AL MÍNIMO TEMBLOR QUE LO PRECEDE...
PLUMAS EN LA LUNA*
Vivía yo con mi familia en un clásico barrio, cercano a las vías del tren.
Todas las tardes, al volver de la escuela y después de la merienda, nos juntábamos los chicos de la cuadra.
Todos guardábamos en algún bolsillo un pedazo de torta, algún bizcocho, o simplemente un pedazo de pan. Y para allá corríamos a la tapera de Pancho, debajo de un árbol al lado de las vías.
Pancho era el linyera, el "croto", como le decíamos en mi infancia, que todos queríamos y para él vaciábamos nuestros bolsillos.
Debajo de una descuidada barba, que podría ser blanca, sus mandíbulas, con increíble y buena dentadura, trituraban con fruición los dulces, mientras convidaba trocitos a sus cinco compinches, cinco perros flacos y pulguientos que lo acompañaban en sus aventuras por las calles de la ciudad y cuidaban de las estrafalarias pertenencias de Pancho.
Alto, flaco, algo encorvado, de caminar lento, ojos claros casi escondidos bajo las tupidas cejas, de largos cabellos atados a la espalda con un piolín, Pancho tenía una mágica atracción para nosotros. Sentados en rueda a su alrededor, escuchábamos sus relatos y nuestra imaginación se regocijaba con las aventuras que nunca pusimos en duda. Si el tema era estar frente a un león, en plena selva, creíamos en sus poderes de hacerlo volver a su guarida sin chistar.
Antes que oscureciera, nos despedíamos de Pancho, asintiendo a su orden de portarnos bien y hacer los deberes.
Una tarde, lo encontramos ocupado en raros artefactos de alambre que, nos dijo, serían alas para volar hacia la luna. Nos pidió le lleváramos plumas, y al otro día, todos los chicos aportamos una buena cantidad de ellas.
Las gallinas se habían alarmado de nuestro ahínco en limpiar de plumas los rincones, y alguna de las pasaban cerca, sintieron los manotazos.
En mi casa no había gallinero, pero abuela Sofía, como buena idish, tenía un acolchado de plumas que trajo de su país, que misteriosamente quedó menos abultado.
Durante una semana asistimos y aportamos a la realización de las grandes alas que ya tenían buenas formas.
Una fuerte tormenta nos mantuvo en nuestra casa, y al otro día, cuando llegamos a la tapera, sólo encontramos algunas plumitas embarradas y los perros, que nos saludaron con alegres ladridos, mientras comían lo que había en nuestros bolsillos. Pancho no estaba, tampoco las alas.
Volvimos durante unos días, en especial llevando algo de comer a los perros, que ya no eran cinco. Algunos también nos habían abandonado.
Mamá, notando mi tristeza, una noche de luna llena me invitó a mirarla, y descubrimos las barbas de Pancho. Me alegró mucho saber que había llegado.
Hoy, ya hombre, intactas mis emociones infantiles, levanto mis ojos hacia la luna y mi corazón se comunica con Pancho, alejando por unos minutos los ingratos sucesos de este siglo XXI, cada vez más agobiante.
Comparto la ilusión con mis dos hijos que olvidan sus guerreros y monstruos electrónicos y apaciguan sus fantasías escuchando, por enésima vez, alguna de las aventuras de Pancho, que ya incorporaron a sus recuerdos. Por supuesto que conocen de los cráteres de la luna y su gaseoso entorno, pero nos entibiamos el espíritu y por unos minutos vemos las barbas, y tal vez, algún guiño de Pancho, que todavía, a pesar de los años, deja deslizar alguna plumita, que encuentro debajo de un árbol o posada, etérea, sobre las violetas del jardín.
*de Elsa Hufschmid. elsahuf@hotmail.com
AL MÍNIMO TEMBLOR QUE LO PRECEDE...
SUEÑO DE UNA NOCHE TROPICAL*
*de Marié Rojas Tamayo.
- Soñé que había un ángel en la cabecera de mi cama - dijo ella, sacudiéndose a duras penas el cansancio.
- No empieces otra vez con tus bobadas - respondió el esposo desde la cama -, despabílate, trae la escoba y el recogedor, que volvió a descoserse otra vez esta porquería de almohada.
