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La Coctelera

inventiva

20 Agosto 2007

TRAVESÍAS...

Si tengo que olvidar*

Si tengo que olvidar, cerrad mis ojos
y apagad los susurros de la aurora
antes del despertar de las palabras.

Si tengo que olvidar, que sea otoño,
que las hojas caídas me acompañen
y un tañido lejano interminable
me adormezca despacio, mansamente.

-Ni una sola gaviota planeará en mis playas.
Verán, viejos, mis ojos, un cerrarse de nubes
y un solemne aguacero, un crepitar de gárgolas,
una mudez de cerros.-

Si tengo que olvidar, dejadme solo
en la mazmorra de las decepciones;
borrad todos los nombres, quemad todas las fotos,
arrasad las ciudades que me vieron
y las ciudades que soñé habitables,
sacrificad los versos que compuse
y las canciones que me emocionaron.

Si tengo que olvidar, que sea octubre
que me esconda la lluvia y me seduzca
el rumor de la noche, que no cese
el ladrido del viento, que suceda
una conversación intrascendente,
que la bruma descienda sin apremio
como el fulgor de una sonrisa cómplice.

Si tengo que olvidar, cerrad mis ojos
y dejad que amanezca sin mi canto.

*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://al-andar.blogspot.com / http://sbllop.blogia.com/

Travesías...

Estación inventiva*

Errando (¿ se dirá así?) con rumbo fluctuante caminaba por la vida, un poco desorientada. Tenía palabras en mi lápiz labial. No quería delinear solamente mis labios, carnosos, sonrientes y llenos de ternura. Ellos querían hablar, contar, y traviesos -a veces- se escapaban de mi rostro.
Tal vez demasiado juveniles y sensibleros anhelaban dejar su color rojo anaranjado, no solo en un beso, en una copa de vino o en una servilleta de papel arrugado donde es tan difícil escribir una dirección o un teléfono.
Eran ambiciosos como los adolescentes y querían que sus vocales se unieran en un pentagrama.
Un día, un señor de anteojos muy serio, que escondía su sinfonía detrás de sus lentes, me comentó de un espacio en Internet que se llamaba inventiva social. Me dijo, con voz clara pero firme que me animara a visitar ese lugar. Entre asombrada e inhibida, me conecté.
Mis labios impertinentes y arriesgados comenzaron a enunciar gran cantidad de palabras y fueron surgiendo desde el teclado a las distintas estaciones: postales sociales, inventren, reescribiendo noticias. Para mi sorpresa comenzaron a publicarse mis pensamientos, siempre teñidos por el espíritu de
mi lado Azul, el que más quiero y no tiene sentimientos de culpa, rencores ni mala onda.
Después de un tiempo, de tanto escribir conocí a Eduardo el creador de la inventiva, quien supo estimular mis locuras y mis ganas. Es muy inteligente y amable, "aunque no lo conozco en persona", como decía mi hijo cuando era chiquito porque iban a estrenar la película de los Dálmatas y estaba fascinado, imaginaba que iban a estar los ciento un perritos en el cine.
Creo que hace dos o tres años que estoy. Y he capturado mucho afecto de los poetas e intercambiado opiniones y vivencias que han ampliado mi caudal de amigos. No les conozco el rostro, ni las edades ni el número de documento.
No me interesa Son esencialmente diferentes.

Para Eduardo por su lucidez y compañía y su empuje en la inventiva social
Para Mario, el señor de anteojos que puede ver más allá y me ayudó a construir mi lado Azul sin censuras.
Para La Ana, una gran amiga de inventiva que conocí en Mendoza y siempre estamos, nos estamos.

