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La Coctelera

inventiva

31 Diciembre 2007

LOS ESCRITOS ELEGIDOS...


LOS ESCRITOS ELEGIDOS...

SI TERMINA EL AMOR*

Si termina el amor
el agua es más espesa en los estanques
y un ángel de cristal se muerde el labio;
puede darse un revuelo de gaviotas
mar adentro
y en el pecho la daga de una ausencia infinita
se abre paso cual proa entre las olas
y el consuelo del sueño nunca llega.
Nunca, el sueño nunca, nunca llega.

Si termina el amor
nubes negras se apoderan de los cielos
lanzándose a una loca carrera delirante
cuyo único destino es la certeza
de lo perdido, sí, de lo perdido.

Si termina el amor se llena el alba
de funestos ladridos sin consuelo
y un ruiseñor cansado se asesina
contra el pétalo fugaz de una amapola.

Si termina el amor lloran los parques
y una estrella fenece en cualquier parte,
y repican las fúnebres campanas
un coro de gemidos germinados,
una salva de gritos apagados
que hacia adentro resuenan y resuenan.

Si el amor se termina...

Los porches que solían cobijarnos,
la estación del ayer que nos prestaba
sus callados andenes de férrea complacencia;
la quietud temerosa de los templos,
el generoso amparo de las calles...
¿A qué otra causa han de servir? Decidme.

Y la noche... la noche, la noche protectora
si el amor se termina...
¿de qué sirve la noche si el amor se termina?

*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es

-Texto elegido por Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

Lamer el chocolatín*

*de Sandra Russo.
(texto publicado en la revista La mujer de mi vida en 2004)

