TAN TRISTES, TAN DESPOJADOS...
Flores secas*
Colores que no son nada
Sonidos que no suenan
Lluvia que seca el aire
Belleza de la melancolía
Se derriten los sentidos
Contradicciones en mi ser
No hay memoria, solo recuerdos
Nubes violetas en mis ojos.
Lloras esperanza inexistente
Ríes razones imposibles
Vivimos la soledad agonizante
Corres en sentido contrario
Palabras abstractas
Sentimientos ácidos del sol
Mueres desde tus ojos
Dejas de respirar sangre
Poemas negros que no son canción
Se disuelven en tu melódica tristeza
Nacen flores donde estuviste
Se marchitan al verte marchitar.
*De silvana gangi chibi_chivi@hotmail.com
TAN TRISTES, TAN DESPOJADOS...
Domingo, 17 de Febrero de 2008
Bongo*
*Por José Pablo Feinmann
En San Clemente no veraneaban los ricos. Era un lugar marginal, barato porque era salvaje, porque estaba cerca de Mar de Ajó, que daba mersa. Nunca supe si veraneábamos en San Clemente porque no teníamos dinero para hacerlo en otro lado o porque papá lo había elegido como lo mejor, lo más amplio,
tranquilo, con poca gente. A mi viejo la gente no le caía bien. Nunca supe si éramos ricos o pobres o algo intermedio. En Belgrano R vivíamos en un chalet muy lindo, pero lo alquilábamos. Después el viejo lo compró. Pero lo que me hacía dudar de la fortuna de papá, o de que éramos ricos, era el Nash. Sería del '42 o del '44 a lo sumo. Y veraneábamos en San Clemente en el '51. La moda, el último modelo, era el Chevrolet '51. Uno que otro pasaba veloz, como despectivo, casi siempre era de color blanco, y tocaba bocina.
Como si el dueño dijera: "Miren, otarios, miren el cochazo que tengo".
Todavía en mi memoria si aparece inesperadamente, desde el fondo del pasado, la frase Chevrolet '51 es sinónimo de riqueza, de ostentación. Hoy serían una basurita. Pero en 1951 andaban veloces, se los veía venir de lejos. Me preguntaba: si tienen un Chevrolet '51, ¿por qué veranean en San Clemente?
Entonces San Clemente no debe ser un lugar para pobres. No éramos pobres.
Pero, ¿por qué papá no compraba algo mejor que el Nash? El Nash era pesado.
Era sólido, sí. Era como un tanque. Era azul. Tenía unos faros enormes y unos guardabarros como alerones. Tenía estribo. ¿Alguien imagina un auto con estribo? Bien, el Nash tenía estribo. El Chevrolet '51, no. Eso era el progreso.
Había alguien que estaba enamorado del Nash. Si el Nash se volvía hermoso era por él. Bongo amaba el Nash. La ventanilla derecha era suya. Papá se la abría por completo y el Bongo ponía sus patitas en ella y sacaba su cabeza y miraba hacia adelante. Papá aceleraba todo lo que el Nash podía. Aunque nadie lo crea, en 1951, para decir que un auto andaba a mucha, pero mucha velocidad se decía: "¡Anda como a ochenta por hora!". Era otro mundo. Decir que la velocidad extrema era ochenta por hora era decir muchas cosas. El tiempo era lento en 1951. No había necesidad de correr tanto. Cierto es que no se podía. Pero nadie se quejaba por eso. Lo vieran al Bongo: el viento le tiraba las orejas para atrás, él entrecerraba los ojos, abría la boca y su lengua se agitaba juguetona, feliz. Sonreía, no lo duden. Bongo era feliz y sonreía cuando iba en la ventanilla y se devoraba el aire de la playa, el sabor del mar. ¿Por qué papá lo llevaba en el Nash? Porque papá, de todos nosotros, fue el que más llegó a quererlo al Bongo. En Buenos Aires, le sacaba al Nash los asientos de atrás y ubicaba ahí unos flejes de bronce. Yo
me ponía unos guantes de obrero y lo ayudaba a cargarlos. Después les decía a mis amigos que mi papá tenía una fábrica de hierros, de bronces, de acero.
Me creían. Yo también me lo creía. Pero el viejo tenía que salir con el Nash para hacer las entregas. Era un héroe. Porque ya andaría por los sesenta años. Sesenta años de los cincuenta. Pero el viejo era un roble. Laburador como pocos. Para cuidar los flejes de bronce se lo llevaba al Bongo. Si alguien se llegaba a acercar al auto, si alguien se apoyaba en la ventanilla, el Bongo se lo devoraba, se le tiraba encima con rugidos y dientes de gorila criminal. Era bueno con los suyos el Bongo; con los otros, mejor que se cuidaran.
Pero tenía una costumbre maldita. Ah, Bongo querido, cuánto te costó esa manía, esa locura absurda que ninguno de nosotros podía entender ni hacerte abandonar. No la tenías cuando te trajeron. Porque el Bongo llegó a casa traído por una prima en una caja chiquita, pero chiquita en serio, eh.
Estaba llena de agujeros, para que respirara lo que ahí dentro hubiera. La prima abrió la cajita y salió una cosa negra que daba dos pasos y se iba de trompa al piso. Era Bongo. ¡Qué chiquito era! No valía nada. Daba pena. No sé quién lo alimentó. No sé cómo lo alimentaron. Al año ya papá lo bañaba en
la pileta del fondo, donde, si subías una escalera, te topabas con la habitación de Rosario, que, según la leyenda, mi hermano visitaba con cierta frecuencia. Mi viejo lo enjabonaba por completo y Bongo lo dejaba hacer. Era divertido mirarlo. Lo que no era divertido era cuando, ya enjuagado, Bongo
saltaba de la pileta y se sacudía. Era un tormentón. Había que rajar o te mojaba hasta el alma. Pero no dije todavía cuál era la maldita costumbre del Bongo. Estaba siempre en la calle, esto lo sabemos. Y por Echeverría o por Estomba no pasan muchos autos. Con todo, auto que solía pasar Bongo se le arrojaba a las ruedas y les ladraba durante media cuadra. ¿Qué tenía con las ruedas de los autos? ¿Qué enemigo creía ver ahí? Nos fuimos acostumbrando.
