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La Coctelera

inventiva

8 Junio 2007

SOBRE UN CABALLO DE ÉBANO...

Sobre un caballo de ébano...

El malditismo lector*

*Por Miriam Cairo cairo367@hotmail.com

Papel escrito provoca aurora. Es evidente que los libros y algunas páginas del diario ponen en riesgo la salud de los que leen. Desde las primeras palabras hasta el malditismo lector, hay sólo un paso.
El lector maldito no es una figura normal y por ello está un poco al margen de las emociones obvias. Esto le impide caer en el abismo común donde hace su experiencia el resto de la sociedad. Está un poco enfrentado a las categorías dominantes. Su acto de lectura suele ser un alegato contra el exceso de evidencia. Admite que su sistema lógico es insuficiente y por lo mismo apenas pretende asir sólo una parte del mundo real. Desde esta conciencia, el lector maldito tiene más interés por los pulmones ardientes del sol que por las crónicas fidedignas. Le provoca más vértigo la mordedura lasciva del misterio que una minuciosa exposición fotográfica. En fin, el maldito lee para sentir el palpitar del suelo bajo sus sátiros pies de cabra.

Paranoia convertida en opción. Hace apenas una década, en medio del auge de los exitosos y los patilludos de los noventa, el lector maldito miraba a su alrededor y se sentía tremendamente solo. Escudriñaba en los estantes más oscuros de las librerías para salvarse de la historia ficcionada con
miriñaque moral y osadías encorsetadas. El maldito, a veces lograba rescatar una antología de Girri, para ser espectador, al menos, de aquella lucha contra el lenguaje y contra la realidad. Algunas noches se reunía en el bar con algún camarada endemoniado y los faunos soñaban que algún otro género
pudiera robarle lectores a esas tramas sin riesgo enunciador, sin espanto social, sin el hormigueo de todos los embriones congelados en los laboratorios del mundo. Cuando los sátiros no alucinaban a causa del café, del vino o alguna bebida tropical, ensayaban una vanguardia de lectura que haría salir de sus casillas a las tramas anquilosadas de las estructuras del establishment. Todo era válido para salvarse del tedio de una escritura fagocitada por los estereotipos de la realidad.
A fuerza de inconformismo, el lector maldito y el camarada endemoniado se recomendaban cimas de desesperación, textos para nada, rinocerontes, felisbertos, macedonios, espadas como labios, albatros, una temporada en el infierno, Ezra Pound.

El nudo rítmico. Algo que me resulta necesario resaltar es la forma en que el ensimismamiento del lector maldito coincide con el rayo súbito de la primera belleza. En ocasiones, al lector se le da por pensar que hay géneros demasiado vulgarizados y que parte de su responsabilidad es descubrir la embriagadora melodía de los textos menos difundidos. Con sus sátiros pies de cabra y con el auxilio de alguna divinidad excéntrica o maltratada, sale a buscar lecturas fuera de molde en las librerías donde no se come, no se bebe, no se hace show. La aventura del lector maldito debe ubicarse dentro de las tentativas de fuga. Va hacia adentro de la otra literatura para acercarse un poco más a sí mismo, así como la buena prosa va hacia el lenguaje iniciático de la poesía para encontrar lo mejor de sí. Y todo tiene una explicación sencilla: el alma es un nudo rítmico, según Mallarmé.

Sabueso de posibilidades. El lector maldito, como sabueso de posibilidades, muchas veces no encuentra el paraíso de la lectura sino el purgatorio de los libros de catálogo. Preso de las ideas encasilladas y el exceso de moderación, sueña una lectura por donde se escape el chorro divino de su raza lúbrica. El maldito sabe que en las librerías no hay fronteras netas entre los libros innecesarios y la lectura imprescindible. Es obvio que unos y otra tienen exactamente la misma fuente: la escritura, pero al
desarrollarse, se vuelven enemigos unos de otra. Con su olfato bestial, el maldito rastrea. Con sus sátiros pies de cabra, recorre la meseta y presta atención porque es muy difícil saber en qué momento el orden alfabético de los estantes o las novedades de mostrador lo premian con la palabra vital o lo hacen caer en el pantano del verbo insípido. Requiere un gran entrenamiento la destreza atlética de salvar el alma de la asadura verbal.

Cabalgar sobre un caballo de ébano. El maldito no anda por la vida con los ojos cerrados y las orejas tapadas cuando cabalga sobre un caballo de ébano.
Para él, así como un átomo es una constelación de partículas, los libros que lee son una constelación de miradas que abrillantan el tremolante casco del mundo. Además, el maldito baraja teorías indemostrables. Sostiene que no sólo el escritor está en la escritura sino que la escritura está en el
lector. Como en un ADN para-científico, que no necesita de fluidos excretados, cada palabra escrita tiene alucinada información genética sobre el lector y cada palabra leída la tiene sobre el escritor. Ambos son apertura y cierre de un paréntesis que se llena de afuera hacia adentro y de adentro hacia afuera chorreando por doquier una sustancia suprarreal que hace temblar las estanterías.

