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Terra
La Coctelera

inventiva

28 Mayo 2007

EN LA NUBE DEL TIEMPO...

En la nube del tiempo...

Mi papito...*

La eterna sabiduría popular nos regala - una vez mas, por si hiciera falta - una lección de vida, a propósito de la cual ha querido la memoria traerme un recuerdo de otros tiempos. Suele pasarnos que al cabo de escuchar muchas veces un relato comenzamos a "vivirlo" de cierta manera como propio. A imaginarnos la escena, a dramatizarla con nuestro propio guión, a incorporarle escenografías personales, personajes, incluso...
Como sea, cuenta mi viejo - que en sus años mozos supo trajinar todos los boliches de calle Mendoza, desde Avellaneda hasta Provincias Unidas - que cierta noche de un verano de los años cincuenta del siglo pasado degustaba una cervecita sentado a la vereda de una pizzeria a poca distancia del club Libertad (Felipe Moré y Mendoza) en compañía de cierta persona cuyos datos ignoro, salvo el hecho de que no sería esa luego mi madre. Supongo que a la espera de que comenzara la milonga, en la cual (pero esto lo conjeturo) cantaría Virginia Luque, gran voz y símbolo sexual de la época.
Por el empedrado, desde el Oeste hacia el centro, traqueteaba un "tranway", el 21, supongo. Suena la campanilla y el motorman, obediente y servicial, detiene la marcha en la esquina para que descienda una pareja; los gritos de ella se escuchan desde antes que pisen la vereda en la que las mesas de chapa se tambalean, inseguras bajo el peso de porrones, vermouts e ingredientes.
La situación, no por conocida deja de ser chocante: el hombre - rostro descompuesto, pelo engominado desairado, sombrero en mano - descarga un golpe con la mano abierta sobre el rostro de la mujer. Los gritos de ella arrecian: "No me pegués mas", o algo así, entrecortados por el llanto y ¿Por qué no ? el hipo, que aumenta el patetismo de la imagen.
Todo varón bien nacido se subleva ante un cuadro como éste, y mi viejo, obligado por su educación (y por la presencia de su acompañante, ante la cual no quería pasar por desalmado) se sintió en la obligación de intervenir para que no continuara la escena.
Aquí las versiones proporcionadas por mi viejo fueron variando según la circunstancia en que se producía la narración, yendo desde un simple: "¡Oiga! ¿Qué hace? ¡Deje de golpear a esa mujer!", hasta una intervención más - ¿Cómo decirlo? - "física", que incluyó detener al brazo castigador con una mano intrépida y veloz...
En éste punto la historia se detiene y cualquiera sea la versión son todas coincidentes, ante el unánime asombro (o no tanto) de todos los presentes: mi viejo, su acompañante, parroquianos y algún mozo en quién adivino saco blanco, moño negro y bigote finito, la mujer, recomponiendo su figura intervino con estas palabras memorables:
"¡Déjelo! Que él sabe por qué me pega"

Dicho lo cual, mis estimados, los dejo con esta perla (negra) que encontré en: http://hjg.com.ar/tangos/letras_t21.html#757

Mi papito*

*Música: David Estevez Martin.
*Letra: Roberto Fontaina y Victor Soliño.
(1928)

Mirá, Jose, no seas otario.
No andés con vueltas y fajala,
que a la mujer que sale mala
pa' hacerla andar derecha
la biaba es lo mejor.

En cuanto le des cuatro gritos
y la trates de prepotencia,
palpitará la contundencia
y te dirá loca de amor:

"Yo quisiera que me casques
pa'quererte, mi papito, mi papito;
yo quisiera que me dejes
de ambulancia, mi papito, por favor.
Yo me meto cuando encuentro a un hombre fuerte;
si me casca me enloquece,
pero en cambio no les doy beligerancia
a esos tipos que hablan de amor."

Yo, como vos, no me animaba,
pero la vida nos enseña
que la mujer es dura peña
que con palabras dulces
no se puede partir.

Yo no queria hacerme el malo
y ella penso que yo era un caso,
pero le di el primer tortazo
y con amor me dijo así:

"Yo quisiera que me casques
pa'quererte, mi papito, mi papito..."

*Udi. udi.cuatro.catorce@gmail.com
http://udi414.blogspot.com

Salud y resistencia.

