¿CREYÓ QUE LA REALIDAD ERA FANTÁSTICA?
¿CREYÓ QUE LA REALIDAD ERA FANTÁSTICA?
Regalado*
"Puertas, ventanas, mesas, sillas... ¡compro!".
"Heladeras, grabadores, televisores... ¡compro!".
Hoy es el tercer domingo que una camioneta con un altoparlante a todo lo que dame despierta entre las diez y las once de la mañana.
Cuando uno se muda a una casa nueva, a un barrio nuevo, a una de las primeras cosas a las que te tenés que adaptar, es a los ruidos. Y la verdad es que en el departamento de mi abuela no hay muchos ruidos extraños. Cada tanto el movimiento de las puertas del placard de la habitación, el goteo del deposito
del baño, un mueble arrastrado de un lugar a otro en el piso de arriba, pero no mucho más. La cuadra es tranquila, no hay grandes construcciones, ni negocios.
Los pibes andan en bicicleta por la vereda, hay algunos árboles, pajaritos que cantan. Pero despertarme con los altoparlantes de una chata, no me lo hubiese imaginado, por lo menos acá, en la capital.
Los que no deben estar muy contentos con los ruidos que traje yo son mis vecinos, casi todos jubilados. Las dos veces que se quedó a dormir mi hijo se la pasó saltando, gritando, tirando autitos desde una rampa que armó con la caja del caloventor que tuve que salir a comprar para no helarnos, armando torres con los videos del hombre araña, el pato donald y la era del hielo, gritar con todo lo que le permiten los pulmones que es un power ranger, con las piernas flexionadas y los brazos en guardia.
Yo, cuando estoy sólo, mucho quilombo no meto porque no hago otra cosa que comer, escribir y dormir.
No me quiero levantar. Es domingo, el único día de la semana que tengo para descansar. Pero me tengo que sacar de encima la cama que está en el cuarto de al lado. Necesito lugar. ¿Qué hago? Me da paja salir de la cama, abrigarme, salir a gritarle a los tipos que tengo una cama para venderles. Lo dejo para la próxima.
Antes de mudarme a la casa de mi abuela la vacié. Con mi familia revolvimos, acomodamos y limpiamos treinta años de historia. Pusimos todo en la calle.
Llamamos a una entidad de beneficencia para que se lleve casi todos los muebles, menos la cama. Me la quedé por las dudas. Pero a los pocos días cambié de idea.
"Comprate una cama", me aconsejaron los que me rodean, incluso mi ex, despechada y todo. La cama está en la otra habitación, desarmada.
A la media hora, de nuevo: "!Compramos heladeras, secarropas, microondas!".
Ya está. Ahora si. Igual ya no me puedo dormir. Me levanto, me pongo un pantalón sobre los calzoncillos largos, dos buzos sobre la remera de manga larga, medias de lana y las zapatillas, voy hasta el comedor y levanto la persiana. Una oleada de sol invade el comedor y lo llena de luz. Salgo al balcón y miro hacia
la derecha, de donde llega de manera insistente la voz del vendedor. Hace mucho frío y el viento hace revolotear las ramas peladas de los árboles. Escucho la voz pero no veo a la camioneta. Me meto en el departamento, cierro la puerta -tengo que empujar con el pie la hoja cerrada de la puerta para que la otra cierre del todo-, voy hasta la cocina, pongo la pava al fuego, y cuando estoy por entrar al baño escucho que la camioneta se acerca. Vuelvo a salir al balcón y la veo venir: una ford nueva, de color bordo, con dos altoparlantes sobre la cabina. En la esquina amagan a doblar, estiro el brazo, les hago señas con la mano. El acompañante me ve. La chata frena. Vuelvo a mover el brazo. El tipo me
mira de nuevo. Me señala mientras le dice algo al que maneja, abre la puerta y baja.
Ayer tuve una noche de mierda. La mina a la que venía dándole vueltas se apiadó -de una vez por todas- y decidió poner un cierre. "No te jodo más", me puso en un mensaje de texto, a eso de la una de la mañana. Sus palabras confirmaban una realidad que hasta el momento ninguno de los dos -cada uno tenía sus razones - no se había animado a aclarar: no había más lugar para la histeria y el gataflorismo. Que si, que no, que no sé, que los hombres son un mal irremediable, que ayer hablé con mi ex más de una hora porque más allá de que no es más mi pareja como el tipo la está pasando mal yo lo sigo bancando, que no te contesté el mensaje porque tenía el celular apagado, que sos un dulce, que te invito a mi casa a cenar pero cuando ya no queda ni una copa de vino tinto, ya vimos la peli y vos te pones mimoso, te regalo sólo un beso, me hago la estrecha.
Yo sé -estoy aprendiendo en realidad- que los tiempos de cada uno son diferentes, que cada persona es un planeta, que las relaciones humanas son impredecibles y dan para cualquier cosa, pero cómo la mina me gusta -está buena y es piola-, siempre volví a pisar el palito, aún sabiendo que lo mejor era especular, esperar hasta el otro día, racionalizar el deseo. Andar sólo no es fácil, y menos todavía si venís de una separación. Paso muchas horas sólo, frente a la pc -ese bien de consumo que representa el pequeño horno de barro donde me refugio a través de la escritura-, y aunque no te lo propongas de
manera consciente, tenés ganas de que caiga un mensaje en tu celular, que alguien te llame y te diga que te quiere ver, que está pensando en vos.
- Amigo, tengo una cama para vender -le digo desde el balcón al chico de la camioneta. Mi voz está tan ronca que me da un poco de vergüenza. Ayer me fumé y tomé todo.
El pibe, desde la vereda, me mira con las manos dentro de los bolsillos de su campera.
- ¿Querés subir a verla?
Me dice que si con la cabeza.
