ESE INVISIBLE A NUESTROS OJOS...
* tu mano acaricia
creando en contra del olvido
Escrita como un libro o una carta
soy piel de lecturas.
*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar ESE INVISIBLE A NUESTROS OJOS... Las lágrimas*
Bajo un cielo plomizo y cercano, que hace frío el día acercándolo a mi tristeza, camino hacia el promontorio encabezando la comitiva. Tanta gente me acompaña a despedirte y sin embargo únicamente me importa que nunca más te volveré a ver. Sé que estoy llorando por dentro, desgarrado y confuso, pero soy incapaz de hacerlo por fuera porque no recuerdo como hacerlo.
La vida me ha endurecido tanto que no me creía capaz de sentir tanta tristeza, pero tu muerte, amor mío, me ha llevado a reencontrarme con los sentimientos. Todos lloran a mi alrededor, hasta Dios solloza en tu entierro. Sé que estas gotas de lluvia no son más que sus lágrimas, las que vierte él por mi, que me he olvidado de llorar.
*de Joan Mateu. joan@cimat.es
Al poeta*
Está en mi recuerdo su figura
de andar desprolijo.
Conversando en voz alta con su ángel,
ese invisible a nuestros ojos
pero perceptible en sus poemas.
La eterna sonrisa semiescondida
bajo sus bigotes.
Su inquieta presencia en todos los ángulos
de las reuniones.
Irónico y sagaz, gustaba de la compañía de los jóvenes devolviéndoles, en poesía,
las inquietudes que le transmitían.
Conocedor agudo del diario vivir
y sus connotaciones,
llevaba al papel su critica, sus desvelos,
y su forma de llorar en las rimas. Los grandes poetas bajaban la cabeza
ante su verba, y nosotros, sus lectores,
volvemos una y mil veces a releer sus aromitos,
sus lapachos, sus calles ciudadanas con sus habitantes.
Su hermano río, el paisaje amigo.
Y el Horacio está aquí con su abrazo,
O allá, esperándonos.
-A HORACIO ROSSI- *De Elsa Hufschmid. elsahuf@hotmail.com Mi papá me llevaba adentro de la noche*
*Por Adrián Abonizio. abonizio@hotmail.com
Handirtz o algo así sonaba su apellido, pero para todos era "Trinco", dado su afán por voltearse hasta las moscas. Había sobrevivido a topetazos de duelos y allí estaba en plena callecita de Zeballos al fondo, donde el azul metileno de la noche devora todo y ya no quedan caras ni sombras ni voces ni nada. Sólo queda el boliche de Taco y su empedernida manera de girar luz de fanal al mundo de la luna oscura. Allí, al lado nomás tejido de por medio y tras una galería de chapones remendados con tejas y algunos maderones anda Trinco cuidando la caballada, libre del carruaje malevo que se le impone todo el día. Cuida los carros, da de comer a los caballos y se aposenta alguna yegua, dicen, para luego, perfumado como un sufí, tomarse unas ginebras en lo de Taco. Hoy el viento trae aromas de alfalfas recias que Trinco ha dejado fuera para que se oreen y junte, según él, más energía bajo la luna fría e insomne de este invierno de bajo cero y escarcha que parecen cuchillas blancas. Mi papá está debajo del alero charlando con él: comparten un pasado de pescas, diseño de anzuelos, y el mismo hambre de vivir desaforados que ambos arremolinan. Trinco vive solo, mi viejo se debe a la familia y disimula, con el freno en la boca lanzando breve espuma en su entusiasmo cuando no lo ve mi mamá y anda como todos, buscando algo en la semioscuridad, echando frases, bebiendo moderado, llevándome con un toquecito en mi cabeza afelpado con el gorro a ver el escenario de olores y golpeteo de los cuchillos sobre los maderones, remedo de un tiro al blanco que evita, dicen, asesinatos y favorece la puntería. Hay algunas hembras, no muchas, dos, pueden ser tres, que nunca terminan de irse y por una cosa u otra se van deteniendo con su compra entre los brazos, un vino para su hombre envuelto en papel de diario, un muestreo, un orejear del borde de una carta destinada hacia algún hombre de allí pero que nadie debe notar en este partido de truco ya que la señora es señora y a varias casas de por allí se encuentra su marido esperándola. Se oyen dos radios a la vez. Entra Trinco seguido de mi viejo que me depositó de un levitar sobre el mostrador con hule, patitas al aire. No sé que hacemos allí. Afuera está la chata de la marmolería donde trabaja mi padre y nos hemos desviado camino a nuestra aldea por esas calles de tierra. Mi padre, por lo visto, debía hablar con Trinco y ya lo ha hecho, pero como todos, siente el pegote del imán y da vueltas en torno a las baldosas levantadas, irregulares y yo no me explico