Así era. Era una manía del Bongo. Lo escuchábamos de lejos ladrar como un loco o rugir con furia y ya sabíamos, otra vez Bongo persiguiendo a un auto.
De San Clemente había que volver. Era triste volver. Para Bongo sobre todo. Porque en San Clemente era más libre que en Buenos Aires. Desaparecía de la mañana a la noche. No es que no lo extrañáramos, pero sabíamos que ahí estaba su felicidad. Una vez me pidieron que lo buscara. "Fijate por dónde anda el Bongo." Empecé a caminar por la playa. Y de pronto, lo maravilloso.
Un fuerte de la Legión Extranjera. No lo había visto antes porque nunca me alejaba tanto. Lo reconocí y no lo pude creer: ¿todo era mentira entonces?
Era el fuerte de una película de Los Cinco Grandes del Buen Humor que se llamaba La patrulla chiflada. Yo había visto recientemente la película y me creí que el Fuerte era de verdad. En el cine lo vi grande. Lo vi verdadero.
Era una nada. Un cartón pintado ya casi cubierto por un médano. Descubrí, dolorosamente, que el cine mentía. También entendí que si los de la película buscaban un lugar para que les diera un desierto, ese lugar era San Clemente. Esto me alentó un poco. Yo estaba en el mismo desierto en que había estado la patrulla chiflada. Zelmar Gueñol, Jorge Luz, Juan Carlos Cambón, Guillermo Rico y el Pato Carret. Qué cosa. Era una porquería el Fuerte. Lo encontré al Bongo y lo llevé de vuelta.
Volvíamos de San Clemente y pinchamos una goma. El viejo acercó el auto a la banquina y él y mi hermano empezaron a cambiarla. Del Bongo, como siempre, nadie se ocupó. El Bongo se cuidaba solo. De pronto oímos su famoso ladrido, sus rugidos. Pero esta vez hubo un lastimero quejido de dolor. Mi vieja y yo
habíamos bajado a la banquina, con Rosario y ellas juntaban flores y yo cazaba galerones o limoneros, que muchos no había. Subimos a la ruta. Era simple: una cosa era ladrarles a los autos que pasaban por Echeverría o por Estomba y otra a los que pasaban, "a ochenta por hora", por la ruta. El Bongo había quedado a unos sesenta, setenta metros. Quedé paralizado. Era una mancha negra en la ruta. Una mancha inmóvil, chiquita. Mi papá fue hacia él, lo alzó y lo trajo. El Bongo estaba muerto. Por suerte, el auto sólo lo había golpeado en la cabeza. Fue un instante. Pudo haber sido peor, seguía siendo él. Papá, con un cuidado tierno, que casi no le conocía, lo enterró en la banquina, y todos le pusimos encima las mejores flores que encontramos. Se cambió la rueda y seguimos viaje. Nadie hablaba. Yo no podía ni llorar. Nunca habíamos vuelto así de San Clemente. Tan tristes, tan despojados.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-99035-2008-02-17.html
La tierra incomparable*
(fragmento)
*de Antonio Dal Masetto
DIECIOCHO.
Fue agradable despertar en aquella habitación nueva. Las paredes eran blancas, los muebles blancos, la cortina blanca. Había un solo cuadro con dos estilizadas figuras humanas abrazándose. Desde la cama Agata veía, en la cortina transparente, los juegos de luces y sombras proyectados por las ramas de un árbol a las que movía el viento. Se levantó y abrió la puerta que daba a un balcón minúsculo, con barrotes de hierro y una maceta con geranios colgada de la baranda. Abajo había un jardín con pasto muy verde y tres álamos en el centro. Al fondo, un aljibe, con cuatro pilares sosteniendo un techo de pizarra. Detrás, un muro cubierto por enredaderas, una galería, columnas, arcos. Un gato negro con la cara blanca se detuvo junto al aljibe, trepó, miró adentro, saltó hacia la galería y desapareció.
El viento arremolinaba las hojas amarillas del suelo y arrancaba otras de las ramas. Todo el aire estaba agitado por ese continuo desplazamiento.
Algunas hojas llegaban hasta el balcón. Grandes nubes oscuras venían desde el lago y Agata pensó que llovería. No le desagradó esa posibilidad.
Le pareció que estaba sola por primera vez desde que había subido al avión y se sintió en paz.
Tomó sus remedios, acomodó la ropa, colgó el camisón en el placard y después hizo la cama. El comedor era un salón amplio y había unos treinta muchachos ocupando dos mesas largas. Desayunó y salió a la calle. Pasó por el colegio
de monjas donde habían ido sus hijos, bordeó la iglesia, se detuvo en las vidrieras, leyó todos los carteles con los que se cruzó. Volvió a comprobar que la parte vieja del pueblo no había cambiado de aspecto: calles empedradas y estrechas que dejaban ver arriba una franja de cielo, balcones con macetas, escaleras, rejas en las ventanas, techos de tejas, chimeneas.
Y siempre, al avanzar en cualquier dirección por esos corredores en sombra, había un momento en que al fondo se producía un estallido de luz y la calle se abría al lago o a las montañas.
Agata entró en una librería y compró dos postales de Trani. Desembocó en una plazoleta y se sobresaltó al descubrir que todavía existía la confitería Tre Corti. Miró para adentro a través de la vidriera. No se veía a nadie. Empujó la puerta y sonó una campanilla. Entró, la puerta se cerró a sus espaldas y durante un par de minutos Agata estuvo sola. Ahí era donde
compraban masas para los acontecimientos importantes: bautismos, compromisos, cumpleaños, navidades. Las estanterías, las vitrinas, parecían ser las mismas. Apareció una mujer joven, le sonrió, le preguntó qué deseaba. Agata señaló la vitrina de las masas.
-¿Una docena? -preguntó la vendedora.