Cuando era chica y empezaba mi programa favorito –el Capitán Piluso-, mi mamá me daba, a veces, un chocolate Suchard de los amarillos, los que tenían cereales. Eran días especiales. Quién sabe por qué, a los seis años yo administraba mi Suchard amarillo para que me durara todo mi Capitán Piluso.
Esa era mi manera de disfrutarlo: nadie me lo había enseñado, pero ésa siguió siendo mi manera de disfrutar muchas otras cosas. Administrándolas. No soy una heroína romántica, parece. Quizá sea una heroína anti-romántica. O quizá sea todo lo contrario, y esconda en mí a una verdadera Amante del Teniente Francés incapaz de volver de la locura de perderlo. Trato de ubicarme otra vez en esa escena. Chiquita, frente al televisor en blanco y negro, con media hora por delante de entretenimiento asegurado, un entretenimiento multiplicado a mil por el disfrute del Suchard amarillo. El chocolatín entre mis manos regordetas. Yo tomando una decisión sin que nadie me advirtiera que ante el goce hay que tomar algunas decisiones. Yo sabiéndolo y evaluándolo con el instinto desnudo de ese autoconocimiento o, acaso, con la sospecha de que puedo privarme de algunas cosas pero no de todas y de ninguna manera de otras. Sabiendo que hay privaciones que me resultan insoportables. Hubiese podido tragarme el Suchard entero. Hubiese podido comérmelo a mordiscones. Hubiese podido dividirlo en sus seis bloquecitos e ir comiéndolos de a uno. El abanico de posibilidades cuando está por mirar su programa favorito y tiene a su disposición su chocolate favorito es amplio y lleno de matices. Yo optaba por… chuparlo. Prefería perderme la gloria del cereal crujiente estallándome entre los dientes, prefería perderme la posibilidad de llenarme la boca de chocolate y quedarme después paladeándolo y rastreando sus vestigios en secretos lugares entre la lengua y las encías. Optaba, así, por canjear la intensidad del mordiscón por la seguridad de la lamida. Esa era mi manera de anticiparme a la insatisfacción y de espantarla.
No sentía que estaba pagando ningún costo. No lamentaba no tener tres Suchards ni que el tamaño del Suchard no se adaptara a la media hora de Capitán Piluso. Me hago acordar a esa frase de mionca porteño: “No tengo todo lo que quiero, pero quiero todo lo que tengo”. Ahora, escribiéndolo, advierto en esa maniobra dilatoria de la lamida una clave para vérmelas después con otras cosas que me gustan y pueden terminarse. Con lo que deseo y falta. Con lo que adoro y se va. No era, la lamida del Suchard, trampa sino estrategia. Rara estrategia, es cierto. Qué loca. ¿A quién se le ocurre chupar un chocolatín durante media hora y recién después atreverse a morderlo? ¿Qué otras cosas habré lamido lánguidamente, más que gozando evocando el goce, casi esquivándolo, a cambio de quedarme a salvo del papel de aluminio vacío entre las manos?
A eso me manda la insatisfacción. No hay insatisfacción sin una expectativa. No hay idea de vacío sin idea previa de lo lleno.
Y hay combates. Feroces combates que se libran en lo más profundo de cada cual para que lo lleno quede lleno, para seguir eludiendo el vacío o haciéndolo tolerable. Combates lastimosos y a veces invisibles para que la plenitud sea algo más que un lamparazo mientras nos sacan La Foto de la Vida.
Scott Fitzgerald escribió en alguno de los artículos del Cruck Up que no hay ningún sentimiento humano tan instransferible como la vitalidad. Siempre leí, cuando él escribe “vitalidad”, la sensación contraria a la insatisfacción. Porque la vitalidad no es otra cosa, creo, que la confianza en uno mismo y en la propia fuerza para revertir el vacío en algo lleno. La vida, dice él, es un camino a la demolición. La vida hace que se los chocolatines se terminen. Que lo que hoy o lo que ahora es dicha o capullo transmute en recuerdo o en podredumbre. No se puede vivir sin vitalidad, y esto es: no se puede vivir sin estar preparado para las pérdidas y sin fe en que tras esas pérdidas habrá nuevas y mejores oportunidades.
El insatisfecho es un esperanzado, porque espera siempre algo mejor. Pero también es un desesperanzado, porque espera en vano. Puede que un lamparazo nos saque La Foto de la Vida, pero esa foto es inmóvil. Cuando se apaga el lamparazo las sonrisas se borran, las pieles envejecen, los amores acaban, las calenturas se enfrían, las flores se marchitan. Y es ley.
Pese a mis maniobras dilatorias con los placeres, no pude evitar, naturalmente, que la insatisfacción me diera su puñetazo en el estómago. La conozco. Es temible. Pero no soy habitué de esos barrios en los que las mejores casas nunca están en alquiler. Sí frecuento gente que vive en esos barrios. Y es como si vivieran a la intemperie. Los insatisfechos crónicos viven del recuerdo, pero del recuerdo de lo que nunca sucedió. Parecen prendidos a la teta extinguida de una diosa que alguna vez los alimentó y en la que ellos tuvieron fe. Hay algo religioso en los insatisfechos. Viven con un romanticismo del que yo carezco. Hay algo religioso en la manera en la que se aferran a la idea de la perfección, y en el desdén con el que rechazan lo imperfecto.
“Pensaba a veces que aquellos eran, sin embargo, los días más felices de su vida, la luna de miel, como la gente la llamaba. Para saborear sus dulzuras seguramente habría que haber puesto el rumbo hacia esos países de nombre sonoro donde los días que siguen a la boda propician la más suave languidez. En sillas de posta bajo cortinitas de seda azul, se sube al paso por senderos escarpados, mientras se escucha la canción del cochero que deja su eco por las montañas (…).
Por la noche, solos los novios, con los dedos entrelazados en la terraza de una villa, hacen proyectos mirando las estrellas. Le parecía que en algún sitio de la tierra se tenía que dar la felicidad, como una planta oriunda de aquel suelo y que en cualquier otro lugar prospera mal (…). Hubiera deseado tal vez poder hacerle a alguien aquellas confidencias, pero, ¿cómo podía hablar de un malestar inaprensible que cambia de apariencia como las nubes y forma remolinos como el viento?”
Es al principio del capítulo 7 que Emma Bovary descubre que ella jamás irá a ninguno de esos países en los que “se tenía que dar la felicidad”, como una planta natural de esos suelos. Ella jamás irá, ella jamás olerá esos perfumes. ¿Son esos países en los que crece la planta de la felicidad los que quedan lejos de Emma, o es Emma la que lleva en sí misma la lejanía? Ella quería hacer coincidir su propia vida con escenas, olores, texturas, paisajes, ritos y nombres que no existían más que en su imaginación. Ella llevaba esos países dentro de sí, como una epifanía abortada. Por eso mantiene su malestar en secreto. Porque sabe que ese malestar no tiene nombre o que si tiene un nombre es Emma. No es que le faltara algo. Es que lo real le sobraba.
Aunque no soy habitué de esos barrios en los que las mejores casas nunca están el alquiler, la primera ves que leí Madame Bovary supe un libro piadoso. Hay que compadecer a los insatisfechos. Y también hay que compadecer a las pobres niñas pragmáticas que lamen sus chocolatines en lugar de comérselos, porque administran sus placeres para no quedarse sin ellos, y jamás se entregan a ninguno en cuerpo y alma, con total avidez.
A la insatisfacción se la convoca o se la elude. La insatisfacción siempre nos habla de lo pobres que somos.