- Bajo a abrirte.
Abro la puerta de entrada. El pibe, de unos veinticinco años, morocho, pelo negro duro y cortito, pide permiso y pasa al palier. Tiene puesto un jogging de gimnasia -las manos en los bolsillos-, zapatillas Adidas y una campera cerrada hasta el cuello de la misma marca. Estornuda tres veces seguidas pero como se tapa con la mano no se escucha otra cosa que un sonido cerrado y agudo. "Salud", le digo. Baja la cabeza en señal de agradecimiento.
Subiendo al primer piso, él dos escalones más arriba, le pregunto:
- ¿Es una grabación lo que sale por los altoparlantes?
- No, soy yo - me contesta, sin darse vuelta, con cierto aire de orgullo. Está agitado, sube con esfuerzo y sus pasos son lentos y pesados. Vuelve a estornudar con la mano apretándose la nariz.
Llegamos al primer piso. Se acomoda contra la pared y me deja pasar. Abro la puerta del departamento, pide permiso de nuevo y se queda parado en el pasillito, dentro de la casa. Lo llevo hasta la pieza. La cama está contra la pared. Vuelve a pedir permiso, da dos o tres pasos hasta la cama, la mira, la
toca, se agacha, la revisa de punta a punta.
- Treinta pesos -dice una vez que se pone de pie.
- Tengo también estas dos sillas - y se las marco, debajo de la ventana.
Necesito el espacio. No me importa la plata. Quiero hacer lugar para mi hijo.
- Cuarenta pesos por todo.
- Bueno, dale.
Ayer a la noche, cuando llegué, con todo el balurdo de la mina en la cabeza, me senté a escribir. Estuve cuarenta minutos frente a la computadora y no se me cayó una sola idea. El déficit, como me viene pasando desde hace un tiempo, estuvo en la trama, en la historia, en la carne del texto. Como si ya estuviese dicho todo lo que tengo para decir. Deletreé en el teclado, borré, volví a empezar, armé un párrafo, lo releí, cerré sin salvar. Apagué todo y me fui a acostar. Quise leer pero tampoco pude. Entre el mareo del alcohol y la amargura en el pecho por la falsa sensación de abandono, no pude leer más de dos hojas.
- ¿De donde son, che? - le pregunto al pibe en el comedor. Los rayo del sol atraviesan la ventana y las partículas de polvo que flotan en el aire me hacen acordar al cine, cuando se apaga la luz y a través del proyector se pueden apreciar una sabana de puntos blancos que flotan en el aire. La cortina blanca de mi abuela, después de pasar por el laverrap, aplaca el paso de la luz.
- De Lomas de Zamora.
- ¿Están laburando bien?
- Si, pero no doy más. Mi suegro, el que maneja -y marca con el brazo para la calle-, pesa trescientos kilos. No puede ni subir la escalera.
La pava de mate chifla en la cocina. Voy y apago la hornalla.
Escucho que el pibe vuelve a estornudar. Cuando vuelvo, le pregunto:
- ¿Alergia al cambio de clima?
- No. Tengo un resfrío de la concha de su madre - y saca un pañuelo de papel del bolsillo de la campera con el que se limpia la nariz.
- Está jodido este invierno -digo yo.
- Che, te compro otras dos sillas - dice, volviendo a lo nuestro. Alrededor de la mesa hay cuatro sillas iguales a las dos que le acabo de vender a diez pesos cada una-. Así armo un juego de cuatro -aclara.
- Cien pesos -propongo sin pensar.
- Es mucho cien pesos, pá -se queja.
Miro las sillas, la mesa. Pienso en cuando venga alguien a mi casa.
No creo que invite a más de una o dos personas a la vez. Me da un poco de vergüenza vivir en la casa de mi abuela.
- No puedo, amigo, me quedo sin sillas.
- ¿Y el sofá? -me lo marca, a un costado -. Te doy por todo, ciento cuarenta pesos -ofrece, y se envuelve la nariz con el pañuelito de papel. Se suena.
- No puedo, che, me quedo sin nada.
Nos quedamos callados. Por la calle pasa un camión que mete un ruido infernal durante tres o cuatro segundos. Cuando baja el quilombo, el pibe me dice:
- Hagamos así. Te dejo mi teléfono -me dibuja en el aire un papel y una birome -. Si las llegas a querer vender, me avisas.
Afirmo con la cabeza, busco entre las cosas que hay en la mesa, le alcanzo los dos elementos, se agacha sobre la mesa y escribe. Se endereza. Me pasa el papel.
El número es de la zona sur de la provincia de Buenos Aires.
Van a hacer quince días que estoy en la casa de mi abuela. En un principio, el núcleo duro de la familia había descartado que yo viva acá. ¿Por qué no te buscas un lugar propio? ¿Qué vas a hacer en la casa la abuela? Aparte podés pagartelo, no es que estás en bolas. Y era verdad. Pero yo lo que necesitaba era
un espacio donde estar sólo, vivir mi separación, darme la cabeza contra la pared, gritar, llorar, saltar de la alegría, no sé, pero ya no en lo de mi hermano, lugar al que me fui a parar a manera de puente, con él haciendo de soporte, de sostén, sino un lugar mío, de cero, sin televisión, con la heladera vacía, el depósito del baño roto, la computadora, una biblioteca con los libros que tenía guardado en un placard, los tiempos para poder escribir; encausarme, hacer aparecer el deseo, escondido y apagado hacía rato. Cuando salí a buscar algo para alquilar me encontré con una realidad muy cruda, a nivel guita pero
también a nivel personal, afectivo. Me decidí por lo de mi abuela, para cuidar mis gastos y por si me arrepiento y quiero volver a mi casa.