Agata asintió.
-¿Quiere elegir?
-Surtidas.
La mujer fue colocando las masasen una bandeja de cartón:
-Ya está.
-Ponga catorce -dijo Agata.
Miró cómo la mujer ataba el paquete con dedos hábiles y sintió deseos de contarle.
Después bajó hasta la orilla. Se sentó en un banco, frente al puerto donde estaban los botes. Desató el paquete, eligió dos masas y lo volvió a atar.
Mordió la primera, entrecerró los ojos y buscó el sabor de otros años.
También eso formaba parte de la ceremonia del reencuentro. Se imaginó con sus cuatro nietos, diciéndoles que en esa misma confitería habían comprado masas cuando bautizaron a Guido y a Elsa. Eran muchas las cosas que ahora les hubiese querido contar: lo que recordaba, lo que sentía, lo que veía.
Estaba la costa borrosa, estaban los faroles y los árboles, estaba ella sentada en un banco de madera, y el viento y ese cielo bajo. Comió la segunda masa. Abrió la cartera y guardó la servilleta de papel que decía Tre Corti con letras doradas. El cielo se había oscurecido aún más. El lago estaba cubierto de bruma y el agua y el aire eran una sola cosa. Desde aquella masa uniforme surgió un pájaro negro y voló hacia las montañas.
Agata fue girando la cabeza y lo siguió mientras pudo; se dijo que cuando Silvana volviera le pediría que la llevara a recorrer esos pueblos que se veían arriba.
Se levantó y caminó a lo largo de la orilla. Cruzó el puente sobre el San Giorgio y recordó un día de su infancia, cuando escapó del colegio donde había sido internada después de la muerte de su madre y fue interceptada por un policía justo en la mitad de ese puente. Más allá nacía un espigón que penetraba en el lago. Agata lo alcanzó y fue hasta la punta. Permaneció
ahí, expuesta al viento, con las olas que embestían las rocas bajo sus pies. Vio, sobre la costa, las mansiones y los palacios que seguramente seguían perteneciendo a dueños misteriosos, gente que vivía en muchas partes, que tenía casas acá y allá, en las ciudades, en el mar, en otros países, que se movía por el mundo a su antojo, que no disponía en el curso de sus vidas de un solo regreso, de una sola posibilidad de regreso como le había tocado a ella.
Las primeras gotas comenzaron a caer cuando Agata llegó a la casa de Carla.
Había una mujer haciéndole compañía a su amiga, se llamaba Tina. Era gruesa y enérgica. Ayudó a Ágata a quitarse el tapado y le trajo una silla. Dijo que prepararía el almuerzo y fue a la cocina.
-Silvana me contó que te mudaste a un hotel, ¿cómo estás ahí? -dijo Carla.
-Muy cómoda.
-Qué vergüenza. Tu sobrina te hizo pagar. Si viniera un familiar a mi casa, ¿cómo podría cobrarle?
Desde donde estaba, Agata veía a Tina trabajando. Le llegó el olor a aceite frito. Tina se dio vuelta y le gritó:
-Todo tiene su aplicación en esta vida, hasta las uñas: para pelar ajo.
Agata sonrió y asintió con un movimiento de cabeza. Carla preguntó si además de su sobrina había visto a alguien más.
-Todavía no.
Y agregó que había pensado ubicar a Rineta, la única hermana de Mario que aún vivía, aunque no estaba segura de si debía ir a visitarla o no.
Hacía muchísimos años que no se comunicaban, desde que Rineta se peleó con los hermanos que estaban en la Argentina por el problema de una hipoteca sobre la casa de los padres.
-Anda -dijo Carla-, está sola, se le-murió la hija, igual que a mí. Hay que olvidar, hay que perdonar.
Carla no recordaba exactamente dónde quedaba la casa de Rineta, sabía que era en Tersaso.
-Podemos fijarnos si figura en la guía de teléfonos -dijo.
Buscaron y no la encontraron. El que sí figuraba era Pizzoli, el marido de Virginia, la otra hermana de Mario. Agata anotó la dirección.
-A la mesa -dijo Tina.
Cuando llegó la fuente de fideos y Agata los probó, comentó que estaban muy buenos.
-¿Cómo los prepara? -le preguntó a Tina.
-Es sencillo -dijo la mujer.
Y le dio una explicación muy detallada, pero al mismo tiempo tan confusa que en definitiva Agata no entendió nada.
-Es inútil preguntarle -dijo Carla cuando Tina volvió a la cocina-. A mí me hace lo mismo. Lo único que te va a contestar es que el secreto consiste en ponerle el queso a los fideos antes que la salsa.
Mientras tomaban café, hablaron de cosas del pasado. En algún momento Agata temió que, como el día de su primer encuentro, las ideas de Carla comenzaran a confundirse, pero no ocurrió nada de eso y fueron saltando de un tema a otro mientras corría la tarde. A Agata le gustó revivir y comparar sus recuerdos con los de Carla, recuperar hechos que había
olvidado y comprobar que evocaba otros de manera diferente. Detrás de los vidrios había comenzado a llover con fuerza.
-Todavía no pasé por la fábrica -dijo Agata.
-Cerró hace mucho. Está abandonada. Da pena verla.
Carla le pidió que buscara un sobre, en un cajón. Sacó unas fotos y se las fue pasando. En una estaban juntas y atrás se veían cosas que ya no existían. Había fotos del marido de Carla:
-Cuando ya estábamos más o menos bien, cuando podíamos empezar a disfrutar de la vida, enfermó.
Hablaron de Silvana y Agata se enteró de que su profesión era decoradora.
-Hizo trabajos importantes -dijo Carla-. En Trani, en otras localidades de la zona y también en Milán.
Tocaron timbre y apareció un tal Toni, un hombre de unos sesenta años, de estómago abultado y ojos maliciosos, que tenía cierto parentesco con Carla. Cuando supo quién era Agata, la felicitó calurosamente e improvisó un breve discurso que tenía algo de patriótico. Después siguió con las alabanzas y Agata no entendió a qué venía tanto entusiasmo. Toni traía un canasto, lo abrió, sacó dos hongos de gran tamaño y los mostró con orgullo.