La momia. Puesto que las cosas requieren mucho tiempo para el cambio, el lector maldito prescinde de las cosas y crea su propia novedad. Propicia una ruptura en el cuerpo de la interpretación y rechaza las ideas rectilíneas que se conducen hacia un único objetivo con paso militar.
En el maldito, el salto libre de la lectura tiene el sentido de una rebelión. Desde la infancia, los libros le han ayudado a olvidar los castigos que se merecía y las prohibiciones que lo educaban.
Aún hoy, los libros sin promoción y los escritores no reeditados, lo siguen salvando de ser una imitación inexpresiva de la sociedad que lentamente se momifica. Y esto también tiene una explicación sencilla: los libros y algunas páginas del diario ponen en riesgo la salud de los que leen.

*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-8855-2007-06-07.html

Jueves, 07 de Junio de 2007
EN EL DIA DEL PERIODISTA, PAGINA/12 CONTESTA LAS DUDAS SOBRE LA PROFESION

Los chicos preguntan, los periodistas responden*

El Programa Escuela y Medios del Ministerio de Educación de la Nación, con el auspicio de la Asociación de Editores de Diarios de Buenos Aires (Aedba), invitó a alumnos primarios y secundarios a enviar preguntas que quisieran formularle a un periodista. Hoy, todos los diarios porteños publican casi cien preguntas, entre las más de 800 recibidas. Aquí, periodistas de Página/12 responden once de esas consultas.

¿Quién decide las noticias que se van a publicar?
Preguntan: Alumnos de la E.S.B. Nº 15, Pergamino, provincia de Buenos Aires.
Responde: Luis Bruschtein
(secretario de redacción. Premio José Martí de Periodismo Latinoamericano, autor de Contracaras).

Hay un proceso piramidal que es más o menos similar en todos los diarios. En el primer nivel están los redactores que cubren cada tema. Ellos eligen lo que consideran más importante de esa área y es el primer nivel de decisión.
Los redactores a su vez presentan un temario a sus editores, quienes llevan estas propuestas a la reunión de editores, donde participan también el jefe de redacción y el director y donde se discute el contenido de todo el diario y los temas de tapa. Las fuentes de los redactores y de los editores son sus
investigaciones, contactos, las agencias nacionales e internacionales y también los medios electrónicos como la radio, la televisión e Internet, que generan un mecanismo de retroalimentación con los medios gráficos, en especial con los diarios. Este proceso es el sistema primordial de un medio de comunicación porque de la elección de los temas, su jerarquización y la discusión de los enfoques dependerá en gran medida el interés que pueda despertar en sus lectores.

¿Cómo fue tu primer día de trabajo?
Pregunta: Sabrina Sosa, 7º B. Escuela Nº 15 (D.E. 3), de Balvanera, ciudad de Buenos Aires.
Responde: Horacio Verbitsky
(columnista político, escritor. Su último libro es Cristo vence. Historia política de la Iglesia argentina).

Yo soy heredo-periodista. Una tarde de 1960 fui a ver a mi viejo al diario Noticias Gráficas para manguearlo. Un compañero suyo, Orlando Danielo, me preguntó si no me daba vergüenza pedirle plata a la avanzada edad de 18 años.
-Pero necesito los libros para la Facultad de Medicina -me defendí.
-¿Por qué no trabaja? -me preguntó.
-¿Y dónde? -le dije con ingenuidad.
-Venga mañana a las tres -me ordenó.
Al día siguiente empecé mi vida como periodista. Durante meses llamaba al servicio meteorológico y anotaba el pronóstico del tiempo. Hasta que me mandaron a cubrir una verdadera nota: el desalojo de un hotel de familias.
Un colchón bajo la lluvia, un oficial de Justicia prepotente y una familia que no sabe dónde va a dormir esa noche era una de las cosas más tristes que se podían ver en la Buenos Aires de hace medio siglo y me marcó para siempre.

¿Por qué motivo dejarías de ejercer la profesión?
Preguntan: Alumnos de 2º Polimodal, E.E.M. Nº 2, Norberto de la Riestra, provincia de Buenos Aires.
Responde: Juan Sasturain
(escritor, autor de Manual de perdedores, Perramus y Carta al sargento Kirk y otros poemas de ocasión).

Mi profesión es, desde 1971, escribir en medios gráficos. Sólo no lo hice entre 1975 y 1979 -por decisión propia: no estaban dadas en ese momento, bajo la dictadura, las condiciones mínimas que posibilitaran escribir sin ser censurado, sin autocensurarse en ningún medio público- y trabajé
entonces de corrector. Luego volví, hasta hoy, a escribir en muchísimos medios, con la única condición
-no necesariamente explícita- de que podía escribir lo que quisiera y/o en su defecto, que jamás debería escribir lo que no quisiese. No es poco; tampoco es demasiado. Pero me enorgullezco de eso.
Así, he encontrado desde entonces muchas veces motivos para abandonar o ser abandonado por determinados medios -y así ha sucedido-, pero nunca, hasta ahora, he dejado de encontrar donde pudiese escribir mis cosas sin censura ni autocensura necesarias. Mientras eso suceda, permaneceré dentro de la profesión. No hay otra regla objetiva. Las otras posibles razones -hastío, sensación de esterilidad, vergüenza, etc.- son igualmente válidas pero puramente subjetivas y trascienden -creo- la intención de esta pregunta.

¿Hay cosas de tu trabajo que te dan miedo?
Pregunta: Selene Goñi, 5º A, Escuela Nº 20 (D.E. 2), de Almagro, ciudad de Buenos Aires.
Responde: Marcelo Zlotogwiazda
(columnista económico. Autor de La mafia del oro y Citibank vs. Argentina. Historia de un país en bancarrota).

