvidable. Terminamos tirados en el piso, sin decirnos nada, pero riéndonos los cuatro al mismo tiempo de esa humorada espantosa que teníamos
delante. Claro que aquello no tenía nada de gracioso, pero cuando uno es adolescente y crece en dictadura, reacciona como puede.
Fue a partir de ese día que Constitución, para mí, quedó marcada como un multitudinario mensaje que necesitaba leer casi todos los días. Elegí un bar de esos mugrientos que había adentro de la estación. Uno cualquiera. Y a veces, algunas noches, me venía de Quilmes solamente a sentarme un rato en
ese bar, a escribir en un cuaderno algunas impresiones, y a mirar. Tenía la intuición de que allí algo se me revelaría. Desde la mesa del bar se veía la llegada de los trenes. Cuando la gente bajaba, cuando el óxido de la noche se llenaba de aquellos infelices que estaban condenados al silencio, algo muy poderoso me estremecía. Constitución, su sordidez, su olor a pis, sus pisos llenos de charcos, sus mendigos, sus borrachos eran un indicio que yo, tomando mi caña Legui y escribiendo en mi cuaderno, trataba de descifrar.
Fue en ese invierno del '78 que entendí que había que estar en contra de lo que pasaba en Constitución. Y lo entendí primero con las vísceras, porque no fue algo sencillo de entender. Era más fácil ignorar esas señales y seguir escuchando música o perdiéndose en universos personales. Pero el silencio de
Constitución, el silencio masivo ante esa pesadilla cotidiana, el espectáculo de sus manadas de trabajadores que a fuerza de callar llevaban inscripta la humillación en las caras, me hizo entender que nuestros universos personales estaban incompletos si no tenían conexión con eso otro.
Eso otro era la dictadura militar. Constitución, las mesas de fórmica quemada de sus bares y esas escenas de pesadumbre colectiva me hicieron advertir que no se podía estar en el medio, que había que resolver de qué lado se paraba uno, hacia dónde dirigía sus pensamientos, cuál era el objeto de su compasión, y sobre qué le gustaría a uno que flameara alguna bandera propia.
Quizá por esta microhistoria personal, la reacción de la gente hace unos días, y la decisión de quitarle la concesión del Roca a Taselli, me reconfortó de un modo que no puedo explicar. Desde luego que no pierdo de vista que ésta es una microhistoria colectiva, pero de alguna manera cambia la trama, cambia el punto de vista. La historia es otra.

*FUENTE: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-85483-2007-05-25.html

