NO SENTIR OTRO SABOR SINO EL DEL AZAHAR DE LOS NARANJOS EN LA TIBIEZA DEL TIEMPO...
Queridas amigas, apreciados amigos:
Este domingo 6 de septiembre 2009 celebraremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), ¡la edición número 400 de nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana!
Será un programa informal en el cual participarán algunos de los moderadores que han colaborado en la realización del programa, entre ellos Veronika Gruber, Maximiliam Schönberger, Doris Unterlechner, Johannes Rössler, Silvia Amberger, Krysthal Duarte-Herrera y Walkala.
El programa estará dedicado a la memoria del fallecido poeta argentino Horacio Rossi, de él leeremos algunos de sus poemas. Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).
REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Freundliche Grüße / Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
No sentir otro sabor sino el del azahar de los naranjos en la tibieza del tiempo...*
*Juan Rulfo
LA DIGNIDAD DE LOS POBRES*
*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
Tus textos son -me escribe Miguel Roig desde Madrid- testigo de un mundo que ya no existe y vos tenés el coraje de escribirlo. ¿Y qué coraje podría tener entonces amigo Miguel, si así no fuera?
Me interesan dos cosas, por ahora: no negociar la siempre caída; no negociar la dignidad (ni la mía ni la de todos los que me ensañaron a tenerla, en primer lugar, mi padre).
En el Sindicato de Obreros Rurales conocí a muchos hombres curtidos en las antiguas lucha sobreras. Algunos tenían familia y otros no. Entre los primeros recuerdo a Mauricio Barroso (el "Negro" Barroso, lo llamaba mi viejo), don Pedro Gaffuri, Toribio Aguirre o el "Pelado" Míguez. Entre los segundos, que no eran pocos estaban: Cirilo Godoy, Salustiano Mesa, Ruperto Callejas, Ramón Fernández, Faustino Leguizamón, Marcos Díaz, el "Turco" Juan Alí, a quien también llamaban "Buchanga". Fue un misterio para mí entender en aquellos tiempos lejanos de la infancia y es un misterio más imponderable hoy, entender o llegar saber de dónde venía una legión de desesperados, huyendo de qué miserias o escondiendo qué secretos, porque también supe que cambiaban sus nombres al pisar el pueblo por primera vez.
Algunos tendrían una cuenta pendiente con la justicia, otros escaparían de un destino personal adverso, y en su mayoría trabajaban mucho gracias a que las labores rurales o las vinculadas a esa actividad requerían brazos para aquellas tareas que aún no estaban mecanizadas.
También había un tercer grupo que era el más marginado, los nacidos en el mismo pueblo pero que elegían vivir separados de su familia núcleo, en un celibato no sé si forzado o voluntario o vocacional.
Hay un caso que quiero referir aquí. Un caso que no puede ser seguido como ejemplo de nada pero a mí siempre me pareció una muestra al menos simpática de que la dignidad no se divorcia de la pobreza, tal vez porque Martín Fierro dijo alguna vez "que el pelo más delgado/hace su sombra en el suelo".
Mi padre tenía un dicho para graficar el duro trabajo de las hombreadores en la casas cerealeras de entonces, cuando "cargar granel" era una excepción, entonces decía: "cuando me arrimé a la bolsa", como si hubiera sido una decisión personal y no una necesidad imperiosa de supervivencia.
Entonces, siguiendo esta figura paterna (un hallazgo para mí) prefiero decir que el "Bebo" Vivas, que de él se trata, se arrimó muy joven a la bolsa, siendo "muy guapo", el decir de don Juan Peralta, quien lo tuvo de ladero en sus inicios (en los del "Bebo", claro)
Entonces ese muchacho moreno, simpático, bonachón y un poco ingenuo, absolutamente querible por otra parte, por algún motivo se empezó a aficionar al tinto, aunque no siempre terminaba mal, a veces había que hacer un esfuerzo solidario y llevarlo poco menos que en andas a su humildísima vivienda del populoso y alejado "Barrio de las Ranas".