- Con sus alas me abanicaba, para que el calor de la noche no enturbiara mi descanso - continúa ella recordando, tratando de atraer hacia el recogedor las plumas que se escapan indóciles de los golpes del
escobillón.
- ¡Saca! Tan inútil como siempre, mejor lo hago yo. Hoy mismo estoy comprando una almohada de espuma de goma, está bueno ya de recostar la cabeza en este vejestorio que no para de botar el relleno, todo porque era de tu madre - le arrebata los instrumentos y la mira con desprecio -. Cuela un poco de café, que me están esperando en el parque para el dominó.
- Con su presencia ahuyentaba a las sombras, para que no trajeran pesadillas a mi sueño - le trae ella la taza humeante mientras no cesa en su monólogo, como si se negara a reconocer que está despierta.
- Cada día estás más zonza - bebe él sorbo tras sorbo -. Ni que me interesara lo que soñaste... No te puedes estar callada. Anda, plánchame la camisa, me voy a dar un baño cuando recoja estos plumajos, que esta vez van para la basura.
- Su sonrisa iluminaba la noche, me inundaba de una extraña paz, se llevaba mi agotamiento... - la plancha emite silbidos al tocar el cuello de algodón.
- ¿Vas a cerrar el pico o tengo que hacerte callar? Malditas plumas, se han metido también debajo de la cama - se agacha empuñando la escoba para llegar a esa zona donde el brazo no alcanza.
- Antes de partir me dijo - susurra ella, tan sumida en su mundo que ya no siente temor a las amenazas - que Dios está conmigo, aunque no lo vea.
El hombre se levanta, dispuesto a abatir el mango de madera sobre la espalda de la esposa, cuando un brillo que ve desprenderse de la escoba lo obliga a agacharse para atrapar a la última rebelde.
Al hacerlo, su rostro va pasando de la furia al estupor, porque en sus manos, increíblemente leve, inconfundible en su blancura, ase una pluma que no cabría en ninguna almohada.
*Publicado en la antología "Mujer, soledad y violencia", Editorial Gente con Talento, Colombia, 2004.
El alma del riel*
Atemporal
el tren por su ruidoso camino, algo tiene de río, de inmortal y de esperanza.
Antes, mucho antes del paso del tren me sentaba a esperarlo. Agachada en el suelo, con la oreja pegada a la tierra siento el mínimo temblor que lo precede.
Impreciso se recorta en el horizonte, brumoso y pequeño como un tren de juguete, la locomotora arrastra su séquito de vagones y la escolta el manto de humo.
El ruido se escucha lejano, un suave ronroneo que sube de tono hasta hacerse insoportablemente bello cuando el tren pasa a mi lado; enardecido peso de hierros y madera deslizándose por las vías, dulce cataclismo que me envuelve y dura lo que una ráfaga de viento. Después, a cien o doscientos metros empieza a perder velocidad, quejosas chirrían las ruedas y el convoy se detiene en Magdala bufando el encabritado vapor de sus entrañas.
Quietud en la Estación, el pasto crece a su antojo entre los durmientes. El alero del techo carcomido por las inclemencias del tiempo, le ofrece refugio a las aves que anidan en los recovecos. Ya no están la campana ni los focos de luz, se ha ido el empleado del ferrocarril.
Con su ritmo inconstante las espigas se mecen en el campo agitadas por la mano juguetona del viento, caprichosas ondas en el vasto mar vegetal, pero yo amo el rugido del tren, la bien pensada metalurgia de la máquina, el aliento cálido de su vientre, el indolente traqueteo de los vagones, el olor de las especias destinadas al almacén que me hablaban de puertos lejanos.
Volver de Pehuajó, me ensueño, a veces, con el movimiento lateral del banco de madera, sacudones leves que invitan al descanso. Despierto y con fuerza presiono el cuerpo en el respaldo del asiento, se alivianan mis huesos, juegan mis omóplatos. Me incorporo y subo la ventanilla, la sostengo bien arriba mientras intento trabarla soltándole los frenos, cuando lo consigo dejo que el viento juegue con mi pelo, lo enmaraña, se lo lleva. Mi rostro es una máscara insensible y con la boca abierta grito para adentro el placer de tragarme todo el aire.
