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La Coctelera

inventiva

16 Junio 2007

HAY HUMO EN TUS OJOS

Bajo el cielo rojo*

Había un niño y había una niña
Que vivían en un callejón bajo el cielo rojo
Había un niño y había una niña
Que vivían en un callejón bajo el cielo rojo.

Había un anciano que vivía en la luna
Y un día de verano por allí pasó.
Había un anciano que vivía en la luna
Y un día por allí pasó.

Algún día niña,
Todo para ti será distinto,
Algún día niña,
Tendrás un diamante tan grande como tu zapato.

Que el viento sople bajo, que el viento sople alto
Un día el niño y la niña
fueron cocidos en un pastel.
Que el viento sople bajo, que el viento sople alto
Un día el niño y la niña
fueron cocidos en un pastel.

Esta es la llave del reino
Y ésta es la ciudad,
Este es el caballo ciego
Que te da vueltas.

Que cante el pájaro, que vuele el pájaro,
Un día el hombre de la luna se fue a casa
y el río se secó.
Que cante el pájaro, que vuele el pájaro,
El hombre de la luna se fue a casa
y el río se secó.

*de Bob Dylan
Publicada también en el Disco: Bob Dylan's Greatest Hits, Vol. 3 (1994)
*Fuente: http://www.goddylan.com/Letra_UndertheRedSky.htm

Hay humo en tus ojos...