Entre las anécdotas circulantes en aquellos tiempos remotos está el convite de un vino más (cuando había bebido muchos en el boliche de Mancinelli) y él respondió con su mejor cara de inocente: -no hermano... paso y espío.
Una expresión que supongo del juego del truco, pero como no soy muy ducho con los naipes lo dejo como una inquietud a responderme de parte del lector. Y cierta vez, donde caí por el pueblo de visita, en el Club alguien me dijo, preguntale al "Bebo" qué le pasó con Galán. Y me contaron que se había presentado para competir en "Si lo sabe cante", exitosísimo programa televisivo que quedará como un hito recordado por la historia de los medios de todos los tiempos
Mientras tomaba un café en la vereda del Club lo vi pasar al "Bebo" en ese verano donde panzonas torcazas hendían el aire, tenso como una sábana sumergida en un caldo extendido. Lo llamé. Sentado a una mesa, entre contertulios amables y distendidos, le pregunté a boca de jarro, no sin antes pedirle al mozo "Pichirica" un vaso de tinto refrescante para él.
-Bebo, contame tu actuación con Galán .
Al parecer la anécdota lo tenía de protagonista y él estaba chocho, porque cada vez que la repetía se ganaba un vino, o dos, como en mi caso.
-Sabés que pasó "pibe" -me dice arrastrando las eses- que el "Quía" se quiso pasar de vivo- y achicando los ojitos oscuros, y extendiendo su boca bastante generosa, como estirándola más en sonrisa y que pronto estallaría en carcajada, concluyó, pasando a la tercera persona.
-El hombre se metió con el "Negro", lo quiso sobrar, que le dejó pasar un par de cachadas, hasta que lo paró en seco y le dijo, serio, ¿Viste?.
-Con "El Negro" no Galán, con "El Negro" no. A vos te falta calle y volviendo a la confesión, me dice:
-Sabés cuál es la macana "pibe", que me sacaron la jaula con el canario, que me habían regalado aunque ahora pienso que era grupo. Si bien yo lo dejé pagando en el televisor (se refería al programa, que en ese tiempo era en vivo).
Entonces yo pensé que el "Bebo" Vivas era un hombre pobre, muy anónimo, que a veces se emborrachaba y que tal vez no llegara fin de mes con su trabajo de hombreador de bolsas de mi pueblo, pero dignidad, lo que se dice dignidad, le sobraba. Y la usaba como un valor que hacía valer en su justa medida. Cuando lo creía necesario. Y esa necesidad aparecía cuando su condición humana era agredida. Y él siendo tan humilde como era, ponía entre él y los otros, ese escudo, inconmovible que es moneda escasa en el día de hoy: la dignidad de los pobres.
ELLA ESTABA ROTA.*
*de Jesús Brilanti T. lugburtian@hotmail.com
Ella estaba rota en realidad y aparentaba que no lo sabía; yo estudiaba en la facultad de filosofía y ella en la de arquitectura. Supe de su estado fragmentario desde el primer día en que la vi andando cabizbaja por uno de los pasillos de la universidad; a partir de tal instante no pude olvidar su rostro cual reflejaba ante mis ojos la ruptura, por que uno suele darse cuenta a quien se la ha caído el alma en la acera y se le ha hecho pedazos, no quedando más que levantarlos e intentar volver a colocarlos lo más cerca de donde late la esencia que nos permite dormir y despertar al día siguiente; más sin embargo nada suele ser igual.