No hay nada específico de mi trabajo como periodista que me dé miedo. Por supuesto que como periodista estoy bien informado de las agresiones e incluso muertes que han sufrido colegas, pero debo decir con absoluta honestidad que la sensación de los lectores, oyentes o televidentes es que el periodismo está permanentemente en riesgo, en peligro, amenazado o directamente atacado. Y ello no es así. Parte de esa exageradísima percepción es fruto de la imaginación de la gente ajena al medio, pero parte ha sido alentada por algunos de mis colegas con el fin de teñir de heroicidad algo que es un trabajo más. En mi experiencia, a lo largo de 22 años de periodista y habiendo protagonizado casos sensibles, sólo recibí una vez una amenaza telefónica. Y a la mayoría de los colegas que conozco bien
no les ha pasado casi nada.

¿Cómo consiguen los periodistas una primicia?
Preguntan: Alumnos de 5º año, E.P.B Nº 9, Balcarce, provincia de Buenos Aires.
Responde: Raúl Kollmann
(periodista político y de investigación. Autor de Sombras de Hitler. La vida secreta de las bandas neonazis argentinas).

Las primicias son, generalmente, producto de la confianza, no de un golpe de suerte. El funcionario, el juez, el fiscal, el abogado o hasta el asesino se comunicarán con el periodista al que creen serio, creíble, que no va a hacer un gran show de esa primicia, sino que la va a manejar con cuidado y respeto. Para conseguir esa confianza no sólo se necesita ser serio sino también poner una gran cuota de trabajo. Uno tiene que estar llamando a todos los protagonistas, no puede dejar de ir a verlos y también hay que
conseguir información que no venga de un solo lado. Creo que siempre, siempre, el periodista tiene que escuchar la voz del acusado o de la persona más débil de la historia. Si yo escribo sobre un asesinato, es decisivo hablar con el juez, el fiscal, el abogado de la víctima, la familia de la víctima y, sobre todo, con el defensor del acusado y con el acusado mismo.
Para conseguir una primicia, tal vez lo primero sea no creer en la historia oficial, buscar lo que hay verdaderamente detrás.

¿Ser periodista es un trabajo peligroso?
Preguntan: Alumnos de 4º, 5º y 6º grado, E.P.B. Nº 2, Colonia Seré, Carlos Tejedor, provincia de Buenos Aires.
Responde: Alejandro Elías
(editor jefe de la sección Fotografía).

Cuando elegimos esta profesión ni pensamos en el riesgo que nos esperaba escondido en los bolsillos de los chalecos color caqui. Quienes trabajan en las minas, pescan en altamar, incluso las y los colegas que cubren conflictos armados, ponen el pecho a situaciones más peligrosas. Sí palpitamos cada vez que la adrenalina se dispara frente a situaciones como una represión policial. Y al mismo tiempo nos anestesiamos, no como un paciente a punto de entrar al quirófano sino como su cirujano, que no duda
sobre qué tiene que hacer. Nuestros cuerpos se ponen eficientes: para lograr buenas tomas, para esquivar el peligro.
Evitaría exponerme, por ejemplo, en la cobertura de un asalto cualquiera.
Pero correría el peor riesgo por retratar a un policía que despeina el pañuelo blanco de una Madre..., también correría el riesgo de perder la toma por ayudarla.
El riesgo es el precio por documentar determinada situación con valor testimonial, como el que tuvieron las fotos que escracharon la masacre de Avellaneda, donde la policía mató a dos piqueteros.
Nuestra tarea, a diferencia de la de los cronistas, exige que para lograr una mejor imagen nos acerquemos más a los hechos... lo digo sabiendo que generaré polémica con los compañeros redactores. O no. Porque todos, en definitiva, no dudamos en enfrentar el peligro nada menos que para documentar nuestra historia.

¿Tenés algún periodista modelo en tu carrera?
Preguntan: Alumnos de 7º grado A, Escuela Nº 13 (D.E. 20), de Mataderos, ciudad de Buenos Aires.
Responde: Mario Wainfeld
(columnista político, docente de la Universidad de Buenos Aires).

Los periodistas que trabajamos en un diario estamos muchas horas juntos, muchos días a la semana, muchas semanas al año. Mi periodista favorito es uno con el que trabajé mucho tiempo, en este diario. Tenía todas las virtudes de un periodista y editor. Le apasionaba su trabajo, sabía darse cuenta en un segundo de qué noticia era importante o interesante. Sabía compartir buena onda con los demás pero, cuando tenía que concentrarse (por ejemplo para escribir a todo lo que da) podía estallarle una bomba al lado sin que se diera cuenta.
Era de los primeros en llegar al trabajo y de los últimos en irse.
Arremangarse y predicar con el ejemplo es una formidable virtud. Jamás se aburría, jamás bajaba los brazos. Sabía moverse contra reloj, una condición básica y nada fácil de adquirir.
Ahora me dedico al periodismo, hice otros trabajos diferentes. Hace mucho vengo concluyendo que ser una persona digna, abierta y con sentido del humor son condiciones imprescindibles para hacer bien cualquier tarea, la de periodista también.
Sergio Moreno, el compañero de quien vengo hablando, no era un monotemático del laburo, ni de la política. Tenía cien intereses en su vida (amaba a su familia, a Ñuls, la buena comida, sus amigos, los libros). Y reírse, reírse mucho.