Alguien que anda por ahí*

A Esperanza Machado, pianista cubana

A Jiménez lo habían desembarcado apenas caída la noche y aceptando todos los riesgos de que la caleta estuviera tan cerca del puerto. Se valieron de la lancha eléctrica, claro, capaz de resbalar silenciosa como una raya y perderse de nuevo en la distancia mientras Jiménez se quedaba un momento entre los matorrales esperando que se le habituaran los ojos, que cada sentido volviera a ajustarse al aire caliente y a los rumores de tierra adentro. Dos días atrás había sido la peste del asfalto caliente y las frituras ciudadanas, el desinfectante apenas disimulado en el lobby del Atlantic; los parches casi patéticos del bourbon con que todos ellos buscaban tapar el recuerdo del ron; ahora, aunque crispado y en guardia y apenas permitiéndose pensar, lo invadía el olor de Oriente, la sola inconfundible llamada del ave nocturna que quizás le daba la bienvenida, mejor pensarlo así como un conjuro.
Al principio a York le había parecido insensato que Jiménez desembarcaron tan cerca de Santiago, era contra todos los principios; por eso mismo, y porque Jiménez conocía el terreno como nadie, York aceptó el riesgo y arregló lo de la lancha eléctrica. El problema estaba en no mancharse los zapatos, llegar al motel con la apariencia del turista provinciano que recorre su país; una vez ahí Alfonso se encargaría de instalarlo, el resto era cosa de pocas horas, la carga de plástico en el lugar convenido y el regreso a la costa donde esperarían la lancha y Alfonso; el telecomando estaba a bordo y una vez mar afuera el reverberar de la explosión y las primeras llamaradas en la fábrica los despediría con todos los honores. Por el momento había que subir hasta el motel valiéndose del viejo sendero abandonado desde que habían construido la nueva carretera más al norte, descansando un rato antes del último tramo para que nadie se diera cuenta del peso de la maleta cuando Jiménez se encontrara con Alfonso y éste la tomara con el gesto del amigo, evitando al maletero solícito y llevándose a Jiménez hasta una de las piezas bien situadas del motel. Era la parte más peligrosa del asunto, pero el único acceso posible se daba desde los jardines del motel; con suerte, con Alfonso, todo podía salir bien.
Por supuesto no había nadie en el sendero invadido por las matas y el desuso, solamente el olor de Oriente y la queja del pájaro que irritó por un momento a Jiménez como si sus nervios necesitaran un pretexto para soltarse un poco, para que él aceptara contra su voluntad que estaba ahí indefenso, sin una pistola en el bolsillo porque en eso York había sido terminante, la misión se cumplía o fracasaba pero una pistola era inútil en los dos casos y en cambio podía estropearlo todo. York tenía su idea sobre el carácter de los cubanos y Jiménez la conocía y lo puteaba desde tan adentro mientras subía por el sendero y las luces de las pocas casas y del motel se iban abriendo como ojos amarillos entre las últimas matas. Pero no valía la pena putear, todo iba according to schedule como hubiera dicho el maricón de York, y Alfonso en el jardín del motel pegando un grito y qué carajo donde dejaste el carro, chico, los dos empleados mirando y escuchando, hace un cuarto de hora que te espero, sí pero llegamos con atraso y el carro siguió con una compañera que va a la casa de la familia, me dejó ahí en la curva, vaya, tú siempre tan caballero, no me jodas, Alfonso, si es sabroso caminar por aquí, la maleta pasando de mano con una liviandad perfecta, los músculos tensos pero el gesto como de plumas, nada, vamos por tu llave y después nos echamos un trago, cómo dejaste a la Choli y a los niños, medio tristes, viejo, querían venir pero ya sabes la escuela y el trabajo, esta vez no coincidimos, mala suerte.
La ducha rápida, verificar que la puerta cerraba bien, la valija abierta sobre la otra cama y el envoltorio verde en el cajón de la cómoda entre camisas y diarios. En la barra Alfonso ya había pedido extrasecos con mucho hielo, fumaron hablando de Camagüey y de la última pelea de Stevenson, el piano llegaba como de lejos aunque la pianista estaba ahí nomás al término de la barra, tocando muy suave una habanera y después algo de Chopin, pasando a un danzón y a una vieja balada de película, algo que en los buenos tiempos había cantado Irene Dunne. Se tomaron otro ron y Alfonso dijo que por la mañana volvería para llevarlo de recorrida y mostrarle los nuevos barrios, había tanto que ver en Santiago, se trabajaba duro para cumplir los planes y sobrepasarlos, las microbrigadas eran del carajo, Almeida vendría a inaugurar dos fábricas, por ahí en una de ésas hasta caía Fidel, los compañeros estaban arrimando el hombro que daba gusto.
-Los santiagueros no se duermen -dijo el barman, y ellos se rieron aprobando, quedaba poca gente en el comedor y a Jiménez ya le habían destinado una mesa cerca de una ventana. Alfonso se despidió después de repetir lo del encuentro por la mañana; estirando largo las piernas, Jiménez empezó a estudiar la carta. Un cansancio que no era solamente del cuerpo lo obligaba a vigilarse en cada movimiento. Todo allí era plácido y cordial y calmo y Chopin, que ahora volvía desde ese preludio que la pianista tocaba muy lento, pero Jiménez sentía la amenaza como un agazapamiento, la menor falla y esas caras sonrientes se volverían máscaras de odio. Conocía esas sensaciones y sabía cómo controlarlas; pidió un mojito para ir haciendo tiempo y se dejó aconsejar en la comida, esa noche pescado mejor que carne. El comedor estaba casi vacío, en la barra una pareja joven y más allá un hombre que parecía extranjero y que bebía sin mirar su vaso, los ojos perdidos en la pianista que repetía el tema de Irene Dunne, ahora Jiménez reconocía Hay humo en tus ojos, aquella Habana de entonces, el piano volvía a Chopin, uno de los estudios que también Jiménez había tocado cuando estudiaba piano de muchacho antes del gran pánico, un estudio lento y melancólico que le recordó la sala de la casa, la abuela muerta, y casi a contrapelo la imagen de su hermano que se había quedado a pesar de la maldición paterna, Robertito muerto como un imbécil en Girón en vez de ayudar a la reconquista de la verdadera libertad.