como la gente puede caminar sobre esta base despareja. Como no se va definitivamente de esta ostra violácea, de este antro azul que hiede a pasto y cierra las persianas porque afuera la luna enorme ha crecido y nos terminará devorando. Extraño mi cama, tengo hambre; mi padre pasa, me toca la mandíbula y percibo su aroma a vinos recientes. Trinco separa a una hembra y la lleva al costado, hace señales leves que definitivamente apuntan a mi viejo. Ella asiente, ríe como en los almanaques y reconozco una boca plena y un mareo de entenderlo todo y a la vez, sentir alivio, pensar en mi madre que es mucho más hermosa, pero no abatirme de presentimiento, aunque ya sé que es una certeza de lo que hace mi padre en ese territorio. De pronto algo me eleva. Por detrás, el dueño, Taco, me eleva tras el mostrador y me sirve a escondidas un trago de naranja con algo amargo que rezuma alcohol. Asoman las manos velludas de mi padre se ha quitado el saco para tomarme al vuelo y devolverme en el hule y oler lo que estoy tomando. Aprueba. Vamos, le suplico. Vamos, papi. Y debe ser la quinta vez. Ella, la hembra de vestido con florcitas tristes y culo de almidón desaparece y Trinco detrás. Le hace una venia militar a mi padre, quien sonríe y le puedo distinguir el brillo acerado de su molar enchapado. Paga, me extiende un trozo de caramelos cortados en tira envueltos en un papel y dando un giro saluda a la audiencia y se va con su cachorro bajo el brazo. Lleva otras cosa y es la excusa para haber venido hasta acá. Un medio jamón y una redonda. Una de goma nuevecita con perfume ácido que me cierra la nariz. Es su llave para volver tarde. Es su alegría perpleja que lo hace sonreír cuando ya encendió la chata y con su mano derecha me pasa los dedos por mis hombros. Es un juego la vida, es bellísima la noche cuando uno quiere. Y habla para sí, para sus amigos, para su mundo de olor de caballos, caña brava, tabaco y el perfume de señora que no ha notado lleva impregnado entre los dedos que juegan con mi oreja y hacen ritmo sobre la panza flamante de la pelota que llevo agarrada bien en el pecho.
En el fondo estoy contento: mi papá me ha dejado entrar en la noche. *Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-19639-2009-08-05.html Estación Buchanan* -Del Inventren 2003- De pequeña estatura, peinado "á la garçón" y andar sinuoso, Cecilia, docente universitaria, suele trepar todas las mañanas al tren de las 10:25 que la deposita en los concurridos andenes de la Terminal de La Plata, rodeada por una casi zoológica variedad humana que también se dirige, impasible, hacia su trabajo. Salir de la estación y llegar hasta la Universidad no es más que dar un paso; pero hasta los gestos más anodinos se transforman para ella en una insoportable avalancha de tedio.
Los anteojos negros y los auriculares del walkman clavados en las orejas son una constante en su vida. Vive escuchando música: The Cure, Peter Gabriel, Prince & The Revolution... Los libros son otra constante, que gusta de mostrar llevando bajo el brazo como si de una vitrina se tratase, siempre indagando en la obra de autores norteamericanos contemporáneos: Raymond Carver, Paul Auster, Charles Bukowski... Lecturas y sonidos: elementos indispensables para aislarla del mundo. Un mundo que insiste en rodearla con sus sutiles tragedias cotidianas, muchas veces maquilladas como azarosas e inofensivas trivialidades. Un mundo que desde hace muchos años ha quedado para ella polarizado en blanco y negro, sin matices que lo singularicen. Todo lo que lo rodea debe ser catalogado rápidamente, a fin de mantenerlo a raya, bajo control.
Porque de lo contrario, se vería arrasada por la fantasía...
Tantas veces la han juzgado sus conocidos -¿qué significará tener un amigo?- por ser contradictoria, que ya ni repara en los comentarios de los demás. Ella vive su vida sin pedirle explicaciones a nadie, y menos aún tolera que se las exijan. Ya bastante ha tenido durante su infancia, con ese padre gendarme que martirizara a su madre y a sus hermanos con sus caprichos, durante esas infinitas horas que se extendían para ellos antes y después de cenar, padeciendo los crueles efectos que el whisky operaba sobre aquel hombre sufrido y despótico a la vez; borracheras que generaban discusiones cada vez más encarnizadas entre sus padres, y las consiguientes golpizas que recibía cualquiera que se cruzara en el curso de sus etílicos razonamientos.