¿Qué es lo que más te enorgullece de tu profesión?
Preguntan: Alumnos de 6º grado A (turno mañana), Escuela Nº 20 (D. E. 18), de Liniers, Ciudad de Buenos Aires.
Responde: Osvaldo Bayer
(columnista, historiador y escritor. Autor de La Patagonia rebelde, entre otras obras).

Me enorgullece poder llegar a los lectores con mis escritos en los que me esfuerzo por mantener los principios de la ética. Jamás he adulado a un dictador ni a un político que se maneja con dádivas para mantener su poder.
He tenido la suerte de trabajar en publicaciones que me permitieron esa actitud a pesar de las influencias que se trata de ejercer sobre ellas. Ya tengo muchas décadas de periodista y por supuesto no siempre tuve esa suerte. Hay publicaciones donde trabajé que ahora han prohibido mi nombre. Y
eso, a mí, en vez de entristecerme, me enorgullece. Sufrí ocho años de exilio, durante la última dictadura, por mis investigaciones históricas. Lo sentí como una enorme injusticia y una demostración de la perfidia de quienes se arrogan el poder. Pero debo decir que mucho más que mi destino me entristeció el destino de muchos de mis colegas que fueron asesinados por la última dictadura militar. Los recordaré siempre y siempre elevaré sus figuras ante nuestra sociedad. Ellos lucharon desde sus escritos por más
justicia, que es en sí luchar contra la violencia. Y mi sueño más grande es aportar un grano de arena para llegar a cumplir con el sueño de aquel filósofo llamado Kant, quien sostuvo que el ser humano debe luchar toda su vida para lograr la paz eterna entre los hombres.

¿Cuál fue la nota más difícil de realizar?
Preguntan: Alumnos de 6º A, Turno Mañana, Escuela Nº 8 (D.E. 4), de La Boca, ciudad de Buenos Aires.
Responde: Cristian Alarcón
(periodista de investigación. Autor de Cuando me muera quiero que me toquen cumbia).

Es difícil escribir una historia cuando no existe: una vez me mandaron a cubrir a un grupo de fanáticos religiosos que esperaban el fin del mundo al pie del Aconcagua. Se pasaron tres días encerrados rezando adentro de una carpa. Junto con el fotógrafo éramos los únicos que esperábamos que ellos hicieran algo. Un grito. Una alabanza. Alguien hablando en lenguas. Ceremonias. O el fin del mundo... Pero nada. En esos tres días en la montaña nos bajamos las reservas de vino de nuestro hotel y nos volvimos, porque se
hizo evidente que el mundo no se había acabado y ellos seguían allí dale que te reza.
También es difícil lograr una historia cuando algunos poderes o personas no quieren que sea contada. Entonces, para conseguirla no queda otra que investigarla. Poco a poco. Despacio. Convenciendo a los que la conocen que pueden confiar en uno, en el periodista, alguien que puede preservar siempre la identidad de sus fuentes. Es difícil que crean en uno, que entiendan que uno quiere una gran historia, y no perjudicar a ninguno de los que la protagonizan. Respetarlos. Pero no negar que existen. Darles voz, aunque ellos muchas veces hagan por ejemplo negocios ilegales.
Los cronistas que creemos que el periodismo puede ser literario a veces nos armamos hasta de las dificultades para contar y atraer al que lee. Por ejemplo: llegar a un lugar por un camino complicado suele preparar al periodista que va de viaje hasta darle un tono, un ritmo, una identidad al texto. Llegar a un valle selvático de Perú donde se siembra la hoja de coca con la que luego se produce droga puede ser dificultoso: en la zona hay narcos, guerrilleros y policías corruptos, pero además los caminos son
peores que los de los rallies más duros que pasan por la tele. El cuerpo se va moliendo. Son muchas horas: en ese caso fueron como diez adentro de una coctelera infernal. Después, cuando uno se sienta a escribir esos golpes que soportó a veces facilitan la escritura. Si hubiera llegado con un helicóptero del ejército peruano, por ejemplo, seguramente la historia tendría menos ritmo y los cocaleros no hubieran hablado con confianza.
A veces una dificultad puede ser también el miedo. Muchas veces me planteo al miedo como un aliado, o sea como una señal de que en determinado momento uno ya no debe estar donde está, tiene que salir, moverse, rescatarse, silbar bajito: cuando se siente es como un mal augurio, hay que respetarlo.
Suelo escribir sobre crímenes y entrevisto narcotraficantes y ladrones, pero casi nunca tuve miedo de que uno de ellos me traicionara, por ejemplo, porque yo nunca los he traicionado. Sin embargo, me ha dado miedo ese viaje que les contaba, ahora que lo pienso. Cuando volvíamos se hizo de noche, y de los precipicios salió una neblina blanca que parecía ese humo que largan en la pista de los boliches. A unos tres mil metros de altura el chofer apenas veía el camino. Me dio miedo, tanto miedo que estuve un rato largo con ataques de risa, de los nervios. Arriba de la camioneta mis compañeros de viaje se burlaban de mí. Decían que era ridículo que no tuviera julepe de escribir sobre muertos y masacres y sí de andar en coche. Yo sigo jurando que más miedo le tengo a la ruta, donde en realidad las estadísticas lo confirman, se muere mucha más gente que en tiroteos.