Casi sorprendido comió con ganas, saboreando lo que su memoria no había olvidado, admitiendo irónicamente que era lo único bueno al lado de la comida esponjosa que tragaban del otro lado. No tenía sueño y le gustaba la música, la pianista era una mujer todavía joven y hermosa, tocaba como para ella sin mirar jamás hacia la barra donde el hombre con aire de extranjero seguía el juego de sus manos y entraba en otro ron y otro cigarro. Después del café Jiménez pensó que se le iba a hacer largo esperar la hora en la pieza, y se acercó a la barra para beber otro trago. El barman tenía ganas de charlar pero lo hacía con respeto hacia la pianista, casi un murmullo como si comprendiera que el extranjero y Jiménez gustaban de esa música, ahora era uno de los valses, la simple melodía donde Chopin había puesto algo como una lluvia lenta, como talco o flores secas en un álbum. El barman no hacía caso del extranjero, tal vez hablaba mal el español o era hombre de silencio, ya el comedor se iba apagando y habría que irse a dormir pero la pianista seguía tocando una melodía cubana que Jiménez fue dejando atrás mientras encendía otro cigarro y con un buenas noches circular se iba hacia la puerta y entraba en lo que esperaba más allá, a las cuatro en punto sincronizadas en su reloj y el de la lancha.
Antes de entrar en su cuarto acostumbró sus ojos a la penumbra del jardín para estar seguro de lo que le había explicado Alfonso, la picada a unos cien metros, la bifurcación hacia la carretera nueva, cruzarla con cuidado y seguir hacia el oeste. Desde el motel sólo veía la zona sombría donde empezaba la picada, pero era útil detectar las luces en el fondo y dos o tres hacia la izquierda para tener una noción de las distancias. La zona de la fábrica empezaba a setecientos metros al oeste, al lado del tercer poste de cemento encontraría el agujero por donde franquear la alambrada. En principio era raro que los centinelas estuvieran de ese lado, hacían una recorrida cada cuarto de hora pero después preferían charlar entre ellos del otro lado donde había luz y café; de todos modos ya no importaba mancharse la ropa, habría que arrastrarse entre las matas hasta el lugar que Alfonso le había descrito en detalle. La vuelta iba a ser fácil sin el envoltorio verde, sin todas esas caras que lo habían rodeado hasta ahora.
Se tendió en la cama casi enseguida y apagó la luz para fumar tranquilo; hasta dormiría un rato para aflojar el cuerpo, tenía el hábito de despertarse a tiempo. Pero antes se aseguró de que la puerta cerraba bien por dentro y que sus cosas estaban como las había dejado. Tarareó el valsecito que se le había hincado en la memoria, mezclándole el pasado y el presente, hizo un esfuerzo para dejarlo irse, cambiarlo por Hay humo en tus ojos, pero el valsecito volvía o el preludio, se fue adormeciendo sin poder quitárselos de encima, viendo todavía las manos tan blancas de la pianista, su cabeza inclinada como la atenta oyente de sí misma. El ave nocturna cantaba otra vez en alguna mata o en el palmar del norte.
Lo despertó algo que era más oscuro que la oscuridad del cuarto, más oscuro y pesado, vagamente a los pies de la cama. Había estado soñando con Phyllis y el festival de música pop, con luces y sonidos tan intensos que abrir los ojos fue como caer en un puro espacio sin barreras, un pozo lleno de nada, y a la vez su estómago le dijo que no era así, que una parte de eso era diferente, tenía otra consistencia y otra negrura. Buscó el interruptor de un manotazo; el extranjero de la barra estaba sentado al pie de la cama y lo miraba sin apuro, como si hasta ese momento hubiera estado velando su sueño.
Hacer algo, pensar algo era igualmente inconcebible. Vísceras, el puro horror, un silencio interminable y acaso instantáneo, el doble puente de los ojos. La pistola, el primer pensamiento inútil; si por lo menos la pistola. Un jadeo volviendo a hacer entrar el tiempo, rechazo de la última posibilidad de que eso fuera todavía el sueño en que Phyllis, en que la música y las luces y los tragos.
-Sí, es así, -dijo el extranjero, y Jiménez sintió como en la piel el acento cargado, la prueba de que no era de allí como ya algo en la cabeza y en los hombros cuando lo había visto por primera vez en la barra.
Enderezándose de a centímetros, buscando por lo menos una igualdad de altura, desventaja total de posición, lo único posible era la sorpresa pero también en eso iba a pura pérdida, roto por adelantado; no le iban a responder los músculos, le faltaría la palanca de las piernas para el avión desesperado, y el otro lo sabía, se estaba quieto y como laxo al pie de la cama. Cuando Jiménez lo vio sacar un cigarro y malgastar la otra mano hundiéndola en el bolsillo del pantalón para buscar los fósforos, supo que perdería el tiempo si se lanzaba sobre él; había demasiado desprecio en su manera de no hacerle caso, de no estar a la defensiva. Y algo todavía peor, sus propias precauciones, la puerta cerrada con llave, el cerrojo corrido.
-¿Quién eres? -se oyó preguntar absurdamente desde eso que no podía ser el sueño ni la vigilia.
-Qué importa -dijo el extranjero.
-Pero Alfonso...
Se vio mirado por algo que tenía como un tiempo aparte, una distancia hueca. La llama del fósforo se reflejó en unas pupilas dilatadas, de color avellana. El extranjero apagó el fósforo y se miró un momento las manos.
-Pobre Alfonso -dijo-. Pobre, pobre Alfonso.
No había lástima en sus palabras, solamente como una comprobación desapegada.
-¿Pero quién coño eres? -gritó Jiménez sabiendo que eso era la histeria, la pérdida del último control.
-Oh, alguien que anda por ahí -dijo el extranjero-. Siempre me acerco cuando tocan mi música, sobre todo aquí, sabes. Me gusta escucharla cuando la tocan aquí, en esos pianitos pobres. En mi tiempo era diferente, siempre tuve que escucharla lejos de mi tierra. Por eso me gusta acercarme, es como una reconciliación, una justicia.
Apretando los dientes para desde ahí dominar el temblor que lo ganaba de arriba abajo, Jiménez alcanzó a pensar que la única cordura era decidir que el hombre estaba loco. Ya no importaba cómo había entrado, cómo sabía, porque desde luego sabía pero estaba loco y ésa era la sola ventaja posible. Ganar tiempo, entonces, seguirle la corriente, preguntarle por el piano, por la música.
-Toca bien -dijo el extranjero-, pero claro, solamente lo que escuchaste, las cosas fáciles. Esta noche me hubiera gustado que tocara ese estudio que llaman revolucionario, de veras que me hubiera gustado mucho. Pero ella no puede, pobrecita, no tiene dedos para eso. Para eso hacen falta dedos así.
Las manos alzadas a la altura de los hombros, le mostró a Jiménez los dedos separados, largos y tensos. Jiménez alcanzó a verlos un segundo antes de que solamente los sintiera en la garganta.

