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La Coctelera

inventiva

24 Enero 2008

EN LA NIEBLA QUE AZOTA NUESTRO CALLADO SUELO...

Á R B O L*

Había una vez un árbol crecido en las mañanas.
Se alimentó de gracia celeste y de violín.
Doró su labio seibo con sones de campana.
Juntó fresnos y robles en ronda sin confín.

En los vientos que tuvo sobre su primer verde
Bebió las excelencias pasadas, siempre en flor.
Y era, todo el futuro, juego en que nadie pierde,
Y que tiene, seguros, los frutos del amor.

Nutrió su maderita risueña con almejas
Hasta oler en el viento certidumbre de mar,
Y corrió por las calles como la primavera.
Terminó con premura su tiempo de esperar.

Cuando tronó la muerte su imperio poderoso
Sorprendiendo la tierna fascinación de paz
Del arbolito lindo, hubo un gesto furioso
Del dolor de la tierra. Y huibo llanto de más.

Una fe obligatoria lo ciñó a una tormenta
Fabricada en la casa del infierno de Añá..
Apenas unas briznas zafaron por la lenta
Mediación, más serena, y azul, del buen Tupá.

Desperdigadas voces, con temor en las caras,
Amargas y dolidas las almas sin reposo.
Se posaron, muy lentas, reabriendo sus miradas,
Para que verdeciera, de nuevo, el árbol mozo.

Hoy parece que amaina, que escampa, que regresa,
Sobre el sur, un celaje con aromas de aurora.
Y en el beso sagrado de la naturaleza
El arbolito arde su canto sin deshora.

Canto dificultoso, que enseguida se aclara,
A medida que el tiempo cicatriza la herida:
Y parece que el árbol entero respirara,
Nuevamente habitado por las voces de vida.

El árbol que persiste, que insiste, quiere, y puede
Sembrar, de todos modos, su semilla en el viento.
Con la ayuda preciosa de esos pájaros leves
Que consuelan memoria y empluman sentimiento.

El árbol va teniendo sus ramas habitables:
Los pájaros lo premian posándose en confianza.
Y, entonces, danzan juntos, al sur del Sol, amables,
Agradecidamente. ¡fundando la Esperanza!...

A B R A Z O*

En la niebla que azota nuestra patria en silencio
Escribo las lecciones que me regala el clima,
Mientras la azul mirada del cielo diferencio
De la cruda miseria que nos rebota encima.

Voraz miseria adrede, que quiere que olvidemos
Nuestro común tesoro, que suena su campana,
Llamando todo el día, diciendo que esperemos:
Que, siempre, tras la noche, asoma la mañana.

Y la fea señora que nos clava su diente
Nos ordena que odiemos, que matemos ordena.
Que no reconozcamos al pueblo entre la gente:
Ese tesoro intacto. Esa fruta serena.

Pero la azul mirada del cielo canta firme,
Y prosigue diciendo: hombre amigo y hermano:
Mujer, mi compañera. No para de decirme
Su voz un claro canto, fraterno y cotidiano.

No para de dictarme, la voz, este poema
En que ya queda escrita la sola persistencia
Afuera de la muerte. Y, para que no tema,
Me adelanta el consuelo de su frutal presencia.

Comunico su gracia con lámparas de fiesta.
Canto, en la vieja rima del verso castellano,
repitiendo la misma cotidiana respuesta
que, ya más de mil años, ronda de mano en mano.

Hoy mete mucho miedo la maldita señora.
Pero sigue la tierra, por su boca marrón,
Besándonos con frondas que sostienen la aurora
Donde, encordado, el viento canta nuestra canción.

En la niebla que azota nuestro callado suelo
La fiel naturaleza suena su firme canto.
Que nos habla de lenta paciencia. Y de consuelo:
Que prevaleceremos, desde todo el espanto.

Que prevaleceremos a las obscuridades,
Con la lámpara sola de la luz verdadera.
Que, tras el amasijo de las adversidades,
Danzando, inexorable, está la vida, entera.