Ser polvo*

*Santiago Dabove

¡Inexorable severidad de las circunstancias! Los médicos que me atendían tuvieron que darme, a mis pedidos insistentes, a mis ruegos desesperados, varias inyecciones de morfina y otras sustancias para poner como un guante suave a la garra con que habitualmente me torturaba la implacable enfermedad: una atroz neuralgia del trigémino.
Yo, por mi parte, tomaba más venenos que Mitrídates. El caso era poner una sordina a esa especie de pila voltaica o bobina que atormentaba mi trigémino con su corriente de viva pulsación dolorosa. Pero nunca se diga: he agotado el padecimiento, este dolor no puede ser superado. Pues siempre habrá más
sufrimiento, más dolor, más lágrimas que tragar. Y no se vea en las quejas y expresión de amargura presentes otra cosa que una de las variaciones sobre este texto único de terrible dureza: "¡no hay esperanza para el corazón del hombre!". Me despedí de los médicos y llevaba la jeringa para inyecciones hipodérmicas, las píldoras de opio y todo el arsenal de mi farmacopea habitual.
Monté a caballo, como solía hacerlo, para atravesar esos cuarenta kilómetros que separaban los pueblos que con frecuencia recorría.
Frente mismo a ese cementerio abandonado y polvoriento que me sugería la idea de una muerte doble, la que habla albergado y la de él mismo, que se caía y se transformaba en ruinas, ladrillo por ladrillo, terrón por terrón, me ocurrió la desgracia. Frente mismo a esa ruina me tocó la fatalidad lo mismo que a Jacob el ángel que en las tinieblas le tocó el muslo y lo derrengó, no pudiendo vencerlo. La hemiplejia, la parálisis que hacia tiempo me amenazaba, me derribó del caballo. Luego que caí, éste se puso a pastar
un tiempo, y al poco rato se alejó. Quedaba yo abandonado en esa ruta solitaria donde no pasaba un ser humano en muchos días, a veces. Sin maldecir mi destino, porque se habla gastado la maldición en mi boca y nada representaba ya. Porque esa maldición habla sido en mi como la expresión de gratitud que da a la vida un ser constantemente agradecido por la prodigalidad con que lo mima una existencia abundante en dones.
Como el suelo en que caí, a un lado del camino, era duro, y podía permanecer mucho tiempo allí, y poco me podía mover, me dediqué a cavar pacientemente con mi cortaplumas la tierra alrededor de mi cuerpo. La tarea resultó más bien fácil porque, bajo la superficie dura, la tierra era esponjosa. Poco a poco me fui enterrando en una especie de fosa que resultó un lecho tolerable y casi abrigado por la caliente humedad. La tarde huía. Mi esperanza y mi caballo desaparecieron en el horizonte. Vino la noche, oscura y cerrada. Yo la esperaba así, horrorosa y pegajosa de negrura, con desesperanza de mundos, de luna y estrellas. En esas primeras noches negras pudo el espanto contra mí. ¡Leguas de espanto, desesperación, recuerdos! No, no, ¡Idos, recuerdos! No he de llorar por mí, ni por... Una fina y persistente llovizna
lloró por mí. Al amanecer del otro día tenía bien pegado mi cuerpo a la tierra. Me dediqué a tragar, con entusiasmo y regularidad "ejemplares", píldora tras píldora de opio y eso debe de haber determinado el "sueño" que precedió a "mi muerte".
Era un extraño sueño-vela y una muerte-vida. El cuerpo tenía una pesadez mayor que la del plomo, a ratos, porque en otros no lo sentía en absoluto, exceptuando la cabeza, que conservaba su sensibilidad.
Muchos días, me parece, pasé en esa situación y las píldoras negras seguían entrando por mi boca y sin ser tragadas descendían por declive, asentándose abajo para transformar todo en negrura y en tierra.
La cabeza sentía y sabía que pertenecía a un cuerpo terroso, habitado por lombrices y escarabajos y traspasado de galerías frecuentadas por hormigas.
El cuerpo experimentaba cierto calor y cierto gusto en ser de barro y de ahuecarse cada vez más. Así era, y, cosa extraordinaria, los mismos brazos que al principio conservaban cierta autonomía de movimiento, cayeron también a la horizontal. Tan sólo parecía quedar la cabeza indemne y nutrida por el barro como una planta. Pero como ninguna condición tiene reposo, debió defenderse a dentelladas de los pájaros de presa que querían comerle los ojos y la carne de la cara. Por el hormigueo que siento adentro, creo que debo de tener un nido de hormigas cerca del corazón. Me alegra, pero me impele a andar y no se puede ser barro y andar. Todo tiene que venir a mi; no saldré al encuentro de ningún amanecer ni atardecer, de ninguna sensación.