A la fémina rota le veía muy a menudo y cuando me percaté de tal constancia era por el hecho de verle a diario en la cafetería, ella ahí, siempre acompañada de una taza de café y un cigarrillo cual por lo regular era seguido por otros cuatro más. Siempre despertó en mí bastante curiosidad pero nunca pude acercarme lo suficiente, nunca pude explicarme porqué, la timidez nunca fue una característica mía, más sin embargo había algo que parecía una barrera, sentía que algo estaba roto y ello me detenía. Hay
cosas que uno jamás terminará de comprender, y una de ellas fue el hecho de que no pude contener esa extraña necesidad por verla, aunque fuese a la distancia, las once treinta de la mañana y ella estaba siempre en la misma mesa de la cafetería, dando pausados sorbos a su taza humeante mientras se
acorazaba en una nube de cigarrillos, por mi parte no me importaba faltar a mis clases para estar a esa hora, de la misma manera bebiendo café, abrumado por la distancia, aturdido por las pláticas banales de decenas de personajes que atiborraban aquel espacio de la universidad. A pesar el alboroto constante de las mesas, las sillas, los platos, los ceniceros y demás, parecía en cierto momento, que la vaciedad nos conectaba a ella y a mí. Ella se percataba de mi presencia, al parecer no le incomodaba, tal vez me veía
como a uno de tantos que estaba ahí sólo para escapar de las aulas. Con el pasar de los días no tuve más que admitir que era ella demasiado atrayente para mí, a pesar de su tristeza, a pesar de su soledad, a pesar de la ruptura que yo podía admirar en su persona; era la mujer que yo había perseguido en mis sueños, era a quien le había dedicado mis escritos antes de conocerla de manera tangible. Por casualidad supe su nombre, Luisa, y el mismo tuvo eco en mi cabeza durante bastante tiempo. Las cosas, sentí, se me estaban saliendo de control, no podía seguir atormentándome sin siquiera estar seguro si para ella yo existía, de tal manera un día planeé esperarla al final de sus clases, la esperé en la calle, me sudaban las manos, fumaba un cigarro e intentaba calmar mi ansiedad dando ligeros golpes con mi zapato izquierdo al suelo. Ella por fin salió, pero justo y había dado unos cuantos pasos cuando un tipo muy blanco, alto y bien parecido la interceptó, Luisa lo abrazó pero él la apartó de sí bruscamente, le dio un tirón del brazo, comenzaron a andar mientras el sujeto le gritaba, ella sólo asentía con la cabeza, creí a lo lejos verle llorar. Esta vez no tomé el metro para regresar a casa, caminé perdiéndome en la enormidad y soledad de la gran urbe repleta de almas que iban y venían.
No importándome lo ocurrido, al día siguiente estuve a la misma hora en la cafetería, pero la mujer rota nunca llegó. Esa tarde llegué a casa y comencé a sentir que algo se rompía también dentro de mi ser. Un día más, no perdí la fe, mismo lugar, mismo café y mismo cenicero sucio frente a mí; un poco tarde pero entró al fin Luisa a la cafetería, esta vez no se sentó en la misma mesa, buscó otra dándome la espalda, intuí que algo no estaba nada bien; guardé luto por espacio de veinte minutos, me incorporé de mi asiento y con todo ánimo me dirigí hasta su lugar para pedirle un cigarrillo, a lo que ella respondió a penas audible: -¡no tengo!-, dichas palabras no me dolieron, lo que me dañó fue ver su rostro golpeado que fungía enmarcando a resonancia extrema un ojo totalmente morado; se agachó, comprendí que era
ilógico y estúpido preguntar si estaba bien. Salí a paso lento del lugar aquel que a pesar de su algarabía se me antojaba salvajemente silente.