El pibe se carga parte de la cama sobre el hombro, yo agarro las dos sillas, y bajamos. Cuando abro la puerta de calle, el suegro, efectivamente un tipo bastante gordo, con la cara tajeada por el frío y el trabajo, con la mirada cansada, ojeroso, vestido con un pulóver de lana muy grueso de color verde y la barba crecida, hace lugar y me deja pasar. Vuelvo a entrar, el pibe me sigue, subimos al departamento y volvemos a bajar con lo que queda de la cama.
En la calle, el gordo, subido a la caja de la chata, hace lugar para la cama de la abuela. Baja, pesado.
- ¿Ya está? -le pregunta al yerno.
- Listo -confirma el otro, acalorado. Se baja el cierre de la campera. El sol nos da de lleno en la cara.
- ¿No me vendes otras dos sillas para completar el juego? -la voz del hombre es rasposa y el tono es poco agradable. No se le mueve un solo músculo de la cara bofa.
- No puedo, viejo.
Se me acerca el pibe con los dos billetes de veinte pesos en la mano. Los ordena de manera tal que queden del mismo lado, los pone contra la luz del sol, uno, dos segundos, y me los pasa. Yo también los pongo contra la luz del sol. El rojo del billete se pone naranja. Me los guardo en el bolsillo de atrás del pantalón.
El suegro está subido a la caja de nuevo. El pibe le pasa las partes de la cama primero y después las dos sillas. El gordo acomoda la cama y las sillas entre un lavarropas, otra cama parada de costado, una biblioteca de hierro, una cómoda, una alfombra enrollada y un televisor.
Aparece un chico de un departamento de al lado. Viene con una puerta. La apoya contra un árbol. El gordo baja con dificultad, se acerca hasta la puerta -despintada, sin picaporte, de madera blanda -, mira al chico, y le dice:
- Esto no sirve para nada.
El chico me mira, levanta los hombros, las cejas. El gordo se mete en la camioneta.
- Acordarte, si querés venderme las sillas, o el sofá, me llamas y me doy una vuelta -me recuerda el pibe de jogging.
- Dale.
Nos damos la mano, el pibe da la vuelta, del lado de la calle, abre la puerta, se sienta y cierra de un portazo. Ni bien el gordo pone en marcha la chata veo que el pibe estornuda de vuelta y le pega un golpe al techo de la cabina.
Saludo a mi vecino, el de la puerta y subo a mi casa nueva. Entro, agarro la escoba, la pala, voy hasta la pieza y barro las astillas de madera, el polvo. Voy hasta la cocina, me preparo un té, me lo llevo al comedor y me siento frente a la pc. La prendo y abro el Word.
Espero tener un poco más de inspiración que ayer. La necesito.
*de Mariano Abrevaya Dios. MAbrevayaDios@plussistemas.com.ar
http://hermanosdios.wordpress.com/
"Escribir me ayudó a que los fantasmas no me atraparan"*
Hijo de "un sastre bolche", militante de Tupamaros que soportó trece años de cárcel en los que lo salvó la imaginación, capaz de darles vida a personajes como el Macho Gutiérrez, el Negro Invierno o el gallego Menéndez, Rosencof señala: "Quiero dejar testimonio literario de algo que forma parte de
nuestra alma, de nuestros sentimientos, de nuestro origen".
"Borges creó la mitología del cuchillo y del coraje, pero me parece que mucho barrio no tenía", bromea Rosencof.
*Por Silvina Friera
"Todo pasa por la ventana, desde una ventana los historiadores escriben sobre el mundo." La frase podría pertenecer a Malarracha, el humanista y quinielero de Una góndola ancló en la esquina (Alfaguara), o a esos peculiares narradores omniscientes y con una fuerte afectividad que suelen comandar algunas de sus novelas, matizadas por una tonalidad autobiográfica que desdibuja los límites de la ficcionalidad. El hijo de Isaac -un sastre bolche que llegó desde Polonia a Uruguay y fundó el Sindicato de la Aguja- y de Rosa -que tejía calcetines para las Brigadas Internacionales- desde las
ventanas de sus casas en los montevideanos barrios Sur y Palermo, trató de retener cada una de las imágenes de esa "gran aldea donde estaba el centro de la existencia". Sin tener la certeza aún de que algún día él, Mauricio Rosencof, se transformaría en el intelectual del barrio, que sería el escritor de la "épica del laburo y del coraje", el militante del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) que caería preso en 1972, que sería brutalmente torturado y estaría trece años detenido. "Me impresiona cómo en un barrio comienza a gestarse la personalidad del botija, y la de uno, cuando ya tiene los pantalones largos y entra al boliche, un lugar donde estás contenido porque la gente conoce a tus viejos, te conoce a vos", dice Rosencof, con esa mirada vivaz, alegre, y su inseparable boina de cuero.
El escritor uruguayo pasó por Buenos Aires para acompañar la publicación de su última novela, Una góndola... y la tercera reedición de El barrio era una fiesta, en la que reconstruye el barrio de El Parque en la década del '40, donde aún resonaba el triunfo del Mundial de Fútbol de 1930 y los exiliados cargaban con el dolor de la derrota en la Guerra Civil Española. Ambas novelas comparten un universo más que evidente: la concepción del barrio como núcleo genésico de la personalidad individual y social de varias generaciones de montevideanos, el ethos del coraje, la épica cotidiana de la vida de las clases populares, la nobleza y solidaridad. En Una góndola... hay un romance a la vuelta de cada esquina y un puñado de personajes inolvidables como Malarracha, el quinielero y "filósofo" ("un psicólogo que
escucha y lee; sobre todo escucha gente y radio, que lo nutren pero no lo invaden"); la Ordoqui, desopilante amante del peluquero; Liporeya, suerte de Julieta shakespeariana a la que le gusta treparse a los postes del alumbrado público para confirmar su amor por Dalmiro, y el Negro Invierno, cuya pena
de amor lo llevó a embarcarse en una góndola por el barrio, entre otros.