-Fuente: www.sandrarusso.com.ar

*Texto elegido por Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@ciudad.com.ar

DETENER LA INUNDACIÓN*

La escena transcurre en un salón de tercer grado, la maestra ha dado el tema de los seres vivos y no vivos. Una vez finalizada la explicación, indica a los niños que levanten la mano para dar ejemplos y comprobar si han comprendido.
Seres vivos: Los conejos, las plantas, las mariposas, dicen los chicos.
Seres no vivos: Las piedras, las casas..... los pobres.
¿Cómo los pobres? Cómo los pobres, pregunta la maestra que ha comenzado a reír. El nene, con seriedad, explica, “mi papá siempre dice que la vida de los pobres no es vida”.
No es un chiste, ocurrió realmente en una de esas escuelas donde la ciudad se mezcla con los basurales y se degrada paulatinamente en la miseria de las casillas de cartón y chapa, en una de esas escuelas donde no se entregan las libretas de calificación porque los chicos no tienen un lugar seco, no tienen un mueble donde guardarlos.
Tiempo ha pasado desde que Borges narraba la belleza de la ciudad perdiéndose en el amplio horizonte del campo, las últimas casas confundidas con el atardecer de un cielo limpio y gigantesco.
Ahora las ciudades, todas las ciudades, se rodean de un amplio cinturón de odio. Un odio que brota como el humo de las quemas, como el hedor de los desechos descompuestos y el vaho amargo de las zanjas. Y de gente que no sabe de dónde viene, que solamente posee la seguridad de que su destino la forzará a permanecer dentro de esos paisajes, marcada por la pobreza que la estigmatiza con sus signos.
¿Cómo eran los indios? Preguntó un niñito en el mismo salón. Cómo decirle que los aborígenes eran morenos como él, tenían el mismo pelo lacio, los mismos ojos rasgados. Cómo decirle que él es un descendiente de esos indios por los que pregunta, si decirle esto es una especie de insulto. Si ser un aborigen es un insulto.
Y cómo decirles que ni siquiera son pobres, que la pobreza pertenece a tiempos mejores, y que se ha añadido un peldaño más a la escalera descendente, se ha colocado un escalón suplementario hacia abajo, y tal como los basurales inconfesados rodean las ciudades, la indigencia rodea la sociedad. Y ninguno, ni el lugar físico ni el social tienen salida. Tal como en la caritativa Inglaterra de las leyes azules se marcaba la mejilla de los mendigos con la “s” de slave, esclavo, la indigencia marca el cuerpo y cierra la posibilidad de escapar.
Un adolescente era animado por sus profesores, que entusiasmados por sus logros lo instaban a continuar sus estudios. Demostrando su temprana comprensión del mundo, el chico les preguntó si realmente creían que valía la pena el esfuerzo, porque cuando fuese a buscar trabajo nadie lo iba a contratar. No con esta cara, no con el dialecto de la villa miseria prendido en el habla.
No hay folklore porque lo que los arrasa es la desesperación. La postal pintoresca del niñito barrigudo y el perro flaco no nos debería provocar ternura sino vergüenza. Con horror pensamos en esos europeos que seguían su vida cotidiana mientras a unas cuadras salía de las chimeneas de los campos un humo denso. No entendemos que no hayan irrumpido en las barracas, que los pueblos no hayan derribado las alambradas para detener el espanto.
Nosotros tampoco hacemos nada. Nos condolemos por la suerte de los pequeños que nos ofrecen estampitas, algunas veces somos tan generosos como para depositar una moneda en las manos ávidas. Nos apena que no hayan tenido la fortuna de nacer en una familia con comida sobre la mesa, que no hayan tenido una biblioteca en sus casas, que no hayan tenido casa. Qué pena. Pero consideramos con juicio la propiedad privada como un derecho inalienable, y nos parece natural que todo se nos haya dado por un nacimiento afortunado. Es más fácil así, es más seguro para conservar la paz mental.
Y nos dan miedo. “Ellos”, los otros, nos dan miedo.
Quizás sea absolutamente razonable temerles, como los cortesanos temieron a las hordas de villanos que desató la revolución en las calles de París, como los habitantes de Río de Janeiro que saben que una avalancha de brazos y piernas finalmente enfurecidos, finalmente conducidos por su odio puede descolgarse de los morros.
“Ellos”, los otros, nos dan miedo, porque sentimos que tenemos algo que les pertenece. En el fondo sabemos que disfrutamos de una situación injusta, que el haber quedado dentro de los muros es una suerte y no un derecho, porque sabemos que en algún momento la muralla puede caer como finalmente caen todas las murallas, y esos hombres que despreciamos se tomarán la revancha de los esclavos. No nos engañemos, no son los pobres amables y simpáticos de Dickens, con sus mejillas sonrosadas y sus sonrisas serviles. A los indigentes no les dejamos nada de nada, y no nos asiste el derecho de demandarles más piedad de la que les hemos demostrado.
Quizás haya tiempo. A lo mejor aún es posible desarticular la bomba que marca la cuenta regresiva en el cinturón de edificios degradados alrededor de París, desarmar los slums alrededor de Londres, desmontar Latinoamérica, ese gigantesco río que si se desborda puede inundar el mundo.
No será con caridad, será con justicia.
No será con represión y vallas de alambre y equipos especiales de la policía, será cuando se permita que cada hombre y cada mujer y cada niño acceda a la dignidad que requiere su condición humana.
Si no lo hacemos, si no comenzamos a favorecer el cambio, entonces quizás sea mejor que suba la marea, que los volcanes que ya están secretamente encendidos liberen su fuerza devastadora, que los anillos se vuelquen hacia adentro y estrangulen los centros, que haya un cataclismo social para que se comience de nuevo.
Y que no hallen los alumnos a sus maestras, los mendigos a los dueños de las casas donde fatigan sus súplicas, los aborígenes a aquellos que les quitaron sus tierras. Porque entonces ya no habrá tiempo de explicarles lo que es la economía de mercado, el neoliberalismo, la globalización, de explicarles que nosotros no tenemos nada que ver con su hambre o su ignorancia. No habrá tiempo de explicarles que nosotros estábamos en nuestros asuntos, ocupados en nuestras cosas. No habrá tiempo de decir que no sabíamos, de mentirles, de elaborar teorías, de culpar al orden mundial, al gobierno, a nuestros vecinos.
Si alguna vez el río de llanura, el río de brazos y piernas marrones se desborda, si alguna vez esto ocurriese, en el momento de ser arrastrados por las aguas vociferantes y de ahogarnos no podremos sentir que es una injusticia ni clamar por nuestra inocencia.