-¿Qué le parecen?
-Hermosos -dijo Agata.
-Los junté esta mañana. Son los más grandes que encontré este año. Y seguro que también los más grandes que encontró nadie en mucho tiempo.
-Ya empezamos con las exageraciones -dijo Carla con un gesto de fastidio.
-¿Viste algunos mejores? -dijo Toni.
-Estoy acá adentro, sin moverme, ¿qué puedo ver?
Del canasto, Toni sacó también una botella.
-Este vino lo hago yo -dijo-. Tiene que probarlo.
-El mejor vino de la zona -dijo Carla.
Toni ignoró la ironía y le explicó a Agata que vivía arriba, en la montaña, pasando Mergozzo. Si un día Silvana la llevaba le gustaría mostrarle su huerta y el viñedo. Fue a la cocina y trajo tres vasos, sirvió y dijo:
-Por el regreso.
Brindaron y Agata abrió el paquete de masas. , Toni resultó ser un hombre simpático y socarrón. Estaba informado de todo, pasaba sin pausas de un tema a otro: política, corrupción, religión, ecología, educación, autoridades municipales.
Tenía una infinidad de anécdotas y en definitiva nunca se sabía si estaba hablando en serio o en broma. Remataba cada una de sus historias con las mismas frases:
-Eso dicen. Yo no lo vi.
Hablaba gesticulando y en voz muy alta, como si estuviese ante una
multitud.
-Estamos viejas pero no somos sordas -le dijo Carla.
-Viejo es el que muere -dijo Tina que pasaba en ese momento.
A Agata la entretenía escuchar a Toni, la hacía pensar en otros tiempos, en las tardes de los días de fiesta bajo las glorietas de las hosterías, mientras alguien tocaba el acordeón y la gente discutía a los gritos sobre cualquier tema y parecía que fueran a degollarse.
-¿Se enteró de que vamos a separarnos del Sur? -dijo Toni.
-Algo escuché -dijo Agata-, pero no entiendo cómo podría ocurrir, norte o sur son todos italianos.
-¿No vio los carteles que dicen República del Norte?
-No me di cuenta.
-Preste atención. Están en los cruces de las rutas, en las entradas de los pueblos. Trani, República del Norte.
-¿La gente qué piensa? -preguntó Agata.
-Me parece que en general está de acuerdo. Pregunte y verá qué le contestan.
-¿Y cuál es la razón? -preguntó Agata.
-Los del norte dicen que están cansados de trabajar y producir y tener que compartir todo con los del sur, que no trabajan y no producen.
-¿Y usted qué piensa?
Toni meditó:
-Yo digo que hay que empezar a pensar en grande. Siguió hablando del tema, aportando datos, pero de manera indirecta, sin comprometerse.
-También se va a encontrar con gente que está en desacuerdo. Y muchos que dicen una cosa pero piensan lo contrario -concluyó.
-¿Pero su opinión cuál es? -insistió Agata.
-Que llegó la hora de empezar a pensar en grande.
-¿Cómo sería empezar a pensar en grande, Toni? -intervino Carla, y había impaciencia en su voz.
Toni meditó de nuevo, levantó su vaso, tomó un trago, se encogió de hombros y abrió los brazos:
-Si empezamos a explicarlo ya no estaríamos pensando en grande.
Después abordó el tema de los extranjeros que estaban invadiendo el país.
Agata recordó la nota en el diario sobre aquel barco sin puerto, las calles de Roma y la estación Termini.
-Dicen que la gente empieza a tener miedo con tantos extranjeros -dijo Toni.
-¿Miedo de qué?
-A lo mejor de que le quiten lo que tiene.
-¿Cómo podrían quitárselo?
-Acá la población se mantiene estable. Tantos nacen, tantos mueren. Esa gente que viene de afuera en cambio tiene muchos hijos. Dicen que con el tiempo pueden llegar a ser mayoría.
Agata sonrió y esbozó un gesto de incredulidad.
-Dicen que los otros días mataron a un negro -siguió Toni. .
-¿Dónde?
-Acá nomás, cerca de Milán.
-¿Quién fue?
-Dicen que un grupo de muchachos.
-¿Cómo lo mataron?
-Lo sorprendieron dormido, en la calle, le echaron nafta y le prendieron fuego. Eso dicen. Habría que ver si es cierto.
-¿Cómo habría que ver? -intervino Carla-. Lo quemaron vivo.
-Dicen que sí. Yo no lo vi.
-¿Qué importa si vos no lo viste? La televisión habló una semana entera de eso -dijo Carla irritada.
-Sólo creo en lo que veo.
-¿Sólo lo que ves?
-Nada más.
-Eso es tonto.
-Será tonto, pero sólo creo en lo que veo -repitió Toni con cierta solemnidad.
Y se sirvió otro vaso de vino.
Se produjo un silencio y Agata esperó atenta para ver cómo concluía. Tenía la impresión de que ese tipo de discusiones entre Carla y Toni no eran cosa nueva, seguramente se trataba de una costumbre y una vieja rivalidad.
-La música te gusta, ¿verdad? -preguntó Carla después de pensar un poco.
-Algunas músicas me gustan -contestó Toni.
-¿Por ejemplo?
-La ópera.
-Te gusta escucharla.
-Sí, me gusta escucharla.
-Te sentás en tu casa y disfrutas.
-Me siento en mi casa y disfruto.
-Entonces la música existe.
-Claro que existe, ¿cuál es la novedad?
--Muy bien, voy a decirte algo: la música no se ve.
Se notó que Toni había quedado desorientado. Movió las manos, trató de hablar, pero no encontró las palabras y en su cara hubo un gesto de desagrado como si acabaran de hacerle trampa. Guardó los hongos en el canasto, dijo que debía irse porque se le había hecho tarde y se despidió.
-Este Toni me pone nerviosa -dijo Carla cuando quedaron solas.