"Los momentos en que somos mas libres e iguales en este sistema son los que dedicamos a la consecución de la utopía. El resto del tiempo somos meros esclavos"

Noche de Animas*

Las sombras de nuestros cuerpos bailaban sobre las paredes encaladas de la cocina, jugueteando bajo los caprichos de la luz de carburo que, con su azulada claridad, daba un aire misterioso al ambiente, trasladando al aire esa sensación de ultratumba que requería el momento.
Mi abuela, con su moño blanco y el blanco delantal sobre la negra falda, blandía un enoArme cuchillo con una hoja ancha y larga que emitía destellos a cada tajo. De no ser porque veíamos la sonrisa en su rostro limpio y sereno desde el otro lado de la mesa, mis tres amigas y yo hubiéramos pensado que intentaba realizar un conjuro o un sacrificio.
Aquella tarde, espoleados por la tradición del día uno de noviembre y por seguir estas cosas tan atractivas para los niños como son todas aquellas relacionadas con el más allá y la parte de secretos y misterios que conllevan, habíamos ido saltando y corriendo a los campos de la parte norte del pueblo, donde habitualmente se sembraban calabazas, a buscar las más idóneas para la Noche de Ánimas.
Escogimos las que nos parecieron mejores, dando brincos entre los surcos de los sembrados, contrastando la de Neus, llena de chorretones verdes y completamente lisa, con las de Juanita y Adela, que prefirieron unas más grandes, con un rabo largo y muchos granos. Yo elegí una muy ancha y chata con la intención de poder poner más de una vela dentro y que fuera la que diera más luz.
Los propietarios de los campos sabían que cada primero de noviembre tenían que pagar un diezmo en calabazas debido a la tradición de las ánimas y no vigilaban sus sembrados este día, así que volvimos al pueblo cargados con el producto de aquel robo consentido, planeando las estrategias a seguir en la noche.
La tradición se remontaba más allá del recuerdo: justo después del crepúsculo, los niños del pueblo con sus calabazas convertidas en calaveras por obra y gracia de unos agujeros estratégicamente distribuidos por su rugosa piel y, después de vaciadas, -guardando las pepitas para secar al sol y comer en los días siguientes- se dirigían al cementerio, se escondían en los lindes del camino, detrás de los árboles, en las cunetas o entre los zarzales y allí esperaban agazapados y juntos (el miedo rondaba con las ánimas sueltas) a que los mayores se dirigieran al cementerio.
Una vez cerca, se encendían las velas colocadas en el interior de las calabazas vacías y profiriendo murmullos de ultratumba y gritos desgarradores, aparecían ante los familiares que debían asustarse y correr despavoridos al verlos.
El camino, desde los campos al pueblo, estaba jalonado de planes de lugares, ensayos de gritos y cuentos de muertos y aparecidos que en la noche de las ánimas tenían más posibilidad de ser verdad que en las demás noches del año.
Una vez en la cocina, con las cuatro calabazas sobre la mesa, comprobamos con desolación que hacerles un agujero era una tarea más difícil de lo que habíamos imaginado. Neus, la mayor de la banda, lo intentó haciendo mucha fuerza y no consiguió más que clavar el cuchillo, pero no lo desplazó ni un centímetro. Probamos todos, uno detrás de otro sin conseguir nada... La noche iba llegando y no habíamos podido preparar ninguna de las calabazas. Llegaba la noche y si no conseguíamos transformarlas, no estaríamos a tiempo en el camino del cementerio para asustar a los mayores.
A la vista de esto, claudicamos y me fui a buscar a mi abuela, completamente convencido de que ella sabría cómo convertir las calabazas en calaveras - mi abuela sabía de todo -y guardaría el secreto ante el resto de la familia para que así el susto nocturno no perdiera la sorpresa.
Ahora, alrededor de la mesa y ya casi anocheciendo en el exterior, nos venían las urgencias mientras observábamos a mi abuela que, sin ningún esfuerzo aparente, iba insertando el cuchillo creando un ojo aquí, una boca con dientes allá, una nariz triangular, otra redonda... Con cara de asco íbamos vaciando con la mano el amasijo de pepitas sobre un papel de periódico, incrédulos de que cupieran tantas en cada calabaza. Ella daba el visto bueno: "No, hay que limpiarlo mejor", "mira, aún quedan en la parte del fondo", "hay que quitar los hilos también, que después podrían encenderse con la vela..."
Cuando acabó la operación y las cuatro cabalazas estaban encima de la mesa y las pepitas en un enorme montón a su lado sobre el periódico, nos preguntó:

- ¿Tenéis los clavos?
- ¿Clavos? ¿Qué clavos? -Dije yo.
- Necesitamos clavos para poder atravesar el fondo y que sirvan de soporte a la vela. Así podréis correr con la calabaza levantada sin temor a que la vela se caiga.
- Y así asusta más, ¿no? -Dijo Adela.
Adela era toda espontaneidad y sus ojos, redondos y grandes, hablaban casi más que su boca.
- Sí, -respondió mi abuela sonriendo por el comentario de Adela- así es como más se asusta.
Corrimos en tropel -de hecho siempre corríamos todos juntos empujándonos- y buscamos cuatro clavos que llevamos, también corriendo, a mi abuela.