Ella era muy jovencita, pero hay cosas que jamás se olvidan, marcándose a fuego para siempre. Desde entonces, necesita establecer sus propios códigos, tener muy en claro por qué hace ciertas cosas, saber cuáles son sus límites, y por sobre todo, no depender de nadie. Para nada.
Pero también existe ese costado oscuro, inasible, perturbador. Varias veces se preguntó si no estaría volviéndose loca, a partir de los delirios que se le ocurren, las imágenes que surgen sin previo aviso delante de sus ojos, escenas que casi siempre llevan implícito un contenido sexual......que la sepulta de vergüenza. Situaciones inconfesas, que sólo se proyectan dentro de su cabeza, sin llegar a articularse en relato alguno, pero que más de una vez la hicieron dudar. "¿Será cierto esto que me está pasando?"
Como aquella vez que se encontró mano a mano con el Sheriff.
Había subido en la estación, como de costumbre, eligiendo un asiento decente donde aposentarse y leer tranquila "Short Cuts", de Carver, hasta llegar a La Plata, con el clásico sonido de fondo de los Rolling Stones. Pero los asientos de este lado del vagón estaban ocupados o semidestruidos, por lo que continuó pasillo arriba, hasta alcanzar el próximo tramo de asientos. Sólo que en el descanso intermedio alguien se le cruzó de improviso.
Lo primero que vio fue la camisa de jean polvorienta, la plateada estrella sobre el pecho, el enorme escudo con la bandera del General Lee en el cinturón. Sólo un instante después reparó en aquel brillante par de revólveres Smith & Wesson, un cinturón cruzado sobre otro -repletos de balas-, los pantalones mucho más sucios que la camisa, y un oscuro par de botas tejanas gastado en extremo. Al alzar la vista, por debajo de un negro sombrero Stetson, se topó con una cara cincelada en piedra, adornada por un tupido bigote gris, y poseedora de una mirada dura e inescrutable. Retrocedió un paso ante la sorpresa, suponiendo que semejante personaje se había equivocado de tren y de fecha: el Carnaval ya había terminado hacía unos cuantos meses.
Pero el hombre del Far West la atravesó con la mirada, sosteniendo en alto sus manos abiertas, por encima de las culatas de los revólveres, como si se encontrara a mitad de una desierta calle de su pueblito natal en Arizona, abrasado por el sol del mediodía, y fuese a batirse a duelo en cualquier momento contra un forajido desconocido.
-Al fin nos encontramos, muchachita -, murmuró entre dientes. -Ya era tiempo de que arreglásemos cuentas, tu y yo.
Apenas lo escuchó por encima de los acordes de "You can´t always get what you want". Cecilia supuso que aquel fantoche se equivocaba de persona, o bien había aspirado alguna línea blanca de más. Hizo una mueca de disgusto, meneó la cabeza, e intentó hacerse a un lado, a fin de evitarlo y continuar avanzando a través del pasillo. Pero el Sheriff extendió una de sus curtidas manazas, la apoyó contra uno de sus tibios pechos, y la empujó nuevamente hacia atrás.
-¡EEEH!!! ¿Qué hace??? -, estalló ella, plantándose firme, dispuesta a defenderse y arañarlo, si fuese necesario. -¿Qué le pasa? ¿Se volvió loco?
-Nadie rehúsa prestar atención a los sabios consejos del Sheriff Roy Buchanan -, masticó él sus palabras, con el acento propio de aquellas viejas películas del Far West que ella viera por televisión durante su niñez. -Pero si ello ocurre, no vamos a poder evitar tener un enfrentamiento aquí mismo.
-¡Déjeme pasar, insolente, o llamo al Guarda!!! -, chilló ella, a viva voz.
El Sheriff emitió una risa seca y carente de humor.
-¿Ese gordito infeliz de gorra verde, lentes esféricos y silbato chillón? Acabo de liquidarlo con un solo tiro antes de llegar a la estación. Su cuerpo fofo cayó a las vías con un sonido pasmoso, como una bolsa repleta de grasa vacuna.
Cecilia, advirtiendo que por allí no podría seguir, y aún humillada por la mano que aquel desgraciado había depositado con gusto sobre ella, volvió furiosa sobre sus pasos, con los dientes apretados, los puños cerrados a los costados del cuerpo, deseosa de tener cualquier arma a mano para liquidarlo, del mismo modo en que él decía haber asesinado al Guarda del tren. Pero no llegó muy lejos. La misma manaza que la humillara segundos antes descargó todo su peso sobre uno de sus hombros reteniéndola en seco.