Algunas de las coordenadas geográficas de esta novela resultan familiares para los lectores rioplatenses como la Ciudad Vieja, la Avenida 18 de Julio o el Buey de la Carreta.
Si Juan Carlos Onetti creó Santa María y Gabriel García Márquez Macondo, Rosencof, actual director de Cultura de la intendencia de Montevideo, también inventará y desplegará su barrio-mundo. "Borges creó la mitología del cuchillo y del coraje, pero me parece que mucho barrio no tenía", bromea el escritor en la entrevista con Página/12. "El barrio es el territorio donde se afincan nuestras primeras raíces, los primeros pensamientos profundos nacen del barrio. El gallego Menéndez, en El barrio era una fiesta, llegó después de la Guerra Civil Española, y como se había instalado en un barrio que estaba naciendo, hacía lo que hacía en España, plantaba en todos los baldíos. Un día me dijo: 'A veces no esperan a que maduren los choclos, pero sabés una cosa, no importa, porque siempre es mejor cosechero
el que planta'. Ese concepto filosófico te marca para la vida, para la militancia, para el amor, para el afecto."
-¿En quién está inspirado Malarracha?
-En el Macho Gutiérrez, que era el quinielero del barrio. El mundo que crea y recrea Enrique Santos Discépolo se cumple en Malarracha: "Yo aprendí filosofía, dados, timba...", pero además se agrega una cosa tremenda: "Sos lo único en la vida que se pareció a mi vieja". No sé si se le fue la mano, no sé cómo era la vieja de Enrique Santos, lo que sí puedo decir es que el sentimiento que expresaba yo lo viví tal cual como lo describía Discépolo.
En los años '50, entre la milonga y la militancia, el Macho Gutiérrez un día me dijo: "Tranquilo, ruso, no interrogues a la vida, mirá si te contesta".
Si le atribuyera este pensamiento a Kierkegaard, como lo hice muchas veces, seguramente muchos ni siquiera dudarían de la veracidad de la frase.
"Ahora te encontrás con que los muchachos toman un vino berreta en la calle, acompañados por un porro, lo que es más grave si se mandan la pasta base.
Antes el boliche era un centro de contención: te daban consejos matrimoniales, familiares, era como un tango, y si te ponés a repasar los 700 sainetes de Vacarezza, todos se refieren al barrio", advierte el
escritor. No tiene apuro; el café se enfría, pero los recuerdos de Rosencof, con su propia temperatura ambiente, merodean esas raíces urbanas que formaron al botija de pantalón corto, al hijo del sastre.
-El narrador de Una góndola... señala que el barrio estaba tocado por el "realismo fantástico". ¿A qué se refiere con esta categoría?
-La realidad es fantástica porque la realidad y la fantasía son lo mismo.
Cuando te hablan de forma y contenido... macanas, es uno solo; cuando te explican que el cuerpo humano se divide en cabeza, tronco y extremidades, no es cierto, el cuerpo humano es una unidad. La realidad y la imaginación forman un todo, alguien las separó y los que vinimos detrás le creímos, pero no es verdad porque si tenés que escribir la biografía de Jesús, de San Martín o la del Che, si hablás de los alzamientos, de las batallas, si escribís sólo sobre eso, no alcanza. En esta novela lo que hago es
extrovertir la fantasía de cada uno de los personajes en una realidad que es en sí misma fantástica.
-Alguno de los personajes de los barrios que retrató en sus novelas, ¿se acercó para contarle qué opinaba de lo que usted había escrito?
-Sí, el negro Varela, que está en la tapa de El barrio era una fiesta, un personaje que vivió con el gallego Menéndez en un terreno baldío que había a la vuelta de mi casa. Tenía una carretilla con la que hacía mudanzas. Iba al boliche, estacionaba la carretilla y decía: "Cuidame el Chevrolé, botija, que no tiene seguro". Le servían un vino, de esos vinos que rompen las leyes de la física porque el vaso hacía una comba y no goteaba. Debería tener alguna sustancia arbitraria (risas). El negro Varela se arrimaba al
mostrador, entraba en trance, sorbía, levantaba el vaso, alzaba el meñique y decía: "Que nunca falte". El chevrolé fue mi primer cuento publicado y tuvo muchas consecuencias, porque pasé a ser el intelectual del barrio. Un día estaba en casa, tocaron el timbre y mi vieja fue a atender. Era Varela, que quería hablar conmigo. Lo primero que pensé fue "a la mierda abanico que llegó el verano". Varela estaba con un diario arrollado, y me dijo: "Che, botija, ¿vos escribiste esto sobre mí?" Le contesté que sí y me pidió que me sentara y que se lo leyera porque no sabía leer. Cuando publiqué ese cuento
dejé de ser "el hijo del sastre" para convertirme en "el intelectual del barrio". Eso me cambió la vida. Parafraseando a Tolstoi, que decía que si pintabas una aldea pintabas el universo, si pintás un barrio estás pintando todos los barrios, los de allá y los de acá.
-¿Por qué decidió convertir las historias de vida de su barrio en literatura?
-Por el cariño que le tengo a la gente sencilla. Ellos hicieron historia, y yo quiero dejar testimonio literario de algo que forma parte de nuestra alma, de nuestros sentimientos, de nuestro origen. ¿Hay alguien que no haya nacido en un barrio? ¿En dónde nacieron? Una aldea, un pueblito de campaña, es otra forma de barrio.
-¿Cómo explica el tono épico que tienen las historias que cuenta?