- Pero, aquí sólo hay cuatro clavos...
- Sí, uno por calabaza...
- Pero entonces... ¿Sólo tenéis cuatro calabazas?
- Sí, claro, una para cada uno...
El rostro de mi abuela se ensombreció. Algo grave estaba pasando y al ver ese cambio de actitud nos quedamos sorprendidos y expectantes. ¿Qué sería lo que habíamos hecho mal? ¿Habíamos olvidado algún conjuro? ¿Habíamos escogido mal las calabazas?. Quedamos todos quietos y pendientes de aquella mujer que nos miraba desde su altura, ahora completamente seria.

- Ay no, no es así... Dejadme que os cuente...-Dijo mientras acercaba una silla baja y se acomodaba al lado del fuego.- Sentaos, sentaos y escuchad...
Con un ademán distraído bajó un poco la intensidad de la luz de carburo. La noche ya asomaba por la ventana de la cocina pero ante lo que iba a contarnos se pasaron las prisas y nos sentamos a su alrededor. Mi abuela contaba cosas increíbles y sabía de los secretos como nadie.
Mirábamos fijamente su cara dulce, enmarcada en aquellos cabellos blancos rematados en moño, que ahora estaba iluminada por el azul del carburo y el rojo de las brasas. Aun así era tranquilo, apacible...
Despacio, muy despacio y mirándonos a cada uno a los ojos, empezó a contar:

"Hace muchos años, a varios días al norte del pueblo, en una noche como la de hoy, un caballero regresaba a su casa después de un largo viaje. La noche era negra como una cueva y el viento cantaba una trémula canción al acariciarse con las ramas de los árboles. La luna estaba escondida detrás de unas nubes gruesas y oscuras.
El viajero empezó a ascender por un camino que tenía bastantes piedras sueltas, por lo que aminoró el paso de su caballo y aupándose sobre él, intentó reconocer la edificación que se encontraba en lo alto de la loma.
El camino iba serpenteando sobre sí mismo y subía bruscamente de forma que para poder remontar la pendiente, muchas veces, tras una curva muy cerrada, volvía sobre sus pasos un poco más arriba.
En una de las curvas y aprovechando la aparición de la luna vio con claridad el edificio. Las rejas en la puerta, las paredes sin ventanas, los altos cipreses que asomaban por arriba y el pequeño campanario... Era un cementerio.
El viajero no se asustó en absoluto, ya que era un hombre poco temeroso de la muerte y solamente se preguntó cuánto tardaría en llegar arriba.
En esto estaba cuando le pareció ver movimiento en las puertas del cementerio y, entrecerrando los ojos para ver más claramente, se apercibió de que por la puerta, que se había abierto sin que él se diera cuenta, salían dos filas de sombras, una a cada lado del camino, que empezaban a descender hacia donde él se encontraba.
Su movimiento cadencioso hacía que avanzaran lentamente y más que caminar daba la sensación de que se deslizaban sobre el suelo. A medida que se acercaban pudo ver que las figuras estaban cubiertas por lienzos oscuros o por trozos y jirones de ropajes, incluso algunas de ellas traían la cabeza cubierta con una capucha.
En la primera curva del camino cada una de las sombras encendió un farol en forma de calavera y lo puso delante, pegado al vientre.
En silencio. En un completo y sobrecogedor silencio.
El viento se detuvo y la quietud de la noche fue mayor aún. Las siluetas, enmarcadas ahora por el resplandor de las calaveras encendidas, parecían balancearse mientras avanzaban. No producían ningún ruido a pesar de ser más de un centenar.
El caballero, a la vista de tan fantasmal procesión salió del camino resguardándose entre los árboles y dando paso franco a la comitiva, que fue desfilando por delante del lugar donde se hallaba ignorando su presencia o haciendo caso omiso de la misma. A medida que iban pasando, descubrió que la luz procedía de una especie de farol hecho con una calabaza en la que se habían taladrado agujeros que formaban ojos, nariz y boca por los que salía la luz.
Se mantuvo apartado a medida que la larga fila de sombras pasaba ante él, preguntándose el motivo de tan siniestra procesión, pero manteniéndose medio oculto. A pesar de no sentir temor, algo en su interior lo mantenía apartado de las miradas de aquellos rostros sin ojos.
Al final de la comitiva vislumbró una sombra que la cerraba. Iba caminando por el centro del camino y no traía calavera de luz. Salió de su refugio como en un impulso y se dirigió hacia esa sombra, pasando por entre las últimas de la procesión. Al atravesar el cortejo sintió un frío intenso y pensó: "es el frío de la muerte". Pero siguió avanzando sin saber exactamente por qué lo hacía.
La última figura se detuvo a su lado en el momento que en se iban a cruzar y pareció esperar a que preguntara.
- ¿Puedes decirme el motivo de esta procesión? -Dijo el viajero.
- Es la Procesión de las Ánimas, que se realiza cada día primero de noviembre, en el Día de Todos los Santos y antes del Día de Difuntos- respondió una voz susurrante que a pesar de hablar en un tono muy grave le sonó conocida.
- Y... ¿Todo el pueblo viene a esta hora tan tardía a la procesión?
- No, los habitantes del pueblo no se atreven a venir. Sólo las ánimas participan en esta procesión...
La sorpresa del viajero fue enorme. Notó que se le erizaban los cabellos y que una mano helada le recorría la columna vertebral, pero manteniendo su compostura quiso estar seguro de lo que pensaba.