-Ese argumento de la música lo desarmó. Yo también quedé sorprendida. Nunca había pensado en eso.
-Los hongos los trajo de regalo. Pero se molestó y se los llevó de vuelta.
¿A vos te parece? Ni que fuera un chico. Estaba anocheciendo. Ya no llovía.
-Yo también me pongo en camino -dijo Agata. Durante el trayecto al hotel, aquella charla con Toni sobre el Norte y el Sur siguió dándole vueltas en la cabeza. Subió a la habitación, escribió las dos postales que había comprado y a la hora de la cena bajó al comedor. Ya estaban los estudiantes en las mesas largas. Había también una familia con chicos, alguna pareja, turistas
o gente del lugar. Cerca, un grupo de cinco hombres, discutían y por momentos levantaban bastante la voz, aunque nadie en el salón parecía preocuparse por ellos. La mujer que atendía las mesas era bajita y gruesa, roja de cara, amable, de buen humor. Carecía de cuello, parecía un barril. Cuando giraba lo hacía con todo el cuerpo, como si no tuviese articulaciones. Se desplazaba rígida y rápida entre las mesas y daba la impresión de que tuviera rueditas bajo los pies. Agata supo que su nombre era Rosina porque los muchachos la llamaban a cada rato. Cuando se acercó, Agata pidió un plato de sopa.
-¿Y después?
-Nada más.
-¿Sólo sopa? -dijo la mujer, con un mueca de desilusión en la cara y los cortos brazos abiertos en un gesto teatral.
-Sólo sopa -dijo Agata divertida.
-No puede ser, ¿ésa es toda su cena? ¿De dónde viene?
-De la Argentina.
-¿Eso es lo que comen allá? ¿Qué pasa en Argentina, se les terminaron las vacas? Si se queda unos días con nosotros, le enseñaremos a alimentarse como corresponde.
Agata rió:
-Casi nunca ceno.
Tomó su sopa, dejó el comedor, cruzó el hall de entrada, bajó tres escalones y fue a sentarse en el bar. Era una sala con pocas mesas, algunos sillones y un televisor encendido. No había nadie, sólo la muchacha que atendía.
Agata pidió un té de manzanilla. Mientras esperaba, vio a los estudiantes que habían terminado de cenar salir en tropel del comedor y perderse por la escalera que llevaba a la planta alta. Cuando le trajo el té, la muchacha se quedó junto a la mesa y le dio charla. Era menuda, bonita y de rasgos fuertes. Tendría dieciocho años, tal vez menos. Se llamaba Nadia. Seguramente se aburría en el bar y necesitaba hablar. Le contó que vivía en Cambiasca, pasando Tersaso, que su padre venía a buscarla cuando terminaba de trabajar, a medianoche. Agata le preguntó si había nacido ahí.
-Nací acá, mi padre también. Mi madre en cambio es de Bari.
Entonces Agata se acordó de la separación del Norte y el Sur, habló del tema y volvió a formular la pregunta que le había hecho a Toni horas antes:
¿Qué pensaba ella de eso?
A la muchacha le brillaron los ojos de furia:
-Son racistas. Y no lo digo porque mi madre sea meridional. Racistas y fascistas.
Había apoyado ambas manos sobre la mesa y se había inclinado hacia Agata. Se notaba que tenía intención de seguir hablando. Pero entraron cuatro estudiantes, se acodaron al mostrador y la reclamaron. Nadia fue a atenderlos.
*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.
El ferrocarril es una cuestión nacional. A 60 años de su nacionalización
ESTADO Y TRANSPORTE EN LA ARGENTINA FERROCARRILES ARGENTINOS*
*Por Juan Carlos Cena ferrocena2003@yahoo.com.ar
"Las cuestiones sencillas son también las más complejas cuando son verdaderas. Para no perderse en los dédalos y laberintos hay que retener el hilo: el fundamento del armazón del Estado y del poder hay que buscarlo en las relaciones de producción y en la división social del trabajo. No se trata de una estructura donde estarían ausentes las clases, los poderes y las luchas. Poner en relación el Estado con las clases y las luchas es ya la investigación de ese fundamento, aunque sólo sea un primer jalón.
Nicos Poulantzas - Estado, Poder y Socialismo -Siglo XXI -México - 1980.
El planteo del MoNaReFA
En forma metódica y permanente el Mo.Na.Re.FA ha reiterado, refutando por un lado, y tratando de esclarecer por el otro, que no se puede opinar sobre el sistema de transporte nacional si no se conoce la verdadera naturaleza de esta materia. De la misma manera se puede afirmar cuando se trata y se opina
del sistema de transporte ferroviario, el papel que juega en el desarrollo e integración, que servicios presta y cual es el beneficio público que genera a la sociedad, es decir, a la Nación.
Ningún gobierno que actúe en nombre del Estado puede dejar de responder a estas premisas. Para aprehender y leer bien esta realidad, en este caso, la del ferrocarril, repetimos, es necesario estudiar la naturaleza y el papel que juega el Estado en este tema, y la relación entre el Estado, el poder y
las clases sociales. Por supuesto, esta materia no es una cosa sencilla, hay que desentrañar esta realidad, interpretarla, modificarla o transformarla de acuerdo a las necesidades nacionales. En este breve espacio debemos hacer un esfuerzo, para esbozar algunos conceptos fundamentales sobre estas
cuestiones, para así, poder encarar y desarrollar acabadamente el tema sobre el sistema ferroviario, su problemática y situación actual.
No se ha escrito claro y profundamente sobre el sistema ferroviario y el papel del Estado. Le han dado un tratamiento diferenciado a ex profeso. Esa separación temática promovida permite ocultar o que se ignore la relación entre Estado-ferrocarril. Se trata de ocultar que hay una correspondencia biunívoca, entre ambos, es decir una interrelación fundamental. Mucho se ha distorsionado en ese decir, para instalar sobre la comunidad una mirada desnaturalizada y errada, para que esta se sustraiga y no saque las conclusiones correctas correspondientes De la misma manera, que papel jugó el Estado Nacional en nuestro país y cual fue su desempeño a lo largo de la historia, tanto en la instalación, desarrollo y destrucción de los ferrocarriles. La historia de los ferrocarriles va unida a la vida y a la consolidación del Estado en la Argentina y a que clase representó y representa.