*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
-Texto elegido por Rodolfo Gomez. rgomez@epe.santafe.gov.ar

Fanny y los chicos del pueblo*

*Por Sandra Russo

Conocí a Fanny hace poco, en una circunstancia que ya relaté en este espacio. Buscando chicos malabaristas de alguna esquina porteña para hacer una nota. La nota que escribí se llamó Malabaristas. Contaba allí que los chicos, en lugar de pedir plata para prestarse a la nota, pidieron útiles para ir a la escuela.
La relación con los chicos continúa hasta hoy, entrecortada, con pedidos de huevos de pascuas para Pascuas, o con recordatorios de que la mamá de algunos de ellos está buscando trabajo por horas. El viernes pasado los chicos llamaron para avisar que Fanny, una de las nenas, había muerto de un paro cardíaco.
Era una nena de pelo revuelto, vivaz, comunicativa, muy despierta, que se pegaba a uno como un gato mientras caminaba por la vereda, y que saltaba mientras le echaba a uno los brazos al cuello. Parecía mucho menor de lo que era. Tenía once años.
Después de la nota en la televisión y de la publicación de la contratapa, los contactamos con el supermercado Disco, que les donó los útiles para este año. El viernes que fuimos a llevarles la montaña de hojas rayadas y carpetas estuvimos un buen rato. En un momento, yo estaba agachada y tenía
alrededor de mí a las nenas, que hablaban todas al mismo tiempo. Fanny sacó de alguna parte de sus ropitas harapientas un recorte de revista. Era la actriz de Pasión de Gavilanes. No sé cómo se llama. La estoy viendo ahora, aquí pegada en el corcho de mi estudio. Tiene puesto un vestido amarillo, largo, strapless, que le ajusta el cuerpo desde las axilas hasta las caderas. Una mujer voluptuosa, que saca una pierna y deja ver su sandalia plateada. Es muy bella. Tiene una cara ovalada con muy poca pintura, apenas los ojos delineados, quizá un poco de rubor. El pelo cobrizo nace en las raíces y se extiende no se sabe hasta dónde, pero uno supone que hasta la cintura. A pesar de su cuerpo totalmente sexuado por el vestido amarillo, es buena. Se le nota a esa chica que podría ser objeto de pasión, pero también
objeto del amor.
Fanny quería ser como ella. Tengo esta foto aquí porque cuando le dije que esa chica era muy linda, y le devolví la foto, Fanny empujó mi mano hacia mí: "Mejor guardala vos", me dijo. Y la guardé. Y ahora que sé que Fanny, que parecía más chiquita todavía de lo que era, se murió de golpe, sin que nadie entendiera por qué, creo que esa foto está aquí para que yo haga esto, para que escriba sobre Fanny y su soledad, sus sueños y su risa descontrolada. Fui testigo de Fanny, que revolvía las bolsas de basura en el
McDonald's buscando pedazos de hamburguesa que habían estado en boca de otros. Una nena a la que muchas veces insultaron desde los autos que pasan por la avenida Las Heras. Parte de la mugre que incomoda. Una nena que no tuvo libros de hadas y que recortó la foto de una actriz mexicana de una
revista barata para ser ella también una nena con princesas en la mente y en el corazón. Como pudo, por instinto, por obstinación, Fanny se resistió a ser desposeída también de su infancia. Resistió con lo que tenía a mano, y encontró una foto que la hizo suspirar. Fanny vivió en la pobreza profunda, pero aun allí fue una niña ilusionada por lo que, quizá, el futuro tuviera reservado para ella.
No quiero que estas líneas suenen quebradas, porque la persona que las inspira era íntegra y valiente. No quiero llorar por Fanny aquí. Quiero en todo caso recordarla y dejar constancia de su vida, de sus sueños. Y la manera más justa que se me ocurre para recordar a Fanny es sosteniendo su recuerdo en dos dimensiones paralelas. Por un lado, como la nena única e irreemplazable que conocí, y ya forma parte de mi propia historia personal.