- Entonces... ¿Todos los componentes son muertos?
- No exactamente, la procesión la componen las Ánimas de los muertos.
- ¿Tú también estás muerto? -dijo dándose cuenta de que no sentía ya ningún miedo. Era como si estuviera entre conocidos.
- Sí, yo estoy muerta -musitó la sombra.
- ¿Y por qué no llevas luz?
- Yo soy el ánima de tu esposa, a la que nunca fuiste rezar al cementerio y a quien jamás le llevaste luz..."
La cara de Adela asomaba por detrás de la mesa mirando a mi abuela con los ojos más grandes que nunca veré. Neus apretaba mi mano tan fuerte que tenía un dolor intenso en los dedos y el silencio se apoderó de la cocina tras las últimas palabras.

Nos miró despacio, lentamente, uno a uno, y dijo en un susurro:
"Nadie sabe qué pasó con el viajero, ni a quién contó lo que había visto, ni qué hizo, pero desde entonces, en todas las casas, en la Noche de Ánimas, siempre se hacen un par de faroles de más con calabazas, por aquellas a las que nadie rezó y por aquellas a las que nadie llevó luz..."
Aquella noche, en el camino del cementerio, ocultos tras los zarzales y esperando con las calaveras-calabazas en el regazo, preparadas para ser encendidas y asustar a los familiares, había tensión. Miedo y tensión. Los cuatro, pegados los unos contra los otros, esperamos ver aparecer una sombra sin farol e imaginando las excusas que podríamos darle por no tener uno de más para ella.
Aquella noche fue larga. Tan larga que ha durado hasta hoy, en que mis dos hijos preparan cuatro calabazas en el día de las ánimas, porque su bisabuela me contó a tiempo que a las ánimas hay que rezarles y sobre todo, hay que llevarles la luz.