Estación Magdala, adormecida en el paisaje llano de la pampa bajo el sol del mediodía, resistiendo desafiante en la confusión rosa alilada del atardecer.
Pita nervioso el tren que se acerca, la carga de espigas de oro colmarán los vagones, maíz, girasol. Mancomunados se irán rodando la semilla, la savia de la tierra y el trabajo del hombre. Mano y badajo anuncian la partida con el vaivén sonoro del metal, listo en su puesto el maquinista y parte el tren con su preciosa carga.
El humo de la locomotora se entretiene en el aire un rato largo, dibuja en el cielo espirales de hollín que suben lentamente, se aclaran y deforman, desaparecen.
Ya no hay adioses en la Estación, no hay bienvenidas. El silencio grato de la Naturaleza con su ritmo apacible tiñe el aire de siesta y duerme el alma del riel en el profundo acero; para su duro oficio de resistir ya no hay victorias. Jugando a equilibristas, niños con pies alados le hacen cosquillas.
Resignación es esa gris neblina que nos paraliza, por el contrario, el sol es vida, es movimiento y está en todas las cosas, también en ese tren que vuelve cada día.
Con estupor vimos como el bólido anduvo kilómetros y kilómetros sin que nadie lo pudiera abordar, en su afán de correr por las vías muertas.
¿Muertas?, déjenme que me ría y que luego el tren me pase por encima y que llore y ría convulsa, y recién después de vaciarme de humores y de llanto les pregunte, ¿pueden morir las vías...? o se muere el discurso, las decisiones egoístas, las irresponsables, las desacertadas, las humillantes, las interesadas decisiones de los hombres.
Hay un plus de nostalgia que me mueve a escribir estas líneas, hay tanto para hacer y deshacer.
*de Ana Maria Diaz Velo anadiazvelo@hotmail.com
EL PRECURSOR DE GATTI*
Toti Sciarini, in memoriam
Era corpulento y tenía una prestancia menos de arquero que de campeón de lucha libre o de boxeador apto para disputar el campeonato mundial "de todos los pesos" como se decía por entonces en la jerga del periodismo deportivo, que como sabemos son los ases del enriquecimiento del idioma.
Pero fue el primero que empezó con la costumbre -ampulosa según su temperamento- de salir jugando con la pelota en los pies desde el mismo arco.
Sacaba pelotazos con la cabeza, los codos, los pies, el pecho y raramente la embolsaba en sus nervudos e inmensos brazos, ya que era lo que nosotros hubiéramos preferido para mayor tranquilidad.
De todos modos era nuestro ídolo, aunque esa idolatría se mezclaba a veces con la impotencia porque esa arriesgada y extraña manera de defender nuestros tres palos traía no pocas veces el amargo sabor de una derrota y otras salvaba al equipo de una goleada o le hacía ganar un partido.
Saltó a primera cuando dejó de atajar aquel arquero casildense, del jopo alto y el bigote finito y que abandonó el arco luego de un partido donde le hicieron un gol muy tonto -que le pueden hacer al más pintado- y sus compañeros dudaron de él. Se armó tal bathola que tuvo que guarecerse en el vestuario, se suspendió un rato el partido, y cuando lo convencieron de que volviera quiso demostrar su entrega a los colores y se tiró en forma suicida contra la rodilla de un delantero, quebrándose la nariz y entonces sí tuvo que salir.
El partido era contra el club Chañarense, que iba primero y tenía una delantera arrolladora, en especial dos hermanos de apellido polaco (uno de ellos, el más corpulento, destruyó la nariz de nuestro arquero) que era el cuco de todas las defensas de la zona.
El casildense no quiso jugar más, alegando que se había perdido la confianza en él, y nosotros lo extrañamos mucho porque era muy amigo de los chicos, andaba siempre organizando campeonatos infantiles, ya que se había radicado en el pueblo.
El Toti, que militaba en la reserva, pasó a primera para ser titular durante muchas temporadas, usando la amarilla, que era la camiseta de todos los arqueros en ese tiempo.
Lo que no recuerdo ahora es si aún jugaban los grandes : Parabatti (a quien no sé por qué llamaban "Cubay"), Cornejo, Mulé, Capobianco, Carbonín, Delavedova, el Loco Moreno, pero de lo que estoy seguro es que el pelado Míguez y el Flaco Maggi ya no estaban. Es probable que haya jugado con Quinterito, con el Negro Fernández, Lorenzo Miranda, Carlitos Salinas (seguro que sí, porque Carlitos lo salvó de una biaba en un clásico).