¿Qué nota de las que hiciste es la que más te emocionó?
Preguntan: Alumnos de 7º A, Escuela Nº 13 (D.E. 20), de Mataderos, ciudad de Buenos Aires.
Responde: Sandra Russo
(columnista, escritora. Su último libro es Erotika. Crónica de mis viajes por ti).

Se llama El otro lado de la vía, y en esa nota, publicada el año pasado, relaté el proceso de locura que vivió mi madre y que terminó con su internación en una clínica psiquiátrica. Fue algo personalmente arrasador, y dudaba si contar públicamente algo tan íntimo. Pero yo no hago un periodismo tradicional; creo que tengo tanto que ver con el periodismo como con la literatura. Y a través de esa nota comprobé una vez más, pero de una manera muchísimo más energética que nunca, que cuando uno pone en juego en un texto algo personalísimo, paradójicamente, si tiene suerte puede contactar con algo personalísimo del lector. En la nota, el relato terminaba con una reflexión que para mí es una certeza: hubo una generación de mujeres, la de mi madre, que huyeron de sus deseos y cumplieron a rajatablas lo que se
esperaba de ellas. Creo que hay un tipo de demencia o extravío característico de esas mujeres, nuestras madres abnegadas, porque no querían abnegarse: querían otra cosa, pero nunca descubrieron qué. Eso es demoledor.
Y fui chequeando, con lectores de esa nota, que circuló mucho, que para mí fue un modo de expulsar mis demonios, pero para mucha gente fue un espejo en el que mirar algo que se olía y se percibía, pero no tenía nombre ni discurso que lo abarcara. Este es un ejemplo de algo en lo que creo
profesionalmente: hay que hacer un periodismo de lo privado, así como se hace literatura de lo privado. Es necesario reflejar en medios masivos impresiones y versiones de lo que nos pasa puertas adentro de nuestras pieles, y de nuestro contacto con los otros. Lo personal, reza la máxima feminista, es político, y así como también se hace historia de la vida privada, el periodismo tiene que hacer relevamientos de los espíritus de época. Eso lo hacen los escritores. En otros países, como México o España, es frecuente que los escritores tengan espacios regulares en medios masivos.
En la Argentina, por suerte, existe Página/12.

¿Cuesta mucho conseguir las notas a los famosos?
Preguntan: Alumnos de 6º grado, Escuela Nº 27 (D.E. 4), de San Telmo, ciudad de Buenos Aires.
Responde: Eduardo Fabregat
(editor jefe de la sección Cultura y Espectáculos).

Depende del "famoso"... pero en realidad a los famosos les gusta dar notas, o -mejor dicho- les conviene dar notas, para aparecer en los medios y demostrar que siguen siendo famosos. En muchos casos, la facilidad o dificultad para conseguir una entrevista con una persona conocida depende del momento que esté pasando: si un músico, actor, director teatral o cinematográfico está presentando una obra nueva (un disco, un programa de TV, una película, una obra de teatro), es muy probable que suceda al revés:
su agente de prensa se comunica con el diario para pedir una nota. Hasta los famosos tienen necesidades.
Por otra parte, la "fama" hace que muchas veces se olvide que el "famoso" es, al fin y al cabo, una persona común y corriente. Puede tener cierto talento especial para una disciplina, pero a la hora de hacer una entrevista lo peor que puede hacer un periodista es tomar a esa persona como alguien
realmente especial, por encima de los demás mortales. Por último, hay algunos personajes que tratan de tener el menor contacto posible con la prensa, que se vuelven "figuritas difíciles" y que, cuando un periodista logra entrevistarlos, proporcionan una satisfacción profesional extra. O el descubrimiento de que no suelen dar notas porque en realidad no tienen nada demasiado interesante para decir...

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-86178-2007-06-07.html

Caídas*

*Osvaldo Soriano.