Pero por otro, creo que pude ver en ella a tantos otros chicos que no les duelen a nadie.
"El hambre es un crimen" es la consigna que desde hace años moviliza a Los Chicos del Pueblo, que comienzan su marcha de este año el próximo lunes. A Fanny y a sus primos y hermanos les llevamos útiles, pero es evidente que ése fue un gesto de cariño, y no la creencia en que una ayuda de ese tipo
modifica algo.
¿Habrá sido evitable la muerte de Fanny? No lo sé. Pero es perfectamente evitable, por ejemplo, la muerte de miles de chicos correntinos: la Universidad del Nordeste comprobó que la mitad de los chicos de Corrientes capital está en estado de desnutrición. ¿Con qué derecho vivimos nuestras vidas de wi fi y msn mientras hay estómagos pequeños que se retuercen de jugos gástricos y vacío? Estaría fallándole a Fanny si no advirtiera que su muerte es política.

*Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-84488-2007-05-05.html

-Texto elegido por Margarita Carrera Urabayen. urabayenenea@yahoo.com.ar

Nosotros, los ferroviarios*

*Por: Juan Carlos Cena (especial para ARGENPRESS.info)
Fecha publicación: 30/08/2007

“El olvido es una herramienta de la clase dominante. La memoria es un proceso social. Despojados de su memoria, los pueblos se opacan, mueren. Y suelen morir en medio de la algarabía de imaginar que el pasado no interesa, aturdidos por voces que los llaman a no recordar, apalabrados por ilusionistas que susurran que hoy todo empieza de nuevo. Las raíces pueden secarse si una voluntad de memoria no se opone a la voluntad de olvido. Sin esta fidelidad no hay ética posible.'
Por eso, antes de comenzar a memorizar, los ferroviarios en este 150 aniversario, no debemos olvidar, quienes fueron los sicarios y los fariseos que destruyeron los Ferrocarriles Argentinos. Es un compromiso retratarlos en esta conmemoración histórica de la instalación de las enrieladuras en nuestra geografía. Hoy, los mismos que boicotearon, que cercaron y traicionaron las gestas de los obreros que resistieron sin claudicar la defensa del ferrocarril, aparecen como defensores de ese modo de transporte. Toda una mentira fenomenal, nunca protegieron al sistema de transporte ferroviario, al contrario, justificaron su vaciamiento y saqueo, guardaron y guardan un profundo silencio por la venta de sus bienes, muebles e inmuebles a precio vil.
Hoy, montados hipócritamente en la impunidad que da el olvido y en un formidable amparo gubernamental, con aparatosidad faraónica y grandes recursos, pretenden ningunear en un festejo fatuo la verdadera historia de nuestros ferrocarriles. Coherentes, van a realizar un acto y a disertar en el lugar donde exhibe sus riquezas la oligarquía terrateniente. Los dueños del poder.
La historia de los ferroviarios es como dice Howard Fast en su libro Espartaco: una historia sobre hombres y mujeres valientes, que vivieron hace mucho tiempo, pero cuyos nombres nunca han sido olvidados. Los héroes de esta historia acariciaron el ideal humano de libertad y dignidad y vivieron noble y honradamente (...) saquen de él fortaleza para nuestro turbulento futuro y puedan luchar contra la opresión y la injusticia, de modo que el sueño de Espartaco llegue a ser posible en nuestro tiempo.
Hace 150 años comenzó a circular el primer tren en nuestro país. Entonces nos interrogamos ¿Quién los puso en marcha? Nos respondemos: nosotros los ferroviarios. Por eso, nosotros los ferroviarios, vamos a contar la otra historia, la que venimos protagonizando desde hace 150 años.