Las anécdotas que produjo en los pocos años en que yo lo vi, porque cuando dejé el pueblo era aún titular y yo jugaba en la reserva, están en la memoria de los mayores que nunca dejan de relatarlas a los más jóvenes.
Habíamos llegado a la punta ese año y no sé por qué extrañeza de los dirigentes que se me escapa ahora, debíamos jugar con Deportivo Isla Verde, que pertenecía a otra liga y estaba en la misma situación en la tabla. El pueblo de tan bello nombre está en la provincia de Córdoba, justo en la prolongación de la ruta provincial número 93, es decir, luego de Beravebú, Chañar Ladeado y Corral de Bustos, pueblo con prosapia de caudillos. De lo que me acuerdo -¡cómo olvidarlo!- que vestía la maravillosa casaca del no menos maravilloso Rosario Central.
Llegamos en camiones repletos de polvo, con las mariposas adheridas a los radiadores y hoy he olvidado la característica del pueblo, pero el recuerdo borroso que tengo de él no es pesimista, es decir que algún atractivo debo haberle encontrado para quedarme con una impresión que es eso: nada preciso pero como una idea flotando en algo que me resultó agradable aunque no sé qué.
Como dije antes, llegamos en camiones, pero tal vez algún auto nos acompañó, y recuerdo algunas banderas rojiblancas que tremolaban en unos sostenes de madera, que a guisa de astas les habíamos colocado.
El clima era festivo, pero nuestro arquero no tendría su día, como el perro de Onetti, así que todo fue frustrante y nos comimos una goleada histórica.
El Toti acostumbraba a hacer picar la pelota muy cerca de la raya, canchereando y provocando a los delanteros rivales, la hacía picar a sus espaldas. El primer gol que les regaló fue cuando no tuvo en cuenta que un piso de tierra muy removida, muy suelta acompañaba la puerta del arco y cuando salió hacia un costado haciéndola picar a su espalda con tanta mala suerte que la pelota murió sobre el polvo y antes que reaccionara, un delantero rival aprovechó para empujarla a la red.
Después de allí no pegó una: quiso sacar como era su costumbre: codito, cabeza y piernas. Todos goles. Perdimos 5 a 1 y diré en su honor que el único gol nuestro lo hizo él, desde los doce pasos. Pero ni con eso salvó el honor. En verdad cuando ellos vinieron para el partido de revancha fuimos nosotros los que le metimos 5 y ellos apenas hicieron uno o dos. Pero -y aquí la memoria me abandona- no sé si hubo un tercer partido, es probable que sí y es probable que haya sido en cancha neutral y es más probable aún que nosotros hayamos perdido. Tal vez uno a cero, pero aquí quiero ser generoso con mi equipo y mis recuerdos, faltaría ver los archivos de aquellos años, pero como ustedes saben, no soy un periodista deportivo. Apenas trato de rascar desde el más remoto olvido algunas anécdotas que hicieron más placentera mi adolescencia, aunque el Toti se encargara con ese afán trasgresor que lo caracterizó siempre, de ponernos un poco de pimienta en nuestras almitas solitarias, de pobres chicos de pueblo que sólo tienen de consuelo el inmenso amor a una camiseta de fútbol, que los identifica con una parte social, como al nativo con su tótem.
*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
IDENTIDAD UNIVERSAL*
Cotty transitaba por los pasillos del aeropuerto sacudido por un sentimiento extraño nunca experimentado antes, era una mezcla de incertidumbre, confusión o cierta dosis de pánico. Nada le era conocido, ningún elemento que entraba por sus pupilas le recordaba algún dato que hubiera quedado en su recuerdo.
De pronto un individuo apresurado en extremo tropezó con un porta equipaje rodante que con el impacto se alejó de su dueño.
- ¡Eh, boludo! Fijate por donde caminás, - fue el grito indignado del hombre.
El otro siguió su camino sin volver la cabeza ni pedir disculpas.
Cotty se detuvo intrigado ante la escena pero como no pasó a mayores continnuó en busca de un taxi.