Cuba, 1976

*De Alguien que anda por ahí Julio Cortázar; Cuentos completos 2, Buenos Aires, Alfaguara, 1996
-FUENTE: http://www.geocities.com/juliocortazar_arg/alguien.htm

EN BLANCO Y NEGRO*

María Rosa en ese tiempo se vestía de negro, se pintaba las uñas negras y se ponía lápiz de labios oscuro. En esas épocas era el negro y la oscuridad en los vestidos, en la línea espesa alrededor de los ojos, en la sensación de un futuro amenazante.
Las amigas no le decían María Rosa, le decían "Niebla". Ella había elegido que la nombrasen armonizando con esa su sensación difusa de una realidad que la envolvía pero no alcanzaba a definirla. Quizás se vestía de negro para volverse visible violentamente en el día y para diluirse en las
sombras nocturnas.
Quizás se mantenía pálida para ser luna en tanta noche. No hubiese sabido decirlo en esos tiempos, nada era fácil de decir con palabras, quizás por eso lo decía con tanta claridad con otros lenguajes más flexibles.
En esa su adolescencia María Rosa trató de hacer coincidir nombre y persona, vestimenta y estado de ánimo, realidad y expresión de esa realidad.
La madre de María Rosa veía a su hija disfrazada de dark. Niebla era auténtica.
Después, claro, vino la vida. Se disipó. Con el tiempo comenzó a vestirse como todo el mundo, tuvo dos hijos, aprendió a decir lo más conveniente y lo aceptable.
Alguna amiga a la vuelta de los años le dice "Hola Niebla". María Rosa en esos casos sonríe avergonzada.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

El nombre también es una forma de la belleza*

En este momento en que se define si el destino de la ciudad va a pertenecer a los gestores eficientes (una forma de ocultar la mano de la derecha que tanto daño y muerte nos dio y nunca fue eficiente, salvo para llenarse los bolsillos) recordé una historia que protagonizó la plaza de mi barrio, Palermo Viejo..

