Aquellas dos imágenes le habían entrado por los ojos como la instantánea percepción de la felicidad absoluta y sin condiciones. Se las llevaría consigo para siempre. Porque es así como te fastidia la vida. Te pilla cuando todavía tienes el alma adormecida y siembra en su interior una imagen, o un olor, o un sonido que después ya nunca puedes sacarte de encima. Y aquélla era la felicidad. Lo descubres después, cuando ya es demasiado tarde. Y ya eres, para siempre, un exiliado: a miles de kilómetros de aquella imagen, de aquel sonido, de aquel olor. A la deriva.
A LA DERIVA...
Viajero*
Preguntaba por el camino para llegar al destino de su viaje a todo aquel con quien se cruzaba y se encontraba con gente de todo tipo que hablaba idiomas distintos.
Un señor gordo con un bigotito le respondió: "Je ne sais pas que dit, mon ami, mais vous parlez très rare"
Cuando se cruzó con éste ya veía que no le entendería. Además se puso más amarillo aún de lo que era al decirle con una voz gutural: "弁解しかし私は東 私捜す魚の原油をである"
Aquel barrigón enorme le miró muy extrañado diciéndole: "Ich verstehe nichts davon, was er sagt. Sprechen Sie dort so selten, wer mich dass irgend jemand er Geschäfte nicht überrasch"
Un señor de pelo blanco con un salacoff y pinta ridícula le dijo muy digno: "I am not from here and I don't understand what you are saying at all".
Parecía que lo sabría pero se rascó un gorro rojo muy raro y se ató unas extrañas zapatillas con cordeles mientras le explicaba: "No l'entec de res, pero fot una pinta de cansat que espanta".
Y aquel del extraño turbante y la bata blanca hasta los pies: "بودريا أن يقول إلى ي إن هو قد رأى جمل"
Desesperado, dio media vuelta y regresó, decepcionado porque le hacía mucha ilusión conocer la Torre, pero al parecer, nadie le podía a indicar como se iba a Babel.
LA OCTAVA MARAVILLA*
*De Vlady Kociancich.
13
Si se entiende a la felicidad como el producto que se obtiene de la suma y resta de buenos y malos momentos acumulados en un período de la vida, no he mentido al decir que durante los años de mi matrimonio fui feliz. Pero también debo admitir que la desdicha me avergüenza, me hace actuar como un criminal y entonces busco un lugar escondido, cavo un foso, entierro mi cadáver. Y que cuanto más violento el golpe, mejor represento mi papel: el de un hombre al que todo dolor le llega sin asombro.
En los primeros tiempos, nuestra vida en común era un modelo de sencillez y de equilibrio. La oficina jurídica prosperaba y yo con ella. Regularmente me aumentaban el sueldo; regularmente aseguraban la producción de cariñosas exclamaciones de Victoria. Ella ocupaba su día comandando el pequeño ejército mercenario de la construcción, soldados cuyo rasgo más notable consistía en desertar en plena batalla, abandonándonos a nuestra suerte entre montañas de cascotes, bolsas de cemento y arena, pedazos de cañería rota y azulejos. Yo escribía (fingía escribir), en una mesita que Victoria trasladaba de rincón a rincón, en huecos de trinchera.
Durante un largo año, anidamos en este incómodo paréntesis de destrucción y reparación, a la espera del día en que se fueran los obreros y pudiéramos quedarnos solos. Los obreros, en cambio, no demostraban ninguna ansiedad por concluir la obra. Como yo, preferían hablar de ella.
Los albañiles, los pintores, los plomeros, los yeseros, los carpinteros y yo, estábamos estrechamente unidos por nuestra fe en la comunicación humana. Apenas Victoria salía y me dejaba vigilándolos, ellos saltaban del andamio, yo me escurría del escritorio, y nos abandonábamos a la conversación.
Hablábamos de todo, mientras tomábamos mate para reponer fuerzas. La "refacción" como llamaba a esas ruinas siempre frescas el maestro mayor de obras, subalterno inmediato de Victoria, comenzó en marzo con un análisis de la política nacional y concluyó en el mes de mayo del año siguiente, cuando ya estábamos tan adelantados en el terreno de la confidencia, que yo me despertaba preguntándome si el cacho se habría animado a proponer la separacióna la Gorda, si la nena de Ramón había aprobado el examen de ingreso al banco, si Varela llegaría lúcido o sujetándose de las paredes. Era como tener otra familia.
las frecuentes ausencias de los obreros no me preocupaban. Parte de la rutina, esas faltas enriquecían la charla, apuntalaban la rueda del mate, prolongaban placenteramente la refacción: Victoria, furiosa, se rebelaba contra mi blandura; no sabía que estaba hablando con el cómplice de personas tan comunicativas.
Pero aunque los obreros parecían decididos a vivir con nosotros para siempre, un día se marcharon. Y durante semanas, Victoria tuvo que soportar mi nostalgia de los gremios.
Ocurre que Victoria, que deslumbraba a todo el mundo con su facilidad de palabra y era el alma de fiestas y reuniones, conmigo llevaba a la práctica aquella máxima aquella máxima de San Martín que, en tándem con la famosa anécdota de la mosca, recordaba de la escuela primaria: "Habla poco y sólo lo necesario".