El papel del transporte
Decimos que el transporte interviene reiteradamente, en la producción y comercialización de bienes. Las mercancías o cualquier producto manufacturado toman valor, recién, cuando interviene el transporte. Por eso el precio y la calidad de los servicios del mismo afectan intensamente la perfomance de todo el sistema económico. Para tener una idea cuantitativa de la importancia económica del Sector Transporte es ilustrativo mencionar que el mismo genera más del 9% del PBI y, que en él, se efectiviza un 11% de la
Inversión Bruta Interna.
El transporte debe aportar irremplazables soluciones a los problemas de integración del espacio territorial y de la Defensa Nacional, cumpliendo trascendentes funciones de la ecuación económica-financiera.
Allí, en esa, su directa injerencia en la economía global, donde el transporte adquiere capital importancia, que debe calificarse, sin duda alguna, como trascendente.
El sistema constituye un aspecto clave de la vida nacional, ya no existe ninguna actividad que no requiera de una forma u otra de este servicio.
El sistema de transporte es como el sistema arterial que irriga al cuerpo humano. Sin este régimen circulatorio el cuerpo no tendría vida. Todas las arterias, venas grandes, pequeñas, conductos y vasos capilares contribuyen armónicamente al funcionamiento de ese camino circulatorio. Todos los vasos
arteriales son afluentes tributarios al sistema central de irrigación, todos son necesarios, comunicantes y complementarios entre sí. No compiten. Si eso ocurriera, habría un serio desequilibrio en el metabolismo de ese cuerpo, o no habría vida.
No se puede imaginar el desarrollo de una comunidad que no cuente con un sistema de transporte adecuado, armónico, integrado, donde los distintos modos se complementen y sirvan a la universalidad comunicacional del territorio nacional.
El objetivo básico de cualquier Estado en ese sector es: Transportar, eficientemente, al más bajo costo social para la Nación. Para eso deberá fijar objetivos claros en su organización y armonización general. El Estado debe intervenir definiendo las normas de comportamiento de los distintos modos de transporte. Cumpliendo, con plena facultad, la función de planificador y organizador; asumiendo, a su vez, el papel de ente regulador, a través de un férreo control de gestión, para así, corregir errores y
desviaciones en los objetivos fijados.
El ferrocarril es un componente del Sistema Nacional de Transporte y, como tal, su relación con la economía general se inscribe en este marco.
En tales fines, el ferrocarril tiene funciones específicas a las cuales, la Nación no puede renunciar. Sin embargo, en mérito a constreñirlo a un papel netamente comercial, se abandonaron infraestructura y servicios de importancia estratégica, sin que los medios sustitutos, rigiéndose por estrictos e impropios mecanismos de lucro, hayan cubierto mínimamente los espacios vacíos, por el retiro del medio ferroviario, condenando a la extinción a poblaciones íntegras.
El ferrocarril es el medio más barato para el transporte masivo de personas y cargas en medias y largas distancias, bajo ciertas condiciones.
Estas son definiciones sintéticas y primarias. Referente al papel que juega el Estado, y el rol que debe jugar en su inserción, el sistema nacional de transporte ferroviario, en el sistema nacional de transporte. Desde hace años, desde todas las latitudes del mundo donde el transporte juega un papel
fundamental en el desarrollo de los países se ha dicho y comprobado que viajar y transportar en tren es mas seguro.
El diseño de la estructura de este trabajo abarcaba temas como: El ferrocarril y su capacidad de cargas, el tren contamina menos, ocupa poco espacio, ahorra energía, muertes por accidentes, polución, economía y transporte, ecología y transporte, o transporte y medio ambiente. Pero uno propone y Dios dispone dice el dicho.
Ley de Reordenamiento Ferroviario
La posible sanción de la nueva ley ferroviaria nos hace cambiar la estructura del trabajo. Es fundamental tratar este tema. No se puede obviar.
Es prioritario. Se está por consumar otra trampa del gobierno "progresista".
"La mentira está hecha con palabras, y también con silencio." Nos dice Adrienne Rich.
La sanción de esa ley es grave. Las mentiras y los silencios cómplices son parte de la naturaleza de los cipayos y vendepatrias que la promueven, y la de los que la van a aprobar en el parlamento. Quien mienta y quien silencie la verdad se hacen acreedores de esa calificación y del desprecio nacional.
Esa ley es la empaquetadura final del proyecto entreguista del gobierno de Carlos Menem, que cumplió a rajatabla los mandatos del imperio. Esa ley va enajenar bienes de la nación sin control alguno, en forma vil. Enajenación que Menem o no se atrevió o no pudo. Debemos estar en contra de todo tipo de enajenación. No las hay buenas o malas. Esta ley es enajenante. Una vez más, este gobierno de la familia Kirchner utilizando su retórica "progresista" pretende disfrazar la profundización de la política privatista del menemismo.
El papel del progresismo
Hablemos un poco del progresismo antes de continuar, sino suena como a descalificación barata, desdoro o insulto que se utiliza cuando se carece de ideas. Kirchner gobernó durante cuatro años y medio la Argentina, sin esbozar, o siquiera enunciar, cuales eran las tres o cuatro ideas fuerza de
su proyecto político. Todos fueron anuncios tras anuncios. "Todos gobiernan sobre las circunstancias. Son gobiernos que no resuelven los conflictos sino que más bien los administran. Esa crítica a la falta o carencia de proyecto político es lo que pretendemos explicar en esta breve meditación. Razones
filosóficas el hombre y la mujer progresista, en general, se sitúa siempre en el éxtasis temporal del futuro, ni el presente, ni mucho menos el pasado tiene para él significación alguna, y si la tuviera siempre está en función del futuro.