*de Azul. azulaki@hotmail.com

Lunes, 20 de Agosto de 2007
El arte perdido de escribir a mano*

Por Robert Fisk *

Mi padre siempre se quejaba de mi mala letra. Su letra de contador, casi de imprenta, era medida, cuidada, llena de pequeños ganchitos que luego noté también había usado, muchos años antes, en el Diario de Guerra del batallón 12 del Real Regimiento de Liverpool, escrito en las trincheras de 1918, cuando él tenía 19. En comparación, mi letra era desprolija y con los años se va poniendo peor. Mis cuadernos de la guerra civil libanesa, con muchos informes garabateados en 1976 y 1977, todavía son legibles. Pero hoy en día vuelvo de una entrevista y me encuentro con horror con que no escribí palabras sino la representación de palabras, entrecortadas con partecitas de taquigrafía Pitman y, por supuesto, le echo la culpa a la computadora. Con un instrumento que puede correr casi a la velocidad de la imaginación, es
indignante volver al manuscrito, que simplemente no llega a la velocidad del pensamiento.
Entonces, fue un alivio visitar el otro día el Musée des Lettres et Manuscrits de París y encontrarme con que los grandes y los genios también escribieron con furia y tristeza y, a menudo, con muy mala letra. Me impresionó mucho la letra de Napoleón, una mano militar y obstinada que a veces firmaba "Nap". Churchill dibujaba chanchitos en las cartas a su mujer.
A los grandes artistas les encantaba cubrir sus cartas de dibujitos y Jean Cocteau, notable, solía cubrirlas de caritas asombradas. Matisse le escribió en marzo de 1943 a Martin Fabiani con un boceto de una chica leyendo el diario. Gauguin hizo una vez un enorme pomo de pintura al pie de una carta. Esto me recordó una escena terrible que había visto en Hebrón en 2001, cuando una turba de palestinos linchó a tres colaboracionistas y los colgó semidesnudos de postes de alumbrado. Fue una visión tan sucia que la boceteé en mi cuaderno: sólo después pude volver a abrirlo y describir en mi nota en The Independent las imágenes que había dibujado.
Se supone que la letra exhibe el carácter -la mía es atropellada, irregular y apurada-, pero noté que la letra de Catalina de Médici a veces se desdibujaba, despareja, y que la de Robespierre era casi ilegible.
Hay algo dolorosamente humano en eso de leer las cartas de héroes muertos hace tanto... Sus intentos de humor tantas veces fallidos, su tono seudojuvenil raramente resisten bien el paso del tiempo. El 13 de noviembre de 1930, el piloto Shaw -también conocido como Lawrence de Arabia- le escribió al antropólogo norteamericano Henry Field -muerto en 1986- para combinar de encontrarse en Plymouth para hablar de asuntos árabes. Su carta, pude notar, fue escrita con letra simple y escolar, sus íes curvadas en la punta, las letras de cada palabra unidas con prolijidad. "Querido Sr. Field.
Espero que sea colosalmente rico, así el costo de venir hasta la miserable Plymouth -el último o el primer pueblo en Inglaterra, dependiendo del hemisferio del que se venga- no le va a pesar demasiado. Yo soy un fraude en todo lo que sea el Medio Oriente y la arqueología. Años atrás me dediqué a ambos y logré un nivel aceptable de conocimiento, pero la guerra me dio una sobredosis y hace nueve años volví confortablemente a las filas de la fuerza aérea, sin que nada fuera de ella me interese desde entonces. Nueve años es tiempo suficiente como para dejarme obsoleto pero, todavía no como para que mis ideas sean arcaicas e interesantes. Además, ya olvidé todo lo que alguna vez supe."
Pobre Lawrence, siempre tirándose para abajo. Primero pensé que se describía como un amigo del Medio Oriente pero no, realmente no, se definía como un fraude y su carta sigue con el consejo de que Field lo ubique en la estación de Plymouth, entre la multitud. "Busque una criatura pequeña y avejentada en
un uniforme verdiazul con botones de bronce, como un empleado del automóvil club o un motorista de tranvía, sólo que más menudo y desprolijo."
En el museo francés hay ahora una muestra sobre el "Titanic", que se hundió el día que mi padre cumplía 13 años, un estremecedor telegrama que cuenta la muerte de Thomas Stead, uno de los grandes periodistas de la época. Con la letra compacta y oficial del empleado de correos, expresa que con "sinceras condolencias" queda en claro que "ya no hay ninguna esperanza" de que Stead figure entre los sobrevivientes. "No hay ninguna esperanza", es siempre algo final, pero ese "ya", lapidario, debe haber dejado mudos a los destinatarios.
Luego está el relato de náufrago de Helen Churchill Condee, notas de una sobreviviente escritas poco después de la tragedia en párrafos de a rato sorprendentemente breves, como si el barco se estuviera hundiendo de nuevo en su cabeza mientras ella escribía. "Estaba en mi baño lista a tomar un baño caliente. La música de los motores era un golpeteo y una canción, ritmo y armonía. Entonces vino el golpe. La imagen mental fue el momento en que el arca tocó el monte Ararat. El impacto se dio por debajo de mí. Me hizo caer.
Habíamos chocado contra una montaña en pleno mar, una montaña no descubierta. Debe ser eso."
"Abrí la puerta de mi camarote y noté dos o tres cosas siniestras: un silencio absoluto, la luz intensa del salón de baile, la total ausencia de cualquier presencia humana." En páginas posteriores, la letra de Condee comienza a descontrolarse y ella hace correcciones con su lapicera mientras describe desde el bote salvavidas el final del "Titanic". "Lo que queda de la cubierta se inclina agudamente a proa y en ese espacio que se achica se amucha la compacta multitud que espera la muerte con el coraje trascendente y la pena que han mostrado ya por dos horas".
"Espero el final como en trance. Es inevitable. Quiera Dios demorarlo. No, que en Su misericordia lo acelere."
"Finalmente, el fin del mundo" (en el manuscrito, la f de fin y la m de mundo están subrayadas). "Sobre las aguas queda apenas un gran gemido, como el de un ser al que la agonía final le arrancara un solo sonido." Hay tachaduras en el texto, palabras cambiadas como haría un compositor buscando el final de una ópera trágica. Condee tenía doce años cuando se hundió el "Titanic", uno menos que mi padre. Su letra es extrañamente similar, con las mismas curvas y tes decoradas, como si fuera necesario decorar las letras con que se escribe. Supongo que la laptop terminó con todo eso. Ya es raro recibir una carta manuscrita, aunque cada tanto alguien escribe en una vieja y fiel máquina. Ahora, nuestra imaginación vuela a la velocidad de la web. Y es bueno que mi padre no pueda ver la letra que me sale hoy en día...