San martín refugiado en Boulogne-Sur-Mer, no carecería de buenas razones. Pero ¿qué motivos podía tener victoria, con excepción de la falta de ganas, en nuestro departamento de Montserrat? Porque ahora que estábamos solos, nuestras conversaciones demostraron tener una vida muy efímera. Como mariposas, morían estrelladas contra el vidrio de los ojos de mi mujer cuando yo, mate en mano, intentaba recuperar la felicidad de mis diálogos con los obreros. Morían ahogadas en sus bostezos, atravesadas por el alfiler de una observación impertinente. hasta que una noche pretesté:
-No me escuchabas.
-¿querés que te repita lo que dijiste?
-Por Dios, no.
-ahora te enojaste.
-No me enojo, me entristezco.
-Es lo mismo.
-¿Cómo va a ser lo mismo?
-Puedo prestar atención a dos o tres cosas al mismo tiempo, sabés.
-qué atención será esa.
-Mirá, palabra por palabra. "Lo que más me gusta del cine es que me hace olvidar quién soy, dónde estoy y para qué". ¿Ves? Y te puedo repetir lo que...
-Victoria, basta.
-Ahí tenés. Te enojaste.
Traté de explicarle que no es fácil hablar cuando el otro, aunque profundamente interesado en el tema, bosteza, nos transmite una repentina preocupación por esa mancha en el sofá, pregunta si nos acordamos de sacar la basura.
-Además...
Callé.
La noche anterior habíamos estado en una fiesta, en casa de uno de mis primos. Comparé la victoria resplandeciente, la victoria alerta, conversando (sin un bostezo), con un amigo de mi primo, la Victoria que tanto hizo reír con sus bromas, la que bailó incansablemente hasta las cuatro de la madrugada, con la desvaída que tenía delante. Recordé muchas escenas similares -un contrapunto de victorias luminosas en casa ajena y opacas en la nuestra-, y la obvia inferencia de que sólo yo la aburría, me amargo el mate.
-¿Qué ibas a decirme?
Como un gato desplegó el cuerpo en el sillón y desde una honda distancia los ojos verdes se clavaron en mí, muy atentos, en busca de la fuente de un vago ruido amenazador. Intuí que si mencionaba las pruebas de su desinterés, me diría que estaba celoso.
No eran celos lo que sentía. era miedo. Ese miedo que produce acercarse a la intimidad ajena, la mezcla de fascinación y temor que crea la puerta de una habitación prohibida. Me intrigaba y asustaba esa puerta que guardaba una Victoria secreta, que dejaba filtrar ocasionalmente el olor de un hambre insatisfecha. Porque unos mendrugos de luces, de música, de gente, parecían devolverle la vida a mí Victoria muerta.
en todo caso, en noches como las del cumpleaños de mi primo, su comportamiento no se diferenciaba mucho del de un convicto que recibe unas pocas horas de libertad. Si aquella fiesta fuera una película, me hubiera bastado pasarla en dos o tres escenas para mostrarle su desesperada, oculta busca.
ahí está su cara girando como un reflector desde una punta de la mesa. ahí comienza el juego indiscriminado de su seducción, la afiebrada coquetería que, de tanta gracia y tan múltiple despliegue, tiene un fondo de hielo. Entre todos los hombres que la rodean siempre hay un desdichado favorito, alguien que se enciende bajo su encanto como la lámpara de Psique y la persigue durante toda la noche en vano, porque ( dice una voz en off ) es mi mujer, volverá a casa conmigo, es a mí a quien quiere. ahí está Victoria acalorada, las mejillas rojas, gotas de sudor en la frente, haciendo ademanes de que no puede más cuando le pido que baile conmigo, empujándome hacia mi prima o una muchacha cualquiera, y un segundo después, Victoria en brazos de otro, fresca, radiante, olvidada de mí. Ahí estoy yo en pantalla, mirando con tristeza y con culpa, porque me siento mal, porque soy un avaro de Victoria, miro y miro los saltos de mi esposa que ha salido de encuadre. manos extrañas me palmean el hombro. "qué divertida es victoria, qué loca". Y antes de la palabra FIN, la larga vuelta a casa. Victoria en sombras y callada mientras yo conduzco el automóvil, su cabeza reclinada en el asiento, los ojos cerrados, exangüe, pálida, muda, salvo cuando protesta ante cada luz roja que me obliga a frenar, que nos impide ir rectamente hacia la cama, en la que se echará sin desvestirse y que que adquiere, por obra de este gesto suyo, la asepsia de una cama de hospital.
Solamente le dije:
-Yo te aburro. Anoche, en cambio, te divertías.
-Ah, estás celoso.
Pero qué tonto era, dijo. todo porque había besado, un beso inocente, de cariño, al amigo de mi primo. La había visto y tenía celos.
Tragué saliva. No la había visto. Ojalá me hubiera ahorrado la información. Miré la bombilla de mi mate ya frío y no contesté.
-Lo que pasa es que no me entendés. lo de anoche era un juego. Todo es un juego.