No le interesa el ethos de la Nación histórica, incluso va contra este carácter histórico-cultural. Esto es así, porque el progresista es su propio proyecto. El se instala siempre en el futuro pues ha adoptado la vanguardia como método. Nadie ni nada puede haber delante de él, de lo contrario dejaría de ser progresista. Así se explica que el progresista no se pueda dar un proyecto de país ni de nación porque éste se ubicaría delante de él, lo cual implica y le crea una contradicción. Así como nadie puede dar lo que no tiene, el progresista no puede darse ni darnos un proyecto político porque él mismo es su proyecto político".
Razones políticas en la época del Estado de Bienestar, allá por la segunda mitad del siglo XX, los proyectos políticos expresados en los planes trienales o quinquenales eran moneda corriente de la política de antaño. Por el contrario, los proyectos han desaparecido de la política hodierna. Es
que en aquella época todavía existía la posibilidad de una política soberana, autónoma respecto de los poderes indirectos, cosa que hoy se presenta como imposible de ahí que se explique que nuestros gobiernos progresistas se transforman en convalidadores de decisiones ajenas.
(Alberto Buela Nac&Pop).
El proyecto que se quiere imponer
Este proyecto vendría a ser como el ENARSA, pero Ferroviario. Peor, diría.
ENARSA no tiene bienes, el ferrocarril sí. Basta recordar el anuncio de la creación de ENARSA que serviría a la recuperación de la soberanía sobre nuestro petróleo cuando en los hechos ha demostrado ser una oficina de negocios con las multinacionales petroleras para entregar los hidrocarburos de la plataforma marítima. Ahora es el turno del tan cuestionado servicio de ferrocarriles. Muchos progresistas aplaudieron, hoy, no saben donde meter las palmas aún rojas por el aplauso alcahuete.
El 1 de noviembre de 2005, los medios se encargaron de difundir la noticia de que un grupo de activistas estaba causando desmanes en la estación Haedo del ex ferrocarril Sarmiento.
El último 17 de mayo, los usuarios del Roca, hastiados por las deplorables condiciones en que viajan, estallaron de bronca ante un nuevo anuncio de una repetida cancelación de servicios.
Kirchner, atento y ágil en el engaño, hizo lo que más sabe hacer: engañar.
Anunció públicamente que le sacaba el Roca a Taselli, pero no dijo que se lo daba a la UGOFE, conformada por TBA (los responsables del Sarmiento), Ferrovías y Metrovías (Grupo Roggio). Corporación formada por los concesionarios de los ferrocarriles sub urbanos y el Estado Nacional.
Todos los concesionarios, mal llamados industriales nacionales, poseen la misma naturaleza parasitaria. Todos están colonizados, es decir, los de adentro y los de afuera del aparato del Estado. Su cartelización es una cofradía colonizada, dependiente, con la particularidad de poseer una naturaleza no productiva.
El afán de lucro los lleva a cartelizarse. Esta congregación parasitaria no tiene nada que ver con el desarrollo del capitalismo en la Argentina, al contrario, lo han obstruido y obstruyen. No es mi intención entonar un canto gregoriano sobre el sistema capitalista, al contrario, pero debemos hacer un
esfuerzo por ver la verdadera naturaleza de estos concesionarios vividores.
Los concesionarios se han cartelizados junto con al gobierno progresista.
Son socios, aunque no parezca.
Max Weber, en su libro la Ética protestante y el espíritu del capitalismo nos dice: "Afán de lucro, tendencia a enriquecerse, sobre todo a enriquecerse monetariamente en el mayor grado posible, son cosas que nada tiene que ver con el capitalismo" Quiero señalar con esta cita de Max Weber la diferencia entre los concesionarios ferroviarios subsidiados, con un profundo afán de lucro, y las empresas capitalistas reales. Su cartelización, es una organización integrada por una cofradía colonizada, dependiente, con la peculiaridad de poseer un perfil no productivo, es decir parasitario, no crea, no inventa, ni forja; su único objetivo es la codicia a través del provecho rentable.
Para completar la treta, el gobierno anunció la presentación de un proyecto de ley de reordenamiento de la actividad ferroviaria que, bajo la mascarada de recuperar los ferrocarriles, habilita a seguir haciendo negocios a costa del patrimonio del pueblo argentino.
La mala copia de los ferrocarriles españoles
Proyecto que era una mala copia de los ferrocarriles españoles. En España los ferrocarriles son estatales. Están amparados por la Constitución Española.
El proyecto crea dos sociedades del estado: Administración de Infraestructuras Ferroviarias S.E. (AIF) y Operadora Red Ferroviaria S.E (ORF). Serán sociedades del estado y no organismos dependientes de la administración pública central (por ejemplo, del Ministerio de Planificación). Esto significa que puede contratar libremente, sin necesidad de llamar a licitación pública. Esta libertad la tiene no sólo para comprar, sino también, por ejemplo, para concesionar la explotación de sus bienes.
Eso, al margen de que las controle la AGN y la SIGEN, pero esos son controles posteriores. No son controles que tiendan a impedir negociados sino que, en todo caso, los pueden denunciar.
La AIF será la encargada de administrar y mantener la infraestructura vial actual y futura; los sistemas de control, circulación y seguridad; y el desarrollo de inversiones (art. 2).
Expresamente puede delegar sus funciones en un tercero (art. 3 inc. c).
Por el artículo 6 se transfiere a la AIF el patrimonio ferroviario actualmente afectado al ONABE. El ONABE forma parte de la administración pública (depende del Ministerio de Planificación), por lo que está sujeto a una serie de requisitos que no rigen para las sociedades del estado. Así, por ejemplo, la AIF va a poder vender los bienes que se les transfieran como cualquier empresa privada. Hay que tener en cuenta que la mayor parte de los bienes ferroviarios del ONABE son terrenos (en muchos casos muy extensos) que rodean las antiguas estaciones ferroviarias del interior. Son tierras que hoy valen fortunas. Además, el ONABE sólo puede transferir sus inmuebles a las provincias, municipios o entidades sin fines de lucro (eso, más allá de los negociados que se puedan hacer bajo la máscara de una asociación civil). La AIF no tiene esa limitación, puede vender o donar a quien quiera.