De Bertold Brescht aprendimos a preguntarnos:
¿Quién construyó Tebas, las de las siete puertas?
En los libros figura sólo nombre de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos los bloques de piedra?
Y Babilonia, mil veces destruida.
¿Quién la volvió a levantar otras tantas?
¿Quiénes edificaron la dorada Lima, en que casa vivían?
¿Adónde fueron la noche en que se terminó la Gran Muralla China…
sus albañiles?
(…) A tantas historias. Tantas preguntas.

Por ese aprendizaje parafraseamos a Bertold Brescht, y nos preguntamos.

¿Quiénes tendieron los primeros rieles, quienes acostaron los durmientes, quienes enclavaron las eclisas y elevaron las señales, quienes construyeron las estaciones, quienes construyeron los puentes para cruzar vados y ríos, quienes perforaron las montañas, quienes le echaron leña al hogar de la caldera, quienes hicieron sonar las campanas de partida, quienes condujeron los trenes aguateros haciendo retroceder la sed por toda la geografía nacional?
¿Quiénes comunicaron el país? ¿Quiénes lo integraron? ¿Quiénes? ¿Quiénes construyeron locomotoras, vagones para transportar nuestras riquezas?
¿Quiénes diseñaron y montaron coches de pasajeros, dormitorios confortables para llevar con comodidad a nuestros ciudadanos? ¿Quiénes acudieron a llevar solidaridad en tiempos de sequías o de inundación?
¿Quiénes llevaron la salud a través de los trenes sanitarios por toda la geografía nacional? ¿Quiénes construyeron los policlínicos ferroviarios que atendieron, además de los ferroviarios y sus familias, a todos los pobladores del país? ¿Quiénes? Simplemente contestamos: Los ferroviarios.
¿Quiénes somos los ferroviarios? Los trabajadores del riel somos nada más ni nada menos que la carnadura imprescindible de ese medio de locomoción. Porque entre ese objeto metálico que es puesto en movimiento llamado tren, y ese carnal que lo prepara, orgulloso, y lo encaballa para que se deslice por las enrieladuras de nuestro territorio, se establece en ese obrar una relación biunívoca vital, substancial: Ocurre lo real maravilloso, entre el hierro y el ser humano, toda una correspondencia mágica. No se puede dividir esa relación biunívoca que nace y se multiplica desde la parición de ese modo de transporte. Conexión que existe entre el trabajo y el hacedor de ese trabajo que es el obrero, en este caso: el ferroviario. El ferroviario es parte indivisible del ferrocarril. El, es el ferrocarril carnal. Hierro con carnadura, unión vigorosa, eso es el ferrocarril, que se transforma en el misterio de ese ¨adiós que guarda el tren¨. Arcano que se traslada al viajero, al juglar que le canta, al cuentista que lo cuenta, al ciudadano que lo comunica, que lo sirve, que los traslada y que juntos rompen paisajes en dos dimensiones, cuando va y retorna.