-¿Adónde crees que vas? -, proclamó a sus espaldas, autoritario. -Nadie me desaira de esta manera. Y menos aún una jovencita engreída como tú, a quien le vendrían muy bien unas palmadas en las nalgas. Eso te gustaría, ¿verdad? Te excitaría muchísmo...
Y volvió a emitir esa risa seca, deshumanizada, cruel, al tiempo que la presión que ejercía sobre el hombro la hacía girar sobre los talones, con una fuerza tal que le era imposible impedirlo. Cecilia se desesperó, quitándose los auriculares del walkman de un solo tirón. Los Rolling Stones continuaban musicalizando su vida, ahora también para el resto del pasaje, que la miraba con curiosidad, y hasta con cierto temor.
-¡Basta, animal! ¿Quién se piensa que es para andar toqueteándome? ¡Hijo de puta! ¡Déjeme en paz!
Varias cabezas se dieron vuelta a su alrededor. Ahogados murmullos eran secreteados con miradas de reojo en su dirección. A lo lejos, un muchacho con gorrito de lana y buzo de Los Redonditos de Ricota chicaneó:
-Calláte, loca...
-Eso: ya no hagas más escándalo -, le aconsejó el Sheriff. -Y vayamos a sentarnos en aquel asiento, para que puedas quitarte las ganas, y toquetearme a mí también...
Por libidinoso que resultara el comentario, la pétrea mirada del fantoche apenas se inmutó. Cecilia pensó seriamente si aquello que tenía plantado delante sería en realidad humano, o una feroz aparición infernal. Su desbordante furia dio lugar muy rápidamente al miedo, incisivo y letal. Se estremeció de pies a cabeza, y en un rapto de lucidez, agachó el torso para evitar un nuevo ataque de aquella manaza, giró sobre sí misma, y corrió hacia el fondo del vagón, contemplada en su insensata huída por la totalidad de un pasaje absorto por completo.
-¡Ven aquí! -, ordenó el Sheriff, desenfundando veloz uno de los Smith & Wesson, y corriendo detrás suyo.
Cecilia pasó como una exhalación al lado del muchacho con el buzo de los Redonditos, sin tocarlo. Éste alcanzó a decirle al pasar:
-No corrás tanto, nena, que los del loquero ya te van a alcanzar...
Fue lo último que dijo. Al volverse hacia el pasillo, se topó de frente con el Sheriff, quien le disparó un certero balazo en la frente. El cuerpo del muchacho cayó de espaldas sobre el descanso del vagón. El Sheriff saltó por encima de él, y continuó en persecución de Cecilia, quien no dejaba de voltear la mirada por encima de su hombro, a fin de no perderlo de vista. A pesar de su creciente terror, hubo un detalle que no le pasó desapercibido: el estruendo del disparo había sonado apagado, como si hubiera explotado una bomba de estruendo muy lejos de allí. El resto del pasaje la observaba correr sin comprender nada, murmurando frases sin sentido a su paso.
Muy pronto llegó al final del vagón. Más allá de la última puerta, se extendían las paralelas viales, alejándose del tren hacia el horizonte. Ya no había escapatoria. Tendría que saltar, arriesgándose a partirse el cráneo en varias partes, o acceder sin chistar a los soeces requerimientos del fantoche...
...como cuando era una niña y permanecía acostada a oscuras, cubierta por las mantas de su cama, mientras escuchaba vociferar a su padre discutiendo con su madre, temiendo que en cualquier desliz de su violencia incontenible la matase a golpes, para luego encaminarse hacia su dormitorio, tambaleante a causa del alcohol, aferrándose a las paredes, para continuar con su tarea asesina, cegado por la frustración...
Jadeaba agitada cuando se volvió, quitándose los anteojos de sol de un manotazo. Su cuerpo temblaba de pavor, estremecida por los recuerdos y la potencia de sus propias imágenes. Extendió hacia delante el dedo índice de la mano que no sostenía los anteojos, y señaló al Sheriff, quien se acercaba a paso rápido, con el cañón aún humeante de su revólver y una mirada tan deshumanizada que le provocaba ganas de orinar. Entonces, cuando ya casi lo tenía encima, gritó:
-¡No existís, hijo de puta! ¡VOS......NO......EXISTÍS...!
Los pasajeros a su alrededor se volvieron hacia ella, temerosos. Un hombre gordo y de tez morena, quien hasta entonces, recostado contra una ventanilla, leía los resultados deportivos en el Diario Popular, le espetó:
-¡EH! ¿Qué le pasa??? ¿A quién carajo le habla? ¿Por qué no se deja de gritar de una vez, loca de mierda? Queremos viajar en paz.