La ORF es la encargada de prestar los servicios ferroviarios que se le asignen, aquellos concesionados que vuelvan al Estado y los nuevos servicios que se creen. Expresamente puede delegar esta actividad (art. 10 inc. 1).
Como no se le aplica el régimen general de la administración pública, para delegar en terceros (concesionar) la prestación de los servicios ferroviarios ni siquiera tiene que llamar a licitación.
Esta ley legaliza un gran negocio inmobiliario. Deja impune e inmune a sus actores. El parlamento va sancionar cipayamente una ley para la utilicen los vendepatria, con la asociación de los cartelizados concesionarios.
El lugar de los trabajadores ferroviarios
Esta ley, elevada por este gobierno progresista, no va a considerar a los trabajadores de estas empresas como empleados públicos. Se les aplica la ley de contrato de trabajo, que rigen para el ámbito privado (art. 14). ¿Que dicen los sindicatos, comisiones de reclamos, comisiones ejecutivas, sobre
esto? Silencio.
La separación definitiva no significa necesariamente el despido. Según la ley de contrato de trabajo, cuando un trabajador no pueda cumplir con sus tareas normales y habituales, el empleador le tiene que dar otras acorde a sus nuevas capacidades (art. 212 LCT).
Igualmente, es obvio que esto puede usarse como medio de persecución para separar a un activista de determinado sector.
Por el art. 16 inc. e) se faculta al Ministerio de Planificación a proponer modificaciones a los contratos de concesión de transporte ferroviario, para "resolver todas las cuestiones generadas durante la ejecución de los contratos" y para "satisfacer las necesidades de interés público no previstas en la contratación original y que han surgido durante su vigencia".
Esta última frase es una aplicación de la llamada teoría de la imprevisión, que consiste en que, cuando ocurren circunstancias extraordinarias e imprevisibles durante la ejecución de un contrato que tornan excesivamente onerosa la prestación a cargo de una de las partes, puede plantear la rescisión del contrato o el reajuste de las cláusulas. En el caso de las concesiones, se usa siempre para favorecer a los concesionarios, sea reduciéndole el canon, extendiendo el plazo de la concesión, quitándole obligaciones, etc. El art. 18 inc. h) faculta a la CNRT a ordenar a las empresas ferroviarias la suspensión de cualquier trabajador cuando una inspección (el proyecto no dice a cargo de quién, ni qué derecho va a tener el trabajador de controlarla o de defenderse) determine que no se encuentra en condiciones de prestar el servicio. Cuando se determine la peligrosidad de una infracción o la responsabilidad o inhabilidad de un trabajador, la CNRT puede ordenar a la empresa la separación definitiva del cargo.
El diputado Claudio Lozano ensaya una protesta, dice: "Lamentablemente el oficialismo impidió el debate y la invitación a especialistas y organizaciones sociales y sindicales de reconocida trayectoria en el sector.
Pero no sólo ocurrió esto, el Proyecto que había ingresado por el Senado y que tenía innumerables problemas (Ej.: concentración de Poder sin control en el Ministerio de Planificación, ausencia de participación de las provincias, falta de coordinación con la Ciudad Autónoma de Buenos Aires e imprecisión respecto a la figura jurídica y los estatutos de las Sociedades a crear), tenía la virtud de otorgarle injerencia a las dos nuevas empresas estatales sobre el desarrollo de las inversiones y sobre los bienes que administran los concesionarios. Esta virtud que implicaba recuperar el papel del Estado
sobre el sistema ferroviario fue eliminada por el Senado de la Nación (¿quizás a instancias o gestión del Senador Urquía?)". Dice que este proyecto tenía virtudes. Patético. En si mismo y por todas las
trampas enumeradas como el negocio inmobiliario y la perversidad sobre la cuestión laboral, ese Proyecto de Ley debía ser rechazado total y absolutamente. Lo expresado por el Diputado Lozano no deja de ser una aprobación encubierta. Por esto, es dable investigar la verdadera naturaleza del Estado y revisar la cuestión de las virtudes.
El 4 de junio el ex diputado Tinnirello presentó en la Cámara de Diputados de la Nación un proyecto de ley "que tiene como objetivo nacionalizar los ferrocarriles, para su gestión y control por parte de los trabajadores del sector y de los usuarios, dejando sin efecto todas las concesiones de los ferrocarriles. Estamos convencidos de que esa es la única manera de recuperar los ferrocarriles, para que cumplan su verdadera función, que es la de mejorar la calidad de vida de la población" dice uno de los
considerandos.
Nuestra propuesta
El Mo.Na.Re.FA rechaza enfáticamente el proyecto de ley del kirchnerismo, que bajo una retórica "progresista" profundiza la privatización, la entrega y el saqueo vil de los ferrocarriles iniciada en la década menemista.
No podemos dejar de expresarnos brevemente sobre la instalación de los trenes de alta velocidad, sin tener en cuenta, seriamente, el estado en que se encuentran los ferrocarriles suburbanos de corta, media y larga distancia de pasajeros y cargas, es toda una trivialidad perversa. Por todo esto y
más, repito, es un despropósito, que no tiene nada que ver con las necesidades nacionales, la sola mención de la instalación de este tren de alta velocidad es un agravio nacional.
Desde el Mo.Na.Re.FA decimos que el ferrocarril no tiene solución si no vuelve al Estado, se caen las concesiones otorgadas tanto de pasajeros como de carga. Se vuelve a constituir un Sistema de Integrado de Transporte Ferroviario, de Industria y de Comunicación. Que sea una empresa monopólica, eficiente y moderna, centralizada para la fijación de los grandes objetivos; descentraliza y desconcentrada en su operatividad para concretar los objetivos nacionales y particulares de cada región.
*Miembro Fundador del Mo.Na.Re.FA - Movimiento Nacional por la Recuperación
de los Ferrocarriles Argentinos - Autor de El Ferrocidio.
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