Cosa curiosa: el cuerpo está atacado por las fuerzas roedoras de la vida y es un amasijo donde ningún anatomista distinguiría más que barro, galerías y trabajos prolijos de insectos que instalan su casa y, sin embargo, el cerebro conserva su inteligencia.
Me daba cuenta de que mi cabeza recibía el alimento poderoso de la tierra, pero en una forma directa, idéntica a la de los vegetales. La savia subía y bajaba lenta, en vez de la sangre que maneja nerviosamente el corazón. Pero ahora ¿qué pasa? Las cosas cambian. Mi cabeza estaba casi contenta con llegar a ser como un bulbo, una papa, un tubérculo, y ahora está llena de temor. Teme que alguno de esos paleontólogos que se pasan la vida husmeando la muerte, la descubra. O que esos historiadores políticos que son los otros empresarios de pompas fúnebres que acuden después de la inhumación, descubran la vegetalización de mi cabeza. Pero, por suerte, no me vieron.
... ¡Qué tristeza! Ser casi como la tierra y tener todavía esperanzas de andar, de amar.
Si me quiero mover me encuentro como pegado, como solidarizado con la tierra. Me estoy difundiendo, voy a ser pronto un difunto. ¡Qué extraña planta es mi cabeza! Difícil será que dure su singularidad incógnita. Todo lo descubren los hombres, hasta una moneda de dos centavos embarrada.
Maquinalmente se inclinaba mi cabeza hacia el reloj de bolsillo que había puesto a mi lado cuando caí. La tapa que cerraba la máquina estaba abierta y una hilera de hormigas pequeñas entraba y salía. Hubiera querido limpiarlo y guardarlo, pero ¿en qué harapo de mi traje, si todo lo mío era casi tierra?
Sentía que mi transición a vegetal no progresaba mucho porque un gran deseo de fumar me torturaba. Ideas absurdas me cruzaban la mente. ¡Deseaba ser planta de tabaco para no tener la necesidad de fumar!
... El imperioso deseo de moverme iba cediendo al de estar firme y nutrido por una tierra rica y protectora.
... Por momentos me entretengo y miro con interés pasar las nubes. ¿Cuántas formas piensan adoptar antes de no ser ya más, máscaras de vapor de agua?
¿Las agotarán todas? Las nubes divierten al que no puede hacer otra cosa que mirar el cielo, pero, cuando repiten hasta el cansancio su intento de semejar formas animales, sin mayor éxito, me siento tan decepcionado que podría mirar impávido una reja de arado venir en derechura a mi cabeza.
... Voy a ser vegetal y no lo siento, porque los vegetales han descubierto eso de su vida estática y egoísta. Su modo de cumplimiento y realización amorosos, por medio de telegramas de polen, no puede satisfacernos como nuestro amor carnal y apretado. Pero es cuestión de probar y veremos cómo son sus voluptuosidades.
... Pero no es fácil conformarse y borraríamos lo que está escrito en el libro del destino si ya no nos estuviera acaeciendo.
... De qué manera odio ahora eso del "árbol genealógico de las familias"; me recuerda demasiado mi trágica condición de regresión a un vegetal. No hago cuestión de dignidad ni de prerrogativas; la condición de vegetal es tan honrosa como la de animal, pero, para ser lógicos, ¿por qué no representaban las ascendencias humanas con la cornamenta de un ciervo? Estaría más de acuerdo con la realidad y la animalidad de la cuestión.
... Solo en aquel desierto, pasaban los días lentamente sobre mi pena y aburrimiento. Calculaba el tiempo que llevaba de entierro por el largo de mi barba. La notaba algo hinchada y, su naturaleza córnea igual a la de la uña y epidermis, se esponjaba como en algunas fibras vegetales. Me consolaba pensando que hay árboles expresivos tanto como un animal o un ser humano. Yo recuerdo haber visto un álamo, cuerda tendida del cielo a la tierra. Era un árbol con hojas abundantes y ramas cortas, muy alto, más lindo que un palo de navío adornado. El viento, según su intensidad, sacaba del follaje una expresión cambiante, un murmullo, un rumor, casi un sonido, como un arco de violín que hace vibrar las cuerdas con velocidad e intensidad graduadas.