Aquel día volví a regresar andando a casa, el caminar se había vuelto una terapia para mí, mientras caminaba podía conversar conmigo mismo y pensé en tales circunstancias por que Luisa estaba rota, si acaso esa era la razón, maldije al mundo mientras me interrogaba sobre las circunstancias que uno
jamás podrá comprender, mientras, nunca escuché unos pasos tras de mí que apresuradamente me hacían compañía, volteé para encontrarme con el rostro gris por dentro y moreteado por fuera de la fémina rota. -¿Porqué me sigues siempre?- Me cuestionó, no supe que decir, seguí caminando, ella a mi lado y
junto a nosotros un silencio que traduje como un grito de auxilio por parte de ella. -¿Cómo le permites.?- No pude culminar mi interrogación pues me lo impidió, comenzó a llorar, nos sentamos a las afueras de una muda puerta, los transeúntes simplemente nos vadeaban sin darnos importancia, cada uno de ellos reflejaba tanta indiferencia al seguramente cargar sus propias maletas llenas con sus propios problemas. Luisa no podía parar el llanto, en medio del mismo me dijo que aquello sobre lo que fui testigo aquel día no era nada, me habló sobre José Adrián, su novio o verdugo, no sabía en realidad que era, pero me dijo que lo amaba a pesar de sus gritos, de sus golpes salvajes que comenzaban en su rostro, después en el estómago para doblarla, sofocarla y una vez en el suelo propinarle una tanda de patadas; obviamente no se limitaba a los golpes físicos pues también tenía que soportar los que le propinaba en el alma: sus infidelidades, humillaciones y reproches.
Cuando creyó ella descargar todo lo que tenía que expeler, limpió sus ojos, se puso de pie, me pido disculpas dando media vuelta; por un par de segundos lo dudé, pero sabía que ya no podía callar, prácticamente salté alcanzando su hombro, ella giró, le dije que yo la amaba, quería ayudarla. Ella
contestó que estaba rota, que yo nada podía hacer para unir los pedazos. Se marchó perdiéndose entre la gente, yo permanecí inmóvil hasta que la perdí de vista entre la multitud, el smog y mi rabia.
Esa noche no pude dormir, tenía que hacer algo o terminaría por romperme yo también. Al siguiente día no quise ir a la cafetería, me sentía muy mal, al salir de clases me dirigí firmemente hacia la puerta de salida, salí corriendo, ahí estaba Luisa y José Adrián, a media banqueta discutiendo, pasé por un lado de él, casi rocé su brazo con el mío, me llené de impotencia, apresuré mi paso, alcancé a escuchar como él subía su tono de voz, continué andando, deseaba alejarme lo más rápido de ahí, mi corazón latía tan fuerte que creí me ensordecería, los ojos se me inundaron de lágrimas, contuve el llanto, avancé tan sólo cinco cuadras cuando me sacó del trance el ulular de una ambulancia cual me encontró en sentido
contrario a mi andar, me detuve, pensé en Luisa, intuí que algo le había ocurrido, no vacilé, regresé corriendo lo mas rápido que pude, pensaba en ella, sólo en ella, me aproximé a unos metros sobre la entrada de la universidad y pude ver que hasta ahí había parado su curso la ambulancia, había un tumulto, la gente se amotinaba, aun no alcanzaba a ver que ocurría exactamente, me aproximé aun más, por fin vi un taxi sobre la acera, según la gente, había atropellado a una persona quitándole la vida, me acerqué, como pude me abrí paso entre los curiosos, mientras murmuraba el nombre de Luisa llegué al primer plano, un enorme charco de sangre relucía y marcaba una trayectoria que culminaba en la rejilla de una alcantarilla, el cadáver yacía expuesto boca arriba, y yo no podía dar crédito a lo que veía: era yo, ahí silente, tendido sobre el asfalto sin vida, a final de cuentas estaba roto como algún día lo predije; Luisa estaba junto al taxi y lloraba admirando mis restos, José Adrián dio un fuerte jalón a su cabello, y preguntó: -¿lo conoces?-. Ella simplemente lo negó, y a empujones él la retiro del lugar.
Me subieron a una camilla, yo ya no sentía absolutamente nada, mi sangre continuaba fugándose por la alcantarilla, mi alma le acompañó, sólo comprendí por último que ella, solamente ella, fue quien decidió romperse para el resto de su vida.
La goma de borrar*
Un duende amigo, me vendió
una goma de borrar.
No quería comprarla,
estoy tan cansada que me vendan cosas...
y lo que es peor,las compro todas.