Andando con el sol y con la luna andando.
De la misma substancia feliz del mar y el río.
Caminando la sierra, la pampa, caminando.
Sirviendo al canto nuestro con este canto mío.

Y la fea señora no tiene más remedio
Que llevar su deshora a su casa de tumba.
Y el aire puro ocupa lo que fuera hastío y tedio
Y temor. Y prepara la palabra que zumba.

Y prepara la mesa para el azul festejo.
Tarareando los nombres de los que han partido:
Con la siembra, sin sombra, de su dulce reflejo,
Dispone las rodajas del pan tan merecido.

Es verdad. Me lo dicta la noche sur del viento.
Y es rocío de harina lo que a mi verso llevo:
Palabra que no miente: maduro sentimiento:
Herencia impostergable, para el profeta nuevo.

Con las voces licuadas por el tiempo igualante,
Avisa, fuertemente, que en el pan es de día.
Que es destino preciso de todo sol fragante
Llegar al desayuno de nuestra compañía.

En el pan es de día, como es azul el cielo.
Como que estamos juntos, es que floreceremos.
Por la paz conseguida zafaremos del duelo:
Nuestra sera la dicha que tánto merecemos.

Porque hemos persistido - y persistiendo estamos.
Porque, de nuestra boca, no se ha borrado el canto.
Y es ley del infinito recibir lo que damos:
Se sustentará el hijo, de lo sembrado en llanto.

Se sabe que es difícil, todo este día presente.
Llegar limpio al final de la jornada, es duro.
Pero es inevitable que, el corazón valiente,
Atraque su piragua en el puerto seguro.

La luz nocturna dicta. Yo, solamente, escribo.
Será poema, si sientes mi corazón sincero
Anotar, obediente, el canto que recibo.
Nada más. Y abrazarte es todo lo que espero.

He pasado la noche colectiva escribiendo.
Labrando las palabras del verso castellano.
Ahora, reinauguro lo que he estado diciendo,
En la común medida del corazón humano..

Vuelvo a escribir en verso mi letra, insuficiente,
Que, ritmada al latido general, descalabra
Tánto terror gratuito, tánto golpe indecente:
Deseando solamente quedara una palabra...

¡Ah, sí, la tan hermosa, la palabra: consuelo!
Esa que significa compartir soledad.
Con la que logra, el canto, uncir la tierra al cielo:
¡Fruta, para el hermano, la flor de nuestra edad!

¡Mujer, mi compañera, amigo: estamos juntos.
Este nuestro estar juntos ya de todo nos salva!.

¡De amorosa memoria, naceremos los mundos
Que nos tiene, ya, prestos, la estrella sur del alba!.

*de Horacio C. Rossi. terrazio@ciudad.com.ar
(de "Mainumbý" - 1984)

EN LA NIEBLA QUE AZOTA NUESTRO CALLADO SUELO...