Mi padre tuvo tantas caídas que al final no recordaba la primera. Lo vi despeñarse con una motoneta camino de Plaza Huincul y años más tarde se dio vuelta con el Gordini, cerca de Cañuelas. Mi madre me contó que una vez, cuando yo era muy chico, se cayó sin mayores daños de un poste de teléfonos y como era bastante distraído solía tropezarse con los juguetes que yo dejaba tirados en el suelo.
Una tarde de diciembre de 1960 alguien vino a avisarme que lo había atropellado un auto. Llegué sin aliento en una bicicleta prestada y lo encontré estirado en la calle. Estaba un poco despeinado, con los ojos abiertos y la cara muy blanca. Sobre el asfalto había un poco de sangre manchada por las huellas de unos zapatos. La gente se apartó para dejarme pasar y un tipo me dijo ya estaba por venir la ambulancia. Alguien que le había puesto un pulóver bajo la nuca me alcanzó los anteojos que se habían roto con la caída.
Nadie hablaba y yo no sabía qué decir. Me arrodillé a su lado y le hablé al oído tratando de que la voz no me saliera muy asustada. Le pregunté si podía escucharme y alguna tontería más, pero no abrió la boca. Entonces fui pedir que me ayudaran a llevarlo al hospital pero me dijeron que no convenía moverlo porque debía estar muy estropeado. El paisano de sombrero negro que lo había atropellado estaba llorando dentro del coche y tampoco me hizo caso. Volví a sentarme en la vereda y le tomé una mano. Estaba fría y blanda como la panza de un pescado. No llevaba más que el anillo de casamiento y el Omega con la correa de cuero. Me pregunté qué haría allí, en la otra punta del pueblo, cruzando la calle como un chico atolondrado. En esos días había cumplido los cincuenta y recién ahora me doy cuenta de que corría contra el tiempo. No había hecho nada que le sirviera a él y la única vez que salió en los diarios fue después del accidente, entre un cuatrero detenido en General Roca y un incendio en la usina de Arroyito.
Con los primeros calores de aquel verano había tomado la decisión de abandonar Obras Sanitarias y montar un taller de tornería. Mi madre se oponía porque no creía en su suerte. Entonces me llamó a su escritorio para que le dijera con toda sinceridad si yo le veía futuro en los negocios. De verdad, visto como lo vi entonces, con el chaleco de lana gastado y el pantalón lustroso, no me animé a apostar por él. Me convidó un cigarrillo, dejó que le explicara un complicado asunto de polleras y ya pasada la medianoche, en voz muy baja, me explicó que estaba cansado de esperar, de correr de un desierto a otro mientras se le iban los años y se le arrugaban los cueros. Dijo no estar arrepentido de nada pero se le leía la culpa en los ojos. ¿Culpa de qué? Nunca lo sabré. Aquella noche intentó darme otro de sus consejos, pero no servía para eso. Palabras más o menos, me dijo: "Por mejor que uno se explique y justifique, nada cambia. Siempre se cometen los mismos errores. Una caída dibuja la próxima y por eso creemos en un Dios, en alguien que haya aprendido a no quemarse dos veces con la misma leche". Cosas así eran las que solía recitarme a la medianoche mientras limpiaba compases y tiralíneas frente al tablero de dibujo.
Le dije que no se calentara, que cualquiera hacía plata si eso era lo único que se proponía y que él estaba para otra cosa. Lo suyo era correr por ahí, andar a la deriva para no llegar a ninguna parte. A él y a mí nos daba lo mismo un lugar u otro siempre que tuviera una estación y algunas leguas por delante.
Ese día salimos a caminar por los andurriales, yo estornudando por el polen y él tosiendo su tabaco. Me hablaba de lo que haría cuando tuviera un taller con seis tornos y no sé cuántas máquinas para fabricar herramientas. De a ratos lo situaba en Córdoba y después lo ponía en Mendoza para abastecer también a los chilenos. Sin darnos cuenta llegamos al río y de pronto se jactó de haber sido muy buen nadador en su juventud, allá en Campana. Señaló la isla bajo el puente y me desafió a ganarle a contracorriente. Cambié de conversación porque el Limay es profundo y temí que se ahogara. Yo tenía menos de veinte años y me parecía imposible que mi padre pudiera ganarme en algo. Insistió y puse como excusa una contractura del fútbol o algo parecido. No me oyó o no quiso oírme y empezó a quitarse la ropa ahí mismo, abajo de la luna, hasta que sólo se quedó con unos ridículos calzoncillos celestes que le llegaban hasta las rodillas. Bravuconeaba, supongo. Tenía todo el pelo blanco pero ahora estaba de nuevo en el Delta junto a sus amigos y con toda la vida por delante. No sé qué pensé mientras lo miraba alejarse tirando brazadas. Creo que me daba pena verlo pelear contra su propia sombra. Me toreaba a mí pero la bronca, como el agua, venía de lejos y nos mojaba a los dos.
En un momento lo perdí de vista hasta que al rato me gritó desde la isla. Yo no quería seguirle el juego. Tampoco estaba seguro de animarme a atravesar el río. Le contesté que se dejara de joder, que volviera, y me senté a esperarlo. Calculé que no iba a tardar porque no podía estar mucho tiempo sin fumar. Pero también esa vez me equivoqué. Me pidió que escondiera su ropa y que me fuera a casa porque tenía ganas de dar un paseo por la isla. A dos pasos había un muelle con botes pero ninguno de los dos quería ridiculizarse. Llamé al barquero y le di la poca plata que tenía para que le alcanzara el paquete de cigarrillos e intentara traerlo de vuelta. Pero no volvió. Se quedó pitando en silencio en la otra orilla hasta que me cansé de su juego y me fui a dormir.
Creo que fue ese episodio el que lo alejó por un tiempo de mí y del taller de tornería. La tarde en que lo encontré tirado en la calle temí que se muriera con la impresión de que yo lo había abandonado. La ambulancia tardó siglos en llegar y lo llevó a un hospital donde me dijeron que tenía el cráneo roto. Mi madre se quedaba a su lado durante la mañana y a la tarde iba yo. Cuando pudo mover los labios me dijo que se había gastado el aguinaldo completo en la primera cuota del torno y no se animaba a decírselo a mi madre.
Era otro de sus juguetes tardíos pero todavía no estaba seguro de poder disfrutarlo. "¿Me voy a morir?", me preguntó cuando se dio cuenta de que tenía una bolsa de hielo sobre la cabeza. Le dije que no, aunque no era seguro, y le pregunté dónde estaba su famoso torno. "Llega de Buenos Aires en el tren de la semana que viene; es una hermosura, no te imaginas", me contestó muy serio. Una enfermera había puesto las cosas que llevaba sobre la mesa de luz. El pañuelo, el encendedor, la billetera vacía, unas monedas y el folleto del torno que era italiano y parecía una nave espacial. "¿Te duele?", dije y me senté cerca de la ventana a mirar a las chicas que atravesaban el jardín. "Sí, desde hace mucho", murmuró. "¿Qué me pasó ahora?" Le conté que lo había agarrado un auto y se había golpeado la cabeza contra el pavimento. Pareció sorprenderse, como si le dijera que se había caído de la calesita: "Y a tu madre, ¿qué le vamos a decir?". Se refería al aguinaldo y a todo lo que otra vez no podríamos comprar. Cerró los ojos y se durmió. O tal vez en su confusión de huesos rotos y sesos desbaratados pensaba en lo buena que hubiera sido su vida sin mi madre y sin mí. Me incliné para decirle al oído que no siempre se puede ganar, que a veces hay que saber quedarse de este lado de la orilla. Hizo una mueca de disgusto y entornó los párpados: "Eso es de cobardes; los ríos están para que uno los cruce". Como siempre, del infortunio sacaba alguna lección que lo disculpaba ante los demás.
Después de hablar con el médico tuve miedo de que aquella fuera su última metáfora. A mi madre le dije que la plata del aguinaldo se la habían robado en la calle mientras estaba caído y que de todos modos para nosotros no habría fiestas ese fin de año. Antes de Navidad lo trasladaron a casa, flaco y vendado como un faquir. Ocultaba el folleto del torno abajo de la almohada. No sé si mi madre se creyó el cuento del aguinaldo robado, pero en Nochebuena no tuvimos festejos ni palabras bonitas. Mi padre pasaba las horas inmóvil, con la mirada puesta en el techo. Un día me hizo una seña para que me inclinara a escucharlo: "Véndelo", susurró, "cuando llegue véndelo por lo que te den". Me pareció que contenía un lagrimón y le dije que no, que ahora estaba en medio de la corriente y tenía que nadar. Después de todo, eso era lo que había querido enseñarme. Hizo un gesto de alivio, me pasó un brazo alrededor del cuello, y dijo: "Está bien, pero no te olvides de mandarme un bote con los cigarrillos".