--Es mágica,me dijo,
borra los cuchicheos y malos ectoplasmas
que rondan y maltratan--
Siguió explicando:
--Fue fabricada con sabiduría,
con el alma de un grillo
y notas silenciosas de una muda guitarra.
¡Y otra vez me vendieron la esperanza!
El duende vendedor
se esfumó en el aire.
Con suma desconfianza
traté de borrar una pequeña mancha
en la puerta de entrada de mi casa,
¡Cedió tan facilmente!
Me animé,
Borré la mueca triste
de alguien que pasaba y
saludó sonriente.
¡Y borré tantas cosas!
Al "Amor desolado" de Cortés
le borré "desolado" y sonó diferente.
Tentada estuve de borrarme las penas.
¡pero con tanto amor fueron ganadas!
Eso sí me borré la tristeza
y recobré la voz.
aquella de mi infancia.
Se resiste un tanto, una mancha
que se clavó en el alma,
pero, ya cederá.
¡Ah,me olvidaba!
todavía está en muy buen uso
mi goma de borrar mágica,
si entre tantos amigos
alguien la necesita,
se la presto encantada.
*De Matilde Lopez Camelo caminandosignosfm@hotmail.com
"SI - NO"*
Los búlgaros tienen una costumbre muy extraña a nuestros ojos: cuando asienten con la cabeza con el típico movimiento de arriba hacia abajo, están diciendo NO.
Y cuando hacen el movimiento negativo o sea, de costado a costado, están diciendo, SI.
Tengo algunos amigos búlgaros, pero fue mi pareja, Donka (que es búlgara también) la que me dio una explicación a tan raro comportamiento. O por lo menos lo que le contaban sus abuelos, que decían a su vez que le habían contado sus abuelos. Ya se sabe que las historias populares siempre tienen un rastro de dudas y bastante de verdad.
Los búlgaros son en su origen, eslavos. Luego el rey Boris allá por el 820 más o menos convirtió al
antiguo imperio búlgaro al catolicismo ortodoxo ,y al igual que los rusos, son fervientes creyentes.
Pero recibieron la invasión del imperio turco en 1393 y duró la ocupación hasta 1876. Casi quinientos años.
Al haber sido también un imperio, el búlgaro es bastante orgulloso y a veces hasta terco. La dominación turca fue brutal. La misma historia en todos los pueblos oprimidos: masacres y destierros. Oprobio y abusos. Donka me cuenta que la costumbre de negar asintiendo y asentir negando nace en aquellos
siglos de invasión.
El turco reunía a la gente de los pueblos y los obligaba a renunciar a su religión y a abrazar el Islam. Al que se negaba se le cortaba la cabeza. Así que el instinto de supervivencia ideó esta forma tan rara a nuestras costumbres. Decían que si con la cabeza y por lo bajo se resistían diciendo no. Así, más de uno conservó la testa en su sitio y para mi lo más importante: la conciencia en su lugar.
*De Florencio Romero Diaz y Donka. staferomero@hotmail.com
CAIDA DEL PUDOR EN LA SOCIEDAD CONTEMPORANEA
"El imperio del culo"*
En la época actual, "lo privado sufre una transformación, haciéndose público y apto para el consumo -sostiene la autora-: el capitalismo tardío inaugura el imperativo de que se puede decir todo y mostrar todo, propiciando así la pérdida de la vergüenza".
Por Silvia Ons *
Alguien enuncia sus preferencias sexuales por Internet y de este modo esas preferencias toman un valor que antes no tenían, ya que transformadas en mercancías adquieren un valor agregado. Tal valor tiene su analogía con el valor de cambio descrito por Marx, en la medida en que ingresa al mercado lo que antes era solo valor de uso. Aquí hay que entender el mercado no sólo desde el punto meramente financiero, sino como una vitrina en la que algo se da a ver, para ser elegido según "el gusto". Y, de la misma manera en la que cualquier experto en economía sabe que la oferta genera demanda, habría que preguntarse si el gran abanico de perversiones en la actualidad no está favorecido por las mismas ofertas.