-La vida de la gente de barrio es épica porque hay que vivir todos los días, comer todos los días, laburar, y si no tenés laburo, hay que conseguirlo; hay que tener hijos, hay que cuidarlos, educarlos. Estas novelas son una épica, una mitología del laburo y del coraje, y no del cuchillo y del coraje, con respeto a Borges, que me fascina. Si Borges hubiera tenido un poco más de barrio, hubiera escrito lo mismo que escribí yo, pero bien (risas).
-Usted pertenece a una generación que vivía como un dilema el hecho de congeniar la vida, la literatura y la militancia. ¿Cómo fueron estos vínculos?
-No hubo problemas. Mi padre, que era un sastre bolche, siempre estuvo preocupado por mi inutilidad. En casa caía Enrique Rodríguez, un dirigente obrero y un cuadro político del Partido Comunista, y hablaba con mi madre en idish, y como yo sabía dactilografía me mandaron a la comisión de propaganda. Empecé a militar muy joven, pero esa militancia no sustituyó mi obra. Yo alternaba el barrio, el fútbol y la escritura. Había momentos en que la militancia obligaba a subordinar otras cosas, pero militar no
implicaba irse del barrio o no poder ir a la milonga. Clara Zetkin, amiga de Rosa Luxemburgo, decía que "si tu socialismo no baila, no quiero tu socialismo". Un poema de amor, el copamiento de un cuartel, la toma de una ciudad, escribir una novela, casarte, todo forma parte de la vida. No hay opciones entre una cosa y la otra.
-Durante los 13 años que estuvo detenido, ¿también creyó que la realidad era fantástica?
-La realidad tangible no era vivible, no se puede vivir sin ver una cara, el sol... estuvimos dos años y medio en un espacio de sesenta centímetros por uno ochenta, comiendo mondongo, guatitas de una partida de exportación que fue devuelta. Del calabozo sólo se salía en cuatro patas. La única realidad vivible era la de la fantasía y los recuerdos. Como a la humanidad hay que entretenerla con algo, como me enseñó el Macho Gutiérrez, empecé a recordar a todas las novias de mi adolescencia, pero cuando llegaba el momento de la ruptura de cada noviazgo no permitía que se produjera. Me terminé casando un montón de veces. El calabozo parecía una guardería, estaba lleno de juguetes. Un coronel nos dijo: "Ya que no pudimos matarlos cuando cayeron, los vamos a volver locos". Un compañero murió en el calabozo y dos
enloquecieron porque practicaban el mismo ejercicio, pero quedaban empantanados y no podían salir. Escribir me ayudó a evitar que los fantasmas me atraparan.
TEXTUAL
La concentración de tristeza en un individuo puede convertirse en una batería recargada que emite ondas contaminantes.
-La tristeza normal -disertaba Malarracha- es algo saludable. Si uno tiene motivos para estar triste, va y se pone triste. Es como navegar inmerso en una nube. Uno flota, se deja estar, llevar. O se reclina en un sillón y entonces la tristeza le ronronea; la deja subir a la falda, la mima. Pero llega un momento, digamos que canta Gardel o juega Uruguay, o hay una milonga o puede andar en la vuelta la otra piba, que uno va y al gato lo baja o lo patea. Ese himno brasileño que proclama que "tristeza nao tem fim,
felicidade sim" es verso. Porque no hay felicidad sin tristeza. Y todo, entienda bien, don Fotos León, no es más que la comparación de un estado con otro. Un dolor de muelas es dolor, y un calmante equivale al "¡ay, qué alegría!". Con la tristeza ocurre lo mismo. Uno busca la felicidad a partir de la tristeza; uno anda solo, desganado, aburrido, y de pronto salta la chispa, una falda, una mirada, y ahí está, ve. La felicidad.
* Fragmento de Una góndola ancló en la esquina (Alfaguara).
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/subnotas/7466-2476-2007-08-31.html
LA FICHA
Hijo de inmigrantes de origen judío, Mauricio Rosencof nació en Uruguay en 1933. Dirigente del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros, en 1972 fue detenido y, a partir de septiembre de 1973, incomunicado y aislado durante más de trece años. Recluido en pequeñas celdas individuales, torturado y conducido al baño una vez por día, el escritor bebía su propia orina y se volvió insectívoro. Con Eleuterio Fernández Huidobro, apresado en la celda contigua, inventaron un nuevo código Morse para comunicarse con el que se comprometieron a dar testimonio de lo ocurrido tan pronto como recobrasen la libertad. Así surgió, luego de 47 casetes de conversaciones, los tres tomos de Memorias del calabozo. Su reconocida obra ha sido puesta en escena por varios de los principales directores teatrales del Río de la Plata: Los caballos, El combate del establo, Las Ranas, El regreso del Gran Tuleque.
Escribió, además de Las cartas que no llegaron, otras novelas como Vincha Brava, El Bataraz y El enviado del fuego; La rebelión de los cañeros (crónicas), Conversaciones con la Alpargata (poesía) y un libro de relatos para niños (Leyendas del Abuelo de la Tarde). El músico uruguayo Jaime Roos les puso música a dos de sus obras: El regreso del Gran Tuleque y La Margarita, una saga de sonetos de amor adolescente, escrita por Rosencof mientras estaba en cautiverio. Actualmente es director de Cultura de la intendencia de Montevideo.
*Fuente: Página/12.
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-7466-2007-08-31.html
Sábado, 01 de Septiembre de 2007
entrevista a javier daulte
La búsqueda vana de un amor eterno*
El autor y director explica el sentido de La felicidad, una obra que define como "un melodrama contenido en un marco de terror".
Daulte escribió y dirige La felicidad, que puede verse en el teatro Regina.