Vidrios rotos*

La primera honda que tuve me la hizo en San Luis mi tío Eugenio, que trabajaba de detective en el casino de Mar del Plata. Era una joya: habíamos buscado la horqueta perfecta por todos los árboles del barrio y cuando la encontramos yo subí de rama en rama para cortar la que guardaba el tesoro.
Mi tío la peló con un cuchillo y la pintó con un barniz amarronado. Los elásticos los cortó de una cámara que nos regalaron en la gomería y para alojar el proyectil buscó un cuero suave, como gamuza, que hacía juego con el color de la madera. Los amarres con firulete los hizo mi padre con un alambre de cobre bien pulido. Ese fue uno de los grandes días de mi vida.
Poníamos tarros de conserva alineados en el fondo de un baldío y practicábamos hasta el anochecer. Mi tío era pura pasión pero acertaba pocas veces. Lo mismo le pasaba con los números del casino, donde dejó fortunas propias y ajenas. Hasta que pasó al otro lado del mostrador y aprendió la profesión de los escruchantes para agarrarlos con las manos en la masa. Para sorpresa de todos, el que se reveló muy bueno fue mi viejo, que había pasado por el Otto Krause y detrás de la máscara de hombre de ciencia conservaba la picardía de su abuelo, el pistolero de Valencia. Como todo zurdo contrariado a mí me costaba acomodarme para tirar. Todavía recuerdo con rencor a la maestra que alzaba la voz y me gritaba: "¡ Niño Soriano, la lapicera se toma con la diestra !". Y yo la agarraba con la derecha y dibujaba una caligrafía imposible que todavía hoy me cuesta descifrar. Lo cierto es que me costaba
acomodarme a la gomera. Una noche de verano salimos con mi padre en ronda de inspección para sorprender a los que derrochaban agua corriente. Caminamos sin apuro, después de cenar, hasta el barrio de chalés. Ahí había gente que tenía piscinas de veinticinco metros y mandaba lavar coches, veredas, frentes con el agua que les faltaba a los infelices que no tenían plata para pagarse tanques de reserva ni motores eléctricos.
Mi padre tocaba el timbre y se presentaba como un caballero, quitándose el sombrero ante las damas. Yo me quedaba unos pasos atrás a escuchar su discurso que cambiaba cada vez y derivaba en evocaciones poéticas y citas sarmientinas. Es verdad que a veces hacía demagogia. Ponía en la pluma de
Sarmiento y en la boca de San Martín cosas que a mí en el colegio nunca me habían enseñado. Tenía fibra para golpear al hígado y llegar al corazón. Una vez, frente a un industrial con pinta de señorito consentido, que nos había mandado dos veces a la mierda, señaló un grueso y frondoso roble que tapaba
la entrada de un potrero y le preguntó con voz serena y convencida: " ¿Sabe que el general Belgrano ató su caballo a ese árbol cuando volvía de la batalla de Tucumán?". El señorito se sorprendió y miro al baldío mientras en su patio seguía la fiesta y los invitados se zambullían en la pileta iluminada por grandes faroles. "A mí qué carajo me importa", contestó el tipo y nos cerró la puerta en las narices. Mi padre me puso la mano sobre la cabeza, se limpió el polvo de los zapatos y volvió a tocar timbre. El tipo
apareció de nuevo, metió la mano al bolsillo y empezó a contar unos billetes arrugados. "Tomá -le dijo a mi viejo-, andá a comprarle un helado al pibe."
Hacía tanto que no me compraban un helado que ahí no más se me aceleró la respiración. Los billetes eran marrones, nuevitos, y el tipo se los tendía a mi viejo con una sonrisa displicente y pacífica. Alcanzaba para dos kilos de chocolate, crema americana y frutilla. Desde el fondo llegaba la melosa voz