-¿Qué juego?
-Juego de jugar -respondió impacientándose.
-Es verdad, no entiendo. si me explicaras, tal vez entendería.
Suspiró resignada, concentrándose como el científico que debe exponer los principios de la teoría de la relatividad a un salvaje. Luego de una larga pausa dolorosa, la cara se le iluminó en una sonrisa.
-si yo hubiera querido engañarte, me las habría arreglado de otro modo. Cómo podés imaginarme capaz de semejante cosa con toda la familia delante.
Bien. Para probarme su fidelidad, me señalaba que podía engañarme sin que yo me enterase.
He pensado mucho -qué otra cosa, cuando uno está demasiado solo y sin amores- y la única conclusión expresable a la que llego, es compararlo con la calle Pernambuco en Villa del Parque, en el estado en que se hallaba antes del asfalto, un lujo de mi infancia, que yo recorría en bicicleta.
Más que calle era una zanja chata en un pedazo de campo, una huella arañada entre dos hileras de casas a medio construir que flotaban en blancos yuyales rebeldes, pero para mi edad, mi tamaño y la voluptuosidad de pedalear libremente y a toda carrera, tenía anchura de avenida, comunicaba con el mundo. De ahí mi furia cuando no lograba esquivar un pozo y volábamos, la bicicleta y yo, hacia el porrazo que me dejaba un caro saldo de magullones, torcido el manubrio, suelta la cadena, el regreso de a pie. Victoria era como esa calle.
-Y lo único que ahora me falta es escuchar que te soy infiel -gritó antes de que yo abriera la boca.
Ella usó la palabra fidelidad, no yo. Con tanta firmeza esgrimía ese término de connotaciones ambiguas, que logró que me sintiera estúpido, que comenzara a defenderla de mi mezquindad.
-No quise ofenderte, Victoria.
-Sí, me ofendiste. Me lastimaste en lo más profundo. Yo, que no quiero a nadie más que a vos, que sos el único hombre en mi vida.
Se echó a llorar. aunque me quisiera menos -y su conducta lo insinuaba- yo no podía retirarle mi amor, como si fuera un mueble prestado. Lloraba como una niñita, la cara contraída y bañada en lágrimas. Me dije: "Es una niña y no tiene culpa de aburrirse conmigo".
Le tomé la cara entre mis manos.
-Victoria. Dejá de llorar y escuchame. Quiero que seas sincera conmigo. Oíme bien, no estamos obligados a querer a nadie. No voy a retenerte por la fuerza. Podemos separarnos...
La voz se me murió en las últimas palabras. ¿Cómo habíamos llegado a ese punto? Una hora antes yo había estado más o menos contento, cebándome mate. Ahora me encontraba en un desierto, horrorizado por la soledad que se me venía encima.
Dejó de llorar tan repentinamente como había empezado. Los ojos verdes, titilantes de lágrimas, me miraron encandilados. Permaneció un momento rígida, cada músculo tenso, como si el cuerpo esperara su oportunidad para saltar fuera de la luz y lanzarse a la fuga. Suspendido de su respuesta, tuve coraje para mover la cabeza afirmativamente, en una mecánica confirmación de aquellas palabras suicidas.
No me di cuenta de que había cruzado a su territorio, que Victoria ya estaba protegida por la maraña de su jungla secreta, por su río de poca agua pero de corriente traicionera, donde no eran eficaces las armas de la razón o de la buena voluntad.
-Qué tonto sos, qué celoso. Y yo te quiero tanto.
Un segundo después, Victoria entre mis brazos, Victoria consolándome, besándome, y yo, con la respiración entrecortada por el alivio, pidiéndole perdón.
Desde esa noche en adelante, no volvería a recriminar a Victoria su indiferencia, aceptaría el juego como el observador ignorante contempla una partida de ajedrez, y en los momentos de incertidumbre me persignaría con la cruz del amor, recitaría el credo al dios que me inculcó Victoria, supersticiosamente, con la abyecta ilusión de los escépticos.
En días previos a la partida de los obreros, había decidido mandar al demonio la cansadora ficción de la novela, confesarle todo a mi mujer. La escena de esa noche inclinó el plato de la balanza que sostenía un libro inexistente. Me dije entonces que no me animaba a entristecerla con la noticia de que no iba a usar el estudio tan primorosamente decorado. El hecho es que, si bien me convertí a su religión con premura de moribundo, y acepté dócilmente los ritos de su dogma, no dejé de escribir.
*Fragmento de La Octava Maravilla. Seix Barral. Biblioteca Breve-
A LOS HIJOS*
Ser Padres, ahora,
resulta estar asidos a nuestros hijos,
increíbles barriletes;
ser el hilo, sostenerlos,
mas no ir donde van ellos
que eso lo decide
sólo la Vida-Viento.
-En Libro "Amor Universal"-
Carpe Diem Editora-2004
*
Queridas amigas, apreciados amigos:
El domingo 11 de mayo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del grupo colombiano Yaki Kandru. Las poesías que leeremos pertenecen a Lina Zenón (México) y la música de fondo será de Entrama (Chile). ¡Les deseamos una
feliz audición!