*de Joan. joan@cimat.es

Sábado, 26 de Mayo de 2007
Triste estampa de nuestra historia*

*Por Osvaldo Bayer

En Historia no hay nada gratuito. La tragedia de la democracia argentina se origina en graves errores, en intereses mezquinos, en la fuerza bruta, en un enorme grado de inmoralidad. Del sueño del país de las espigas de oro a las villas miseria y a las estadísticas de niños argentinos con hambre. Algo ha pasado. Las instituciones, los partidos políticos, los historiadores ideológicos tendrían que hacer una profunda autocrítica. La autocrítica es la mejor arma de una verdadera democracia. Y no fabricar status de bronce indelebles y no tocables de personajes e ideologías. No por nada la Argentina deberá llevar para siempre la mancha vergonzosa de la desaparición de personas, del robo de niños, del arrojar a los prisioneros desde aviones al río. Los aspectos más horribles de la perversión humana. Eso, más las
estadísticas de las cuales hablamos, como resultado. ¿Producto de la poca capacidad de nuestros gobernantes? ¿O de la falta de moral? ¿O del personalismo como método?
Recuerdo ese martes 12 de noviembre de 1974. Peronismo isabelino en el poder. Vivo sin domicilio fijo por haber salido en la lista de la Triple A, condenado a muerte por el hecho de haber escrito La Patagonia rebelde. Busco refugio. Estoy en una quinta de verduras de Quilmes de un viejo libertario
español. Voy a la estación esa tarde y compro La Razón quinta. Quinta edición, como se decía a la que salía a la calle a las cinco de la tarde. En primera página, la noticia increíble. Título: "La CGT rindió significativo homenaje al Ejército". Mientras leo, me imagino que es la única vez en la historia del mundo que organizaciones obreras van a rendirles pleitesía a los militares. Más en la Argentina, después del recuerdo histórico de las masacres de la Semana Trágica, del fusilamiento de las peonadas patagónicas
y de los hacheros de La Forestal. Sí, la nota de La Razón señala: "La Confederación General del Trabajo rindió hoy homenaje al Ejército Argentino en un acto cumplido en la plaza de armas del Edificio Libertador, donde tiene su sede el Comando General del arma, en Azopardo 250. En la oportunidad fue descubierta una placa en la base del mástil principal con la leyenda: 'Homenaje de las fuerzas del trabajo al Ejército Argentino por sus caídos en la lucha contra la subversión apátrida, en defensa de las
instituciones y de la Nación'".
Increíble, la central obrera no rendía homenaje a aquellos jóvenes que habían caído por un mundo de más justicia social sino a sus represores.
Justo a ese Ejército que se había levantado contra gobiernos elegidos por el pueblo, a los cobardes fusiladores de Trelew con el asesinato de prisioneros a mansalva, a los autores de la noche de los bastones largos. La crónica parece una fantasía literaria de la sublimación de la hipocresía: "Después
de la 10.30 comenzó a llegar la concurrencia, la mayoría dirigentes y delegados sindicales de las organizaciones integrantes de la CGT. En la plaza de armas formaron efectivos de Granaderos a Caballo, Regimiento 1 de Infantería, Regimiento 3 y la banda Patricios. A las 11, las amplias escalinatas del Comando General del Ejército estaban cubiertas por la concurrencia. El comandante de Ingenieros, general Acuña, comandó la agrupación Buenos Aires y, a las 11.30, aplausos del público saludaron el
arribo del comandante general. El teniente general Leandro Anaya saludó a los efectivos y recibió al ministro de Defensa, Adolfo Savino; de Trabajo, Ricardo Otero. Esos arribos, así como el del ministro de Cultura y Educación, Oscar Ivanissevich, fueron recibidos con más aplausos".
¡Qué personajes! Otero, llamado "Oterito", aquel que siendo ministro declaró: "Si el General me ordena limpiar el baño, voy y lo limpio".
Ivanissevich, el ultracatólico franquista que ordenó "depurar" con incienso las aulas de Filosofía y Letras para limpiarlas del marxismo.
Pero la crónica tiene otras sorpresas: "En el sector ubicado inmediatamente después del lugar donde tomaron ubicación el ministro Savino, los ministros y el secretario general de la CGT, Segundo Palma, fueron ocupados por altos funcionarios del gobierno nacional, el comandante general de la Fuerza