El primer coche de la fila estaba vacío, el dueño del segundo gritó a través de la ventanilla.
- ¡Che, boludo! Hay gente esperando.
Cotty se convirtió en un cuenco que almacenaba hechos y palabras desconocidas porque no las encontraba en su diccionario mental. Él hablaba varios idiomas pero ese nombre de pila nunca había sido pronunciado. Desde que abandonó el país, su país, a los cinco años la lengua de sus ancestros que incorporó como propia era totalmente distinta a ese castellano hablado al sur del mundo, que si bien sus padres se habían encargado de practicarlo en privado para mantenerlo en su recuerdo, las reglas para hablarlo parecían ser muy diferentes.
Su acento extranjero llamó la atención del chofer que conducía el vehículo.
- ¿De donde viene? - preguntó.
- De Alemania.
- ¡Uy! Aisito no más.
El desconcierto del viajero aumentaba minuto a minuto, no podía comprender el significado de las palabras que escuchaba. De pronto el conductor frenó el taxi y su cuerpo chocó contra el asiento delantero. Un joven que viajaba en bicicleta se cruzó sin medir el riesgo que corría.
- ¡Boludo! ¿Cómo te cruzás así? ¡Casi te mato, boludo!
Y de nuevo el nombre se reiteraba en el cerebro de Cotty sin definición.
Descendió en la puerta del hotel que había contactado pero de pronto se vio en medio de un grupo de jóvenes que mantenían un pleito aparentemente serio.
- Boludo, te voy a romper los huesos, - gritó uno de ellos amenazándolo con su puño cerrado.
- Vos sos el boludo que no tenés idea con quien te metés.
Cotty retrocedió esquivando los golpes que se le venían encima mientras un empleado del hotel muy diligente corrió en su ayuda.
- ¿Está bien, señor? - preguntó.
- Si, si,,, ¿Pero que es eso de boludo?
-No se preocupe, señor, - aclaró el hombre mientras tomando sus maletas lo condujo hacia la entrada del edificio.- todos son buludos, aquí todo es así.
Era evidente que su llegada al país que lo vió nacer había sido complicada.
Ya en su habitación recordó la promesa que le había hecho a su padre y tomó el teléfono para hacer la llamada.
- ¿Cómo llegaste, hijo? - fue la pregunta que denotaba preocupación.
- Bien, padre, sólo que encontré difícil comprender ciertas frases y hubo un hecho que me llamó la atención, muchas personas llevan el mismo nombre.
- No te entiendo, hijo.
- Sucede que existen varios individuos que se denominan de igual manera, se llaman Boludo, supongo que debe ser un nombre de moda.
*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar
Budín de pan o una tarde casi cielo en la boca*
---Es un día de una tibieza esponjosa, como si guardara hebras de aire, globos rojos a punto de soltarse en una fiesta silenciosa. Mullida tarde de flores alzadas contra la ventana. Pensamientos, que buscan atraerme o entrar a La tierra lejos y esta suerte de poder navegar o ser navegada por el manojo, barco, ramo. Perderme así entre aromas y el gusto del café.
La leche como un mar blanco envuelve el pan, el dulce, las gotitas de luto de las pasas, los huevos. Un futuro budín duermiendose en el útero tenaz del recipiente, va a despertar en la boca de quien elija para darle a tomar las gotas de esta tarde.
*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar
LOS ANGELES, UN PUEBLO A PUNTO DE DESAPARECER
En un olvido parecido a la muerte*
*Por Leandro Arteaga
La dualidad que plantea el film de Juan Baldana puede percibirse desde su mismo título, ya que Los Angeles nos remite, invariablemente, a una concepción de metrópoli moderna. Pero la verdad del film está en otra parte, muy lejos de algo similar; Los Angeles no es más que el nombre de un pueblo
moribundo, que orilla su desaparición.
El ferrocarril ya no pasa. Ecos y fantasmas de otros tiempos sobrevuelan el aire. Sólo cinco habitantes de un olvido casi muerto. Así de terrible.
Entonces, el éxodo de los pocos y jóvenes. Allí la segunda dualidad, simetría dolorosa entre el pueblo que se esfuma y la gran ciudad que lo carcome.
De tal modo, serán dos las historias superpuestas, narradas paralelamente.