* De The Independent, de Gran Bretaña. Especial para Página/12.

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-89976-2007-08-20.html

Travesía*

El intrepidísimo navegante solitario, boca abajo sobre una tabla que en absoluto es más que la tabla de una mesa, con brazos y piernas abiertos y extendidos y, sin rigor, usando estos miembros a modo de remos, surca la inmensidad del océano. Se divierte, hace ruidos con la boca, farfulla. Luce tres prendas: gorro para ducha, calzoncillo anatómico con elástico tipo faja y medias de lana.
—¡Una roca!... ¡Cuidad el palo menor! ¡Que no se abolle la eslora!... ¡Aplicaos a una labor intensa y desmesurada!... ¡Subordinación y subordinación!... ¡Nada de tejer ahora!... ¡Proteged la nave! ¡Cuidad de que no encallemos!... ¡No escupáis como gesto de irrefrenable enojo! ¡Os vi, os vi, corbetero de segunda!...
Abandona ese juego. Se moja la cabeza en el agua. Mira a lo lejos.
—Uia... Esa nube no estaba... Si tuviera un arco te tiraba una flecha, te hacía bajar la frente. ¿Qué, no es tu manera de reír, llover?... Vení, llovéme..., que acá hay un pecho...
Es una mañana luminosa. Los tiburones duermen: sueñan con deliciosos navegantes solitarios.
—¡Yo soy bueno!... ¡Soy un buen pibe!... ¡Un buen soldado, capitán! ¡Un buen náufrago, doctor! ¡Un buen ányelus! ¡Un buen orquestador del atardecer!... ¡Un buen marrano que se cagó en su propia boca, se puso en penitencia, se dejó peinar, se arremangó las piernas y está acá!...
Brisa fresca. Es martes.
—¡Refrescando, caracho!
Meduloso. Es noviembre.
—Pensemos en un puerto. Y en un fondín. En un viejo poseído por el vino declarándome su corrupción transparente. Me quiere regalar su camisa y jura que me parezco a él, a las rodajas de sus hijos, jura, él jura, dentro de los sándwiches de todos los fondines del puerto.
Se exalta. Ya van a ver: signos de admiración.
—¡Me quiere convertir en una oreja, en una cama! ¡Me quiere abrazar con su aliento! ¡Qué solidario!... ¡Yo apenas puedo conmigo, caballero! ¡Apenas me puedo dejar zarandear y golpear por alguna adversidad que yo elija! ¡¿O se cree que no me conduelo de mí?! ¡Ni una boya, ni una! ¿Usted me entiende? ¡Ni una! ¡Ni una!...
Se pone de pie. Tormenta.
—¡Yo quería ir hacia allá!...
Trata de señalar, pero la tabla se mueve. Chaparrón.
—¡¿Vas a amainar de una vez?! ¿Vas?... ¿Eh?... ¿Sí?... ¡Soberbios! ¡Cenagosos! ¡Una vez barrí mi casa grande con una escoba nueva! ¡Y maté a una hormiga con una cucharita! ¡Y sepulté un juguete de mi amigo! ¡Y le apreté la clavija al guitarrón pero rompí la cuerda! ¡El vino no! ¡Mámese usted, si quiere! ¡Usted es un empedernido condenado!...
Cede la tormenta. El osado navegante solitario se calma, cede. Hace flexiones. Después:
—Confidencialmente, yo pienso en mi saltimbanqui interior. Irrespetuoso, forajido... Soy un escrutador feroz.
Anochece. La luna desciende sobre él: queda a unos cincuenta centímetros. Media luna. El todavía no se da cuenta.