*FUENTE: Cuentos de los Años Felices.
Malas noticias desde el centro de la Tierra

Hace casi 8 meses que el sociólogo vive en una cueva a 80 metros de
profundidad, estudiando cómo cambia el reloj biológico con el encierro.
Pretendía estar hasta 2009 pero tendrá que salir ahora.

PUEDE FALLAR. El sociólogo entró a la cueva en octubre del año pasado con
gran entusiasmo. Pensaba estar hasta 2009 y batir su propio récord... Pero
no pudo. (Foto: Mauriziomontalbini.it)

*Mariana Nisebe. De la Redacción de Clarín.com
mnisebe@claringlobal.com.ar

Cuando el sociólogo y espeleólogo (exploran y estudian las cavernas) italiano Maurizio Montalbini, de 53 años, se metió en octubre del año pasado en la caverna "Grotta fredda" (cueva fría), ubicada en Acquasanta Terme ( Italia), buscaba batir su propio récord. Pensaba vivir por tres años en esa
cueva a 80 metros bajo tierra, para estudiar los efectos del encierro en el ser humano. Entusiasmado y con una importante fortaleza física, entró solo y sin luz eléctrica, dispuesto a alimentarse por todo ese tiempo con cápsulas y a dormir sobre unas cuantas tablas de madera . "He firmado una carta que
autoriza a aquellos que me observan desde afuera, mis amigos del laboratorio subterráneo, 'Underlab', que me dejen pasar tres años en la cueva, nada más", afirmaba Montalbini antes de entrar.
Sin embargo, después de pasar 216 días bajo tierra -de los que está convencido que sólo fueron 127-, el sociólogo cancelará el experimento (por razones que aún se desconocen) y verá nuevamente la luz solar este 7 de junio. Se sabe que sus condiciones físicas y psíquicas son saludables , a pesar de que perdió 21 kilos de peso, lo que había sido previsto por su equipo médico en la superficie. La información sobre el fin abrupto de esta nueva misión se comunicó a los medios el pasado 21 de mayo para cubrir en
forma organizada la salida del famoso "ermitaño", debido al espacio dentro de la cueva.
Este "topo gigante", como lo llaman en algunos medios, nació el 4 de septiembre de 1953 en Senigallia (Italia). Se graduó en sociología en la Universidad de Urbino a los 23 años con una tesis antropo-lingüística. En 1972 fundó y dirigió por diez años la comunidad terapéutica para drogadictos
" El nuevo hombre ". En ese período, empezó también su pasión por la espeleología. Desde 1986 trabajó en cooperación con investigadores de la NASA (EE.UU), la Universidad de Texas (EE.UU), Minnesota (EE.UU), Ancona (Italia), Florencia (Italia), "La sabiduría" en Roma (Italia) y el Istituto
Nazionale di Ricovero e Cura per Anziani o INRCA (Italia), para realizar con cuidado experimentos subterráneos espacio-temporales bajo aislamiento.

El objetivo: ¿Cómo funciona nuestro "reloj interno"?