*Por Cecilia Hopkins
Podría decirse que es una comedia cibernética, pero Javier Daulte prefiere definir a su penúltima obra -la recientemente estrenada La felicidad- como "una comedia gótica, un melodrama contenido en un marco de terror". Y todo aquel que se acerque al teatro Regina (Santa Fe 1235), sin dudas, le dará la
razón. Ya estrenada en Barcelona con un elenco catalán bajo su propia dirección, el autor está convencido de que esta puesta es superior a aquélla. La obra bordea el género de ciencia ficción. De modo que, sin aceptar sus convenciones, no es posible dejarse ganar por la comicidad que la pieza propone. Ni comprender -porque nadie lo explica- qué hace en el living de una familia de clase media actual un robot (interpretado por Marcos Montes) dispuesto a ejecutar todas las tareas que le confíen. De todos modos, en La felicidad nada es demasiado razonable, en términos del viejo teatro realista: interpretada por Carlos Portaluppi y Marita Ballesteros, una pareja de padres obsesionada por la felicidad de su hija Rosa (a cargo de Gloria Carrá), acepta su plan de inmediato. Decide entonces
raptar al joven de quien la niña acaba de enamorarse sin ser correspondida (Luciano Cáceres) para narcotizarlo, hacerle perder la memoria y crear una realidad ilusoria, con el objeto de volver a Rosa única e irreemplazable ante sus ojos.
Así, el tema de la nueva obra del exitoso autor de Criminal es la búsqueda del amor eterno o, más bien, la imposibilidad de conseguirlo, dado que ésta es una comedia sin final feliz: "En esta época de intergéneros todo es posible", reflexiona Daulte en una entrevista con Página/12. "El humor es algo inevitable en mí -continúa- y, como quiero que la gente lo pase bien y creo mucho en el relato, estoy muy atento a la trama", afirma el autor, que ya se encuentra en tren de encarar el estreno de su última obra, Cómo es posible que te quiera tanto, pieza que relaciona dos historias que, al igual que las anteriores Martha Stutz y Bésame mucho, fueron concebidas dentro del género policial.
"Empecé a escribir La felicidad a fines de 2005", cuenta Daulte, dado por entonces a leer todo cuanto cayera en sus manos relacionado con el tema. Así fue que leyó El viaje de la felicidad, del catalán Edward Punset, de donde extrajo una reflexión: "Para preservarse, la especie humana necesita del
hombre sólo 30 años de su vida -resume el autor y director -y, sin embargo, el hombre -como ningún otro ser vivo- excede el tiempo que la naturaleza precisa para preservarse. De manera que, en las sociedades donde existe el bienestar general, la mayor parte de la población tiene unos 40 años de vida
ociosa. Entonces cabe la posibilidad de pensar en la felicidad... porque hay tiempo de intentar conseguirla".
-¿Por qué pensó en escribir acerca de este tema?
-Preguntarme acerca de una posible felicidad me pareció un acto de provocación para conmigo mismo. Porque me parece que, en estos momentos, lo más provocativo para los demás es demostrar optimismo. Si uno se pusiera a hablar sobre la infelicidad, esto podría llevarle horas. En cambio, admitir que uno es feliz da pudor, pareciera que es algo que hay que ocultar. Creo que el hecho de admitir que uno es feliz podría causar hasta cólera.
-¿Por qué a Rosa le sale mal su experimento?
-Rosa tiene dominados a sus padres, es el timón de lo que ocurre en esa casa. Y todos están dispuestos a hacer cualquier cosa para que ella consiga el amor eterno, para que la víctima (Sergio) pueda corresponder a su amor.
Hasta crean una nueva realidad. Pero la vida entendida como un diseño preconcebido para alcanzar todo lo que se anhela es una trampa. Se da la paradoja del deseo cumplido: cuando el deseo se cumple no hay más por qué vivir. Además, el deseo tiene que trascender en conceptos: se puede desear justicia, se puede desear amor, pero no a una persona y a cualquier precio, como Rosa. En Sueño de una noche de verano, de Shakespeare, los polvos mágicos que arroja Puck generan paradojas y confusiones. Y la vida sólo podrá continuar su curso restituyéndose el estado de las cosas. Pero hay una paradoja final en La felicidad que tiene que ver con el efecto de la ficción. Porque pareciera que, aunque uno fue víctima de un engaño, no se puede romper con lo que esta ficción creó en uno.
-¿Qué relación existe en la obra entre felicidad y ficción?
-El relato de la obra tiene que ver con la trampa, con la capacidad de generar ilusiones. La felicidad se produce cuando se cumple una buena puesta en escena. El propósito de seducir se cumple, incluso, en lugares pensados para que esto sea posible: nos enamoramos cuando estamos en el lugar preciso, con la música y la luz justas. Cuando esta familia arma este melodrama, Sergio se enamora pero es víctima de un engaño pero, aunque descubra este engaño, el efecto persiste. Creo que las personas somos muy
sensibles a las ficciones, incluso vamos al teatro a verlas y pagamos para verlas. Estamos ávidos de ficciones, de ser testigos de otros mundos en este mismo mundo.
-¿Hay ficciones y ficciones?
-Es importante que la ficción sea eficaz en un sentido constructivo: tenemos que ser sus cómplices, conocer sus reglas, porque si no somos conscientes, seríamos sus víctimas y estaríamos en manos de algún psicópata. Como sucede con las ficciones que instalan las dictaduras cuando tratan de perpetuarse
en el poder. Porque la perpetuidad se logra, frecuentemente, con el engaño.
Es por eso que hay parejas que no sobreviven a la sinceridad. Por otra parte, hay una gran ficción en Occidente, que es la que construye la religión. El empobrecimiento material y emocional de una sociedad tiene como resultado el crecimiento del número de creyentes, en tanto que donde hay situaciones de bienestar hay tiempo y dinero para consumir las ficciones creadas mediante el arte, que remiten a un más acá y no a un más allá. Para las religiones, lo mejor siempre está por venir.