Cecilia lo miró sin comprender. Varios rostros se volvieron hacia ella, unos asustados, otros burlones, los menos ofendidos. De pronto, fue como si no pudiese comprender dónde se encontraba. Tenía un pavoroso blanco en la memoria, que abarcaba los últimos minutos, desde que ascendiera al tren. Miró hacia el frente, y como era de esperar, no vio más que el pasillo vacío del vagón, con varios rostros que dejaban de prestarle la efímera atención que habían requerido sus chillidos. Darse cuenta de aquello casi le provoca un desmayo.
Arribó a la Terminal platense rígida como una estatua, aferrándose el torso en un apretado abrazo, recostada de pie contra la última puerta del vagón, oyendo muy a lo lejos los últimos acordes provenientes de los auriculares de su walkman. Los demás pasajeros descendieron sin mirarla. Finalmente, consiguió reunir las fuerzas suficientes para desplazar su cuerpo agarrotado, mover un pie detrás del otro, y descender los escalones del vagón sin caerse, aún con los anteojos en la mano, las patillas dobladas por efecto de la presión de sus puños.
Deambuló hasta la Universidad sin reconocer nada en derredor. En el bar de la esquina entró al toilette a lavarse la cara. Parpadeó delante del espejo, se corrigió el maquillaje, contempló los anteojos estropeados y reconoció necesitar los servicios de algún óptico. No podría pasarse el resto del día sin los anteojos puestos, sin filtrar la claridad de la realidad. Por lo demás, lo arreglaría como siempre...
Abrió el bolso, hurgó dentro de él hasta extraer la tableta de Rivotril, se tomó un par de comprimidos con un breve sorbo de agua, y volvió a salir a la calle. A enfrentar al mundo, como todos los días. Con la ropa un poco desprolija, eso sí, pero nada más.
Total..., nada de lo que pudiera pasarle estaba fuera de control...
*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar EL ESCRITOR ANDRES RIVERA, SUS LECTURAS Y SUS HISTORIAS
"Más vale emplear el tiempo en lecturas que aprender a usar la computadora"*
Sigue escribiendo a mano, con correcciones que a veces no puede descifrar luego. Andrés Rivera cuenta aquí su vida como lector, los inicios en la infancia escuchando los debates gremiales del padre, los primeros libros, los autores que lo han signado. Explica la relación de un escritor con su propia obra. Y habla de su próximo libro, que asegura será el último.
*Por Mario Wainfeld y Nora Veiras
-¿Cuándo empezó a leer Andrés Rivera?
-Obviamente, cuando ingresé a la escuela primaria. Pero, de hecho, antes leí aquello que escuchaba de mi padre y de sus compañeros. Mi padre fue dirigente sindical de los Obreros del Vestido y, en la pieza de inquilinato que alquilábamos, se realizaban reuniones de los trabajadores de ese gremio.
Mi madre preparaba sandwiches de milanesa y yo los escuchaba hablar. Con mucha vehemencia, con mucha pasión. Hombres que luego iban o retornaban a sus puestos de trabajo en los talleres con tres o cuatro horas de sueño. No eran "Gordos"...
-¿De qué años hablamos?
-Yo nací en el '28, piense en lo que se llamó la Década Infame. Año '33, yo debía tener cinco años, estaba al borde de ingresar a la escuela. Mi primera "lectura", entre comillas, fue aquello que decían esos hombres.
Excepcionalmente había alguna obrera, una compañera... una tía mía. Todos mis parientes eran inmigrantes judíos que llegaron a este país, yo diría que por equivocación... Vamos a hablar de racismo. Partieron de un puerto francés, de Cherburgo...
-¿De dónde venían sus padres?