Lo privado sufre una transformación, haciéndose público y apto para el consumo. En tal transmutación, los "apetitos" adquieren una consistencia insospechada, como si la posibilidad de confesión y de concreción les insuflase un peso suplementario.
Reflexiónese en las frecuentes cavilaciones de algunos adolescentes acerca de la identidad sexual: esas dudas son pronto sofocadas cuando lo que antes era una fantasía es considerado como indicador de una certera preferencia sexual. No se trata de demonizar Internet, negando sus notables beneficios en otros aspectos, sino de profundizar en nuestra contemporaneidad, para advertir que todo lo que le ocurre a un sujeto es rápidamente subsumido a una supuesta identidad del ser: si una chica piensa en demasía en una amiga, es lesbiana; si come mucho dulce, bulímica; si experimenta cambios anímicos, "bipolar". Al eclipsar los matices de las cosas, tales nominaciones borran su misterio, y muchas veces antes lo que podía ser para un sujeto un pensamiento, una conducta esporádica o una fantasía, se torne prontamente en una clave que responde a lo que sería la real identidad. Y cuando un sujeto está desorientado -algo muy habitual en estos momentos- se aferrará tanto más a aquello que le daría un supuesto ser.
Freud, en Lo inconsciente, se refirió a ciertas fantasías que circulan sin demasiada intensidad, hasta que, al ser recibidas de determinadas fuentes, toman otra importancia. Internet funciona como una fuente adicional, que ofrece la oportunidad de brindarse como ávidas prendas en un escaparate en el que encontrarán respuesta sin demora. Recuerdo la feliz expresión de Lacan acerca del fantasma como prêt à porter, listo para ser llevado, listo ahora para ser llevado por la vía facilitada de la vitrina informática.
Los fantasmas se muestran así sin mediaciones y los sujetos se tornan idénticos a sus supuestas inclinaciones pulsionales, hasta llegar a tener el nombre de esas inclinaciones -"los caníbales", "los sádicos, "los masoquistas", "los fetichistas", "los bisexuales", "las bulímicas", "las anoréxicas", "los drogadictos", "los homosexuales"-, perdiendo singularidad, para formar parte de una clase. Notablemente, los sujetos ya no están representados por significantes rectores que los nominan en el espacio público, y que clásicamente señalan su lugar en lo social, sino por maneras de gozar que, inusitadamente, se confiesan.
Traseros
Pensemos en la importancia mediática del "trasero" en nuestros días; el asunto trasciende la concreta atracción por esa parte del cuerpo. En efecto, el gran goce de la época consiste en develar todo aquello que está "por detrás". Ese gusto incluye la fascinación por los backstages, la complacencia voyeurista por Gran Hermano, la impulsión por dar a ver fotos con procacidades sexuales, los chismes artísticos (proliferan los programas "especializados" en ese rubro) y todo aquello que muestre lo que hay detrás de bambalinas. En otro orden, lo mismo se revela en el deleite por sondear qué hay detrás de la vida de un gran hombre, qué secreto lleva en las espaldas, cuáles son sus debilidades de sus aventuras libidinales. Al pretendido lema de hacer aparecer los aspectos más humanos de las figuras relevantes subyace el placer mórbido de rebajar la imagen, metafóricamente "mostrar su trasero", igualarlo con el de todos.
No es casual que esa parte del cuerpo sea aquella en la que los sexos no se diferencian; el "imperio del culo" es así, el imperio de la igualdad, donde las diferencias que sí importan se reducen a... tener un buen culo o no (o a los distintos formatos a los que se alude: estilo "pera", "campestre", "melones"...).
Y todo ello va en desmedro de la importancia del rostro en su máximo valor expresivo, en su extremo más sensible. ¿Acaso no se lo tapa, cuando se quiere que no se identifique a una determinada persona? Por lo menos no deben verse los ojos, lo cual indica el poder para el reconocimiento que alberga la mirada.