Aérea, brigadier Fautario; el comandante de la Armada, contraalmirante Armando Lambruschini, los dirigentes de la CGT, Casildo Herrera, Florencio Carranza, Alberto Campos y José Rodríguez; el titular de las 62 Organizaciones, Lorenzo Miguel, y una nutrida delegación de empresarios encabezada por el titular de la Confederación General Económica, Julio Broner, y los generales Jorge Rafael Videla, jefe del Estado Mayor General del Ejército; Luis Betti, jefe del Estado Mayor Conjunto; los generales Roberto Viola, Alberto Numa Laplane, y otros altos jefes militares. Tras la ejecución del Himno Nacional, coreado por la concurrencia, incluso por el público que se mantenía fuera del cordón que controlaba el acceso a la plaza de armas, habló el secretario general de la CGT. De inmediato, Palma, en compañía del teniente general Anaya, dirigentes sindicales, generales y los comandantes de la Fuerza Aérea y de la Armada, y los ministros del Poder Ejecutivo, se trasladaron al mástil donde Anaya y Palma descubrieron la placa, llamando a silencio un toque de clarín militar. El capellán del Ejército, padre José Menestrina, bendijo la placa a invitó a orar, recordando el ejemplo de los caídos y subrayando la fe que debía abrigarse en el futuro del país. Vueltas las autoridades a la escalinata, el teniente general Anaya pronunció su discurso, subrayado, como el de Palma, con los aplausos de la concurrencia. La ceremonia alcanzó ribetes de emotividad". Qué emotivo: la placa de los representantes obreros al Ejército fue bendecida. Y se oró.
Eran tiempos en los que se persiguió a héroes obreros como Agustín Tosco, que murió por falta de los medios para tratar su enfermedad que finalmente lo llevó a la tumba. A orar invitó el cura militar. Y poco después el Dios Militar permitía la dictadura de la desaparición. En ese acto ya estaban todos, hasta Videla. Pero también Casildo Herrera, aquel que después del golpe dijo aquellas profundas palabras de luchador social: "Yo me borré". Y ahí estaba Lorenzo Miguel, por supuesto, líder indiscutible del "movimiento obrero" que terminaría siendo dirigido por los "gordos".
La crónica del homenaje "obrero" a lo militar continúa con el discurso del secretario general de la CGT: "Estamos reunidos para rendirles a las fuerzas del trabajo un cálido, sincero y justo homenaje al Ejército Argentino en la lucha contra la subversión apátrida en defensa de las instituciones de la
Nación. Cuando un pueblo ha elegido su camino, cuando todo nos debiera unir, cuando se ve un futuro de grandeza, las fuerzas del trabajo rinden dolorido homenaje a los caídos de nuestro Ejército, porque es nuestro, porque ha tomado junto con el pueblo el camino hacia la reconstrucción nacional. Ese camino, señor comandante, es duro, sacrificado y lleno de acechanzas, pero es el único que conduce a la gloria del país. Por ello, pueblo y Ejército estamos unidos por el vínculo espiritual que une a la Patria
incondicionalmente: el patriotismo".
Después de palabras tan profundas, añadirá el representante de la CGT: "Pueblo y Ejército están unidos para lograr lo que nos señalara nuestro líder, el teniente general Perón, cuando dijo: 'Nosotros hemos alcanzado la reconstrucción nacional. Entre sus más importantes objetivos está el de reconstruir la paz: lo lograremos: no hay nada que no pueda alcanzarse, con este pueblo maravilloso al que con orgullo pertenecemos. Tenemos no sólo una doctrina y una fe sino una decisión que nada ni nadie hará que cambie'". Por su parte, el general Anaya dirá: "No se deje engañar el pueblo argentino, ya que es él el verdadero destinatario de la agresión de una elite apátrida, que con una visión mesiánica del mundo propone un cambio violento y alocado, vacío de contenido humano".
Estaban todos, no faltaba ninguno. Es que ya se sabía, muchas semanas antes que se produjera, que se venía el golpe militar. Este acto lo hicieron los dirigentes sindicales para quedar libres de toda duda: que ellos no tenían nada que ver con la "subversión".
Rendir pleitesía a quien tiene las armas. Se había iniciado ya la época más despreciable del ser argentino. La época de la desaparición.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-85539-2007-05-26.html