A tantas historias. Tantas preguntas. Damos tantas respuestas.
Es necesario aclarar que trabajar en el ferrocarril no es lo mismo que ser ferroviario. El ferroviario incorporó a su Ser ese inmenso objeto metálico en movimiento, como su Sujeto: él es el ferrocarril, es de su pertenencia, no como una propiedad privada, sino porque él era parte constitutiva del ferrocarril, no está añadido, adosado, sino incluido; el ferrocarril y ferroviario constituyen un conjunto integrado, armónico. Por eso, caminar por las playas de maniobras o recorrer sus rincones es como recorrer el patio y las comisuras de su casa.
Todas estas cuestiones son las que van construyendo nuestra identidad: somos trabajadores trashumantes, solidarios. En el trabajo cotidiano, en la relación social diaria, cotidiana, permanente, repetida, que continua en el sindicato y en el barrio nos vamos consolidando y elevando nuestra conciencia de trabajadores. En esa correspondencia se establecen códigos de comportamiento, como que hay que tener una actitud correcta frente al trabajo, colaborar con el compañero que se le atrasa el trabajo, esta es una manifestación firme del sentido de solidaridad, la otra es la de enseñar el oficio al otro, apoyar al necesitado de afectos, -como dicen los libertarios: el amor viril entre los hombres- en fin... en nuestras maneras de proceder no tiene nada que ver con la estupidez esa, que se ha instalado en la sociedad, de que debemos ser competitivos, es decir, egoístas, al contrario de ser solidarios.
Esa tradición nos llega desde los socavones de la historia del movimiento obrero. Pero en 1896, cuando estalla la primera huelga general ferroviaria -que comenzó en los talleres de Tolosa y tuvo como redactor de las proclamas a José Ingenieros- los ferroviarios rechazaron con firmeza introducir en el convenio colectivo de trabajo el problema de la competitividad, que en esa época se llamaba “tarea”, porque creaba dentro de los trabajadores una división.
Así como se habla del ‘ser nacional’, nosotros somos ‘seres ferroviarios’, la carnadura del ferrocarril, repito: hay una relación dialéctica entre la carne y el hierro, y en esa correspondencia, nace y crece ‘una incógnita que guarda el tren’, conexión plagada de esfuerzos acumulados de trabajadores y técnicos para que esa formación eche a andar.
Somos como nuestros hermanos aborígenes, donde el árbol (objeto) es el sujeto que los penetra y lo sostiene, porque ellos son la naturaleza y no están sobre ella. Nosotros los ferroviarios somos el ferrocarril, no estamos sobre él.
El ferrocarril era una fragua donde nuestros antiguos ferroviarios nos forjaron a fuego y martillo en el yunque del trabajo. Además, el cuerpo social ferruca es como un gran caldo, mixturado con toda clase de ingredientes -peronistas, anarquistas, comunistas, socialistas, cristianos, ateos...-, todos, con un profundo respeto hacia el oficio.
La historia de los ferroviarios es un testimonio de lucha, de abnegaciones, sacrificios, rebeldías, muertes y desapariciones. Desde sus inicios el movimiento obrero ferroviario fue duramente reprimido. Nunca lo doblegaron. Todos los gobiernos de todos los signos trataron de sujetar y domesticar a los trabajadores ferrucas. Ser “ferruca”, es una identidad que lleva un tiempo de construcción que no admite vencidos, traidores ni quebrados y requiere en cambio de resistentes sacrificados.
Desde el comienzo de la instalación del primer metro de riel sobre nuestro territorio, los ferroviarios asumiendo la herencia histórica del movimiento obrero internacional, comenzaron a armar sus organizaciones obreras, como las Sociedades de Ayuda Mutua, Sociedades de Socorros Mutuos, Sociedades de Fomento, Cooperativas de Consumo, Centros Culturales, y así. En 1888 los ferroviarios fundan el primer sindicato de la República Argentina: La Fraternidad, que agrupaba a los maquinistas, foguistas, pasaleñas, es decir, personal de conducción. A partir de ahí, los ferroviarios han contribuido, como un gran río tributario a la formación del movimiento obrero argentino.
En 1896 la primera huelga general contra los ingleses, luego, la del 6 de enero de 1912 con 52 días de paro. 7.000 ferroviarios enfrentaron a las 18 empresas británicas, y así, hasta el advenimiento del gobierno peronista, donde son movilizados militarmente en 1950, momento en que Eva Perón concurre a los talleres Remedios de Escalada para disuadirlos, no logrando tal cometido.
Muchos de esos compañeros que le dijeron no a Eva Perón, más tarde, en 1955, integraron la Resistencia Peronista. Eran jóvenes peronistas en esa huelga, pero tenían metido dentro de su ser la pertenencia: la de corresponder a la clase obrera. Luego, después del golpe de estrado de 1955, vino la represión, movilización, Plan Conintes en tiempos de Frondizi. Dura huelga resistente fue la de 1961, fueron 42 días de paro férreo contra el primer intento de desguace ferroviario de la mano del general Larkín.
La dictadura de Onganía militarizó a los ferroviarios mediante el decreto 5324, todos teníamos grado militar. La repuesta obrera fue la formación de las Comisiones Clandestinas Ferroviarias, y así, resistiendo todos los intentos represivos.