—Un escrutador como me gustaría que hubiera otro. Uno siempre busca equipararse, aunque no haya una intención aviesa. Son las ganas de uno de resultar imprescindible. ¡Qué capítulo, señor, escribiríamos todos si no tuviéramos que remar!... Es que uno, se obstina en no ser un buen pez. Pero, ya se sabe, pulmones no son branquias, branquias no son pulmones.
Sin mirar directamente a la media luna:
—¿Y a vos quién te conoce? ¿Te mandaron a espiarme? ¿Traés algún mensaje? ¿O querés que te diga un versito?... Sos una desamorada. Te sacaste las plumas pero es inútil. Me pongo veleidoso cuando me persiguen. Supe renunciar a vos, también. ¡Me soy tan obediente ahora! Vos no lo creerías ni en cien siglos, que ya sé, para vos es nada. ¡Ay, luna, yo te conozco, no me pude olvidar de vos! ¡Entré a tu dormitorio tantas veces! “Sos un seductor...” ¿Yo, un seductor?... Te regué mis vocablos más irreproducibles. Te extorsioné con un fervor diletante. Autorizaste mi impulsividad y toleraste que instalara mi corte deprimida.
Mira a la media luna.
—Pero yo prefiero que te vayas, ahora. Te quiero mucho, sí, te quiero mucho. Estoy demasiado inmerso en mis propios pozos. Y sucuchos. Un chico se cayó por una de mis grietas. Todavía podría decirte cosas que nunca te dije. Atorarme con tu luz. Pero yo prefiero que te vayas, ahora.
La media luna asciende con lentitud. Al rato, amanece. El navegante solitario observa el horizonte con un prismático que simula con sus manos. Playa a la vista. Hacia allí navega. Sin proponérselo. Sin verdaderamente proponérselo. Mujer desnuda en la playa a la vista (con anteojos oscuros y pulseras), que habla, discierne y se unta con protector solar:
—Todas mis tías muy febriles, muy bienhechoras, un nudo al lado de otro nudo. Pero mamita, no es la primera vez. Pero mamita, no es la segunda vez. ¡Pero mamita, no es la última vez, esa vez!... ¡Todos los mil ojos, las mil empastadas rodillas de mis primas, las mil putas absortas trompas de Eustaquio oyéndome desangrar, y nada! ¡Quienquiera puede levantarse la camiseta; yo, no! ¡Burras, burras! ¡Mujeres rellenas de algodón!... La docilidad para esto: una escarapela. Para aquello otro: firmes, escrupulosas, inexpugnables: otra escarapela. ¡Pervertidas! Mamá pervertida, pobre. Tías con el camisón triste. Esponjosas comedoras de chocolate. Bofe suculento, sí, para el gato que se comió al ratón, que se había comido a la araña, la que se había comido a la mosca. A ver, querida: plisá tus labios menores, que yo lo haré con los míos. Por favor, reprime tu virulenta condición, tus ansias de conocimiento desmesurado. No juguetees, no me alarmes, querida. No me juguetees a mí. No me estimules, no me hagas aparecer. Eso. ¡Eso es un nudo al lado de otro! Que nada se desate. Todas atadas, apenas entornadas, como para no morirse definidamente. ¡Puaaajj!...
El navegante deja de observar con el prismático.
—Encallé..., encallé...
Camina unos pasos por la orilla, perplejo.
—¿Dónde estaba esta costa, esta arena suave?... ¿Qué hago yo conmigo ahora? ¡¿Qué hago yo conmigo ahora?!...
La mujer se saca los anteojos y mira al navegante. Este, intentando quitarse las medias, pierde el equilibrio.