Diciembre*

… la decoración aparecía rasgada como
las paredes en los terremotos.

El hijo del millonario - Gómez de la Serna

En aquel entonces vivíamos obsesionados por los tiempos idos.
Impulsados por el fetichismo del acceso a la profundidad, como si se tratara de la boca del acceso a lo profundo y definitivo, llegamos a practicar una variante demencial de esa básica perversión espiritual que es el idealismo.
El pasado lo era todo. Puedo decir que en él nos tirábamos de cabeza.
Existíamos para ser émulos, anticuarios, parodiantes. Sin saber cómo y en qué circunstancia, habíamos decidido existir nada más que para imitar y reivindicar hechos, actos y maneras de otras épocas y personajes, y ser, por tanto, fabulosos de nuestro fabular.
Tanta dedicación a comer memoria nos llevó, como no podía dejar de ser, a olvidarnos pero también a desligarnos de la principal responsabilidad. A ejercer otro modo de la libertad insensata que se adjudican los dictadores.
Fuimos sujetos históricos sin producir nuestra historia. Dioses, héroes y reconocidos nos manejaron como a títeres.
¿Qué constituyó nuestra infancia? El lapso en que los relatos y leyendas nos insuflaron un ansia perdurable de ser tal como ya se había sido, para llegar luego a una conjugación definitiva. No se trata de una novedad, pero sí de algo superado. Tampoco trato de invalidar lo mitológico o lo enfermizo. Pasó que el futuro dejó de servir para atraernos; intercedía rechazando, o rechazandosé. Como si un gran no lo hubiese aplastado y ni un escombro quedara a la vista. Sólo disponíamos en él, en su tiempo, de ámbitos y posibilidades para concretar obsequiosas emulaciones. Sin darnos cuenta nos negábamos a inventar, a inventarnos.
Reconozco que vivíamos un alegre epicismo y una sana envidia hacia los capaces de asumir los grandes costos. Estos sentimientos son contagiosos e ignorábamos la conveniencia de destruirlos. Creíamos que la verdad había sido y que a un tiempo habían sido sus enemigas, que no restaba otra cuestión que representar a los guardianes del éxito, para que sólo la experiencia respirara. Vivíamos contentos y ocupados con el gran cuadro pintado en algún epítome causal. Cada día sonaba ese clarín que en verdad nos despertaba en su cuartel y no nos permitía la sordera; cada uno se empuñaba a sí mismo de sobre la mesa o de junto a la cama, como a una lanza de plata, como a una daga diamantina, como a un sable corvo; el aplauso esperaba afuera, aún a los esclavos y a los condenados, porque estos habían elegido ser en honor a la tal categoría.
Nunca se nos habría ocurrido despreciar el pasado y menos dedicarnos a un demonio que ya teníamos sancionado; era una inocencia extraordinaria, embriagadora. ¿Por qué la inocencia no podrá convertirse en un licor ardiente y venenoso otra vez?
Pero nuestro convencimiento precedía a las afamadas argumentaciones expresadas en cualquier sentido. ¿A qué nos sonaban, entonces? (¿A qué nos sonaban las direcciones? tesifico, ¿a la razón de las sinfonías?) Claro, tampoco nos permitíamos la sospecha, como si vedarnoslá fuera indicio honroso. Considerábamos que ceñirnos la frente de un promedio, de una medianía, era abundar en un eclecticismo fácil y tramposo; ¿no advertíamos el proceso de vulgarización derivado del opuesto con que pretendíamos exaltarnos? Claro, el advertir había perdido sentido desde que fuera advertido. ¿Qué clase de vaticinios practicaban nuestros altos adivinos resurrectos? Si junto al futuro habíamos enterrado a los profetas.
Los aplausos o condenas a muerte no modificaban cuanto reclamábamos a gritos, por su intermediación, o cuanto lográbamos con negocios y traiciones perfeccionadas. Pero ¿qué clase de sorteos, premios y tribunales eran los nuestros? ¿O nuestra concepción de la alegría no los necesitaba y nos hubiera bastado con respetar unas pocas tristezas salomónicas? Por ejemplo, para incurrir de modo inigualable en la ostentación o la soberbia no necesitábamos riqueza, poder ni ejemplos; apenas la intensidad de las sombras levantadas o una ceguera cuyo fulgor obturase cualquier revelación secundaria.
El esplendor de la naturaleza se nos escapaba como si día y noche danzaran y danzáramos bajo los efectos de un influjo melodioso. Los veíamos como habían sido vistos.
A pesar de todo, la reiteración constante y el conocimiento universal de nuestras aspiraciones enceguecidas, lo que sucedía en el espejo del presente, era una insufrible variedad de consecuencias y finales de tercera o cuarta categoría, ante la que nos engañábamos peor que lo hubiera producido nuestra mediocridad.
A su modo, muertes y desastres canónicos causaban llantos e inmolaciones tan sinceras y reveladoras como las legendarias. Pero ¿ignorábamos lo que en verdad era llorado? Dejábamos en pie el espectro del futuro omitido, indeseado y diverso. Por cierto, aquellos que estábamos en peor condición o capacidad para redundar paradigmas, vivíamos la insignificancia indolora de un mero presente que no nos condenaba, y sumábamos su pretendida intrascendencia. Que aún se nos escapaba, en tanto nadie atinaría a valorar otro corolario fuera de una equivalencia sin gradaciones.