El reloj biológico controla el ritmo del cuerpo a lo largo del día. A su ciclo de 24 horas se lo llama sistema circadiano , que cada mañana se ajusta con la luz del sol. El sueño es el principal afectado por su funcionamiento y, a partir de él, se organizan el resto de los ritmos corporales. Detrás de la aventura que implicaba este experimento tan extremo hay una investigación científica destinada a estudiar cómo funcionan los ciclos naturales del cuerpo humano en condiciones de aislamiento prolongado. "Queremos saber por qué, en ausencia de relojes, nuestro reloj interno comienza a moverse más despacio. Cuando permanecí bajo tierra durante 366 días entre 1992 y 1993, creía que tan sólo habían transcurrido 219. Lo que ocurrió es que mis jornadas se habían alargado y mi cuerpo, según han demostrado los estudios
del sueño y del ritmo cardíaco, solamente había vivido 249 días", aclaraba el sociólogo antes de entrar a la cueva.
Incluso, luego de vivir varios períodos en "hibernación" a lo largo de los últimos 20 años (ver recuadro) -en total 962 días de vida en el mundo subterráneo- su organismo y orientación espacial quedaba desordenado confundiendo los días y las horas. Ahora un equipo de cuatro personas se ocupó de monitorear 24 horas al día la gruta en la que ingresó Montalbini.
Desde la superficie, con todo el equipamiento necesario, esta unidad médica siguió a través de tres cámaras los pasos del intrépido espeleólogo, quien podía ponerse en contacto con esta base central (y sólo con ella) a través de una computadora que se llevó a la cueva, su única ventana al exterior.
Al finalizar su anterior misión, que empezó el 26 de julio de 1994 y terminó el 21 de abril de 1995, Montalbini manifestó a la prensa, con énfasis: "No vuelvo más allí. Necesito el sol, solía soñar con el alba. Esto es una experiencia que no repetiría ". Pero reincidió y pensaba no ver el sol hasta el 2009. Ahora habrá que esperar a su salida para entender el por qué de abandonar la "cueva fría" tan pronto. Antes de ingresar, había asegurado que ésta sería su última aventura. "Ya no tengo edad para estas cosas", señaló en aquella oprtunidad. ¿Será verdad, especialmente cuando no pudo finalizarla?
Quizá lo siga la también ermitaña, además de decoradora de interiores, Stefania Follini, quien estuvo encerrada durante 130 días en una caverna en Nuevo México (EE.UU.) en 1989, durante el proyecto " Frontiera Donna ", ideado y dirigido por Montalbini. Stefanía experimentó importantes cambios
en su ciclo diario durante su estadía bajo tierra, desde estar despierta entre 20 y 25 horas seguidas y perder casi ocho kilos hasta que la ausencia de su ciclo menstrual y la agudización de sus sentidos.

Noticias anteriores

Antes de que se anunciara la inesperada salida del sociólogo, varias noticias fueron brindadas por su equipo a lo largo de estos 216 días. Una de las más importantes, que se publicó en su site en febrero, dio cuenta, según relatan, de que Montalbini se despertó una noche abruptamente, alrededor a la una de la madrugada debido a temblores en la tierra. La sacudida fue de 3.9 escala Richter, cuyo equivalente sería la explosión de una mina, lo que puso en alerta al personal que lo monitoreaba, sobre todo cuando las comunicaciones se interrumpieron por tres horas. Ya en el expediente de la misión de 1992-1993, figuraba que también había afrontado otro temblor.
Respecto a qué hacía en la cueva, su equipo informó que pasaba la mayor parte del día leyendo libros o escribiendo sobre su experiencia. De hecho, en los últimos 20 años trabajó en seis libros, el último titulado "Hijo de la Luna", sobre su misión en 1997/1998. Según los expertos, en experimentos
similares al de Montalbini se han producido complicaciones psicológicas graves que en casos extremos han llegado al suicidio, por lo que habrá que ser muy cuidadoso con su seguimiento a partir de su salida al mundo exterior. Aunque no haya permanecido los tres años que imaginaba, con este experimento logró su segundo récord de permanencia bajo tierra. El tiempo dirá si va por más.

http://www.clarin.com/diario/2007/06/04/conexiones/t-01431981.htm

Experimentos subterráneos anteriores

1986/87: La misión se llamó "210 giorni fuori dal tempo" en la gruta de Frasassi (Italia) y estableció el récord mundial individual, arrebatándoselo al estadounidense Geoff Wokman (de 105 días).
1987/88: Misión "Città sotterranea". Montalbini permaneció 48 días con 14 compañeros (hombres y mujeres) italianos, portugueses y finlandeses en una cueva artificial. Récord mundial en grupo.
1989: Montalbini ideó y dirigió la Misión "Frontiera Donna" en la gruta de Carlsbad, Nuevo México (EE.UU). Fue llevada a cabo por la italiana Stefania Follini.
1991: Misión "Pelagos '91". Fueron 48 días en una balsa para el estudio de técnicas y comportamientos útiles en caso del naufragio y la experimentación de equipos satelitales.
1992/93: Misión "Underlab 1". Permaneció aislado por 366 días consecutivos en Grotta di Nerone (Italia), inaugurando la actividad del laboratorio base "Underlab".
1997/98: Estuvo 182 metros bajo tierra durante más de 12 meses, con lo que logró conseguir un nuevo récord mundial.

Fuente: http://www.mauriziomontalbini.it/

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 10 de junio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor peruano César Peredo. Las poesías que leeremos pertenecen a Jaime Saenz (Bolivia) y la música de fondo será de Meditación (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)
!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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