-Mi familia materna, que era numerosa, vino del sur de Ucrania, de una pequeña ciudad que se llamaba Proskurov, que era un centro ferroviario, importante. Parecía que hubiera pasado Menem por ahí porque estaba desmantelado el servicio ferroviario pero ésa era una ciudad estratégica. Se hizo célebre, de un modo funesto, porque cuando estalló la guerra civil en Rusia, cuando fue derrocado el zarismo, aparecieron los ejércitos blancos (por eso mi última novela se llama Guardia blanca). Uno de ellos, al mando de alguien que se hacía llamar el general Simeón Petliura. Petliura había sido cajero de banco antes... pero con intrepidez que habría que reconocerle y algo de coraje se puso al frente de todos aquellos que estaban dispuestos a enfrentar al régimen soviético. Asaltaron la ciudad de Proskurov, que
tenía una nutrida población judía. Fue asaltada la vivienda donde vivían mis tíos y la que sería mi madre, por los asesinos de Petliura: cosacos o algo así, con los sables desenvainados. La que fue mi abuela, que no conocí, dijo una palabra en ruso que los espantó: "Tifus"... como la gripe que anda rondando por acá y que nos sirve para tanta publicidad... Pegaron media vuelta y se fueron. Así se salvó la familia de mi madre y por eso estoy hablando acá, soy argentino. Este caballero, Petliura, después de la derrota
de los blancos se refugió en París. ¿A dónde iba a ir? ¿Si iba Gardel, por qué no iba a ir él? Un judío, también oriundo de Proskurov, le siguió durante años los pasos. Su familia, mujer e hijos, había sido degollada en su totalidad. El consiguió salvarse. Un día, en París, se cruzó con el general y le preguntó si era Simeón Petliura. Este se sintió halagado de que alguien lo reconociera en París, sacó pecho (seguramente) y dijo que sí. Y este judío lo abatió de dos o tres disparos. Lo notable es que el tribunal
francés que lo juzgó lo absolvió. Probablemente recordaban lo que les pasó a los jurados franceses (y a la propia Francia) con el caso Dreyfus. Quiero decir Dreyfus era judío, ahí trabajó en la conciencia de los jurados el racismo.
-Volvamos a Cherburgo.
-En el viaje, cuando se asomó a Río de Janeiro, esa familia judía se sintió muy perturbada porque había muchos negros y ellos eran blancos. El racismo, otra vez. Por cierto, siguieron rumbo a Buenos Aires. Acá llegaron.
-¿Cómo, dónde vivían?
-Mi madre me contaba que el mundo porteño les resultaba increíble. El hígado te lo regalaban en las carnicerías y la carne se compraba a veinte centavos.
Debía haber algún Guillermo Moreno por ahí, suelto. (Risas.) Pero era muy difícil alquilar. Toda la familia se refugió en una sola habitación. Algunos aprendieron el oficio de lustradores de muebles. Un tío que amó entrañablemente a mis hijos y tuvo gran influencia sobre mí, Felipe, aprendió el oficio de tipógrafo que las computadoras han barrido a la oscuridad de la historia. Fue el primero que puso debajo de mi nariz Los siete locos y Los lanzallamas de (Roberto) Arlt y me dijo con una sonrisa
irónica "léelos". Y, antes que Arlt, a Los miserables de Víctor Hugo, en las ediciones de Tor que venían en dos columnas, un libro tan grueso como la guía telefónica. Allí están mis inicios, allí empiezo a leer. Entonces pude redactar los volantes que se elaboraban en esas reuniones (entre comillas) "clandestinas" que se hacían en la habitación en que vivía.
-¿Qué edad tenía usted, a esa altura?
-Estaba llegando a cuarto grado.
-Háblenos de la escuela, por favor.
-Esa escuela primaria, que se llamaba Marcos Paz. Paradoja: esa escuela estaba sostenida por la Policía. Yo era un alumno de "muy bien diez felicitado" porque las maestras (que eran todas sarmientinas) decían "niños, composición la vaca", yo ponía la "h" (que no suena), la "v" corta y la "b" larga donde correspondía. Nunca me confundía.
-¿Qué idioma hablaban sus padres, en la casa?
-Vivíamos en un barrio típicamente judío, Villa Crespo. Borges modificó la geografía o hablaba de otra Villa Crespo, donde estaban los cuchilleros...
Pero Villa Crespo era un barrio judío. Crecí en ese mundo. En mi casa hablaban en idish, yo lo entendía. Mi madre me contó que mi primer idioma no fue el castellano, fue el idish. Los cambios de domicilio, por razones económicas o de militancia, hicieron que me pusiera en contacto con chicos que hablaban castellano y arrumbé el idish.
-Menos mal...
-¿Por qué?
-Lo digo por el castellano, no por el idish...
-No soy creyente pero creo haber cometido un solo pecado, no aprender inglés. Había iniciado el estudio, en una de esas academias de barrio, y no lo seguí. Cuando miro series por televisión, algunas palabras reconozco antes de que salga la leyenda. Pero no sé. ¡Poder leer a William Faulkner en
el original, poder leer El sonido y la furia!... De eso fue capaz Juan Carlos Onetti, a quien conocí muy bien.
-No estudiar inglés, ¿fue una decisión ideológica?
-No, no, nada de ideológica, porque una cosa era la Inglaterra que influyó política económica y culturalmente sobre la Argentina hasta más allá de los años '30 (después fue Estados Unidos). Y no estoy hablando de imperialismo solamente, acá hay cosas que nos atañen. Pero ¿cómo no hablar inglés? Puede hablarlo en las Filipinas, en España, en Francia donde son tan exigentes con su idioma.