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

Lunes, 20 de Agosto de 2007
literatura|entrevista al escritor y psicoanalista luis gusman

"Quería contar algo actual y vivo"*

En su novela El peletero, recientemente editada, reflexiona sobre lo que implica tener un oficio "en vías de extinción" y la realidad de vivir en un mundo amenazado. El autor de El frasquito analiza los textos de referencia que influyeron en su nueva historia.

Gusmán concibió una novela muy atractiva, a partir de la historia de un vendedor de pieles.

*Por Silvina Friera

Una anécdota, se sabe, puede ser el principio de una novela, la punta del ovillo de la que tira el escritor. Cerca del consultorio donde Luis Gusmán atiende a sus pacientes, hay una peletería con un cartel: "Su antigua piel tiene valor. Refórmela y cambiéla por otra". Lo primero que pensó el escritor y psicoanalista, cuando se encontró casualmente con esta frase, fue: "Como si fuera tan fácil", que terminará en boca de uno de los personajes de El peletero, recientemente publicada por Edhasa. A partir de ese encuentro azaroso con esta frase, el escritor y psicoanalista empezó a reflexionar sobre lo que implica tener un oficio "en vías de extinción".
¿Cómo hace un vendedor de pieles para defender la dignidad de su trabajo, que se basa en el sacrificio de animales, en momentos en que los grupos ecologistas instalan en la agenda de la época la protección de las especies?
¿Qué hace cuando todas sus coordenadas vitales tiemblan en sismos que aumentan la intensidad hasta el peligro de muerte? Roberto Landa, un personaje que Gusmán consigue que sea inolvidable ya en las primeras líneas del libro, heredó el oficio de peletero, junto con la diabetes que lo afecta, de sus abuelos maternos. Su mundo se desmorona lentamente, cada vez que abre ese "geriátrico de pieles", atendido por su prima Matilde, y se encuentra con un folleto de Greenpeace, como el que advierte: "Tanto el hombre como los animales buscan protegerse".
Y Landa, también, buscará protegerse porque se siente acorralado y aislado.
Hasta su hijo, que desde la adolescencia militaba en un partido de izquierda, en una discusión le dijo: "Las pieles son algo que consume cierta clase social", y el peletero, que nunca había pensado que tenía un negocio "burgués", se defendía esgrimiendo que el negocio lo había heredado de sus padres. "No es lo mismo perder un oficio que un trabajo -señala Gusmán en la entrevista con Página/12-. Si uno pierde el trabajo quizá pueda conseguir otro, pero si pierde el oficio, queda desafectado de la estructura social y
sin lugar en el mundo." Lejos de resignarse al ostracismo público, a ser un paria que llora ante la pérdida de sus soportes existenciales, Landa se empeña en una batalla contra los actores que parecen haberlo condenado a la desaparición. El peletero no actuará solo; en ese camino que eligió, de manera fortuita, se cruzará con Hueso, un marginal que se dedica a navegar las costas del Riachuelo y que perdió su casa, mujer e hijos en manos de un pai umbanda.
El narrador de la novela señala que esta dupla, que iniciará una amistad indestructible a pesar de los abismos sociales que los separan, tiene algo en común: "El mundo se les había vuelto extraño". Esta unión azarosa bien podría ser definida como "piel y hueso". El peletero y Hueso se convierten en necesarios y complementarios el uno para el otro. "No hay uno sin el otro, son como Bouvard y Pécuchet, si se termina uno, necesariamente se tiene que terminar el otro", define Gusmán. Esta necesidad de apelar a dos
personajes que actúan de manera complementaria no es ajena a las ficciones del escritor. Algo similar sucede entre los dos pesistas en Tennessee, llevada al cine por Mario Levín, con el nombre de Sotto voce, y con los represores Varela y Varelita de Ni muerto has perdido tu nombre.
"No quería caer en el peligro de la nostalgia, en una suerte de tango quejoso, ni traer el pasado al presente ni volver el presente, pasado.
Quería contar algo actual y vivo", plantea el autor. "El peletero es un personaje que sufre por estar vivo, pero no me parece que añore el pasado.
Tiene que actuar y la primera idea que se le ocurre es un tanto desesperada, busca enfrentarse con las personas y grupos que están atentando contra su oficio, como Greenpeace. El vive amenazado, y por eso busca infiltrarse en Greenpeace. Pero quería diferenciar muy claramente el atentado fallido de la
cuestión conspirativa de Los siete locos, que el peletero no fuera confundido con el astrólogo o con Erdosain, porque no me parece que haya una cuestión tan moralista ni de confabulación."