... Oí los pasos de un hombre, planta de caminador quizás, o que por no tener con qué pagar el pasaje en distancias largas, se ha puesto algo así como un émbolo en las piernas y una presión de vapor de agua en el pecho. Se detuvo como si hubiera frenado de golpe frente a mi cara barbuda. Se asustó al pronto y empezó a huir; luego, venciéndole la curiosidad, volvió y, pensando quizás en un crimen, intentó desenterrarme escarbando con una navaja. Yo no sabia cómo hacer para hablarle, porque mi voz ya era un semisilencio por la casi carencia de pulmones. Como en secreto, le decía:
¡Déjeme, déjeme! Si me saca de la tierra, como hombre ya no tengo nada de efectivo, y me mata como vegetal. Si quiere cuidar la vida y no ser meramente policía, no mate este modo de existir que también tiene algo de grato, inocente y deseable.
No oía el hombre, sin duda acostumbrado a las grandes voces del campo, y pretendió seguir escarbando. Entonces le escupí en la cara. Se ofendió y me golpeó con el revés de la mano. Su simplicidad de campesino, de rápidas reacciones, se imponía sin duda a toda inclinación de investigación o pesquisa. Pero a mí me pareció que una oleada de sangre subía a mi cabeza, y mis ojos coléricos desafiaban como los de un esgrimista enterrado, junto con espadas, pedana y punta hábil que busca herir.
La expresión de buena persona desolada y servicial que puso el hombre, me advirtió que no era de esa raza caballeresca y duelista. Pareció que quería retirarse sin ahondar más en el misterio... y se fue en efecto, torciendo el pescuezo largo rato para seguir mirando... Pero en todo esto había algo que
llegó a estremecerme, algo referente a mí mismo.
Como es común a muchos cuando se encolerizan, me subió el rubor a la cara.
Habréis observado que sin espejo no podemos ver de esta última más que un costado de la nariz y una muy pequeña parte de la mejilla y labio correspondiente, todo esto muy borroso y cerrando un ojo. Yo, que había cerrado el izquierdo como para un duelo a pistola, pude entrever en los planos confusos por demasiada proximidad, del lado derecho, en esa mejilla que en otro tiempo había fatigado tanto el dolor, pude entrever, ¡ah!... la ascensión de un "rubor verde". ¿Sería la savia o la sangre? Si era esta
última: ¿la clorofila de las células periféricas le prestaría un ilusorio aspecto verdoso?... No sé, pero me parece que cada día soy menos hombre.
... Frente a ese antiguo cementerio me iba transformando en una tuna solitaria en la que probarían sus cortaplumas los muchachos ociosos. Yo, con esas manazas enguantadas y carnosas que tienen las tunas, les palmearía las espaldas sudorosas y les tomaría con fruición "su olor humano". ¿Su olor?, para entonces, ¿con qué?, si ya se me va aminorando en progresión geométrica la agudeza de todos los sentidos.
Así como el ruido tan variado y agudo de los goznes de las puertas no llegará nunca a ser música, mi tumultuosidad de animal, estridencia en la creación, no se avenía con la actividad callada y serena de los vegetales, con su serio reposo. Y lo único que comprendía es precisamente lo que estos últimos no saben: que son elementos del Paisaje.
Su tranquilidad e inocencia, su posible éxtasis, quizás equivalen a la intuición de belleza que ofrece al hombre la escena" de su conjunto.
... Por mucho que se valore la actividad, el cambio, la traslación de humanos, en la mayoría de los casos el hombre se mueve, anda, va y viene en un calabozo filiforme, prolongado. El que tiene por horizonte las cuatro paredes bien sabidas y palpadas no difiere mucho del que recorre las mismas rutas a diario para cumplir tareas siempre iguales, en circunstancias no muy diferentes. Todo este fatigarse no vale lo que el beso mutuo, y ni siquiera pactado, entre el vegetal y el sol.
... Pero todo esto no es más que sofisma. Cada vez muero más como hombre y esa muerte me cubre de espinas y capas clorofiladas.
... Y ahora, frente al cementerio polvoriento, frente a la ruina anónima, la tuna "a que pertenezco" se disgrega cortado su tronco por un hachazo. ¡Venga el polvo igualitario! ¿Neutro? No sé, pero, ¡tendría que tener ganas el fermento que se ponga de nuevo a laborar con materia o cosa como "la mía",
tan trabajada de decepciones y derrumbamientos!