Jacques-Alain Miller habla de la desaparición de la vergüenza como uno de los síntomas de la época, y lo articula con la muerte de la mirada de Dios; la desvergüenza es la puesta en escena de las consecuencias de esa muerte. El capitalismo tardío inaugura el imperativo de que se puede decir todo y mostrar todo, propiciando así la pérdida de la vergüenza. ¿Y no se ancla acaso el sentimiento de vergüenza en ese rostro que se sonroja cuando se intentan levantar los velos? Es que la vergüenza opera como guardiana de una reserva, preserva lo más íntimo, hace tope.
Al desvergonzado se lo llama "caradura", y de este modo se alude a un rostro que ha perdido sensibilidad y que ya no experimenta ningún pudor. Se dice que "no tiene cara" a quien ha perdido la vergüenza, mostrando así la asociación necesaria entre los dos términos. Se nombra como "descarado" al impúdico y, otra vez, es siempre la supresión del rostro la que se indica.
No por nada las reflexiones que gravitan en torno de la vergüenza vuelven una y otra vez a la importancia de la mirada. En la célebre reflexión sartreana (El ser y la nada), la juntura entre ambas testimonia la presencia del Otro. Descubro, sin duda, a través de la vergüenza, un aspecto de mi ser. Sin embargo, aunque algunas formas derivadas de la vergüenza puedan aparecer a partir del plano reflexivo, ella no es originariamente un fenómeno de reflexión. En soledad puedo experimentarla, pero su estructura primordial se yergue frente a la otredad; se trata del mirón que, al espiar por el ojo de la cerradura a quien no lo ve, es sorprendido por alguien que entra y lo ve espiando. La mirada del que lo descubre suscita vergüenza, y habla del arribo de la otredad: si hubiese llegado un animal, no la experimentaría: sólo la provoca el prójimo como tal. Y si quiero mirar esa mirada para defenderme, si pretendo así atentar contra su libertad, será la mirada y la libertad del Otro las que, desmoronadas, se me escapan. Quizás entonces, para Sartre, una mirada que, lejos de perturbar, incite al goce, habrá perdido su dimensión de alteridad. Reflexiones que conducen a pensar en el estatuto de la sociedad actual, tan sabiamente anticipada por Guy Debord en La sociedad del espectáculo.
Freud y Lacan no dejan de situar la vergüenza en su relación con la sexualidad y el goce; no es sólo el cuerpo que en su "para sí" está avergonzado de su "en sí" decadente. En todo caso, tal decadencia lleva el estigma de la sexualidad develada ante la mirada, al modo del mito bíblico en el que Adán y Eva cubren sus genitales cuando aparece la idea de pecado. En otra línea, Levinas (1999, De la evasión, Madrid, Arena Libros) plantea que la vergüenza no deriva de la conciencia de una imperfección o carencia, sino de la imposibilidad de nuestro ser para desolidarizarse de sí mismo. Así, en la desnudez experimentamos vergüenza por no poder esconder aquello que quisiéramos sustraer a la mirada.
Auge u ocaso
Recordemos una célebre expresión de Nietzsche: "Se debería respetar más el pudor con que la naturaleza se ha ocultado detrás de enigmas e inseguridades multicolores. ¿Es tal vez la verdad una mujer que tiene razones para no dejar ver sus razones?". Encuentro aquí un eco de lo que se desprende del decir de Lacan: la mujer es la verdad por ser no toda. Pero entonces, si el pudor es la esencia de la verdad-mujer: ¿habría acaso en nuestra contemporaneidad una feminización del mundo, como sugieren ciertos autores? Creo más bien que al atravesarse las barreras del pudor y de la vergüenza, asistimos a un ocaso. Dicho de otro modo: el auge de las mujeres es, muchas veces, el auge de lo que se ha llamado la mujer fálica.
* Extractado del artículo "El trasero no es el rostro", en Violencia/s, de reciente aparición (Ed. Paidós).
-FUENTE: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-131063-2009-09-03.html
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