-Aunque ser peletero no era únicamente un oficio sino la razón de su vida, Landa miente, dice que es abogado. ¿Por qué tiene esa necesidad de ser otro?
-Como decía Rimbaud: "Yo es otro". Me parece que hay una anomia desde este punto de vista, y como parábola tuve presente El astillero, donde los personajes quedan desafectados de la estructura, viven como si ese mundo no hubiese cambiado y sufren los efectos de vivir en ese "como si" en un tiempo
detenido. Otro texto de referencia fue el Diario de la guerra del cerdo, donde también hay un mundo amenazado. Pero la diferencia fundamental es de lenguaje, en la novela de Bioy Casares está más contextuado por cómo hablan los personajes. Si bien en El peletero el habla es importante, los
personajes son más míticos y eso les permite no ser devorados ni subsumidos por el contexto histórico. Y el otro texto, ya más ambicioso, es El artista del hambre, de Kafka, donde está ese ayunador, que es una metáfora del artista, sobre todo en un momento en que el artista, no tanto el escritor, ocupa un lugar importante en la estructura social. Y el oficio de ayunador, en Kafka, es un oficio en extinción. El ayunador está en el fondo de la jaula del circo y ha dejado de ser atracción, ya nadie lo va a visitar,
hasta que se extingue y desaparece en esa jaula confundido con restos.
Gusmán cuenta que Hueso se transforma en un símbolo casi sin quererlo. "Uno nunca sabe la duración que puede tener un símbolo. Si pensamos en el asesinato de (José Luis) Cabezas, no sólo impresiona que todos los involucrados en el crimen estén libres sino que la reacción popular, más allá de la reacción periodística, haya sido tan acotada y que no estuviera en consonancia con lo que implicó ese asesinato", explica el escritor. "En la novela no quería que la cuestión del intento fallido de actuar del peletero terminara en un acto terrorista, ni que tampoco fuera una ensoñación o una fantasía. Si bien la literatura tiene toda una tradición, si pensamos en La mirada de Occidente, de Conrad; Los siete locos, de Arlt; o El americano impasible, de Graham Greene, donde el atentado cumple un papel, no quería que El peletero se inclinara hacia un acto meramente conspirativo."
Con una trama muy jugada, El peletero es de esas novelas que se empiezan a leer y que no se pueden abandonar hasta terminarlas. "El libro tiene un suspenso, pensando en un lector interno a la propia trama de la novela. Todo se va encadenando de una manera que tiene una lógica bastante atractiva",
admite el escritor y psicoanalista. "Landa es un personaje que queda muy fijado y ése es un propósito inicial de la trama. A pesar de que provienen de dos mundos contrastantes, los une el fracaso respecto de la cuestión amorosa y que no tengan una causa para vivir. La solución es realista, no quería una resolución ni religiosa, ni ocultista, ni fantástica."
-¿Qué diferencias encuentra entre El peletero y Villa?
-La diferencia, en principio, es ideológica. Landa no es un colaboracionista ni un pasivo que observa cómo suceden los acontecimientos y no actúa. Landa quiere hacer algo, en cambio Villa no pretende ni le interesa modificar nada de su realidad inmediata.
-¿Por qué fue evolucionando, desde Villa, hacia una escritura más económica?
-Quiero controlar los desbordes estilísticos de mi escritura y una imaginación desbordante y desbordada que imperaba en mis relatos casi de manera metonímica. Si en La música de Frankie, un asesino es entregado por el hermano, me parece que todas las historias secundarias que aparecían
hacían perder el eje de ese acto que es casi trágico y que atraviesa la vida de cualquiera que tenga que tomar semejante decisión. En El peletero traté de administrar y controlar todos esos desbordes, que las anécdotas y que lo florido de la escritura no me hicieran perder el eje de la idea central, la de alguien que pierde su oficio y queda desafectado de una estructura, su vida pierde sentido y no tiene una causa. Si me dejaba llevar por lo imaginativo, para decirlo de una manera, rápidamente podía perder de vista
el eje central. No me quedé tan fascinado, como en otros momentos, por el procedimiento literario, que a veces, cuando se nota en exceso y está por encima de la historia, me parece que la subsume. Lo cual no quiere decir que esté a favor de una historia lineal sino que simplemente estoy atravesando por un momento en donde no quería que el truco o el procedimiento literario embarraran la trama del libro. Para mí cada vez es más difícil escribir sin una trama. El peletero es un punto de llegada a algo, pero que no podría decir qué es.