*Fuente: http://www.apocatastasis.com/narrativa/santiago-dabove-ser-polvo.php

Paz y administración*
24/05/07

*Por Carlos del Frade

(APE).- La historia oficial cuenta que la Argentina ingresó al primer mundo a principios de los años ochenta del siglo diecinueve.
De la mano de Julio Argentino Roca, aquel genocida que goza del mayor monumento en pleno centro de la ciudad capital del país del sur, comenzaba a hablarse de la riqueza sin límites de sus pampas.
Propaganda intencionada que demostró su fuerza de imán: miles y miles de familias europeas llegaron hasta la nueva tierra de futuro.
Sin embargo, pocos, muy pocos concretaron sus sueños, la mayoría se encontró con mayores pesadillas.
Y hubo una escenografía: el conventillo.
El hacinamiento permanente en cuartos donde intentaban existir entre diez y quince personas como sostienen las crónicas de la época.
Mientras tanto, afuera de los conventillos, el trabajo sin horario en las dársenas y puertos de la Capital Federal y sus alrededores.
No eran casuales los incendios, las fondas y los conventillos que desaparecían devorados por las llamas del amontonamiento inhumano al que eran condenados aquellos desesperados.
Eran los días de una consigna que atravesaba toda la geografía del país: "Paz y administración".
Una paz lograda a palos, cepo, exterminio de pueblos originarios, cárcel a los que venían con ideas socialistas y anarquistas y ausencia absoluta de representación política de las mayorías aunque existía una constitución que, supuestamente, era liberal y progresista.
Y una administración que era imagen y semejanza de sus verdaderos patrones, la oligarquía y las empresas extranjeras, especialmente inglesas y sus socios menores, la naciente clase media que se ocupaba de gerencias varias.
La Argentina de las vacas gordas mostraba sus flaquezas lacerantes en los fuegos repetidos en otoños e inviernos duros de los conventillos de las ciudades puerto.

Casi dos siglos después, la consigna es otra.
Ahora se habla de capitalismo en serio.
Una seriedad que, sin embargo, no deja de repetir la inhumanidad de sobrevivir en el hacinamiento y en lugares en que la muerte anticipada es tentada de manera permanente.
Por eso parecen repetirse los hechos...
En menos de dos días, un chiquito de dos años fue comido por el fuego procedente de una vela en la zona de San Francisco Solano; en Dock Sud, justamente orillas portuarias y en un conventillo made in siglo veintiuno, una mamá de solamente treinta y dos años y su hija de cinco años también fueron llevados a la pampa de arriba por las llamas; y en Quilmes, un pibe de cinco años tampoco pudo saber qué significaba la palabra futuro porque la casa de maderas estalló en un incendio que antes o después sucedería.

No fueron tragedias.
Ni aquellas de finales del siglo diecinueve ni estas de principios del tercer milenio.
Se trata de la exacta dimensión de la "paz y la administración", del costo ya estimado que suele facturar el "capitalismo en serio".
Será necesario crear otro tipo de vida para que ardan las llamas de la justicia social y queme tanta hipocresía, siempre tan vieja y tan implacable.

Fuentes de datos: Diarios InfoRegión 17-05-07 / La Razón 18-05-07 / El Sol -
Quilmes y Perfil 19-05-07

*Fuente: AGENCIA PELOTA DE TRAPO. agenciapelota@pelotadetrapo.org.ar

¿tristeza?*

¿estaré triste?
¿por qué dudo?

¿se sube a la tristeza?
¿por qué sospecho?

*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
- De Mi Mayor Estigma (si mal no me equivoco)

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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