-Se encontró con Arlt, con Víctor Hugo... ¿qué pasó a partir de ahí con la lectura?
-Hasta hoy sigo siendo un lector voraz. Pero, después de una cantidad de libros (algunos muy malos) que escribí, tengo dos miradas para los libros.
Una, la del lector, la del mero lector, la del adicto a la lectura. La otra es el ojo crítico. Y miro las traducciones. Hemos tenido muy buenos traductores, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar. Hubo alguien que la historia tapó, que venía de las filas del partido comunista, Floreal Mazía.
Excelente, a la altura de Borges y de Cortázar. Hay una historia que me contó Onetti, acerca de Borges traductor. Pero es muy larga. ¿Tenemos tiempo?
-Siiií...
-Borges, contaba Onetti, tradujo Las palmeras salvajes, una novela corta de Faulkner. Hasta donde recuerdo, es un largo viaje por el Mississippi... Son dos viajes paralelos: una mujer embarazada y un convicto que huye de la cárcel. Sobre el final el convicto y la mujer, a punto de parir, se encuentran. El hombre manifiesta su admiración por algo que hizo la mujer y lanza una exclamación. Borges lo traduce así: "¡Mujeres! -dijo el penado alto". Onetti decía que ahí intervino el pudor de Borges. El penado alto
dijo "Women. ¡Shit!" que puede entenderse de varias maneras. Era una exclamación que reflejaba la admiración por la mujer. Venía a ser, traducido, "mujeres, ¡carajo!". Borges suprimió el shit, por pudor.
-Es llamativa la anécdota porque, en un texto sobre las traducciones de Las mil y una noches, Borges recorre y cuestiona amablemente alguna en la que el autor (N. de la R.: Eduard Lane) suprimía púdicamente párrafos que chocaban con su criterio.
-Así es.
-Un lector voraz, a esta altura de la vida, ¿relee su propia obra?
-Borges dijo que da más placer leer a los otros que escribir. Yo debería haber terminado con Guardia blanca pero, cuando le daba los toques finales, no me pregunte por qué, me saltó una palabra judía, Kadish (la deletrea).
Designa la oración con la que los judíos despiden a sus muertos queridos. Y ahí estoy, en ese otro libro... y basta. Cuando me alcanza el tiempo, leer a los otros. Pero quiero terminar con éste, que supongo me va a llevar tiempo.
No porque no me dé placer. El escritor que dice que la escritura lo hace sufrir, miente. Usted puede escribir la mayor atrocidad que se le ocurra, la descripción más atroz de lo que puede ocurrir en una mesa de torturas, en un campo de concentración, etcétera... eso le da placer.
-Contar es maravilloso, la crónica es maravillosa. Hay un Kadish célebre en la literatura argentina, en el final de Réquiem para un viernes a la noche de Germán Rozenmacher.
-Lo conocí a Germán... no se puede ser original... Es verdad, no se puede ser original.
-¿Sigue escribiendo a mano o se resignó a la computadora?
-No, es uno de mis anacronismos. No tengo muchos pero no aprendí a usar la computadora. Me digo a mí mismo, para convencerme, que más vale emplear el tiempo que me queda en lecturas que aprender a usar la computadora. O el mouse (pronuncia tal cual), que le dicen, que me hace volver a mis lecturas del diario Crítica en el que aparecía Mickey Mouse... Cuando veo a mi esposa apretar el mouse y que aparecen tantas cosas en la pantalla es una maravilla... Pero hay tantas maravillas que no aprendí... No aprendí inglés.
-Si le pidiera que Andrés Rivera recomendara alguno de sus libros a un oyente o lector para producir la incitación que produjeron en usted los de Arlt o el de Víctor Hugo...
-Hay uno por el que me dieron el Premio Nacional de Literatura. Hoy escribiría otro texto, pero usted me pide que recomiende y yo digo La revolución es un sueño eterno. Yo sólo adapté el título de unas palabras de Bernardo de Monteagudo, uno de los pocos jacobinos de la Revolución de Mayo.
El, Moreno, Castelli... Monteagudo bajaba del norte, la tropa independentista estaba diezmada. Y consecuente con sus ideas, pues era un ateo (no había leído La Divina Comedia, claro) dijo "la muerte es un sueño eterno", que se contrapone a toda la mitología cristiana: purgatorio, paraíso, etcétera y etcétera. Es un sueño eterno, se terminó. Yo cambié "muerte" por "revolución", que también es un sueño eterno. Siempre ocurre lo mismo, hay tres cuatro, cinco... los que quieren cambiar el mundo son
minoría siempre. Que encuentran el momento en lanzar una consigna que pone en pie y moviliza a una buena parte de la población del país en donde se lanzó esa consigna. Lenin estaba leyendo plácidamente en Ginebra cuando se lanzó la consigna "paz" (porque el ejército zarista había sido diezmado, con
muerte de millones de hombres), "pan" (porque había hambre) y "tierra" (repartir las grandes posesiones de tierra de príncipes, duques, condes).