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-7355-2007-08-20.html

LA FICHA

Nacido en Buenos Aires en 1944, Luis Gusmán acredita notables aportes en el campo de la literatura y del psicoanálisis. Autor de El frasquito (1973), Brillos (1975), Cuerpo velado (1978), En el corazón de junio (1983), La muerte prometida (1986), Lo más oscuro del río (1990) y La música de Frankie
(1993), entre otras obras, Gusmán ha indagado de distintas maneras en historias relacionadas con la última dictadura militar. Lo ha hecho en Villa (reeditada el año pasado) y en Ni muerto has perdido tu nombre (2002). En esta última, el escritor y psicoanalista cuenta la presencia de ese pasado
en el presente. Los torturadores vuelven a atormentar a sus víctimas, veinte años después, las víctimas vuelven al lugar donde fueron torturadas. Gusmán publicó también dos volúmenes de ensayos: La ficción calculada fue editada en 1998. Siete años más tarde dio a conocer Epitafios. El derecho a la
muerte escrita, un lúcido análisis de los recordatorios de los desaparecidos publicados por Página/12. Es autor, además, de una autobiografía, La rueda de Virgilio (1989). Su libro Tennessee (1997), en tanto, fue llevado al cine por Mario Levín, con el nombre de Sotto voce.

TEXTUAL

Landa parecía tener un mapa de su enemigo en la cabeza. Conocía cada uno de los movimientos de la flota ecológica y se había transformado en una especie de especialista en geopolítica. Se enteró por los diarios de que El guerrero del Arco Iris había recibido los ataques de los barcos factorías. Estos casi
lo habían rozado para asustar a sus tripulantes.
Averiguó también que en los próximos días pasaría por las costas argentinas el buque Pacific Swan, transportando ochenta toneladas de residuos radiactivos; además, integrantes de Greenpeace habían hecho una manifestación frente a la Embajada de Inglaterra, enmascarados con calaveras blancas y sudarios negros.
¿Cómo llegó a saberlo? Muy simple: volvió a infiltrarse y se vistió con esa ropa en señal de protesta. Un cartel colgaba de su cuello: "Stop Plutonio Greenpeace". Otro cartel más grande ordenaba: "Barco nuclear, fuera de la Argentina". Landa se sentía protegido detrás de la calavera: era nadie y, al
mismo tiempo, se sentía alguien.
Se miró en un espejo con la boca abierta, como quien emite un grito profundo. Vio su propia calavera (...), y otras calaveras con las bocas abiertas. Querían gritar pero también respirar, querían cantar un réquiem desesperado.
Trató de adivinar, bajo los sudarios, a hombres y mujeres. Trató de saber si debajo de alguna ropa negra y una calavera blanca estaba oculta Verónica.

*Fragmento de El peletero (Edhasa).
-Fuente: Página/12

*

Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).

Enviar los escritos al correo: inventivasocial( arroba)yahoo. com.ar

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el-peletero

el-peletero dijo

No sé como he de presentarme, pero quizás mi nombre ya lo diga todo. Tampoco sé si ya antes habías conocido a un peletero real. Yo lo soy, puedes estar segura de ello. Y aunque este medio sea virtual, soy real y peletero. Un verdadero espécimen en extinción, o no tanto. ¿Quién conoce el futuro?

Gracias por permitirme entrar en tu casa.

24 Octubre 2007 | 06:56 PM

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