-En el texto escrito de la obra figuran varias citas antes de iniciarse algunos de los actos y escenas. ¿Podría comentar la frase de Theodor Adorno?
-Adorno dice que no se puede tener felicidad, sino estar dentro de ella. Es por eso que ninguna persona feliz puede saber que lo es: para ver la felicidad tendría que salir de ella. Por eso sólo se puede afirmar que se fue feliz. Cuando en la obra, la familia está preparando la ficción para engañar a Sergio, todos están felices, pero no lo saben. Adorno: Buscar la felicidad es un propósito vano en sí mismo.
-¿Y la cita referida al hombre nuevo y el hombre antiguo?
-Eso pertenece a El siglo, de Alain Badiou. El dice que el hombre nuevo es el producto de una ficción. Surge a través de un gran esfuerzo y por medios violentos. Es como el superhombre de Nietzsche, aquel que pasó todas las pruebas. Sergio ignora que está siendo engañado y, sin embargo, tiene el coraje de luchar hasta con un monstruo biocibernético, pasa todas las pruebas y construye nuevos valores a partir de su propia experiencia. En él, la ficción tiene consecuencias en la realidad. En cambio, el hombre antiguo sería, en términos de Nietzsche, "las moscas del mercado", todos aquellos que creemos que no podemos vivir sin el microondas o el plasma.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-7476-2007-09-01.html
Sábado, 01 de Septiembre de 2007
Ved en trono a la noble igualdad*
*Por Osvaldo Bayer
desde Bonn, Alemania Federal
Me causó sorpresa que el diario alemán liberal por excelencia -liberal, claro está, en lo económico- produjera un estudio tan profundo sobre la pobreza en Alemania.
Sí, y lo repetimos, pobreza en el país modelo del capitalismo del Primer Mundo. Es que claro, esa publicación debe ser como un llamado de atención.
Un "no exageremos, porque puede pasar algo". Es decir, pensar como Bismarck, el conservador por excelencia, quien solía decir: "Hay que mantenerlos contentos a los pobres porque si no se hacen socialistas". Y esta vez le tocó esa misión al diario Frankfurter Allgemeine Zeitung, que publicó un
estudio serio y profundo llamado "La pobreza, la vergüenza y la felicidad", de la socióloga Julia Schaaf. Y el subtítulo es un verdadero llamado a la razón: "Un país pobre en niños no puede permitirse la pobreza infantil. El futuro de los niños está en peligro". Sí, así, nada menos. En Alemania.
¿Cómo? ¿En el país que hasta hace un año y medio era el más grande exportador del mundo -ahora superado por China- corre peligro el futuro de los niños? No, no puede ser. Más sabiendo que los alemanes tienen tan pocos niños. Después de Italia y España -que baten todos los records de no
natalidad- está Alemania.
A pesar de eso hay un alto número de niños pobres. Sí, es cierto. El título del diario no se refiere ni a América latina ni a Africa ni a la India. Y no es un diario de izquierda, no, es el diario que prefieren los ejecutivos del capitalismo. Bien, vayamos a los argumentos probados del estudio. Comienza así: "Cuatro veces a la semana, fideos. Con un poco de espinaca. Salsa de tomates frescos (esto sólo cuando están en oferta cinco tomates por un euro). Si no, sin salsa. Para el hijo, con queso rallado, para la madre, no.
Antes, Marion Böhler le hacía a su hijo, para llevar al colegio, sandwiches con rodajas de pepino, ahora sólo alcanza para fiambre barato con margarina.
Cuando el chico de doce años come los sandwiches al regreso de la escuela, entonces no hay almuerzo, se hace a la tarde una comida y así se ahorran la cena. A fin de mes, eso sólo alcanza para el hijo. Es cuando la madre le dice: 'Hoy no como, tengo dolor de barriga', o 'mamá hoy no tiene hambre'".
Esta realidad ha llevado al gobierno alemán -la coalición demócrata cristiana-social demócrata- a aumentar la ayuda mensual por niño a padres desocupados. Con eso -dice el estudio- se quiere combatir el aumento del número de niños en estado de pobreza. Porque -añade- "las nuevas estadísticas alarman a la opinión pública: en marzo del 2006, los niños y niñas de hasta 15 años que viven con ayuda estatal eran unos dos millones.
En Berlín, cada tercer niño vive bajo el nivel de pobreza; en Bremerhaven y Görlitz, la cuota se eleva a más del cuarenta por ciento". Por supuesto que esto no quiere decir que esos niños sufran hambre, pero sí que viven en pobreza, es decir, con un ajustadísimo presupuesto familiar que los obliga a vivir en extrema estrechez y humildad comparados con las otras capas de la sociedad. "Esto los marca para toda la vida", dice el estudio, y agrega: "con consecuencias inquietantes para una sociedad que tiene tan poca
descendencia".
Preferentemente, esos niños son hijos de desocupados -en Alemania hay actualmente algo menos de cuatro millones de gente sin trabajo- y de madres solas que han sido dejadas cesantes. Los desocupados -sobre todo si tienen más de 45 años- van cayendo poco a poco en el aislamiento y -los hombres- en
el alcoholismo.
La pobreza se hereda. Y eso lo saben todos. Muy pocos niños, con gran esfuerzo, y ya en la juventud, logran salir de ese círculo que los rodea, de esa tristeza innata, del preguntarse: ¿por qué yo vine al mundo en una familia pobre? El abandono de la escuela o la no concurrencia al secundario aparece principalmente en los barrios pobres. El estudio señala que los profesionales sufren mucho cuando ya cesantes no consiguen -por su edad- nuevos trabajos, "cuando, como adulto, uno pierde su categoría social así,
es muy difícil pensar en los niños y ser modelo para ellos". Se empieza a no pagar las deudas y eso lleva a explicar todo con deshonestidad. Tristezas que los niños viven más intensamente en Navidad, en el cumpleaños, en el primer día de clase. O para los adolescentes cuando ven que otros de su misma edad visten ropa de marca o hacen viajes de verano a otros países. Esa diferencia va creando violencia. Una violencia que no se elimina con más policía.