Se llamada Conquista del Desierto luego de una votación entre los vecinos, tiene el nombre actual Palermo viejo. Hermoso es también, no premiar los asesinatos con honores.
El ser humano vive de símbolos tanto como de pan. Cuando se abrió la puerta de la Esma y luego se resolvió dedicar ese espacio a un Museo de la Memoria en el lugar, se curó algo en mí. Espero que no gane Macri, buen amigo de la dictadura, sus defensores, sus descendientes y sus ecos. No se como podrían nombrar los empresario exitosos, las luchas, tantas veces seguidas de muerte, de los hombres y mujeres que se jugaron por los ideales de un mundo mejor.
Me imagino que no tienen palabras para lo que nunca conocieron: el impulso del compromiso con el otro..

Las palabras que usaron en todos los tiempos estos sectores fueron casi golpes, un epíteto, como antesala de la persecución de los que lucharon por la dignidad de hombres y de mujeres.

*de Cristina Villanueva. pluma@velocom.com.ar

Viernes, 15 de Junio de 2007
Cantinelas y canciones*

*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona

UNO A veces pasa. A veces una buena noticia se las arregla para taparle la boca y enmudecer al ruido blanco de tanta cantinela. Y así, por unos instantes, se atenúa el fragor de Rajoy/Zapatero y Barça/Real Madrid y Alonso/Hamilton y todo eso (símiles y variaciones atruenan en cada rincón
del mundo, cambian los apellidos y los equipos, pero la intención y los resultados son exactamente los mismos) y sólo se oye una voz que sólo se parece a sí misma y que ya desde varias décadas viene montando un sonido delgado y mercurial. Es entonces cuando, por fin, las canciones vencen a las
cantinelas.

DOS Y la buena nueva es que a Bob Dylan le han dado el premio Príncipe de Asturias de las Artes y las Letras. Una de esas ocasiones en las que, en realidad, es el histórico premiado quien premia al premio por dignarse entrar en su historia. Y qué decir después de haber dicho tanto sobre el sujeto en cuestión. Mejor, pienso, que diga él. Aquí van, frases sueltas pero unidas por un mismo credo:
"Yo no soy lo que importa. Lo que importa son las canciones. Yo soy apenas el cartero. Yo soy el que entrega las canciones." "La gente podría saber todo sobre mí a través de mis canciones, pero hay que saber dónde buscarlo."
"Mis canciones no son otra cosa que yo hablando conmigo mismo. Tal vez suene egoísta, pero así son las cosas." "Compuse las canciones porque necesitaba interpretar las canciones. Y estaban escritas en un idioma que yo jamás había oído." "Si no pueden comprender mis canciones se están perdiendo de
algo. Si no pueden entender los relojes verdes, sillas mojadas, lámparas púrpuras o estatuas hostiles, también se están perdiendo de algo."
"Cualquier idiota puede escribir canciones. Si me vieran a mí escribir una canción se darían perfectamente cuenta de lo que quiero decir." "En realidad no importa de dónde viene una canción. Lo único que importa es a dónde te lleva."

TRES Dylan como artista y Dylan como leyenda, a sus 65 años de edad biológica, se encuentra en un momento y en un sitio y en un sitial envidiable. No hay colega contemporáneo o sangre joven que no jure por su nombre. Y su público -con quien por momentos compartió una de las relaciones más complejas en el mejor sentido de la palabra- lo sigue donde vaya y esperan y decodifican sus nuevos discos, otra vez, como en los años '60, con la misma pasión que otros dedicaron al Libro de las Revelaciones. Esa tan
épica como graciosa voz en off de locutor solemne que, en el arranque de sus conciertos, intenta en vano resumir la ajetreada trayectoria del "Columbia Recording Artist Bob Dylan" apenas roza la punta del iceberg o, mejor dicho, la superficie del glaciar. Porque Dylan tiene tanto arriba como por debajo
de su línea de flotación. Y, a la hora de la verdad, por encima de todo, lo que prima es la inapelable calidad y cantidad de su obra. Para ponerlo en las palabras del cantautor Arlo Guthrie, hijo de Woody, palabras que podrían ser las de todo songwriter nacido y crecido bajo su encandiladora luz y su
intimidante sombra: "Escribir canciones es como pescar en un arroyo; arrojas el anzuelo y te sientas a esperar que algo muerda. El problema es que con Dylan pescando corriente arriba nadie atrapa nada aquí abajo". Palabras que, cuando se las comentaron a Dylan, provocaron una sonrisa y un suspiro y un
"Bueno, el secreto está en la carnada".