de Lucho Gatica. A mí me latía fuerte el corazón mientras mi padre seguía parado ahí, bajo el alero del porche, con el traje todo raído y el sombrero en la mano. no le gustaba que lo tutearan. De pronto levantó el brazo y señalo de nuevo el árbol. "La tropa acampó atrás -dijo-. El general estaba
muy enfermo y pasó la noche abajo de ese árbol. No tenían ni una gota de agua y todos se pusieron a rezar para que lloviera."
Hubo un largo silencio hasta que apareció un muchachón con un balde de agua y se paró bajo el marco de la puerta. "¿Y, llovió mucho?", preguntó el industrial, burlón, mientras contaba dos billetes más. "Ni una gota", contestó mi viejo y movió la cabeza, desconsolado por la triste suerte del general. "Mandó hacer un pozo para buscar agua y enterrar a los soldados que se le morían." Yo me di cuenta enseguida de que tampoco esa noche iba a tener helado. Mi viejo se calzó el sombrero con un gesto cansado mientras se
escuchaban las risas de las mujeres y los arrumacos del trío Los Panchos.
"No se conseguía agua metiendo la mano en el bolsillo, señor", dijo mi viejo. El tipo extendió el brazo con la plata y mi viejo dio un paso atrás. "Mirá -se empezó a cansar el otro-, el gobernador está adentro, así que tomatelás, ¿sabés? Rajá si no querés perder el empleo." Mi padre me tomó de
un hombro y empezamos a salir. Entonces llegó el baldazo y sentí que a mí también me salpicaba el chapuzón de mi padre. Salí corriendo pero mi viejo hizo como si nada hubiera pasado. El industrial y el otro largaron la carcajada y la puerta se cerró de golpe. Ya tenían algo para contarle al gobernador y reírse toda la noche al borde de la pileta.
Cruzamos la calle en silencio. Al llegar a la esquina no pude contenerme y me eché a llorar como un tonto. Mi viejo caminaba cabizbajo pero imperturbable y fue a sentarse bajo el árbol donde según él había pasado la noche el general Belgrano. Prendió un cigarrillo, sacó el talonario y escribió la multa con una letra redonda y clara que siempre le envidié. El cielo estaba estrellado y hacía un calor de infierno. Justo para estar al lado de la pileta tomando un helado. "No le cuentes nada a mamá, ¿querés?", me dijo. Yo pensaba en los billetes marrones y en los días que faltaban para fin de mes, cuando traía su sueldo de morondanga. Por decir algo le pregunté cómo había hecho Belgrano para conseguir agua.
-No sé, hijo; en cada puerta que golpeaba le tiraban un balde con mierda.
Se puso de pie, se quitó el saco para escurrirlo y me pidió que le inventáramos a mi madre un accidente con el camión regador. Ya nos íbamos cuando de repente se paró a mirar la copa del árbol.
-¿Trajiste la gomera? - me preguntó.
Le dije que sí y se la pasé con la bolsita de piedras que llevaba bien agarrada al cinturón.
Dejó el saco sobre un arbusto y empezó a trepar por el tronco. No estaba para esos trotes pero alcanzó a ganar la primera rama y de ahí pasó a otra más alta hasta que empecé a perderlo de vista. Tenía miedo de que se cayera y se rompiera algo, como le había pasado otras veces. Empecé a imaginar a
Belgrano encaramado al árbol, oteando el horizonte, enfermo y sucio, con el pantalón blanco, la chaqueta azul y el poncho colorado.
Entonces escuché un ruido de vidrios rotos y enseguida una lámpara hecha añicos y otra que reventaba. Me di vuelta y vi que la casa de la piscina se quedaba a oscuras. Busqué a mi padre entre el follaje del árbol y de pronto lo oí desplomarse a mi lado con la gomera en la mano. Esta vez cayó de pie y
con la cara iluminada.
-Dale- me dijo en voz baja-. Vamos a tomar un helado.