Otra noticia dejó al desnudo los pecados -no veniales, sino profundos- del sistema económico. Bien es sabido que las escuelas en Alemania poseen una cantina en la cual se da de almorzar a los estudiantes. Pero ojo, esos almuerzos tienen que pagarlos los padres de los alumnos. Entonces, sin saberlo, o sabiendo, se hace así una selección. Lo demostró la directora de la escuela Hermanos Grimm de Francfort. Llamó a la prensa y declaró: "Sí, se me quiebra el corazón pero no puedo hacer otra cosa. Desde mañana el alumno que no tiene dinero para el almuerzo, no come". Y agregó: "El presupuesto que se me da para comida, no alcanza. El diez por ciento de los alumnos se sienta a la mesa y no paga, porque los padres no tienen. Y ya tengo un déficit de 6000 euros". Esa declaración produjo la inmediata reacción de
otros docentes, con la misma experiencia. La pregunta que cabe es: ¿por qué pagan lo mismo los alumnos cuyos padres ganan muy buenos sueldos que los hijos de desocupados?
Y aquí entramos en una discusión general. Porque también hace pocos días los diarios alemanes publicaron el monto de las jubilaciones que ganan los ejecutivos ya retirados, de empresas conocidas. Son, algunas de ellas, de 750.000 euros al año, es decir, de más de 62.000 euros por mes. Que para
esas personas no es la única entrada porque todos ellos poseen acciones, propiedades, etcétera. ¿Es justicia eso?, ¿es democracia? Mientras el sueldo mínimo está entre 782 y 938 euros mensuales. La ayuda a desocupados es de 345 (más el alquiler y la calefacción). Nos volvemos a preguntar: ¿es
democracia verdadera la que presenta tales desigualdades?
Los argentinos podríamos decir lo mismo o más todavía. Ultimamente se han conocido las retribuciones por jubilaciones calculadas en dólares de ex presidentes, ex ministros y ex altos funcionarios (algunos de ellos que ejercieron durante la dictadura). Todos ascienden a un promedio de 10.000 dólares mensuales (algunos mucho más, otros un poco menos). En un país como el nuestro donde el cincuenta por ciento de los niños están bajo el nivel de pobreza, ¿es justo eso? ¿Podemos seguir cantando nuestro Himno con el "Ved en trono a la noble igualdad" cuando existe una atroz desigualdad? ¿No podrían por lo menos limitarse esas entradas a un máximo de cinco mil dólares mensuales y volcar la diferencia a comedores infantiles? Y si el Parlamento no tiene la fuerza de hacerlo, no sería saludable que los mismos políticos que reciben esos increíbles montos renunciaran voluntariamente a la mitad para que fueran a parar esas sumas a comedores infantiles? ¿Por qué no lo hacen, principalmente los que fueron presidentes de la Nación?
Entonces sí que podríamos llamarlos "patriotas". ¿Acaso el político no debe ser siempre un ejemplo de sobriedad ante la sociedad; conformarse con un sueldo digno y demostrar que la política debe ejercerse por vocación de servir al pueblo y no para acumular riquezas?
Sería moral y un derecho del pueblo que se publiquen oficialmente las "jubilaciones" de los llamados "servidores de la Nación" y que luego se limiten esas dádivas del poder a una suma honesta y moderada. Eso sería auténtica democracia y valor republicano. Y es hora ya que el Congreso de la Nación dicte la ley que elimine de toda jubilación a aquellos que fueron colaboradores de la dictadura de la desaparición de personas. Ellos tienen que pagar a la democracia y no la democracia a ellos.
Los diarios europeos han publicado la noticia de que en el Chaco argentino han muerto últimamente trece tobas de hambre. Cuando lo leí me dio una profunda indignación cargada de tristeza. La Argentina. Argentina.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-90650-2007-09-01.html
Correo:
150 años*
Juan Carlos:
Acabo de leer tu trabajo denunciando el "ferrocidio", tan nefasto para la estructura comunicativa y social de nuestro pais; así como el rescate del alma ferroviaria, de quienes lo construyeron, y lo hicieron funcionar a la par del crecimiento de la Nación que fué la Argentina.
Yo siento desde la nostalgia que provoca la perdida de tal patrimonio, como la impotencia de ver como desgüazaban semejante aparato, uno de los más importantes y extensos del mundo, cuyos rieles equivalían a dar la vuelta al mundo por el ecuador (42.000 km. de vías).
También me pregunté siempre: ¿Se hubiera podido mantener tal estado de cosas con las monstruosas pérdidas que daba? Día a día millones de dólares de aquellos, que junto a las insostenibles fuerzas armadas de entonces, demandaban el equivalente a nuestro propio Vietnan, según Frondizi.
Me gustaría conocer tu punto de vista.
Con todo afecto.
*Celso. celsoagr@trcnet.com.ar
*
Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 2 de septiembre del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores latinoamericanos Baden Powell, Radamés Gnatali, Antonio Lauro, Paolo Bellinati, Carlos A. Jobim, Ernesto Lecuona y Rodrigo Riera, interpretada por Arnoldo Moreno (Venezuela). Las poesías que leeremos pertenecen a Elena Fassio (Argentina) y la música de fondo será de Uakti (Brasil). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
Enviar los escritos al correo: inventivasocial( arroba)yahoo. com.ar
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opiniones de mudanzas dijo
Interesante reflexión.
26 Diciembre 2007 | 01:36 AM