Se parte de un cauce narrativo común -la localidad de Los Angeles , luego la división -la ciudad como horizonte forzado , finalmente la reunión -el pueblo como recuerdo lejano, la periferia citadina como destino.
El vínculo padre/hijo es otro de los lugares desde los que se bifurca el relato. El hijo que deja lugar, familia y afectos. El padre solitario que, además, procura mantener el equilibrio frágil de una comunidad que ya se desmorona. Las alertas al respecto se suceden: el robo de ganado, el hambre, la enfermedad y la muerte, la muerte finalmente. El padre, entonces, solo y predispuesto también a irse.
De esta manera, Los Angeles pendula y, finalmente, se detiene en el intermedio. En la franja que une, mejor separa, al pueblo perdido y la ciudad que recibe. La Buenos Aires de periferia será este otro mundo a habitar, a empobrecer.
El film de Baldana tiene la habilidad de adentrarse, de conocer a los habitantes reales de estos márgenes y volverlos personajes. Interactúan, entonces, con el drama del film. Lo que permite un verismo mayor, perceptible. Lo que podemos desde aquí también observar es cómo este verosímil, tal vez, no funcione demasiado ante diálogos casi pre fabricados, o con miradas que esperan su línea ante un encuadre único. La recreación parece, por momentos, un poco forzada.
Ello también sucede en las situaciones violentas, con las peleas y su resolución de montaje. Están demasiado bien filmadas, con planos detalles de heridas que, en última instancia, no tienen demasiado que ver con el tono que el film quiere hacer predominar. Más una prédica que culmina por ser, y se nota bastante, retórica. Queda demasiado claro lo que los personajes padecen, o lo que el film propone decirnos. Pienso, desde la temática similar que vincula éxodo y pobreza, en la admirable El cielito, de María Victoria Menis, la misma realizadora de La cámara oscura.
Los Angeles es el primer largometraje de ficción de Juan Baldana, también responsable de Soy Huao, documental que fuera considerado una de las sorpresas del último Bafici y que pudimos ver también en nuestra ciudad durante la celebración del Bafici Rosario, organizado por Calanda Producciones.
Los Angeles. 6 (seis) puntos
Argentina, 2009
Dirección y guión: Juan Baldana.
Fotografía: Iván Gierasinchuk.
Música: Sergio Vainikoff, Javier Ruiz.
Montaje: Emiliano Florentino, Juan Baldana.
Intérpretes: Juan Palomino, Oscar Núñez, Nazareno Casero, Miguel Di Lemme,
Victoria Maurette, Carlos Boccardo.
Duración: 90 minutos.
Salas: Monumental, Village.
*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/12-21005-2009-11-09.html
Retiros*
Una vez se me retiró el período
de resultar, en Floresta, un niño insípido, un relegado
y tras mudarme a Villa del Parque
en un nuevo colegio
sin ponerme en líder
estuve a la par
De una vez se me retiró
después de mudarme a Caballito
y ya un adolescente
la desastrosa timidez con las chicas
y entré a hacer levantes
múltiples
con facilidad
Una vez
salí de mi departamento en Balvanera
y como desde hacía
trece apuntalados años
con fósforos y cigarrillos:
no fumé -sin imponerme la abstención-
ese día ni todos los siguientes
(aunque sin dejar
de circular con fósforos y cigarrillos)
hasta que se me retiró
(excepto en sueños dispersos: pesadillas)
la compulsión a fumar
Y desde Villa del Parque -o Caballito-
imperceptiblemente
se me fueron retirando
los vocativos papi y mami
y ninguna otra palabra ocupó las vacantes
Jamás volví
a llamar a mis padres.
*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
*
Inventren Próxima estación: CASBAS.
Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/
*
Apreciadas amigas, queridos amigos,
El número 89 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante", edición Octubre/Diciembre/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org
bajo el link:
http://www.euroyage.org/es/xicoatl-89
CONTENIDO:
ENSAYO: De la literatura en un mundo abarrotado. Alejandro José López Cáceres.
POEMARIO: Poemas. Mayamérica Cortez.
Poemas. Reynaldo García Blanco.
NARRATIVA: Impasse. Graciela Bucci.
AUSTRIA: Poemas. Rosemarie Schulak.
La edición impresa de XICóATL # 89 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).
Cordial saludo,
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067
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