*de Osvaldo Soriano
"Cuentos de los años felices" Editorial Sudamericana, Bs As, edición de 1994.

*

Padre;
Vos que no nos enseñaste a tomar la vida
en un vaso de cumbia tinto
y en un vaso de borgoña de cosecha
por qué no partiste el pan sólo para vos?

Esta vida es tan laica y rotunda
que ver un molino viajar navegando libre
es manifiesto de algún aturdido
o de un idiota que evita ser idiota
Padre amado:
de qué puedo culparte si la luz de la metralla puedo
podría
llevarla en mis manos.
Nos dejaste un paraíso.
Estamos haciendo un infierno.
Y de veras que ríes,
Bien cierto sé que ríes
porque
si apenas de apenar,
en tu pena
llegará otro diluvio.

*de ricardo mastrizzo.

Jueves, 24 de Enero de 2008
Hacer Bolsa*

*Por Rodrigo Fresán
desde Barcelona

UNO La culpa –como casi de todo– la tiene el fútbol. Es en el fútbol –esa disciplina cuyos yin y yang oscila entre un Lo vamo’ a reventar y un Nos hicieron bolsa– donde por primera vez alguien nos apunta la idea de un Conocimiento Superior al que sólo los elegidos tienen acceso. Así, nos señalan un extremo de algún recreo de nuestra niñez y allí, oracular, dando audiencia, impartiendo su saber, críptico pero elocuente como el Kurtz de Apocalypse Now está él. “Petroccinolli (por ponerle un apellido, nada personal si alguien se llama así) sabe un montón de fútbol”, nos dicen en un susurro reverente. Y, por curiosidad literalmente infantil, nos acercamos a oír lo que dice el iluminado que habla y habla y habla y números y posiciones y jugadas y camisetas. Y es ahí cuando –al menos en mi caso– comprendemos que el fútbol no nos va a interesar jamás.
DOS Aunque –tengo que reconocerlo– en ocasiones me interesa ligeramente el arco dramático de la carrera de un determinado jugador (Maradona) o el trazo à la Hugo Pratt de un perfil (Zidane) y nunca dejaré de admirar el esfuerzo mental cósmico que hacen aquellos que escuchan fútbol por la radio. Esos que ven fútbol con sus oídos con la ayuda de un súper-poder íntimo y poco aplicable cuando hay que salvar a la humanidad toda. Y lo más extraño de todo: varios de estos mutantes alguna vez me dijeron, mirándome fijo a los ojos, con voz un tanto peligrosa, que no leen porque “leer es difícil” y les cuesta “convertir a las letras en imágenes” o algo así.
Pero para volver a lo del principio y no alejarme demasiado: es en los campos de fútbol cuando por primera vez percibimos la existencia de seres que dicen saber mucho de algo que muy pocos saben. Seres que festejan sus aciertos con el puño en alto y disimulan sus errores detrás de jerga arcano-tecnológica digna de entrega de Star Wars. Es decir: cabe pensar que los pequeños Petroccinollis del ayer, cuando crecen, se convierten en comentaristas deportivos pero, también, en meteorólogos, en profetas de café que llegado el momento explicarán las virtudes invencibles del misil Excocet, en mesías eléctricos, en políticos convencidos de vender el antídoto para todos los males, en cierto tipo de médico, en adictos a trazar árboles genea/ilógicos literarios y, sobre todo, en economistas que dicen “los que apuesten al dólar...”
TRES Y los expertos en economía volvieron a ocupar pantallas y cubrir páginas luego del pasado lunes negro. Ya saben: se derrumbaron los mercados del mundo entero y abundaron las explicaciones y motivos para descifrar lo sucedido. Había allí un cierto consenso –la “culpa” esta vez era de Estados Unidos, España fue arrastrada por la onda expansiva y tuvo su peor arranque de año bursátil desde 1940–, se exploran claramente cracks del pasado inexplicables en su momento, pero la cosa se ponía más rara a la hora de vaticinar lo que sucedería en los días siguientes. Allí, cada cual se iba a su rincón del patio, desenrollaba gráficos con aspecto de cardíacos electroencefalogramas y pedía cautela o llamaba a la locura mientras –por aquí estamos en plena campaña electoral– el PSOE decía que no era para tanto mientras el PP advertía que se avecinaban siete plagas, una ola gigante, el choque con otro planeta y, ya que estamos, que Javier Bardem no ganaría el Oscar por culpa de Zapatero.
Y, entre unos y otros, esa postal que no varía a lo largo del mundo y que siempre me inquieta: el paisaje de las diferentes Bolsas internacionales donde todos gritan y agitan papeles y parecen como poseídos por una fiebre amarilla, verde, de cualquier otro color que tengan los billetes. Y yo me pregunto cómo hacen para concentrarse, para entender algo, para manejar la ensordecedora abstracción del dinero invisible y digital. Y me respondo: seguramente crecieron escuchando fútbol por la radio. Y no estaría mal que alguien les compusiera un himno para gritar en días como el lunes pasado, cuando los revientan, cuando los hacen bolsa en la Bolsa.