La genocida dictadura militar de 1976, a través de ese holocausto nacional, crea un vacío generacional entre los ferroviarios. Aproximadamente son 89 los compañeros ferroviarios y compañeras ferroviarias desaparecidos, por todo el territorio se instalaba el terror, a pesar de ello los ferroviarios nunca dejaron de luchar, resistieron la embestida.
El regreso de estas democracias relativas encuentra a la sociedad en su conjunto, en palabras de John William Cooke, blanda. Los factores de poder adueñados y consolidados dentro del aparato del Estado ejecutan el desguace del ferrocarril. Primero son los intentos de Alfonsín de la mano del eficiente Terragno y luego Menem, con toda la iconografía peronista y el embuste cierra los ferrocarriles y expulsa a 85.000 ferroviarios a la calle.
Con el ferrocarril desintegrado, más los ferroviarios expulsados, el sistema comete en un mismo acto un gigantesco Ferrocidio.
150 años, tiempo surcado por las luchas que comenzaron en el siglo XIX. Más de un siglo y medio, tiempo que les costó a los explotadores pretender domesticar la rebeldía ferroviaria, no pudieron. Hoy la realidad lo confirma, y nos permite afirmar que todo germina de nuevo, la clase obrera y los ferroviarios en forma particular, que en su dimensión dialéctica, renacen de sus cenizas demostrando que no hay un fin, sino un recomienzo más dinámico. Hoy, los ferroviarios están de nuevo en el riel, como la clase obrera remontado la lucha en las calles.
Se sabía que después de la derrota ferroviaria se intentaría la extinción de toda cultura obrera, empezando por la palabra. Los ferroviarios vivieron a través de la palabra por todo este tiempo; recorrieron el país montados en trenes de palabras. Ella fue y es la transmisora de ideas, historias, triunfos, derrotas, pero nunca acarreó historias de vencidos, porque siempre se resistió, siempre. Los ferroviarios nunca se dieron por derrotados ni aún derrotados, porque no estaban vencidos, conservaron la palabra, y mientras haya guardapalabras que las cobijen, la vida continúa.
En este aniversario, fecha donde pretenden olvidar a los hacedores del riel, los ferroviarios, han tratado de borrarlo de todas las maneras posibles, porque según dicen: no hay nada que recordar de ellos. El olvido, aún mantiene un cierto campo conquistado sobre la memoria en este simbólico aniversario. Dura lucha es la que han protagonizado, tercamente, los memoriosos ferroviarios en el intento por hacer recular ese vacío, llamado olvido. Primero en la cabeza de los nuevos ferroviarios y luego en la sociedad. Hoy es un día de militante recordación para los ferroviarios veteranos, que engrosan el ejército de desocupados y jubilados 85.000 ferroviarios a la calle y el ferrocarril saqueado, desintegrado, anulado, pasto de comerciantes y corruptos, políticos y gremialistas cipayos.
Ellos, los que cercaron la Ciudadela Ferroviaria sabían, y se propusieron: ¡hay que arrebatarle la palabra a los ferroviarios! para vaciarles el lenguaje aquel. Nunca lo lograron.
Hoy, los que minaron la Ciudadela Ferroviaria festejan, no los 150 años del comienzo de su andar, sino de su cerramiento. Esa es la verdad.
Existen fenómenos que ocurren en el seno del pueblo, y hay que divulgarlos, porque son almacenamientos de vida. Durante la dictadura y los gobiernos democráticos serviles, los trabajadores ferroviarios escondieron el fuego sagrado de sus luchas. Cobijaron y clandestinizaron la palabra entre los rescoldos de las cenizas de la devastación ferroviaria. Los nuevos compañeros volvieron a soplar la brasa -es lo real maravilloso de la clase obrera-, dando nacimiento a nuevos retoños tibios, que encarnan la certeza de que la lucha continúa.

No se puede hablar de los 150 años del ferrocarril e ignorar a sus protagonistas principales, los ferroviarios.

Hay miles y miles de hombre Que solo conocieron la derrota Pero lo que no conocieron Fue el deshonor.
John William Cooke

*Juan Carlos Cena. ferrocena2003@yahoo.com.ar
es miembro fundador del Mo.Na.Re.FA (Movimiento Nacional por la Recuperación de los Ferrocarriles Argentinos)
- Autor de: El Guadapalabras (memorias de un ferroviario)
- El Cordobazo, una rebelión popular.
- El Ferrocidio.
- Crónicas del Terraplén.

*Texto elegido por Edgardo E Molgaray. eemolga@yahoo.com.ar

Correo:

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Queridos amigos, el mejor 2008 para vosotros, aunque suene osado decirlo justamente para
el año de mayor presupuesto para las industrias de la guerra y de la muerte. Pero tengo fe en
nosotros y en nuestros cuatiosos presupuestos para la creación, para el amor y para la vida.

* Eduardo Dalter. cuadcarmin@hotmail.com

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Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 30 de diciembre del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del grupo cubano Sierra Maestra. Les deseamos una feliz audición, unas alegres fiestas de fin de año y un feliz inicio del 2008!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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