Esa fue la consigna. O la consigna de la Revolución Francesa, "Libertad, igualdad, fraternidad", que sigue siendo válida hoy para todos nosotros. Si vamos a hablar de igualdad en este país, vamos a estar de aquí a pasado mañana... No se puede hablar de igualdad...
-Castelli, el Manco Paz, se nota que son personajes que le agradan. El farmer Juan Manuel de Rosas no es su favorito.
-Pero tengo puntos en contacto con el farmer, Rosas en el exilio. Es un anciano, yo también. El farmer es un monólogo, yo también monologo conmigo mismo. Desde el piso 12, cerca de Dios (que no existe), hablo conmigo mismo.
Me pregunto cuánto me queda, cómo voy a escribir Kadish. Me levanto de la tibieza de la cama, tiro las frazadas, miro si sigue funcionando la estufa y anoto algo. Siempre tengo una libreta y una lapicera a mano. Después se acumulan esos papelitos y después... el lector juzgará. Escribo a mano, a veces no descifro lo que está por encima de la tachadura, lo que habla de las degradaciones de la vejez. Una vez que paso a máquina vuelvo a corregir.
Lo entrego y cuando sale impreso el libro, no digo más nada, no lo vuelvo a tocar.
-Me gustaría terminar con una pregunta referida a un hecho que nos contó.
¿Por qué, piensa Rivera, en Argentina post dictadura no hubo una historia como esa que nos contó del judío que buscó por años al general y lo mató?
-En El farmer, Rosas dice: "Se puede confiar en la cobardía incondicional de los argentinos". ¿Nos preguntamos por qué Carlos Menem recibió cuatro millones de votos? ¿Por qué este multimillonario colombiano Francisco de Narváez derrotó al doctor Kirchner? ¿Quién votó a Francisco de Narváez? ¿De dónde sale su fortuna? Son preguntas pertinentes, me las formulo, quienes las escuchan tienen que formulárselas también. ¿Cuál es nuestro grado de complicidad con el mundo que nos rodea? ¿Qué hemos hecho para cambiarlo? Por cierto, tenemos una pasión que es el fútbol: la noticia en la levé o en
radio que un jeque o rey de Arabia Saudita quiere contratar a Maradona... Y resulta que ahora después de los gobiernos del doctor Kirchner y de su esposa, las estadísticas hablan de que en la Argentina hay 14 millones de pobres, de hecho casi la mitad de su población. Yo, Andrés Rivera, soy un privilegiado: salgo de aquí y tomo un taxi, no todos pueden hacer lo mismo.
Tengo una jubilación de 800 pesos que ahora va a volver a subir y tengo el Premio Nacional que son tres mil pesos largos y anticipos por derechos de autor. Viene a sumar más de cinco mil pesos. No los voy a gastar comprándome jeans y otras cosas. Los únicos lujos que me doy son tomar un taxi, con cuidado, llegar a mi casa y prepararme la comida. Para mí, cuatro son una multitud, me harta ir a un restaurante. A veces, cuando vuelvo de Córdoba, debo ir porque no tengo nada en la heladera, salvo tabletas de chocolate.
Eso lo aprendí porque los soldados siberianos del Ejército Rojo en la lucha contra las tropas hitleristas comían chocolate porque era estimulante y les daba energía. Si es verdad o no, nunca se lo pregunté a mi médico... pero ahí están mis tabletas de chocolate.
* Este reportaje se realizó en el programa En algo nos parecemos que se transmite por Radio Nacional, AM870, los sábados de 10 a 12.
*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-129302-2009-08-03.html
* Queridas amigas, apreciados amigos:
En los próximos programas de Poesía y Música Latinoamericana, en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!) presentaremos:
El domingo 9 de agosto de 2009 música del compositor brasilero Albery Albuquerque Júnior, poesías de Francisco Azuela Espinoza (México) y música de fondo de Los Huasos Quincheros (Chile).
El domingo 16 de agosto de 2009 música del compositor mexicano Armando Luna Ponce, poesías de Elena Fassio (Argentina) y música de fondo de Jorge "Lobito" Martínez (Paraguay).
¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).
REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Freundliche Grüße / Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.org
Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067
*
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