CUATRO Lo que me lleva otra vez a Paulino Cubero. Ya hablé de él la semana pasada. Cubero –53 años, desempleado, “perdedor” por autodefinición– se presentó a un concurso que buscaba letra para el Himno Nacional Español (hasta ahora pura melodía, lalalá en las tribunas, mudo en los versos) y su propuesta fue la elegida entre 7000. La idea de ponerle letra al Himno fue del Comité Olímpico cansado de que no pudiera cantarse nada en grandes acontecimientos deportivos. Eligieron la de Cubero, el tipo salió en todas partes, era feliz, y cinco días después el sueño terminaba y su letra era descartada porque “no había consenso”. Unos dijeron que la letra era un tanto “rancia”, otros que era “nacionalista” y algunos apuntaron que “no funcionaba porque era un himno de paz” y los himnos que triunfan en el hit-parade himnótico son los himnos “guerreros”. La Marsellesa, por ejemplo. Y no es que el nuestro sea gran cosa pero tienes partes muy sword & sorcery y tal vez podríamos venderle a España todas esas estrofas que no usamos. Hemos vendido tantas cosas... Por el momento, otra vez, a cantar en las gradas no el himno nacional sino ese cántico popularizado por aquí en el último Mundial de Fútbol donde la selección comenzó sintiéndose favorita para, casi enseguida, no acabar bien. Oírlo en la radio: miles de gargantas gritando “¡A por ellos, oé! ¡A por ellos, oé!” Lo que equivale a la versión ilustrada folletinesca, y espadachina del Lo vamo’ a reventar o del Vamo’ a hacerlos bolsa.
CINCO Mientras tanto, el himno calla pero la ambición no descansa y las batallas intestinas y gástricas dentro del PP –la expulsión/renuncia de Gallardón, el más popular y a la izquierda de los Populares– amenazan con hacer volar por los aires toda posibilidad de ganar las elecciones de marzo. Esta vez, el PP ha puesto sus propias bombas y a ver si consigue desactivarlas. La cosa –para ambos partidos mayoritarios– está muy en plan cable rojo o cable azul. La gente está que explota: el 2008 ha comenzado con todos los síntomas de anno terribilis. La niebla de la incertidumbre cubre todo y, el martes por la mañana, cubrió la autovía Madrid-Toledo en la que tuvo lugar uno de los mayores choques múltiples jamás registrados en España. Reacción en cadena de 100 vehículos estrellándose entre ellos a medida que la gente se paraba a curiosear un primer choque y crash y recrash y a hacerse bolsa mientras intentaban comprender, oyendo la radio, qué había pasado con sus accioncitas. Y el dinero no alcanza y las deudas persiguen y, para colmo, han sido detenidos en Barcelona varios miembros de una célula islámica que se disponía a hacer mucho boom y kaboom. Gente con ganas de hacer bolsa a la gente. Eso sí: parece que las Bolsas se recuperan y la historia continúa pero nadie sabe cómo.
Un broker apuntaba que “cuando reventó la burbuja tecnológica en el 2000, la gente venía y aullaba y se jalaba de los pelos... Ahora, con Internet, la gente vive estas cosas en la intimidad de su hogar”. Y en El País el pobre Cubero comentó que “Ahora estoy escribiendo un poema donde explico lo que me está pasando. Lo estoy contando como si fuera un partido de fútbol, con sus dos equipos, con el árbitro... y yo, pues bueno, yo soy, el balón”. Y es una imagen apropiada para los días que corren y se arrastran: a Cubero no lo hicieron bolsa pero sí lo hicieron pelota. Y en algún lugar de la cancha del cual no quiero acordarme, Petroccinolli sigue hablando. Después –tarde o temprano se acaba el recreo– suena la campana, el silbato, lo que sea y hay que volver a entrar a las aulas de la realidad.
Pásenlo en la radio.

*Fuente: Página/12

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-97901-2008-01-24.html

*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 27 de enero del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor cubano Aurelio de la Vega. Las poesías que leeremos pertenecen a Roque Dalton (El Salvador) y la música de fondo será de Uakti (Brasil). ¡Les
deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)
!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067

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