CUATRO Y ya es mucho tiempo el que las canciones llevan mordiendo el anzuelo de Dylan para que luego nosotros mordamos esas canciones y quedemos enganchados en y con ellas para siempre.
El actor y dramaturgo y compañero de carretera Sam Shepard describió con precisión la imposibilidad de precisar esta fascinación: "Dylan se ha inventado a sí mismo. Se ha creado de la nada. Es decir, a partir de las cosas que tenía a su alrededor y dentro suyo. Dylan es una invención de su propia mente. La cuestión no pasa por comprenderlo sino por asimilarlo... No es el primero en haberse inventado a sí mismo, pero es el primero en haber inventado a Dylan. Nadie lo inventó antes que él. O después". Y que sigan hablando otros. En su libro Dylan's Visions of Sin, el académico y ensayista Christopher Ricks se refiere -en una juguetona pirueta espacio-temporal- a William Shakespeare como a "ese escritor dylanesco". Semejante adjetivo indignará a los puristas pero -si se trata de poner obra contra obra y
misterio contra misterio- lo cierto es que no suena fuera de lugar o de proporción. Greil Marcus y el novelista Don DeLillo en una reciente conversación publicada por el mensuario The Believer se ocupan del asunto.
"Se creó a sí mismo, como Lawrence de Arabia, como alguien que no era pero aún así sí que lo es. Alguien que se convierte en una figura para la que no pasa el tiempo porque atraviesa las épocas. Alguien que, en su actuación y cambios, nos enseña a ver las diferentes posibilidades de las diferentes eras", apunta Marcus. Dice allí DeLillo: "La historia de Dylan es la historia de la Identidad Norteamericana... La historia de un sobreviviente... Lo grande de Dylan es que la suya es una historia tan norteamericana y él es un artista tan norteamericano. Dylan es norteamericano de una manera mucho más importante en la que los Beatles o los Stones son ingleses... Dylan es una de esas raras personas que acaba ejemplificando su arte en su persona. Me parece extraordinario que todavía esté donde está luego de más de cuarenta años. Es algo muy difícil de lograr y algo casi imposible de conseguir para un músico de rock. Los escritores lo pueden hacer muy de vez en cuando. ¿Es Dylan la única figura a la que podemos imaginar haciendo esto? ¿Va a seguir haciéndolo?"

CINCO La respuesta parece ser sí. El año pasado declaró sentirse "apenas a mitad de camino". Y buena noticia dentro de la buena noticia: Dylan tendrá que venir -es condición- a recoger el premio en octubre, lo que significa que -como nunca da puntada sin hilo- tendremos nueva gira por estos lados.
Allí estaremos, comprobando otra vez aquello que dijo él: "La gente dice que nunca hablo en mis conciertos. ¿Pero qué hay para decir? Esa no es la razón por la que un artista se planta frente al público. Un artista está allí con un propósito diferente... Es algo arriesgado, hombre". "Yo no tengo un
rebaño de astrólogos diciéndome lo que va a suceder. Yo tan sólo me limito a hacer un movimiento y después otro, esto conduce a aquello." "El destino es la sensación de que sabes algo sobre ti mismo que el resto del mundo ignora.
La imagen de ti mismo que tienes en la mente acaba por hacerse realidad. En cierto modo es algo que debes mantener en secreto, porque es un sentimiento frágil, y si lo sacas a la luz, alguien lo destrozará. Más vale guardar todo eso dentro de uno." "Soy un firme creyente en la idea de que cuanto más vives mejor te pones. Puedes utilizar una canción para hacer cualquier cosa, ¿sabes?"
Sí, lo sabía, lo sabíamos. Y gracias por haberlo hecho y seguir haciéndolo mientras, afuera, soplan y suenan -un poco más bajo- las cantinelas de ese viento idiota.

*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-86578-2007-06-15.html

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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