Habíamos creado una variedad estropeada y sin nombre (Vaya absurdo) de lo poético: en ella no cabía la metáfora; apenas errores de ejecución de lo prístino y disimulos patriarcales que guardaban bajo su cama los procedimientos críticos.
Igual que en un casino, la seriedad se permitía el respeto de lo azaroso y el juego la parodia de lo causal.
Más que demasiado pronto los jóvenes elegíamos o compartíamos finales célebres
Otros nos apurábamos por llegar a la madurez para descollar en prudencia y probidad a la edad justa sancionada por el modelo. Y si éste había alcanzado esa suerte luego de redimirse de una rutinaria disolución moral, igual lo imitábamos mientras tanto, con un espíritu de sacrificio que el otro, el genuino, nunca hubiera empuñado a tiempo. ¿Quién era, en verdad, el prójimo del prójimo que construíamos? Y el resultado del resultado de tantos afanes ¿a quién pertenecía? Eran nuestras paradojas, que no desarrollaban sistemas filosóficos. No los necesitábamos. No nos permitíamos la casualidad en el heroísmo, que es tan genuina, ni la tragedia de los omnipotentes, que hubieran fracasado en la culminación de su magisterio. ¿Cómo reconstituir un santo sin una sola lágrima piadosa? Pero lo hacíamos.
Sabíamos los resultados con antelación. Los habíamos o nos habían elegido casi en la infancia de nuestra epicidad. Vencidos el miedo y la incertidumbre pero derruida la diversión recóndita. Dejadas de lado en la actividad nuestras culpas e inocencias. Puro escenario, en realidad volvíamos inalcanzable lo pasado; apenas repetible, apenas arañazos sobre la piedra de la impotencia escondida, disimulada. Sin darnos cuenta.
¿Cómo podríamos haber elaborado una escatología sin volverla epidemiológica? A medida que los tiempos regresaban ¿en qué convertíamos a la línea del tiempo? ¿En el lazo de una horca? ¿En un ariete explosivo? Los restos de nuestro mundo ¿qué clase de ángeles y arcángeles atraerían al mundo?
Saltábamos desde el fondo de la escena con piruetas más mortíferas cada vez. Empero, no nos volvíamos inconcebibles ni trágicos, sino en meras futilidades de lo insigne.
Nuestros testigos huían anticipadamente. No habría intervalos, suspenso ni rescate.
Sufríamos por pasión y demencia pero sin sobresaltos, salvo los fingidos sobresaltos que nos correspondían. Cuando lo sorpresivo irrumpía, no le dábamos importancia por haberle anulado su significación. Esta impiedad exudada, que algún enajenado tachara de novedosa, tampoco nos conmovía. No creábamos análisis, consuelo ni rebeliones. Repudiábamos lo distinto, nos cuidábamos de los errores de lo diverso, nuestra enajenación era cordura envasada, el otro no existía porque nos empeñábamos en asumirlo. En su provecho lo hacíamos, pero inútilmente, porque estaba muerta su utilidad. La actual complicidad ¿qué complicidad genuina revivía?
Éramos, casualmente, nosotros. Pero ¿para quiénes nosotros?
¿Cuánto de impaciencia tenía nuestra paciencia? ¿Cuánto de vesania tenían tantas imitaciones de la prudencia? ¿Cuánto de una ignorancia incalculable manifestaban nuestras réplicas de los sabios? ¿Cómo éramos valientes o cobardes sin albergar otro temor que el no registrar y revivir su práctica? A través de la corrosión producida por estas imposturas ¿cuánto de auténtico y originalidad quedaba en los sucesos y autores originales? ¿No éramos un cáncer tratando de borrar otros cánceres? Renegar ¿cuánto más que todo lo consagrado hubiera entrañado para nuestra cultura? Y sólo renegábamos como hacíamos que había sido; de prestado, en el centro del circo que armaba un auditorio adepto.
¿Qué era la intimidad representada? ¿Qué podían prometer nuestras promesas o encerrar nuestras proclamas?
Puro herederos, la falta de herencia sería nuestra posteridad.
Sin embargo, a pesar de la continua reiteración y el conocimiento universal de nuestras aspiraciones, lo que reproducía el espejo inviolable del presente era una insufrible variedad de resultancias, anunciaciones y finales de segunda, ante los cuales nos engañábamos por segunda vez, ruinmente. De algún modo construíamos el futuro omitido por tercero e indeseado, omitido para evitarnos sus peores consecuencias.
Creíamos que no creíamos; descreíamos bajo un arsenal de certezas. La herencia nos consumía en lugar de habitarnos. Nos condenábamos a pesar de las probadas exégesis. Ignorábamos el riesgo de coronar la meta, el verdadero colofón en curso.
Y cuando llegó, surgió ante nuestros ojos la silueta difusa del dios original, de cuyo rostro mortífero debió avisarnos el código de nuestro primitivismo. Me refiero a su ídolo, nuestro insalvable primitivismo.
La muerte que nos amenazaba en el tiempo, nos engulló sin aviso y sin que dejáramos rastros. Debimos haber encontrado alguien que lo calculase y nos obligase a obedecer la desobediencia.

*de SIMON ESAIN. simonesain@hotmail.com

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 27 de mayo del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor cubano Orlando Jacinto García. Las poesías que leeremos pertenecen a María elena Aura Palacios (México) y la música de fondo será de Rikchariy (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

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